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martes, 24 de agosto de 2010

XV CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2010

 CONCURS DE NARRATIVA CURTA

 "REIAL VILA DE GUARDAMAR" 2010

 

MODALIDAD: RELATO DE AUTOR LOCAL


GANADORA: SARA FERNÁNDEZ GARCÍA


Sara Fernández García Nace en Guardamar en 1980. Dentro de sus inquietudes personales la música y la  escritura ocupan un lugar muy importante, reflejándose en los premios que a nivel local ha conseguido. Así, ha sido la ganadora del Premio de Narrativa Federico García Lorca, que anualmente convoca el Instituto de Secundaria de la localidad. Y ganadora asimismo durante las convocatorias de 2005, 2006, 2007, 2008 Y 2010 del Concurso de Narrativa Corta Real Villa de Guardamar en la modalidad de Autor Local.

 

Memorias de un sombrero de copa

En 1962, año en el que Barcelona sufrió la gran nevada, la ciudad tenía 1.557.863 habitantes entre los que se encontraba un pequeño de 10 años con ojos curiosos  siempre en busca de algo con que saciar su sed de conocimientos.

-          Josep Maria Puig Soler vine de seguida!

Si hay una generalización cierta es, sin lugar a dudas, que cuando una madre llama a su hijo por su nombre completo y apellidos se avecina una reprimenda de las que hacen historia, y Josep no estaba por la labor de recibirla.

Pegado a la pared que comunicaba la portería en la que vivían con la escalera, se deslizó hasta la pequeña puerta entreabierta y, con su agilidad infantil, se escabulló de los gritos de su madre.

Una vez en la calle tomó una gran bocanada de aire y echó a correr Passeig de Gràcia abajo riéndose de forma nerviosa, sintiendo la euforia propia de una fuga victoriosa.

Aquella tarde de Mayo el sol jugueteaba con las hojas de los árboles y la ciudad rezumaba vida.

En su carrera llegó a Plaça Catalunya y se entretuvo provocando el vuelo de las palomas, persiguiéndolas y gritando como un bárbaro.

Pasados unos minutos el juego había perdido toda su gracia. Así que Josep se enfundó las manos en los bolsillos de su pantalón corto y siguió caminando ramblas abajo  hasta llegar a la rambla donde pollos, tórtolas, conejos y demás animales domésticos se exponían para su venta.

-          Bona tarda Josep

-          Bona tarda Don Biel

-          ¿Qué me cuentas chico?

-          Poca cosa señor. No hay manera de convencer a mi madre- decía el niño encogiendo los hombros y mirando a un pequeño cachorro negro que estaba en una caja de cartón frente a él.

-          Bueno hombre, tú sigue intentándolo, ya sabes que la insistencia puede…

-          …derrumbar las más fuertes murallas, sí lo sé Don Biel –se frotó la nariz con la manga de la camisa y se enderezó- bueno, me marcho. Que tenga usted un buen día.

-          Tú también pequeño.

Subió de nuevo hacia Plaça Catalunya y giró a la derecha por la calle Canuda. Como todos los días se asomó al gran portón del Ateneo Barcelonés y observó la escalinata mientras se mordía el labio inferior. Sabía que en la planta de arriba había un jardín y una sala donde jugaban al ajedrez, pero nunca había conseguido entrar.

Tras comprobar que no había nadie en el interior echó a correr subiendo los escalones de dos en dos, abrió bruscamente la puerta de cristal y ¡zas! se dio de bruces contra el conserje.

- ¿Otra vez tú?

El hombre agarró el brazo del pequeño con brusquedad, abrió la puerta que acababa de atravesar como una exhalación y tiró de él escaleras abajo.

-          ¡Me hace daño, oiga!- protestó

-          No te lo haría si dejaras de intentar entrar.

-          Pero ¿por qué no puedo entrar?

-          Porque no eres más que un mocoso – Josep se zafó de la mano que aprisionaba su brazo y se cuadró- Además no eres socio. ¡Vete a jugar a otra parte!

El chiquillo volvió a meter las manos en sus bolsillos y se dirigió a la puerta arrastrando los pies. Al llegar a ella, miró hacia atrás para comprobar que, efectivamente, el bedel le observaba, dio entonces un puntapié al dintel y salió corriendo como alma que lleva el diablo hacia Portal de l’Àngel.

No dejó de correr hasta que llegó a la catedral. Se paró, apoyó las manos en las rodillas y respiró profundamente.

Una vez recuperado el aliento siguió andando sin un rumbo marcado. En la calle de la Princesa número once Josep frenó en seco. Era una tienda con la fachada de madera color rojo sangre, en el letrero se podía leer en letras doradas: El Rey de la Magia. Sus escaparates captaron la atención del chico de inmediato.

Allí estaba yo junto a cartas, cubiletes, pelotas, dedales, flores de plumas y otros muchos artilugios que no supo definir. Miró entonces la puerta de dos hojas estrechas. Los cristales inferiores estaban cubiertos por una tela color escarlata colgada por la parte interior, lo cual impedía saber qué había al otro lado.

Intentó ver qué se escondía allí pegando la nariz al vidrio y la puerta cedió a penas unos centímetros. Josep se retiró en un acto reflejo, frunció el ceño, ladeo la cabeza y soltó un “bah” que ayudara a sacudirse esa sensación extraña de intriga con una pizca de temor.

Posó entonces su mano en la puerta y la abrió lentamente. Ésta rechinó y se quejó de ser abierta. Dentro, la iluminación era tenue y el espacio reducido.

Había una vitrina en la pared de la derecha que llegaba al techo y otra más bajita que hacía las veces de mostrador, enfrente otro mostrador y más allá una cortina negra con cuatro ases tejidos en terciopelo blanco. En la pared izquierda otra vitrina con objetos similares a los de los escaparates y fotos, varias fotos en blanco y negro.

Josep dio un pasó más y dejó libre la puerta que se cerró de golpe haciendo sonar una decena de campanillas. Aquel estallido de ruido le sobresaltó y se quedó parado con los ojos muy abiertos en el centro de la estancia.

-          Tranquilo muchacho- el niño dio un salto al descubrir que junto a la pared de los retratos había un hombre sentado en una silla.

-          Pe…perdone, es que … es que no le había visto

El hombre soltó una carcajada y se levantó con dificultad.

-          Pero no porque fuera invisible que eso aún no lo he conseguido muchacho. Al estar la puerta abierta no podías verme, estaba tras ella.

-          Ahá- acertó a decir mientras alzaba la vista y descubría las campanas causantes del alboroto.

Su interlocutor acercó y le tendió la mano. Él, aún mirando a su alrededor, la aceptó y ofreció la suya.

-          Bienvenido al Rey de la Magia jovencito.

La puerta volvió a abrirse y entraron dos jóvenes de unos diecisiete años vestidos con pantalones largos de pinza y camisa blanca impoluta. Ambos llevaban consigo una cartera que Josep imaginó llena de libros.

El  pequeño observó los zapatos de los nuevos visitantes. Eran como los de los señores que vivían en el piso de Gràcia. Debían estar estudiando para notario o médico porque su madre siempre que él le pedía unos zapatos nuevos como los de los vecinos le contestaba que ellos eran notarios, médicos, gente importante, y que cuando él fuera un notario conocido y respetado podría comprarse unos.

Pero Josep no quería ser notario, a él sólo le interesaban tres cosas: el ajedrez, averiguar como funcionaba la maquinaria de las cosas desmontándolas (para desesperación de su madre) y ver a la señorita Eulàlia subir las escaleras.

Y mientras pensaba en el movimiento de las caderas de la mujer escuchó aquella voz, una voz que se le quedaría grabada el resto de su vida. Una voz firme, regia y contundente.

-          Buenas tardes caballeros

-          Buenas tardes- contestaron los estudiantes al unísono

-          Y ¿bien?- Josep intentó ver desde donde estaba al dueño de aquella voz, pero le era imposible y sentía cierto reparo a acercarse al grupo.

-          Ya hemos terminado el libro que nos dio del padre Ciuró.

-          Y supongo que ahora buscan algo de material.

El hombre que momentos antes le había dado la bienvenida apoyó su mano sobre los hombros del chiquillo y le invitó a aproximarse. De puntillas el mostrador le llegaba a la barbilla, suficiente para poder escrutar la figura que aparecía tras la cortina en ese momento con un objeto entre las manos, que a él le pareció ser muy preciado por la delicadeza con la que lo manipulaba.

El hombre al que pertenecían dichas manos era mucho más bajo que el que le había saludado al entrar, pero parecía un gigante. La expresión de su cara era serena y pétrea. Su nariz alargada y fina y su mandíbula cuadrada parecían haber sido talladas con cincel, solo sus cejas y sus pequeñas orejas suavizaban aquel rostro iluminado por una mirada llena de fuerza que no prestó atención al asombró del niño.

Aquello era importante. Cada movimiento, cada pose y expresión de aquél rostro formaban parte de un todo magnífico que culminaba con un hecho inesperado, imposible y la admiración de las cuatro personas que se encontraban allí.

¡Era magia, magia auténtica!

Tras varias demostraciones la mirada del mago se dirigió a Josep. El pequeño sintió un escalofrío que le recorrió la espalda y creyó empequeñecer.

-          Y usted, ¿qué desea?

-          ¿Yo?, na… na… nada señor, ya me marchaba. Gra… gracias.

Tras una reverencia automática giró sobre sus talones y fue hasta la puerta con la mirada de los cuatro hombres colgada en la nuca y un sudor nervioso que le apremiaba a salir de allí.

El sonido de las campanillas le pareció una odiosa risa burlona, aceleró el paso hasta que se convirtió en una carrera y así, corriendo, llegó hasta el portal de su casa mordiendo todas las palabras que podía haber dicho.

Con la rabia en la mandíbula y en los puños entró en el rellano y se dirigió hacia la portería.

Un golpe certero y el escozor en la nuca le devolvieron a la realidad.

-          ¿Pero se puede saber de dónde vienes?, tira “pa” dentro y tira “pa” dentro que como te coja…

Miró a su madre que alzaba la mano y movía la cabeza como signo de desaprobación tras de sí y entró en la portería con la cabeza gacha mientras escuchaba como un vecino se pronunciaba en su defensa.

-          Pero mujer es sólo un muchacho

-          Un muchacho que va a acabar conmigo a disgustos

Durante los siguientes días veía a  Josep paseando por la calle Princesa delante de la tienda con la espalda muy recta y mirando de soslayo la entrada. Observaba como miraba a los clientes que se adentraban en el establecimiento con facilidad y sin temor, pero él sólo alcanzaba a petrificarse junto al escaparate con aquella pregunta clavada en la mente: Y usted, ¿qué desea? Sin llegar a encontrar una buena respuesta.

Y así pasaron varias semanas.

Una tarde en la que la indecisión hacía mella en su cuerpo junto a la puerta del establecimiento ésta se abrió. Un joven cargado de libros salía por ella intentando no perder ningún ejemplar en la maniobra y antes de cerrar miró al niño y le preguntó:

-          ¿Pasas?

-          ¿Yo?

-          Sí, tú, ¿pasas?

-          Eh… sí, sí

Al entrar Josep se tomó un poco más de tiempo en saborear cada detalle: el cortinaje de terciopelo rojo que cubría lo que parecía un altillo, las botellas de la vitrina más alta, el sonido del suelo de madera bajo sus pies, aquel olor tan especial que no conseguía definir pero que le agradaba y las diferentes reacciones de los allí presentes ante el espectáculo que se ofrecía tras el mostrador.

Se acercó un poco más situándose a un lado del mismo de tal forma que pudiera ver la cara de las tres personas que se encontraban en aquel momento en la tienda.

Sintió el despertar de la inocencia que dormitaba en ellos y cómo lo que acababan de ver había zarandeado todas sus creencias previas fijadas a conciencia en su razón, como surgía la sonrisa y luego la afirmación: “¡no es posible!”

Josep lo tenía claro, aquello era exactamente lo que deseaba.

Carraspeó mientras se erguía como cuando recitaba los reyes godos en la escuela y esperó la mirada del mago

-          ¿Algún problema pequeño?

-          No - aquella no era la pregunta para la que había estado buscando respuesta tanto tiempo. Sintió que la inseguridad intentaba instalarse de nuevo en su interior, pero no estaba dispuesto a pasar otro mes y medio sin decirle a aquel hombre lo que quería.

-          Ningún problema señor, pero sí una pregunta- alcanzó a decir Josep.

El mago se dio por vencido ante la seguridad de aquel diminuto crío y su persistencia.

-          ¿Y bien? ¿cuál es esa pregunta?

-          ¿Qué hay que hacer para ser el mejor mago?

Una risa inundó la tienda, pero el muchacho se mantuvo firme y el mago vio esa mirada, aquella que hacía tiempo buscaba en sus discípulos, demasiado acostumbrados a conseguir todo lo que querían, y supo que no era un capricho de infante.

Por primera vez el gigante se puso a la altura del niño y le dijo unas palabras al oído, le tendió la mano y se forjó un pacto.                      

Aún hoy, antes de salir a escena, Josep acaricia mi ala y lanza una mirada al espejo. Y así, conmigo, su primer y único sombrero de copa, a modo de corona, rememora las palabras susurradas por quien fue su mentor en la magia durante tantos años y, mientras una voz conocida o extraña enumera sus éxitos, él sonríe recordando las risas de aquellos que sólo vieron en él a un niño demasiado pequeño como para ver por encima de un mostrador.


jueves, 31 de enero de 2008

XIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2008

MODALIDAD: AUTOR LOCAL


SARA FERNÁNDEZ GARCÍA

Nace en Guardamar en 1980. Dentro de sus inquietudes personales la escritura ocupa un lugar muy importante, reflejándose en los premios que a nivel local ha conseguido. Así, ha sido la ganadora del Premio de Narrativa Federico García Lorca, que anualmente convoca el Instituto de Secundaria de la localidad. Y ganadora asimismo durante las convocatorias de 2005, 2006, 2007 y 2008 del Concurso de Narrativa Corta Real Villa de Guardamar en la modalidad de Autor Local.


OLVIDO

  Cuando la llama de una vela se extingue queda el olor a cera adherido a cada una de las partículas del aire que una vez estuvieron iluminadas.

  A veces, este aroma es incluso más hermoso que la fulgurante luz, porque después de todo, es lo único que realmente queda.

  Algo parecido sucede con las personas.

  Una vez desaparece su luz, de ellos queda un gesto, una imagen o una frase en la memoria de aquellos que se deslizaron por sus vidas.

  Yo, hoy me concentro en el perfume de las flores, tal vez en un tiempo no recuerde su color, ni si eran lirios, rosas o siemprevivas, pero recordaré su aroma. Para ello con los ojos cerrados intento ser consciente de todas aquellas sensaciones que recoge mi cuerpo. Lo hago tal vez para obviar la extinción de su vela, para quedarme tan sólo con el olor a cera sin sufrir la pérdida.

  Y busco ese instante que me niego a perder, ese momento que se evoca con un “te acuerdas cuando...”. Así, como se empiezan las conversaciones más largas y cargadas de emociones, las que intentan recomponer tu vida, que a fin de cuentas se forma de pequeños recuerdos que salvamos entre todos los que desterramos por salud mental, esas conversaciones alrededor de una mesa con cervezas, cafés, infusiones, zumos o lo que sea que utilicemos como excusa para estar con aquellas personas que compartieron un tiempo indultado en nuestro camino. así buscaba yo una imagen en mi memoria que expulsara al frío mármol con letras doradas que hoy representaba a un ser querido, pero que me negaba a guardar como su último recuerdo, como su olor a cera.

  Recordé una tarde de septiembre en la que el látigo del levante había dado tregua al castigado Mediterráneo. Aquella tarde el Sol moría, como cada día, por poniente y, en su último aliento, acariciaba nuestras espaldas con sus lágrimas de luz rojiza.

  Sentada frente al mar lanzaba con curiosidad gatuna miradas a su pelo que, como dijo Gardel, había sido plateado por las nieves del tiempo. Su rostro erosionado por la experiencia transmitía la tranquilidad de una vida que, como la del astro, se apagaba sin ruido.

  Me gustaba observarla y, aunque sabía que rara vez se percataba de mi presencia, procuraba pasar inadvertida para su mirada, una mirada exiliada, ausente, perdida; como sus recuerdos. Sentía que a pesar de estar tan físicamente cerca se encontraba a miles de kilómetros y años de distancia, desubicada en un mundo que no reconocía suyo. Disfrutaba mirándola, acariciándole su pelo de color blanco y espeso, sus suaves manos de anciana, guiando sus pasos y compartiendo con ella algunos atardeceres.

  Llevaba escrita en la piel su vida, una vida desterrada de su mente por un intruso con nombre difícil de deletrear: alzheimer. Me llamaba la atención verla frente al perpetuo mar siendo su memoria caduca, pero he aprendido que la vida está plagada de paradojas.

  Jugando con su pelo la suave brisa entretejía sus cabellos y acariciaba su rostro junto con mi mirada. Por alguna razón, estar junto a ella, frente al mar me hacía sentirme cómoda en mi piel, tranquila y reposada en mi persona, sin dudas ni miedos, tan solo con un presente acuático y salino.

  Su mirada cada vez más ausente y ajena a lo que sucedía a su alrededor refulgió entonces viva e intensa, como la de quien rememora un agradable recuerdo. Y mi atención se fijó en esa pequeña pero poderosa chispa que empezaba a transformar su cara hasta convertirla en la felicidad resplandeciente de un niño la mañana de reyes.

  - ¿Es tu primer novio?

  Aquella pregunta me rompió el silencio que sostenía mi viaje visual por su persona y me sobresaltó.

- ¿Cómo dices abuela?

- Que si es tu primer novio

  Ciertamente no era la pregunta que esperaba de una mujer anciana con alzheimer avanzado, en realidad no esperaba ninguna pregunta en absoluto, pero decidí contestar ante la insistencia de sus ojos.

- No abuela, no lo es

  Una silenciosa sonrisa se instaló en sus labios y dio paso a un suspiro profundo y sentido.


- Este tampoco es el mío - me susurró al oído como se susurran los secretos más queridos - ¡qué guapo era Rodrigo!
 
  ¿Rodrigo?. Aquél nombre ajeno a mi familia se coló como un intruso en mis oídos para convertirse en trueno y el trueno en tormenta y la tormenta en huracán y el huracán tan sólo ululaba siete letras: R-O-D-R-I-G-O.

- Abuela... - dudé un segundo, dos, tres, hasta que ella volvió a mirarme con aquella luz en sus ojos marinos - ¿de quién me hablas?

- De mi primer novio, niña. ¡Qué esbelto en su caballo por la mañana!

  Mi mandíbula inferior había perdido por completo toda la sujeción que pudiera haber poseído alguna vez y se abría dejando ver mi lengua lívida y estática.

  No sé cuánto tiempo permanecí parada, con los ojos abiertos e incrédulos observando a aquella mujer y a su sonrisa frente al Mediterráneo, pero sí recuerdo que mi cabeza se convirtió en un cajón desastre que intentaba localizar a aquél tal Rodrigo y sacarlo de la sorpresa para convertirlo en anécdota o en comentario racional.

  Al principio incluso dudé que ella supiera de quién estaba hablando, pero en el tono que empleó había música de madrugadas a caballo, esperas de un corazón joven tras un viejo postigo y, quién sabe, probablemente primeros besos y caricias.

  Sentí entonces algo de envidia hacia aquél caballero desconocido que se resistía a abandonar su memoria, la memoria de mi abuela, mía ahora y siempre desde que empezó la andadura de mi vida. Sentí la rabia que crece dentro de un infante al que se le niega una chuchería, pero estalló todo en un suspiro con forma de palabras.

- Así que Rodrigo... - dije en voz alta sin pensar.

- Fue bonito, mi niña, tan bonito... - en sus ojos una sombra y en la sombra su enfermedad velaron al pobre Rodrigo y yo pasé de los celos a la culpa y de esta a la curiosidad.

  Hoy, con mis ojos cerrados todavía, asisto a su despedida, pero me niego a dejar marchar su pelo cano y sus ojos chispeantes, no quiero perder su media sonrisa ni su mueca de desconcierto.

  Siento una mano en mi hombro que me invita a avanzar y abro los ojos.

  El astro rey se pone, como cada día por poniente, pero hoy no acariciaba mi espalda, hoy hiere mis ojos con su despedida colorada. Permanezco frente al atardecer mientras aparto de mí esa mano y la invito a marcharse sin mí.

  Mi cabeza ahora bulle como una olla Express y los deseos se agolpan en mis ojos deseando borrar el rojo del cielo y volver al recuerdo de una tarde frente al mar de todos los tiempos.

  Pero tan sólo experimento la impotencia producida por la ausencia total de movimiento y decisión.

  Tal vez cuando siendo pequeña mi abuela imaginaba su boda con el almohadón en la cabeza, tal vez cuando miraba a las estrellas, tal vez cuando soñaba despierta, no era con esta vida, no era con nosotros, no era como resultó ser.

  ¿Y si hubiera vivido haciendo tan sólo las cosas que sentía? ¿y si no hubiera aceptado los límites y juicios impuestos? ¿y si hubiera renegado de esa agria normalidad de convenciones que nos atrapa y nos ahoga? Posiblemente todo sería distinto, pero no lo es.

  Yo estoy viva, decenas de personas han venido a despedir hoy su vida, una vida que no escogió, pero que decidió disfrutar con los hijos que le fueron dados y más tarde con los nietos.

  Mientras mi cabeza sigue amasando pensamientos condicionales llenos de preguntas, dolor, sorpresas y lágrimas, mi corazón se libera y se abre a ese atardecer que se apaga frente a mi rostro.

  Con la fuerza de los sentimientos, los que hasta hoy controlé dentro de unos límites impuestos giro sobre mis talones ciento ochenta grados y le doy la espalda al sol moribundo, a las frescas flores y a todas aquellas sombras humanas que guardan luto por una vida que no fue como imaginó ser.

  Mientras mis piernas se mueven entre los cipreses enhiestos en un rincón de mi mente eclosiona una duda, una pregunta que se convierte casi en afirmación: ¿Y si después de todo, la única defensa fuera el olvido?