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viernes, 31 de julio de 2026

XXXI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "Real Villa de Guardamar del Segura", 2026

 MODALIDAD: Relatos de temática libre de autor local 

GANADOR: Félix Méndez García

TÍTULO: Cuba 2025

Félix Méndez Garciá nació en Torre-Pacheco (Murcia) en 1961 y es residente en Guardamar del Segura desde 2019. En 2020 se unió a la Tertulia Literaria de Guardamar, entidad que preside a día de hoy.

            Ha sido alumno del Taller de Escritura Creativa de don Antonio Álvarez Gil. Le gusta escribir comedia porque, dice, cuarenta y cinco años redactando atestados de dramas y tragedias en la Policía Nacional fueron suficientes. Ha publicado en papel algunas páginas en tres colecciones de relatos: una de Ediciones Agoeiro (Madrid), otra de El Cresol (Crevillente) y en la recopilación extraordinaria que hizo la propia Tertulia Literaria de Guardamar para celebrar sus diez años de vida.

            En 2022 ganó en Murcia el premio al mejor relato corto con temática de tintos y blancos convocado por La Diligente, Compañía de Vinos.

            Es voluntario de Cruz Roja Española, donde da clases de español para extranjeros y donde "obliga" a sus alumnos a representar, por Navidad y a fin de curso, pequeños sainetes de producción propia adaptados al nivel que lleven.

CUBA 2025
Félix Méndez García

Rafael, taxista pirata de La Habana, tenía buen ojo para escoger clientes. Aquella mañana de noviembre se fue al aeropuerto José Martí, aparcó por los jardines que hay cerca de la puerta de salida y se quedó observando. Cuando vio salir a una pareja con pinta de recién casados y algo despistados, se aproximó con disimulo y les ofreció sus servicios.

            Los chicos iban al Vedado. Por el camino le pidieron parar en un hipermercado para comprar algo de comida y bebida. El taxista se sorprendió.

            —¿Perdón, cómo dicen?

            —Que nos pare un momento en un hipermercado, por favor —repitió el chico.

            —¿Qué cosa es eso, un hipermercado?

            —Pues un supermercado, pero más grande —añadió, pedagógica, la chica.

            —Si ya sé lo que es —contestó Rafael—. Lo que les quiero decir es que en La Habana no hay supermercados ni hipermercados. Hasta hace poco, aquí solo estaban las bodegas, donde te despachan los productos que dice en tu libreta de abastecimiento. Ahora hay unas tiendas en dólares; si quieren les acerco a una de esas, pero no crean que disponen de muchos productos tampoco.

            Les paró en un comercio de los nuevos llamado La Panamericana, y de allí salieron a los cinco minutos con una botella de ron y seis latas de refrescos.

            —Pero, oiga, esto es más caro que en España, y no hay comida normal —se quejó la muchacha.

            Cuando llegaron a la casa donde se alojarían, los chicos pagaron a Rafael la carrera y acordaron con él que los recogiera por la tarde para ir a dar una vuelta por ahí.

            En casa, Rafael le contaba satisfecho a su mujer lo bien que le había ido la mañana. Había recogido en el aeropuerto a una pareja española y habían quedado para la tarde. Eran algo inocentes y daban propina, los clientes ideales.

            A la hora concertada, los recogió el taxista frente a la casa donde se alojaban.

            —Buenas tardes —saludó el joven—. En Cuba son muy aficionados a la astronomía, ¿verdad?

            —No sabría decirle. ¿Por qué lo pregunta?

            —Por la biblioteca de estudios marcianos que hay ahí detrás, en la calle Cuatro.

            —No —rio el taxista—. Es de estudios martianos, de José Martí.

            Los chicos querían empezar por la Bodeguita del Medio, para tomar un mojito.  A Rafael le pareció que deberían hacer algo de turismo, y los metió por el cementerio de Colón, que pillaba de paso. Allí les fue indicando los monumentos funerarios más destacados. Después de oír la historia de Máximo Gómez, de Calixto García y de otros héroes mambises de la Guerra de la independencia, la chica preguntó:

            —¿Y dónde están las tumbas de los héroes españoles?

            Rafael se mordió la lengua, sonrió y con actitud profesional indicó que ya iban a lo del mojito. En la calle Empedrado les recomendó hacerse una foto para Instagram y volver al taxi, que él los llevaría a donde se preparaban los mojitos buenos de verdad y más baratos. Así lo hicieron, y el coche los dejó en una zona de bares elegantes con música situados frente al Malecón, cerca de la Embajada de España. El taxista los esperó durante algo más de una hora, y volvieron muy contentos.

            —¿Ha ido bien, señores?

            —Perfectamente —dijo la chica.

            —Pero no crea —añadió el joven—, que casi nos peleamos con el camarero del primer local donde hemos entrado.

            —¿Cómo que pelearse? ¿Por qué?

            —Pelearnos no —siguió el chaval—, pero es que era muy tonto. Le he preguntado si tenían mojitos, y él que no, que el local estaba limpio. Se lo he repetido, y él que no, que fumigaban el negocio todos los días. Al final parecía algo mosqueado.

            —El hombre entendía mosquitos —dijo riendo la chica—. Está algo teniente.

            El plan de la pareja era volver a casa, dejar la compra, cambiarse de ropa y salir de fiesta por la noche. El taxista estaba de acuerdo y el precio ya estaba pactado. Pero circulando por la calle Línea entraron en una zona no iluminada. A oscuras, el elegante Vedado resultaba tenebroso. Rafael les explicó que los apagones iban por zonas, y que lo más probable era que esa parte estuviese sin luz hasta la mañana siguiente. Les propuso un bar cercano al alojamiento de ellos para cenar: el Ocho, en Línea con Ocho; y les recomendó pedir ropa vieja, si había, y tomarse unas cervezas Bucanero. Mientras los chicos bajaban la compra, el cubano se quedó esperando a la puerta, pero el joven le pagó y se despidió hasta el día siguiente.

            —Muy valiente eres tú —lo reprendió la muchacha—. ¿Ahora cómo vamos a ir hasta el bar, con una vela o con una antorcha? Esto está muy negro.

            —Con esto, mi amor —contesto el joven, satisfecho, y le mostró una linterna de manivela que se había llevado de España.

            Dejaron las compras en la casa y se fueron a cenar. Comieron y bebieron mucho. Los precios estaban en pesos y eran bastante económicos. Mariel, el camarero con carrera de ingeniero químico, les fue explicando la receta de todo lo que probaban, y ellos probaron todo lo que él quiso sacarles. Salieron de allí algo achispados, el novio dándole a la manivela de su linterna y la novia cantando para quitarse el miedo. Esa noche ni siquiera hicieron lo propio de las parejas en la luna de miel; conforme se metieron en la cama, cayeron en brazos de Morfeo.

            A la mañana siguiente, la pareja le mostró al taxista un mapa en el que habían marcado el recorrido del día: la Marina Hemingway, Viñales, vuelta por la Finca Vigía y, al final, la fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Rafael les advirtió mientras arrancaba:

            —Eso parece mucho, señores. No han contado ustedes con el factor inhumano.

            Los chicos no le hicieron caso; pensaron que habían oído mal o que el taxista mostraba su descontento por el gasto en gasolina. Los llevó por la Quinta Avenida, mostrándoles el lujo de las embajadas y los centros de negocios. En Santa Fe pararon a dar un paseo por la playa y tuvieron ocasión de presenciar lo que les pareció un rito religioso: una anciana echaba flores al agua al tiempo que invocaba a Yemayá y pedía algo para la clienta, claramente una turista, mientras un joven tocaba un Ave María al violín.

            Al poco de circular por la carretera de Pinar del Río, la chica preguntó:

            —¿No hay otra carretera que esté mejor? Va a romper usted la suspensión del coche.

            —Señorita, esto es la autopista A-4. Por la suspensión no se preocupe, mi carro y los baches se respetan mutuamente, se conocen desde los años sesenta.

            —Pero es que a esta velocidad no vamos a llegar nunca.

            —¡Así que esto era el factor inhumano! —dijo el chico, riendo.

            A la altura de Los Palacios, junto al Parque Nacional La Güira, se veían  plantaciones de arroz y los campesinos habían puesto el grano a secar en el carril derecho de la autopista. Los coches se cambiaban al lado izquierdo y nadie pisaba la cosecha, ni paraba a robar, ni protestaba ni nada. La chica se sintió impresionada:

            —¡Qué ejemplo de educación y civismo!

           —Eso y que el arroz es del Gobierno —le contestó Rafael—. Tócalo y vas al tanque. A la cárcel, quiero decir.

            Viñales les gustó mucho. En una tabaquería les explicaron el proceso del cultivo y las labores del tabaco, y tuvieron ocasión de comprar cuatro puros elaborados por un torcedor delante de ellos. El taxi los llevó después a la cueva del Indio, para que diesen  un paseo en barca por el río subterráneo. A la salida, el chico se quejó a un empleado:

            —¡Una mamola! Primero, veinte personas apretujadas en una barca que huele a cuesco. Luego arrancan un motor fueraborda y lo llenan todo de humo; lo bueno es que  deja uno de apreciar las ventosidades. Y el subnormal del piloto de la lancha apuntando con un puntero láser a los murciélagos. ¿Pero esto no era Patrimonio de la Humanidad?

            —Sí que lo es, señor. Lamento lo que me está contando. Pondré, sin falta, una queja ante la autoridad pertinente. ¿Debo incluir en el informe lo de las flatulencias?

            Regresaron a La Habana ya oscurecido, y el barrio del Vedado volvía a estar a oscuras. Rafael se ofreció a llevarlos a cenar a un cabaret tradicional. Los esperó a que se cambiaran de ropa y los trasladó a "La Leyenda del Guajirito". Al finalizar el espectáculo los estaba esperando a la puerta del local para devolverlos a su alojamiento.

            —Esto sí que les ha gustado, ¿a que sí?

            —Muuuuuucho —contestó el chico, y se arrepintió en el acto de haber estirado tanto la u—, aunque mi esposa tiene razón, el uniforme de las camareras atenta contra la dignidad de la mujer y es totalmente inapropiado para un espectáculo folclórico.

            Esa noche, como ya se veía venir, volvieron a dormir en pijama y cada uno en su lado de la cama.

            Para el día siguiente, el tercero del viaje de novios, la pareja había expresado a Rafael su intención de hacer algo de turismo cultural. Los encontró en la calle con todos los vecinos del edificio; les pitó y ellos se montaron en el carro.

            —No se va a creer usted lo que nos ha pasado esta mañana —empezó el chico.

            —Me lo figuro. Los han sacado de la cama porque han venido a fumigar el edificio.

            —¡Bueno, bueno! —siguió el joven—. Y sin avisar ni nada.

            —¡Pero si era un muchacho muy educado! —opinó ella—. Me ha dicho que estudia medicina y que está haciendo las prácticas en el Clínico.

            Rafael vio en peligro su jornada laboral y dio un giro a la conversación. Propuso ir a ver el Capitolio, el museo de la Revolución y el Napoleónico, y parar después a comprar algo en el mercado de artesanía de San José. La pareja se lo pasó muy bien, y en el museo se hicieron muchas fotos con el Granma, el yate de los revolucionarios en 1956.

            Circulando por el barrio antiguo, Rafael les pidió que no abrieran las ventanas, por el mal olor. Trataba de evitar que los turistas se llevaran una mala impresión de la ciudad,  porque por aquellas fechas estaban teniendo problemas con la recogida de la basura. Les explicó que era una cosa transitoria, que habían coincidido varios camiones averiados a la vez. Para su asombro, el chico le largó un discurso a favor del compostaje al natural, que mejor el aire libre que la incineradora, que las moscas son la base de la cadena trófica, que se crean puestos de trabajo para los chatarreros, que los restos deshidratados nosequé, y otra sarta de memeces que Rafael no sabía si interpretar como una tomadura de pelo o si de verdad aquel chalado se creía lo que decía.

            —Huele a naturaleza —concluyó el joven.

            Ya a punto de reventar, el taxista les informó que habían llegado al mercado de artesanía de San José. La pareja se apeó, y se despidieron hasta dos horas más tarde.

            Rafael se fue a comer a casa. No puedo con ellos, me agotan, se quejaba a su mujer. Esta noche les diré que el coche está roto o algo, y me libro de ellos.

            Cuando los recogió estaban de buen humor. Habían comprado un montón de regalos; le fueron contando cómo habían regateado los precios, y estaban muy satisfechos porque habían descubierto el truco de los vendedores de poner el precio en dólares y cobrar la misma cifra en euros.

            En el Vedado estaban otra vez a oscuras. Rafael les preguntó si iban a volver a salir, y los jóvenes le dijeron que no, que esa noche tocaba cena íntima a la luz de las velas. Entonces, tal como lo tenía pensado, les pidió disculpas porque al día siguiente  debía dejar el coche en el taller y no podría darles servicio.

            —No pasa nada —dijo alegremente la chica—, mañana probaremos el cocotaxi, y también quiero montar en una motocarro y en un almendrón de transporte colectivo. Pero usted, Rafael, se viene con nosotros y le pagamos, que es un guía estupendo.                                  La mañana del cuarto y último día de su estancia en La Habana, a la pareja de recién casados se le pegaron las sábanas. Pasaban las diez de la mañana cuando Rafael, cansado de esperar en la acera, pulsó el timbre del apartamento. Salió a abrir la señora de la casa.

            —Buenos días, señora. Soy Rafael, el taxista.

            —Buenos días. ¿Qué desea?

            —Es que ayer quedé a las nueve con... con unos recién casados.

            —¡Qué suerte! Yo llevo casada sesenta años y nunca vinieron a buscarme. ¿Y su carro?

            Ya le estaban dando con la puerta en las narices al taxista sin taxi cuando se oyó desde el interior la voz de la chica diciendo que un minuto, que ya iban.

            Parados en la acera de enfrente de la casa, Rafael, algo cohibido, daba indicaciones a la pareja de cómo tenían que hacer señas con la mano cuando vieran acercarse despacio un coche por el carril de la orilla. Paró una motocarro de las nuevas, eléctrica y con toldo, con capacidad para setecientos cincuenta kilos de peso o tantos pasajeros como pudieran sentarse en los dos tablones laterales. Se metieron allí por la parte de atrás, saltando la portezuela que nadie abrió, y se acomodaron.

            Los novios iban encantados, les daba en la cara una brisa cálida y húmeda, y el vehículo iba haciendo eses para esquivar los baches.

            —Esto es un transporte ilegal, ¿verdad? —preguntó la chica a Rafael en voz alta.

            Nadie pareció haber oído la pregunta, por lo que ella insistió:

            —Rafael, que digo que...

            Un codazo del novio la hizo callar. Ella lo entendió y cambió la pregunta:

            —¿No os parece genial el transporte colectivo revolucionario? Sin cinturón, sin tickets, seguramente hasta sin seguro. ¡Viva la libertad, carajo!

            Rafael se puso rojo, cosa de ver en su piel mulata. Una mujer mayor que iba sentada frente a la chica sonrió y le contestó:

            —Se nota que usted tiene algo de lío con la política latinoamericana, señorita. Pero muy bien, siga así, con esa alegría, es lo más inteligente.

            Se bajaron cerca de Hotel Nacional. Rafael les fue contando historias de la lujosa construcción, de las columnas, de los zócalos de colores, de los jardines con vistas al mar... En el salón Petit París estaba anunciado un espectáculo de cabaret tradicional, y en el salón de retratos se exhibían los de multitud de personajes insignes que se alojaron en el establecimiento en tiempos mejores; entre ellos, muchos españoles. Allí se tomaron los tres unos daiquiris riquísimos.

            Después quiso ir la pareja a ver el callejón de Hamel, para sentarse en uno de aquellos bancos-bañera que habían visto en Internet. El sitio les decepcionó un poco, y daba algo de miedo, pero una negra dicharachera que vendía mojitos lo remedió.

            A Rafael, que los días anteriores no había probado el alcohol delante de ellos, se le puso muy buen humor. Les contó que su bebida favorita era el guarapo con ron. El chico, que también iba bien de humor, llamó inmediatamente a la camarera, pero Rafael lo detuvo.

            —No, no. Yo sé dónde hay un trapiche y lo preparan recién exprimido. Pero hay que caminar un poco. ¿Vamos?

            Y allá que se fueron a coger la lanchita de Casablanca para subir a la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, donde estaba el tal trapiche. Pero, por la tontería que llevaban encima o por lo que fuera, se equivocaron de lanchita y se fueron a Regla. Allí visitaron la ermita, Rafael encendió una vela, y la chica se hizo echar las cartas por una hechicera que leía el futuro. Por supuesto, todo lo que le aventuró fueron felicidades, aunque se confundió con la pareja y le prometió que tendría tres mulatitos muy guapos y sanos.

            Con el alcohol en sangre algo rebajado por la excursión, se fueron al embarcadero de Regla y cogieron, ahora sí, la lanchita de Casablanca. Subieron la cuesta a pie, pasaron por el Cristo y por la casa del Che Guevara, y llegaron a la fortaleza. Efectivamente, había un puesto ambulante cerca de la entrada. El guarapero exprimió tres cañas de azúcar con el trapiche, añadió hielo y ron a los tres vasos de jugo, y les preguntó si querían repetir, que la segunda ronda al cincuenta por ciento. Vale, pero primero visitamos la fortaleza, convinieron los tres.

            En el recinto de la fortaleza había mosquitos. La chica sacó el repelente que llevaba en el bolso y se embadurnó bien brazos y piernas. Luego se lo pasó a su esposo, y le ofreció a Rafael si quería protegerse.

            —No hace falta, señorita. Todo eso que han oído sobre la epidemia de Chikungunya, de Dengue y de Zika es mentira. Aquí siempre ha habido mosquitos y la gente no se ponía tan enferma. Esto es COVID, pero el Gobierno no quiere que se sepa.

            Los chicos no daban crédito. Un negacionista de la arbovirosis.

            —Los repelentes, la fumigación, las vacunas, todo eso no sirve de nada —siguió el hombre —. Lo único que sirve es rezar.

            Disimulando la risa, la chica le preguntó:

            —¿Y usted reza a la Virgen de Regla o a Yemayá?

            —Siempre a nuestra patrona, Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. Virgen santa, Virgen pura, líbrame de la calentura.

           Terminada la visita a la fortaleza, salieron con la intención de buscar un restaurante para comer. Pero no había restaurantes normales por allí, y no tuvieron más remedio que tomarse la segunda ronda de guarapo, la de la oferta del cincuenta por ciento. Sin comer, a la carrera porque perdían el avión, volvieron al centro y Rafael buscó a un colega para que los llevara a recoger el equipaje y al aeropuerto. Se despidieron con besos y abrazos. La chica pidió al cubano:

            —Deme su WhatsApp y le mando algunas fotos en las que salimos juntos.

            —No hace falta, señorita, de verdad.

                                                                                   FIN

martes, 8 de julio de 2025

XXX CONCURS DE NARRATIVA CURTA REIAL VILA DE GUARDAMAR 2025


 MODALITAT: AUTOR LOCAL


GUANYADOR: ANÍBAL ALFONSO QUESADA CAMPOS

TÍTOL: EL CASAMENT


El casament

Per a Jesús, les parts d'un casament estaven ben diferenciades més enllà de l'acte de la cerimònia. A cada regió o a cada país, els professionals del seu sector, els fotògrafs, podien gestionar les celebracions d'aquesta índole d'una manera o altra, però ell tenia molt clar com s'havia de dividir el reportatge fotogràfic i així passava amb les núpcies de Nicolau i Raquel.

Era una cosa que, afortunadament per a ell, no passava de moda; tot al contrari si hi cabia, la cosa anava a més. La veritat és que, malgrat tot i que era beneficiós i rendible per a la seua feina, no entenia la bogeria a la qual estaven arribant aquests esdeveniments. Recordava com, anys enrere, quan va començar en aquest món, només calia fotografiar la cerimònia i després el convit, però la predilecció social per generar imatges i records ficticis més enllà del que realment succeeix en el moment de l'acció, havia portat els professionals del seu ofici a tenir molta més feina i, per tant, a treure'n molta mes tallada de l’assumpte.

I vaja si en treien de rendibilitat! Primer es van inventar això de fotografiar els preparatius del casament: com es vesteixen i com es maquillen els nuvis. Després van crear una secció específica per als convidats, i ara s'havien tret de la màniga allò de la “preboda i postboda”. Els qui volien el pack complet havien de traure la targeta i pagar una quantiosa suma que oscil·lava entre els nou-cents i els mil sis-cents euros. Amb cada casament, els ulls de Jesús es transformaven en els de l'Oncle Gilito i les seues pupil·les es convertien en símbols de l'euro.

Un cop sabut això, cal dir que Nicolau i Raquel, tot i voler aparentar el màxim possible en un dia tan meravellós, no es podien permetre el “pack premium” que oferia el nostre protagonista, per la qual cosa van eliminar la preboda i la postboda i només van contractar el “pack estàndard” pel mòdic preu de mil cent euros.

 

Preboda (“Pack Premium”)

Els preparatius

 

Com que encara no ha arribat el moment en què les persones es puguen teletransportar per poder fotografiar correctament els preparatius, va haver de demanar al


seu company, Lluís, que es dirigira a casa del nuvi, les fotos del qual són més senzilles en general, i fera unes quantes fotos amb la família, del procés de vestir-se i les famoses fotos detall. Sembla que ara una foto d'un rellotge, una màniga de camisa, un bessó o la sivella d'un cinturó són equiparables a la Capella Sixtina. La veritat és que Jesús es feia creus, però quan pensava en el casament, li tornaven aquests símbols d'euro als ulls.

Ell es va dirigir a la casa de la núvia per fer el mateix amb ella. Val a dir que Raquel estava molt nerviosa i tothom li deia en aquella casa: «És normal, cari, és el dia més important de la teua vida», a la qual cosa Jesús només podia respondre amb un somriure, evidentment fals, mentre feia les fotos i pensava que aquesta era una de les frases més repetides que hi ha en les vides plenament superficials.

Siguem sincers: en ple segle XXI, és una estupidesa majúscula pensar que el dia del casament és el més important d'una vida. Segurament aquesta noia, Déu no ho vulga, es divorcie, es torne a casar, tinga dos fills, siga acomiadada i contractada en condicions més o menys favorables, enviüde, tinga un nét, un altre, li toque la loteria, tinga un accident de cotxe i surta il·lesa... o no, però sobrevisca. A veure, a veure, a veure... El dia més important de la seua vida?

El somriure que anteriorment era fals ja s'havia convertit en sincer mentre pressionava el botó de la càmera i feia una altra foto de la brotxa de maquillatge atusant- li els pòmuls, excessivament vermells.

De veritat, quina comèdia hi ha als reportatges de casaments si ets capaç d'evadir- te de l'ambient que els envolta i veure'ls des de fora, com un simple observador. Un que només visualitza la copa de xampany viatjant d'una banda a l'altra abans que li pinten els llavis, com sacsegen el vel o com es posen un vestit que ha costat més que el convit i que només utilitzaran una vegada a la seua vida.

Això sí, les fotos li estaven quedant precioses. Abans de sortir per la porta per a entrar al cotxe i dirigir-se a l'església, va poder fer una fotografia cinematogràfica amb un contraplà de la núvia a contrallum, creuant el llindar i amb el cap decantat. Una imatge que sabia que encantaria a Raquel. Un moment que, novament, no havia estat natural, ja que l'acció de sortir havia estat truncada per la seua veu i el consell de posat. Ficció per records.


La cerimònia

Ja que havia trucat a Lluis perquè anara a casa del nuvi i el seguira fins a la cerimònia, no li pagaria per tan sols una hora de feina i desaprofitar-ho. No, Jesús no treballava així, cuidava els seus.

Un cop a l'església, ell es va posar a la porta, i, tan bon punt la núvia va baixar del cotxe, va començar a fer fotos naturals, mentre el seu company, més a prop del vehicle, llançava una multitud de flaixos per captar tots els detalls possibles de l'acte. Probablement un dels moments menys artificials de tot el dia.

Les esglésies, generalment, són els enemics més grans dels fotògrafs, per la qual cosa les cerimònies eren, sens dubte, el pitjor moment d'un casament. Quan un professional es dirigeix cap a un temple arquitectònic romànic, que era el que Jesús es solia trobar, es sentia com el torero que entra a l'arena o, pitjor encara, com un presoner quan el deixaven anar als lleons. «A veure amb què em trobe i com me’n surt d’aquesta». En aquestes construccions antigues, la llum brilla per la seua absència i la llibertat de moviment és molt complexa.

Tenia sort en aquesta església, ja que hi havia un corredor central i dos laterals, una cosa poc habitual per la zona, però que li permetia cert marge de moviment fins al púlpit. Ell tenia clar el seu objectiu: era com el caçador que sap quina és la seua presa. La captura més important que havia de fer era el moment del l’entrega de les arres i els anells. Estava preparat, per això tenia Lluís.

Li havia donat l'ordre de que, passara el que passara, havia de capturar aquesta instantània en detall. Bàsicament, ho havia convertit en el seu “fotògraf detall”. No hi havia d’haver cap gest de mans ni cap reacció facial que es perdés en l'oblit. Captar petits trossets naturals, si podia ser, de la parella.

Ell, malgrat semblar importunar en algun moment els convidats, rondava d'ací cap allà amb les seues suors baixant-li pel clatell, sense importar-li realment davant de qui es posava, ni si feia massa soroll en cadascun dels seus passos.

I mentre observava l'evident espectacle que és un casament, farcit de gent, amb vestits cars, pentinats de tres-cents euros, les flors per decorar l'església valorades en més de sis-cents euros i tots els adorns que havien posat en cadascun dels bancs, Jesús no podia deixar de pensar en el missatge que van deixar retratat a la bíblia. «No està escrit: “La meua casa serà anomenada casa de pregària per a totes les nacions”? Però vostès l’han fet cova de lladres». I és que, tot i ser ell mateix un d'aquells lladres, no deixava de


veure la comèdia que el mateix temple cristià prediqués una cosa i reflectís completament el contrari. I mentre els seus pensaments vagaven per la seua ment entre els sons del públic i els de l'obturador de la càmera, la cerimònia arribava al final.

Les càmeres tornaven a l'exterior per capturar les imatges més icòniques: aquelles on el punt central era el llançament d'arròs entre rialles i la carrereta fins al cotxe en el qual se n’anirien junts com un matrimoni, sent ja marit i… muller? Què passava amb aquesta terminologia? Mai no li havia quedat clar aquest tema. Què passava? Una muller no era muller fins que no es casava? No seria més correcte marit i esposa, o espòs i esposa? Però muller ho havia estat sempre, o almenys des que era adulta.

De qualsevol manera, aquell principi de pantomima ja havia acabat. Ara només quedava allò que a la gent més li importava: el convit.

 

El còctel

Mentre Jesús se n'anava amb la recent casada parella a fer unes fotos artístiques, romàntiques i emotives en plena natura, Lluís anava a fer el mateix, però amb els convidats més propers. «Sempre em toca a mi la pitjor feina», pensava sovint, però és clar, ell era el contractat. Si volia la feina més senzilla, i alhora la més lluïda, s'havia de muntar la seua pròpia empresa de fotografia i deixar de ser un freelance.

Deixant somnis vanitosos i queixes de costat, Jesús es va dirigir amb cotxe als marges d'un pantà on havia quedat amb els nuvis per poder, i cite textualment, captar la naturalesa de l'amor en plena naturalesa”, malgrat la redundància de la frase. I és que així era ell, venia fum a les parelles per poder guanyar-se el pa en una professió que li agradava en essència, però cada dia menys en forma.

Una abraçada per darrere, un petó creuat, una foto romàntica, una captura en primer pla de com els cabells es movien amb l'aire. Mentides al vent. Somnis frívols i idealitzats venuts a preu d'or, que enganyen els records i creen una falsa il·lusió.

Mentrestant, al còctel, Lluís feia posar els convidats més propers, cosins, germans i millors amics de cadascuna de les parts, fent postures totalment ridícules: estirant una corda que simbolitzava el matrimoni, subjectant globus de color blau o blanc, o fins i tot posant sobre un fons verd on posteriorment es muntarien unes imatges.

Lluís pensava que l'estupidesa havia arribat a tots els racons de la cultura i la tradició humana, i que, tal com deia Jesús, ja no hi havia remei.


Cal dir, però, que si la cerimònia era el moment tècnicament més complicat de la cerimònia, el banquet era on més es sentien avergonyits de la humanitat: l'únic moment de tot casament en què s'ajuntaven els set pecats capitals per recordar-nos que allò es tractava d'una cerimònia catòlica, però que, pel que semblava, cap dels participants ho recordava. I era on es dirigia ara el nostre protagonista.

 

El banquet

I tal com havia advertit al paràgraf anterior, amb l'arribada dels nuvis al convit s'havien deslligat els set pecats capitals. Molts eren evidents, però només quan els immortalitzes amb un objectiu es queden retratats els defectes d'aquells que els emprenen, i això era el que més li agradava a Jesús: mostrar les vergonyes de la societat, només que a la feina poques vegades podia fer-ho. Tot i això, cal dir que sempre es guardava unes fotos per a la seua col·lecció personal.

I és que, si hi ha un pecat que prima en un casament davant de la resta, és la supèrbia. Aquesta gana desbocada que té la gent per ser la preferida davant dels altres, per ser el focus d'atenció. I qui és més superb que la pròpia núvia en el seu propi espectacle? Ningú no és capaç de superar això. Alguns intenten competir de forma irracional amb la protagonista de la celebració, i es poden veure els pares, però sobretot les mares dels nuvis, intentant fer gala de les peces més cares que es poden veure al banquet, per a alegrar-se en els seus propis records d'aquell dia en què van ser la favorita del casament.

Però aquesta supèrbia de que fa gala la núvia, tot i ser un pecat capital ben clar per se, tenia el do de ser acceptat i, a més, ben vist per la resta de gent. «És clar, és que és el seu dia», es podia sentir de llarg a llarg de l'àgape en veure-la lluir el seu vestit. Aleshores, no és el dia del nuvi? Ni dels padrins? Ni dels pares, germans, cosins…? No: l'única protagonista, i al voltant de la qual tot gira en un casament, és la núvia.

I ella era la principal protagonista del reportatge de fotos de Jesús: el centre de cada pla i de cada composició.

Mentre el fotògraf feia la seua feina, es podia contemplar el segon dels pecats vigents en qualsevol casament, i no era altre que l'enveja. I com de dolenta que és: aquell xiuxiueig d'aquelles dones que desitgen el que, en aquest cas, la Raquel havia aconseguit amb en Nicolau. Volien posar-se del tot a la seua pell; anhelaven tot el que ella tenia aquell dia.


I no s'acabava ací, sinó que els amics de Nicolau també la patien. En veure la felicitat amb què ells gaudien d'aquesta unió, pensaven «Jo vull això, ja n'hi ha prou, vull assentar el cap». Pensaments racionals als quals s'arribava després d'un sentiment erroni com el de l'enveja. I és que això de “l'enveja sana”, per a Jesús, realment no existia: qualsevol enveja, qualsevol desig de tenir alguna cosa que no et pertany, li semblava caure en un somni propi d'una ment trastornada. O potser seria la seua ment, la malalta?

Siga com siga, aquests xiuxiueigs i grupets de critiques i d'enveges eren perfectament captats per l'objectiu del nostre protagonista, el qual sabia que encara quedaven els millors pecats del convit.

El següent a aparèixer era el que més prevalia en un banquet: la gola. Era impressionant el que passava en tots els convits. Hi havia gent que es controlava potser perquè eren de poc menjar, o pel què diran, o simplement no tenien aquella gola atroç que es desfermava en seure a taula. Però hi havia altra gent que semblava tornar-se boja: miraven el menjar i començaven a bavejar, s'abalançaven damunt del pernil, les gambes o qualsevol cosa que posaren a taula, com si no hagueren tastat mos en una setmana, esperant aquell dia. Era increïble.

I no parlem de la beguda. Perquè molts pensen que la gola s'atura amb el menjar, però no: l'excés a la beguda també és considerat gola. I vaja si n'hi havia, als casaments.

En aquest punt, quan la gent es centrava a omplir la panxa i esquitxar els veïns amb llimó o el suc dels caps de les gambes, Jesús solia aprofitar per sortir a fer-se un cigarret, i deixava Lluís fent fotos a aquest pecat.

No podia deixar de pensar com de bé s’ho passava tothom a les noces i com era de tremendament tediosa aquesta feina per a ell. Cada dia era pitjor, i és clar, amb els anys, les seues ganes de gresca, de riure i d’aguantar borratxos anaven en descens. «Tan bé que estaria al sofà de ma casa». Era un pensament recurrent, que més tard es repetiria cada vegada amb més freqüència, canviant la paraula sofà per llit.

Però mirava la Canon i sabia que treballar de quatre a set dies al mes era un luxe que molt pocs es podien permetre. Va apagar el cigarret i va tornar a entrar. I es va adonar que s'acabava de produir, com a cada casament, un altre dels pecats: la mandra. Aquest descuit i tedi per les coses que estem fent, i de la qual sempre era ell el responsable.

El canvi sonor de la pau que es respirava fora a la festa de dins era eixordador. Dir que era molest era dir poc. I aquesta entrada li va deixar veure el pecat que menys evident sol aparèixer als banquets, però que, encara que siga fora de pla, sempre passa: la ira.


Els cambrers, aquesta professió injuriada per molta gent quan sortim a menjar o a beure i dels que només ens recordem quan es retarden amb la comanda, també eren els que més patien durant el banquet. I una ensopegada d'un d’ells, vessant una poc de vi blanc sobre un dels convidats, havia generat una explosió d'ira entre els comensals de la taula, l'encarregat i el cambrer.

Afortunadament, els nuvis i els seus familiars semblaven gent de bé i van fer el possible perquè una petita ensopegada no taqués un casament que anava tan bé. Jesús es va acostar a Lluís i li va preguntar si havia capturat alguna cosa amb les càmeres. Aquest li va contestar que fins a l'últim detall. Com es notava que havia treballat com a fotògraf periodista, sempre sabia estar damunt de la notícia.

El banquet avançava i els nuvis es van aixecar per anar taula per taula. Aquest moment que mai no entendria Jesús i que, afortunadament, cada cop es feia menys, que era recollir els sobres dels convidats. I no seria aquest un altre dels pecats? Doncs sí: parlem de l'avarícia. És cert que un convit costa un dineral i que s'espera que la gent pague el seu propi cobert, però també seria lògic que els casaments foren esdeveniments més familiars, i que aquells que es casen conviden desinteressadament qui vulguen. Per tant, els sobres, pagaments i regals traduïts en diners no són més que un afany per obtenir uns guanys que no s'haurien de donar.

Posem el supòsit que, en comptes d'un casament, és un aniversari, i el senyor Nicolau vol convidar cinquanta persones entre amics i familiars. Tothom estaria d'acord que cal fer-li algun regal, però, per més que Nicolau els convidara al Hilton a dinar, ningú no pensaria a pagar el seu cobert. I als casaments? Sí, és clar, als casaments sí. Jesús sempre es tirava les mans al cap quan raonava així.

Doncs res, que anaven caminant els nuvis recollint bitllets. Uns sobres més fins, altres més grossos i altres, sortosament per a tots, inexistents. Però no perquè no els hagueren pagat, sinó perquè ja els ho havien ingressat en un compte. Si aquest afany per aconseguir diners no era avarícia…

Sempre se sentia, en aquests moments, la típica senyora sexagenària dient-li al seu marit: «És que un casament costa molt», i Jesús sempre pensava el mateix: «A veure, senyora, que ningú els està obligant a casar-se ni a convidar dues-centes persones; ho fan perquè volen». I és que era així.

Però les fotos no es feien soles i, encara que Jesús tinguera les seues pròpies opinions, la veritat és que part d'aquella avarícia que s'observava en aquell moment li


esquitxava a ell i permetia que la gent fes un gasto desmesurat en coses banals com un reportatge complet del casament.

I quin bonic moment venia ara: el ball i el pastís. Un ball que els havia costat huit- cents eurassos. Sí, sí, huit-cents euros. Què per què? Perquè els bons de Nicolau i Raquel feia tres mesos que anaven a classes de ball per preparar-se per a aquell moment. I és que fer el ridícul en un sopar de més de dues-centes persones no és una cosa que la gent es vulga permetre. Per tant, és millor pagar i, si més no, no fer-lo en excés. Perquè mare meua, quin ball. Jesús havia vist llimacs i cargols moure's més ràpid i fluid que ells dos.

«Pobrets –pensava– segur que eren súper arrítmics i no han pogut fer més per ells».

Però calia veure les cares de la gent, meravellada per contemplar dues tortugues moure's en cercles.

Les fotos van quedar espectaculars. Quan els moviments són tan lents et permeten anticipar-te al que succeirà: saps quan deixaran caure a la núvia cap a un costat o cap a l’altre i quan es besaran. Per tant, pots col·locar-te en la millor posició pel que fa a la il·luminació que hi ha a la sala i capturar unes imatges de somni. «He de demanar el número de la coreògrafa del ball, li he de donar les gràcies per fer-me la feina més fàcil», va pensar Jesús sarcàsticament i somrient a mesura que ho deia per dins.

I ara, arribats a aquest punt, al tall del pastís, amb un sabre que semblava de la cavalleria napoleònica i de la qual tothom menjava un tros, arribava el darrer dels pecats del banquet. Ja no se’n recordaven que en quedava un: Doncs sí: la luxúria.

Que fastigosa pot ser la gent quan beu, i en tots els casaments. És desinhibir-se amb l'alcohol i començar aquest desig sexual que escalfava entrecuixes entre els solters i les solteres, i feia que, conforme es feia més tard i la gent més gran se n'anava, allò s’anara semblant més a una bacanal. Quins bruts tots. I, és clar, Jesús i Lluís es quedarien fins al final, com a autèntics professionals.

Se'ls va acostar, en un moment a meitat de festa, la núvia i els va dir que els havien apartat una poquet de sopar abans de tancar cuina, podien anar on volguessin i menjar- se-la i que, si volien, podien retirar-se, la seua feina ja estava més que feta.

Van sortir fora, on havia estat el còctel, i es van asseure en un barril que hi havia amb tamborets. Jesús va treure un cigar mentre els portaven el plat que havien preparat per a ells i va mirar a Lluís.

–Doncs ja hauríem acabat, Lluís. Una estona abans del que et vaig dir.

–Menys mal, perquè ja estic rebentat. T'han encarregat el Pack Premium? –va preguntar amb ànim d'informar-se del pressupost del casament.


–Que va, em van dir que no els ho podien permetre, encara que jo crec que veient el que els han deixat de pasta, segur que podien. No els haurà donat la gana, però vaja, que no ens podem queixar, en aquesta almenys ens donen menjar i ens marxem abans.

–Sí, no hi ha queixa. Com va l’agenda? Em necessitaràs per a algun altre dia aquest mes? –la veritat era que li feien falta els diners i cada vegada que el trucava li feia un gran favor.

–Doncs aquesta setmana tinc el comiat de casat de German Giner, aquell que ens va pagar les noces fa poc més d'un any, recordes?

–Mare meua, es veia venir, ja vam dir que era un matrimoni de conveniència.

–Vaja si ho vam dir –va comentar Jesús–. I no et pensis que tinc gaire més, un bateig i un altre casament per al trenta-u. Per a aquesta última crec que sí que em faràs falta, aquesta sí que és Premium.

–Doncs em ve genial a final de mes, així m'ajudes amb el lloguer.

En això va arribar un cambrer amb els dos plats de menjar. Quina bona pinta tenien. Jesús va tirar el cigarret a terra, el va xafar per apagar-lo, va mirar Lluís i, amb un gest de cap, li va fer senyal perquè menjaren.

Després d'això, la nit havia acabat, el casament també i només li quedava retirar- se a descansar fins a la setmana següent. Però el gruix del treball de Jesús, malgrat el que poguera semblar, no es feia de cara al públic, sinó al seu estudi de fotografia, on ell mateix revelava les fotos, feia les composicions dels àlbums i fins i tot tenia el detall de muntar un vídeo amb les millors fotos del casament.

Però tot això ningú no ho veia. I damunt als nuvis sempre els semblava molt lent quan deia que trigava uns quatre mesos a lliurar l'àlbum. Doncs sort que no havien triat el “Pack Premium”! Perquè si dos mesos després del casament, encara havien de quedar per fer una última sessió de fotos per la postboda, el temps es prolongava fins a uns sis mesos.

Sense ànim d'allargar-nos en aquesta història, cal dir que Raquel i Nicolau van tenir una grata experiència amb el nostre protagonista. Ni una queixa i ni un però. Van gaudir d'un preciós viatge de nuvis a la Riviera Maya, van tornar i esperar la trucada de Jesús mentre seguien amb les seues vides, treballant i gaudint del seu temps junts.


Postboda (“Pack Premium”)

 

 

Després d'una trucada, quatre mesos després, la parella va anar a recollir l'àlbum de fotos i, malgrat les crítiques que sempre passaven per la ment de Jesús sobre el fictici, superficial i banal dels casaments, van acabar molt contents amb el record que unes simples fotos els oferien per a la resta de la vida.

Captures de moments que no havien pogut viure amb plenitud per l'eufòria i l'emoció de l'acte. Ànimes que s'aturaven davant d'aquella lent i que s'immortalitzaven per sempre. Per a Raquel i Nicolau, allò era preciós i els embriagava de felicitat. No tenia preu.

Per a Jesús, mil cent euros i un reguitzell de crítiques i moments buits. Al cap i a la fi… la vida no era més que la suma dels dos punts de vista