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martes, 23 de agosto de 2022

XXVII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR DEL SEGURA”, 2022

MODALIDAD: 

RELATO EN CASTELLANO


GANADOR: FERNANDO MOLERO CAMPOS

TÍTULO: A QUIENES ME HABITAN

Fernando Molero Campos nace en Fernán Núñez en 1965 (Córdoba). Es Diplomado en Magisterio, Licenciado en Humanidades y Máster en Cinematografía por la Universidad de Córdoba.

Como escritor ha publicado en solitario once libros entre los que vamos a destacar dos de sus títulos: En la playa y ¿Quién se esconde detrás de Nosferatu?

Ha ganado o quedado finalista en más de 90 concursos literarios. Durante 10 años ejerció como crítico de cine en el Diario Córdoba. Desde hace 20 años dirige y presenta un programa de divulgación cinematográfica en Onda Marina Radio, la emisora municipal de Fernán Núñez, llamado El cine de Mr. Arkadin.

Es Co-coordinador de los Encuentros con el cine en el IES “Luis de Góngora” desde el año 2010 hasta el año 2018 y ha resultado finalista a los Premios de la Crítica de Andalucía 2020 en la modalidad de relato.


A QUIENES ME HABITAN

Fernando Molero Campos


Yo no he venido a este mundo a habitar las casas, sino a ser habitado por ellas. Por quienes viven en ellas antes que yo y ceden su huella indeleble en el rastro que los humanos vamos dejando allá por donde pasamos. El mundo real me es ajeno. Demasiadas complicaciones, señales que no alcanzo a interpretar, ese caos en el que algunos se refocilan como gorrinos en el lodo. Prefiero transitar por la frontera, ser ese ser invisible cuyos ropajes, siempre tan distintos, lo hacen inclasificable. Quiero descubrir los secretos que nos hacen únicos, vivir a través de los demás. Los espacios pequeños cargados de recuerdos ajenos son mi hábitat natural. Tal vez padezca esa enfermedad moderna que los expertos llaman agorafobia. O que solo sean síntomas de mi propensión a la curiosidad y de mi necesidad de conocimiento. Jamás entro en una casa que no esté completamente amueblada, cuyos anteriores dueños no hayan dejado allí sus cosas como si fueran pistas o piezas del museo de sus inconfundibles intrahistorias familiares.

            He encontrado un bonito y luminoso piso en el centro de la ciudad. Todavía pueden olerse en él los aromas de sus pasados moradores. Algo mágico flota en el ambiente. El corazón me da un vuelco porque sé que en cada esquina hallaré mil y un motivos para quedarme bastante más tiempo de lo que en mí es habitual. Todo es perfecto, igual que un decorado presto para ser recorrido, vivido, examinado, investigado a fondo, sin prisa.

            Es grande el piso. Adornado con gusto y muebles de madera de calidad, nada de Ikea ni de formicas o aglomerado. Por las fotos colgadas de la pared del pasillo central y las enmarcadas sobre mesas y estantes comprendo que en él vive un matrimonio con dos hijos, una chica y un chico. Como soy amante de los placeres sencillos: como comer con apetito pero sin gula o beber buen vino, enseguida dirijo mis pasos a la caza y captura de aquello que me permita descifrar los deseos, pasiones y miserias de quienes hasta hace poco se paseaban por cada una de aquellas estancias. Me gusta meterme en la piel de todos y cada uno de sus inquilinos.

            Comienzo por lo que parece el despacho del marido. En esa especie de santuario no hay vestigio de la familia por ningún lado, solo recuerdos pasados y presentes de una vida vinculada a la política. Como si allí viviera una parte desdoblada del hombre de la casa, con sus afanes y secretos. Repartidos por doquier se ven retratos de su época de alcalde de una ciudad de provincias, de consejero de una Comunidad Autónoma y hasta de su etapa como ministro. Supongo. A veces solo, en ocasiones en compañía de compañeros de partido y hasta saludando al ex Presidente del Gobierno o al mismísimo rey de España. Por los papeles de su mesa sé que se llama Mario Estepa, que es diputado en la oposición y que tiene también un importante cargo orgánico en su propio partido político. Viste siempre con traje y corbata. Estudio con detenimiento las facciones de su rostro, regordete y confianzudo, los ojos pequeños y una buena mata de pelo que le nace poco más arriba de las cejas y le caracolea por el casco dibujando estratégicas ondas semejantes a olas o surcos no muy bien delineados.

            Sentado a su mesa dejo de ser yo para convertirme en él. Es colocarme las gafas de lectura y tomar la pluma del escritorio y sentir una gran sacudida por dentro. Una impresionante transferencia de datos circula por todo mi cuerpo camino del cerebro. Instintivamente tomo papel y comienzo a esbozar un discurso baladí preñado de acusaciones e insultos con el conveniente adobo de adjetivos a cual más altisonante para criticar cualquiera de las medidas adoptadas por el actual Gobierno o su Consejo de Ministros. La estilográfica se mueve como una bailarina ligera de ropa sobre la nieve de la hoja en blanco. Se nota que Mario Estepa es un hombre acostumbrado a practicar con la palabra escrita antes de abordar los combates políticos cuerpo a cuerpo. Escribo, por ejemplo: «Son ustedes una caterva de pérfidos que no dudan en aliarse con quien sea con tal de que sus posaderas continúen bien calentitas». O: «Han provocado un tsunami de estiércol en la política de nuestro país». O: «Personas como ustedes son los responsables de la desafección de la ciudadanía con los altos valores de la democracia». O: «Señor Presidente es usted un traidor, un inútil, soberbio, engreído, incapaz de atender a los asuntos importantes de quienes le pagan el sueldo». Cosas así. Y me quedo tan pancho y feliz, orgulloso al comprender que después podré añadir palabrejas incendiarias como terrorismo, independentismo, reforma, impuestos o lo que sea, y quedará de dulce.

            Me reclino un poco en el sillón con las manos entrelazadas detrás de la cabeza. Nada como el trabajo bien hecho. Fisgoneo un poco en el correo electrónico para analizar el argumentario del partido de cara a afrontar los temas de la actualidad política y social. Pero eso termina por aburrirme. Así que me pongo en pie y mis manos, sin saber qué van a hacer exactamente, acuden a los estantes que tengo a mi espalda. Hay allí algunas noveluchas voluminosas, bestsellers y ejemplares sobre temas históricos. Aunque lo que más prima son, sin duda, los libros de memorias y reflexión política de líderes de todo el espectro ideológico, tanto españoles como extranjeros. Las trampas del poder. Orientaciones para el futuro. Recetas para dejar atrás la crisis. Compromiso, libertad y buenas prácticas políticas. El entendimiento es posible en un país dividido. Un país de cainitas. Proyectos para un cambio tranquilo. La política es cosa de hombres (y de mujeres). Manual para aguantar los ataques infundados. La realidad del sueño americano. Mi vida y mi obra. Cómo no enamorarse de esas obras con semejantes títulos. Tomo el primero que se me ocurre, al azar, y también al azar lo abro por una página. Curiosamente, como si de un marcapáginas se tratara, entre una hoja y otra hay un billete de quinientos euros. Y no es el único. De aquel primer volumen saco diez, intactos, planchados, como recién salidos de fábrica. Incluso suenan de una manera muy especial cuando los agito un poco, parecen almidonados. En otro encuentro otros diez. Luego, una docena, veinte, y hasta treinta en un tocho de casi mil páginas. Los amontono sobre la mesa y los huelo. Por primera vez en mi vida sé a qué huele el dinero: a avaricia, a poder, a deseos cumplidos. Contarlos es un placer inigualable. Hasta puedo notar una erección. Por un momento se me pasa por la cabeza la idea loca de llevarlos a la bañera, echarlos todos dentro, desnudarme y darme un baño a la manera del Tío Gilito, frotándome las axilas con ellos. Pero me quito las gafas y pierdo la conexión con el cabeza de familia. Devuelvo el dinero a su lugar de origen, a su escondite secreto.

Silbando igual que un chiquillo voy del despacho al dormitorio del matrimonio, presidido por una cama gigantes como la de los hoteles de cuatro o cinco estrellas en los que no acostumbro a vivir por demasiado impersonales y carentes de recuerdos. Además del tálamo conyugal y los muebles de rigor, cuentan también en la habitación con su propio cuarto de baño y un vestidor de película dividido en dos partes ligeramente asimétricas: la del marido y la de la esposa. Un poco más pequeña la de él.

Ella tiene buen gusto. Tal vez es hija de una familia pudiente, de esas que si no heredan capital sí reciben al menos como legado saber estar, visión de futuro, porte seudoaristocrático y buen pelo. Bonitos vestidos de fiesta. Faldas de señora elegante y un punto pícara. Camisas de seda semitransparentes. Jerséis de lana de llamativos colores muy bien doblados. Y pañuelos. Y un montón de zapatos y botines. Y pamelas y sombreritos. Y bolsos de marca a juego con muchas de las prendas que cuelgan de las perchas. Pero yo, curioso y lascivo como solo un hombre que se adentra en la intimidad de una mujer puede serlo, hurgo y rebusco hasta dar con el cajón de la ropa interior. ¡Oh, maravilla! ¡Oh, mágico mundo de encajes, blondas, licras y finos algodones! ¡Oh, arcoíris para piernas, pubis y senos de bailarinas de Oriente, de damas de compañía de alto standing, de vedetes de Moulin Rouge o cabarés con música, canciones y mucho humo de cigarro. Cojo una braguita roja como un incendio de tela y me la llevo a la nariz. Aspiro el profundo aroma del océano. Allí se concentran todos los misterios del universo, el origen de la vida y la desembocadura de un millón de pequeñas muertes. Mario Estepa es un hombre muy afortunado.

Me entretengo un rato husmeando en el cajón hasta que doy en el fondo, ¡oh, sorpresa!, debajo de algunas prendas ya en desuso, con unos juguetitos eróticos estratégicamente escondidos. No tengo claro si lo que veo en mis manos es algo de uso personal o, por el contrario, parte del juego del amor compartido entre dos. Tampoco me importa demasiado, no le doy más vueltas, tomo prestado un conjunto de lencería negra compuesto por una mínima braguita, un sujetador a juego, medias igual de oscuras y un liguero.

Sobre la cama, en la parte en que supongo duerme cada noche Mario Estepa, coloco, convenientemente extendida, toda mi ropa. Calcetines. Calzoncillos. Pantalones. Chaqueta. Camisa. Parecen prendas para vestir a un novio pobre. O para amortajar a un cadáver no demasiado exigente con los rigores de la etiqueta fúnebre. Y, desnudo como estoy, me pongo las braguitas, las medias, el liguero y el sujetador, y me tumbo en la cama a retozar junto a mi propia ropa.

Así vestido para las artes de la pasión, un chispazo de electricidad me susurra al oído que yo soy ella, Carolina, la mujer de Mario Estepa. Me siento deseada por mis manos, por mis ojos, por mis labios. Recuerdo entonces que en una cajita oculta en el estante más alto de mi parte del vestidor, donde solo se alcanza con la banqueta, tengo guardadas las cartas de amor de Javier, mi primer novio. Las saco todas y de paso me llevo también a la cama los juguetes eróticos.

Tumbada sobre las sábanas como una virgen presta para el sacrificio, comienzo a leer párrafos al azar de algunas de las epístolas que Carolina recibió en su juventud de su amado, cuando aún la prosaica asepsia del correo electrónico no había arrasado con los auténticos mensajes intercambiados en papel y tinta por los enamorados. En ellas se declaraba su rehén y su esclavo; y no había un solo día que no pensara en ella, en todas las formas posibles que ofrece el pensamiento de pensar en una mujer a la que se ama. Tampoco escatimaba palabras a la hora de refrescar algunos de sus encuentros sexuales y de proponer mil y una maneras de fundir sus cuerpos en uno solo. Se me antojaron las cartas émulas inconscientes de aquellas incendiarias que James Joyce le escribió a su adorada Nora Barnacle: «…, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto. […] He pensado en ti casi hasta el desfallecimiento al oír mi voz cantando o murmurando para tu alma la tristeza, la pasión y el misterio de la vida y al mismo tiempo he pensado en ti haciéndome gestos sucios con los labios y con la lengua, provocándome con ruidos y caricias obscenas y haciendo delante de mí el más sucio y vergonzoso acto del cuerpo.» Tenía Javier alma de poeta licencioso. Quizá por eso Carolina, más mundana o sabia, optó por la segura caligrafía de Mario Estepa, un hombre cargado de futuro, sabiendo que lo otro bien podía quedar para el reino de la fantasía, bien ser parte de posibles aventuras extramaritales.

Las fronteras de la carne y del deseo se diluyen en un magma ardiente que incendia todo mi cuerpo, desde la uña del dedo meñique del pie hasta el último de mis cabellos. Una humedad marítima, con sus olas y mareas, inunda mis entrañas. Me acaricio y retozo con mi ropa como si hubiera alguien dentro de ella, usando aquellos juguetitos que lamo e introduzco en mi cuerpo hasta el estallido final. Carolina pone los ojos en blanco, abre mucho la boca, aúlla como una loba y yo derramo mi ser y el alma toda con la voluntad de un géiser que no sabe que lo es.

Carolina me abandona en la orilla de la playa que es el filo de la cama en el preciso instante en que me quito todas sus prendas íntimas. Vuelvo a ser yo otra vez. Reintegro todo a su sitio: cartas, juguetes y ropa interior.

Satisfecho y relajado dirijo mis pasos a las habitaciones de los hijos. Entro en la primera de ellas, que pertenece a Manuela, la hija adolescente del matrimonio formado por Mario Estepa y Carolina. El cuarto es una leonera, un monumento al caos en el que se amontonan libros, cuadernos, ropa, útiles de maquillaje y un sinfín de objetos repartidos sin orden ni concierto. Todo hace pensar que la madre la ha dejado por imposible. Las paredes están empapeladas de pósteres de tíos buenos, retratos de cantantes de moda y grupos coreanos de pop. Fijada a una de ellas hay un gran espejo en el que uno puede contemplarse de cuerpo entero. Si algo se respira allí dentro es el sonido de cientos de canciones sonando al mismo tiempo en una sinfonía inabarcable de corcheas y gorgoritos.

Tanto desorden ahoga un poco. No sé hacia dónde mirar, qué buscar. Debajo de una revista que hay encima de un pantalón vaquero encuentro un micrófono rosa metálico con varios botoncitos. Aprieto el ON y noto como si una mano enguantada sustituyera a la mía. Sin darme cuenta, ya estoy cantando una canción que no he escuchado jamás pero cuya letra me sé al pie. Manuela se encuentra allí, dentro de mí, guiando mis pasos, disfrutando como una loca con ese desparpajo y esa desinhibición que dan tener unos gloriosos dieciséis años. Enciendo el ordenador para ampliar el repertorio con la ayuda de las imágenes y los bailes desplegados en la pantalla.

Una cosa me va llevando a otra. Canto. Bailo. Giro por toda la habitación. Salto encima de la cama. Y, entre canción y canción, me pinto los labios y pongo rímel en mis pestañas, me maquillo como si fuera a salir de fiesta. Me quito una ropa y me pruebo otra a la caza y captura de mi mejor perfil, el más encantador y sugerente. Conjuntos a veces imposibles que tiro encima de la cama sin preocuparme si se arrugaban o no. Al mismo tiempo, con un viejo teléfono móvil extraviado entre los apuntes de clase, me hago un selfie tras otro, ahora poniendo morritos, ahora entornando los ojos, ahora con la cabeza un poco girada en actitud displicentemente seductora. Todo un catálogo de poses y miradas para compartir más tarde, quién sabe, en alguna red social como Instagram.

Hasta que exhausto y sudoroso me derrumbo sobre el montón de trapos de la cama mirando al techo del que pende una lámpara con forma de flor. Cierro los ojos un instante para encontrarme en ese limbo sin fronteras en el que habitan en armonía y comunión el espacio y el tiempo. Un calor líquido comienza a correr como un arroyuelo rojo por mis piernas. Me quito el pantaloncito corto que llevo puesto y veo la gran mancha de sangre: me acaba de bajar la regla. ¡Joder, qué coñazo!

Dejo el recuerdo de Manuela en su cuarto y recupero mi ser camino del baño. Aunque no tenía pensado ducharme, tanto esfuerzo, saltos, idas y venidas, y encima la sensación de haber tenido por vez primera en mi vida una menstruación, hacen que me apetezca mucho quitarme parte de la suciedad del mundo adherida a mi cuerpo como una segunda piel muerta. El agua templada se lo lleva todo por el desagüe; insufla una nueva energía a mi espíritu. Luego me seco y perfumo a conciencia antes de visitar los dominios de José Mario, el hijo pequeño de la familia.

La decoración de su cuarto difiere considerablemente de la de su hermana. Los superhéroes y las criaturas monstruosas y los personajes de videojuego son los dueños de las paredes. No sé si sentirme protegido, tan arropado estoy por aquellos seres de capa y coloridos leotardos con superpoderes, o amenazado por las figuras imponentes de los kaiju eiga japoneses como Godzilla, Gamera, Rodan o Mothra. Hasta el mismísimo King Kong, que se ha enfrentado en ocasiones al dinosaurio radioactivo por excelencia del cine nipón, tiene su espacio. También a mí me gustaron en la infancia las películas de monstruos. Y Superman. Y Batman. Así que, de entrada, aquel chico ya me cae bien.

Tomo asiento en su sillón ergonómico frente a la pantalla del ordenador y me coloco sus auriculares. Es como si Rosi Roldán, la chica de la que siempre estuve enamorado y con la que no llegué a casarme, me hubiera abrazado por la espalda con aquel calor de su cuerpo y su olor tan característico. Una sensación de que el mundo es todavía un lugar inocente, un lugar por descubrir, se apodera de mí. Y pierdo de súbito todo rastro de madurez, cualquier interés por los asuntos más trascendentes del mundo, deseoso como estoy por entregarme con devota fidelidad al juego. Soy, de nuevo, un niño, quizá más feliz que el niño que en realidad fui. Mis manos son las de José Mario. Es él quien ve por mis ojos, quien guía cada uno de mis movimientos.

Primero juego un partido de fútbol con los avatares de los mejores jugadores del momento. Se nota a la legua que el chaval es todo un experto, pues gracias a su habilidad gano de calle por un más que desahogado diez a dos. Después, con un volante y unos pedales de freno y acelerador que tiene debajo de su mesa de juego y estudio, echo unas carreras con Super Mario Bros. El fontanero de pantalón azul, guantes blancos y jersey y gorra rojos me depara unos momentos de gran felicidad. Y termino por último empuñando todo tipo de armas de fuego virtuales para matar nazis y bichos alienígenas o de otra dimensión. El chico se conoce al dedillo todas las estrategias para ir pasando de pantalla hasta la victoria final.

Nunca hubiera podido suponer que jugar sentado a videojuegos fuera algo tan cansado. La tensión y los movimientos inconscientes que el cuerpo realiza en cada disparo a puerta, en cada curva, cada vez que aprieta el gatillo y cambia una pistola por una metralleta o una bazuka me dejan agotado. Me echo en la cama de José Mario y, sin querer, termino durmiéndome; acabo deslizándome por ese tobogán que lleva a los durmientes al territorio de los sueños.

Como si caminara por arenas movedizas que quisieran engullirme y no dejar que llegara a mi destino, sueño con otra casa en la que también viví durante mucho tiempo. En ella había una mujer: Ana María. Y un chico: Felipe. Y una chica llamada Fátima. De alguna manera yo vivía en ellos y por ellos y lo eran todo para mí. Sin embargo, como si a ratos caminara por las páginas en blanco de un libro inacabado o cruzara un océano de niebla o una tormenta de arena que me impidieran ver más allá de mí mismo y mis recuerdos, todo a mi alrededor es silencio, oscuridad o casas y casas en las que viven otras personas y que me habitan cuando las ocupo.

Despierto preso de una angustia indescriptible. No tengo ni idea de cuánto tiempo he pasado durmiendo. Pueden haber sido unos minutos, horas tal vez o quizá incluso días enteros.

Salgo del cuarto de José Mario y voy al salón. Me sirvo un güisqui solo y enciendo el televisor. Necesito distraerme para eliminar de mi boca ese sabor amargo que me he traído del sueño. Es como si hubiese estado chupando madera podrida, tierra, humedad. En la televisión hablan de guerra, de virus, de muertes. Cambié de canal. Gente sin oficio ni beneficio discute y pega voces para insultarse. Pulso un botón del mando a distancia. Unos agentes del FBI detienen a un sospechoso de asesinato en una serie cuyo argumento desconozco por completo. Decido quedarme allí mirando un rato aquello para ver si consigo coger el hilo de la historia.

Y entonces escucho el sonido de una llave entrando en la cerradura de la puerta y el leve crujido de las bisagras al abrirse. Me asusto, para qué negarlo. ¿Vendrán a robarme? Alguien entra alegremente en mi casa sin llamar al timbre, como si fuera suya. Paralizado como estoy, no me atrevo ni a moverme.

– ¿Quién se ha dejado la tele puesta? –pregunta el hombre que acaba de abrir.

El hombre es Mario Estepa. Lo reconozco nada más verlo. Es idéntico al político de las fotos.

La mujer y los dos hijos se miran extrañados y niegan con la cabeza al tiempo que dicen que ellos no han sido.

– Qué frío hace aquí, ¿no? –dice Carolina. Su voz me suena muy cercana.

La hija entra en su habitación, deja lo que lleva en la mano en el suelo y pone la música a todo trapo. Evoco las canciones que tanto le gustan a Manuela. El chico, por su parte, se pierde en su cuarto.

Curiosamente, nadie me presta la menor atención. Se trata de una total y absoluta intromisión en mi intimidad. Mario Estepa apaga el televisor y yo protesto enérgicamente. Qué se ha creído. Quién es él para entrar así en mi casa ignorándome como si yo ni siquiera estuviera allí. Me pongo en pie con ánimo de golpearlo. Puesto que no me escucha y hace oídos sordos a mis quejas, merece al menos sentir la fuerza de mis puños. Pero mis manos cerradas traspasan su rostro sin que se inmute.

– Cariño, ¿no notas un olor raro? Además he tenido una sensación extraña, como si una brisa o una respiración gélida cruzaran por delante de mis narices –dice Mario dirigiéndose a su esposa.

– Sí, yo también lo he notado al entrar. Es como si nos hubiéramos dejado algo en la basura y se estuviera corrompiendo –responde Carolina.

Caigo al fin. Comprendo en un segundo cuál es mi situación. Yo soy el causante de todo. Esa no es mi casa y yo hace tiempo que estoy muerto. Soy eso que llaman un fantasma, aunque no arrastre cadenas ni me esconda debajo de una sábana blanca. Avanzo con los brazos colgando a cada lado camino de la salida. En el trayecto atravieso el cuerpo de Carolina, a la que se le escapa un suspiro de extrañeza o placer. Abandono el piso igual que entré en él, traspasando la puerta con la facilidad de quienes carecemos de cuerpo. No me queda más remedio que ir en pos de alguna otra casa que pueda habitarme para olvidar lo que soy, quién soy, qué hago aquí y cuál es el propósito de mi existencia. Aunque solo sea un rato, hasta que vuelvan sus verdaderos dueños.


sábado, 13 de marzo de 2010

XV CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2010



MODALIDAD: NARRACIÓN EN CASTELLANO



 FERNÁNDO MOLERO CAMPOS

Fernando Molero Campos ha cursado estudios de Magisterio en la Escuela Universitaria de Formación del Profesorado de E.G.B. de Córdoba y es también Licenciado en Humanidades por la Facultad de Filosofia y Letras de  la Universidad de Córdoba.

Es colaborador habitual en el Diario Córdoba donde se ocupa de realizar las críticas de cine. También es director, guionista y locutor del programa de radio “El cine de Mr. Arkadin” en Onda Marina Radio, la emisora de radio municipal de su pueblo, Fernán-Núñez.

De su extenso currículum, hemos extraído las siguientes distinciones: 1º Premio en el V Concurso de Relato Breve “Saturnino Calleja”; 2º Premio en el III Certamen Andaluz de Experiencias en Medios de Comunicación; 1º Premio en el VI Certamen de Relato Corto Villa de Adeje.

Tiene dos libros publicados: “En la playa”, un libro de relatos y la novela corta ¿Quién se esconde detrás de Nosferatu?.



CONGELADO



  Si madre pudiera verme ahora le gritaría, alzados los brazos al cielo azul: Mira mamá, estoy en la cima del mundo; al fin lo he conseguido. Pero ella no puede verme. Murió. De tristeza. La enfermedad se la ha llevado, dijeron las vecinas con llantos y grandes aspavientos, surcados sus rostros de profundas arrugas bajo los negros pañuelos que cubrían sus campesinas cabezas. Mentían. Bueno, eso quizá sea injusto. Silenciaban más bien lo que todos sabíamos. No se atrevían a nombrar lo innombrable. Los estúpidos juegos de los hombres y sus monstruosas consecuencias. Cada cual arrastraba peor que bien una historia similar a la de madre a sus espaldas. Y todas laceraban por igual. La enfermedad sólo aceleró el proceso. La pena de verse despojada de lo más querido acabó con su vida. Trastocado su universo de la noche a la mañana se empecinó en ver a la muerte como una amiga liberadora. No hay imperativo más poderoso para la autoaniquilación del cuerpo que el deseo de morir.
  Bombas cayendo del cielo: lágrimas de plomo. Desmoronamiento de las ciudades. Fuego por doquier. Puentes destruidos. Aullidos en la noche. Tanques y camiones invadiendo los caminos. Soldados armados y descerebrados, lobotomizados por la propaganda y las altivas consignas de los dictadores, eliminando con determinación, sin remordimiento, convencidos de que su misión es la de su líder: una misión de índole divina. Ése fue el escenario. Nosotros, nadie. Extras sin frase en una película de terror. Conejillos de indias para saciar la sed de sangre de nuestros enemigos, para sufrir el énfasis quirúrgico de la depuración étnica.
  Resulta cuanto menos curioso cómo un buen día, sin que uno sepa exactamente por qué, quienes hasta ayer eran tus vecinos o incluso amigos, comienzan de pronto a dirigirte miradas hostiles, retirándote la palabra primero y señalándote con el dedo después. Y una vez bien abonada la semilla del odio y el rencor que hunde sus raíces en tiempos que a uno se le antojan la arqueología de una nación, todas las razones del mundo confluyen en una: la culpa de los males que afectan a los individuos de una determinada comunidad siempre es del otro. Ahí está la historia para corroborarlo. Ríos de sangre corrieron aquí, en ésta mi patria de acogida. También sufrieron los judíos la inhumana persecución de los arios. Ruanda y su limpieza a machetazos, sin necesidad de modernas y sofisticadas armas, da cuenta de cómo la maldad de los hombres no conoce límites. Y, por supuesto, la llamada Guerra de los Balcanes, cuyo epígono viví como habitante de la región de Kosovo.
No caminábamos con una estrella cosida en chaquetas y abrigos, ni teníamos marcadas las puertas de nuestras casas. Pero sabíamos que los ojos púrpuras de los lobos serbios brillaban por la noche en la maleza, que afilaban sus dientes para hincarlos en nuestras carnes temblorosas. Pocas cosas hay tan disuasorias como el miedo. Cada cual conocía la religión de sus padres, la genealogía racial de su familia. Una mentira repetida mil veces adquiere pronto el estatus de verdad. Y el oscuro Slobodan Milosevic, alteza licántropo de los carniceros, lo sabía muy bien. Pobres de nosotros los serbios que somos ninguneados, despreciados y oprimidos por los bosnios, los croatas, los albanos... Hasta que encontró las palabras mágicas: ¡Al diablo con Yugoslavia! Construiremos la Gran Serbia. ¿Cómo sustraerse al poder magnético del imperialismo, la falaz heroicidad de los cobardes y la sed de sangre cazadora impresa en los genes de los hombres? La locura humana. Su afán por desenterrar -ignoro por qué oscuras razones- los fantasmas del pasado y aniquilar al otro.
  Trato de ser feliz, no obstante, con los torcidos mimbres que el destino me ha deparado. No olvido. ¿Cómo olvidar el horror cuando te acompaña en sueños, pegado a la retina, aletargado pero expectante en los pasillos del cerebro? ¿Y perdonar? ¿Puede uno perdonar a quienes lo han privado de todo, incluido del derecho a tener un pasado y una familia? ¿Pero quiénes son ellos, a los que hay que perdonar? ¿Tienen nombres y apellidos, domicilio conocido, manchas de sangre en sus manos, llagas en la lengua de denunciar, costras de callar? Sobre ancestrales odios se han edificado en el pasado, y se edifican en el presente, países enteros y culturas que no entierran del todo sus particulares animadversiones. Siempre hay alguien que por una u otra razón o en beneficio propio se encarga de despertar a los fantasmas, a los monstruos, a los dragones de la sinrazón, con el objetivo único de eliminar al que no es como él, al diferente, sea por su condición étnica, religiosa, racial o sexual. Personas habilidosas de la retórica o jerifaltes con demasiado poder suelen ser sus principales abanderados. Luego tras ellos, las hienas y los chacales surgen en manadas, hambrientos, devoradores, exterminadores.
  Estrella es fantástica y me consta que me quiere. La conocí en la calle. Trabajando. Yo en las alturas, igual que ahora; ella a ras de suelo, en la plaza de al lado. Terminó de trabajar antes que yo. Nos habíamos visto alguna vez, pero nunca habíamos hablado. Ese día, sin embargo, me miró de una manera que se me antojó muy especial. Bajé y me presenté:
  - Hola, soy Leon –y le extendí la mano derecha. En la izquierda llevaba la bombilla.
  Tomó mi mano con dulzura y la estrechó.
  - Hola Leon. Mi nombre es Estrella –y como por arte de magia la bombilla que yo sujetaba se encendió iluminando su rostro.
  - ¡Oh, señal buena! –exclamé artificiosamente como un principiante en un casting televisivo. La verdad es que estaba muy nervioso. Era la primera vez que trataba de agradar a una chica desde hacía mucho tiempo. Me atraía.- ¿Podíamos beber algo juntos?
  Ella río. Su risa era franca. Le gustaba mi manera de hablar y mi acento, me dijo poco después.
  - Claro, por qué no.
  De eso hace ya dos años. Mi español ha mejorado muchísimo, siempre con la ayuda de Estrella, bien es cierto. Vivimos juntos casi desde entonces. En un modesto apartamento alquilado. Con ella he podido hablarlo todo, sincerarme, abrir mi corazón y mostrarle sus pústulas. Me ha guiado en las tinieblas, sanando algunas heridas que yo creía incurables. Todo esto es idea suya. Dice que a fuerza de repetición acabas por asumir tus tragedias y las pérdidas y vas expulsando el veneno que llevas dentro. Se va diluyendo en el río de la vida diaria; aprendes a vivir con las cosas malas que te han sucedido, incluso con las más terribles, viéndolas desde miles de ángulos distintos. Yo no estoy muy seguro de compartir sus ideas al respecto. Aun así sigo sus consejos. Y cuando le digo que me parece una desconsideración olvidar a los seres queridos; a mi madre, despojo de amor y enfermedad; a mi padre, apaleado y tiroteado en plena calle; a mi hermana violada, preñada por el enemigo como una retorcida forma de tortura y control, que abrazó la muerte cuando apenas despertaba a la vida porque no pudo soportar esa condena injusta que no comprendía, la contundencia de Estrella me desarma. Yo no estaba allí para protegerles. Estudiaba en la Universidad, lejos del pueblo. Si hubieras estado allí no estarías ahora aquí para contármelo. Mira el lado bueno. Tú eres el testigo, la herencia, la memoria viva que puede servir para  que nada de esa tragedia caiga en el olvido, que esas personas anónimas como tus padres y tu hermana sigan viviendo, aunque sólo sea en el interior de tu corazón. La repetición mental de los hechos no implica el olvido de los seres queridos, me asegura.
  Yo también tengo las manos manchadas de sangre. No tuve elección. La locura me empujó a ello. Después de la aniquilación tomé partido activo en aquella estúpida contienda. Yo, que en un principio fui partidario del posicionamiento pacífico de Ibrahim Rugosa, me alisté en el UCK, el Ejército de Liberación de Kosovo. Y también cometimos nuestras atrocidades, nuestras vengativas matanzas. Nosotros éramos más en nuestra tierra, acobardados por la minoría serbia. Ellos vinieron con su poderosa maquinaria bélica el día que las cosas se les empezaron a poner feas. Fue entonces que todo se complicó en exceso. Así que cuando las fuerzas de interposición de la ONU y de la OTAN finalmente dijeron aquí estamos para poner fin a las monstruosidades, encontré el camino para abandonar las armas, mi tierra, las raíces que pretendían aferrarme a la sangre derramada y huir del horror. Tenía los ojos hinchados, como los de una rana o un sapo, millones de duros fotogramas suturados a fuego lento uno a uno en la retina, la mente en ebullición: una olla a presión a punto de explotar. Primero recalé en la vecina y hermana Albania, y luego en distintas ciudades europeas. Hasta que me instalé en España. Aquí encontré cierta paz y alegría de vivir. Justo lo que yo más necesitaba. Pronto aprendí a buscarme la vida en trabajos temporales. ¡Yo que casi había terminado mis estudios para ser maestro! Quería enseñar a los demás. Moldear el barro tierno de los niños para que en el futuro, cuando fueran mayores, pensaran por sí mismos y fueran mejores personas, comprendieran y respetaran a los demás. Ilusión frustrada por un estúpido conflicto de fronteras, nacionalidades y antiguos imperios decimonónicos descompuestos en los albores del siglo pasado.
  Desde las alturas contemplo el ir y venir de los humanos, sus prisas, sus afanes y preocupaciones, como hormigas atareadas camino de sus labores o su hormiguero. Y tengo tiempo para inventar historias sobre ellos, historias que siempre deseo menos duras que la mía. Ellos, que viven en su burbuja protectora, nada saben de mí. Son europeos; nada deben temer. Pero Yugoslavia también era Europa. Los conflictos suelen tener lugar en otros continentes, en países subdesarrollados, escasamente evolucionados en asuntos políticos, que deben resolver sin dilación sus atrasadas revoluciones. La experiencia contradice esta apreciación. Nadie está libre de la barbarie, de la mecha aletargada que puede prender en cualquier momento, por cualquier razón. Algunos me miran, se paran incluso junto a mi escalera y sonríen, me tiran fotos acaso y depositan monedas en una cajita de cartón para verme trabajar. Correspondo en agradecimiento iluminando sus vidas un instante, antes de volver a mi ocupación en la cima del mundo.
  Amo a Estrella. He progresado muchísimo desde que vivo con ella. Se lo debo todo. Mi vida vuelve a tener sentido. El muro al final del túnel se va descascarillando y ya alcanzo a ver una luz al fondo. ¿Será verdad eso que dicen de que el tiempo todo lo cura? ¿O será el amor el que me ha salvado del naufragio existencial? Sin Estrella no lo habría logrado; sería un paria más, medio loco, arrastrando mi miseria por las calles enlodadas de este mundo. Capas y capas de odio, ansiedad y miedo se han venido abajo entre sus brazos, abrazado a su cuerpo cálido, a su sexo acogedor y vibrante, bajo sábanas que huelen de una manera especial, con un olor que no es del todo suyo ni del todo mío, que pertenece a la fusión de ambos.
  Sin embargo, todavía, en la oscuridad de las noches, cuando la conciencia sucumbe a la llamada de Morfeo y los buitres carroñeros que habitan en el inconsciente planean a sus anchas por mis sueños, me suelo despertar sudoroso, el corazón desbocado, falto de oxígeno, al borde del colapso o las lágrimas. Entonces miro a Estrella, su pelo negro desparramado por la almohada, su respiración pausada, ajena al terror y las pesadillas, y me siento protegido y feliz. Es mi anclaje, me digo, la perfecta barra de funambulista que equilibra mi vida e impide que caiga a un lado u otro de la cuerda floja por la que a veces camino entre la vigilia y el sueño. La abrazo y me pego cuanto puedo a su cuerpo, tanto que diríase quisiera confundirme con ella, habitarla, ser uno indisoluble, y que al despertar, frotándose los ojos ante mi ausencia, se dijera a sí misma Hola León, te quiero. ¿Cómo estás en mí? ¿Te molesta el ruido de mis vísceras, el aleteo de mi alma? En lugar de esta quimera, Estrella ronronea igual que una gatita, separa sus muslos y permite que mi pierna descanse entre las suyas. Nada es comparable a esta sensación de bienestar con la que vuelvo a dormirme con un corte de mangas a los dueños de la carroña. Algún día los venceré. Con las armas de la razón y del amor. Sólo el amor es capaz de redimir a los seres humanos de todas las atrocidades sufridas o perpetradas.  
Pero ese pánico nocturno perdura luego. No se va tan fácilmente como yo deseo. Y me paso el día nervioso mientras trabajo, como si de un momento a otro esta vida impostada se fuera a venir abajo por cualquier nimiedad, como unos papeles que no están en regla, un accidente fortuito o una crisis sentimental. Debo asumir que el miedo forma parte de lo que personalmente soy en conjunto: un armazón hecho de esqueleto, carne, entrañas, piel y miedo.
Hasta la cima del mundo, donde me siento protegido, también escalan terrores que llevo incrustados en algún lugar del corazón. La policía. La policía, por ejemplo. Aunque sé que nada malo he hecho, que no molesto a nadie, que estoy limpio, si alguien con uniforme pasa cerca de mi escalera, notó un temblor interior que sólo desaparece una vez que su figura se pierde en el horizonte, confundida con la de los demás viandantes. Las gotas de sudor asoman a mi frente y por más que me digo León, no temas, aquí estás a salvo, soy incapaz de sustraerme al pequeño espanto que anida de pronto en el palpitar de mis párpados o en el imperceptible baile de mis rodillas.
El otro día, sin ir más lejos, encaramado al penúltimo peldaño de la escalera, aún a riesgo de sufrir una caída, contemplaba yo el pizpireto caminar de una chiquilla con un globo fuertemente prendido con sus pequeños deditos. ¿Tendremos Estrella y yo un hijo algún día? Me gustaría mucho. Siempre que veo a niños felices pienso en el placer y la tremenda responsabilidad de ser padre. Se me pasa enseguida. ¿Es lícito engendrar criaturas y traerlas a este mundo loco e inhumano? La niña no dejó de mirarme un solo instante. Señalaba hacia arriba con su globo y la madre tiraba de ella con un apremiante Ahora no podemos pararnos, cariño, que tengo mucha prisa; ya llegamos tarde. Yo hubiera querido girarme y vigilar sus pasos, robarle la inocencia de su mirada. Me fue imposible: la inmovilidad absoluta es la esencia de mi trabajo. Y cinco segundos después de que desapareciera de mi ángulo visual, una pequeña explosión estuvo a punto de hacerme despeñar escaleras abajo. El corazón se me encogió en el pecho hasta adquirir el tamaño de una nuez y la consistencia de un guijarro de gelatina. El ruido de las balas, los obuses, el disparo de morteros y tanques, todos los terribles sonidos del mundo cruzaron por mi mente. Estaba de nuevo en el centro de la guerra, en el corazón de las tinieblas, sufriéndola, participando de ella, eliminando, odiando, odiando, odiando, odiando, muriendo. Cuando la fugaz visión de Kosovo en llamas desapareció, torcí el cuello y contemplé el llanto de la chiquilla a la que por arte de birlibirloque se le había explotado el globo. Ése había sido el sonido generador de recuerdos que dolían igual que astillas clavadas entre las uñas de los dedos o dientes extirpados sin anestesia con unas mohosas tenazas. La niña, incapacitada por su edad para hallar una explicación plausible a aquel tremendo desastre infantil, lloraba a moco tendido mientras miraba su manita desposeída del globo azulado que una fracción de segundo antes había tenido entre sus dedos. Por ahí se empieza. Sobre peldaños de contrariedades se va encostrando el alma de los humanos.
  No me sentí con fuerzas para continuar trabajando. Recogí la escalera y la recaudación, me desvestí y guardé la bombilla y la pila de petaca en la mochila. Fui a buscar a Estrella a la plaza y esperé en un banco leyendo un libro de cuentos de Saramago que me había regalado por mi cumpleaños. De vez en cuando contemplaba con admiración su pose de sirena varada que expelía burbujas redondas y transparentes soplando a través de un pequeño círculo que antes introducía en un tarrito con agua y jabón.
De camino a casa le conté el suceso del globo, la niña y mis visiones, y se rió de mí. Eso me molestó. No dije nada; dejé que fuera mi rostro el que hablara. Ella me desarmó con un reto:
  - No seas tonto. Olvídate de eso; una anécdota sin importancia. Seguro que mañana traigo más dinero que tú a casa.
  - Trato hecho –dije olvidándome un instante del desasosiego provocado por el incidente. No me asistía ningún derecho a amargarle el día con mis traumas. Teníamos una tarea mucho más importante por delante: construir un universo a imagen y semejanza de nuestro amor.  
  Ese reto me ha obligado a emplearme a fondo, a cambiar de estrategia, a situarme a media altura, con la mano extendida y la bombilla sujeta entre los dedos. Trato de no pensar ahora en el pasado, ni en el presente, ni siquiera en el futuro. Procuro mantener la mente en blanco, concentrarme en atraer a quienes pasan por la calle. Los miro a los ojos uno a uno, imploro en silencio su comprensión, reclamo el óbolo de su generosidad para que mi vida en común con Estrella sea lo más cómoda posible.
  Al final se desencadena una interminable rueda que no me da tregua ni respiro. Subo y bajo sin descanso. Todo empieza con el tímido acercamiento de un muchacho de unos siete años. Contemplando mi pose de estatua, echa unas monedas en la cajita de cartón y espera mi respuesta. Hoy me he embutido en un traje espacial casero de color plateado y un casco viejo de moto que Estrella conservaba de un novio anterior. Con un movimiento casi robótico del cuello lo observo. Sonrío tras el plástico rayado que difumina mis ojos. Desciendo muy despacio los escalones, como si anduviera por el espacio con gravedad cero, y me aproximo a él. Le tiendo a cámara lenta la mano cerrada con el índice derecho extendido; en la otra sostengo la bombilla. El muchacho comprende más allá del silencio y el movimiento y acerca su dedo al mío. En el instante en que nuestras yemas se rozan, la bombilla de mi mano se enciende y también todas las farolas de la ciudad. Luces de esperanza me alumbran. Nada acaba. Todo empieza.
  Luego, despacio, igual que bajé, vuelvo a subir por la escalera para adoptar mi pose de estatua espacial, en la cima del mundo, suspendida en un cielo al que difícilmente podrán trepar ya los fantasmas, los monstruos, los dragones de la sinrazón, los sátrapas de todo el mundo. Al menos hoy.
Abrazo algo muy parecido a la felicidad. Mañana será otro día para pensar o recordar, me digo.