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jueves, 17 de octubre de 2013

XVIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2013

"CON LOS OJOS DEL ALMA"

 ÁNGELES-REYES GONZÁLEZ GARCÍA: AUTOR LOCAL



Ángeles-Reyes González García, nació en Madrid pero es Guardamarenca de adopción. Estudió Geografía e Historia, Psicología y Arte en la UNED. Se ha dedicado a la pintura profesional, exponiendo sus obras en salas reconocidas de Cáceres, Toledo, Alicante y Madrid.
    Intenta dotar sus creaciones de cuerpo y espíritu, a la vez que de sentimiento y forma, expresándolos con sencillez y naturalidad.
   Fue  la ganadora del XVII Concurso de narrativa corta “Real Villa de Guardamar del Segura, 2012”, también en la modalidad de AUTOR LOCAL.


           La enfermera entró en la habitación termómetro en mano. Aún no había amanecido y allí estaba ella, arrastrando los zuecos y haciendo con sus movimientos lascivos, recrujir el almidón de su uniforme. O eso era lo que les pasaba cada día por la cabeza en cuanto se abría la puerta y la sentían entrar. Los que ocupaban las dos únicas camas estaban despiertos. Siempre lo estaban. Uno, porque tenía insomnio y el otro, porque decía que tenía el sueño cambiado. El caso es que siempre los pillaba con los ojos como platos. Como un par de búhos.
   Habían ingresado el mismo día, hacía dos semanas, solo con unos minutos de diferencia. Uno, era un hombre de mediana edad que tenía un politraumatismo con varias fracturas  en las costillas y los miembros inferiores hechos picadillo. El otro, era un anciano con la muñeca vendada y enchufado al oxigeno. Al primero, le colocaron en la cama interior y al segundo, pegado a la ventana.
        Las primeras noches que pasaron juntos fueron tranquilas. El del politraumatismo estaba sedado y el anciano, el pobre, enganchado al gas, se entretenía sumido en sus pensamientos. Pero la paz y la tranquilidad de aquél cuarto terminó en cuanto dejaron de meterle en vena al politraumatizado los medicamentos que le dejaban hasta ese momento en el limbo. Su despertar, en un principio sereno, se tornó en un auténtico griterío, en un lamento. Los dolores en sus miembros inferiores eran lacerantes y no tuvieron más remedio que volver al tratamiento anterior. Su familia le visitaba todos los días, por la tarde. Una mujer entraba, a eso de las cinco y se sentaba junto a su cama. Le acariciaba la cara y le cogía la mano apretándola con amor. Él se despertaba un momento, sonreía y volvía a dormir. Entonces, ella, le besaba en la frente y se despedía. El anciano de la otra cama siempre le decía: adiós. Minutos más tarde, entraba Marisa, la enfermera de la tarde con el dichoso termómetro pero también con una misión: incorporar hasta dejar sentado en la cama al anciano. No era un capricho, ni él lo pedía. La causa era más bien médica. Sus pulmones debían drenar y la mejor posición para ello era colocarle en ángulo de noventa grados. Le ayudaba a limpiar de forma rápida sus bronquios atascados y a descansar de la mascarilla del oxígeno. Entonces, el anciano, solía canturrear una melodía que en otro tiempo se parecería a un bolero. Algunas notas desafinadas eran la ocasión para repetir la cancioncilla una y otra vez. Y así pasaban los días…
         El del politraumatismo mejoraba poquito a poco, a su ritmo. Había pasado de estar en el limbo al atontamiento controlado. Cuando tenía sus momentos de claridad mental, conversaba con su compañero de cuarto.
        -Lo que son las cosas…-decía desde su cama tieso como un garrote-con lo activo que yo soy, que no me puedo estar quieto, y mire, ¡mire cómo me he quedado!.
       -Tranquilo hombre, que pronto va a estar en forma para seguir dando lata, en su casa quiero decir -le contestaba el anciano.
      -¿Cómo dando la lata?
      -Es una forma de hablar, no se enfade por dios.-es ese momento entra en la habitación la mujer que le visitaba todas las tardes- ¡Mire, mire, tiene visita!
      La mujer le saludaba efusivamente, le contaba los percances del día, incluso las conversaciones telefónicas con sus familiares y amigos. Le daba ánimos, le acariciaba la cabeza y se marchaba por donde había venido y todo en un tiempo record. Al politraumatizado ni le dejaba abrir la boca, pero se sentía mejor cada vez que venía.
       -¿Es su mujer?-preguntó el anciano.
       -Llevamos veinte años casados y como ha podido comprobar, ella se lo guisa y ella se lo come-dijo con sorna-una cotorra más nerviosa que un tití.
      -¿Está comparando a su mujer con un mono?
      -No lo tome al pie de la letra, me ha entendido perfectamente.-terminó muy serio.
     -Claro…
     La enfermera de las cinco entra rapidito para levantar al anciano.
    -Vamos, don Julián, su horita de recreo.- dijo mientras destapaba la sábana y le ayudaba a incorporarse- Hoy hace un buen día para salir a pasear, a ver si nos ponemos bueno y nos da un poquito el aire.
    -Hija, qué más quisiera… Si por mí fuera, estaría disfrutando sentadito en un banco al sol.
    -¡Qué suerte tiene!-dijo el otro cuando salió la enfermera.
    -¿Suerte?
    -Por lo menos a usted le levantan y encima tiene la cama que está cerca de la ventana.-continuó dando un suspiro- Puede ver el mundo exterior, no como yo, aquí, tirao, tieso. Solo puedo mover la cabeza, como un teleñeco.
     Poco a poco, las horas que pasaban charlando aumentaban.
      -Pues como le dije, don Julián, me casé con la moza más guapa del pueblo-le contaba un día-era hija del maestro, con un montón de pretendientes, pero mira, se casó conmigo. Yo por entonces era maestro albañil y ahora soy constructor. ¿Cómo lo ve?
      -Uy, yo muy bien.... Mi matrimonio fue distinto, hijo. A mí, me casaron.
     -¿No es usted cristiano?
    -Jajajaja-rió el anciano con ganas- ¡si hombre, si!, lo que quiero decir es que me casaron por poderes.
    -Sin conocer a la novia.-Dijo el otro.
    -Exacto.
    -O sea, que le podía tocar una venus o un morlaco…
    -Más o menos, aunque yo ya tenía referencias.
       -En el siglo dieciséis los reyes se casaban más o menos así, se mandaban retratos pintados para conocerse antes del enlace. ¿Usted cuántos años tiene?-preguntó el del politraumatismo aguantándose la risa.
     -Ciento cinco, menos veinte, más nueve. ¡Hala, un ejercicio mental!-aguantándose la risa ahora él.
      Todas las tardes, cuando le sentaban en la cama, el anciano describía lo que podía ver desde su atalaya. Un parque muy hermoso, plagado de árboles con sus ramas rebosantes de hojas de todas las tonalidades verdosas, un lago con su agua cristalina y una pequeña cascada, un puente de madera lo cruza y muchos patos y cisnes juegan a perseguirse en la superficie. Los niños, dan rienda suelta a su vitalidad en un corralito de tierra con juegos infantiles y sus madres los vigilan sentadas en bancos a su alrededor. Las parejas pasean entre las flores,  unas cogidas de la mano, otras abrazadas… Algunos llevan ropa de deporte, van corriendo. Allí, a lo lejos, se ve en el horizonte la ciudad, con sus moles de ladrillo. El cielo despejado hace que los rayos de luz penetren a través de los árboles del parque y bañen con su calor a todo aquel que se deje tocar. Un batiburrillo de pájaros cantores se persiguen por entre las ramas jugando al escondite. Incluso las ardillas suben y bajan de los troncos para coger cualquier cosa comestible.
Mientras el anciano describe, el politraumatizado cierra los ojos e imagina la idílica escena. Se ve a él mismo paseando del brazo de su mujer, cruzando el puente del lago, mientras los niños dan de comer a los patos. Abrazándola y besándola, como cuando eran novios, de forma furtiva. Se recrea en sus pensamientos y sonríe. Es feliz.  Ahora, se imagina sentado en un banco mirando a sus hijos pequeños jugando en la arena. Comprando un helado, un Frigodedo, ese que tanto le gustaba a Juanito, su niño del alma. Su mujer sentada a su lado, le guiña un ojo y le saca la lengua. ¡Cuánto le gusta ese gesto! En el césped hicieron un picnic. Una cesta enorme de mimbre transportaba todo lo necesario, el mantel, los platos de plástico, las bebidas, las viandas…sobre la acolchada yerba desplegaron una manta de cuadritos escoceses que les protegería de las hormigas. Mmm, ese bocata de tortilla de patatas… Sí, todo era idílico hasta que entraron a la habitación a recoger los termómetros.
       -A ver, mozos, veamos la temperatura- dijo la pizpireta enfermera mientras miraba al trasluz y apuntaba en la hoja de control-todo muy bien. ¿Don Julián, le tumbo ya?
     -Si hija, que estoy un poco cansado-contestó el anciano mientras se dejaba hacer.
         En las noches, en esa habitación se descansaba poco. Uno, porque tenía insomnio y el otro, porque decía que tenía el sueño cambiado. En esas noches de vigilia, los dos hombres se contaban sus experiencias de juventud, sus novatadas en la mili, hablaban de sus hijos, de sus familias, de sus trabajos…  El anciano, escuchaba las historias del politraumatizado con atención, con cariño, con los ojos cerrados y asintiendo, oyendo las alegrías o las cuitas de un hijo. El otro, atendía con verdadero fervor cuando el anciano compartía sus batallitas, comprendía que  el hombre le sacaba medio siglo, que iba varias generaciones por delante, que era sabio en muchas cosas y él en esos momentos no tenía nada mejor que hacer. Además, se dio cuenta, que esperaba ansioso día a día el momento mágico en que el hombre de la ventana le describía lo que pasaba al otro lado.
        Una tarde calurosa y ardiente, el sol entraba por la ventana inundando la cama y al anciano sentado en ella.
      -¿No suda, don Julián?-dijo el hombre de la cama en la pared.
     -Me sienta bien el sol, hijo. Hace tanto que no me da de pleno que no siento calor sino placer-contestó mientras se rascaba la pierna-¡mira, un desfile!
  -¿En el parque?
  -Una banda de música está tocando frente al lago.-dijo emocionado- Van vestidos de azul oscuro, el pantalón tiene una raya vertical de color amarillo que va de la cadera al pie, en el lateral, llevan gorras de plato con una cinta roja, como las que llevaba yo en la mili y van en fila de a cuatro. Cinco filas por cuatro hombres, veinte tíos tocando y me parece que es un pasodoble, porque la gente apelotonada a su alrededor se han arrancado a bailar.
       -¡Qué envidia le tengo don Julián!, cómo me gustaría poder asomarme aunque solo sea un ratito. Yo siempre aquí, tieso, con picores, sudando como un gorrino.-Se quejó amargamente el politraumatizado.
      -Hijo, no te impacientes, todo a su tiempo.
      El anciano contaba y el otro podía ver con los ojos de la mente.
     Una mañana la enfermera entró termómetro en mano.
     -Vamos, vamos… ¿Qué pasa don Julián, hoy está dormido?-se acercó a su cama y movió con ternura al abuelo.
     Pero en la cama se encontraba el cuerpo sin vida del anciano. Murió plácidamente, serenamente, mientras dormía.
          Cuando el politraumatizado se enteró que pronto vendría un compañero a su cuarto a ocupar la cama del anciano, rápidamente pidió que le cambiaran a la cama de la ventana. Tal vez pudieran incorporarle un poquito y con suerte vería algo del mundo exterior. La enfermera le cambió encantada, se aseguró que estuviese cómodo y siguió con su ronda.
        Lentamente, con dificultad, el hombre se irguió sobre un codo y lanzó su primera mirada buscando los árboles del parque. Estaba emocionado. Por fin tendría la alegría de verlo él mismo. No veía nada. Tenía que levantarse más y él solo no podía.
      -¡Hombre mujer, por fin has llegado!-recibió con felicidad la visita de todos los días.-Ayúdame a incorporarme un poco para ver el parque de ahí abajo, por favor.
        Con mucho esfuerzo y dolor consiguió incorporarse hasta quedar casi sentado.  Miró con emoción traspasando con su mirada los cristales de la ventana y se encontró con un aparcamiento repleto de coches. Ni rastro de parque, ni lago, ni niños jugando, ni pajarillos, ni ardillas… nada de nada.
       -Pero, ¿esto qué es?-gritó- ¡No es posible!-siguió pensando que estaba alucinando.
       La mujer pensando que algo no iba bien, le ayudó a acostarse y llamó a la enfermera.
      El politraumatizado les relató a las dos mujeres las cosas maravillosas que el anciano muerto le contaba mientras estaba sentado en su cama. Se lo describió con todo lujo de detalles, tal y como él lo hubo contado.
      -¿Qué pudo llevar a don Julián a inventar de esa forma?-dijo pesaroso.
      -Don Julián era ciego, tal vez lo único que le motivó fue animarle a usted…

                                       Ángeles-Reyes González García.



                                 

miércoles, 17 de octubre de 2012

XVII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2012

MODALIDAD: AUTOR LOCAL



Mª ÁNGELES-REYES GONZÁLEZ
 

Reyes González aunque nació en Madrid es Guardamarenca de adopción.

Estudió Historia del Arte y Geografía e Historia en la UNED, Madrid y varios cursos de Psicología.

Impartió dos cursos de "Taller de NARRATIVA" en la Ciudad de los Poetas, en Madrid.

En la actualidad se dedica a la pintura profesional, habiendo expuesto en salas de Madrid, Toledo, y Cáceres… En estos momentos expone sus obras en la Sala de Protocolo del Ayuntamiento de Guardamar del Segura.

Empezó como lectora compulsiva y escritora ocasional.

En su estilo destacan: la honestidad, la sencillez y la naturalidad.

Intenta dotar a sus relatos de cuerpo y espíritu, a la vez que de sentimiento y sensibilidad.

Gran observadora, se inspira para dotar de atmósfera sus relatos en las costumbres y vidas que le rodean aunque también plasma vivencias propias. En todo relato está siempre parte del alma del propio autor.

Su primer ensayo se tituló "EL CASERÓN AUSTRIACO".

Actualmente está escribiendo su primera novela titulada: "CUANDO TÚ ME PERDONES...". Plagada de intrigas, asesinatos, sectas, amor…, que se conjugan dando vida a una urdimbre de historias paralelas separadas por quinientos años.


TODO ESTABA 

ESTRECHAMENTE UNIDO...

Toqué por primera vez tierra Egipcia el 12 de junio de 1798 en un barco de guerra capitaneado, según contaban, por un pariente lejano del mismísimo Napoleón. Mi maestro,  Dominique Vivant Denon, con algunos colegas, me esperaba en el muelle del puerto de Alejandría desde primera hora de la mañana. Tuve el honor de ser el encargado de custodiar sin perder ni un solo momento de vista, los diez baúles que transportaban una cantidad ingente de rollos de papel para dibujo a tinta de distintas calidades, tarros de tinta de múltiples colores, plumillas, algunas tablillas para apoyar los papeles, ganchos para sujetarlos y muchos más elementos que mi maestro consideró importantes o insignificantes, pero que los necesitaba con gran apremio. Unos criados me ayudaron al transporte a tierra de tan preciada carga. Mi inquietud de tantos meses lejos de mi maestro se borró de un plumazo al ver su cara de satisfacción al verme. 
   Yo, Michel Cottet, me honro en ser llamado amigo de Dominique Vivant Denon, el más grande pintor y dibujante de toda Francia.
   Mes y medio llevaban viajando e investigando, descubriendo monumentos nuevos a los ojos hambrientos de belleza y conocimiento. Yo, me incorporé de inmediato a aquél plantel de investigadores como primer ayudante de mi maestro. Mi trabajo era atenderle desde que se levantaba hasta que se acostaba. No era un criado, todo lo contrario, me ocupaba que nada le faltara en ningún sentido y adelantándome incluso a sus necesidades. Yo ordenaba para atender hasta su más mínimo capricho. Solo confiaba en mi, por eso en los dos meses que nos habíamos separado lo encontré algo desaliñado en su aspecto y muy desordenado en su trabajo. Como era muy rápido y la inspiración volaba en su mente, era yo el que terminaba sus trabajos con todo detalle. Un día osé continuar uno de sus dibujos desechados, y al revés de enfadarse, me felicitó. A partir de ese día confió en mí como si fuera su hijo.  Cuando en mi primer día en suelo Egipcio me vio colocar sus instrumentos de trabajo como yo hacía siempre, lo previsible para el uso diario dentro de un baúl de madera junto a la mesa y todo lo demás dentro de sus cajas con los indicadores a la vista, mi maestro se emocionó.
   Me enseñó, con sumo cuidado todos los dibujos que hasta entonces había trasladado al papel, contándome anécdotas y experiencias personales que mientras los pintaba le ocurrieron. A veces, me daba la sensación, que su mente volaba mezclándose con aquellas obras de arte. Me contaba como  la arena lo estaba devorando todo, como los templos estaban semienterrados y como él pensaba que debajo de toneladas de esa arena habría tesoros de incalculable valor esperando ser rescatados. Estaba fascinado e insistía en ver, saber, contemplar más y más…para poder plasmarlo y enseñarlo al mundo entero. En ese momento, aquello era su única prioridad.
   Allí, no solo coincidí con los mejores dibujantes, también con los mejores burilistas y aguafortistas encargados de los grabados, de los que a decir verdad, aprendí mucho e hice buenos amigos.
   Mi primera expedición no se hizo esperar, a los dos días de mi llegada viajamos río arriba. Varias chalupas nos trasladaban a nuestro destino, para mí un enigma. Mi emoción se conjugaba con el sudor pegajoso que me recorría por entero. Aún no era mediodía y el calor estaba siendo insoportable. Aquél clima era insufrible. Sentados en cubierta, en las sillas plegables, uno al lado del otro, mi maestro no paraba de contarme lo poco que había descubierto en el recorrido que en ese mes había hecho siguiendo a las tropas y lo mucho que quedaba por manifestarse. Me indicó que el arte milenario de aquél país se mimetizaba con su entorno en una integración armónica con su geografía y con su paisaje. Todo era grandiosidad y eternidad. Los monumentos no tenían movimiento, estaban serenamente en un reposo absoluto, donde la paz reinante no desprendía ni un solo susurro. Sus palabras me transmitían  la poesía del mismo arte y mi inquietud se transformó en apremio por contemplar todas esas maravillas. Por fin mis deseos se cumplieron y con creces. Allí a lo lejos, en la parte derecha del Nilo, descansaba sobre las arenas ardientes la ciudad sagrada de Menfhis, la más cercana al vértice del delta. La dejamos atrás despacio, con parsimonia, siguiendo  con discreción nuestro camino. En silencio,  aquella, nos miraba con desprecio, como si dañáramos con nuestra indiferencia las piedras milenarias que desde allí nos contemplaban.
   Por unos segundos se me antojó que aquello se había convertido en un viaje de placer o por lo menos era lo que pasaba por mi pensamiento pero no estábamos allí de visita, sino conquistando un país con una historia milenaria. Nuestro trabajo no iba a ser fácil, de eso se encargarían los nativos, mamelucos los llamaban, y de qué manera. Unos infantes del ejército nos escoltaban a ambos lados del río y otras barcazas nos seguían muy de cerca. No, aquello no era una broma, pero mi juventud, mi anhelo por ver con mis propios ojos las maravillas contadas por mi maestro  y mi carácter impetuoso me impedía en esos primeros momentos darme cuenta de la importancia de aquel viaje.  
   Bonaparte, no solo deseó la conquista militar, una vez vista una pequeña parte de aquellas maravillas, su gran anhelo fue estudiar y descifrar, comprender su significado y penetrar en su espíritu, hasta entonces sumido en las oscuras tinieblas del pasado.
    Yo formaba parte de un elenco enorme de científicos y sabios de las más variadas ramas del saber, que arriesgamos nuestras vidas para ser los primeros en hacer llegar al mundo lo que aquellas ardientes arenas ocultaban.
   Mi primer contacto con el peligro fue de la mejor manera posible, en la batalla de las Pirámides.
   En la madrugada del 21 de julio de 1789, las tropas de Bonaparte se pusieron en marcha. Se encontraban a 24 km pero a lo lejos se dibujaban los perfiles de las tres pirámides. Los soldados se encontraban agotados por varias jornadas soportando la sed y el calor sofocante junto a las constantes refriegas con los mamelucos que intentaban por todos los medios impedir la avanzadilla. Por eso el emperador concedió una jornada completa de descanso. Dos  días después, cinco divisiones, junto a la caballería y a la artillería contemplaron en la lejanía la ciudad del Cairo.
   Extendido en semicírculo, apoyado en la orilla izquierda el río, nos esperaba el ejército de Murad Bey, compuesto por mamelucos y árabes. Desde una duna privilegiada por su altura y por su lejanía, Dominique Vivant Denon y yo pertrechados de sendos papeles y plumas, dibujamos juntos nuestras realidades en el fragor de la batalla.
   Los atrincherados junto al Nilo, no opusieron resistencia, simplemente buscaron la salida en las aguas y murieron por centenares. Algunos intentaban llegar a las flotillas que surcaban el río, pero eran repelidos por los artilleros con toda clase de municiones. Llegada la noche, Bonaparte establece su cuartel general en Giza. La batalla está ganada.
  Jamás pensé vivir una guerra de esa manera y menos aún sentir emociones tan contradictorias, pero mi ser entero complementado con los deseos de mi maestro, nos llevaron a un éxtasis artístico sin precedentes. Nuestras mentes volaban al unísono y nuestras plumas rasgaban el papel plasmando con tanta rapidez que pareciera que competíamos. Cuando la noche se hizo sobre nosotros, descansamos.
   A partir de ese momento, nuestro trabajo se tornó más fácil. Podíamos movernos a nuestro antojo, asentar un campamento sin ser molestados, aunque siempre nos escoltaban una decena de soldados, e incluso ser ayudados por aquellos que habían sido conquistados.
   Mi maestro dejó lo mejor para el final. Sabía que lo último que se toma se saborea más intensamente.  Y así fue como se cerró el círculo de iniciación en la belleza y la sabiduría. Tuve el privilegio de descubrir el templo de Hathor en la isla de Biga, lugar sagrado desde el principio de los tiempos porque allí se encontraba enterrado Osiris. Plutarco ya escribió que era bendecida entre los dioses, llena de paz y tranquilidad, benefactora y dadora de fertilidad. Y mi maestro no se equivocaba. Mi principio y mi fin se encontraron como una conjunción planetaria.
   Vivant Devon, volvió a Francia varios meses después pertrechado con todos los estudios y dibujos que hasta el momento hicimos de todas las maravillas que se manifestaron a nuestros ojos, pero mi misión aún no había terminado allí. Algo profundo, oculto, me retenía y él lo entendió, me dio el espacio necesario para que mis sueños pudieran hacerse realidad. La magia del desierto me envolvió con sus dulces tirabuzones y nada pude ni quise hacer. Solo me dejé llevar…  Por eso, cuando me encontré en soledad, volví al divino y esotérico templo de Hathor.
   Junto al estrecho pasadizo abovedado que se utilizaba en la antigüedad para medir las crecidas del río y que  lleva a una estrecha escalera descendente hasta una playa soleada de cantos rodados del tamaño de un puño, quedé dormido. En mi estado onírico tuve la revelación de “las siete Hathor”, y mi sueño se manifestó así:
“Un rey del antiguo de Egipto y su esposa intentaban tener un hijo para asegurar la descendencia. Deseaban un príncipe que llenase el palacio de risas y alegría. Rezaban a los dioses y les ofrecían ofrendas y por fin, sus súplicas fueron escuchadas. Pasadas nueve lunas, la reina dio a luz un precioso varón. El rey llevó al recién nacido al templo de las siete Hathor para predecir su futuro. Cuando volvió, el palacio se sumió en la tristeza. El rey contó a la reina con rabia lo que el oráculo predijo: el príncipe, nunca llegaría a reinar, moriría en su adolescencia atacado por un perro, un cocodrilo o una serpiente. El rey, en un intento de salvar a su heredero, ordenó construir un palacio anexo al suyo con las murallas muy altas, para alejar el mal del príncipe. En ese palacio vivió y creció, rodeado de lujos y juegos, pero según fue creciendo aquello se le quedó pequeño. Para apaciguar su soledad, el rey le regaló un perro, un cachorro precioso que le mantendría ocupado y le haría compañía. Se hicieron inseparables, pero la vitalidad del príncipe y de su amigo, hicieron que viera el palacio como una cárcel. Un día, huyeron y cruzando el desierto llegaron a una ciudad donde nadie le conocía. Allí vivía  una princesa que también vivía aislada en una torre del palacio de su padre. Se enteró que solo saldría cuando alguno de sus pretendientes llegara de un salto a su prisión. El príncipe lo consiguió y el rey tuvo que dar a su hija en casamiento. Días después le contó su historia y la profecía de las Hathor y ella se comprometió a cuidarle y vigilarle para que nada malo pudiera pasarle. Un día, mató a una serpiente que se acercaba a su cama. Dos años más tarde, su perro fiel le atacó sin motivo alguno, en la lucha calló al río donde un cocodrilo le esperaba con las fauces abiertas. Pero el cocodrilo se apiadó de él y le propuso no atacarle a cambio de que el príncipe le ayudase a librarse del acoso de los espíritus del río. Dicho y hecho. Salió del río y creyéndose a salvo se tumbó en la orilla a descansar. Pensó en volver al palacio, abrazar a su padre y a su madre y tomar el trono con todos los honores. Pero una víbora reptaba sigilosa, sibilina entre la maleza… sólo hizo falta un picotazo para acabar con su vida.”
. Allí, bajo los muros del templo, la revelación que anhelaba me fue con creces dada.
 El frescor verdoso de las acacias envuelve el ambiente con su hechizo mágico. Mis sentidos se embriagan con esa sensación de serena quietud, con esa límpida nostalgia, con esa inalterable belleza… Esa es la melodía de la eternidad que susurran las piedras del templo de Hathor, santuario de Isis.
Eso es lo que siente y recorre mi cuerpo y mi alma.
Esto es lo que todo mi ser rezuma. Amor por la perla del Nilo.
Podría morir en éste instante.
   Todo estaba estrechamente unido. En Egipto, sin escritura no había arte, sin arte no existía la religión y la religión era poesía. En ese momento me di cuenta que la historia de aquella nación no podría haber existido por tantos milenios sin la conjunción de todas ellas. Escritura, arte, religión, poesía… La simple verbalización de una de ellas, sonaba en mis sentidos como música celestial. ¡Bendigo por siempre el suelo donde pisa mi amado maestro Dominique Vivant Denon!.