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miércoles, 9 de febrero de 2011

XVI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2011

RELATO GANADOR

 MENOR 18 AÑOS


BLANCA MONTOYA LANDA


Blanca, desde muy pequeña ha sido una niña independiente y con un marcado criterio propio. Tiene una creatividad muy notable y ha sentido siempre la necesidad de expresarse artísticamente,  destacando sobre todo en el dibujo y en la escritura. Actualmente cursa 2º E.S.O en el colegio SEK de Ciudal Campo.

Con catorce años recién cumplidos ya ha sido distinguida previamente en varias ocasiones, entre las que cabe citar el primer premio 2008 de cuentos del C.E.I.P Tierno Galván de Tres Cantos (Madrid) por el relato “El muñeco de nieve” o la publicación en 2009 del poema “El mar” en la revista Dos Pingoletas  del Ayuntamiento tricantino.

Le encanta la literatura fantástica y de ciencia ficción y los relatos dramáticos. El hábito de lectura lo ha tenido desde bien pequeña. 


                             PIES  DESCALZOS

CAPÍTULO 1.           (22 Octubre, 1999)
Un varón. Habían luchado mucho por lograr tener un hijo. Al fin, parecía que lo habían conseguido. Éstos parecían asustados. El doctor se disponía a entrar en la habitación cuando descubrió a Mijail.
            No estaba permitida la presencia del padre en los partos y el doctor Sminov no iba a hacer ninguna excepción.            
            Sminov era el chamán del pueblo, quien se ocupaba de los partos, de las enfermedades y de las predicciones. Decían que hablaba con los dioses, pero no muchos le creían. Vivían en una pequeña aldea, cerca del estremecedor bosque de Germinsh. Muchos cazadores  de aldeas lejanas lo llamaban “Леса потеряли(El bosque perdido). Rondaban muchas historias y leyendas acerca de un horrible animal que habitaba en dicho bosque. Decían que, aún, allí se encontraban las almas de todos los cazadores que habían muerto en su intento de matarlo y, que nadie había salido jamás vivo de allí. Por este motivo, los habitantes de este pueblo se limitaban a pescar y a recolectar frutas y hortalizas. Pero esto no era siempre así, una vez en la vida, cuando los muchachos cumplían veinte años debían adentrarse en el temido bosque y cazar un олень (ciervo). No todos lo lograban, muchos se perdían o, simplemente no se volvía a saber nada de ellos nunca más.
            No protestó, se deslizó como un lince por la puerta y, en un abrir y cerrar de ojos, salió. Se sentó en un mullido sofá de pieles que ocupaba la mayor parte de la cabaña. Había pertenecido a su padre, un noble cazador de ciervos que era capaz de vencer a un tigre sin necesidad de arma alguna.
Observó también las camas, unas pieles tendidas en el suelo que, apenas ocupaban una tercera parte de la casa. Se estremeció, había oído gritos; y no eran de su mujer, ni del médico. Esta vez estaba seguro de que ninguno de los dos era el causante del quejido. Había sido alguien diferente, una voz que nunca había oído.
            Se precipitó a entrar en la habitación. Por mucho que lo intentó, Hudson no logró detenerlo. Era rápido y ágil como un zorro, pero la caza no se le daba bien, por ese motivo, la pareja deseaba tener un hijo varón.
            Pero, esta vez, la suerte no fue con ellos. La recién nacida resultó ser una pálida niña, asustada e indefensa.
            Vivian en un poblado, al norte de Rusia, en lo alto de las montañas. Por este motivo su única esperanza era tener un niño cuanto antes para convertirlo en cazador.
            Cuando entró, su mujer lo miraba, en sus ojos podía ver la desilusión y la rabia que poseía Mijail en ese mismo momento.
            --Lo siento –murmuró.
Su marido no contestó, se limitó a salir de la habitación murmurando algo entre dientes. Pero que nadie entendió.
            Galia se despidió mas tarde del chamán y, se dirigió hasta el enfurecido rostro de su marido. Lo  besó. Por un momento creyó haberlo olvidado todo, pero desafortunadamente para ella, no tardó en volverlo a recordar.
            --Lo siento –repitió ella.
            --¡Todo es culpa tuya! –la golpeó --¡Es qué no te das cuenta de que sin un varón pronto no podremos comer! ¿Es qué soy yo el único que piensa en eso? –chilló.
            No contestó. Sabía muy bien que a su marido no le podía llevar la contraria… no, a él no.
            --¿Qué? ¿Y qué hacemos con esta niña? –Añadió pateando con más fuerza a su mujer- No podemos cuidar y alimentar dos niños! Pero claro… ¡como el que alimenta a esta familia soy yo! ¡Qué más da! ¿No?
            --Buscaremos alguna solución, no te preocupes…
            --¿Qué no me preocupe? ¡Es que estás loca! ¿De verdad crees que no me voy a preocupar? Vamos, dámela.
            --¿Qué vas a hacer?
            --¿Qué qué voy a hacer? Pues voy a deshacerme de ella enseguida.
            --No, por favor. ¡No! –respondió sollozando entre lágrimas –por favor... Podemos criarla… Y, cuando nazca el varón la venderemos como esclava.
            --No. Vamos, ¡dámela!.
            --Por favor, Mijail, por favor… Podemos cuidarla hasta que nazca nuestro hijo, entonces, la venderemos y conseguiremos dinero.
            Mijail se marchó de la habitación. ¿Significaba eso que podrían quedársela? Galia dudó por un momento.      
Miró aquella hermosa criatura que la observaba con tanta dulzura. Su escaso pelo era de color negro azabache y sus ojitos marrones lucían parpadeando.
Sus pequeños dedos se aferraban a la mano de su madre con ternura y desesperación.
            --Tranquila, no permitiré que te ocurra nada – susurró. La pequeña esbozó lo que parecía una leve sonrisa.
            Se asomó por la ventana. Mijail estaba allí, fuera, hablando con Andrey.
Andrey era un hombre fuerte y robusto, y también padre. Tenía dos hijos mayores. Y su mujer, Natasha, era una mujer muy hermosa y amable. Vivían no muy lejos de su casa, y se reunían de vez en cuando para hablar, cabalgar, o quien sabe que.
            -Mi mujer cada vez me tiene menos respeto. –se quejó Mijail. – Tengo que hacer algo con la niña esta…
            -Deberías reñir a tu mujer, no debe llevarte la contraria en ningún momento. Y, si tu quieres acabar con la niña, ella no debe opinar. Recuérdalo, es solo una mujer.
            -Tienes razón. No debo acobardarme. Hoy mismo mataré a la niña y propinaré a mi mujer una buena regañina.
-Así me gusta amigo… -- dijo Andrey sonriendo.
            Galia estaba asustada. ¿Regañina? Ella sabía perfectamente lo que aquello significaba. Significaba dolor y maltrato hacia ella. Y además, él pretendía matar a su propia hija.
Tomó a la pequeña en brazos y, mientras Mijail se despedía de su amigo, salió corriendo hacia el bosque con la niña en brazos.       
Se oían los gritos salvajes de los jóvenes cazadores que arriesgaban su vida por conseguir comida. Los lobos aullaban a lo lejos, hambrientos, esperando a que algún cazador se despistara para lanzarse sobre él.
            Galia corría rápido, temblaba de frío. La pequeña se acababa de despertar, pero no parecía asustada. De repente se detuvo. Había oído algo.
            --¿Hola? – chilló.
No hubo respuesta.
Estaba claro, se había perdido.
Siguió andando, no quería perder la esperanza, pero finalmente, se tiró al suelo, desesperada ante la situación.          
La luna, rabiosa, ante el intento de iluminar tras las oscuras nubes, nunca se rinde, siempre está atenta, y guarda esperanzas. Es como un perro al lado de su amo, siempre espera, con paciencia, al momento adecuado para suplicarle comida.
Las personas somos muy complicadas en comparación al resto de los animales. Siempre queremos tener lo mejor, lo más rico, lo más sabroso, lo más bello… ellos no. Ellos se conforman con un resto de comida apenas comestible, solo quieren sobrevivir, sin importarles en qué condiciones. Sin embargo, las personas tenemos habilidades que pocos animales tienen. Así como la inteligencia, el amor, la astucia… Así pues yo digo, ¿cómo es posible que los animales, sin estas habilidades sobrevivan mejor que nosotros? Pues la respuesta es muy simple, porque nosotros somos cobardes, huimos si se nos da la posibilidad, rehusamos y esquivamos determinadas situaciones que tarde o temprano tendremos que afrontar. Ellos no. Ellos las aceptan, se acostumbran a ellas, lo cual nos dice que no somos tan listos como pensamos.
            Galia lloraba, temerosa, insegura.
Cuando cesó de llorar, reparó en la niña, quieta, callada, inmóvil… sus ojitos observaban pacientemente a su madre. No parecía asustada en absoluto, es más, parecía disfrutar.
-No te das cuenta de lo que pasa, ¿verdad? –preguntó Galia en tono cariñoso.
La pequeña sonrió, lo cual relajó a su madre durante unos segundos de tensión.
De repente, un rayo cayó con fuerza a escasos metros de ellas, lo cual provocó un incendio. Galia cogió a su hija en brazos y empezó a correr.
Pronto se cansó, cayó al suelo, sin fuerzas, lloraba, estaba muerta de miedo y abrazó a su hija con delicadeza.
            -Eres muy valiente, fuerte, sé que lo eres. Eres a la persona a la que más he amado, iría contigo hasta el fin del mundo, hasta donde fuera… pero no puedo, mis fuerzas se han agotado, yo he vivido ya mi vida, me hubiera gustado verte crecer… pero no va a poder ser así, ahora te toca a ti, vivir la tuya.
            Acarició lentamente la cabeza de su hija y cerró los ojos.

CAPÍTULO 2.        (23 Octubre, 1999)
            -¡Sergey! ¡Corre! ¡Ven a ver esto! –exclamó una mujer.
            -¿Qué sucede mamá? ¿Estás bien? ¿Dónde estás? –Preguntó preocupado.
            -¡Mira ven! ¡Ay ,dios! ¡Que el bebé está vivo!
            Sergey corrió rápido hacia su madre y examinó la situación.
En el suelo yacía una joven mujer cubierta de un manto y, en brazos, agarraba a un pequeño bebé de apenas unos días de vida.
Anna recogió al niño y, comprobando que la mujer estaba muerta se marcharon a su casa.
            -Pero madre, ¿Qué vamos a hacer con este bebé? –Inquirió Sergey.
            -He pensado en llevárselo a la señora Petrov, ya sabes, que conoce a la dueña del orfanato. ¿Es una buena idea no? Ella le buscará un buen hogar, estoy segura.
            -De acuerdo. No te preocupes, se lo llevo ahora mismo.
            -Muchas gracias hijo. De paso, si ves de camino a tu hermano Nicolay dile que venga a casa, que tengo unos recados para él.
            -De acuerdo madre. Voy pues a llevar a al niño con la señora Petrov.

CAPÍTULO  3.   (Marzo, 2003)
-¡Niña! ¡Tráeme la botoaella de whisky! ¡Vengea! ¡Venga! Gue no tienemoos todo el duia. – Gritó Yuri empujándola.
-Vaya Yuri… Veo que tu ayudante no está muy dispuesta…
- ¡Cállaite Vladimir! – exclamó. -¿Quierues peleia o quee? ¡¿Eh?! –añadió empujando a su contrincante.
Se pelearon durante un rato. Y, cuando al fin, cesaron de discutir hablaron de su negocio.
-¿Has repartido ya toda la mercancía que te di? –preguntó Yuri.
-Dame un poco más de tiempo… en una semana te aseguro que estará toda vendida.
-Más te vale Vladimir… porque confío mucho en ti. Y no quiero que me defraudes. Así que, cumple con tu parte del trato.
-Está bien. Muchas gracias.
            Era ya de noche. El viento soplaba con fuerza y hacía un horripilante y estremecedor ruido en el tejado de la casa.
De pronto, escuchó golpecitos en la ventana. Se asomó. Al otro lado, un niño mestizo sonreía bajo la lluvia. La pequeña no dudó, abrió la ventana y el muchachito entró.
            -¿Quién eres? – preguntó. – ¿Qué haces en mi casa?.
El niño, sacudió la cabeza. Y se quedó callado.
            -¿Quién eres? – repitió.
Sonriendo, alargó su mano y añadió:
            -Efim.
            -¿Te llamas Efim?
El muchacho asintió. Y la miró, esperando una respuesta. La miró extrañado y repitió:
            -Efim.
            -Pues… yo… --no contestó.
Tras un rato de silencio el niño alargó de nuevo su mano y, señalándose a si mismo, añadió:
            -Efim.
            -Yo no tengo nombre.
La miró extrañado. En su mano sostenía un libro y un lápiz. Los sujetaba como un preciado tesoro.
            -¿Qué es eso? –preguntó.
Efim cogió el libro y en una de las páginas escribió “Irina”.
            -¿Qué pone?
            -Irina –dijo.
Y de nuevo, alargó su mano y dijo:
            -Efim.
La niña rió. El muchacho señaló lo que había escrito y sonrió.
            -¿Irina? –dijo.
Efim sonrió. Parecía contento. Y repitió en un suspiro:
            -Irina…
            -¿Sabes leer? –preguntó Irina.
Efim asintió.
            -Por favor, léeme un cuento…
Sonrió, y empezó a improvisar una historia:
Había una vez un pajarito que puso un huevo. Unos cazadores se llevaron a su madre y, el huevo quedó solo y abandonado en el bosque. Por suerte, otros pajaritos lo encontraron y se lo dieron a una lechuza. Ella, estaba muy ocupada y no tenía tiempo para cuidar del huevo. Entonces se lo dio a unos cuervos; quienes cuidaron del pequeño pajarito durante un tiempo. Pero no lo cuidaban muy bien.”
-… ¿Y…? ¿Ya está? ¿Termina así?
Efim rió y negó con la cabeza.
            -¿Entonces? ¿Qué pasa?
            La puerta se abrió se golpe. Y Vladimir apareció de repente. Estaba borracho. El olor se podía reconocer a distancia. Irina se giró, rápidamente, para advertir a su amigo que debía marcharse. Pero él no estaba allí. La ventana estaba abierta. Se había marchado. Pero, ¿Cómo? Y… ¿Cuándo? No le había dado tiempo…
Con un ágil movimiento la agarró y la empezó a pegar.
Indefensa, la pequeña chillaba y lloraba de dolor. Pero no podía hacer nada. Él era muy fuerte. Y ella… pues ella… ella no era nadie. Ella era sólo Irina.
            A la mañana siguiente, Yuri la encontró moribunda, herida. Asustado la cogió en brazos y la llevó al bosque.
            -Por favor, no. Por favor, te juro que haré todo lo que me pidas. Lo siento… ¡Lo siento! Por favor, ¡Perdóname! Si he hecho algo malo, ¡por favor! ¡Perdóname! No lo volveré a hacer… te lo juro. Yo… comeré solo las sobras… o, ni siquiera eso. Yo buscaré la comida… Pero por favor, no me dejes sola. Tengo miedo… ¡Por favor! ¡Nooo! – Lloraba; su voz no era la de antes… antes apenas hablaba. Sólo, obedecía. Ahora gritaba, temblaba, apenas llevaba ropa y, sus heridas necesitaban ser atendidas por un médico urgentemente.
Pero Yuri no se detuvo. La dejó y se marchó corriendo.

CAPÍTULO 4.   
La niña yacía en el suelo, formando a su alrededor un gran charco de sangre, que no tardaría en atraer a los lobos.
Su respiración era lenta, suave, pero su corazoncito seguía latiendo, luchando contra las heridas.
Aullidos; aullidos y más aullidos.
Cada vez parecían sonar más cerca, como si fuera un juego, algo divertido. Pero no lo era. Apenas podía sentir los dedos, y sus piernas no obedecían a sus movimientos.
Lloraba, tenía miedo. Deseando que su madre estuviese allí en ese mismo momento, consolándola, curándole las heridas, todo cuanto una niña de tres años desea. Pero no estaba. De ella ya solo le quedaba el recuerdo, su risa, su rostro…
            Los aullidos de pronto cesaron. Estaban cerca, ya no era un juego. Ahora venía la caza, la verdadera caza.
            Había viento y los árboles se balanceaban fuertemente, destrozando los nidos de los jóvenes gorriones que, deseosos de vivir la vida, veían que no lograrían cumplir su sueño. El sueño de volar, ser libre. Soltarse de un árbol y dejarse llevar por el viento, aquel necesario amigo de los pájaros, enemigo de los polluelos.
Quien sabe lo que quieren estos animalitos, lo que piensan, lo que admiran, lo que aman. Por qué nacieron pájaros, y no personas. Por qué tienen alas, y no aletas. Por qué no son grandes, y son pequeños... Nadie lo sabe.
            Era tarde, y los lobos comenzaron a salir de sus escondrijos, deseosos de volver a degustar el sabor de la carne.
Cerró los ojos. El miedo invadía todo rincón de su cuerpo. Sus ojos, inmóviles, observaban en dirección a los imponentes aullidos. Sus manos, frías y pálidas taponaban la sangre que, lentamente, salía de la pierna.
De nuevo, un extraño ruido procedente de un matorral estalló en el silencio.
Irina cerró los ojos, apretó los puños. Deseaba estar muerta, que el dolor cesase. Esperaba el momento en el que el lobo le mordiera, clavara sus afilados dientes como cuchillos y morir, morir para siempre, viajar a un lugar donde reencontrarse con madre, donde el viento no es malo, ni molesto. Donde con él todos pueden volar, extender sus brazos y llegar muy lejos.
            Unos ojos, amarillos, irrumpieron en la noche. Y poco a poco la belleza de un gran lobo emergió de repente, dejando tras de sí toda una hilera de arbustos y aproximándose lentamente hacia su presa.
Irina, esperó a su ataque. Esperó a que sus dientes se clavaran en su cuello. Apretó los puños. Ella era valiente, no temía al peligro. El peligro no es malo, si es aquello que tanto deseas.
El lobo la miró, fugazmente, a los ojos; y esbozó lo que parecía una leve sonrisa. Aproximó sus dientes al cuello de la pequeña niña y, dulcemente y acariciando su frágil piel hincó sus brillantes colmillos en su víctima.
Como la señora tanto le había repetido…. “el miedo es algo de lo que no podemos huir; sólo podemos acostumbrarnos a él. Cuando tengas miedo, piensa en cosas bonitas, cierra los ojos, imagínalo todo tal y cómo te gustaría a ti que fuera. A tu manera.”
Y así hizo, cerró los ojos y dijo:
“Entonces el pajarito, que tanto lleva sufriendo, decide que es el momento de volver con su madre…”
            Pero no pasó nada. Cuando abrió de nuevo los ojos todo era distinto.
No había oscuridad, sino luz. No había viento, sino sol. No había lobos, sino ciervos, conejos, gorriones y petirrojos que, cantaban, cantaban alegres canciones con notas agudas y afinadas.
Miró su pierna, intacta. La herida había desaparecido. Pero el bosque seguía ahí.
A lo lejos, alguien la llamaba. Alguien gritaba su nombre. Se giró, en sentido a las palabras, a la armonía de aquellas palabras que tan familiares le resultaban. Y entonces la vio. Una mujer; joven, con cabellos negros y largos. Muy guapa. Era exactamente como ella siempre la había imaginado; su madre. Corrió hacia ella, y la abrazó. Al lado, un pequeño pajarito sonreía y abrazaba a su madre también y, todos, eran felices.



sábado, 13 de marzo de 2010

XV CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2010




MODALITAT: AUTOR MENOR DE 18 ANYS



 CLARA GONZÁLEZ SAFONT. 


Clara González Safont és una Jove que actualment està cursant Batxillerat a l’institut “El Grao” de València. Comta amb una gran vocació literària, com ho demostra su participació en nombrosos concursos literaris, on ha aconseguit els següents premis: 1er premi del “IV i V Certamen literario Colegio Hogar Nuestra Señora del Rosario”; classificada en la primera fase dels concursos literaris organitzats per Coca-Cola.


EL RASTRE DE LA TINTA

Hi havia una vegada un ecosistema que habitava en una gran mansió de dos pisos. Les espècies eren molt diverses i cada una tènia un lloc determinat per a exercir una funció concreta.
Convivint molts anys,  amb la marxa o defunció d'uns, deixaven pas a altres iguals que ells o completament diferents, l'important era ocupar eixe espai i que el lloc no quedara buit.
Entre les diferents famílies, trobàvem als de sang blava, prims i alts. La seua espècie es denomina: bolígraf comú.
Els bolígrafs decoraven amb lletres o números els fulls monòtons emblanquits, i els oferien un món d'incalculable saber que es contenia en menys de vint centímetres de tinta. Tenien el poder inimaginable d'omplir un examen i donar la nota adequada, un pas important  a un ampli futur, per a obrir una infinitat d'estudis universitaris.
Amb el pas del temps, la tinta que deixava empremta es perdia i la poca restant anava lliscant-se per les seues parets fins a arribar al moment de la seua despedida.
El cap de família havia treballat en projectes prou importants com la resolució de més de cent problemes matemàtics. Alguns més xicotets inexperts que coexistien feia poc de temps que havien començat amb les dures tasques del treball diari d'una  jove estudiant.
Un d'ells era diferent dels altres, les seues parets eren d'un plàstic opac, i no transparent com la resta de companys. Este era utilitzat quan li plaia a la jove, ni molt ni poc, i per això a vegades va sentir zels per altres més comunament utilitzats.
El dia més important de la seua vida va arribar quan l'estudiant tenia un examen prou decisiu en el qual només necessitava un bolígraf, de manera que el va triar  a ell.
Els dos estaven nerviosos, però al llarg de l'examen van anar agafant confiança l'un amb l'altre i van desenrotllar una gran seguretat. Però va ser en les dos últimes preguntes de l'examen quan el bolígraf va començar a fallar. En compte de marcar un fort ritme sobre el foli en blanc, pareixia que la pròpia blanquea absorbira la tinta blava del bolígraf, i, de prompte parà en sec. Mai li havia ocorregut, volia soltar la seua tinta però no podia, i van sentir els dos tal impotència que la jove va decidir triar un altre bolígraf i deixar al de parets opaques a un costat de la taula. La seua intenció era deixar-lo abandonat en alguna paperera que trobara en qualsevol cantó de l'aula però inconscientment a l'acabar l'examen, la jove el va guardar junt amb els altres. El bolígraf havia deixat d'escriure i ser utilitzat; no sabia realment si havia arribat la fi de la seua vida.
Una maquineta de fer punta va coincidir una vegada al seu costat i li va dir:
      -Per què estàs tan trist?
I el bolígraf de parets opaques li va contestar:
     -Una vegada vaig redactar una història en què un granger tenia moltes vaques que li donaven molta llet. Va decidir portar a una de les seues vaques a un prat al què no anava mai i l'endemà la vaca no va donar llet. El granger va apartar eixa vaca i li va dedicar més temps a les altres.
La maquineta de fer punta que va veure al bolígraf prou afectat va dir:
     -Vaig conéixer a un retolador fabulós, amb un color verd intens els rètols del qual destacaven; fins que un dia al finalitzar una làmina difícil es va quedar a l'espera de la seua protecció i al no abrigar-se durant tota la freda nit, l'endemà la seua sang s'havia refredat. El pintor va intentar reprendre el seu treball i les seues línies no tenien color.
Llavors el jove bolígraf desolat va concloure:
    - He arribat a la fi de la meua vida, les meues paraules tampoc tenen color; prompte, l'estudiant m'abandonarà.

La maquineta de fer punta, que volia animar-lo, li va presentar un amic, a qui diverses vegades havia ajudat a eixir avant quan pensava que la mort aguaitava els seus dies.
  -Este és el meu amic llapis, compta-li el que t'ha ocorregut perquè tal vegada la seua història et puga donar esperances.

El bolígraf li va comptar allò que s'ha succeït com li va aconsellar la maquineta de fer punta, i a continuació el llapis li va contestar:
   -La meua cosina, la pintura de fusta de color roig, pertanyia a un humà de poca edat que la utilitzava molt sovint. A poc a poc la seua punta es va anar desgastant i va pensar que la seua fi havia arribat. L'humà intrigat, li va dir a sa mare que volia una altra pintura perquè eixa ja no funcionava com abans. La mare li va ensenyar al seu fill, que moltes vegades tot el que necessitem, està més prop del que creiem. Així que hem de confiar en nosaltres mateixos però també en els que ens rodegen, perquè poden fer-nos millors. I mentres deia estes paraules, feia girar a la meua cosina la pintura de fusta dins de la maquineta de fer punta, eliminant la part que li impedia impregnar el paper de roig viu. El xiquet va comprendre que no cal rendir-se en el primer entropessó i que amb els consells d'altres podem recuperar  l'esperança perduda.

Al jove bolígraf li va sorprendre saber que altres havien estat en una situació semblant i havien tornat a ser útils amb l'ajuda d'altres per això li va preguntar a un portamines com podia superar-ho i li va dir el següent:
       -Conec un individu molt curiós que té una pota de mina i una altra amb una punxa que es clava en el paper i no el solta. Al ballar amb la seua pota de mina dibuixa uns cercles perfectes, grans xicotets, uns dins d'altres… Va arribar un dia que el ballarí es va lesionar i els cercles ja no eixien redons, així que li van donar la baixa temporal perquè era inservible. Per això, va estar molt deprimit pensant que la lesió seria definitiva. Fins que a la setmana l'estudiant va buidar el seu estoig i va trobar el genoll de la pota lesionada. La va col·locar en el seu lloc i després d'una dura rehabilitació, es va adonar que el compàs tornava a fer cercles perfectes. El ballarí es va alegrar de recuperar la seua mobilitat i tornar a ser útil. Ha d'haver-hi alguna cosa que et faça recuperar la tinta, tal vegada necessites només eixa peça que li faltava al compàs, un xicoteta espenta.

Finalment després de parlar amb tots els seus companys li va demanar consell a algú molt pròxim a ell, el bolígraf més ancià i amb més experiència:
    -Tu que eres tan savi aconsella'm perquè estic molt preocupat. Què hauria de fer?

El bolígraf li va respondre sensatament:
      -Una vegada et vaig escoltar contar la història d'un granger i pense que estava inacabada. No va sacrificar la seua vaca perquè l'home va confiar que seria alguna cosa passatgera. Estic segur que aquell animal es va recuperar i va tornar a donar llet. Igual que t'ocorrerà a tu.
He conegut a molts jóvens bolígrafs amb xicotetes bambolles d'aire que es van adonar ràpidament del seu defecte; però tu al tindre les parets opaques no te n'has adonat. Des del primer moment et vas rendir. La clau del teu èxit ha d'estar a confiar de nou en tu mateix i continuar escrivint a pesar que no veges tinta en el paper. Moltes vegades un gran esforç no es veu reflectit directament en beneficis però amb el temps tot treball dóna el seu resultat. Si encara no t'han rebutjat és perquè saben que en un futur seràs útil.
L'estudiant preocupada per eixe bolígraf que anteriorment funcionava bé el  va prendre en les seues mans i el va agitar enèrgicament. El va lliscar ràpidament pel paper de dreta a esquerra i continuava sense funcionar.
En eixe moment el bolígraf recuperant l'esperança, no es va rendir. Amb interés i seguretat va notar que la seua tinta tornava a bategar amb força. L'estudiant va tornar a intentar-ho i els batecs del jove bolígraf es van estampar dèbilment sobre el paper. 
Esbossant un somriure va pensar que havia recuperat el seu amic preferit i va decidir llavors, que el millor homenatge era plasmar el seu propi nom amb lletres fermes i esveltes.


domingo, 8 de marzo de 2009

XIV CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2009


MODALITAT: ACCÈSIT AUTOR MENOR 

DE 18 ANYS


Celia Arroyo Prat




Celia nace en Valencia en 1993. En la actualidad cursa 4º de Educación Secundaria Obligatoria, y en su corta trayectoria ya ha participado en varios concursos literarios. 


EL ÚLTIMO COMBATE
Si hubiera podido pedir cualquier deseo, si hubiese tenido la certeza de que se cumpliría, habría solicitado su libertad. Se recriminó a sí mismo de inmediato; era un gladiador, un mirmillón, entrenado para matar y para desafiar a la propia muerte; no podía temerla, era consciente de que terminaría sus días desangrándose sobre la arena del Coliseo. Sin embargo, no cabía en él la desesperanza. Cuando se permitía soñar, imaginaba que lograba las suficientes victorias para comprar su liberación, salir de allí, y entonces…Entonces ¿qué? ¿Qué sería de su vida si lograba salir de allí? ¿En qué trabajaría? ¿Cómo se ganaría la vida? Él mismo desmoronaba sus propios sueños e intentaba encerrar en un rincón de su mente la fogosidad de su joven alma, que clamaba por la libertad. A su alrededor, demasiado alboroto. Sus compañeros, con los que debía enfrentarse unas horas más adelante, bebían y comían sin pensar en nada más; tal vez serían aquellos los últimos manjares que probaran en sus vidas. Se consentían incluso reír aún sabiendo el funesto destino que les aguardaba. Porque todos vivían en la misma cruda realidad; o matabas o morías. En una de las pocas veces que se decidió a alzar la mirada la vio, aunque hubiese deseado no hacerlo. La criatura más hermosa que jamás había visto se posaba ahora ante sus ojos. Ella también lo vio a él, y quedó atrapada en aquellos salvajes ojos verdes que recordaban a los de un león. Realmente, aquel joven poseía un cierto parecido a los grandes felinos: los músculos que se adivinaban bajo la fina camisa de tela estaban aparentemente tranquilos, pero en tensión; sus ojos parecían de esmeralda y lo observaban todo en silencio, desafiantes.  Su corazón dio tal vuelco que no pudo más que acercarse a él. Se sentó a su lado sin decir nada, sin osar respirar apenas. Él la miró entonces; era una mirada de reproche:
            _Quiero estar solo._su voz era firme y no admitía réplica.
            No obstante, ella sentía curiosidad por aquel gladiador:
            _ ¿No deseas compañía en el que puede que sea tu último día?
            El joven respiró hondo y tragó saliva. No podía apartar su mirada de aquella joven. Y se negaba a ser débil. Nada debía rondar por su mente excepto la necesidad de sobrevivir un día más. Haciendo un esfuerzo posó sus ojos en la otra punta de la estancia:
            _ ¿Qué puede desear un hombre que puede ver tan cercana su muerte? Lo único que deseo es sobrevivir. Nada debe distraerme mañana. No puedo fallar.
            Al escuchar esto, la muchacha se levantó y se marchó de allí dejando al guerrero solo de nuevo. Un extraño sentimiento que no supo definir le invadió entonces, y es que nunca antes había sentido prender la llama del amor en su corazón.

            Sobrevivió a aquel día pero, desde entonces, no pudo dejar de pensar en aquella misteriosa muchacha, aquella que le había ofrecido su compañía y a la que él había rechazado. Pasaron los días y hubo de nuevo un gran banquete dedicado a los gladiadores que ofrecerían sus vidas a la mañana siguiente. De nuevo él se había retirado a un lado, alejado del barullo que tan nervioso lo ponía. Y de nuevo estuvo ella. Cuando la joven localizó al mirmillón sus músculos se relajaron y una sonrisa se dibujó en su rostro reflejando el tremendo alivio que sentía. Corrió junto a él y se abrazó a su cuello. El gladiador, visiblemente sorprendido, no supo si apartarla o corresponderla. Cuando se separaron, dos largas lágrimas recorrían el rostro de la muchacha. Él, mirándola con extrañeza, preguntó:
            _ ¿Qué ocurre? ¿Por qué lloras?
            _Ha sido el verte aquí, sentado, sano y salvo. Cuando me marché la otra noche pensé que nunca más volvería a mirarte a los ojos, que no regresarías, que tu cuerpo descansaría sin vida en la arena del Coliseo. Estas lágrimas son lágrimas de alegría. Lo siento si con ellas te he incomodado.
            Entonces una extraña fuerza se apoderó de él. La tomó entre sus brazos y la besó, con pasión. A partir de aquel momento ambos empezaron a compartir todas las vísperas de los combates, en todos los banquetes estaban juntos. Cada momento que podían verse era como un pequeño rayo de luz entre la más espesa niebla. Todo parecía nuevo e iluminado cuando estaban juntos. Y él, sin embargo, sentía una inquietud en el fondo de su alma. Cada vez le costaba más y más concentrarse en los combates. Cada vez sus heridas eran más profundas. Cada vez se sentía más cercano a la muerte. Llegó a plantearse el dejar de una vez aquella locura, pero cuando miraba a la joven no se sentía capaz. Y sintió miedo por primera vez en su vida; miedo a la muerte, miedo a perder todo aquello. Temía morir porque por primera vez había descubierto lo que era la vida; porque por fin tenía algo por lo que luchar, por lo que vencer, por lo que sobrevivir. Aquel miedo le hacía débil, frágil, quebradizo como el más fino cristal. Pero guardó todo su desasosiego para sí mismo, nadie más debía padecer por él. Una de las noches anteriores a un combate, al mirar a la joven a la cara, sintió como un terrible pánico le sacudía por dentro. No podía soportar la posibilidad de perecer en el Coliseo y de no volver a verla jamás. Ella lo notó de inmediato:
            _Tiemblas. ¿Tienes frío?
            Él agachó la cabeza de modo que algunos mechones de su melena castaña le cubrieron los ojos:
            _No. Estoy bien.
            _No es cierto. Algo te ocurre.
            El gladiador se levantó bruscamente:
            _No puedes presumir de conocerme. No sabes nada de mí; ni mi nombre, ni mi condición. Nada.
            _Sé que te quiero._respondió ella, levantándose a su vez.
            Él la miró, sintiendo como el corazón se le partía. Estuvo a punto de derrumbarse, de confesarle todas sus inquietudes. Sentía la necesidad de desahogarse en su regazo, de llorar como un niño; pero se obligó a sí mismo a recordar que era un gladiador y que debía matar o morir. Simplemente la abrazó en silencio, y ella pudo disfrutar de la calidez de sus brazos y de la dulzura de su corazón. Permanecieron mudos toda la noche. No tenían nada que decirse. Ninguno de los dos sentía la necesidad de conocer la identidad del otro, el sentimiento que los unía era más importante que todo aquello.

            El día del combate ella sintió la imperiosa necesidad de asistir. Cuando lo vio aparecer caminando con aplomo sobre la arena sintió como se le oprimía el corazón. Su mirada saltaba nerviosamente de un arma a otra, todas ellas mortíferas al igual que sus dueños. Fue consciente entonces del terrible peligro al que se exponía el mirmillón, y su respiración se agitó sin poder apartar los ojos de él. Comenzó la lucha. El sonido de los aceros al chocar y de los gritos agónicos de los primeros alcanzados por sus filos llenaban el Coliseo. Los espectadores aguantaban la respiración esperando descubrir un nuevo vencedor. Ella sólo lo buscaba a él. Durante unos segundos que se le hicieron eternos se levantó una terrible polvareda. Cuando la nube de polvo se disipó pudo ver como él caía sobre la arena, sangrando por el vientre, el casco a sus pies, con una herida que no tardaría en arrebatarle la vida. Ella sintió como se le desgarraba el alma y gritó. Nunca antes se había escuchado en el Coliseo un grito que expresase tan hondo pesar. Todo el público guardó silencio y se giró hacia ella, los gladiadores interrumpieron su lucha. Él, con sus últimas fuerzas, alzó la mirada. Y la vio, tan perfecta y tan maravillosa como el primer día. Y el miedo que le había estado carcomiendo por dentro se esfumó de pronto porque comprendió que, para él, ella había sido mucho más que un rostro o un cuerpo, ella había sido la libertad con la que tanto había estado soñando, aquella que tanto había ansiado y que había logrado conseguir en cada uno de sus besos. Antes de cerrar sus ojos de esmeralda para siempre no pudo evitar sonreírle, agradeciéndole todo lo que le había dado. Ella comprendió esto y un mar de lágrimas surcó sus mejillas. Para ella, él había sido toda su vida, por cada sonrisa ella se habría arrancado un trozo de su propio corazón. Y en aquel momento se habría cambiado por él, sin dudarlo un segundo, porque supo que sin aquel gladiador sin nombre nada tendría sentido. Pero después de todo y a pesar de la intensidad de sus sentimientos, el combate acabó como cualquier otro día. Los vencedores regresaron a su encierro y los vencidos fueron retirados de la arena sin ningún tipo de emoción. No obstante, lo que aquel gladiador entendió momentos antes de su muerte fue que la libertad no es poder librarte de las cadenas que te atan, sino elegirlas por ti mismo; pues antes de saber que el amor existía se sentía preso y al vivirlo había sido libre, aún estando tan encerrado y condenado como antes.


martes, 29 de enero de 2008

XIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2008


MODALIDAD: ACCÉSIT PARA MENORES DE 18 AÑOS 



ÁNGELA LÓPEZ GARCÍA

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Residente en Orihuela esta joven autora cursa en la actualidad 4º de ESO en el Instituto Tháder de Orihuela.

Literariamente ha obtenido el 2º premio en el concurso literario “Los mejores relatos breves juveniles de la provincia de Alicante”, convocado por la Asociación Provincial de Libreros de Alicante y también el 2º premio en el concurso literario “Gabriel Miró” de prosa narrativa en la categoría de 2º ciclo de ESO convocado por el Instituto Gabriel Miró de Orihuela.

            
                                   FORTUNA

Entre sus aficiones favoritas destacan la lectura, la música y los idiomas. Tapé el Sol con las manos, con el fin de que no me cegase. El cambio de iluminación del interior de la biblioteca al exterior había hecho que cerrase los ojos y durante unos segundos lo único que pudiera ver fueran puntitos de colores. Cuando al fin mis ojos se habituaron a la intensa luz, me atreví a bajar la empinada escalinata que separaba el edificio de la pequeña plaza, en cuyo centro había una fuente con apenas agua y con el fondo repleto de monedas que gente supersticiosa había lanzado pensando que, así, se les cumpliría un deseo prácticamente imposible sin mover un dedo. Pisé las primeras baldosas del suelo, que dibujaban un círculo de tonalidades azules y blancas que poco a poco se iba estrechando hasta alcanzar el diámetro de la fuente y comenzar a formarla.
Me acerqué a la fuente y miré su fondo, repleto de sueños, ilusiones y esperanza en forma de monedas. Pronto vino a mí aquella descabellada idea que siempre cruzaba mi mente cuando me dedicaba a contemplar aquella fontana. Sopesé durante unos segundos la idea hasta que finalmente me decidí. Busqué en mi mochila el monedero y extraje una moneda de cinco céntimos. ¿Qué más daba que desperdiciase así tan poco dinero? Acerqué la mano que contenía la moneda a mis labios y le susurré mi deseo para después arrojarla a las aguas de la fuente y ver como, poco a poco, se hundía y tocaba el fondo, confundiéndose con las demás y haciendo que fuera imposible diferenciarla.
No es que creyera que todo aquello tendría algún efecto o que conseguiría que mi deseo se hiciera realidad… al menos, no del todo. A veces, cuando las cosas no tienen una solución aparente nos exiliamos, en cierto modo, a la fortuna y a las supersticiones con la esperanza de que algún día se cumplan. Suspiré. ¿Cómo podía haber pensado por unos segundos que al tirar una moneda al agua el centro de mi preocupación se disiparía? Era de necios pensar así, al fin y al cabo, pues la suerte no existe…, lo único real es nuestro esfuerzo y, a decir verdad, yo apenas tenía fuerzas para intentar seguir dando lo máximo de mí.
Alguien gritó mi nombre, pero no me giré…, ya sabía de quién se trataba y también que se acercaría a mí al no parecer haberle oído. Esperé hasta notar que me daban varios golpecitos en el brazo. Giré la cabeza con lentitud, como si me pesase. Posé mis ojos en ella, parpadeé dos veces y tomé aire para hablar.
-Pensé que no llegarías nunca, Edith.
Mi amiga sonrió.
-Me entretuve un poco con el trabajo de fin de curso.
-Ah. ¿Vamos ya?
-Sí, claro.
Salimos con paso ligero de la plaza. No sé muy bien por qué pero sentía como mi corazón se aceleraba cada vez más y más.
-Julia, ¿estás nerviosa?
Miré a Edith, que tenía sus ojos clavados en mis manos. Cuando tomé conciencia de mis extremidades, me di cuenta de que estaba temblando de manera exagerada. Traté de inspirar hondo varias veces pero no pude, mis pulmones parecían haberse colapsado. Comencé a marearme, sentí como mi cara perdía todo el color, un sudor frío recorrió mi frente y los escalofríos se sucedían uno tras otro en mi espalda. Pronto todo comenzó a dar vueltas hasta que noté cómo mi mejilla chocaba con la dura piedra del suelo. Después, todo desapareció.

No sé cuánto tiempo pasó desde que me desmayé hasta que me desperté, pero cuando lo hice no reconocí dónde estaba. Miré hacia la izquierda y después hacia la derecha, esperando ver a alguien durmiendo en una silla junto a la cama en la que estaba tendida, pero ahí no había nadie. Opté por destaparme y salir de la habitación, pero primero tenía que encontrar mis zapatillas y con la débil claridad de la luz de la luna no era posible. Después de tres minutos intentándolo, desistí. Andaría descalza si no quedaba otro remedio. Me dirigí hacia la puerta, que había localizado durante la fallida búsqueda de mi calzado. Agarré el picaporte con cuidado y lo giré con dificultad, pues mis manos habían comenzado a sudar sin razón aparente. La luz se abalanzó sobre mí como un león hambriento. Cuando me hube habituado a ella pude comprobar que todavía llevaba puestos los pantalones vaqueros y la sudadera que había elegido el día de mi desvanecimiento. Recorrí con la mano las paredes blancas sin decoración que tenía a ambos lados. No había ninguna puerta, como si la creación de aquel pasillo sólo hubiera tenido la finalidad de juntar una casa con una habitación que, durante el proceso de construcción, había quedado rezagada. Me paré en seco al llegar al final y encontrar un vestíbulo que, al contrario que el pasillo, estaba repleto de fotos y cuadros. A pesar de todo, lo que más me sorprendió fue ver a una mujer de unos sesenta años mirándome con una sonrisa gentil. Sus ojos, cercados por arrugas leves, eran de color grisáceo y desprendían una dulzura indescriptible que me ponía nerviosa. Abrí la boca para hablar pero ella alzó el dedo, indicándome que guardara silencio. A continuación, habló:
-Acércate y guarda silencio hasta que yo te lo indique.
Su voz parecía la de una persona mucho más mayor, sonaba como oxidada, como desgastada por haberla usado durante toda una vida… como si sólo fuera un fantasma de cómo había sido en su juventud. Pero, a pesar de todo, era uno de los sonidos más tranquilizadores que jamás había tenido ocasión de oír, como si pretendiera dar lugar a la aceptación de una noticia terrible evitando pasar por la ira y la incomprensión que ésta provocaría en una persona. Por eso supongo que le hice caso y me situé a su lado, de cara al pasillo que acababa de atravesar. No tenía conciencia del tiempo, pero tampoco me importaba… al menos, ya no. Observé las imágenes que colgaban de las paredes, una a una, pero sin moverme de mi sitio. Todas contenían escenas de la vida de un grupo de personas… de una familia. Parecía que de un momento a otro saldrían de los marcos y se colocarían a nuestro lado. El sonido de las chirriantes bisagras de una puerta abriéndose a nuestras espaldas me sobresaltó e hizo que mis pensamientos se esfumasen tan rápido como habían llenado mi cabeza. Me giré, instintivamente, a la vez que un escalofrío recorría mi columna vertebral pero antes de que pudiera ver nada, la señora tomó mi cara con sus dos manos y me obligó a seguir mirando la pared y dar la espalda a la puerta, con delicadeza. Al contrario de lo que había imaginado, sus manos eran extremadamente suaves, como las bufandas que mi madre solía tejer cada invierno y que siempre eran más grandes de lo normal para poder darles mil vueltas y que, aún así, colgaran hasta rozar el suelo.
-Me llamo Charlotte.
Me pilló desprevenida que me dijera su nombre de repente. Tardé unos segundos en reaccionar y decidir que lo más cortés y normal era presentarme yo también.
-Julia. Encantada.
Las dos sonreímos y a ella se le escapó una risita pícara, o eso me pareció oír. Después, se dio la vuelta y abrió la puerta, que se acababa de cerrar. Con un gesto de la cabeza me indicó que la siguiera.
-Vaya… -fue todo lo que pude decir al entrar en aquella sala.
-Bienvenida al salón de la casa en la que creciste.
Era imposible que estuviera allí… estaba en la otra punta del mundo, no podían haberme llevado allí después de desmayarme.
-Oh, tú has sido quien ha venido aquí… nadie te ha traído.
¿Acaso podía leer mis pensamientos? Y, sobre todo, ¿qué pretendía decir con lo de que yo había ido allí? La confusión estaba comenzando a crecer dentro de mí, imposible de ser parada si yo no tomaba cartas en el asunto.
-¿Cómo que hoy he venido aquí?
-Sí, has venido al lugar por el que más amor sientes…
-La casa de papá.
Charlotte sólo asintió. Después fijó su mirada en unas sillas que había en un rincón de la estancia. Seguía teniendo las paredes de color mandarina y la chimenea tenía gran cantidad de portarretratos sobre su repisa. El fuego estaba comenzando a extinguirse y la gran lámpara de araña que pendía del techo lanzaba destellos en todas direcciones cada vez que los rayos de luz que entraban por las ventanas atravesaban sus pequeños cristales. Todo era tal y como yo lo recordaba, incluso la silla en la que estaba sentada.
-Ahora sólo tienes que ver y escuchar… no es necesario que hables.
¿Qué se traía entre manos?
No me dio tiempo de encontrar una respuesta a mi pregunta, alguien entró en el salón y, sin que pudiéramos verle la cara, se sentó en el sofá de color marrón que estaba enfrente del televisor y que nos daba la espalda. Cogió el periódico y se puso a hojearlo, a la vez que encendía la televisión, a la espera de que comenzasen las noticias.
-No puede ser, murmuré.
En la cara de Charlotte se dibujó una sonrisa. No podía apartar la mirada de aquel hombre… se parecía tanto a él… pero volverle a ver era imposible, había muerto hacía mucho tiempo, quizá cuando yo más lo necesitaba. Pero, al contrario de lo que mucha gente podía pensar, la verdad es que lo único que quería, más que nada en el mundo, era poder hablar de nuevo con él, sólo una vez más aunque fuera imposible.
Cuando acabaron las noticias, a las cuales no presté ni la menor atención, él comenzó a hablarnos, sin girarse para vernos las caras.
-Gracias por todo, Charlotte.
-No hay de qué, viejo amigo. –Se levantó y fijó su mirada en mí- Encantada de haberte conocido, Julia.
Me abrazó y me dio un beso en la frente. Algo dentro de mí se conmovió ante tal gesto por lo que no dudé en corresponder a su abrazo.
-Julia, por favor, siéntate a mi lado.
Hice lo que me pedía y entonces lo vi. Seguía teniendo los mismos ojos verdes pardo que lo miraban todo de un modo extremadamente observador. Llevaba la barba de unos cuantos días, como acostumbraba a tener debido a su constante descuido. Su pelo todavía era un completo caos, como el mío. Pero lo que más me llamaba la atención era que estaba tan joven como yo lo recordaba… no alcanzaría los treinta y cinco años; el tiempo no había pasado por él como lo había hecho por mí.
-Hay tanto de lo que tenemos que hablar….-sonaba cansado, como si hubiera esperado durante mucho tiempo que aquello llegara.
Sentí, entonces, el corazón latir en las sienes. A pesar del vértigo repentino que estaba experimentando, fui capaz de articular algunas palabras:
-¿Cómo…?
-No creo que preguntarme cómo es posible que esté aquí hablando contigo sea lo que primero quieres saber, ¿me equivoco?
-En absoluto. –me temblaba la voz, lo que me obligaba a contestar con frases cortas.
-Julia, inspira y espira. Expulsa los nervios inútiles.
Lo intenté, pero no funcionó. A pesar de ello, hice como que estaba ya más calmada.
-¿Por qué fue? –me atreví a preguntar.
-Nada del otro mundo… una parada cardiaca. Venía de familia.
-Oh.                                         
Miré al suelo, a la vez que con mis manos comenzaba a arrugar mis pantalones, como acostumbraba a hacer cuando estaba incómoda.
-Te incomodo.- No era una pregunta, sino una afirmación.
No le contesté. ¿Qué debía decirle? ¿Que estaba pensando en que mi salud mental era pésima? ¿Que no creía que él fuera real? ¿Que sólo quería salir corriendo de allí, como una niña pequeña que se esconde de sus miedos? ¿Que, aunque mi mayor deseo había sido siempre poder hablar una última vez con él, ahora daría cualquier cosa para poder dejarlo de lado?
-No es eso… -¿A quién pretendía engañar?. Desde luego que a él nunca conseguiría hacerle creer cualquier falsedad que se escapase de mis labios. Éramos tan parecidos…
-Se  te da tan mal mentir como a mí.
Entonces se rió, con una placidez que yo jamás podría imitar. Seguía teniendo la misma risa cantarina de siempre, aquella que nos acompañaba cuando jugábamos juntos, aquella que me permitía dormir tranquila por las noches después de que me contase un cuento, aquella que durante tantas noches había invadido mis sueños y hacía que me levantase con buen humor…; seguía siendo su risa, nuestra risa. Al llegar a esa conclusión fue cuando me di cuenta de que no tenía razón alguna para que su presencia me incomodara porque él no había hecho nada para que fuera así. Y, en ese momento, me di cuenta de que todo aquello no era obra de mi imaginación, ni de mi subconsciente, sino que era algo más… algo que no alcanzaba a entender pero que me daba completamente igual. Al fin estaba sentada a su lado, al fin podría hablarle de todo lo que me había pasado por la cabeza desde su ausencia, al fin tenía cerca de mí a mi mayor confidente.
-Soy una estúpida -me dije en voz alta, sin darme cuenta.
-¿Tú crees?
-Sí, estoy absolutamente convencida de ello.
Me observó con una mirada inescrutable. Y luego, con calma, sacudió la cabeza.
-Tienes razón, eres estúpida… por pensar que lo eres.
Me reí. Me recordaba tanto los viejos tiempos…
-En serio, por unos momentos se me ha ocurrido dudar de que tu presencia aquí fuera real; es más, quería huir como fuera de aquí. No sabes lo mal que me siento por ello.
-No pasa nada. Es lógico que tengas miedo a aquello que se escapa de tu entendimiento. Pero por eso mismo, porque no lo entiendes, debes afrontarlo con más valor.
No pude evitar que mis ojos se inundaran de lágrimas al escuchar su consejo. Siempre sabía lo que debía decir  y cuándo era el momento más oportuno para hacerlo. Era un don natural, estaba convencida de ello.
-¿Por qué… por qué te tuviste que ir? –tenía miedo de formular aquella pregunta; en cierto modo no quería saber su respuesta.
-Ya te lo he dicho antes, Julie.
Sonreía, a la vez que secaba mis lágrimas.
-No me refiero a eso…
-No puedo responderte a esa pregunta… simplemente llegó mi hora.
-Pero no es justo.
-Claro que no lo es… pero, ¿acaso todo es justo, Julia?. Piensa en esos niños que por haber nacido en el tercer mundo se ven obligados a pasar hambre y vivir en la peor de las pobrezas, ¿qué me dices de ellos?. Su situación es muchísimo más injusta que la mía, ¿no crees?
Me quedé sin palabras, no sabía qué decirle… me había dejado desarmada, sin ningún argumento convincente que justificara mi repentino egoísmo.
-De todos modos, no estamos aquí para hablar de mí, sino de ti.
-De… ¿de mí?
¿A qué venía ese repentino cambio de tema? Yo no quería hablar de mí, quería hablar de él…
-Has dejado de luchar.
Me estaba mirando a los ojos con tal intensidad, que no tuve más remedio que huir de su mirada, dirigiendo  la mía al suelo.
-¿Te das cuenta?. Ya no puedes ni sostener una mirada.
Empecé a llorar otra vez. Tenía toda la razón… ya no era valiente como lo había sido antes.
-Yo…-comencé a murmurar.
-No te estoy riñendo, Juls, sólo quiero que encuentres de nuevo algo que te motive, que te dé una razón para levantarte cada mañana sonriendo y que no sea por rutina... quiero que puedas ser feliz de una vez y para siempre. No puedes pasar el resto de tus días aferrada a un recuerdo que ya no volverá.
-Pero yo no quiero olvidarme de ti…
Presentía que lo que me estaba pidiendo era que borrase toda memoria suya, todo momento que pasamos juntos, pero eso era imposible, ¿cómo destruir esos momentos dulces de mi vida?
-Nunca te pediría que lo hicieses. Es de locos decirte eso porque, además, yo no quiero que me dejes de lado y no te acuerdes de mí nunca más… sólo quiero que convivas con ello, que sigas siendo la misma niña que yo dejé atrás aquel día, la que cuando se caía contenía sus lágrimas para no preocuparnos, la que siempre estaba dispuesta a adoptar a cualquier animal abandonado en la calle, la que defendía con el mayor entusiasmo posible sus ideas…; sólo quiero que vuelvas a ser Julia, mi Julia. ¿Tan difícil es para ti?
Tenía toda la razón, después de su muerte me había convertido en una completa cobarde que no era capaz de sobreponerse a la situación y se había negado a afrontarla para tener algo en lo que regodear su pena. Me había convertido en todo aquello que yo odiaba en los demás. Y, por primera vez en mi vida, sentí que yo era una total desconocida para mí misma… ya no me reconocía, era una persona totalmente diferente de cómo  pensaba que era y eso no me apenaba, no, sólo hacía que sintiera rabia y, por eso mismo, lloré más y más. Estuve varios minutos llorando apoyada en su hombro. Él no me soltó ni un solo momento. Cuando al fin mis lágrimas se agotaron, mis enrojecidos ojos se cerraron, vencidos por el cansancio. No estaba del todo dormida, por lo que noté cómo jugaba con mi pelo y me hacía una trenza, como solía hacer cada tarde de verano cuando nos sentábamos en el jardín a ver las hileras de hormigas trabajar.
-Gracias por todo, papá.
Me rozó la mejilla y me lo imaginé sonriendo, como cuando me quedaba durmiendo después de cenar en el sofá de la casa mientras que veíamos una película. Recordando aquellos momentos, me sumí en un profundo sopor.

Abrí los ojos, estaba en un hospital. El silencio sólo era interrumpido por los ronquidos de mi compañero de habitación. A mi lado aparentemente no había nadie, lo que me extrañó porque mi madre para estos temas era como un guardaespaldas: nunca se separaba de mí.
-¡Julia! ¡Has despertado!
Se abalanzó sobre mí, haciendo que me quedara sin aire. Estaba temblando; debía haberlo pasado muy mal durante el tiempo que había estado aquí.
-¿Cómo te encuentras ?.–Su voz sonaba ansiosa, impaciente.
-Bien… ¿Qué me ha pasado?
-Los médicos dicen que ha sido por culpa de la ola de calor que estamos pasando.
-Claro, el calor… no lo soporto muy bien.
-No, en eso te pareces a tu padre.
Yo sonreí, y ella me respondió con otra sonrisa. Vi la alegría reflejada en sus ojos y supe que no tenía razón para estar triste o deprimida por nada… ya no. Ahora menos que nunca.
Entonces, mi madre clavó la vista en mi pelo y abrió la boca en señal de sorpresa.
-Vaya, te has hecho una trenza como las que te hacía tu padre.
-Sí, como las que me hacía papá…
Comprendí, en ese momento, que la suerte no obra milagros, pero sí que existe porque el hecho de que tuviera personas a mi alrededor que se preocuparan tanto por mí era todo un favor de la fortuna.