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viernes, 31 de julio de 2026

XXXI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "Real Villa de Guardamar del Segura", 2026

 MODALIDAD: Relatos de igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres


GUANYADOR: Carlos Fernández Salinas

TÍTULO: El mar desde una nube aislada


Carlos Fernández Salinas, natural de Gijón, compagina desde hace años su profesión como marino y especialista en seguridad marítima con una sólida trayectoria literaria. Ambas facetas se entrelazan de forma natural en una obra muy vinculada al mar, a sus historias y a las vivencias humanas que lo rodean. Comenzó a escribir relatos en 2004, inspirado por una historia real que le contó un compañero de Salvamento Marítimo y con la que obtuvo su primer premio literario. Desde entonces, ha cosechado más de cuarenta galardones en certámenes de narrativa breve de toda España, además de numerosos reconocimientos como finalista y accésit. Gran amante del relato corto y admirador de Jorge Luis Borges, ha publicado el libro de cuentos Lo que la mar esconde y las novelas Los marinos prudentes leen las olas entre paréntesis y La estrella de sal. Su escritura, constante y cercana, bebe de las experiencias vividas en el mundo marítimo, convirtiendo la mar en uno de los grandes escenarios de su narrativa.

EL MAR 
DESDE UNA NUBE AISLADA
Carlos Fernández Salinas

El sol supera las paredes del valle, avivando los tejados. Las barbas de unas nubes emborronan el cielo por levante, el resto es azul, sin tacha. A ras de la lámina de agua, los graznidos de las gaviotas se superponen a los sonidos propios del astillero, una eufonía difícil de describir con un lenguaje de por sí hostil a la onomatopeya. «Se levantará viento al mediodía» calcula María al tiempo que arranca el motor de la lancha, lo que provoca un estruendo que espabila al perro que dormita en la caseta del patrón. Por el pantalán un marinero camina displicente para liberar las amarras de las cornamusas. Viste unas bermudas que en realidad son unos viejos pantalones vaqueros a los que se les han arrancado las perneras. El marinero es de la edad de María, empero se comporta como un adolescente descreído. «Le he dicho mil vecesque no se ponga chanclas para el trabajo y él como si oyera llover», se lamenta María a la par que comprueba los manómetros y demás artilugios que indican el estado de la embarcación. El marinero salta a la cubierta y de un gesto rápido le hace ver que están libres del atraque. María da marcha atrás y la lancha comienza a alejarse del pantalán, con la intención de revirar cuando se encuentre libre de las demás embarcaciones que amarran en la dársena.

Mientras María maneja las cabillas del timón, alineándose con la ría, el marinero prepara las cestas y los bicheros dispersos por cubierta. Lleva un cigarrillo colgado del labio del que milagrosamente no se desprende la ceniza. El astillero, con sus sincopados golpes de martillos y taladros, queda atrás. Un jubilado que recorre el paseo paralelo a la ría, los mira con curiosidad, como queriendo adivinar de qué embarcación se trata. Las olas, traviesas, se arremolinan en la barra, de ahí que María les exija un mayor esfuerzo a las bielas del motor. Una vez superada la bocana, el mar se abre a sus ojos como si lo estuviera observando desde un noveno piso. María cae a estribor y pone el piloto automático rumbo al Este. Luego, sale a cubierta a ayudar al marinero a preparar los utensilios de limpieza. Este ni siquiera la mira. No hay conversación entre ambos ni gestos de complicidad.

La mujer deja pasar los minutos que faltan para llegar a la playa improvisando un ballestrinque en un cabo deshilado. Entretanto, el marinero contesta los mensajes de su móvil. A María se le hace difícil imaginar que alguien quiera intercambiar vivencias con ese chisgarabís. Al momento se desprecia por verse atrapada en pensamientos vulgares, propios de resentidos. Bien sabe que esta forma de razonar tiene el potencial de convertir su cerebro en un mar proceloso de olas desbocadas. «¡Qué fácil es culpar a los demás de nuestras frustraciones!», se reprocha María, quien se siente una persona incapaz de empatizar con la gente. Tampoco se ve atractiva, siquiera interesante. Enjuta y discreta, viste con ropas sintéticas de corte deportivo que bien le podrían servir para caminar por el monte. El pelo bermejo lo lleva recogido en una sempiterna cola de caballo, nada de maquillaje ni concesiones a la estética. ¡Si al menos pudiera borrar de su rostro ese rictus de severidad que le endurece las facciones!

María trabaja en una lancha que en verano retira la basura que flota en las inmediaciones de las playas: envases, bolsas de plástico y otros derelictos. Su contrato dura cuatro meses, el resto del año sobrevive sirviendo copas, de reponedora en hipermercados o cuidando a ancianos. Precisamente este ha sido su último trabajo antes de que comenzara la temporada estival. Los ecos del episodio aún resuenan en su confuso corazón. ¡Todo fue tan extraño! Contactaron con ella una tarde para que se presentara a primera hora de la mañana. La vivienda era un piso de techos altos con un olor recalcitrante a mueble antiguo. La mujer que vivía con su anciano padre, antes de irse a trabajar le repitió los detalles que le había adelantado por teléfono: persona con la cabeza ida, huraño de carácter, corto de vista y de movimientos, lo tendría que sacar a pasear en silla de ruedas. María aguardó en el salón a que el anciano se despertara. A la media hora sonó una campanilla.El anciano estaba sentado en un borde de la cama, con la camisola del pijama abierta. De la pechera de la camiseta interior asomaba una pelambrera cenicienta. El hombre la miró desconcertado, pero al momento volvió a dirigir sus ojos a un punto indefinido. En ese lapso, María no movió un solo músculo, como si le faltara el aire. Acababa de reconocer unos ojos que en su día habían sido de un verde inusual y ahora lucían apagados y vidriosos, los ojos del hijo de puta que le arruinó la vida.

La lancha avanza a la velocidad de un caracol. María y el marinero han extendido los tangones con las redes y comienzan a recoger la basura que flota en el agua. Desde su posición apenas divisan usuarios en la playa. Un par de cometas festonean el cielo con sus colas de colores. A esas horas el sol es una realidad de un amarillo nítido y un tamaño manejable.En contraste, los recuerdos de la mujer no son luminosos, sino una esquirla de luz en un sótano en ruinas.

Desbordada por la situación, María se limitó a poner al anciano un batín y conducirlo a la cocina para darle el desayuno. Sin articular palabra, le suministró las dosis de pastillas anotadas en un papel que colgaba del frigorífico. Era como si le estuvieran gastando una broma macabra. Había conocido esa sombra de hombre cuando ella tenía catorce años. Por entonces su vida era idéntica a la que llevaba cualquiera de sus amigas: escasez de silencios y exceso de risas inopinadas. Sus padres, pertenecientes a esa reducida clase media que ama la cultura, la habían animado a que aprendiese a tocar el piano. Desde los seis años María les dio ese placer, aprobando brillantemente los exámenes hasta que llegó al grado donde se le exigía superar una prueba acompañada de un violín. Para preparar el examen sus padres contrataron los servicios de un violinista que se anunciaba en el tablón del conservatorio, uno de tantos músicos que completaban su modesto salario en la orquesta filarmónica provincial dando clases particulares. El hombre se ganó a los padres asegurándoles que el sentimiento con el que tocaba María suplía con creces las carencias técnicas propias de la edad, las cuales podían ser corregidas con la debida paciencia. No pudieron escuchar mayor halago. El que su hija dominara un instrumento al que en su día ellos no tuvieron acceso, compensaba el esfuerzo que suponía que un violinista profesional acudiera dos veces por semana al hogar familiar. Si bien con los padres él se mostraba encantador, con María era parco y exigente, lo cual la amedrentaba. Por muchas horas que practicara, nunca obtenía un visaje de aprobación.

En cierta ocasión, el violinista invitó a la familia a un concierto que iba a dar en la fundación de una caja de ahorros acompañado de un segundo violín y de un chelo. Por motivos de trabajo los padres no podían asistir, pero animaron a la niña a que lo hiciera. La sala estaba a medio aforo y el concierto resultó intrascendente. Al finalizar, María esperó a que su profesor, vestido con un esmoquin deslustrado, se despidiera de los asistentes para darle un obsequio que sus padres le habían comprado a modo de disculpa por su ausencia. El hombre, henchido como un pavo real, no quiso abrirlo en la sala y la llevó a su improvisado camerino de donde los otros dos músicos salían raudos para no perder un autobús. Tras cerrar la puerta, la agarró con fuerza del brazo y la postró de espaldas sobre un pupitre donde la violó sin preámbulos. Sucedió tan rápido que María no fue consciente hasta que él le tuvo que subir apresuradamente las bragas al escuchar que otras personas llamaban al camerino para saludarlo. María regresó a casa procurando que el rimero de semen y sangre que recorría sus muslos pasara desapercibido.

La lancha se mece entre las olas con la precisión de un metrónomo perezoso. Sin un propósito concreto, el perro camina por cubierta con las patas bien abiertas para no resbalar. Según el sol alcanza su cénit, comienza a levantarse una tenue brisa del NE’. Complacida, la piel del mar se deja acariciar por las manos del viento. El marinero ha sacado un bocadillo y una lata de cerveza. María no tiene hambre. Nunca la tiene.

Abierta la veda, el hombre de modales exquisitos y alma de cerdo siguió abusando de la niña, ahora en la propia casa de María aprovechando las ausencias de unos padres que, ciegos, le preguntaban cuándo habría un nuevo concierto al que ellos pudieran asistir. En aquel escenario insólito e inesperado, la niña no supo reaccionar. Solo empezó a tomar conciencia del verdadero alcance de la ignominia al escuchar a sus amigas relatar lo que le había sucedido a tal o cual conocida. En cualquier caso, María se guardó todo para sí. Al tiempo se volvió arisca y comenzó a descuidar sus estudios. Una tarde que tenía clase con el violinista, no se presentó en casa, regresando a las tantas, borracha y desafiante. Los conflictos que nunca había tenido con sus padres ahora estaban a la orden del día. Para disgusto de estos, abandonó el piano. Mientras estudiaba la carrera que nunca terminó, buscaba trabajos ocasionales y en cuanto tuvo la oportunidad se fue de casa. Nunca mantuvo una relación que le durara más de unas semanas, pues no había jabón capaz de desprenderle la costra de ponzoña que llevaba adherida a la piel.

Y de pronto resulta que la vida, burlona, va y le devuelve a ese ser repugnante para que se tomase venganza. Bastaría con equivocarse en la dosis de una de las innumerables pastillas que él, confiado, engullía de su mano. Estaba tan ido que no la había reconocido. Pero ¿cómo podía estar segura de que era él? En la casa no había rastro de su carrera musical, como fotos ejecutando una pieza o con otros músicos, diplomas o placas de reconocimiento. Su hija tampoco le había mencionado a qué se había dedicado su padre, como si aquel pasado, lejano e intangible, ya no fuera relevante.

Una mañana lluviosa en la que no podía sacarlo a pasear, mientras el anciano vegetaba en su sillón, a María, aburrida, le dio por buscar en su móvil el dúo para violín y piano Opus 24 de Fauré. De súbito había recordado que era una de las piezas que los dos habían ensayado hasta la extenuación. En esos momentos el anciano permanecía con los ojos fijos en un punto indefinido de la pared. María puso el altavoz de su móvil al tiempo que se sentaba en un brazo del sillón. Según la música llegó a los oídos del anciano, este empezó a sacudir su cuerpo a la par que emitía gemidos guturales. Angustiado, intentó levantarse del asiento, mirando con ojos suplicantes a María para que apagara el móvil. Lejos de complacerle, ella subió el volumen. Tras agotarse en una secuencia de movimientos descoordinados, el hombre se dejó caer sobre el sillón, y al poco volvió a mirar a la pared, inane. María se percató de que las lágrimas recorrían los pómulos del anciano al compás del dueto de Fauré.

En lontananza, el mar y el cielo se unen por un cordón de soldadura al que llamamos horizonte. Hoy el piélago es de un azul cobalto conmovedor. El esplendor de las aguas milenarias hace sentirse al navegante débil e insignificante. «Aún queda para que el NE’ se desboque», calcula María. Sin previo aviso, pone un rumbo que los aleja de la costa. Desde la cubierta el marinero mira inquisitivo hacia la caseta del patrón, sin que ella le dé explicaciones.

La constatación de que el anciano era su némesis, despertó en María un hado de crueldad en ella desconocido. En cuanto tenía ocasión, le ponía el dueto de Fauré. Disfrutaba viendo cómo él se revolvía ansioso, hasta que, exhausto, volvía a su estado de postración con las lágrimas recorriendo sus mejillas. Pasaron las semanas. Por algún motivo arcano, tal vez por hastío, tal vez por un sincero examen de conciencia, María interpretó que la crueldad gratuita no le llevaba a ninguna parte. Aunque aún faltaba un mes para la campaña de verano, mintió a la hija del anciano diciéndole que la habían llamado del servicio de limpieza de playas, y que, por tanto, tenía que dejarlo. A pesar de los ruegos de la hija, que incluso le ofreció asegurarla y una subida de salario sustanciosa, María se despidió.

Hace unos días, tras finalizar su jornada en la lancha, recibió una inesperada llamada de la hija del anciano. «Quizás te interese saber que mi padre ha fallecido», le informó con voz emocionada. También le comentó que, ante la inminencia del desenlace, y a pesar de su estado calamitoso, su padre fue capaz de pedirle que le entregara a su antigua cuidadora un objeto que en su día para él fue muy valioso.

A una milla de la costa, lejos de ojos curiosos, María detiene el motor y sale a cubierta asiendo un estuche. El marinero sigue sin entender. La mujer coge unos pequeños contrapesos de hierro que usan para mantener firmes las redes con las que recogen la basura. Cuando abre el estuche, el barniz de un violín vetusto refulge al sol. El marinero observa cómo María introduce los contrapesos en el estuche. Luego lo cierra y cogiendo impulsolo arroja por la borda con la determinación de una lanzadora olímpica. Tras flotar unos instantes, el violín se hunde como un buque herido. Estupefacto, el marinero mira a María. Los dos mantienen un pulso sujetándose los ojos. De súbito, él estalla en una carcajada ruidosa y ella lo acompaña. Ríen y ríen hasta que les duele el estómago. El perro, en su inocencia, comienza a ladrar. El marinero se acerca a su mochila y saca dos cervezas. María acepta y mientras las saborean, la pareja juega despreocupada con el perro.

Llega el momento de regresar. Antes de arrancar el motor, María  sucumbe a la tentación de mirar hacia el lugar donde perdió de vista al violín. Ni rastro del estuche, como si nunca hubiera existido. María da marcha avante y pone proa a casa. La lancha regresa al puerto con una bandada de gaviotas trenzando un abanico sobre la estela. Manejando las cabillas del timón, María inhala la brisa salada al tiempo que sonríe. Sonreír es maravilloso, se repite. Quiero sonreír hasta que me duelan los labios. Nunca voy a dejar de hacerlo.

—Fin—




martes, 15 de octubre de 2024

XXIX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA REAL VILLA DE GUARDAMAR 2024


MODALIDAD: RELATOS DE TEMÀTICA DE IGUALDAD DE OPORTUNIDADES ENTRE MUJERES Y HOMBRES


GANADOR: ISABEL GARCÍA VIÑAO

TÍTULO: PRIMERA VENTANA, SEGUNDA, TERCERA, CUARTA Y ACTO.

 

       

                  PRIMERA VENTANA

Se abre la ventana. Corre el año 1950. Los visillos de ganchillo ondean ligeramente con el viento. Los guisos humean en cacerolas de porcelana granate en la cocina de leña. La radio está enchufada. Suena “Acércate más” de Luis Mariano. Las sillas son de anea. Algunas de las trenzas de los juncos de la anea están deshilachadas porque los gatos se afilan las uñas. Hay dos sillones, también tejidos con las hojas de esta planta, que son utilizados por los dos patriarcas para reposar la comida. Salen los efluvios de un intenso olor a cocido. Los comensales van llegando y se acomodan en su lugar habitual. Son siete. Los dos suegros de Aurora que están delicados de salud y ella es la encargada de cuidarlos; su marido, un hombre rudo que no reconoce ni valora las faenas de su mujer; los tres primeros hijos, las dos más pequeñas son gemelas y no se sientan a la mesa porque todavía gatean; y Aurora que es la actriz principal del reparto por ser la que se mueve en el escenario, la que no para, a la que todos los comensales reclaman para que les preste sus servicios.

               PRIMER ACTO Y ÚNICO

 

El día es soleado y diáfano: no se ve ni una sola mota de polvo que lo enturbie. A  Aurora le gusta abrir la ventana de par en par a buena hora para ver las flores del jardín y que el olor a hierba recién cortada inunde la casa. Nuestra primera protagonista tiene treinta y cinco años pero viste con riguroso luto por el dolor que le causó el fallecimiento de su abuela –de esto hace casi dos años–. Ha cortado en tajadas sobre un mantel blanco la gran hogaza de pan que ella elabora y cuece en un horno de la casa. Las migajas las echa al alfeizar de la ventana y mira a los petirrojos y gorriones que acuden a picotearlas. Durante la comida no tiene un rato de sosiego, pues, cada dos por tres, se tiene que levantar para buscar algún puchero o para rellenar el porrón con vino encubado o la jarra con agua o…  Antes le echaba una mano su suegra, pero, debido a su frágil salud, se acabó su ayuda. Reparte los alimentos siempre en el mismo orden: primero sirve a su suegro, luego, a su esposo, a la suegra, a los hijos. A su plato, la comida llega en último lugar y los pedazos con más huesos. Está totalmente claro que se trata de una familia patriarcal. Nada más acabar de comer, todos van desapareciendo de la visión de la ventana. Bueno, todos, no. Su marido se repantinga en uno de los sillones de anea. En este momento se estaba produciendo la mezcolanza de varios sonidos: una canción de Rafael Farina, los ronquidos de su marido y los ruidos de fregar la vajilla. A Aurora, aunque le gusta mucho la canción de Farina, “Por Dios, que me vuelvo loco”, baja el volumen de la radio, pues sabe que, si su marido se despierta, le espera una reprimenda. Por ello, friega intentando no hacer ruidos porque varias veces ha escuchado: “¿Es que no puedes dejar el fregoteo para cuando me despierte o qué? No me dejas tranquilo ni este rato”. Y Aurora sabe que esa, justamente esa, es la hora de hacer la faena porque los minutos de la jornada los tiene contados. Todos sus días se impregnan del olor de la costumbre: resultan ser lo mismo pero sin interrupción posible. Sus días son como si entre sus manos tuviese bolillos. Entreteje los hilos de las faenas cotidianas pero al día siguiente, en sus encajes, se vuelven a repetir las mismas cenefas. Igual es un día que otro, un festivo, todos los del año. Bueno, todos, todos, no. Los festivos va a misa con su mantilla negra y habla con otras mujeres del pueblo, por ello, esos días tienen un poquito de color. Por supuesto, hay circunstancias que surgen de pronto, por ejemplo, en el momento que Aurora está enjabonando la vajilla, las gemelas se acercan gateando, tiran de su saya y le reclaman la teta. Ella deja su faena y se acomoda en una de las sillas de anea. Sienta a las gemelas en cada una de sus piernas. Le cuesta sacar sus pechos entre sus vestimentas negras. Ellas lloran ansiosas. Les sonríe y cuando, después de mamar, se quedan adormecidas en sus pechos, las acuesta en su cama. Nuestra actriz se pierde de la escena un corto instante, en la que queda únicamente su marido que continúa durmiendo, que continua roncando. Duerme tan profundamente que un gato se ha acomodado en sus piernas y ni se ha enterado. Pero la protagonista principal regresa enseguida al plató de la ventana para aclarar la vajilla. Cuando finaliza, barre. Más tarde se arrodilla para fregar el suelo. A la fregona todavía le quedaban catorce años para que la inventase el señor Jalón, un mañico que debió pensar en  lo dura que era esta faena cotidiana de la mujer. Sus hijos mayores pisotean el suelo mojado antes de ir a la escuela. No le importa. Les sonríe. Son traviesos, están en la edad, cuanto más tiempo hagan travesuras, mejor. Luego ya les exigirá la vida, piensa. Más tarde, le echa agua limpia y alpiste al canario y este le gorjea contento y agradecido. Aurora se pierde del escenario, quizás descanse, lo tiene sobradamente merecido, pero…. Pero la puerta  principal de la casa se abre y sale con una azadilla para escardar las malas hierbas del huerto y airear la tierra. El sol se está ocultando cuando acaba de entrecavar los surcos. En todo este tiempo solamente se ha sentado una vez para dar de mamar a las gemelas que, hambrientas, se han despertado llorando. También ha tenido que entrar rápidamente en la casa ante el reclamo de su esposo: “Pero se puede saber dónde te has metido. ¿Pero es que todavía no me has preparado el café de puchero? ¿Será posible que se te olvide? ¡Y luego dicen que las mujeres están en todo! ¡Pues, anda, que esta mía!”. Las palabras le salen a borbotones. Su marido no es expresivo, solamente lo es cuando quiere transmitirle mensajes de este tipo a su esposa. Por fin cae la tarde y cierra la ventana. Los visillos impiden ver lo que ocurre dentro, pero no hace falta descorrerlos, las escenas son fáciles de imaginar. Más de lo mismo, la repetición de la costumbre: los pucheros, repartir la comida, estar pendiente de todos, fregar, barrer, limpiar los suelos… y lo más probable, porque nadie se habrá acordado, recoger al canario de la ventana. Ahora, por fin, llega la hora de coger el camino hacia la cama, su descanso más que merecido, pero, ¡ah!, tiene que recoger la ropa del tendedero, plancharla y prepararla para que sus hijos acudan limpios a la escuela. Y después… entonces sí. Bien pasada la media noche, dándole vueltas a su cabeza se acuesta y se adormece pensando en las cenefas del día siguiente. Aunque la ventana ya esté cerrada siempre tiene sus vistas. Sus vistas nítidas y bien definidas.

                                                

                                      SEGUNDA VENTANA

Se abre la segunda ventana. Es la misma que la primera pero con algunas reformas. Corre el año 1988. Los visillos de ganchillo también ondean con el viento. Siguen allí. Para Vanesa, la hija de Aurora, es un orgullo conservar lo que tejió su madre. En la cocinilla de placas eléctricas, la válvula de la olla a presión va liberando el vapor. La televisión está encendida. Salta la noticia de que del Titánic, (el transatlántico británico, después de haber sido encontrado en el fondo del océano, tras sesenta y seis años desde el naufragio al chocar contra un iceberg), se rescatan algunas existencias. Se produce un cambio de canal para ver algo más animado. Suenan las canciones de los 40 principales, entre ellas, “La puerta de Alcalá” de Ana Belén y de Víctor Manuel. Solamente hay tres cubiertos sobre la mesa: el del marido, el de la hija de ambos y el de Vanesa. Se sientan los comensales. Vanesa ya no va a ser la protagonista principal al cien por cien. El asunto del protagonismo comienza a ser interesante, aunque, en el reparto, ella cargue con bastante más del cincuenta por ciento que su marido. Pero es un avance a considerar. Son los primeros pasos de la paridad aunque sean todavía escasos y tambaleantes. Las escenas comienzan a ser más alentadoras, a elevar el ánimo en muchas almas porque estas no tienen género.

 

              PRIMER ACTO Y ÚNICO

 

En el cielo azul asoman algunas nubes subrepticias que acercan voces de mujeres con nuevos cantos y renovadas esperanzas, con un poquito más de ecuanimidad. Un cumulonimbo rechoncho anuncia que existen conferencias mundiales sobre la mujer que abogan por sus derechos, la superación de algunos obstáculos y la eliminación de discriminaciones… En definitiva, se intenta que se empiecen a abrir senderos con trazados de igualdad. Son nubes que poco a poco irán soltando sus gotas, aunque en algunos escenarios no se atrevan o lo hagan a cuentagotas. A Vanesa, como a su madre, le gusta ventilar la casa, abrir la ventana para ver el jardín y que entren nuevos aires: aires renovados. La hija de Aurora lleva un vistoso traje chaqueta masculino con patrones femeninos. Ella es una de aquellas gemelas que tantas veces estiraron de la saya de la madre para pedirle teta. Ha cumplidos treinta y nueve años y le encanta vivir en la casa de su infancia. Ahora es madre, y su hija, durante la comida, reniega. Arruga la cara por no gustarle la verdura. Pero mientras Vanesa come, su marido le va dando cucharadas a la pequeña. De pronto, el matrimonio fija su mirada en la pantalla de la televisión. Está hablando Rosa Conde, la portavoz del gobierno. Algunas mujeres empiezan a escalar montañas siendo que antes no se entendía que pudieran apoyar sus pies en las laderas para ascender. Quizás, piensa Vanesa en voz alta, esta portavoz y ministra pueda ir abriendo puertas a la mujer para que seamos más visibles y salgamos de la oscuridad. Sus pensamientos fluyen con palabras, en soliloquios, y su marido los escucha. Jorge le sirve una copa de vino para alargar la sobremesa. Brindan. El brindis de Vanesa es para que la mujer vaya surgiendo con luz de la penumbra. Con tantas cavilaciones, su mirada se ha perdido pero pasado un momento vuelve al blanco y negro de la pantalla. Ahora, las imágenes son sobre la Huelga General, pero, ¿qué pasa?, se pregunta. La señal de la televisión queda interrumpida. Apuran el último sorbo de vino. Mientras ella va fregando, su marido le acerca unos vasos que quedaban sobre la mesa. Llega la hora de desaparecer de la escena pero, antes, ella dobla unas ropas y deja dos montones sobre sendas sillas para colocarlas en los armarios cuando regrese. Ambos van a acostar a la niña. Jorge será el que esté al tanto de la pequeña por la tarde porque Vanesa tiene que acudir a su trabajo, a un taller de costura. Ahora sí que la ventana se ha quedado sin actores. Vanesa no tarda mucho en salir de la casa con su maletín de costura. Habrá que esperar… Sí, habrá que esperar y estar atenta para cuando sus personajes vuelvan a ocupar el espacio. Pero, al rato, ¡oh!, ¿¡qué ven mis ojos!? (Me permito escribir los dos signos de puntuación juntos por cuestionarme la sorpresa). ¡Ni que estuviese viendo a un ovni!  Es Jorge que recoge los dos montones de ropa que ha dejado su esposa. Ahora, mis ojos quedan de nuevo vacíos y mis oídos también. Durante tres horas reina el silencio que es interrumpido por el sonido del motor de un coche. Llega Vanesa. Elegante con el traje chaqueta hecho por ella pero con los ojos llorosos. Hace frío, mucho frío, pero el enrojecimiento de sus ojos no se debe a las bajas temperaturas. En su pensamiento reina la idea de que su marido le prepare leche caliente. Y así es. Mientras la toma, dialogan. Le cuenta que se ha encontrado con su gemela y que no está contenta en su trabajo. Leonor trabaja en las oficinas de una empresa privada con un compañero que ocupó el mismo puesto que ella pero diez años más tarde. Sin embargo, a él lo han ascendido de categoría haciendo las mismas tareas y en su nómina queda bien reflejado. La diferencia en las retribuciones es considerable. A esto no se le llamaría brecha salarial, se le llamaría brechón. El sufrimiento de su gemela no es en sí por la diferencia de sueldo si no por la injusticia que veja su dignidad y su autoestima. A Vanesa no le ocurre. Gana un humilde sueldo. En su trabajo de costura todos los puestos están ocupados por mujeres y en el taller reina la igualdad. Cuando le está contando todo esto, se nota que Jorge la comprende porque la abraza. Él es que cierra la ventana. Los visillos de ganchillo velan la escena pero, ¿qué más da? Siguen siendo un ambiente fácil de adivinar. En esta casa, casi cuarenta años después, sigue existiendo el olor de la costumbre: preparar la cena, -su marido es experto en tortilla de patatas y a veces es él quien se pone frente a la cocina -; Ruth, la hija del matrimonio, arruga su rostro también con la sopa que pacientemente se la va haciendo comer el padre, mientras Vanesa recoge la vajilla, friega, limpia las encimeras…Quizás, hoy, llegue a la cama más tarde que su marido porque tiene que poner los garbanzos a remojo y planchar unas ropitas de su hija. Quizás. Algunas noches se acuestan a la misma hora.

                     TERCERA VENTANA

Se abre la tercera ventana en la misma casa. Ahora se trata de un ventanal grande para que penetre la claridad del día. Comienza el año 2019. Los visillos de ganchillo están guardados como una reliquia. Los grandes cristales no son cubiertos con nada. Sobre la vitrocerámica hay una cacerola de vapor. A Ruth y a su compañero David les gusta cocinar a baja temperatura para que no se destruyan las vitaminas y los minerales. Un televisor Smart de gran calidad de imagen con pantalla curva está encendido. Un nuevo caso de violencia de género salta y mancha la pantalla. Esta vez, ha ocurrido en Zaragoza. ¡Es lamentable! ¡Es…! No hay palabras. El compañero de Ruth apaga rabioso el televisor. No soporta la violencia y no quiere que su pareja se entere. Enciende el equipo de música con altavoces estéreos. Sabe los gustos de su amada y quiere endulzarle el aperitivo que le ha preparado. Suena “La puerta violeta” de Rozalén. ¿Qué mejor para este momento? Es un himno contra la violencia de género. Quizás, piensa David, si esa mujer de Zaragoza hubiese dibujado una puerta violeta en la pared se hubiese liberado de ese hombre y desplegado la vela de su barco pero… Sus pensamientos quedan en suspenso cuando Ruth se acerca tarareando la misma canción. Al aperitivo también se apunta Ivana, la hija de la pareja, que alarga su mano para coger patatas fritas y olivas rellenas. En este plató se respiran aires de igualdad, un reparto alentador en paridad.

 

                PRIMER ACTO Y ÚNICO

 

El día es ventoso y sopla el ábrego. Acerca pentagramas con letras de canciones nuevas en pro de la igualdad entre hombre y mujer. Las ráfagas hacen hincapié en palabras que van creando estribillos. ¿Pero qué le ocurre hoy al viento? Es especial porque exhala sus propósitos hacia distintos rumbos. Al ábrego de dirección suroeste se unen soplidos del cierzo, del levante y del poniente, de la tramontana, del siroco… Son soplos que representan las voces de distintas comunidades autónomas de España en alianza, que predican la igualdad. Se trata de ráfagas valientes. No se parecen a las nubes en 1988, en la época de la madre de Ruth, que no se atrevían a soltar gotas en determinadas esferas. Ahora, estos aires son voces que predican nuevos mandamientos, con acento cántabro, castellano, aragonés, andaluz… ¡Ah, y también llega la brisa del mar de las islas! Ahora, la luna nace en la oscuridad al fulgor de las estrellas y el sol recorre los cielos contemplando rincones con menos sombras fragmentadas de la mujer por la desigualdad. Por la ventana se ve a Ruth alegre que reconoce lo injusto del pasado de su abuela, de sus tías, de su madre, y que con ilusión mira al frente con la cabeza alta. Ella tiene suerte en su trabajo pero aún quedan recovecos en los que la mujer debe emerger a la luz. ¡Aún quedan! ¡Cada día menos, pero los hay! Se asoma a la ventana con una sonrisa. Hoy tiene dos motivos para manifestar la alegría: su hija Ivana cumple dos años y sabe que los paisajes que verá serán mucho más abiertos, con más equidades que le reconocerán y le concederán la integridad, el derecho de ocupar cargos públicos, una remuneración justa e igualitaria…En definitiva, la eliminación de todas las formas de discriminación con la mujer que tantísimo daño hacen. Seguramente cuando su hija esté en la edad laboral no se llevaran a cabo ninguna exclusión basada en el sexo. El otro motivo es que hoy también han bajado las estrellas del firmamento a sus pies, pues la han elegido responsable de ventas en su empresa. Ella establecerá objetivos, motivará e incentivará a los vendedores, estará al tanto de las demandas para responder con la producción… En tiempos de su madre, y menos en tiempos de su abuela, las estrellas pocas veces saltaban a los pies de las mujeres. Ruth lleva la melena larga y suelta, las rachas de viento alteradas la despeinan y su cara resulta más desenfadada y aniñada. Lleva un pantalón vaquero roto por diversos sitios (si lo viera su abuela lo remendaría como tantas veces hizo en los pantalones de sus hijos para que pasaban de hermanos mayores a pequeños), y un top de tirantes ajustado sobre una amplia camisa. Tanto por el cumpleaños de Ivana como por el ascenso laboral, su compañero le tiene preparado un aperitivo. ¡Ah, y también la comida! Todo a gusto de Ruth. En ella la dignidad está intacta y su autoestima bulle con el nuevo cargo igual que cuando asciende el champán al descorchar una botella previamente agitada. La mujer de nuestro tiempo está fulgurante y muestra felicidad. El sonido de los altavoces estéreos sale por la ventana. Ahora, en concreto, se escucha “Ella” de Bebe. Una “ella” que cansada de llorar decide apostar por su vida. Ruth la tararea. También David. Son soplos de vientos que sueltan palabras: “Hoy vas a reír porque tus ojos se han cansado de ver llanto… Hoy vas a mirar “pa lante”…Hoy vas a conquistar el cielo sin mirar lo alto que queda…Hoy…” A decir por la expresión de sus caras, tanto el aperitivo como la comida están suculentos. Hablan, ríen, brindan, beben. Brindan, beben, ríen, hablan. Pero el tiempo les apremia. El gran ventanal me enseña que los dos se ponen delantales. En el de David hay dos bordados: en letras grandes “ÉL” y una cara de gatita con lazo rosa. El de Ruth dice “ELLA” y como adorno lleva un gato con corbata. ¡Qué originales!, pienso. Ambos intentan compartir todo en la vida, incluidas las faenas al cincuenta por ciento. Aunque hoy es un día especial y David le quita el delantal a Ruth y la hace permanecer sentada. Solo hay una cosa con la que no puede David: planchar. No tiene maña en las costuras y la raya en los pantalones le sale torcida. Pero, al menos, lo intenta y espera mejorar. Ivana, la pequeña, a los nueve meses, comenzó en la guardería y es sumamente sociable. Llega la hora de ocupar cada uno su puesto. La escena se queda sin personajes. El gran ventanal recibirá a sus actores al atardecer. Un ocaso en el que el sol será testigo de nuevas vistas, y, la luna, en la noche, verá cómo brillan las estrellas. ¡Ay, ay, ay! ¡Ay lo que pueden conseguir las alianzas de los vientos!

     

   CUARTA VENTANA (SUPUESTA)

¿Se abrirá este ventanal grande en 2050? ¡Ojalá! Aunque lo más probable no esté para contarlo. No obstante se pueden hacer suposiciones. El sol dará mucho calor y las nubes tan apenas soltarán gotas. Un robot preparará la comida mientras Ivana manejará una computadora que será capaz de conocerla mejor que nadie: su ánimo, su alma, su corazón. Será multifacética con derechos indiscutibles, con gran capacidad de decisión pues las luchas de nuestro pasado nos permitirán recoger los frutos a capazos. Quizás Ivana tarareará canciones con ritmo irreconocible y con nuevos instrumentos. Tal vez acudirá a su trabajo con un coche que se manejará solo. Ya no habrá luchas para la igualdad entre hombres y mujeres. ¡Eso quedará ya lejos! Si acaso las batallas se realizarán contra la inteligencia artificial que se va originando con nuevas tecnologías. Quizás estas sean las luchas. Otras luchas. Por supuesto, bien distintas. Luchas para esos tiempos.

 

                                           Seudónimo: Ángeles de todo tiempo.

 

 

 

martes, 3 de octubre de 2023

XXVIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR DEL SEGURA”, 2023

 

MODALIDAD: RELATOS DE TEMÀTICA DE IGUALDAD DE OPORTUNIDADES ENTRE MUJERES Y HOMBRES



GANADOR: FAUSTINO LARA IBÁÑEZ

TÍTULO: EL CIELO EN FRAGMENTOS

 

Faustino Lara Ibáñez es Arquitecto Técnico por la Universidad Politécnica de Madrid. Ha logrado reconocimientos literarios por sus novelas breves publicadas: El fulgor de las estrellas y El arquitecto prudente. Además, ha hecho una incursión en el terreno infantil con la novela El rescate de la princesa Galiana y ha obtenido primeros premios en certámenes literarios de narrativa breve como el “Ategua”, “José María Franco Delgado”, “Hermandad Pandorgos”y “Eneida”, entre otros. Además, en 2019 ha publicado “Especies en extinción”, una obra galardonada con el prestigioso premio literario cántabro “Manuel Llano” y  ha quedado finalista en el premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en castellano durante 2019.

Entre sus publicaciones tiene relatos englobados en recopilaciones y en revistas literarias.

También en el campo de la poesía ha ganado primeros premios como el Rafael Fernández Pombo y tiene publicados algunos poemas reconocidos en distintos certámenes poéticos como, entre otros, en una selección de jóvenes artistas castellano-manchegos.

 

 

El cielo en fragmentos

Faustino Lara Ibáñez

 

La hoguera se consume de una manera rápida, inexorable, como tu vida. Sabes que podrías avivarla fácilmente como has hecho durante las últimas semanas añadiendo a las brasas algunas ramas de los árboles y arbustos que crecen desordenados en la isla, en esta isla remota del Pacífico a la que Fred y tú llegasteis el 2 de julio tras un amerizaje forzoso. Sin embargo, ya no tienes las fuerzas necesarias para mover un solo músculo, para incorporarte, desovillar tu cuerpo entumecido, enfermo, y luchar por la vida, por esta vida intensa y maravillosa que has vivido y que hoy, precisamente hoy, en el día de tu 40º aniversario parece esfumarse, volatilizarse de un modo tan irremisible como doloroso. Sientes que tu cuerpo languidece hacia una agonía siniestra, infame, que te vas quedando sin fuerzas, sin aplomo, sin la voluntad de decidir por ti misma mientras observas con detenimiento esta hoguera frágil, anémica, en la que, como si de una visión premonitoria se tratase, crees ver reflejado el rostro de la muerte, esa desagradable imagen fosforescente que has esquivado en múltiples ocasiones mientras surcabas esos cielos de leyenda que tanto te apasionan y en los que, si pudieras, habitarías eternamente pilotando un aeroplano, atravesando las nubes, meciéndote entre los brazos de los vientos, de esas corrientes aéreas que te han ayudado a vivir un espléndido carrusel de sueños extraordinarios. Sin embargo, ya no hay vuelta atrás. Ya no hay redención posible. Sabes que llega el fin, aunque no te guste la idea, aunque siempre hayas sido una luchadora infatigable que nunca se ha arredrado ante ninguna dificultad. Ahora que Fred, tu apoyo, tu ilusión, ha muerto y el Electra ha sido devorado definitivamente por las bravas e insaciables fauces del Pacífico, crees que es el momento de empezar a asumir que ya no hay posibilidad de abandonar esta isla de apenas diez acres, que tu deseo de ser la primera mujer en completar la vuelta al mundo a bordo de un aeroplano siguiendo la línea imaginaria del Ecuador no va a poder verse cumplido porque, muy a tu pesar, estás retenida en esta isla sin escapatoria posible. Ojalá el mago Houdini pudiera transmitirte todo su saber desde el más allá para dejar de vivir esta pesadilla y, virando de una manera radical, descaminar todo el trayecto realizado hasta el momento y aparecer de nuevo en Los Ángeles. ¿Para qué han servido tantos esfuerzos? ¿Para qué tanto trabajo, tanto empeño en ser la mejor y más importante aviadora de la Historia? ¿Para qué han valido tantos reconocimientos multitudinarios, tantos vítores, ovaciones y aplausos? ¿Para qué tantas entrevistas en los medios de comunicación más importantes del mundo narrando tus gestas imposibles, tus sueños de aviadora pionera siguiendo la estela de nombres tan señalados como la Baronesa de Laroche y Harriet Quimby? ¿Para qué tantas conferencias, tantas ilusiones puestas en el empeño terco y obstinado de reivindicar la posición de la mujer, su derecho inherente para conseguir todo aquello que se proponga y que te inoculó tu madre desde que eras una niña? Hoy ya nada de todo esto tiene sentido. No le encuentras ningún sentido. Ya no.

–Sé fuerte, Amelia –te dijo Fred días atrás con una serenidad abrumadora, desde un sosiego inquietante, perturbador, tumbado sobre un lecho de hojas secas bajo el cobertizo de ramas que habilitamos como improvisado refugio–. Si hay alguien en esta isla con la suficiente fuerza como para lograr salir de aquí esa eres tú. Confía en ti misma, como siempre has hecho. Yo ahora te dejo. Vuelo hacia el más allá.

Te pidió con un gesto que le dieras la mano. Sus dedos estaban fríos. Sentiste decepción. Pena. Sus labios temblaban al mismo tiempo que empezaron a supurar una letanía de palabras inconexas e inaprensibles. Podías sentir cómo tu buen amigo Fred se iba quedando sin fuerzas de una manera gradual, sencilla, austera, hasta que llegó el instante en el que su corazón no pudo más y su vida se extinguió. Giró la cabeza hacia su izquierda. Su cuerpo empezó a rigidizarse, a comprimirse. Cerraste sus ojos inmensos como prados y, entre lágrimas, recordaste los primeros días que pasasteis en esta isla tras aquel arriesgado amerizaje después de perder la comunicación con el guardacostas Itaca.

–Lo siento, Fred –le dijiste mirándole el rostro, observando su palidez, el sudor que recorría su rostro­–. No me quedaba otra opción. No nos quedaba combustible. Ni un solo galón. Dentro de unos minutos se te habrán pasado las náuseas y el dolor de oídos.

No te contestó. Aún estaba impactado por un descenso tan vertiginoso. Le ofreciste una lata de zumo de tomate, sonriéndole, con una complicidad generosa, franca.  

–Te vendrá bien.

–Gracias, Amelia –dijo con un hilo de voz, como si le costase un esfuerzo sobrehumano pronunciar aquellas dos palabras.

–Seguro que vienen en nuestra ayuda –dijiste a Fred con la esperanza sincera, pura, de que así sería, mientras, atravesando un arrecife coralino de múltiples y oníricas tonalidades, os dirigíais sobre la balsa de salvamento a la playa que estaba a unas doscientas yardas.

–¿Cómo puedes estar tan segura, Amelia? –te preguntó dejando vislumbrar en sus palabras una especie de pesimismo inarticulable en el que se traslucía cierta vanidad burlona tras la euforia y alegría del primer instante después de haber salvado la vida de una manera milagrosa.

–El guardacostas Itaca vendrá en nuestra ayuda –dijiste con una especie de naturalidad taxativa con la que pretendías hacerle ver cierta revelación celebrativa, luminosa, como si quisieras hacer partícipe a Fred de tu positivismo y de tus ganas de luchar por vuestras vidas.

–¿Y si no vienen?

–Hay que confiar. ¿Tú nunca has confiado en tu fortuna?

Fred no respondió. No dijo nada. Sabía que no podía decir nada, que se trataba de una guerra perdida: siempre se encontraría con tu optimismo vital.

–Amelia, ¿y ahora de qué viviremos aquí? –te preguntó Fred con cierta socarronería después de varias horas, tras las primeras inspecciones de aquella isla desconocida, mientras, sentados en la orilla, observabais cómo estallaban las olas sobre la cárdena arena de la playa en presencia de un agitado viento noroeste.

–La naturaleza es sabia: ella sabrá proveernos convenientemente.

Durante los siguientes días, a pesar del cansancio y el agotamiento que ambos acumulabais después de haber recorrido más de veinte mil millas volando a través de más de medio mundo y de que tú padecieras una angustiosa disentería, gracias a un clima benévolo, conseguiste insuflar en Fred el ánimo necesario para sobrevivir pescando peces de múltiples y variadas tonalidades entre los maravillosos arrecifes de coral, cazando pájaros y otros animales menudos con trampas muy arcaicas pero efectivas. Fue vuestra manera de sobrevivir durante dos semanas.

Al comienzo de la tercera semana de vuestra estancia en esta isla remota y olvidada del Pacífico en la que teníais claro que no había signos de vida humana ni pasada ni presente, el tiempo cambió de una manera radical. La lluvia no os daba una sola tregua y no había manera de no estar calados hasta los huesos. La salud de Fred cayó en picado. De repente empezó a sentirse muy débil. Tan pronto era consciente de la realidad como su cuerpo sufría terribles convulsiones y su mente se nublaba entre delirios que te hacían temer lo peor. Fueron tres días angustiosos en los que su vida sucumbió de una manera irremediable. De nada sirvieron tus esfuerzos por intentar mantenerle con vida. Era el fin. Su fin. Sin fuerzas para mover su cuerpo, decidiste permanecer a su lado. Era tu particular homenaje hacia un hombre bueno, un hombre que siempre confió en ti y en tus aptitudes como aviadora y que incluso había sido capaz de renunciar a su viaje nupcial para embarcarse contigo en esta aventura pionera en el mundo de la aviación. En cierto modo te sentías en deuda con él.

Sabías que tenías que ser fuerte, empezar una nueva vida sin Fred y confiar en que George estaría moviendo los hilos necesarios para que los equipos de rescate dieran contigo. Estabas convencida de que tu incansable esposo no cejaría en su empeño hasta dar con tu paradero y sería capaz de hablar con el mismísimo Roosevelt para movilizar los recursos necesarios y venir en tu ayuda. Le conocías bien. Era muy testarudo y disciplinado, tanto como para haber sido capaz de conquistarte a pesar de tus recurrentes y, bien es cierto, poco expeditivas negativas. Además, aún os quedaba por cumplir el sueño más importante de vuestras vidas: ser padres.  

–Cuando vuelva de este pequeño viaje por el mundo, te prometo que seremos padres –dijiste con ironía a George, abrazándole y besándole en los labios, calibrando la temperatura de su inquietud, de una ansiedad que, en el fondo, sabías que sentía y que le generaba el hecho de que finalmente insistieras en tu deseo de intentar realizar con éxito esta proeza a pesar de haber tenido un primer fracaso y de que algún mecánico lenguaraz hubiera puesto en entredicho tu capacidad para pilotar aeroplanos.

–No lo dudo.  

Tras la muerte de Fred, empezaste a perder la mirada en el cielo durante largas horas, en ese cielo majestuoso en el que esperabas con ahínco encontrarte con algún avión que sobrevolase la zona y diera la voz de alarma para que un barco acudiera a tu rescate. Sin embargo, las horas pasaban y no se materializaba ese deseo. Jugabas a interpretar las nubes que a veces, de repente, se formaban encima de ti y emborronaban ese prístino azul celeste. Y como si se tratara de un repetitivo deseo infantil, volvías a anhelar que tras alguna de ellas apareciera, surgiera por fin ese avión que descubriese que estabas allí y se convirtiera en tu salvación.

No podías hacer grandes esfuerzos. Era inevitable que cada hora que pasaba te sintieras más frágil, más vulnerable, menos confiada, que el miedo comenzara a ganar un terreno vital que no querías dejar escapar, aunque para evitar estas caídas y que cundiera la desesperación, el desánimo, no dejabas de pronunciar el nombre de George, aunque fuera de una manera vana, baladí, aunque supieras que no podía oírte, aunque te aferraras a las manos sin vida de Fred, aunque buscaras en sus dedos fríos, rígidos, ese vínculo perfecto, ideal, que te hiciera creer que no estabas viviendo una ficción, que, aunque era muy probable que no pudieras escapar de aquel presidio, necesitabas crear tu propia lógica, un lenguaje que te aportara serenidad y calma para buscar apoyo en la creencia de que tú sí que estabas viva, tú sí que eras una superviviente y, mientras te quedara un partícula de ese bien tan preciado que era la vida, albergarías la esperanza de poder volver a Los Ángeles.  

Aunque no podías mirarte a un espejo, los constantes viajes de tus dedos por tu rostro te devolvían la radiografía de un cuerpo menudo y frágil al borde del desahucio que empezaba a mostrar síntomas de debilidad extrema y que, en cierto modo, comenzaba a volatilizarse. Todas tus ilusiones, poco a poco, se iban evanesciendo; te dolía ser consciente de que ya no podías contar con esos deseos de luchar por la vida, de soñar que aún serías capaz de seguir volando hasta que te lo permitiera tu condición física, esos anhelos de querer seguir siendo una pionera, una persona adelantada a este tiempo convulso que te ha tocado vivir. 

La falta de medicamentos, las lluvias copiosas, intensas, que se calan hasta los huesos y te hacen tiritar, los demoledores efectos de la disentería, la maldita sinusitis crónica que te ha acompañado toda tu vida desde que la padeciste por primera vez cuando ayudaste como enfermera en Toronto a los lisiados de la Primera Guerra Mundial y la fiebre que te atormenta y te engulle por momentos, hacen que tus ilusiones, sueños y esperanzas, poco a poco, se vayan evaporando, que empieces a flaquear y que ya no reconozcas en ti a esa otra Amelia Earhart vital y optimista que siempre has sido y que era capaz de comerse el mundo a dentelladas por muy adversas que fueran las circunstancias que se presentaran.

            La fortaleza. El pundonor. El esfuerzo. La lucha. Sientes que todos estos pilares, que te han ayudado a perseverar en tus sueños durante tantos años, se diluyen y se derrumban en esta isla solitaria y perdida en el Pacífico. Cuando miras hacia atrás descubres que queda muy alejado en el tiempo ese primer día en el que, gracias a tu padre, lograste montar por primera vez en un biplano y descubriste una imagen fascinante de Los Ángeles, una panorámica aérea maravillosa. Era sentirte como un pájaro. Sentir su libertad. Después de aquellos minutos mágicos, espléndidos, tuviste claro que tu vida siempre estaría ligada al aire, al cielo, a las nubes.

–¿Te ha gustado la experiencia, jovencita? –te dijo con una sonrisa entusiasta el experimentado piloto americano que participó en la Primera Guerra Mundial y que ahora se ganaba la vida haciendo exhibiciones junto a otros compañeros de escuadrón.

–Me ha fascinado –respondiste, sabiendo en tu fuero interno que, desde ese instante, querrías ser aviadora, pero no una aviadora cualquiera, una mujer como tantas otras con un sueño irrealizable, utópico, una mujer que acabaría convirtiéndose en la esposa de algún aristócrata inglés con sueños de grandeza emigrado a los Estados Unidos, no, tú querías ser una pionera, una persona capaz de grabar su nombre y sus gestas a fuego en el cielo. 

–Ya sabes lo que se siente al estar en el aire.

Claro que lo sentiste. ¡Y de qué manera! Ese aire que ahora te falta. Ese aire que ahora te induce a no sentir tristeza, miedo ni dolor. Ese aire que es vacío, que es quietud y desasosiego. Que es abismo. Ese aire que se muestra indiferente, que desmitifica cualquier deseo, cualquier anhelo por muy vehemente y sincero que este pueda ser. Apartas la vista de esta hoguera que agoniza y sientes que el cielo hacia el que miras, ese cielo salpicado de estrellas titilantes hacia el que enfocas tu mirada, una mirada enferma, ajironada, se descompone en miles de partículas que caen sobre ti en forma de una lluvia fina, menuda; ahora, sí, ya, 24 de julio de 1937, día de tu 40º aniversario, mientras sientes una templanza y una entereza que aportan a tu alma una serenidad agradable, benéfica; ahora que pronto, muy pronto, vas a emprender un nuevo y definitivo vuelo en busca de un paraíso eterno; ahora, sí, ya, de una manera definitiva, tajante, incuestionable, sientes que ese aire que te falta eres tú y que tú pronto serás polvo, nada, vacío, soledad, en medio de un cielo deshecho en fragmentos en esta isla remota del Pacífico.