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miércoles, 9 de julio de 2025

RELATO GANADOR MODALIDAD: RELATOS DE TEMÀTICA LIBRE ESCRITOS EN CASTELLANO- XXX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA REAL VILLA DE GUARDAMAR 2025


MODALIDAD: RELATOS DE TEMÀTICA LIBRE

 ESCRITOS EN CASTELLANO




GANADOR: JOSÉ AGUSTÍN BLANCO REDONDO


TÍTULO: LAS LETRAS DE ANGÉLICA

   

Las letras de Angélica


                                             “…ese silencio hondo y triste en el que los

                                             pensamientos reprimidos comienzan a hablar”.

                                                                                                Stefan Zweig

 

 

Aquel apodo fue toda una novedad. De hecho, Sabandijo era el mote que identificaba desde antaño a su familia paterna y Torcecuello el que arrastraba la materna por las trochas de su genealogía, debido, este último y al parecer, a la obsesión de algún ancestro por atrapar conejos y asfixiarlos de esa manera tan sutil. Por eso, el apodo con que bautizaron en la escuela al muchacho fue, tal vez, la primicia más importante que tuvo lugar en el pueblo nada más comenzar el otoño, un apodo que tenía que ver con linderos entre labranzas, haciendas o términos municipales. Limítrofe. Así le llamaban, desde niño, los mismos niños que crecerían luego con él hasta hacerse adolescentes, y mozos casaderos, y treintañeros, y cuarentones.

   La razón de aquel apelativo debía buscarse en las dificultades del muchacho a la hora de conjugar verbos, relacionar fechas con acontecimientos históricos, resolver cuestiones lógicas de cierta entidad y comprender la utilidad matemática de la regla de tres. Limítrofe, entonces, dejaba de ser un adjetivo relativo a territorios colindantes para trocarse en uno que calificaba la estatura intelectual de la persona. En el recreo, cada día, aprendió los rigores de la soledad, también los del desprecio y la violencia. Su cerviz era la diana exacta de todas las collejas y las zancadillas, a menudo, encontraban el acomodo de sus tobillos. Y así, mientras buscaba el rincón más aislado del patio, entre la portería y un viejo laurel que ya estaba allí antes de edificar el colegio, aprendió a cerrar los ojos y a taparse los oídos con las palmas de sus manos para amortiguar las burlas de sus compañeros. Don Enrique, el maestro, tampoco ayudaba demasiado. Ante los errores que el muchacho iba acumulando a lo largo de la mañana en las distintas disciplinas, don Enrique iba ordenando una reata de castigos. El primer correctivo solía ser leve, un coscorrón en lo alto de la nuca. El segundo consistía en un golpe con la regla de madera sobre la mano que, trémula, apoyaba el muchacho en el borde de la mesa. Y conforme se sucedían los errores, los castigos aumentaban en reciedumbre: copiar trescientas veces la frase que el maestro estimara conveniente, arrodillarse durante una hora sobre las losas de granito del aula ─ásperas, frías, durísimas─ mientras sostenía con los brazos en cruz una pila de enciclopedias, soportar la bofetada con el dorso de una mano que, en su dedo índice, albergaba aquella amatista engarzada a un anillo de plata. Hasta que llegaba el castigo supremo, el más cruel, el que provocaba escalofríos en el espinazo del muchacho momentos antes de su ejecución y las risotadas nerviosas de sus compañeros al anticipar tanto sufrimiento. Sí, el castigo más sofisticado, digno de un verdugo que ensayara sus torturas en un calabozo de la Baja Edad Media. Don Enrique, desde lo alto de la tarima que separaba su mesa de las de los alumnos, agarraba al muchacho de las patillas y lo levantaba a pulso hasta situarlo a la altura de sus ojos. La piel aneja a los pómulos, a las sienes y a las orejas parecía entonces reventar en una confusión de pequeños capilares desgarrados. Las lágrimas borboteaban desde los párpados mientras aquel dolor insoportable se tatuaba, ya para siempre, en la conciencia del chaval. Un chaval que ya jamás podría olvidar aquella humillación, aquel martirio, la vileza de aquellas manos estrechas que le sostenían en vilo durante la eternidad de unos segundos. Y aquella mirada yerma que contemplaba, gozosa, su dolor mientras los labios de don Enrique esbozaban una sonrisa en la que hervía, despacio, toda la perversidad imaginable.

   El muchacho —sin amigos, sin estima—, convencido tal vez de lo prescindible de una existencia que se mostraba hostil, se retiraba por las tardes al único lugar del pueblo donde parecía sentirse a gusto y donde las penas se diluían como el zumo de limón diluye su acidez en un vaso de agua de lluvia. Sí, allí se sentía acompañado y hasta comprendido por el silencio, el bullir travieso de gorriones y estorninos, el vuelo bajo de los mirlos, la puesta de sol, bellísima en sus estrías del color de las violetas tras los últimos cerros de poniente.

   Y fue allí, en aquel lugar retirado, donde conoció a Angélica, una chica de sus mismos años que le acogió, de súbito, en su aura de bondad y ternura. El muchacho, impelido por la sonrisa de ella, comenzó a desbordar un caudal impreciso de inquietudes, esperanzas y desvelos. Aquel caudal, turbio de experiencias que negrearían el alma de cualquier persona, sedimentó despacio y se trocó, gracias a la presencia de Angélica, en el agua transparente que necesita el que siempre se mecerá en el regazo de la inocencia. Porque el muchacho era la inocencia, la diafanidad de la luz al encontrase con la escarcha, el claror del sol al tropezarse con un lienzo blanco, el suspiro frío de la mañana entre algunas nubes desflecadas, el prematuro canto del petirrojo al tiritar en la amanecida de los inviernos. El muchacho era la inocencia y también el olvido, por este orden, jamás albergó deseos de venganza ni de reparación ante las inclemencias que la condición humana tuvo a bien otorgarle.

…………………….

Las fue recogiendo de baldíos y barbechos, de barrancos y cunetas, de las riberas del arroyo y las vaguadas de los cerros. Eran flores que emergían, salvajes, en las afueras del pueblo, las rosas del escaramujo, las flores blancas del saúco y de las jaras, las amarillas de la retama y la genista, también amapolas, y gladiolos, y margaritas, y las flores violetas de las malvas, de los lirios y de la escoba. Con un cordel de bramante escarlata ciñó sus tallos y conformó un ramo enorme que quiso regalar a Angélica. Era lo menos que podía hacer para agradecerle su ayuda, su ánimo, su comprensión. Pero, al pasar por las eras del mediodía, se encontró con algunos de sus compañeros de clase que jugaban al fútbol con dos porterías delimitadas por unas piedras. El primer balonazo impactó en su frente. El segundo destrozó ese bellísimo muestrario de pétalos de colores. Ya no hubo un tercero. Los balonazos fueron sustituidos por pedradas certezas a su pierna, a su costado, alguna le pasó rozando la mandíbula. El muchacho corrió hacia el camino, perseguido de cerca por los proyectiles de aquellos canallas. También por sus carcajadas y sus insultos, retrasado, subnormal, aléjate de aquí, condenado tarado, no vayas a contagiarnos tu estupidez.

   Y así, mancillado, con algún rasguño en las corvas y en el rostro, se acercó a aquel lugar retirado donde le esperaba Angélica, donde esperaba su aura sanadora entre el silencio y el vuelo alto de los vencejos. Toma, le dijo, son para ti. Y aquel ramo de flores desbaratadas alumbró la sonrisa en el semblante de ella mientras una paz honda trasminaba la piel del muchacho para ya quedarse allí, dentro, muy dentro de su pecho.

………………………..

Están allí, en ese lugar retirado que han elegido para verse, para hablar, para entreverar sus anhelos y sentimientos. El ramo de flores silvestres reposa aún en el regazo de ella. El muchacho contempla en la distancia cómo un hombre camina hacia ellos. Al principio, su silueta es apenas distinguible, pero poco a poco se va condensando en las pupilas del muchacho hasta hacerse del todo reconocible. Sí, es él, su maestro. Es don Enrique el que se acerca despacio, las manos estrechas, la mirada yerma, esos labios donde hierve toda la perversidad imaginable. Pero, de repente, el hombre desaparece de su vista mientras en el aire tibio de la atardecida sólo se escucha un lamento telúrico, desgarrador, como un alarido proferido desde los adentros umbríos de una cueva.

   El muchacho, además de inocente y proclive al olvido, es valiente, así que no duda en avanzar hacia el lugar donde vio a don Enrique por última vez. Le acompaña Angélica, apenas unos pasos por detrás. Se acercan al barranco, es profundo y tiene los laterales tallados con el derrubio de aquella tierra de arcilla reseca. En el fondo, sobre la grama y los jaramagos, permanece sentado el maestro de escuela, la espalda apoyada en el declive rojizo y una expresión de dolor en esos labios acostumbrados a traficar con maldades y vesanias. Unos labios que, ahora, se obstinan solo en pedir ayuda. Parece que se ha lastimado una pierna, porque esa parte del pantalón que cubre la tibia y la rodilla conforma un ángulo extraño, incompatible con la correcta funcionalidad del hueso en su empalme con la coyuntura.

   Don Enrique, al ver al muchacho, maldice entre dientes a todo lo inerte y también a lo que alberga el hálito de la vida, qué condenada casualidad, para una vez que necesita auxilio es el retrasado de su clase el que se la debe prestar. El chaval hace como que no ha escuchado nada y olvida de inmediato aquellas palabras. Ahora solo piensa en ayudarle. Cerca, bajo un cobertizo de carrizos y retama, encuentra un montón de arena, un bidón de agua, una pila de cemento, unos sacos de yeso, un rimero de ladrillos, una carretilla y algunas sogas. Toma una de esas cuerdas, la lanza hasta apoyarla sobre la horquilla que forma la cruz de árbol más cercano, arroja el extremo al barranco y, una vez que don Enrique toma la soga entre sus manos, el muchacho tira de ella usando aquella horquilla como polea. Con un esfuerzo inédito para sus magras carnes, el muchacho logra sacarle de allí. El maestro se queda tumbado sobre el borde, en silencio, la respiración abrupta, la mirada abismada, una tensión dolorosa que se agarra a la mandíbula, el reflejo violáceo, delicado de la amatista que se engarza a su anillo de plata. El aire vesperal repta despacio por el sudor de su frente, un aire nutrido con el gorjeo de los mirlos, con el bullir de los gorriones, con el parloteo de los estorninos. Con el bellísimo crepúsculo que se frunce en estrías de color violeta tras los cerros de poniente. Don Enrique gira sobre sí mismo, levanta la espalda para quedarse sentado en aquella tierra arcillosa, mastica otra maldición, coge una rama, valora su resistencia y la utiliza como apoyo para incorporarse. Luego la coloca bajo la axila para caminar algunos pasos.

   ─Gracias, muchacho. Te has portado bien. Eres valiente, hábil y resolutivo. Siento todo lo que te hecho penar durante estos años, pero eso se ha acabado. Te lo prometo. Por cierto, ¿qué haces aquí solo?

   ─No estoy solo, ella es Angélica.

   El chaval se da la vuelta con una sonrisa, pero su amiga ya no está allí.

   ─¿Angélica dices? Aquí solo estamos tú y yo.

   ─Debe de haberse alejado un instante, no tardará en volver, Angélica, ¿dónde estás?

   Y mientras el muchacho corre en busca de su amiga por los senderos de aquel lugar retirado donde la conoció, don Enrique camina, con dificultad y apoyado en aquella vieja rama de ciprés, por entre las tumbas. Sobre el mármol blanquísimo de una de ellas alguien ha dejado un ramo de flores silvestres, desbaratadas, un ramo ceñido con un cordel de bramante escarlata que reposa sobre el epitafio escrito en letras de latón dorado. Un epitafio donde, junto al silencio, junto a un aura de bondad y ternura, se pueden leer las letras de su nombre. Las letras de Angélica.

miércoles, 16 de octubre de 2024

XXIX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA REAL VILLA DE GUARDAMAR 2024

MODALIDAD: RELATOS DE TEMÀTICA LIBRE
 ESCRITOS EN CASTELLANO


GANADOR: JOSÉ ADOLFO MUÑOZ PALANCAS
TÍTULO: EL ÚLTIMO GANGOSO

EL ÚLTIMO GANGOSO

 

 

            Sí, como le digo, yo soy el último gangoso, el último de mi estirpe. Nieto, hijo y padre de gangosos; aunque mi hijo está curado, gracias a Dios. Sí, está curado y no tendrá que aguantar cómo se pitorrean de él, menos mal. No tendrá que soportar las bromas, ni enervarse al oír ciertos chistes, contados con o sin malicia. No tendrá que, cargado de odio, mirar a nadie, como yo a usted, con intención de matarlo.

            No se mueva, es inútil. Ya sabe que lo he atado bien, más que nada porque quiero que viva un poco más y el movimiento, que se pusiera de pie y tratara de huir, solo serviría para que el veneno actuara más rápido y nos quedaríamos sin tiempo para que usted escuche mi historia, que es lo que quiero, para que comprenda por qué quiero matarlo. Así que, por favor, trate de relajarse; aunque no resulte fácil, inténtelo, pues su corazón acelerado solo lo acerca al fin.

            Como le estaba contando, y si me permite la petulancia, yo no soy un gangoso cualquiera, yo soy el último gangoso, al menos de mi familia. Y, hablando de esta, le puedo referir que a mi abuelo le decían “Alando”, no porque se llamara Armando o Arnaldo y fuera incapaz de pronunciar correctamente su propio nombre —que era Pepe y lo hacía a la perfección— sino porque, cierto domingo que tenía intención de ir al fútbol, alguien le preguntó si pensaba desplazarse hasta allí en bicicleta y él contestó que no, que iría andando. Ya ve, para nosotros, algo tan nimio, una simple respuesta trivial, puede convertirse en un estigma, que se graba en nuestra frente con la trascendencia del apelativo con que los demás se referirán a nosotros para siempre, peor, incluso, que una cadena perpetua, porque no nos librará de ella ni la muerte y la legaremos a nuestros descendientes como otra tara más; otra más, junto a la principal.

            Quizá por eso, a todos los coetáneos de mi abuelo les extrañó sobremanera que un hombre así fuera capaz de conquistar a una mujer como mi abuela, una auténtica beldad       —como él me contaba y atestiguan sus fotos de entonces— y también a usted le extrañaría, a pesar de la pretendida tolerancia hacia la diferencia de la que todo el mundo hace gala hoy con descarada hipocresía, de toda la corrección política, la presunta igualdad e integración con las que usted, casi seguro, también comulgará, verme con mi mujer, porque —con sus años— también es muy hermosa y me miraría con cierta suspicacia y malicia y, seguro, lo achacaría a atributos ocultos y obscenos, como se hace con los negros —otros que, como los gangosos, también suelen protagonizar numerosos chistes— para contrarrestar la tara evidente, la virilidad que nos resta nuestro hablar ridículo, porque es imposible que hayamos conquistado a nuestras mujeres con la conversación, ¿verdad? Mas, ¿y si le digo que sí, que fue la conversación la que obró el milagro? ¿No me cree? Pues puedo también ratificarlo con mi padre, aunque bien es cierto que mi madre, que en paz descanse, nunca fue bella; pero eso nada importa en lo que digo, porque sí que la enamoró mediante la palabra y eso avala mi tesis.

A papá le decían “Áncamo”, mote que heredé y sufrí en el colegio y el instituto, porque tuvo la mala suerte de trabajar de joven en una ferretería y, antes de que se le ocurra preguntármelo, se lo digo: no tengo ni idea de si inspiró el famoso chiste de Arévalo o fue casualidad que este lo pusiera de moda por entonces y se limitara, como supongo, a sufrirlo, y yo también, dicho sea de paso.

Sin embargo, en cuanto pudo, montó su propio negocio: una mercería, el mismo que yo regento y tras cuyo mostrador usted me encontró. ¿Por qué eligió ese en lugar de otro? Porque siempre creyó en la naturaleza bondadosa de las mujeres, en su mayor inclinación hacia la piedad y menor hacia la burla o, al menos, a la versión de esta más hiriente, más descarnada, más masculina, que tiende al escarnio en lugar de a la chanza; y cuando alguna lo hacía, reírse me refiero, él consideraba su mohín chistoso de labios pintados más un sutil coqueteo que una mofa.

Sí, a mi padre le encantaban las mujeres, pero no era mujeriego. Seguro estoy de que con mi madre, que en paz descanse, estuvo servido. Lo suyo era fascinación, incluso devoción, pero distante, analítica, como la del fotógrafo, escultor o científico; aunque, quizá, con más humildad y cariño, más parecida a la del admirador discreto y tímido que nunca se atrevería a molestar a su ídolo pidiéndole un autógrafo y se limita a aproximarse, a respirar el mismo aire o, quizá, a acariciar los mismos objetos que el admirado antes tocó. Y el respeto que él sentía por ellas era recíproco y, fíjese, me atrevería a sostener que, en parte, nacía de su tara —nuestra tara— porque lo tornaba más próximo, más vulnerable y menos amenazador. Y eso que mi padre era un individuo muy masculino, no se vaya usted a creer, de buena planta y mandíbula cuadrada y fuerte y hasta se gastaba un mostacho negro y espeso, que le daba cierto aspecto de militar turco y a mi madre le recordaba a Omar Sharif.

Sí, aunque le parezca ridículo, nuestro defecto vuelve crédula a la gente, hace que bajen la guardia, es un camuflaje perfecto contra el fondo gris de estupidez del mundo, que todos intuyen en los demás sin vérselo encima. De forma automática, nuestro hablar grotesco, nuestra fonación imperfecta, nos ingresa, ante los listos que nos escuchan, en el pelotón de los torpes y tullidos y nos granjea, en el caso de los corazones más nobles, piedad y, en el de los de piedra, desdén pero nunca cautela. ¿No recuerda todas esas películas en blanco y negro del franquismo en las que los timadores y granujas se hacían pasar por retrasados para engañar a los listos? ¿No ha visto a Tony Leblanc y Antonio Ozores realizando el célebre timo de la estampita? ¿No? Quizá usted es muy joven, pero es la tara fingida del timador la que hace que el timado se confíe, la que lo vuelve crédulo, creído, la que venda los ojos del avaro malicioso, que se relame ante la presa fácil, y hace posible que el cazador sea cazado: la tara es el cebo. ¿Cómo va a engañarme este tío? ¿Cómo me la va a meter este pobre desgraciado, este tonto? La credulidad hacia el gangoso es, sin duda, una bendición para nosotros. Y, fíjese, aunque me alegro de que mi hijo sea normal, ¡faltaría más!, me preocupa que vaya por la vida tan confiado, tan al descubierto, sin ninguna máscara que lo proteja, que haya perdido la de su estirpe; la misma, ancestral, que salvó la vida y entronizó al Emperador Claudio. A mi hijo lo despojé de su máscara y lo dejé expuesto ante un mundo en que todos los tontos se creen y pasan por listos.

Sí, como le digo, nuestro defecto a ustedes, a los listos, a los engreídos, los vuelve confiados, se agigantan; por eso insistió en la entrevista, a pesar de mis excusas y negativas, continuó telefoneándome y dándome la vara, seguro de que al final yo aceptaría, ¿cómo iba a atreverme yo a rechazar semejante honor? Por eso cuando le dije que sí, cuando le propuse el encuentro, no hubo gratitud sino condescendencia, y cuando le he dicho, hace poco más de una hora, tras cerrar mi local, que pasara a la trastienda y se sentara, lo ha hecho sin dudar, confiado, y, cuando le he ofrecido café y bollitos, los ha devorado sin pudor ni cortesía, ¡qué menos!, mísero tributo para con el celebérrimo escritor en ciernes, ¿verdad?, para con la nueva promesa del proceloso mundo de las letras que, fíjate por dónde, se ha dignado a fijarse en mí. Ha bebido y comido sin atisbo de precaución, sin preguntarse por qué yo no le acompañaba, por qué yo no me servía otra taza y, a pesar del aspecto sórdido de mi trastienda —sin ventanas, con solo una mesa de chapa, dos sillas desvencijadas y estanterías a rebosar de cajas y cacharros polvorientos y sucios—, se ha limitado a decirme refiriéndose al café: «Un poco fuerte, ¿no?», sin desconfiar del sabor del líquido oscuro aderezado con el veneno. Lo he dejado solo con la excusa de que tenía que regresar un momentito a la tienda, no sin antes servirle una taza más y animarle a que siguiera con los bollitos, también cargados de veneno, aunque ya apenas quedaban, y, mientras tanto, le he invitado a que empezara a leer los folios dispuestos sobre la mesa, en los cuales, le he explicado, había intentado plasmar algunas de mis vivencias e ideas con la esperanza de que le resultaran útiles en su empresa, en su entrevista. Ha asentido con la cabeza, sin mirarme siquiera, mientras se chupaba los dedos manchados de crema. Desde la puerta, lo he vigilado mientras se acababa los bollitos y el café, mientras leía confiado, porque usted tampoco ha sospechado del gangoso, hasta que ha llegado al párrafo fatídico donde enseño mis cartas, donde había puesto en negro sobre blanco mis intenciones hacia usted. Ahí, con brusquedad, ha tratado de levantarse, pero sin éxito y, con pánico, ha descubierto que las palabras escritas eran ciertas, que iba en serio. Entonces, ha perdido la conciencia y yo he aprovechado para atarlo y para escribir estos folios que complementan los que ya tenía sobre la mesa porque, como ve, nuestro relato se escribe en tiempo real. A usted que es escritor, ¿no le parece original mi propuesta? Pues siga leyendo, entonces.

Ya ve, como usted mismo ha experimentado, al gangoso no se le percibe como una amenaza. Al contrario, pegarle a un gangoso parece incluso innoble. En la mili, los veteranos se burlaban de mí, claro, pero no sufrí novatadas salvajes como otros de mis compañeros. Mas no se trata solo de la credulidad que nos reporta nuestra peculiar dicción. Al igual que el ciego desarrolla el oído, el gangoso, la escucha. Le he dicho antes que fue la conversación la que obró el milagro, que conquistamos a nuestras mujeres mediante la palabra, ¿no?, pues ahí está la clave: no en las que damos, sino en cuanto a nuestra generosidad para recibirlas. Usted me preguntó cómo era ir por la vida hablando así. Pues bien, el secreto está en hablar menos y escuchar más, lo que sería un consejo perfecto para la mayoría, ¿no cree?, incluido usted, que se plantó delante de mí y, desde el otro lado del mostrador, me soltó semejante preguntita a bocajarro, aunque es cierto que tuvo la deferencia de esperar a que la tienda quedara desierta, de aguardar el momento mientras disimulaba mirando los muestrarios de botones y cremalleras y los pósteres de guapas modelos vistiendo lencería, mientras yo atendía a mis clientas. Me dije, al verlo, si no sería usted algún tipo de pervertido que me iba a solicitar alguna clase de prendas “especiales”, sado-maso o para travestirse, o es que simplemente era tímido y, aunque se limitaría a comprar un modelito para su mujer o novia, prefería hacerlo sin testigos, que no quería hablar mientras todas ellas no se marcharan y que, cuando lo hicieran, se dirigiría a mí en un susurro, como cuando comprábamos condones en la farmacia hace cuarenta años.

«¿Cómo es ir por la vida hablando así?», me espetó. Y yo me quedé estupefacto, mirándolo de hito en hito. Ya le digo, menuda pregunta. Sonaba casi a ¿cómo se atreve a ir por la vida hablando así? Y a mí se me transfiguró el presente y retorné de súbito a mis años de colegio, de instituto, a las bromas de los chicos y de los grandes, al mote heredado de mi padre y que me privó de mi nombre. Al escuchar a aquel desconocido hablarme de esa manera, pensé, se lo juro, en mi hijo; me dije, Dios me perdone, si el recuperar la habilidad con las palabras, no le haría quizá perder el miedo a las mismas, como pasa a la mayoría de la gente, si también él las repartiría como patadas a diestro y siniestro, sin reparar en su significado, en su daño, si el ser normal no lo convertiría en otro despiadado que las dispara sin clemencia ni tino.

Sí, mi hijo es parte importante, fundamental, de esta historia. Como ya le he dicho, está curado, no será otro gangoso más que continúe mi estirpe, el siguiente eslabón de esta horrible cadena; aunque en sus genes arrastre la maldición, nadie lo sabrá, nadie lo señalará y no sufrirá las burlas. A cambio, yo también tuve que sucumbir a la epidemia de la normalidad e hice todo lo posible para que fuera normal. Recorrimos logopedas, foniatras, otorrinos y otros especialistas médicos y, finalmente, cirujanos. Me hipotequé de por vida para conseguir que un cirujano alemán reconstruyera su paladar hendido, y lo curó, lo curó para siempre. ¿Habría sido más heroico que lo enseñara a aceptarse? No me joda, eso solo lo puede sostener quien no tiene hijos y quien no ha tenido que arrastrar una vida de burlas, soportar que a todo desconocido con quien se topa se le pinte una sonrisa, y trate de disimularla o no, y si no cuenta un chistecito pregunta con retranca qué se siente yendo por la vida hablando así. Pero sí, lo confieso: a pesar de toda la matraca sobre las ventajas de la diferencia, de los talentos de mi estirpe, yo también solo quería que mi hijo fuera normal.

«¿Cómo es ir por la vida hablando así?», y, a pesar de la mala leche o más bien de la ira que notaba que me ascendía de los pies a la cabeza, mantuve la calma: otra lección que aprendí hace mucho, otra valiosísima que me enseñó mi padre: «Tú no te enfades, que es peor, porque eso es lo que quieren, que te piques, que te cabrees, tú sígueles la broma»; lección que se aprende con mucha disciplina y solo bajo un entrenamiento cruel, solo bajo un despiadado fuego real. Así que contuve mi impulso de darle un puñetazo, que era lo que me pedía el cuerpo, porque soy un hombre tranquilo y bregado en soportar humillaciones y, tras un breve instante de vacilación, me limité a decir: «Ya ve», muy despacio, para hacerlo sin rémora nasal alguna, abombando mi paladar con esfuerzo para lograr una buena fonación de las dos sílabas. «Perdone si soy muy directo —dijo entonces usted—, es que soy escritor  —como si fuera su disculpa, su coartada— y suelen interesarme estas cosas. ¿Podría hacerle una entrevista?» Le respondí, por educación, que no tenía tiempo, que andaba muy liado; pero usted, mirando con desdén hacia los rincones vacíos de mi tienda, insistió y me entregó su tarjeta y yo, tras guardármela por cortesía, haciendo acopio de toda mi profesionalidad, impertérrito, le pregunté qué buscaba en mi comercio. «Oh, nada —respondió—, sólo necesitaba saber cómo huele una mercería». Y se marchó.

Y luego, ya ve, al final he decidido concederle la entrevista, aunque no sea de la manera que imaginó, aunque sea por escrito y con usted inmovilizado en esa silla, con los miembros de trapo incapaces de obedecerle y el tronco atado al respaldo para que no se caiga. He elegido la palabra escrita por razones obvias, ya imaginará que me siento más cómodo y, por cierto, esta es otra de las habilidades que desarrolló mi estirpe, otra de las que nos posibilitaron granjearnos el favor de las féminas, por si le interesa para su estudio. En cuanto a lo de inclinarme a tenerlo inútil y amarrado, las motivaciones son más mezquinas, como supondrá; porque, a pesar de las apariencias, de nuestra aparente ingenuidad y bonhomía, también los gangosos podemos ser vengativos y crueles. Ese fue otro de los consejos de mi padre: «Mantén la calma, ya luego te desquitarás».

No creo que, cuando me solicitó la entrevista con tanta insistencia, quisiera saber de mis anhelos y cuitas. Me escuchó hablarle a mis clientas y solo vio la forma, no el fondo, no la afabilidad, cortesía o diligencia, se limitó a mirar la superficie, a pesar de llamarse escritor, como si solo buscara el reflejo, quizá el suyo propio, quizá como buen Narciso solo quisiera una confirmación de su perfección señalando mi imperfección, burlándose de mí. Y yo ya hace tiempo que estoy harto de burlas. Y ya ve, con mi defecto me volví malicioso, desconfiado, iracundo, vengativo. De niño leía “El Conde de Montecristo” y, como Edmundo Dantès, yo también me deleitaba planeando mis desquites y, también como él, no me limitaba a imaginarlos, sino que los llevaba a cabo. Pinché ruedas, robé estuches y libros, que después tiraba en cualquier solar o a la basura, mandé anónimos a profesores y padres, chivándome de las faltas de mis compañeros-enemigos para vengarme, y nunca me pillaron; de nuevo, mi condición me sacaba de la lista de sospechosos y mis burlones se insultaban y pegaban entre sí, carcomidos de recelo y rencor. ¿Qué quiere? ¿Es que encima, por ser gangoso, tengo que poner la otra mejilla? ¿Es que ni siquiera tengo derecho a odiar y defenderme? ¿Tengo que ser pusilánime y masoquista? Supongo que todo esto no le pegaría al personaje que imaginaba para mí, no resultaría ni cómico ni grotesco como supongo que usted preferiría, y un villano gangoso opinará que no resulta verosímil, ¿no? Cuando usted me solicitó la entrevista, cuando insistió en hablar conmigo, no era sino para ratificarse en sus ideas preconcebidas sobre los que son como yo. No me buscó como protagonista de alguna historia de detectives o espías sino de algún tipo de comedia, no sé si ligera o negra o, peor aún, esperpento. ¿A usted también le explicaban el esperpento en el instituto con el ejemplo de Valle-Inclán? Sí, aquel del grupo de niños que observa a un borracho que viene dando tumbos por la calle y todos se ríen; mas, cuando el hombre se acerca, uno de ellos descubre que es su padre; eso es esperpento y supongo que el hijo del borracho, en su historia, sería el mío.

Pero tiene suerte. Sí, tiene suerte, porque soy el último gangoso pero no un asesino. No va a morir, me estaba burlando de usted. No le he suministrado veneno sino una buena dosis de somníferos y relajantes musculares. El nudo de la cuerda que lo ata, lo podrá deshacer con facilidad en cuanto vuelva a ser dueño de sus manos, seguro que sus dedos ya empiezan a obedecerle y, aunque sea dando tumbos, como el borracho del esperpento, podrá ponerse en pie y largarse —he dejado la puerta abierta— para siempre. Y que no se le ocurra dirigirse a mí ni romper nada de mi tienda al salir. Lo estoy observando y, como todo comerciante honrado, guardo un buen garrote bajo el mostrador y, además, su tarjeta.

Por cierto, ¿no quería saber cómo es ir por la vida hablando así? Pues trate de hacerlo ahora, podrá sufrirlo en primera persona, gozar de una experiencia fidedigna para su literatura. ¿Ve cómo se le escurre la mandíbula, cómo la lengua huye como un pajarillo entre un mar de babas? No es que se parezca en absoluto pero, al menos, le joderá tratar de hablar durante un rato, tendrá miedo de hacerlo por si se ríen y, aunque no sea lo mismo, será parecido.

 

 

 

    

viernes, 22 de septiembre de 2023

XXVIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR DEL SEGURA”, 2023

 

MODALIDAD: RELATOS DE TEMÀTICA LIBRE ESCRITOS EN CASTELLANO



GANADOR: RAÚL VALIENTE GARCÍA

TÍTULO: TRIGO, LECHE Y PAN

 

Raúl Valiente García es un escritor aficionado que tenía en un cajón media docena de relatos escritos hace más de veinte años. En 2017 actualizó uno de ellos para presentarlo a un concurso del que resultó ganador. Este hecho le hizo repetir con otro de los relatos en el mismo concurso y volvió a resultar ganador. Ante ese buen resultado y con la esperanza de que los años hayan beneficiado al resto de los relatos tentó a la suerte en otros relatos consiguiendo otros nuevos premios que le han animado a continuar escribiendo y participando en más certámenes y concursos.

Entre los premios obtenidos destacamos los obtenidos en el Concurso Literario de la Policía de Albacete donde fue premiado en dos ocasiones y el último, conseguido en el 2022, donde ha obtenido el segundo premio en el Concurso de Relato Corto del Ayuntamiento de Monturque.

 

TRIGO, LECHE Y PAN

Ya que preguntas, hijo, te contaré un truco de viejo. Si tengo un mal día en la residencia, recuerdo la panadería de mi abuelo Paco, las trampas para ratones alrededor de los sacos de harina y el olor de la masa sin cocer. Cierro los ojos, veo las paredes de piedra irregular y adobe mal encalado y lleno mis pulmones del aire caliente del horno. Mientras correteo entre los canastos con hogazas de pan y tortas de aceite, evito pisar las baldosas que están agrietadas y rotas. Cuando el abuelo me revuelve el pelo y se inclina a darme un beso en la frente, huelo su sudor, porque, en mis recuerdos, mi abuelo siempre suda, como todos los que entonces se ganaban la vida de manera honrada. Mi abuelo, con su camiseta blanca de tirantes y el pantalón manchado de harina, era el héroe que, mucho antes del amanecer, se ponía en pie y, sin una queja, elaboraba el pan diario. Hasta su muerte, nunca dejó de ponerlo en la mesa de sus vecinos.

A veces, hijo, necesito escapar de la residencia y volver a mi infancia. Solo necesito recordar el pan blanco y el fuego del horno. Haciéndolo, superé trances difíciles, como la muerte de tu madre y la de tu hermano. Pero, salvo en los malos momentos, la mayor parte del tiempo mi niñez solo era el pasado. Ya no me queda camino por andar y vuelvo a necesitar ayuda para casi todo, pero recuerdo tan nítidos los detalles de aquellos días que veo el polvo de la harina en el aire. Tal vez sea por las dichosas cataratas. Según los médicos, no merece la pena operarlas y tienen razón, pero la harina se me mete en la nariz y me hace estornudar, así que no son desvaríos de viejo.

No me quejo, hijo, pero en la residencia todos los días son iguales. Aquí el pan es congelado, ya lo sabes. Las lentejas saben a garbanzos y los garbanzos como las alubias y estoy harto de gelatina para el postre, unas veces verde y otras, roja o amarilla. Me deprime el olor a meados y lejía por todas partes y recordarle cada mañana a Julio, mi compañero de habitación, cómo me llamo. Y arrastrar las zapatillas sobre el linóleo y ver las marcas paralelas de las sillas de ruedas en los pasillos. Por eso, hijo, regreso a cuando los campos de trigo se me quedaban pequeños y cazaba perdices con el abuelo Paco y Vinagre, superdiguero burgalés. Quiero sentir otra vez las espigas de trigo en las piernas y asustarme con cada escopetazo. Con el arma a cuestas, mi abuelo era capaz de abrir los cielos a perdigonazos y de matar a todos los lobos de Castilla sin siquiera quitarse la boina. Le bastaban su aplomo, las alpargatas, los pantalones de pana gris sujetos con tirantes y sus camisas blancas remangadas. No hay hombres como aquellos desde hace décadas. O tal vez yo no tengo los ojos de entonces.

Si te soy sincero, hijo, a veces me siento mal al recordar a mi abuelo. La vida se repite en ciclos y ahora yo espero el final, como él hizo en su día. Pero me reconcome una duda: ¿por qué, como cabía esperar, no es en mi padre en quien pienso?, ¿por qué regreso una y otra vez a mi abuelo? No veo el motivo. Yo quise a mi padre. En mi juventud se empañaron un tanto las cosas y nos distanciamos, pero, con la madurez, volvimos a respetarnos y a querernos a nuestro modo. Cuando él fue una sombra sentada cada tarde en un taburete bajo de mimbre a la puerta de casa, su languidece rme partió el alma. Entonces… ¿por qué no es a él a quien veo si cierro los ojos, hijo? Tú has estudiado, sabes más y tendrás una explicación, pero a mí me parece que se debe a cómo viví mi infancia. Los años me dieron un trabajo honrado y una familia a la que pude mantener, pero perdí la inocencia de mi niñez de pantalones cortos y mercromina roja en las rodillas. Cuando era niño, los adultos todo lo podían, las estaciones y los días se hacían eternos y todos los caminos parecían seguros; los amigos lo eran para siempre y juntos nos bañábamos desnudos en la acequia o cazábamos ranas y ratas de agua; las batallas de soldaditos de plástico verde no tenían bajas y las canicas cambiaban de mano sin un dueño. El pueblo tenía otra luz y otro tamaño, todas las niñas nos parecían guapas y ordeñar las vacas era a la vez un juego y una travesura. Yo regreso a la niñez porque busco parte de esa mirada  olvidada y mi abuelo representa esos días. Así que, hijo, si un día te pasa como a mí, no te culpes. Vuelve a los juegos de tu infancia y a tus abuelos, porque ellos te reconfortarán.

¿Sabes, hijo? Lo peor de la vejez no es la pérdida de facultades y de salud. Es igual de duro dejar atrás a quienes hemos querido. De nada sirve el oído si no tenemos quién nos hable. Unas piernas capaces no sirven si no hay un lugar adonde ir. Los años pasaron despacio y no los valoré, pero cuando repasé el saldo de mi vida adulta, gracias a Dios, descubrí más ingresos que reintegros y menos números rojos que negros. Aun así, si llegas a viejo, hijo, algunas pérdidas serán inevitables y el balance tal vez no sea positivo. Pero que eso no te preocupe. Al recorrer el camino a solas, lo material a veces estorba en la mochila. Sin embargo, lo vivido con quienes no están siempre sirve para andar el tramo restante. Yo tuve mucha suerte en la vida y un trabajo digno para manteneros a ti y a tu madre. Por mi edad, me acerco a mi última Navidad. He sobrevivido a familiares –incluso a un hijo, tu hermano– y amigos. Pero si pudiera, pasaría unos minutos con ellos y les diría lo que callé, cambiarí

 

aalgunas cosas y saborearía en tragos cortos lo que bebí con precipitación. Es imposible, lo sé, pero te lo digo para evitarte mis errores. Sí, ya,a los viejos se nos hace poco caso y nadie escarmienta en cabeza ajena, pero no me culpes por intentarlo.

Tus abuelos, antes de la panadería, vivían de vender la leche de unas vacas y siguieron haciéndolo mientras pudieron ocuparse de las dos cosas. Recuerdo una conversación con mi abuelo Paco un día de agosto, mientras los animales pastaban. Dirás, hijo, que no puedo acordarme de la fecha, pero te lo aseguro, fue un mes de agosto. Lo sé porque no es fácil olvidar las lágrimas de quien yo creía capaz de cualquier cosa y porque faltaba poco para volver a las clases y a las matemáticas, a la geografía y a los cuadernos Rubio. Yo no tenía edad para comprender lo que mi abuelo me explicaba, pero recuerdo lo que me dijo como si hubiera sido ayer. Él vigilaba el ganado bajo la luz dorada del atardecer y yo bautizaba a las vacas: Blanquita, Rabona, la Tuerta, sin un cuerno, Manchada… Ya no me quedaban nombres cuando mi abuelo se quitó la boina y me interrumpió.

– Paquito, tú no la conociste –me dijo–, pero tu abuela Consuelo también hablaba con las vacas y les ponía nombre. Y te parecerá mentira o una bobada, pero, cuando ella las ordeñaba,daban más leche y llenaban tanto el cubo que casi se derramaba.

–¿Y las llamaba como yo?–le pregunté.

–No, Paquito, qué va, ella siempre elegía nombres de flores: Margarita, Rosa, Petunia...Además, las de ahora son diferentes, aquellas vacas ya no están. Eran de otra raza y daban menos leche que estas.

–Mamá se acuerda mucho de la abuela. Se pone triste y siempre le dice a papá que tú no eres el mismo, pero yo no lo entiendo.

–Tu madre, como tú, Paquito, es muy lista. Y tiene razón. Yo también creo que ella no es la misma, porque… todo ha cambiado. Nada es igual desde la muerte de tu abuela.

–No lo entiendo, abuelo. ¿Hablas de las otras vacas, las que ordeñaba ella?

–No, Paquito, no hablo de las otras vacas, sino de otros cambios. Me refiero a que valoramos las cosas cuando no las tenemos y a que algunas pérdidas no se superan. Pero es igual, tú eres muy pequeño para entenderlo.

–Mi maestro dice que soy muy listo y saco muy buenas notas. ¡Saco muchos dieces!

–Sí, Paquito, lo sé, has salido espabilado como tu madre. Pero es difícil de entender hasta para los mayores. Solo escucha una cosa y no la olvides: no dejes de decirle a tus padres cuánto les quieres. Y cuando seas mayor, hazlo con tus hijos y cuantos te rodeen. Porque un día no estarán y lamentarás no habérselo dicho lo suficiente.

Tal vez no fueran esas sus palabras exactas, mi memoria no da para tanto, hijo, aunque si no lo dijo así, fue algo parecido. Pero no olvido que mi abuelo se frotó los ojos con los dedos y se dio la vuelta para esconder la cara. Luego se puso la boina y me dio la espalda mientras yo, ya sin ganas, bautizaba como podía al resto de los animales.

Como te he dicho antes, hijo, nunca he olvidado la panadería de mi abuelo, aunque también era feliz en la parte de atrás de la casa, donde el abuelo almacenaba y cortaba la leña con la que cocía el pan en el horno. Me sentaba en uno de los troncos y miraba el cereal, mecido por la brisa. El viento daba a las espigas el movimiento del mar. Cuando las ráfagas eran fuertes, casi escuchaba a las olas rompiendo en remolinos de espuma y sal. Y yo imaginaba los campos conquistados por piratas. O a Moby Dick y el capitán Ahab. Las perdices que a veces volaban eran peces espada que huían de redes de pescadores. Y las lindes…, huellas de Gulliver antes de embarcar. O tal vez estelas del Nautilus al navegar bajo las aguas. Allí sentado, yo revivía las lecturas de los libros amarillentos de mi abuelo y la tierra asurada me hacía madurar y crecer como las mieses. Por eso, hijo, te insistí tanto de niño para que leyeras y te perdieras en otros mundos. A mí,los libros me mostraron otros horizontes, otros colores y aromas distintos a los del campo burgalés. Y eso me enriqueció. Aparte de nuestra tierra y mis pocos ahorros, no te dejaré más riqueza que esa.

Sí, sí, hijo, ya me callo, sé lo que vas a decir. Que no hable como si me fuera a morir mañana…, que aún daré mucha guerra y todo eso. Pero aunque tengas razón y así sea, no quiero olvidar a las personas ausentes. Mis abuelos, los tuyos, todos se irán para siempre cuando no hablemos de ellos. Tú no oliste el sudor de tu bisabuelo, pero su sudor pagó tus estudios. Tu madre y yo hicimos nuestro trabajo, lo sabes bien, hijo, pero algunos logros se los debes a los que te precedieron.Tu presente procede de campos como los de Burgos y de personas como tu abuelo. Creo que se ganaron el que nadie les olvide. Y también el respeto, a pesar de sus limitaciones.

Sí, hijo, no me lleves la contraria. Di lo que quieras, pero yo soy un trasto viejo y no sé utilizar un móvil ni un cajero para cobrar mi pensión. Hoy estorbo en todas partes, pero antes ayudé en las cosechas, con la leche y el pan. Y aunque otros lo hacen ahora en mi lugar, no podemos negar de dónde procedemos. Yo no olvido mi niñez ni el pan recién hecho al calor del horno de la panadería de mi abuelo. Ya no controlo mi cuerpo y olvidé casi todo lo aprendido; vuelvo a necesitar que me lleven de la mano porque el mundo se ha movido demasiado deprisa y me he quedado atrás. Pero, hijo, todavía veo aquel pan. Con los ojos cerrados, aspiro su olor caliente y vuelvo a ser el niño con mercromina roja en las rodillas.

 

 

 

AUTOR: Marzo