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miércoles, 23 de agosto de 2017

XXII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2017

 XXII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA 
“REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2017
MODALIDAD: AUTOR LOCAL

GANADORA: GALINA ÁLVAREZ

Galina Álvarez es de origen ruso y nacionalidad sueca y ha vivido en cuatro países: Rusia, Cuba, Suecia y España. Actualmente reside con carácter permanente en Guardamar del Segura, Alicante. Es ingeniera química jubilada.

Siempre se ha interesado por los idiomas y la palabra escrita. Habla libremente cuatro lenguas: ruso, español, sueco e inglés. Ha publicado cuentos y artículos en los periódicos y revistas de diferentes países: Rusia, Suecia, Chile, Alemania y España. Es autora del libro de cuentos para adultos Prefiero que me pongan a volar y del libro de cuentos para niños Aventuras de una estrella perdida, con el que ha obtenido el premio convocado por la editorial Circulo Rojo al mejor libro infantil. Ha participado en varios talleres de creación literaria y actualmente es miembro de la Tertulia literaria de Guardamar del Segura.

En la edición de 2016 de este concurso también obtuvo el premio de Mejor Relato de Autor Local con la obra titulada El cumpleaños.

 

El desayuno

 

Corre el año 1992 y el llamado “Período especial en tiempos de paz” azota, como una plaga, a la pobre isla de Cuba. En medio de sus penurias y vicisitudes, Nereida Martínez se reconcome y sufre. Está en su puesto de trabajo en una fábrica de producción de papel, sumida en reflexiones sobre la vida y susdilemas.

Todavía falta una hora para almorzar. Nereida trata de no pensar en ello. Quiere concentrarse en el trabajo; pero no puede.Su estómago, poseído por el hambre, no la deja distraerse. Tampoco la tareaque está haciendo la ayudaa olvidarse de sus tripas vacías. Si hiciera algo interesante, quizás… Pero loque ella realizano podría inspirar a nadie;ya que no hay cosa más tediosa en el mundo del laboratorio que hacer un inventarioen un almacén de productos químicos.Uno a uno, Nereida saca los polvorientos frascos de reactivos y,fijándose en la fecha de caducidad, pasa lista. Los caducadosse apartan para enviarlos a la destrucción. Y los buenosse ponende nuevo en su sitio,hasta que caduquen un día de estos. Es poco probable que se gasten: la fábrica lleva parada dos años, desde que empezó el período especial con su escasez total,sin petróleo ni materia prima. Entre los trabajadores hayrumores de quemuy prontose va a firmar un contrato con unaempresa sueca, para una producción de un volumen reducido.Debe de tratarse dealgunos suecos extravagantes que simpatizan con el gobierno y quieren brindarle su apoyo.Eso todavía sucede, aunque cada vez menos. Pero poca gentecree que ese contrato hipotético se firme alguna vez. ¿Será posible que en aquel país existancapitalistaslo suficientemente locos como para producir un poco de papel cartucho en una fábrica en paro,en la isla deCuba, tan alejada de su país? Tendrán industria propia;seguramente, más moderna y eficiente que la cubana. Sin embargo, analizandolos tortuosos rumbos de la vida,muchas cosas ocurren sin razón aparente. Y ellos, los trabajadores, necesitan tener una esperanza. La esperanza de arrancar las máquinas y escuchar el ruido de los talleres. Porque el ruido en estas paredes significa vida;mientraselsilencio es la muerte. Esta fábrica, realmente, parece estar en coma.Sumergida en un letargo, con la maquinariaparalizada,con grandes almacenes donde no quedan ni cucarachas, la empresa recuerda una ciudad abandonada en vísperas de una catástrofe. Sólo hay que ver el laboratorio:las mesetas vacías, los equipos cubiertos con fundas y los reactivos químicos sin abrir.

¿Qué hora será? se pregunta Nereida y mira el reloj. ¡Caramba! ¡Ya es la una!Es tiempodeque abran el comedor. Sale apresurada del almacén yexclama:

―¡Chicas, la hora del almuerzo!

Con un rechinado de patas metálicas de las sillas contra el piso, Matilde y Betty se ponen de pie y se dan prisa para salir: hay que marcar en la cola para entrar entre los primeros.

Cinco minutos decamino bajo el sol del mediodía le parecen a Nereida unsuplicio. Frente a la puerta de la entrada hay una muchedumbre.

―¡No lo puedo creer! ―exclama Betty― ¡Está cerrado todavía!

Nereidamaldice al comedor, a la revolución y a su maldita vida, todo eso sin pronunciar una palabra. Tiene un hambre tan atroz que le duele hasta el pecho, no sólo las tripas. Cree que se va a desmayar si no come algo inmediatamente. Desde que se levantó por la mañana, sólo ha tomado agua y una pequeña taza de café. El pan,como siempre, se había acabado la tarde anterior. No puedoseguir así, día tras día, se reprocha de nuevo, hay que buscar otra cosa para la merienda deJorgito. Y dejar el pan para el desayuno de los dos; no se debe ir al trabajo sin echarse nada a la boca. Pero ¿cómo va a decirle a su hijo de diez años, siempre hambriento, que hay que tener más disciplina para comer? Recuerda los ojos ávidos del niño en el momento de regresar ella de la tienda conlos dos panecillos en las manos, uno para cada uno, que les tocan por la libreta. No tiene corazón paranegarle una meriendaa Jorgito después de sus clases; por eso,en cuanto entra por la puerta, le ofrece uno. El otro, lo guarda para su desayuno, quedándose ella misma sin comer nada por la mañana.Un muchacho en pleno crecimiento no puede ir al colegio con el estómago vacío.

La gente frente a la entrada está muy animada, a pesar del retraso con el almuerzo. Todos están mirando unos impresos muy llamativos. ¡Qué milagro! En la fábrica, no sólo en la fábrica, en todo el pueblohace tiempo que no hay papel de ningún tipo, ni para ir al baño. Los periódicos apenas circulan. Son pequeñosy amarillentos, de muy mala calidad; pero resuelven mucho. La gente los corta en pequeños trozos y los pone en el servicio para las visitas. Curiosa, Nereida se acerca a un joven conocido que trabaja en el almacén de materia prima. Este tiene en las manos una revista que pareceextranjera y la inspeccionacon mucha atención.

―Oye,¿qué es eso? ―intervieneNereida―. ¿Qué son todos esos folletos?

―Es la materia prima queacaba de llegar de Suecia ―explica él alegremente―. ¿A que no sabes nada? ¡Resulta que el contrato con los suecos se firmó! Hoy ha llegado del puerto el primer camión conel material para procesar; la gente lo vio y ha podido robarvariospaquetesde revistas.Pero los custodios se dieron cuenta y cerraron el almacén.

―¡No me digas! ¿Será verdad lo del contrato?

―Tan verdad como estas revistas que ves. Son tan hermosas que me da pena que las destruyan. En mi vida he visto nada tan bonito ―dice el chico alegremente y le ofreceunas hojas lustrosas―: ¡Mira esto!

Nereidaobserva la foto en colores y se llena de admiración. Una bola entera de jamón cocido, cortada en trozos por un costado, con su mostaza y perejilde adorno, muestra las carnes rosadas y jugosas. A la derecha la imagen llevaunas letras raras y un número impreso. Debe de ser el precio. Nereidase da cuenta de que se trata de un folleto comercial y lo sigue inspeccionando. Más abajo en la misma páginahay otra imagen, esta vez se muestra unagrancuña de queso con unos agujeros muy apetitosos en la masa dorada, igualitos que en las películas de Mickey Mouse.  Sin poder apartar la vista del folleto, Nereida vuelve la hoja y quedarealmente deslumbrada;una fotogrande a pleno color ocupa dos páginas enteras. El protagonista de esta maravilla es un pan blancode tamaño natural.Una baguette cortadaal medio y convertida en un suculento bocadillo. Sobre el frescor de las hojas delechuga reposan, unos encima de otros,múltiples trozos de jamón, el mismo jamón cocido de la página anterior. Y para rematar, encima deestese acomodanvarias lonchas de queso, unas lonchas finas pero abundantes. El pan se ve fresco y crujiente, un pan que no se ha visto por allí en muchos años. Incapaz de vencer la tentación, Nereida le pregunta al joven:

―¿Podrías dejarme el folleto?

―Claro―acepta solícito―. Quédate con este, tengo más en el cajónde mi mesa. Pude aprovechar para coger unos cuantos.―Después, baja la voz y añade en tono confidencial―: Los hay hasta pornográficos. Hay unos tipos tan listos, que loscogieron para vender en el pueblo. ―Y agrega aún más bajito, demostrándole confianza total―: Se los compran hasta en dólares.

―A mí no me interesa eso ―se ríe Nereida y guarda el folleto con mucho cuidado, no lo quiere estropear. En ese momento se acerca Matilde.

―Ya abrieron ―comunicasatisfecha―. Dicen que se les había roto la hornilla. Tuvieron que cocinar con leña, por eso se handemorado.

La cola del comedor se anima. La gente va sacando sus tarjetas para marcar el consumo y se dirige a la cantina para recoger las bandejas con los alimentos servidos.

Nereida recibe su ración y la observa con tristeza: un plátano verde hervido, un poco de caldo apestoso, debe de estar hecho conlas vísceras de cerdo, y un poco de mermelada de repollo. Ayer la hicieron de berenjena. Como no hay frutas, las sustituyen con verduras. ¡Los cocineros tienen tanta imaginación! En este país surrealista pueden faltar muchas cosas, pero la imaginación, jamás, piensa Nereida.Su hambre ya ha llegado a tal puntoque ella no aguanta más espera y toma rápidamente el caldo, pues necesita echarsealgo caliente en el estómago.El cocido está asqueroso, con una peste a podrido que es difícil de soportar; pero, tratando no aspirar los vapores, Nereida se lo toma todo con la ayuda de una cuchara de aluminio mal lavada. Matilde también lo hace, pero Betty no. Dice que le provoca náuseas. ¿No estará embarazada? Es que no se puede despreciar la comida, ni siquiera una tan repugnante. Ahora le llega el turno al plátano. Nereida lo mastica con avidez.La fruta es verde y dura;hervida, no sabe a nada, pero a ella no le importa. Necesita algo para masticar y tragar; de otra manera, cree que se muere. El plátano desaparece de la bandeja en dos minutos. Pero su estómago sigue igual, exigiendo a gritos más alimento. Tendrá que aguantar hasta la hora de comer en casa. La única y modesta comida del día que Nereida puede preparar para ella y para su hijo con las escasas viandas que se consiguen.

Por fin llega el turno del postre. Nereida lo prueba, pero no puede seguir. ¡Qué asco, Dios mío! ¿A quién se le ocurre mezclarel repollo con el azúcar? ¡Qué fantasíatanretorcida!En esta ocasión a los cocineros se les fue la mano. Mejor hubieran dejado el repollo sin cocinar, como una ensalada. No, ella no puede comer estaporquería. Si la come, vomita. Terminado el almuerzo, Nereida mira alrededor. En el local del comedor hay mucha animación;todo el mundo habla sobre el contrato sueco y la materia primarecién llegada. La gente pasa las publicaciones de mano en mano y las mira con fascinación.

―¡Mira, macho, qué clase de salchichón! ―comenta un obrero en la mesa vecina.

―¡Québistec tan grande, alabado sea Dios―se oye por otro lado―, y con la cebolla frita!

 Hace tiempo que Nereida no había visto a la gente tan alborozada.

Al regresar al laboratorio, ella saca el folleto del bolsillo de su blusa y lo abre con cuidado. Retira las grapas y libera la fotografía grande que muestra el bocadillo.

―¡Vamos a colgarla en la pared! ―propone ella a sus compañeras. Después la fija bien con unas tachuelas.

Las muchachas, embelesadas, contemplan el cuadro.

―Es la foto más hermosa que he visto jamás ―señala Matilde. 

―Yo también ―afirma Betty―. Si soy sincera, no solo la foto. Nunca he visto un bocadillo verdadero tan grande y tan apetitoso.

―Fíjate bien, ¡cuántos trozos de jamón tiene! ―exclama Matilde― ¡Y de queso!

―Esta lechuga verde le da un toque tan especial ―añade Betty.

Las tres mujeres, calladas, se quedan frente a la imagen durante un rato. Ahora Nereida está satisfecha. Ya tiene resuelto el problema del desayuno. Cada mañana, al entrar, puede ponerse aquí y contemplar este bocadillo hermoso durante el tiempo que sea, sin racionamiento ni límites. ¿Qué mejor comienzo del día que este?

martes, 15 de noviembre de 2016

XXI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2016


 MODALIDAD AUTOR LOCAL

GALINA ÁLVAREZ


Galina Álvarez es de origen ruso y nacionalidad sueca y ha vivido en cuatro países: Rusia, Cuba, Suecia y España. Actualmente reside con carácter permanente en Guardamar del Segura, Alicante. Es ingeniera química jubilada.

Siempre se ha interesado por los idiomas y la palabra escrita. Habla libremente cuatro lenguas: ruso, español, sueco e inglés. Ha publicado cuentos y artículos en los periódicos y revistas de diferentes países: Rusia, Suecia, Chile, Alemania y España. Ha participado en varios talleres de creación literaria y actualmente es miembro de la Tertulia literaria de Guardamar del Segura


EL CUMPLEAÑOS



El 15 de mayo es una fecha de la que siempre me acuerdo, aunque no tenga una relación directa con mis seres queridos ni conmigo misma. Era el cumpleaños de una niña rica, a cuya fiesta asistí cuando tenía doce años. Ha pasado mucho tiempo desde entonces. No sé qué habrá sido de la niña, ni de su familia. Se mudaron a otra ciudad y no he vuelto a verlos nunca más. Pero recuerdo la celebración con todos los detalles, como si hubiese sido ayer, pues aquel día, precisamente, tomé la decisión más importante de mi vida.
A la sazón nuestra familia vivía en el sótano de un edificio en el que mis padres ejercían de porteros. Además de trabajar en la portería, mi padre  se ocupaba de la caldera, mientras mi madre hacía la limpieza de los pasillos y las escaleras. También lavaba ropa por encargo de las señoras del inmueble. Éramos tres hermanos. Los dos menores permanecían en casa y yo iba a la escuela de la parroquia. Ninguno de mis padres sabía leer, pues en su pueblo no había colegio. Ellos solían decir que querían una vida mejor para mí, por eso me mandaron a estudiar.
Los vecinos nos trataban bastante bien y nos ayudaban de vez en cuando con ropa vieja u otras cosas para mis hermanos y para mí. Pero, al mismo tiempo, eran muy exigentes: el portal y la escalera tenían que brillar. Como yo era la mayor, debía ayudar a mi madre después de las clases. Cuidaba de mis hermanos, ordenaba la casa, lavaba los cacharros y hasta planchaba. No tenía tiempo libre. Mi única distracción era mirar los pies de la gente que pasaba a lo largo de nuestra pequeña ventana. Como estaba pegada al techo, los pies eran lo único que se veía desde nuestra habitación. Me gustaba mucho observar los zapatos de las señoras, que caminaban despacio por la acera. Eran muy finos, con  frecuencia tenían tacones y hasta adornos, como hebillas o lazos.
Un día de mayo sucedió algo inesperado en mi monótona vida: la señora del apartamento principal del primer piso se detuvo al pasar frente a nosotros y me dijo:
—María, te quiero invitar al cumpleaños de mi hija Ángela, que cumple once años. Será el próximo domingo.
Después explicó que la fiesta no sería grande y me sugirió que fuera, sin falta.
—Su hija nunca sale —sonrió ella amablemente a mi madre—. Que se divierta un poco con otros niños.
Invitar a una fiesta a los hijos del servicio no era nada usual, pues cada clase social debía conocer su sitio. Así ha sido siempre y así las cosas eran más fáciles, me explicó mi madre. Al mismo tiempo, se conocían bien las extravagancias de la señora, que era una mujer moderna y hacía las cosas según su parecer.  Al recibir la invitación, mi madre y yo nos pusimos muy contentas, pues yo nunca había estado en una fiesta de cumpleaños. Sin embargo más tarde, cuando nos pusimos a pensar en algunos detalles, por ejemplo, en la ropa que me iba a poner para ir, nuestro ánimo se enfrió un poco. Mi único vestido decente era el que usaba para ir a la escuela. Marrón, para que se ensuciara menos. En casa andaba con ropas viejas y muy remendadas. Como no había mucho que escoger, decidimos lavar y planchar ese vestido para que luciera más presentable.
Por fin llegó el domingo. Yo me sentía nerviosa y algo asustada. No me imaginaba que acudiese tanta gente, pues la señora nos había prometido que la fiesta no iba a ser muy grande. Algunas familias vinieron en coche.  Por el portal abierto entraban hombres y mujeres elegantes, acompañados de niños con ropas finas. Sobre todo las niñas se veían guapas. Parecían princesas. Y todos llevaban regalos envueltos en papel de seda. Yo los miraba pasar y la angustia poco a poco se adueñaba de mí.  ¿Qué iba a hacer allí, con mi pobre y oscura ropa y, para colmo, sin ningún regalo? Entonces, decidí quedarme en casa. Pero, al empezar la fiesta, la señora se acordó de mí y envió a una criada a llamarme. No lo había esperado, y por eso sentí vergüenza.
—Ve, niña, ve —me dijo mi madre—. Pórtate bien en la casa de los señores y come con cuidado, no seas golosa —añadió bajito.
Al entrar en el apartamento de los vecinos ricos, me quedé deslumbrada con tanta belleza. Nunca antes había estado en una casa como aquella. El salón era grande, con muebles finos y espejos altos en las paredes.  Todo era hermoso. Pero lo mejor era la alfombra. Jamás había visto un suelo cubierto con alfombras tan grandes y tan suaves.
—Entra, María —dijo la dueña y, dirigiéndose a los demás, agregó—: Es la hija de los porteros.
Me sentí incómoda por llamar la atención de tanta gente. Las personas mayores apenas se fijaron en mí; pero me pareció que algunos de los niños me miraron de forma burlona. No sabía qué hacer ni qué decir. Por suerte, la dueña exclamó:
—¡Pasen, por favor, al comedor! ¡La merienda está servida!
Ya nadie se fijaba en mí, todos se dirigieron a la puerta abierta. ¡Qué alivio! Allí había dos mesas largas: una para los mayores y otra para los muchachos. Los niños se dieron prisa en ocupar los asientos junto a la cumpleañera. Entonces, me fijé en ella. Estaba muy guapa, con un vestido de encaje rosa. Los bucles de su cabello, coronados con un lazo de satín, le cubrían la espalda. Y los zapatos de color crema eran monísimos. Bajé la vista y miré mis toscos zapatos de cuero negro. ¡Eran tan feos! Me daba vergüenza mostrar mi pobreza y quería pasar inadvertida. Por eso esperé que todos los niños ocuparan sus asientos y me senté en el último, cerca de la puerta. Por suerte, nadie me miraba. La atención de los muchachos estaba puesta en las golosinas. ¡Había tantas cosas ricas! Frutas, refrescos, caramelos y dulces de muchos tipos. Sobre todo, me quedé impresionada por  una gran tarta.
En cada puesto de la mesa había un platillo y una pequeña taza de porcelana fina, que no se parecían en nada a las jarras y platos metálicos que se usaban en mi casa. Me daba miedo tocarlos, creía que los iba a romper. Por eso solo cogí dos caramelos; era mucho más fácil. Recordando las palabras de mi madre, yo apenas miraba a la mesa y no me atrevía a comer nada más. Así las cosas, la anfitriona anunció que ya se iba a servir el chocolate caliente para acompañar los dulces, y nos deseó a todos buen provecho. Enseguida entraron dos sirvientas con grandes  jarras y empezaron a verter en las tazas un líquido marrón y espeso.
Tenía frente a mí el humeante chocolate, con un aroma increíblemente dulce… y no pude aguantar. Cogí el delicado recipiente con las dos manos y tomé un sorbo. Jamás en mi vida había probado algo tan sabroso. No imaginaba siquiera que pudieran existir delicias como aquella. ¿Y qué decir de la tarta? ¡Estaba riquísima! La sirvienta la cortó y puso un pedazo en el plato de cada niño. Comí la tarta muy despacio para prolongar el placer. Además, tenía miedo de mancharme con la crema. Debía cuidar mi vestido.
Al terminar la merienda, la señora de la casa anunció que era hora de divertirse.
—Vamos a organizar un juego —explicó—. Todo el mundo me debe entregar algún objeto que lleve encima. Yo los recojo en esta caja y, después de mezclarlos todos, los voy sacando uno por uno. Cada vez que saque un objeto, su dueño tiene que hacer algo: bailar, cantar o recitar alguna poesía.
Entonces, los niños, muy contentos, empezaron a entregar diferentes cosas a la señora. Dejaban en la caja sus prendas de oro: anillos, brazaletes y hasta relojes de verdad. Algunas niñas ofrecían sus carteritas y pañuelos con encajes.
«¿Qué voy hacer cuando llegue mi turno?» —pensaba yo, horrorizada, a punto de romper a llorar. Es que no tenía nada que dar.
—¿Puedes  entregar algo? —me preguntó la señora con una sonrisa amable.
Yo bajé la vista. Sentía cómo me ardían las mejillas.
—No traigo nada —dije bajito. Estaba muy incómoda.
Ella dijo rápidamente:
—No importa, usamos esto como si fuera algo tuyo —y tomó un pequeño adorno de la mesita cercana.
—Pero tiene que ser suyo —protestó su hija—. Así no vale.
—Ella no tiene nada —dijo un chiquillo con voz burlona y empezó a reírse.
—Sus padres son porteros —se oyó el murmullo desde otro grupo.
Yo seguía allí, con los pies clavados en el suelo, aunque habría querido echar a correr y perderme.
—No tiene ninguna importancia —dijo la señora—. Uno no siempre lleva prendas encima.
Entonces fue hacia la mesa junto a la ventana, puso la caja encima y removió el contenido.
—El primer objeto será… —empezó despacio, dirigiéndose a todos— ¡este precioso brazalete! ¿Quién será la dueña?
Una niña regordeta salió adelante y anunció:
—¡Voy a tocar el piano!
Se sentó frente al instrumento y, con bastante soltura, tocó una pieza musical. Se notaba que se había preparado para la actuación. Los presentes la aplaudieron y el concierto siguió. Unos niños cantaban, otros bailaban, acompañados por la música del piano. Algunos recitaban poesías. Todos actuaban bien, se veía que lo hacían a menudo. Y hubo muchos aplausos. Yo, nerviosa, esperaba mi turno. No había imaginado que iba a participar en un concierto junto a otros muchachos. Nunca había tenido una experiencia semejante y no traía nada preparado. En aquel momento la señora sacó de la caja un muñeco chino y me miró.
—María, ahora te toca a ti. ¿Puedes hacer algo? —preguntó con una sonrisa amable.
—Voy a recitar una poesía —contesté bajito.
Y vencida por la timidez, empecé a recitarla rápido y sin mucha maña. Se trataba de uno de mis últimos deberes escolares. Pero me puse tan alterada frente a aquel público, que se me olvidó la última estrofa. No sé cómo me pudo ocurrir aquello, ¡la había recitado perfectamente en casa! Traté de recordarla con todas mis fuerzas, pero no lo logré; mi mente, de pronto, se había vaciado. Sentí un ardor en la cara y no pude contener las lágrimas. La anfitriona me quiso ayudar y empezó a aplaudir. Algunas personas la siguieron, pero no eran muchas. Cuando me atreví a levantar la vista, pude notar sonrisas burlonas en las caras de varios muchachos.
No vi ni escuché el resto de las actuaciones. Me sentía totalmente hundida. «¿Para qué habré venido?» —pensé. Aquel no era un lugar para mí. A pesar del ambiente festivo, las risas y la música, sólo tenía ganas de irme. Mi casa era pobre y oscura, allí no se servían comidas ricas ni había alfombras suaves; pero todo en mi hogar era más natural y sencillo.
Por fin la fiesta se acabó y la gente empezó a marcharse. Yo también lo hice. Durante el resto de la tarde me sentía muy triste. Y por la noche no pude aguantar las lágrimas. Me preguntaba por qué la vida era tan injusta. ¿Por qué unos lo tenían todo y otros no teníamos nada? ¿Por qué algunos niños sabían hacer tantas cosas bonitas, como tocar el piano y bailar, mientras yo ni siquiera podía recitar sin errores una simple poesía escolar? Mi madre me oyó sollozar y se acercó. Acariciándome el pelo con la mano, preguntó por qué lloraba. Yo no tuve ánimos de contarle nada sobre mi humillación. Pero ella, sin las explicaciones, lo comprendió todo.
—No llores, hija —trató de consolarme—. La vida siempre ha sido así y así seguirá siendo.
Yo no quise aceptar aquella sentencia.
—No, madre —le respondí—, conmigo, no. Conmigo será diferente. Le juro que voy a ser alguien. Voy a trabajar y voy a estudiar, aunque sea de noche, y tendré una vida mejor.

...Hace años que mis padres descansan en el cementerio de su pueblo natal. Y me da mucha pena que ellos no pudieran ver mis sueños realizados. Soy feliz, porque tengo la mejor profesión del mundo: soy maestra. Doy clases de literatura a los alumnos de mi escuela y, además, los aliento a soñar. Estoy convencida de que ellos sabrán construir su futuro.