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miércoles, 23 de agosto de 2017

XXII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2017

 XXII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA 

“REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2017

MODALIDAD: GENERAL

GANADOR: JORGE SAIZ MINGO

Jorge Saiz Mingo nació en Burgos en 1964. Está licenciado en Filología Francesa por la Universidad del País Vasco. Se define como un auténtico esclavo de la literatura y un iluso que cree que algún día la gente volverá a leer como antes. Lector voraz y cuentista disciplinado fantasea a diario con tramas reales y ficticias para eludir el acoso de la televisión y el fútbol.

Dentro de su trayectoria literaria destacan, entre otros,  el Premio de El Rosario de Santa Cruz de Tenerife en el 2016 y el Premio del Ateneo Sanlúcar de Barrameda en el 2017.

Tiene diversos libros de narrativa publicados, como Registro de Penados, La hora de los padrastros, Usted no se acordará de mí y Por decirlo de alguna manera.  

SALVACIÓN

Francisco había dormido fatal, sitiado por un ejército de pesadillas horrorosas, como todas las noches de los viernes de los últimos veinticuatro meses. Sin embargo, se levantó a las siete y media de la mañana, siempre fiel a la disciplina del sábado, el día que visitaba a su esposa por la tarde en el siquiátrico. Desayunó un zumo de naranja y una manzana, se lavó los dientes y se puso el traje de ciclista. Cogió la bicicleta de la terraza, la metió de pie en el ascensor y pulsó el botón de la planta baja. Empotrado en el habitáculo junto al vehículo, contento de poder hacer lo que realmente le apetecía, pensó en el chaparrón de reproches incesantes que ella le regalaba cada vez que iba a verla. No le había quedado más remedio que ingresarla, dos años antes, en una clínica dedicada en exclusiva a las patologías mentales. Desvariaba a diestro y siniestro, confundía la leche con el vino y lanzaba andanadas de juramentos inefables sin venir a cuento. No reconocía los hechos a posteriori, rezaba el rosario a diario arrodillada en el bordillo de cualquier calle y escribía cartas al director del diario de la ciudad con quejas inverosímiles propias de un ser desnortado. En el centro asistencial seguía armándolas pardas. Chinchaba e insultaba a todo bicho viviente y, a las primeras de cambio, se contoneaba por las instalaciones con el culo al aire. Repetía citas filosóficas copiadas de sus abundantes lecturas, apiladas sin tino ni concierto en la superficie ilimitada de la memoria, y se creía una deidad en pleno apogeo zambullida en el cosmos ignorante de los humanos. Comía de cualquier manera, macerada en una descortesía inaudita, a veces con los dedos, en un intento de rebeldía adolescente contra las reglas del poder establecido. A menudo tiraba por el retrete las cuatro pastillas que precisaba ingerir a diario y, si nadie lo impedía, se las ingeniaba para atascar adrede cualquier lavabo que estuviera a su alcance. Tras la periodicidad de las charlas con el director, esgrimía una cara de cordera degollada y luego, al salir a la frescura del jardín, se bajaba las bragas con agilidad de gacela, mostraba la gallardía rosada de los glúteos a los presentes y orinaba con afán destructivo sobre los esquejes de las flores plantados por la mañana por el operario de servicios.

            

    Me pones en el disparador, Paco, y las carantoñas de antaño desaparecían por el sumidero del delirio, la paz inverosímil, los empellones de la cordialidad estampados contra el muro de la insolencia.

            

    Francisco llegó al zaguán y, dado que ya había amanecido del todo, vio la luz del día filtrada a través del cristal de la puerta del portal. Nada más pisar la acera, se ajustó el casco, se calzó las gafas de sol y comenzó a pedalear. Se trataba de una afición que le venía desde la niñez. En aquel entonces, además de al ciclismo, consagraba el tiempo libre a jugar al escondite con los chavales del barrio, a desear toquetear las partes pudendas de las compañeras de correrías y a repasar las tablas de multiplicar con los naipes en los rellanos de la escalera de la casa paterna. No había sido un chico conflictivo. Sacaba notas dignas, obedecía a bote pronto y no exasperaba a los progenitores con ristras de peticiones rocambolescas. Se enamoró de una vecina coetánea de ojos saltones y curvas prematuras que vivía dos portales más allá del suyo. Ella no le hizo el menor caso y él se creó un universo de fantasías pueriles desembocadas en el aluvión de las poluciones nocturnas. Con frecuencia la celaba, de matute, disfrazado de espía al servicio de los impulsos hormonales, y nunca se atrevía a dar el paso definitivo de abordarla. Jamás habló con ella. Le escribió docenas de cartas (todavía conservadas en un altillo dentro de una caja de recuerdos impúberes) que no envió por miedo a la catatara de las consecuencias. Dos veranos antes, por azar, la había visto transformada en una madre redondeada por el torno irrebatible de los lustros. Se saludaron con las cejas, separados por un paso de cebra con el muñeco del semáforo a punto de rojear, sin ninguna mercancía que intercambiarse en las alforjas de la existencia. Ella llevaba un rapaz prendido de la mano derecha y una bolsa de la compra atestada de verduras en la izquierda. No se detuvieron, pero al cruzarse en medio de la calzada, él percibió un olor a colonia antigua, un aroma agradable que encendió las alarmas del pasado en sus fosas nasales de hombre melancólico.

            

    Me pones en entredicho, Paco, y el ronroneo de las mentiras patinaba en el hielo de las desavenencias, el futuro avinagrado, el fulgor de las payasadas deslumbrante durante las visitas sabatinas.

            

    Cincuenta minutos más tarde, con las nubes de contaminación de la ciudad dejadas atrás, emprendió la ascensión de un puerto de montaña. Acompasó la respiración con el ritmo de las pedaladas y conjuntó el frufrú de los resuellos con la belleza pletórica de las laderas. Conocía la zona al dedillo, de otros sábados, pero no se cansaba de admirar la quietud sin parangón de los cajigos ni el matiz ocre de las mohedas. Hizo una parada técnica tras superar un repecho especialmente empinado y bebió un trago largo del agua con minerales que portaba en el bidón adosado al cuadro de la bicicleta. Escupió sobre las chinas de la gravilla del margen de la carretera y continuó con la subida. Tres horas después de haber empezado a pedalear, llegó a la meta de la cumbre. La vista desde allí arriba era magnífica. Los campos se extendían infinitos, sosegados, clasificados en polígonos asimétricos verdes o amarillos, planos como tablas de río. Una bandada de buitres volaba en cercanos círculos majestuosos, sin duda alrededor de una carroña divisada con el don de la vista prodigiosa, atentos a la exclusividad indomesticada de las circunstancias. No había nadie en lontananza, ni coches ni personas, solo la madre naturaleza empecinada en exhibir lo mejor de sí misma. Se comió el plátano y las nueces ya peladas con hambre auténtica, la pureza del aire mirífica, los sentimientos de la soledad indescriptibles. Le hubiera encantado quedarse allí todo el día, lejos de las garras de los compromisos conyugales, sin tener que acudir a la penitencia semanal del siquiátrico. Sabía que era imposible de todas todas, pero el perfil de una sonrisa se dibujó en la satisfacción del gesto mientras se lo figuraba. Amusgó los ojos y vio cómo las rapaces, posadas ya en torno al animal muerto, disfrutaban de un banquete de órdago gracias a la potencia de los picos. La peculiaridad de la escenografía se asemejaba a un documental de la televisión y el imperio tajante del silencio la pintaba con el lustre impoluto de la autenticidad.

            

    Me sacas de mis casillas, Paco, y la pujanza de la antipatía se esponjaba rauda, las tardes eternas, el tiento de las bromas cortado a cercén.

            

    Bajó por otro sitio para completar una ruta circular y volver a la ciudad. Moderó un poco la velocidad al advertir una franja de niebla en medio de la calzada, las zapatas revisadas, el egoísmo de los peligros real. Controlaba el manillar con precisión de puntillista gracias a la firmeza de los brazos y gozaba al romper el aire con el espolón de la bicicleta. Algún que otro insecto se le estrellaba contra las arrugas de la frente, pero eso era lo de menos. Ningún placer en el mundo mejoraba al ir a toda pastilla cuesta abajo. No pensaba en nada ni en nadie, solo se regocijaba, a palo seco. El firme, alquitranado recientemente por una máquina de competencias provinciales, según un cartel alardoso clavado a la vera de la cuneta, se imponía en las escasas y cerradas curvas. Al llegar a una de ellas, frenó con suavidad y, en el momento de girar, la vista se le fue hacia los arbustos de la derecha. Entonces, a unos veinte metros de la carretera, le pareció ver un coche patas arriba. De entrada imaginó que era un espejismo provocado por los rayos arrogantes del sol, pero cuando se detuvo del todo, vio que no se había equivocado con la primera impresión. Se quedó perplejo durante unos segundos, la magia del descenso rota, las ramificaciones de la sorpresa inesperadas. No se oían gemidos que alertaran de presencias humanas y los trinos de los pájaros colindantes interpretaban la melodía aparatosa de la normalidad. Se apeó de la bici y se acercó al lugar del desastre con lentitud de depredador, empapado de sudor, desconcertado, tratando de no ortigarse la desnudez de las piernas. Avanzó entre los matorrales a través del pasaje creado por las vueltas de campana del vehículo, sintiendo miedo de encontrarse de sopetón con cadáveres decapitados o extremidades escindidas. Nunca le habían agradado las películas de terror que incluían sangre a tutiplén, los monstruos hematófagos, los detalles de las mutilaciones escabrosos. Entretanto la tranquilidad del lapso descollaba inconmensurable y los porqués del accidente deambulaban invisibles entre las hojas dentadas de los árboles.

            

    Me pones del hígado, Paco, y el quiquiriquí de las rencillas se deslizaba por el tobogán de la hartura, las contradicciones chamuscadas, las llamas del desabrimiento azuzadas por el atizador de la rabia.

            

    El todoterreno era un modelo moderno, de color gris marengo, dotado de cuatro ruedas gigantescas, y parecía intacto a primera vista. No había lunas destrozadas ni parachoques abollados. En el asiento del conductor, boca abajo, se apreciaba la presencia de un bulto inerte. Francisco se arrimó más y vislumbró una cabellera cobriza despeluzada pegada a la cuadratura de la ventanilla. Era una fémina joven, desmayada o muerta, con el cuerpo de espaldas encogido en una postura insólita, y no se le veía el rostro. El tictac de las luces de avería, acaso automáticamente disparado a raíz del golpe, imprimía una cadencia de muelle bien engrasado a la fatalidad del momento. Tomó el móvil de la mochila que llevaba en la espalda, pero por desgracia no había cobertura en la zona. Buscó un pedrusco para intentar liberar a la mujer de la cárcel de la carrocería y no halló ninguno en las inmediaciones. Tornó a la carretera con los nervios a flor de piel, echó un vistazo a ambos lados por si alguien se aproximaba y asumió que estaba solo en el mundo ante la dictadura vehemente del siniestro. Quería reaccionar y no sabía por dónde empezar. Al cabo cogió una piedra de aristas puntiagudas y regresó hasta el coche. Aporreó el vidrio con brío de coloso, obtuvo la recompensa ridícula de unas grietas externas y se quedó más decepcionado que un infante sin chocolate con churros en una tarde decembrina. Entonces vio un portabebés medio oculto en el asiento del copiloto. Los cinco dedos minúsculos de una manita blanca como la leche surgían de la penumbra y trocaban la calma de la atmósfera por una balumba de urgencias. Rodeó el vehículo vapuleado por una prisa de histérico y descubrió con estupor que el cristal de la ventanilla estaba un poco bajado. Metió el brazo por el espacio libre, palpó la ropa que envolvía a la criatura y tocó la blandura de una carne facial aún sin hacer del todo.

            

    Me pones en un brete, Paco, y el zambombazo de las recriminaciones estallaba durante el mal trago de las visitas, los embrollos peliagudos, el busilis de las remembranzas finiquitado.

            

    Francisco se agachó más para poder actuar con mayor eficacia y se topó con las facciones atónitas de la mujer. No cabía ninguna duda del óbito, los iris petrificados, el arrebol de los mofletes abolido de un plumazo. No obstante, el niño estaba vivo y en ese instante los espeluznos del silencio se quebraron con el aguijonazo de un llanto inopinado. Fue un sonido agudo, límpido, casi irritante, sumergido en el maremagno tormentoso de la desdicha. Introdujo el otro brazo y trató de sacar al bebé con meticulosidad de tasador de rubís. Apretó el cristal hacia abajo con todas sus fuerzas, pero era literalmente imposible, con la contundencia del accidente bloqueando a conciencia todos los sistemas eléctricos. Pasó la yema de los dedos por la epidermis del rorro, sin poder verle la cara, y se le puso la piel de gallina al constatar que el porvenir de aquel angelito dependía de su capacidad de reacción. Fue hasta el maletero, por si encontraba una barra o algún otro utensilio apropiado para hacer palanca, aunque también estaba cerrado a cal y canto. Probó de nuevo con el maldito móvil, pero estaba claro que ese sábado la tecnología se ponía al servicio del infortunio. Pensó que el crío quizás llevaría toda la noche a la intemperie y fue a por el bidón de la bici para aliviarle la sed. Se mojó los dedos, los posó sobre la inocencia de los labios infantiles y, estremeciéndose, percibió cómo la lengua diminuta le lamía el estropicio de los padrastros. Estaba delante de la vida y de la muerte, transformado en otro dios distinto al de unos minutos antes mientras descendía a toda mecha por el abajadero de la carretera. Colocó al chiquilín lo más cómodo posible mediante una maniobra compleja y fue a buscar otro pedrusco mayor. Al fin encontró un ejemplar adecuado, sepultado a medias, y le costó horrores extraerlo porque la tierra estaba dura y reseca. Ante la posibilidad de herir al bebé, se plantó delante de la ventanilla de la conductora y, con las manos empercudidas como un hombre de las cavernas, observó de qué modo la impasibilidad del cielo se mantenía ajena a las tribulaciones de la humanidad.

            

    Me pones de mil colores, Paco, y el miramiento de la relación se hundía en el naufragio de las jornadas, las vicisitudes fraudulentas, la importancia del pretérito quebrantada.

            

    A fuerza de un sinfín de golpetazos, Francisco logró romper el cristal. Quitó los añicos con delicadeza supina y comenzó a sacar el cuerpo de la mujer. Pesaba de lo lindo. Tiró de las axilas con vigor de titán, las muñecas frías, la alianza del anular amustiada. En la pernera derecha del pantalón vaquero se apreciaba una mancha numular oscura y en los pies, descalzos, destacaban unas uñas pintadas con un fucsia vívido. La blusa malva se desabotonó y dejó a la vista la turgencia de dos senos de primípara joven. Era guapa, sin aditamentos cosméticos, convertida en esos momentos de tensión extrema en una heroína de carne y hueso dentro de una película con desenlace trágico. Sin embargo, no tenía tiempo para soñar con la dispersión del sexo. La tumbó al lado del tronco de un quejigo, la calibró durante un instante efímero, consciente de que aquel visaje de hermosura extinta jamás se le borraría de las páginas de la memoria, y retornó enseguida a la tarea de libertador. Penetró a rastras en el vehículo volcado y se rozó la desnudez de los muslos con diminutos trozos de vidrio todavía pegados a la ventanilla. No sintió dolor al reptar por el interior en busca del crío que continuaba llorando, pero se quedó de piedra nada más verle la cara. En los ojos rasgados del querubín se adivinaba un origen oriental. Anclado en medio del océano de la estupefacción, Francisco repasó en una fracción de segundo las capitales de unos cuantos países del continente asiático y tuvo auténticos problemas para recordar que Yakarta era la de Indonesia. Su mente se alejó de la adversidad a la velocidad de la luz, viajó hacia atrás entre el amasijo de los años y se detuvo en la tarde de un otoño remoto. Estaba sentado junto a su mujer, mucho antes de la ingratitud cruel de los descarríos, en el sofá donde disfrutaban de las películas de los domingos, turbados ambos con la historia de una pareja francesa que había ido a Camboya para adoptar un niño. Los incordios de la burocracia estatal se complicaban hasta límites insospechados y el amor de los futuros padres se agitaba por el zarandeo crudo de las incertidumbres. Ese día, tras apagar la tele, se fueron a la cama con la sensación de haber compartido la ambigüedad de una ficción con final chocantemente infausto y durmieron más juntos que nunca.

            

    Me pones de los nervios, Paco, y el barco de papel de las reconvenciones zozobraba en el pozo de las discrepancias, el varapalo de las marejadas categórico, el porqué de la incomunicación despotricado.

            

    A pesar de aquellos recuerdos venturosos, cuando tuvo al bebé en los brazos fuera del todoterreno, no supo qué hacer con él, con el cricrí de los vagidos, terminado por arte de magia, aliándose con el gobierno impiadoso del astro rey bajo el azul cerúleo del cielo. Su mujer siempre había querido tener hijos, incluso desde el principio de la relación, pero él se negó en redondo, arguyendo que ya existían demasiados desgraciados en el planeta para encima traer uno más. Ahora, a punto de cumplir la nada despreciable edad de medio siglo, pensó que quizás aquellos noes tozudos habían contribuido a desatar o a espolear la enfermedad mental de su consorte. Contempló la criatura que emergía con vitalidad incólume entre el desgarro de los padrastros y se emocionó como cuando, siendo un mocoso que apenas levantaba un palmo del suelo, se padre le regaló su primer triciclo. A renglón seguido, echó una última ojeada a la madre exánime que ya no podría desempeñar las funciones de genitora y regresó hasta donde permanecía la bicicleta, a sabiendas de que los avatares de aquel sábado iban a cambiarle la vida. Vació la mochila, se la colocó delante del pecho, arropó al bebé con el chal en el que estaba envuelto y lo encajó dentro de ella con escrúpulo de cirujano. Dejó la tapa abierta para facilitar la respiración y continuó con el descenso, más despacio que nunca, sin volver la vista atrás, con las pupilas hincadas en el éxtasis del horizonte y el corazón afincado en la heredad de la esperanza. No se sentía un ladrón de niños, sino un hombre consecuente en pos de la salvación, capaz de ir al siquiátrico a ver a su esposa y presentarle al nuevo miembro de la familia.

martes, 15 de noviembre de 2016

XXI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2016

MODALIDAD GENERAL

IVÁN CARBONELL IGLESIAS



IVAN CARBONELL IGLESIAS (València, 1979) és llicenciat en Filologia Catalana, llicenciat en Humanitats i graduat en Història per la Universitat de València. És professor de Valencià a Secundària. És membre de l‘Associació Internacional de Llengua i Literatura Catalana (AILC), de l’Associació d’Escriptors en Llengua Catalana i del Centre d’Estudis Contestans de Cocentaina (CEC). Ha guanyat nombrosos premis de literatura breu –Sambori universitari, Felipe Ramis de La Vila Joiosa, Bancaixa-Universitat de València–, de narrativa juvenil –Premi Ciutat de Torrent, Premi Enric Valor de Picanya– i de novel·la: Premi Ciutat de Sagunt, Premi Vila de l’Ametlla de Mar, Premi Ciutat de Benicàssim i Premi de narrativa 25 d’abril de Benissa. Ha publicat les novel·les La nit de la princesa, El secret del Mas de la Pedra, Els papers àrabs, La promesa del gal·lés i Els aprenents de traïdor. En el camp de la investigació ha publicat articles al voltant del folklore, la bruixeria, la medicina popular o el bandolerisme, sempre lligats a Cocentaina i la comarca del Comtat. És autor de les ambaixades en valencià que cada any es representen a les festes de Moros i Cristians de Cocentaina, arreplegades al llibre La veu i l’espasa


LES ILLES QUE HI HA EN MI

L
’última vegada que vaig parlar realment amb mon pare va ser el dia que vaig tancar la porta al meu darrere d’una revolada. Ell la va obrir tot seguit, de bat a bat, quietament i lenta, i se’n va quedar al llindar, sense saber què dir, amb les mans a les butxaques. Me’l podia imaginar perfectament, com un estaquirot, amb la cara pensativa i els ulls mirant les manisetes de la paret de l’habitació. Ni tan sols no em vaig girar a mirar-lo, amb el seu posat meditabund i la llengua eixuta de paraules.
  –Guarda-les totes, papà!
Potser em vaig fer adult aquell mateix dia, amb quinze anys, al retorn del cementeri, quan la porta de la meua habitació en tancar-la jo sonà com una batzegada de cor trencat i tardor eterna. Gotes de pluja penjades del finestral, una corbata color nit funesta.
 –Guarda totes les fotos!
En el fons de tots i cadascun de nosaltres hi ha una illa deserta i un cavaller Tristany que s’hi passeja, meditabund, errant per aquell paratge erm que ja no es llaura i on ja no creixen flors. Sí, en el fons de tots nosaltres hi ha una illa trista que sovint es calla i que en ocasions, de tant de silenci, es pot anar fent més gran que la mar. El silenci que no dic, la solitària illa que hi ha en mi.     
* * *
  De la casa desaparegueren totes les fotos emmarcades, els dibuixos i els quadres, com jo li havia dit a mon pare. Tot l’espai alliberat el va anar omplint una basarda enorme i un silenci que cada dia es feia més espès. La rebel·lia dels quinze anys pot ser una quimera que s’allarga; una actitud infantil que s’entesta i persevera més i més en una obstinació iracunda que protesta no sap molt bé contra què, potser contra la vida. 
  Mentre jo em recloïa cada vegada més en mi, mon pare es recloïa en les seues illes. Veia la llum del seu despatx encesa fins ben tard, quan era a casa i no a la facultat. El prestigiós professor, l’erudit que tenia el despatx a vessar de papers que eixien de les fustes de les carpetes i dels milers de llibres llegits, ratllats amb centenars d’anotacions. Tant em feien a mi en aquells anys les seues brillants publicacions, les notícies a la premsa, la seua cara al davant d’un faristol durant una conferència eterna al claustre de la Universitat d’Alacant. De vegades algú me’n parlava.
 –He vist ton pare al periòdic!
 –Ah sí? Segur que parlava d’alguna illa.
Abans del silenci mon pare me n’havia parlat molt, de les illes. L’illa d’Ulisses; el colós de Rodes i el setge de l’illa de Rodes que recrea el Tirant lo Blanc; Venècia sobre el mar Adriàtic; el caballero Atrevido i las Ynsulas Doradas en el Libro del caballero Zifar; l’illa del tresor del capità Silver, Ben Gunn i Jim Hawkins; la soledat de Napoleó en algun capvespre a santa Elena i l’illa d’Avalon, on les fades duen la barca del moribund rei Artur. Artur Pendragó no morí mai, em contava mon pare.
  –Artur no mor mai, se l’enduen les fades a l’illa d’Avalon.
M’ho havia recordat mon pare un d’aquells dies del silenci, després d’aquell dia del cementeri, quan jo havia tancat la porta de la meua habitació d’una revolada i ell l’havia oberta lentament i quieta.
  –Ja no sóc un xiquet, papà. 
  Vaig estudiar Història de l’Art i no Filologia tan sols per mortificar-lo. No em va veure obrir cap més novel·la amb les quals solíem gaudir junts –Emili Salgari i Els pirates de les Bermudes, La línia d’ombra de Joseph Conrad, Juli Verne i els viatges impossibles–, que es quedaren als prestatges de la seua biblioteca. Estudiar fora de casa, lluny d’ell, quan haguera pogut estudiar a Alacant. Aquella va ser la raó per la qual vaig anar a València. Em preguntava si se n’adonaria, quan jo deixara la casa.
  No sé si se’n va adonar, però sí recorde la conversa amb ell a través del telèfon, uns anys després, en dir-li que encara me n’aniria més lluny, quan ja era lluny d’ell.
  –Al final m’han concedit l’Erasmus a Saint Andrews, pare.
  –Saint Andrews? Escòcia la brava, fill, molt bé, és una gran aventura. No deixes de visitar les illes Orcades i les illes Hèbrides. Oh, l’illa d’Skye. A l’illa d’Skye hi ha...
 –Torne a casa quan siga Setmana Santa, pare. Ja en parlem.    
 És estrany pensar ara com em sentia de lluny d’ell i saber que quan creia que més me n’allunyava, més seguia el seu rastre, la seua mà entre el boiram, difusa i inconcreta. Com més m’allunyava de mon pare llavors, més prop n’era. I jo sense saber-ho.  
* * *
  Tot començà quan vaig conèixer Susanna a Saint Andrews, en un passeig d’estudiants Erasmus per l’esplanada verda de la catedral. Em semblà senzillament preciosa. S’havia posat una camiseta blava obscura molt llarga, calces fosques i una jaqueta esportiva de color blau marí. Crec que em vaig passar tot el temps del recorregut preguntant-me si duia faldeta o era simplement el vol de la camiseta llarga que quasi li arribava als genolls. Aquella nit a la residència vaig saber que també era valenciana i al pub Unicorn’s Tale vaig agafar valor per parlar-li, per fi, amb una pinta de cervesa Smithwick’s a la mà. Potser no hauria d’haver begut ni una gota abans de seure al seu costat, perquè em notava la llengua pastosa, la boca torta, les paraules sense eixir correctament. Havia estat escoltant com parlava amb altres estudiants tot el temps, sense reunir jo la valentia necessària per acostar-m’hi. M’encantà la seua veu, les seues mans.  
  –Hola, em diuen Alan, jo també sóc valencià. Estava pensant d’anar el cap de setmana que ve a l’Illa d’Skye amb uns amics. Vols apuntar-te a l’aventura?
Crec que ho vaig amollar tot tant de seguit que ella va fer cara de desxifrar el que li acabava de dir. Duia ulleres roges, somreia i tenia els cabells del color de la cervesa tustada, daurada de sol i civada, malt i llum en els seus ulls. Com podia ser tan bella?
 –L’illa d’Skye? Què hi ha a l’illa d’Skye?
 –Les piscines de les fades. I la tràgica història de Bonnie Prince Charlie.
 –De qui?
 –Si véns amb nosaltres, te la conte.
Ella va somriure i em vaig sentir millor, molt millor.
  Amb aquell cotxe llogat travessàrem totes les Terres Altes, més enllà d’Inverness i del Llac Ness, deixant enrere llegendes i monstres, gaites i escocesos blanquinosos, endiumenjats amb falda a quadres i amb xiquets de cabells rossos al braç. Buscàvem el nord del nord, allà on la terra ferma acaba. I jo que sóc de tant al sud, li contava històries a Susanna en la part de darrere d’un cotxe llogat entre quatre estudiants.
 –Fins a l’illa d’Skye va haver d’escapar corrent Bonnie Prince Charlie, l’últim Estuard, aspirant a la corona britànica. Havia arribat des de França el 1745, però va ser derrotat a Derby i anà reculant. El perseguiren durant mesos per les Highlands i aconseguí arribar a l’illa d’Skye disfressat de serventa d’una dona anomenada Flora MacDonald.
 –Com saps tantes coses?
 –Me les conta mon pare. Li resulta més fàcil contar-me històries sobre illes que parlar de qualsevol cosa més important.
 –Ah sí? Ta mare deu estar encantada de tenir a casa dos erudits.
 –Jo no sóc cap erudit. Jo no vull ser un erudit com mon pare.
 –Qui ho diria. Fixa’t que tu també parles d’illes.     
 A l’illa d’Skye, després de passar el llarguíssim pont de ferro que lliga l’illa a l’arxipèlag, un dels meus companys, Louis, el que conduïa, aturà el cotxe en un dels camins, baixà a tota pressa del cotxe, entrà en un prat i es posà a perseguir ovelles de cara negra, que eixien espantades. Esclafírem a riure dins del cotxe i va ser la primera vegada que vaig notar la mà de Susanna dins la meua.
 –Què es va fer d’aquella Flora MacDonald?
 –Està soterrada en esta illa, a Kilmiur –la vaig mirar atent, amb la calidesa dels seus dits entre els meus–. Diuen que la van soterrar embolicada en un llençol del príncep. 
 –Vull vore eixa tomba –digué Susanna.
La tomba de Flora MacDonald era una làpida vora el penya-segat, amb la mar als seus peus i la mirada al nord. Bufava un vent fred i passejàvem per aquell cementeri sota un sol entre núvols que no calfava. Hi havia un silenci respectuós i una mar escumosa que estimbava ones contra el roquissar. La tomba de l’heroïna tenia una creu cèltica discreta, blanca d’escuma i de mar. Susanna la mirava callada al meu costat. Feia olor a perfum i a viatge. S’agenollà al davant de la tomba per llegir bé la inscripció. Es girà cap a mi i crec que va ser llavors que em va veure plorar.
 Aquella nit, de retorn a Saint Andrews, m’agafà la mà durant tot el viatge, en la foscor de la part de darrere d’un cotxe que baixa devers el sud. A la cambra de la residència, aquella primera nit que es quedà a dormir amb mi, sense fer l’amor, sinó tan sols abraçada al meu tors, recorde que continuava fent olor a perfum, a salobre i a mar. 
 A la residència d’estudiants de Saint Andrews, Susanna engegava al seu portàtil una de les seues cançons preferides mentre s’asseia als meus genolls, em passava les mans al coll i m’obligava a mirar-la com si fóra una nena. Al darrere, la cançó sonava com a part de la banda sonora d’aquells dies.
Summer has come and passed,
the innocent can never last,
wake me up when September ends.

Like my father's come to pass,
seven years has gone so fast
wake me up when September ends.

Here comes the rain again
falling from the stars,
drenched in my pain again
becoming who we are.

As my memory rests
but never forgets what I lost,
wake me up when September ends

 –Com es conegueren els teus pares?
 –Ja t’ho he contat mil voltes, Susanna.
Jo premia els dits a la seua cintura, sobre els seus malucs, i ella botava en rialles mentre em suplicava que m’aturara. Quéiem sobre el llit d’aquella estretíssima habitació d’estudiant i jo provava a besar-la. M’aturava els llavis amb un dit i l’alçava perquè escoltara la lletra de la cançó. Seven years are gone so fast. Amb un posat trist, deia:
 –No vull que el temps passe ràpid. Em quedaria sempre ací mentre em contes històries. 
 –Entre les illes gregues hi havia una illa que s’anomenava l’Illa de Lango –Susanna somrigué–. Deien que allí habitava un drac que era una princesa transformada. Sols es desencantaria amb un bes d’un cavaller que superara la por que inspirava el drac.
 –Algú ho aconseguí?
 –El cavaller Espèrcius.
 –Què va fer?
 –Li va donar un bes com este al drac –i jo besava Susanna per sorpresa, mentre ella esclafia a riure enmig del bes– i el drac es convertí en una princesa com esta. Mira, que guapa.
 –Calla, bobalicol!
Rodàvem pel llit de l’habitació mentre lluitàvem i, de sobte, ella m’acaçava les mans amb una força inesperada i m’obligava a escoltar la cançó.
 –Saps per què diu que “set anys passen molt ràpid”? No? Al cantant se li va morir el pare quan tenia set anys. En una entrevista contà que el dia de l’enterrament es tancà a la seua habitació i li digué a sa mare que no el despertara fins que no acabara setembre.
Em vaig quedar pensatiu mentre païa el que Susanna m’acabava de contar. Ara entenia  millor la lletra de la cançó. Like my father's come to pass/,seven years has gone so fast.
 –Veus, jo també em sé històries. Va, conta’m quan ton pare va conèixer ta mare i començà a investigar sobre illes per ella. Parla’m de més illes, per favor. Vaaaa, perfi...    
I llavors jo li parlava de l’illa Tortuga dels pirates i de l’illa de Zakyntos grega d’on qui sap si un dia van eixir els fundadors de Sagunt. Tabarca també li deu el nom a l’illa de Tabarka de Tunis, d’on vingueren els repobladors genovesos de l’Illa Plana, allotjats durant dos anys a la ciutat d’Alacant, al col·legi dels jesuïtes, l’any 1768.  Li parlava a Susanna de l’illa de Maians enfront de Barcelona que un dia va desaparèixer engolida per la mar, com l’Atlàntida de Jacint Verdaguer; de L’illa de l’Olla d’Altea, del Portitxol de Xàbia i de les illes Columbrets, deixades caure com pedres sobre la mar. Pedrades d’un gegant, com el cudol de l’illa de Benidorm, tallat pel gegant Rotllà del capdamunt del Puig Campana. I li contava llegendes d’aquella illa d’Skye que ens havia unit quan a la vall de Brittle, als peus de les muntanyes Cuillins, buscàvem les Fairy Pools en què es banyen les fades. Aigües color turquesa d’Escòcia, piscines d’aigua transparent, neu feta aigua; cascades fredes, salts d’aigua de molsa verda, negre de roca i aigua color gel. Bassals miralls de les fades, el viatge a l’illa de Flora MacDonald. 
Jo li contava aquelles històries a Susanna i ella es quedava adormida a la meua habitació o jo a la seua, durant aquells mesos que van ser els nostres a Saint Andrews. Eren relats vora la Mar del Nord de Robert Louis Stevenson i entre tants relats i nits de besos vaig veure clar. Seré, inundat de calma per fi, desterrada la rancúnia i la pena, vaig pensar que calia obrir la porta de la meua habitació. Ho vaig decidir allí, passats set anys, amb una cançó de Green Day de fons que mai no m’havia adonat que parlava de mi.       
 * * *
   Recorde que vaig telefonar mon pare des d’Edimburg, a punt d’agafar el vol de retorn.
  –On les vas guardar, papà? –el vaig sentir somriure a través del telèfon. Quants anys feia que no l’havia vist somriure? Set anys, segurament.
 –T’ho dic o te’n done un mapa?  
Era el meu joc preferit, quan jo era xicotet i ell em despertava amb una mapa del tresor. Caminàvem per la serra i per camps d’oliveres a la recerca d’algun objecte que mon pare havia soterrat uns dies abans. M’embogia interpretar bé el mapa i trobar el tresor. Cavava com Jim Hawkins i era més feliç que Long John Silver contemplant monedes d’or d’algun tresor pirata. Tant feia el que mon pare haguera amagat en alguna caixa folrada de plàstic: còmics, caramels, joguets, conxes marines, llibres juvenils o boles de vidre. M’encantava trobar els cofres amb el mapa del tresor a les mans. No sé quantes fotos ens en va fer ma mare, d’aquells dies d’aventura penjat del coll de mon pare.
 A l’avió, Susanna em mirava entre sorpresa i divertida.
 –Eres com un xiquet. I això que em semblaves tan seriot quan te’m vas acostar aquella nit al pub. Ho recordes?
 –Clar que ho recorde. Aquella nit a l’Unicorn’s Tale. Com oblidar-la?  
En aterrar a l’Altet vaig agafar la mà de Susanna i els dos vam córrer cap als autobusos. Si ens afanyàvem, encara podríem arribar al primer vaixell de la vesprada. Sols tenia aquella obsessió mentre arrossegàvem maletes i pujàvem a l’autobús que va dur-nos a corre-cuita a Santa Pola. Susanna reia.
 –Açò és una bogeria, però m’encanta!
A Santa Pola, vora el moll, hi havia mon pare amb el cotxe aparcat. Recorde que el vaig abraçar i que ell es va moure incòmode, però emocionat. Li vaig presentar Susanna d’arrapa i fuig. Mon pare ens va senyalar el vaixell mentre li feia dos besos i somreia.
 –És eixe i ix en dos minuts. Deixeu les maletes al cotxe. Jo vos espere ací.
 –I el mapa, pare?         
Solcàrem la mar al cap al tard, camí de l’Illa Plana, mentre mon pare es feia xicotet al port, on ens havia dit adéu amb els ulls brillants. Susanna em féu una foto emocionada.
 –L’explorador i el seu mapa!
I jo mirava el mapa que mon pare m’havia donat dins d’una funda de plàstic. Vaig somriure i vaig pensar que com Flora MacDonald, ma mare també descansava en un cementeri que mira a la mar, a l’illa que la va veure nàixer. I que sols hi havia una cova a l’illa en què un pare afeccionat a les illes i a les novel·les de pirates i de llops marins podia haver soterrat la caixa amb totes les fotos de la seua dona que un dia el seu fill li va demanar que amagara.  

lunes, 28 de septiembre de 2015

XX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2015

MODALIDAD GENERAL

MARTA CORNEJO GALLEGO



Nace en Alicante. Estudió Magisterio y con 20 años empezó a trabajar. Más tarde estudió Filología Hispánica y Filología Inglesa y ha trabajado como maestra primero y como profesora de Enseñanza Secundaria más tarde,  en diferentes lugares de la provincia de Alicante. En la actualidad trabaja como profesora de Lengua Española  en un Centro de Formación de Personas Adultas de la ciudad de Alicante.

Su afición a la literatura empieza muy pronto,  con los cuentos que le contaba su madre de pequeña en las largas siestas del verano. Como escritora se considera una aprendiza. Ha leído y lee continuamente; para ella los libros son una fuente inagotable de placer y de sabiduría, un refugio en el que guarecerse  y una «isla del tesoro» donde se puede encontrar todo.

Su reconocimiento como escritora le llega con  el Primer Premio Literario para docentes convocado por el Museo del Prado a finales de 2013. Este premio supuso un gran estímulo y ha hecho que escriba de manera más constante, por todo ello su intención es seguir escribiendo y sobre todo, aprendiendo.


UNA TOTILLA DE PATATA 

PARA Mr. O’TOOLE


Las callejuelas tortuosas de la medina se estrechan  cada vez más. Las paredes, encaladas de un blanco brillante, se retuercen en un laberinto interminable. Cada vez aquel hombre gira en una esquina, su túnica, también blanca,  deja una estela  que permanece  un segundo ante mi vista, pero se retira rápidamente, como la espuma de una ola que retrocede mar adentro. Yo sigo esa estela, perdiéndome en el dédalo de callejones de una ciudad desierta. A veces adivino la figura  al doblar una esquina, unos segundos antes de que desaparezca en el callejón siguiente; pero las más de las veces solo aprecio una visión sin forma definida, una nube, un destello…
     Píter…  Píter…  Píter…        
     —¡Niña, qué haces, que parece que tienes las manos de manteca!
     Eso me gritó  mi padre cuando una bandeja llena de vasos y  tazas de café se me escurrió de las manos y se estrelló contra el suelo, con un estrépito que hizo volverse a los cuatro parroquianos que jugaban una partida de dominó junto a la barra.
     —¡Si es que no estás en lo que tienes que estar, Lupe! ¿No ves que no puedes pasar entre esas dos mesas? ¡Da la vuelta, caray!
     Al señor Paco, mi padre, le gustaba pensar que gobernaba el bar La Perla como el califa de Córdoba reinaba  en su territorio. Un ligero levantamiento de ceja, un leve giro del cuello, una mirada insistente, una pequeña indicación con la barbilla  mientras secaba vasos y tazas detrás de la barra, y todos, mi madre, Ramiro, yo, debíamos tener claro lo que el señor Paco decretaba.
     Pero, en el fondo, lo del señor Paco era pura fachada. La que de verdad llevaba las riendas de todo, la que decidía, ponía y quitaba era mi madre, la señora Lola; pero lo hacía de tal forma que mi padre siempre quedaba bien. A veces lo convencía con argumentos prácticos: «¿Ves? Ya nos ha puesto tres tomates podridos debajo de los buenos. Ya te dije que a la Filo esta la tenía yo calada. Le compraremos la verdura a Esteban»; otras veces le pedía confianza en su buen criterio: «Tú hazme caso, Paco, que a mí el de los refrescos no me la da». Y mi padre se rendía a la evidencia. Mi madre era más lista que el hambre. Y, además, cocinaba como los ángeles.
     —¡Deja ya a la niña, hombre! Y tú—se dirigió a mí—, ten la escoba  y recoge esto en menos que canta un gallo, que los ingleses están a punto de llegar—dijo mi madre saliendo del cuartito de atrás.
     Mi madre se había puesto un delantal blanco con puntillas y parecía un monaguillo. Otro día le habría gastado la broma de siempre: «¿Qué vas a hacer, decir misa o servir sardinas, madre?»; pero yo no estaba para bromas. Y mi madre tampoco. Y mi padre, menos; las cuentas del negocio no estaban muy boyantes últimamente y su humor fluctuaba entre  la melancolía y el enfado.
     ¡Ay, los ingleses! Eso es lo que me traía a mí a maltraer, me quitaba el sueño, me resecaba la boca y me dejaba las manos de manteca. Bueno, los ingleses, en general, no. Era uno en concreto: Píter. Mi Píter.
     Mi padre  ya había dispuesto una mesa para doce en la terraza. A los ingleses les gustaba achicharrarse al sol, porque el chamizo que cubría las mesas de fuera era tan fino que apenas atenuaba el sol del mediodía. Y en Almería el sol del mediodía era una cosa muy seria; vamos, tan seria que te podía dar una insolación si te encantabas más de la cuenta. Pero ellos, nada, «Itsokei, itsokei», le dijeron a mi madre con su acentillo pastoso cuando vinieron la vez anterior. «Bueno, si prefieren las mesas de fuera a las de dentro, ellos sabrán.Y, oye, si pasan más calor, pues beben más, y eso nos viene de maravilla», dijo mi madre.
     Bar La Perlaponía en el tablón de madera que colgaba junto a la puerta. Y debajo: «Tortilla de patatas, croquetas, gazpacho, pipirrana, papas aliñás, jibia en salsa, sardinas, chirlas, boquerones, salmonetes, caballas. Todo fresco y casero».
     Casi siempre  escribía yo en el tablón. «Niña, pon lo que tenemos hoy, tú que tienes buena letra», me decía mi padre. Pero hoy lo había escrito Ramiro y algunas letras parecían culebrillas y se juntaban con las de la línea de abajo, dando una aspecto bastante exótico al cartel. «Este parece que escriba en moro», decía mi madre. Ramiro, desde luego, no estaba dotado para la caligrafía, pero era un muchacho trabajador y servicial, y ayudaba a mis padres en el bar cuando había más trabajo. Ramiro me ponía un poco nerviosa porque siempre me miraba muy fijo y me hacía preguntas que no venían a cuento.
     —¿Tú qué dices? ¿Qué es más grande el águila macho o el águila hembra?
     —Y yo qué sé, Ramiro.
     —Nooo, dime, dime, a ver para qué vais al instituto si nooo…
     —Pueees… el águila macho.
     —No señora, el águila hembra.
     Y los ojillos se le reían con aquel triunfo bajo el flequillo rebelde, porque había dejado claro que él sabía muchas cosas, aunque no fuera al instituto como yo.

     —¿Y tú qué dices, que la comadreja come carne o come hierba?

     —Déjame en paz, Ramiro, que no estoy para comadrejas.

     —No lo sabes…
     Pues no, no lo sabía.
     Ramiro, que tenía un par de años más que yo, en el fondo, era un buen chico, pero a veces se ponía muy pesado y tenía el don de sacarme de quicio. Por no hablar de la querencia obsesiva que tenía por la fauna, heredada de  un tío suyo con el que  se iba de caza a su pueblo de vez en cuando.
     A Ramiro lo había mandado mi padre a un recado y era yo quien estaba ayudando con las mesas de fuera, mientras mi padre trajinaba en el mostrador.      
     Al llegar al espacio abierto de una  pequeña plaza, la figura se dirige a uno de los extremos en el que se abre una puerta bajo unos soportales sombríos y desaparece  tras una  cortina rayada… Yo la sigo, atravieso la plaza desierta y penetro en la sombra de los soportales. Dudo un momento antes de precipitarme tras la cortina, que ondea suavemente…No sé  qué voy a encontrar… Pero la atracción que ejerce en mí  la figura evanescente me obliga a entrar en la oscuridad de un pequeño cuarto. Me detengo para que mis ojos se acostumbren a la falta de luz…
     Píter…  Píter…  Píter… Píter…        
     —¡Que le vas a desgastar el nombre, hija!
     —¡Ay, Maca, es que lo tengo metido en la cabeza y no puedo pensar en otra cosa! Tú no has visto esos ojos, Macarena. Es que dan ganas de zambullirse en ellos y ponerse a nadar.
     —Qué exagerada eres, ya será menos.
     —Que sí, Maca, que yo no había visto nunca unos ojos así, azules, pero azules como el agua, qué digo azules, transparentes…
     —Bueno, ¿y qué? Mi primo Tomás tiene los ojos azules y no es para tanto.
     —¡No vas a comparar, Macarena!
     Esa era la conversación desde hacía días, cuando Macarena y yo íbamos andando al instituto. Ella vivía dos casas más arriba y pasaba cada día a recogerme para ir juntas a clase.
     —¡Señora Lola, dígale a Lupe que baje! —gritaba mi amiga por el hueco de la escalera cuando mi madre le abría el portal.
     —Venga Lupe, que tienes a tu amiga abajo.
     Y yo bajaba las escaleras desde el primer piso, con mis libros y mis cuadernos, saltando los escalones de dos en dos, para contarle a Maca que había soñado con Píter otra vez.
     Y así desde el día en que los ingleses vinieron al bar de mis padres.
      Estaban rodando una película, Lawrence de Arabia, en algunos lugares de Almería y ahora el equipo se había instalado en el parque que había muy cerca del bar. Algunos conocidos trabajaban de  extras en el rodaje. Los actores se quedaban en hoteles de la ciudad y, de vez en cuando, se les veía en algún restaurante o en alguna cafetería cercana al puerto.
     Un día había aparecido un grupo del equipo de rodaje en La Perla. Eran diez o doce ingleses, altos y rubios casi todos. Alguno de ellos hablaba español y era quien hacía de traductor. Sus ropas eran extrañas, vestían colores claros y vivos que no se veían mucho por aquí. Yo ese día había vuelto más tarde del instituto porque nos habían castigado a Maca y a mí a quedarnos una hora más, por no llevar el uniforme. Llegaba andando deprisa al bar para comer allí, como todos los días,  y vi que el grupo se despedía de mi madre en la puerta. Ella sonreía y daba cabezazos, asintiendo a lo que alguno de ellos le decía:
     —Muy bien, muy bien. Cuando quieran ustedes, señores. Gracias. Gracias. Hasta el sábado. Con dios. Con dios.
     Y entonces… le vi. Me crucé con él. Pasé a un palmo de distancia de él…  Era…¡Peter O’toole! Sí, era él, lo había visto en fotos. ¡Dios mío, yo no me había encontrado a un hombre tan guapo en mi vida! Era altísimo y un poco desgarbado. Estaba bronceado por el  sol y caminaba con las manos en los bolsillos de un pantalón blanco y arrugado. Llevaba una camisa blanca también y un jersey azul claro sobre los hombros. Se dirigía a uno de sus compañeros hablándole con una ligera sonrisa en el rostro. Un rostro delgado, en el que, de repente, vi unos ojos que no podían ser  de verdad. Eran azules, azules como el mar en calma cuando acaba de amanecer. Azules como el cielo limpio del verano. Azules con una luz que iluminaba el mundo.
     —¡Niña! ¿Qué haces ahí como un pasmarote? Venga a comer, que ya es tarde.
     Yo no podía moverme. No podía dejar de mirar al grupo que se alejaba, y la cabeza rubia que adivinaba entre las demás.
     Fue la primera vez que vi a Peter O’toole. Mi Píter.
     La estancia está vacía. Una pequeña puerta de madera desvencijada se abre a un patio. La puerta entreabierta permite escuchar el relincho de un caballo.  Cuando me asomo, contemplo una visión  imponente: un precioso caballo negro y brillante se encabrita montado por el hombre de la túnica. El jinete intenta controlar a su montura, pero el caballo alza sus patas delanteras y relincha…
     —¡Vamos, Lupe! ¿Qué ha pasado que vienes tan tarde?
     —Madre, ¿eran los ingleses de la película, verdad? ¿Qué te han dicho? ¿Qué han comido? ¿Van a rodar aquí? ¿Les ha gustado la comida? ¿Uno de ellos era Peter O’toole, verdad? ¿Van a volver?
     Mi madre me miraba entre divertida y cansada.
     —Vamos, hija, ahora te cuento.
     Y me contó todo. Que había venido uno de ellos primero para encargar una mesa. Que querían comer bajo el chamizo a pesar del calor. Que les había gustado todo mucho, menos el gazpacho, porque decían que sabía mucho a ajo.  Que le habían pedido tortilla de patatas, pero que se había terminado. Que  iban a volver  a la semana siguiente  a comer. Que eran muy amables. Que se habían entendido con uno de ellos que hablaba español, aunque con mucho acento. Que querían comer tortilla de patatas el próximo día…
     —¡Jolín, y yo en el instituto!
     —Otro día, vete con el uniforme, como te tengo dicho, y no seas tan presumida.
     —¡Pero si solo ha sido un día…! ¡Y no me lo he puesto porque tenía una mancha en la falda!
     La semana pasó en un suspiro. Cuando estaba en clase, mi cabeza volaba al desierto, a  las calles estrechas de una medina, a unos ojos azules en un rostro moreno, hasta que Maca me daba un codazo y volvía a aterrizar en el asiento de mi pupitre.
     —Señorita Lozano,  le he preguntado qué es una bisectriz—inquiría hoscamente don Pascual, el profesor de Matemáticas.
     —Lo siento, don Pascual, no he tenido tiempo de estudiar.
     —Muy distraída está usted últimamente. Haga el favor de aplicarse o nos veremos las caras en septiembre.
     En casa me pasaba igual, no estaba en lo que tenía que estar, como decía mi padre a cada momento: «¿Dónde tendrá la cabeza esta chiquilla?». Pues la tenía en Píter, ¿dónde la iba a tener?
     Poco apoco el caballo va dejándose llevar  y el hombre de la túnica consigue dar unas cuantas vueltas con él por el patio. Yo observo todo desde un rincón, medio escondida tras unos cestos. La visión del caballo y el jinete me hipnotiza. La espada que el hombre luce en su cinto refleja la luz de la tarde, que empieza a caer…El hombre, de pronto, dirige su mirada hacia mí. Unos enormes ojos azules se clavan en los míos; luego aparta su mirada para dirigirla a lo lejos, hacia las dunas que se dibujan en la distancia…
     Para mí aquellos días pasaron en un estado de ensoñación, en el que el tiempo se medía por las veces en que podía quedarme a solas para pensar en él sin que me importunaran: Píter caminando por el parque, Píter sonriendo, Piter vestido con una túnica blanca, Píter montando a caballo…Píter, Píter… Mi Píter
     Y por fin llegó el gran día, el día en que los ingleses volvían a  La Perla. Era sábado y no tenía clase, así que estaba toda la mañana ayudando a mi madre en la cocina y a mi padre con las mesas.
     Mi madre, la señora Lola, era una gran cocinera, sus frituras y, sobre todo, su tortilla de patatas tenían fama. Venía gente de otros barrios, y también turistas a probar las comidas y las tapas de mi madre.
     —Niña, la tortilla de patatas ha de estar jugosa, que tenga bastante huevo… Las patatas se fríen, pero luego se escurren muy bien de su aceite… Hay a quien le gusta con cebolla y a quien no. Yo le pongo un poquito de cebolla, para que dé sabor, pero sin que  se note mucho…
     Yo seguía las indicaciones de mi madre con atención.
     —Aunque tú vas a estudiar y no te vas a pasar la vida en los fogones como yo, saber cocinar siempre te va a venir bien. Cuando te cases y lleves tu casa, tendrás que cocinar y ya verás cómo te dará  mucho gusto que te salgan las cosas ricas. Por no decir que eso de que «a los hombres se les gana por el estómago» es una verdad como una casa.
                 Ramiro entró corriendo en la cocina y nos dio un susto de muerte:
     —¡Ya vienen, ya vienen!
—¡Madre del amor hermoso, no me digas que son los ingleses!—se alarmó mi madre—. ¡Corre y dile a mi marido que los vaya sentando cuando lleguen, que yo salgo enseguida! ¡Qué manía de comer tan temprano tiene esta gente!
     A mí se me había encogido el estómago y me había puesto de todos los colores cuando escuché a Ramiro. Me faltó tiempo para ir a asomarme a la puerta. Sí, eran ellos. Se veía el grupo a lo lejos. Venían paseando y charlando bajo la sombra de los ficus del parque. Pero no distinguía a mi Píter. «Dios mío, ¿sería posible que no viniera hoy?»
     Ramiro se quedó mirándome:
     —Te interesan mucho los ingleses, ¿no?
     —¿A mí? Lo normal. Además, ¿a ti que más te da?
     —Bueno, me da y no me da—contesto, enigmático como siempre—. Si los ingleses nos devuelven Gibraltar, me parecerán bien; pero si no, pues no. ¿O es que a ti te parece bien que no nos devuelvan el Peñón?
     —¡Ay, yo que sé, Ramiro! Déjate de peñones.
     —¿Tú sabías que el peñón está lleno de monos?
     —Sí, hombre, y de elefantes también.
     —Que te digo yo que sí, mujer, que hay muchos monos…
     —Bueno, pues vale. Si tú lo dices…
     A mí los monos me importaban muy poco, y menos en ese momento. Así que me metí para adentro mientras mi padre salía a recibir al grupo.
     —¡Mamá, están llegando!
     —Hija, tendrás que cuajar tú la tortilla, que a mí no me da tiempo.
     —¿Yoooo? Pero si lo he hecho muy pocas veces, a ver si no me va a salir…
     —¡Claro que te saldrá! Venga, manos a la obra. Recuerda que la sartén tiene que estar bien caliente para que no se pegue, ¿estamos?
     Y salió, dejándome con la palabra en la boca, mientras se alisaba el delantal y se colocaba el moño.
     —¡Dios mío, que me salga bien!
     Respiré hondo y logré que dejaran de temblarme las piernas. Iba a hacer una tortilla para Píter, mi Píter, y tenía que salirme requetebién, vamos, que Píter tenía que chuparse los dedos al probarla. Venga, la sartén. Había que poner unas gotas de aceite, esperar a que empezara a soltar algo de humo, bajar  a fuego medio y echar la mezcla de los huevos batidos con un poco de sal y las patatas bien escurridas. La mezcla no podía pegarse a la sartén. Había que remover de vez en cuando para asegurarse. Cuando estaba ya cuajada por una parte, venía la delicada maniobra de dar la vuelta a la tortilla. Eso me daba un poco de respeto, pero lo había hecho otras veces y la clave estaba en hacerlo rápido. Plas, plas. Ya estaba. Después había que cuajar la otra parte hasta lograr un bonito tono dorado.
     —Lupe, saca la tortilla. Tu padre ya les ha puesto  unas aceitunas y unas papas con  la bebida. Mientras se lo toman, yo haré el pescado. ¡Ah!, se la pones al del fondo, a míster Otul, creo que han dicho.
     Y allí iba yo, con la tortilla  de patatas en una fuente, la más bonita que encontré en la cocina, directa hacia Peter O’toole, mi Píter.
     Mister O’toole estaba en un extremo de la mesa y sonreía con gesto tranquilo. Dijo algo que no entendí y me miró un segundo…
     —How lovely!  This must be the famous Spanish omelette they told me about.  Thankyou.
     El jinete consigue dominar por completo a su montura y, al inclinarse para acariciar el cuello del animal, se vuelve a mirarme un instante. Sus ojos son azules, tan claros como un cristal a través del cual se puede adivinar el cielo. Sonríe y  me hace un gesto con la mano. Después comienza a trotar con el magnífico caballo, dando vueltas por el reducido espacio hasta que acaba saltando una pequeña barda que circunda el patio de la casa…
     —Fabulous!  Really first class!  Your omelette is exquisite. Simply fabulous.
     No sabía qué me estaba diciendo, pero había probado la tortilla y, por su cara y sus gestos, ¡le estaba gustando! Yo tenía la sensación de flotar  y  sonreía embobada.
     —Venga, ve a por más sangría que estos están  secos —me urgió mi padre.
     Ramiro venía ya con la sangría en la mano y casi choqué con él, así que me  quedé junto a la puerta, haciendo como que barría, pero sin perder de vista a Píter. Piter sonreía, Píter hablaba, Píter escuchaba, miraba a lo lejos, volvía a sonreír… Así toda la comida… hasta que los ingleses decidieron marcharse, un poco achispados por  la sangría. Pagaron y dejaron una buena propina.
     —Gra-si-as, gra-si-as, una comida ec-se-lent, ma-dam—le decía el que hablaba español a mi madre.
     —Gracias a ustedes. Y ya saben, cuando quieran volver, les atenderemos con mucho gusto. Adiós, señores, hasta cuando ustedes quieran. Vayan ustedes con dios.
     A-di-osss, a-di-osss.
     Píter se levantó de la silla y, antes de marcharse, se giró, me buscó con la mirada y me hizo un gesto de despedida con la mano. Yo respondí también con la mano y con la misma cara de arrobo con la que había estado mirándole todo el tiempo.
     —Bueno, ya se han ido los ingleses.—Ramiro se plantó a mi lado mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo—. Tú qué dices, ¿qué van a volver o que no?
     —No sé… ojalá vuelvan…—suspiré, mientras los veía alejarse hacia el parque.
     —Mucho te interesan los ingleses a ti.
     —¿A míííííí? ¡Qué vaaaa!
     —Entonces no querrás una foto firmada que me ha dado el que estaba al final de la mesa.
     —¿Quiéeeen? ¿Píteeeeer?¿Píter Otuuuuul?
     —Bueno… algo así creo que pone, pero con unas letras muy raras…
     —¿Y tú hablas de letras raras? ¡Venga, enséñamela!
     —Bueno, bueno, calma…
     —Ramiro, por lo que más quieras, déjame ver esa foto.
     —Vale…., pero puedo hacer más.
     —¿Qué?
     —Dártela.
     —Pues dámela.
     —Con una condición.
     —¿Cuál?
     —Que vengas  conmigo al cine.
     Vaya, Ramirito se había destapado. ¡Me estaba invitando al cine! No salía de mi asombro. Había que reconocer que era lanzado, aunque me lo dijo bajito, para que mi padre no le oyera. No es que me hiciera mucha gracia, pero ir al cine con Ramiro era una menudencia,comparado con tener una foto de Píter.
     —Tú enséñame la foto primero.
     — Solo si me dices que vendrás.
     —Vale, iré.
     Ramiro se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una foto algo doblada en las esquinas. Sí, era Peter O’toole. Mi Píter.
     Se la quité de un manotazo y salí corriendo.
     —¡Dime cuándo iremos al cine!—me gritó, ya sin disimulo.
     —¡Cuando pongan Lawrence de Arabia!—le respondí sin dejar de correr, mientras sujetaba fuertemente la foto contra mi blusa.
     Poco después, el jinete se perdía  en la lejanía, como un fulgor de luz blanca, como una estrella fugaz que desaparece en el infinito…No sé cómo ocurrió, pero un caballo blanco vino hacia mí. Con su hermosa cabeza me hacía un gesto inconfundible, me invitaba... Lo monté y,  con una gran suavidad, como si galopara sobre  las nubes, se dirigió hacia la línea lejana del horizonte, hacia el destello que aún se adivinaba entre las luces doradas del crepúsculo.
     Theend                                              

Marta C. Gallego
 julio 2014



Agradecimientos
     Gracias, Asunción, por hacer una tortilla de patatas para Piter O’toole en Londres, y contármelo.
     Gracias, Kevin, por tus elocuentes palabras en boca de Mr. O’toole.