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viernes, 31 de julio de 2026

XXXI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "Real Villa de Guardamar del Segura", 2026

 MODALIDAD: Relatos de igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres


GUANYADOR: Carlos Fernández Salinas

TÍTULO: El mar desde una nube aislada


Carlos Fernández Salinas, natural de Gijón, compagina desde hace años su profesión como marino y especialista en seguridad marítima con una sólida trayectoria literaria. Ambas facetas se entrelazan de forma natural en una obra muy vinculada al mar, a sus historias y a las vivencias humanas que lo rodean. Comenzó a escribir relatos en 2004, inspirado por una historia real que le contó un compañero de Salvamento Marítimo y con la que obtuvo su primer premio literario. Desde entonces, ha cosechado más de cuarenta galardones en certámenes de narrativa breve de toda España, además de numerosos reconocimientos como finalista y accésit. Gran amante del relato corto y admirador de Jorge Luis Borges, ha publicado el libro de cuentos Lo que la mar esconde y las novelas Los marinos prudentes leen las olas entre paréntesis y La estrella de sal. Su escritura, constante y cercana, bebe de las experiencias vividas en el mundo marítimo, convirtiendo la mar en uno de los grandes escenarios de su narrativa.

EL MAR 
DESDE UNA NUBE AISLADA
Carlos Fernández Salinas

El sol supera las paredes del valle, avivando los tejados. Las barbas de unas nubes emborronan el cielo por levante, el resto es azul, sin tacha. A ras de la lámina de agua, los graznidos de las gaviotas se superponen a los sonidos propios del astillero, una eufonía difícil de describir con un lenguaje de por sí hostil a la onomatopeya. «Se levantará viento al mediodía» calcula María al tiempo que arranca el motor de la lancha, lo que provoca un estruendo que espabila al perro que dormita en la caseta del patrón. Por el pantalán un marinero camina displicente para liberar las amarras de las cornamusas. Viste unas bermudas que en realidad son unos viejos pantalones vaqueros a los que se les han arrancado las perneras. El marinero es de la edad de María, empero se comporta como un adolescente descreído. «Le he dicho mil vecesque no se ponga chanclas para el trabajo y él como si oyera llover», se lamenta María a la par que comprueba los manómetros y demás artilugios que indican el estado de la embarcación. El marinero salta a la cubierta y de un gesto rápido le hace ver que están libres del atraque. María da marcha atrás y la lancha comienza a alejarse del pantalán, con la intención de revirar cuando se encuentre libre de las demás embarcaciones que amarran en la dársena.

Mientras María maneja las cabillas del timón, alineándose con la ría, el marinero prepara las cestas y los bicheros dispersos por cubierta. Lleva un cigarrillo colgado del labio del que milagrosamente no se desprende la ceniza. El astillero, con sus sincopados golpes de martillos y taladros, queda atrás. Un jubilado que recorre el paseo paralelo a la ría, los mira con curiosidad, como queriendo adivinar de qué embarcación se trata. Las olas, traviesas, se arremolinan en la barra, de ahí que María les exija un mayor esfuerzo a las bielas del motor. Una vez superada la bocana, el mar se abre a sus ojos como si lo estuviera observando desde un noveno piso. María cae a estribor y pone el piloto automático rumbo al Este. Luego, sale a cubierta a ayudar al marinero a preparar los utensilios de limpieza. Este ni siquiera la mira. No hay conversación entre ambos ni gestos de complicidad.

La mujer deja pasar los minutos que faltan para llegar a la playa improvisando un ballestrinque en un cabo deshilado. Entretanto, el marinero contesta los mensajes de su móvil. A María se le hace difícil imaginar que alguien quiera intercambiar vivencias con ese chisgarabís. Al momento se desprecia por verse atrapada en pensamientos vulgares, propios de resentidos. Bien sabe que esta forma de razonar tiene el potencial de convertir su cerebro en un mar proceloso de olas desbocadas. «¡Qué fácil es culpar a los demás de nuestras frustraciones!», se reprocha María, quien se siente una persona incapaz de empatizar con la gente. Tampoco se ve atractiva, siquiera interesante. Enjuta y discreta, viste con ropas sintéticas de corte deportivo que bien le podrían servir para caminar por el monte. El pelo bermejo lo lleva recogido en una sempiterna cola de caballo, nada de maquillaje ni concesiones a la estética. ¡Si al menos pudiera borrar de su rostro ese rictus de severidad que le endurece las facciones!

María trabaja en una lancha que en verano retira la basura que flota en las inmediaciones de las playas: envases, bolsas de plástico y otros derelictos. Su contrato dura cuatro meses, el resto del año sobrevive sirviendo copas, de reponedora en hipermercados o cuidando a ancianos. Precisamente este ha sido su último trabajo antes de que comenzara la temporada estival. Los ecos del episodio aún resuenan en su confuso corazón. ¡Todo fue tan extraño! Contactaron con ella una tarde para que se presentara a primera hora de la mañana. La vivienda era un piso de techos altos con un olor recalcitrante a mueble antiguo. La mujer que vivía con su anciano padre, antes de irse a trabajar le repitió los detalles que le había adelantado por teléfono: persona con la cabeza ida, huraño de carácter, corto de vista y de movimientos, lo tendría que sacar a pasear en silla de ruedas. María aguardó en el salón a que el anciano se despertara. A la media hora sonó una campanilla.El anciano estaba sentado en un borde de la cama, con la camisola del pijama abierta. De la pechera de la camiseta interior asomaba una pelambrera cenicienta. El hombre la miró desconcertado, pero al momento volvió a dirigir sus ojos a un punto indefinido. En ese lapso, María no movió un solo músculo, como si le faltara el aire. Acababa de reconocer unos ojos que en su día habían sido de un verde inusual y ahora lucían apagados y vidriosos, los ojos del hijo de puta que le arruinó la vida.

La lancha avanza a la velocidad de un caracol. María y el marinero han extendido los tangones con las redes y comienzan a recoger la basura que flota en el agua. Desde su posición apenas divisan usuarios en la playa. Un par de cometas festonean el cielo con sus colas de colores. A esas horas el sol es una realidad de un amarillo nítido y un tamaño manejable.En contraste, los recuerdos de la mujer no son luminosos, sino una esquirla de luz en un sótano en ruinas.

Desbordada por la situación, María se limitó a poner al anciano un batín y conducirlo a la cocina para darle el desayuno. Sin articular palabra, le suministró las dosis de pastillas anotadas en un papel que colgaba del frigorífico. Era como si le estuvieran gastando una broma macabra. Había conocido esa sombra de hombre cuando ella tenía catorce años. Por entonces su vida era idéntica a la que llevaba cualquiera de sus amigas: escasez de silencios y exceso de risas inopinadas. Sus padres, pertenecientes a esa reducida clase media que ama la cultura, la habían animado a que aprendiese a tocar el piano. Desde los seis años María les dio ese placer, aprobando brillantemente los exámenes hasta que llegó al grado donde se le exigía superar una prueba acompañada de un violín. Para preparar el examen sus padres contrataron los servicios de un violinista que se anunciaba en el tablón del conservatorio, uno de tantos músicos que completaban su modesto salario en la orquesta filarmónica provincial dando clases particulares. El hombre se ganó a los padres asegurándoles que el sentimiento con el que tocaba María suplía con creces las carencias técnicas propias de la edad, las cuales podían ser corregidas con la debida paciencia. No pudieron escuchar mayor halago. El que su hija dominara un instrumento al que en su día ellos no tuvieron acceso, compensaba el esfuerzo que suponía que un violinista profesional acudiera dos veces por semana al hogar familiar. Si bien con los padres él se mostraba encantador, con María era parco y exigente, lo cual la amedrentaba. Por muchas horas que practicara, nunca obtenía un visaje de aprobación.

En cierta ocasión, el violinista invitó a la familia a un concierto que iba a dar en la fundación de una caja de ahorros acompañado de un segundo violín y de un chelo. Por motivos de trabajo los padres no podían asistir, pero animaron a la niña a que lo hiciera. La sala estaba a medio aforo y el concierto resultó intrascendente. Al finalizar, María esperó a que su profesor, vestido con un esmoquin deslustrado, se despidiera de los asistentes para darle un obsequio que sus padres le habían comprado a modo de disculpa por su ausencia. El hombre, henchido como un pavo real, no quiso abrirlo en la sala y la llevó a su improvisado camerino de donde los otros dos músicos salían raudos para no perder un autobús. Tras cerrar la puerta, la agarró con fuerza del brazo y la postró de espaldas sobre un pupitre donde la violó sin preámbulos. Sucedió tan rápido que María no fue consciente hasta que él le tuvo que subir apresuradamente las bragas al escuchar que otras personas llamaban al camerino para saludarlo. María regresó a casa procurando que el rimero de semen y sangre que recorría sus muslos pasara desapercibido.

La lancha se mece entre las olas con la precisión de un metrónomo perezoso. Sin un propósito concreto, el perro camina por cubierta con las patas bien abiertas para no resbalar. Según el sol alcanza su cénit, comienza a levantarse una tenue brisa del NE’. Complacida, la piel del mar se deja acariciar por las manos del viento. El marinero ha sacado un bocadillo y una lata de cerveza. María no tiene hambre. Nunca la tiene.

Abierta la veda, el hombre de modales exquisitos y alma de cerdo siguió abusando de la niña, ahora en la propia casa de María aprovechando las ausencias de unos padres que, ciegos, le preguntaban cuándo habría un nuevo concierto al que ellos pudieran asistir. En aquel escenario insólito e inesperado, la niña no supo reaccionar. Solo empezó a tomar conciencia del verdadero alcance de la ignominia al escuchar a sus amigas relatar lo que le había sucedido a tal o cual conocida. En cualquier caso, María se guardó todo para sí. Al tiempo se volvió arisca y comenzó a descuidar sus estudios. Una tarde que tenía clase con el violinista, no se presentó en casa, regresando a las tantas, borracha y desafiante. Los conflictos que nunca había tenido con sus padres ahora estaban a la orden del día. Para disgusto de estos, abandonó el piano. Mientras estudiaba la carrera que nunca terminó, buscaba trabajos ocasionales y en cuanto tuvo la oportunidad se fue de casa. Nunca mantuvo una relación que le durara más de unas semanas, pues no había jabón capaz de desprenderle la costra de ponzoña que llevaba adherida a la piel.

Y de pronto resulta que la vida, burlona, va y le devuelve a ese ser repugnante para que se tomase venganza. Bastaría con equivocarse en la dosis de una de las innumerables pastillas que él, confiado, engullía de su mano. Estaba tan ido que no la había reconocido. Pero ¿cómo podía estar segura de que era él? En la casa no había rastro de su carrera musical, como fotos ejecutando una pieza o con otros músicos, diplomas o placas de reconocimiento. Su hija tampoco le había mencionado a qué se había dedicado su padre, como si aquel pasado, lejano e intangible, ya no fuera relevante.

Una mañana lluviosa en la que no podía sacarlo a pasear, mientras el anciano vegetaba en su sillón, a María, aburrida, le dio por buscar en su móvil el dúo para violín y piano Opus 24 de Fauré. De súbito había recordado que era una de las piezas que los dos habían ensayado hasta la extenuación. En esos momentos el anciano permanecía con los ojos fijos en un punto indefinido de la pared. María puso el altavoz de su móvil al tiempo que se sentaba en un brazo del sillón. Según la música llegó a los oídos del anciano, este empezó a sacudir su cuerpo a la par que emitía gemidos guturales. Angustiado, intentó levantarse del asiento, mirando con ojos suplicantes a María para que apagara el móvil. Lejos de complacerle, ella subió el volumen. Tras agotarse en una secuencia de movimientos descoordinados, el hombre se dejó caer sobre el sillón, y al poco volvió a mirar a la pared, inane. María se percató de que las lágrimas recorrían los pómulos del anciano al compás del dueto de Fauré.

En lontananza, el mar y el cielo se unen por un cordón de soldadura al que llamamos horizonte. Hoy el piélago es de un azul cobalto conmovedor. El esplendor de las aguas milenarias hace sentirse al navegante débil e insignificante. «Aún queda para que el NE’ se desboque», calcula María. Sin previo aviso, pone un rumbo que los aleja de la costa. Desde la cubierta el marinero mira inquisitivo hacia la caseta del patrón, sin que ella le dé explicaciones.

La constatación de que el anciano era su némesis, despertó en María un hado de crueldad en ella desconocido. En cuanto tenía ocasión, le ponía el dueto de Fauré. Disfrutaba viendo cómo él se revolvía ansioso, hasta que, exhausto, volvía a su estado de postración con las lágrimas recorriendo sus mejillas. Pasaron las semanas. Por algún motivo arcano, tal vez por hastío, tal vez por un sincero examen de conciencia, María interpretó que la crueldad gratuita no le llevaba a ninguna parte. Aunque aún faltaba un mes para la campaña de verano, mintió a la hija del anciano diciéndole que la habían llamado del servicio de limpieza de playas, y que, por tanto, tenía que dejarlo. A pesar de los ruegos de la hija, que incluso le ofreció asegurarla y una subida de salario sustanciosa, María se despidió.

Hace unos días, tras finalizar su jornada en la lancha, recibió una inesperada llamada de la hija del anciano. «Quizás te interese saber que mi padre ha fallecido», le informó con voz emocionada. También le comentó que, ante la inminencia del desenlace, y a pesar de su estado calamitoso, su padre fue capaz de pedirle que le entregara a su antigua cuidadora un objeto que en su día para él fue muy valioso.

A una milla de la costa, lejos de ojos curiosos, María detiene el motor y sale a cubierta asiendo un estuche. El marinero sigue sin entender. La mujer coge unos pequeños contrapesos de hierro que usan para mantener firmes las redes con las que recogen la basura. Cuando abre el estuche, el barniz de un violín vetusto refulge al sol. El marinero observa cómo María introduce los contrapesos en el estuche. Luego lo cierra y cogiendo impulsolo arroja por la borda con la determinación de una lanzadora olímpica. Tras flotar unos instantes, el violín se hunde como un buque herido. Estupefacto, el marinero mira a María. Los dos mantienen un pulso sujetándose los ojos. De súbito, él estalla en una carcajada ruidosa y ella lo acompaña. Ríen y ríen hasta que les duele el estómago. El perro, en su inocencia, comienza a ladrar. El marinero se acerca a su mochila y saca dos cervezas. María acepta y mientras las saborean, la pareja juega despreocupada con el perro.

Llega el momento de regresar. Antes de arrancar el motor, María  sucumbe a la tentación de mirar hacia el lugar donde perdió de vista al violín. Ni rastro del estuche, como si nunca hubiera existido. María da marcha avante y pone proa a casa. La lancha regresa al puerto con una bandada de gaviotas trenzando un abanico sobre la estela. Manejando las cabillas del timón, María inhala la brisa salada al tiempo que sonríe. Sonreír es maravilloso, se repite. Quiero sonreír hasta que me duelan los labios. Nunca voy a dejar de hacerlo.

—Fin—




miércoles, 23 de agosto de 2017

XXII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2017

 XXII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA 
“REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2017

MODALIDAD: IGUALDAD DE GÉNERO

GANADOR: CARLOS FERNÁNDEZ SALINAS

Carlos Fernández Salinas, natural de Gijón, es marino y trabaja en el campo de la seguridad marítima. Ha publicado artículos relacionados con su profesión en la práctica totalidad de publicaciones del sector. Es autor del libro Los abordajes en la mar y coautor de Los servicios de tráfico marítimo


En narrativa ha resultado vencedor de treinta y dos premios literarios entre ellos el de Guardamar del Segura, premio que obtuvo en el año 2011 con el relato titulado Elisa. Es autor del libro de cuentos Lo que la mar esconde y de la novela Los marinos prudentes leen las olas entre paréntesis, editada por RBA.



AL SOCAIRE DEL VIENTO

Siempre que el viento de la sierra descuidaba sus quehaceres para descender jadeando entre las copas de los pinsapos y las herrumbres del cortijo, mi madre se despertaba con el corazón agitado. El mismo suspiro, la eterna duda: «¡Mi niña! ¿Qué será de mi niña?». Con los pies desnudos, mamá caminaba hasta la ventana y tras abrir los pesados postigos(en Grazalema ninguna hacienda tenía persianas), pegaba la nariz al frío cristal. En movimientos certeros los brazos del viento doblegaban árboles y matorrales. Ella volvía a suspirar: «¡Mi niña! ¿Qué será de ella?». Desde la cama mi padre le rogaba que volviera junto a él al lecho, que yo ya tenía edad suficiente para cuidar de mí misma. Pero ella seguía escudriñando tras el cristal en un intento desesperado por calcular el espesor de las nubes, de noche siempre lóbregas.

            Días después, cuando la distancia a tierra me permitía llamar por teléfono a casa, sus palabras derramaban angustia:

            —¿De verdad que estás bien, mi niña? Pero dime, ¿dónde te sorprendió la tormenta?

            Por enésima vez yo tenía que explicarle que el viento que hiciera en la sierra de Grazalema nada tenía que ver con el que pudiera soplaren mar abierto a cientos de millas de distancia, pero mi madre no entendía, o no quería entender, más bien esto último. Era su particular manera de recordarme que ella nunca aprobó aquella estrafalaria idea de hacerme marino.

            Un marino de la sierra de Grazalema, ¡para colmo mujer!, demasiadas novedades para una familia de ganaderos acostumbrada a vivir durante generaciones de la cordura que impone la prudencia. La gente del campo le tiene tirria a las novedades. Para ellos es tentar a la suerte, cosa de tahúres. Bastante tienen con enfrentarse a los caprichos de la naturaleza, que no son pocos. Desde que tengo uso de razón mi madre soñó con que yo fuera enfermera. En sus fantasías me veía regresando a Grazalema de brazos de un joven médico que se habría enamorado de mí nada más verme trabajando en el Hospital General de Jerez. Él viajaría hasta el pueblo para pedir solemnemente mi mano, porque mi futuro marido tenía que ser tradicional ya ser posible de buena familia, si bien esto último no era condición sine quanon. En cualquier caso celebraríamos la boda en Grazalema yo vestida de blanco y él de riguroso chaqué, como mandan los cánones. En sus quimeras mi madre no dejaba nada al azar. De ahí lo importante fuese que primero me hiciese enfermera. En cuanto tenía ocasión me dejaba entrever que ella y mi padre habían ahorrado, no sin esfuerzo, una cantidad de dinero suficiente para que yo pudiera estudiar sólo preocupándome de los exámenes. En mi inocencia yo me prestaba a ese juego, pero según pasaban los años descubrí lo poco que me gustaban los estetoscopios, las jeringas y los guantes de látex, y lo mucho que deseaba conocer el mundo oculto tras los riscos de la sierra. Paradójicamente cuanto yo más me alejaba del dispensario, más cerca veía mi madre a su hija enfermera del brazo de su gentil yerno, manojo de virtudes donde los hubiere. Bajo el panorama descrito, ¿cómo osar a dejar caer el más mínimo comentario acerca de mi verdadera vocación?

Una vez terminaban el instituto, los jóvenes de la comarca que tenían pensado seguir estudiando viajaban a Cádiz, Málaga o Sevilla a preinscribirse en aquellas facultades en que deseaban matricularse. Eso sucedía a finales de junio, tras haber superado la selectividad. Como la Escuela de Náutica de Cádiz apenas tenía solicitudes, no era necesario hacer preinscripción alguna, pero la ausencia del viaje hubiera levantado sospechas, así que le dije a mi madre que me iba a prematricular en enfermería y me acerqué a Cádiz a hacer el paripé. Regresé asegurando que lo había dejado todo atado y bien atado, pues habida cuenta de mi expediente académico no iba a tener problema alguno para entrar. La idea no era otra que matricularme en Náutica y decir en casa que estaba estudiando enfermería, al fin y al cabo las dos carreras se cursaban en la misma ciudad. Pero según se acercaba la hora de partir la conciencia me impidió continuar con la farsa. Además de injusto, aquello era una temeridad, pues cualquier joven de la comarca que estudiase en Cádiz podría hacer un comentario que tarde o temprano llegaría a oídos de mi madre. Así que senté a mis padres en el escaño y les anuncié que desechaba la idea de ser enfermera para convertirme en marino mercante. Papá se aupó de hombros, como si aquello no fuera con él, bastante tenía con preocuparse de las cuitas del ganado, pero el efecto que mis palabras causaron en mi madre fue equivalente al de una bomba de napalm. Llegó incluso a ridiculizarme:

            —¡Pero qué piensas hacer tú en un barco entre tanto hombre! ¿Realmente crees que es una profesión para una mujer respetable?

            Yo era joven y obstinada. Mi padre siempre decía que mi carácter más le recordaba a una mula del establo que a una hija suya. Aunque por motivos de protocolo familiar papá y mamá formaban un frente único e inexpugnable, obviamente él no era el problema. Centré todas mis fuerzas en el verdadero escollo y durante días mantuve un pulso titánico con mi madre. Al verme tan decidida, ella decidió cambiar de estrategia. Debió calcular que lo de hacerme marino era una fantasía de niñata y que la cordura que caracterizaba a las mujeres de mi familia acabaría imponiéndose. Así que una semana antes de que finalizara el periodo de matrícula, en una de mis arremetidas me dijo que hiciera lo que me viniera en gana, dando por zanjada la contienda. No obstante, más que a un armisticio, aquello dio comienzo a una guerra fría. Cierto que durante los años que estudié la carrera puntualmente me giraron dinero suficiente para que estudiase con dignidad, y que cuando subía a Grazalema me recibían con la alegría propia de unos padres que quieren a su hija por encima de todas las cosas. Ahora bien, jamás me preguntaron cómo iba en los estudios o qué perspectivas de futuro se me presentaban. Jamás. Aquello era tema tabú. Tal vez mamá seguía aguardando a que en unas vacaciones yo llegara a casa y le comunicara que me rendía a la evidencia y que el curso siguiente me matricularía en enfermería. Pero para su pesar aprobé año tras año, y aunque peque de inmodestia, en Navegación, Teoría del Buque y Maniobra, obtuve las máximas calificaciones de mi promoción.

            Y llegó la hora de mi primer embarque como oficial en prácticas, lo que en los buques mercantes se denomina “alumno de puente”. Encontré plaza en un buque quimiquero llamado el “Patricia del Mar”. A bordo era la primera vez que enrolaban a una mujer, y como había otro alumno, con el que teóricamente me correspondía compartir camarote, en una decisión sin precedentes me cedieron el camarote del armador. El camarote era muy espacioso, casi tanto como el del capitán, y como el dueño del barco nunca había pernoctado en el “Patricia del Mar”, el mobiliario estaba a estrenar. Yo temía que tal prebenda a la larga jugara en mi contra, que la envidia es una planta venenosa que florece en el corazón de las personas, así que me esforcé en estar al nivel de las circunstancias, y he de confesar que no fue fácil, pues en la carrera nos habían preparado para todo salvo para lo más importante: cómo convivir en un espacio tan reducido, porque en un barco, te caigan mal o bien, te encuentras por los pasillos con tus compañeros de trabajo las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Cualquier mínimo roce, por nimio que éste sea, se magnifica hasta los límites del absurdo. Si tras una desavenencia entre tripulantes se formaban dos bandos, o estabas con unos o con los otros, la famosa equidistancia aristotélica brillaba por su ausencia.

Uno de los aspectos inherentes a la vida a bordo era la división jerarquizada del trabajo. Por una parte estaban los oficiales, grupo al que yo pertenecía en su rango inferior. Nuestros camarotes se ubicaban en las partes altas del buque, y comíamos en una cámara aparte, con el capitán. Los subalternos se alojaban en los camarotes bajos, y tenían su propia cámara, donde reinaba un ambiente festivo y jovial que a mí me llamaba poderosamente la atención, por lo que me dejé caer por ahí en más de una ocasión. Los oficiales me resaltaban la importancia de mantener las distancias con la marinería. Ya ven cómo le puede sonar esto a una chica de poco más de veinte años, así que poca atención le presté a lo que para mí era un rancio consejo. Una tarde que navegábamos a la altura de Las Sisargas, el capitán me llevó a un aparte.

—Al que ostenta el mando no se le respeta por sus cualidades personales, sino por el cargo que representa. Sé que esto te será difícil de entender, pero más vale una mediocre decisión tomada a tiempo por un incompetente, que cinco brillantes soluciones flotando en el aire en espera de un consenso. El mar es rápido y violento, además de impaciente. Quien ha de obedecerte en una situación de peligro, antes que a un amigo, debe ver los galones que luces en las hombreras.

Las prácticas para la obtención del título profesional duraban un año. Yo las hice en tres tandas, entre las cuales regresaba a Grazalema. Como era de esperar allí mis padres me esperaban con los brazos abiertos, no obstante, nunca me preguntaban nada sobre mis viajes. Por contra, los vecinos del pueblo sí que querían saber sobre peripecias marinas, pues de todos los jóvenes de la sierra yo había escogido la profesión más exótica. Era muy frustrante hablar con todos sobre mis aventuras por los mares, y llegar a casa y no poder pronunciar palabra. A veces forzaba la situación y bajo la más banal de las disculpas les empezaba a contar a mis padres mi vida a bordo. Entonces de repente a mi madre le surgía algo urgente que hacer en otra habitación y mi padre (por no contrariar a su esposa) regresaba al establo. Llevando la situación al límite, yo perseguía a mi madre por los pasillos y mientras ella se ponía a limpiar un mueble o hacía que buscaba cualquier utensilio, le recitaba los puertos que había visitado, anécdotas hilarantes de los tripulantes, los menús del cocinero… Había que vernos a los dos. Una hablando como una metralleta y otra haciendo como si no escuchaba. Tal que así, que cuando yo la llamaba desde el barco sólo había un tema náutico sobre el que ella estuviera dispuesta a hablar: el viento y la fuerza con la que nos acometía.

La compañía armadora donde hice las prácticas me contrató al final de las mismas. El escalafón establece que empieces de tercer oficial, si bien al cabo de dos campañas ascendí a segundo. Las cosas me iban viento en popa, valga la redundancia. Tenía dinero en el bolsillo y un trabajo que me apasionaba. Cierto que un nombre femenino destacaba en la lista de tripulantes con luces de neón, si bien he de puntualizar que a veces no era la única mujer a bordo. Me explico: de aquélla era frecuente que las esposas de los marinos los acompañasen en sus viajes por un espacio de una o dos semanas, a veces más. La reacción de éstas al verme desempeñando un cargo hasta entonces reservado a sus maridos era dispar. Tras la sorpresa inicial la mayoría me animaba a seguir en el empeño, pero también sé que algunas lo reprobaban para sus adentros. Es triste reconocerlo, pero muchas de las miradas desalentadoras que percibí, pertenecían a ojos de mujer.

Otras de las ocasiones en las que los familiares pernoctaban a bordo era cuando el barco tocaba puerto español. Había escalas que sólo duraban unas horas, pero para ellos el esfuerzo merecía la pena. Mis padres nunca vinieron a visitarme mientras estuve embarcada, y eso que hice varias entradas en Algeciras y Málaga, que quedaban relativamente cerca de Grazalema. El ver cómo los familiares de mis compañeros subían por la escala con la ilusión prendida en sus rostros me hacía sentirme terriblemente sola.

Al cabo de un tiempo la compañía armadora compró un buque de segunda mano y me ofreció que yo fuera la primer oficial. El vértigo me atenazó durante días. Aquello eran palabras mayores. El primer oficial es el alma de un barco. Es él quien organiza el día a día. Los trabajos, la limpieza, el arranche de las bodegas. Demasiada responsabilidad para una joven que no había cumplido los treinta. Hablé por teléfono con el jefe de personal de la naviera, y aunque le agradecí la deferencia que había tenido conmigo, le comuniqué mi negativa a asumir el cargo. Su respuesta estuvo exenta de cualquier atisbo de cariño.

—Llevas cinco años con nosotros. Muchos hombres han ascendido en menos tiempo. ¿Pretendes decirme que he de ser más paciente con vosotras?

Acepté pero no por mí, sino por las miles de mujeres que luchan cada día por abrirse un hueco. De esta manera tan pusilánime me hice primer oficial de un buque portacontenedores. El trabajo era exigente hasta la extenuación. Las guardias me rompían el sueño y los imprevistos aún más. Los contenedores se cargan y descargan muy deprisa. En puerto apenas estábamos un día, a veces media jornada, y los festivos en que las terminales no trabajaban, la compañía se las arreglaba para que el buque se mantuviese navegando. Profesionalmente crecí muchísimo, tanto que al cabo de año y medio la empresa me ofreció ser capitán de ese mismo barco. En esta ocasión no le di al jefe de personal la oportunidad de humillarme.

El nombramiento de una mujer capitana supuso una auténtica revolución, no sólo en mi barco. Cuando arribábamos a puerto, algunos periódicos locales querían hacerme entrevistas, a las que siempre me negué. Ningún periodista supo refutar mi argumento:

—En este puerto entran cada semana decenas de barcos mandados por hombres y nunca les hacéis un reportaje. Sólo se consigue verdadera igualdad cuando se deja de ser noticia.

Me es muy difícil describir qué se siente cuando se es capitán de un navío. Tú tomas en solitario las decisiones pero cualquier error condena a toda la tripulación. Y lo más llamativo es que un capitán no puede dudar. Mejor dicho, nadie debe verte dudar. Todo lo tienes que hacer como si estuvieras plenamente segura de lo que te traes entre manos. Da igual el asunto del que se trate. Eres una suerte de oráculo. No puedes siquiera consultar a quien tienes a tu lado, pues esa mínima consulta se interpreta como un síntoma de debilidad. Cuántas veces me acordé de aquel sabio consejo que en su día me dio el capitán del “Patricia del Mar”, lo que él denominó la soledad del mando. Los tripulantes se deshacen en atenciones, te adulan, se ríen de tus chistes sosos, pero apreciarte, lo que se dice apreciarte, uno o dos a lo sumo.

Fue durante mi primer embarque como capitán cuando recibí la noticia de la enfermedad de mi madre. Yo sabía que andaba con sus achaques, pero no que la situación fuese grave. Mi padre me puso un escueto telegrama en el que me pedía que le llamara lo antes posible. Lo hice en cuanto el barco estuvo a una distancia de tierra que permitía mantener una conversación. Papá me confesó que no me había dicho el verdadero alcance de la enfermedad porque poco iba a poder hacer yo en la distancia sino preocuparme. Desgraciadamente, la situación que en principio se creía estable, de repente se complicó hasta el punto de que la habían internado. «Tienes que venir», terminó diciendo y yo sabía que papá nunca hubiera pronunciado esas palabras de no haber sido absolutamente necesarias.

Desembarqué en Las Palmas donde tomé un avión para Jerez. Nada más aterrizar le rogué a un taxista que se dirigiera a toda prisa al Hospital General. En el puesto de enfermeras de la 8ª planta pregunté en qué habitación se encontraba mi madre. Me atendió una chica que tendría más o menos mi edad. Inevitablemente pensé que aquella enfermera bien podía haber sido yo, y que de ser así, mi madre hubiese sido la mujer más feliz del mundo. Me entraron unas ganas irreprimibles de llorar. Cuando balbuceando le apunté el nombre de la paciente, la enfermera elevó el rostro con expresión de sorpresa:

—¡No me lo puedo creer! —La joven se giró hacia la compañera que estaba sentada en el puesto contiguo—. ¡Mira quién tenemos aquí, la hija de Remedios!

—¿La capitana? —Las dos se levantaron y tras darme un beso se ofrecieron a acompañarme hasta la habitación.

—Qué ganas teníamos de conocerte. Tú madre no deja de hablarnos de ti. No veas lo orgullosa que está de su hija, “la capitana”.

Yo no daba crédito. Las enfermeras llamaron la atención a un médico que caminaba presuroso por el pasillo. Cuando le informaron que yo era la hija de Remedios, el hombre se detuvo en seco.

—Podría recitarte de memoria los barcos en los que has estado. ¿Cómo se llamaba aquel capitán que te daba consejos ¿don Guillermo? Gracias a tu madre aquí eres toda una celebridad. —El médico terminó la frase con un halo de tristeza en sus ojos que yo supe interpretar.

Entré en la habitación trastabillando. Mi padre estaba en la cabecera, acariciando el rostro de mi madre, consumido y pálido. Cuando me acerqué para besarla, mamá tuvo fuerzas para abrir los ojos:

—Ayer estuvo soplando mucho viento… mucho, mi niña. Retumbaban los ventanales. Tuviste que oírlo…

Entonces lo entendí todo. Mi madre siempre había tenido razón: allá donde yo estuviese por fuerza soplaría el mismo viento que ella tenía a su alrededor, porque en realidad yo no navegaba en mar abierto a cientos de millas de distancia, sino junto a ella, en un lugar privilegiado de su corazón. Al socaire del viento, madre, al socaire.

—Fin—

miércoles, 24 de agosto de 2011

XVI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2011

MODALIDAD: IGUALDAD DE GÉNERO


GANADOR: CARLOS FERNÁNDEZ SALINAS

TÍTULO: ELISA

"Me llamo Carlos Fernández Salinas, natural de Gijón, la ciudad huérfana del sol. Soy hijo, nieto, sobrino y ahijado de marinos. Bajo este panorama estudié náutica y navegué hasta que cumplí treinta y dos años. Actualmente me muevo entre el mundo de la seguridad marítima y el de la narrativa. Soy el autor del libro "Los abordajes en la mar", y además he publicado más de treinta monográficos de seguridad, que han aparecido en prácticamente la totalidad de las revistas del sector, incluido el Journal of Navigation de Cambridge University Press. Escribo narrativa desde el año 2004, y en este tiempo he conseguido unos setenta reconocimientos literarios, dieciséis de ellos primeros premios, entre los que destacan el Ciudad de Torremolinos (2004), el Ciudad de Arévalo (2008), el Marco Fabio Quintiliano (2009), o el Cuentos de Guardo (2010)."



ELISA

por Carlos Fernández Salinas


Madre e hija permanecen distantes en los pasillos del juzgado. Sus ojos se evitan. La madre está en la medianía de los cuarenta mientras que la hija no es más que una adolescente vestida con el uniforme del colegio. Su alborotada melena sigue siendo de niña y los calcetines que le aprietan las pantorrillas acentúan ese aire infantil. Al escuchar el nombre de la muchacha, su madre la obliga a entrar en un despacho. Informes y carpetas colman anaqueles, se esparcen por las mesas y surgen del suelo igual que plantas trepadoras. Desde su sillón, la jueza intenta ser amable:

—Disculpen el desorden, estamos de traslado. Pero, por favor, siéntense. Debajo de esos expedientes se supone que hay dos butacas.

            La adolescente no hace ademán por moverse. Mantiene la cabeza gacha. Es como si se sirviera de su cabello para aislarse de un mundo del que no quiere formar parte. Su madre emite un suspiro de impotencia, y para evitar que la escena sea más violenta también permanece de pie. La jueza no insiste:

—Tenemos que esperar a que llegue la secretaria judicial. Tengo entendido que ya han hablado con ella. —En éstas se abre la puerta—. Ah, eres tú, Julia, precisamente hablábamos de ti. —La secretaria judicial enarca una ceja en una mueca que la jueza interpreta al instante. Luego le entrega un expediente—. Bueno, si te parece podemos empezar. —La jueza se dirige a un funcionario que entre las columnas de archivos pasa desapercibido—: Alberto, avísame cuando estés preparado.

            El funcionario se levanta dispuesto y se dirige a un ordenador.

            —Bueno, la secretaria judicial ya les habrá puesto al corriente. Ahora lo que vamos a hacer es tomar declaración a la chica y luego decidiremos. —La jueza se pone unas gafas de leer y mira la portada del expediente—. Elisa…, qué nombre más bonito. Siempre quise tener una hija que se llamase así, pero mi naturaleza es bastante tozuda y sólo me ha dado varones. Por cierto, uno tiene tu edad: dieciséis.

            Elisa ni se inmuta. Sigue con la melena arrebujándole el rostro. La jueza intenta no mostrarse autoritaria.

            —Bueno, soy consciente de que esto puede ser difícil, pero quiero que me lo cuentes todo, empezando desde el principio.

            Los ojos de la chica se entretienen en sus mocasines escolares. Los segundos se hacen eternos y la madre pierde los nervios.

            —Elisa, haz el favor de contestar cuando se te pregunta.

            Jueza y secretaria judicial se miran resignadas. La madre se disculpa:

            —Lo siento, lleva así desde que presentamos la denuncia. Hace un momento hizo lo mismo en el despacho de la secretaria judicial. —La madre apunta a Julia y ésta asiente con el mentón—. Si le parece oportuno yo puedo explicárselo.

            La jueza se resigna:

—Me temo que no tenemos otra alternativa.

            Antes de comenzar la madre se aclara la voz.

            —Es ese chico, Joel, que la tiene abducida. Hemos hecho todo lo posible para que se dejen de ver, pero, créanme, ha sido imposible. Para colmo él es mayor que ella.

            La secretaria interviene:

            —Diecinueve años, aquí tienes el historial del susodicho, una perla de muchacho —dice pasándole a la jueza una foto sujeta con un clip a un par de folios.

            La jueza sopesa la foto:

—Tengo que reconocer que el chico es guapito, pero desde luego que ésta debe ser su única virtud. Pequeños hurtos, peleas, destrozos de material urbano... En definitiva, unas cuantas visitas a los juzgados sin mayor trascendencia. —La jueza deja el expediente sobre la mesa y se quita las gafas—. ¿Desde cuándo son novios? Si es que se sigue llamando así.

            La madre se apresura a responder:

—No lo sabemos con exactitud. Mínimo cuatro meses. Nos enteramos cuando empezó a recogerla en moto.

            —¿Qué les hizo pensar que las cosas no eran, digamos… normales?

            —En varias ocasiones Elisa llegó con cardenales en las piernas. La disculpa siempre era la misma, que se había caído de la moto y cosas por el estilo.

            —¿Es eso cierto, Elisa?

La chica juega con una pulsera. No es atractiva, pero tampoco sus facciones son vulgares, tal vez esté un poco rellenita para la edad, una edad difícil en todos los sentidos, piensa la jueza a la sazón que la madre continúa con su relato.

—Durante este tiempo, Elisa ha cambiado por completo. Hasta entonces siempre había sido una hija cariñosa, un tanto inocente si quiere, pero obediente. —Al escuchar esto, Elisa dibuja con la boca un mohín grotesco—. Nunca había suspendido una sola asignatura, y esta última evaluación trajo tres. Ya ve, ahora que está a punto de terminar el curso. Y luego está ese lenguaje, todo lo cuestiona y le incomoda… —La madre ahora carraspea—. También empezamos a notar que nos faltaba dinero del monedero. Billetes de diez y veinte euros, una vez uno de cincuenta. En fin, eso es lo de menos. El otro día sin que ella se diera cuenta le cogimos el móvil. No piense que somos de esos padres que fiscalizan cada movimiento de sus hijos, le juro que no, simplemente estábamos preocupados, y menos mal que lo hicimos. Mire qué mensajes, por amor de Dios, dígame si esto es normal…

Según le extiende el teléfono la madre empieza a gimotear. La jueza lee los mensajes con cara de circunstancias. Al final dice:

—Ya lo hablamos el otro día la secretaria y yo, ¿verdad, Julia? Vuelven los viejos tiempos. Veo, Elisa, que tu chico no quiere que hagas nada sin él, ni siquiera que hables con tus amigas o vayas a la piscina. Y ya creo que se lo toma en serio. —La jueza se vuelve al funcionario—: Alberto, transcribe estos mensajes, haz el favor. —Ahora se dirige a la madre, y la entonación de la pregunta le hace ver que su respuesta va a ser determinante—: Bueno, dígame, ¿cuál es la gota que ha colmado el vaso?

A pesar de que la hija se resiste, la madre la obliga a levantar la cabeza al tiempo que le separa el pelo de la cara.

—¡Esto!

La jueza se remueve sobre la silla. Uno de los ojos que hasta entonces permanecía oculto bajo la melena ladeada presenta un hematoma hórrido de tonos violáceos que bordea las sienes y el arranque del pómulo. Tras unos instantes de silencio, la jueza retoma la palabra.

—Bien, que el forense la examine y nos remita el informe.

La madre se muestra confusa a la vez que inquieta.

—¿Van a hacer algo? Perdone que la ponga en duda, pero es que estoy al borde de un ataque.

—Antes de firmar una orden de alejamiento tengo la obligación de tomar declaración al muchacho. Julia, ¿sabes si la policía lo ha localizado?

—Sí, está aquí. Lo trajeron mientras ellas aguardaban en el pasillo.

En ese instante la joven abandona su letargo y comienza a chillar.

—¿Detenido? ¿Aquí? ¡Quiero verle! ¡Por favor, quiero verle!

La madre intenta sosegarla.

—Elisa, cielo, cálmate. Ese chico es un sinvergüenza. Todo esto es por tu bien.

—¿Por mi bien? ¡Tú que sabrás! Él me quiere, ¡cuándo lo vas a aceptar! Es la única persona que me entiende, y ahora resulta que lo han detenido por culpa de una de tus malditas neuras. Ya te dije que lo del ojo me lo hice en gimnasia. ¡Tómate una pastilla y déjanos tranquilos! ¡Quiero verle!

La secretaria judicial esgrime su mejor argumento:

—Ahora no eres consciente, pero te aseguro que estás de pie sobre un plano que se inclina por momentos.

Elisa se vuelve hacia la jueza y la secretaria.

—Vosotras dos os creéis muy listas. No tenéis ni idea. —La madre y el funcionario la sujetan para que la joven no se precipite sobre la mesa—.Os pensáis que vais a arreglar el mundo. ¡Pues enhorabuena! ¡Estáis haciendo de él una autentica mierda! —grita entre sollozos.

Ante el escándalo, un policía abre la puerta y con dificultad conduce a madre e hija fuera del despacho. Las dos lloran por motivos distintos, aunque en el fondo es el mismo. La jueza y la secretaria se miran impotentes. Una vez más, y ya van cientos.

*

De camino al colegio Elisa siente que las piernas le flaquean. El sol de últimos de septiembre calienta sus mejillas y le hiere los ojos, y aún así mira al frente, buscando una señal entre el laberinto de asfalto. Después de más de tres meses tiene la corazonada de que esta mañana las cosas van a ser diferentes. Su madre insistió en acompañarla, siempre lo había hecho el primer día del curso, pero por fortuna a su padre le pareció excesivo. Sin duda él está convencido de que después de todo este tiempo ya no le queda ningún rescoldo bajo el pecho.

Elisa sigue caminando. De soslayo ve su imagen reflejada en el retrovisor de una furgoneta de reparto. La tez pálida, el rostro abotargado. Ahora se arrepiente de no haber tomado el sol. Además, si hubiese nadado un poco no habría ganado peso. Pero ¿qué está diciendo? ¿Ha perdido el juicio o qué? Lo ha hecho por él, por ser fiel a su recuerdo. De ahí que cuando su madre le insistía en que bajase a la piscina, ella se negase en redondo. No podía obligarla, todo tiene un límite, incluso en sus padres.

Tal y como ellos aspiraban había aprobado en junio (en el fondo sospechaba que habían hablado con las monjas para que éstas fueran indulgentes). Luego, ella y su madre se subieron a un autobús y en él recorrieron los quinientos kilómetros que les separaban del apartamento de un familiar cercano. Le quitaron el teléfono a la vez que le prohibieron el ordenador, no fuera a chatear o enviarle mensajes. ¿Así pretendían que se olvidase de Joel, el único chico que se ha interesado por ella, que la ha hecho sentirse distinta, especial, protagonista de una historia irrepetible, su propia historia? ¡Pero qué ingenuos! ¿Acaso puede un dedo olvidarse de su falange? De acuerdo que él la había separado de sus amigas pero si lo hizo fue porque desea que nadie le arrebate ni un segundo de su compañía. Y ella es quien despierta esa pasión. Joel, el chico más guapo y atrevido que ninguna joven haya conocido. Cuando se enteraron sus amigas no daban crédito, alguna le vino con cuentos. ¡Envidiosas! Joel, el chico de la moto y de las camisetas ajustadas, simpático y extrovertido, siempre tomándole el pelo. ¿Cómo está mi gordita? ¿Has pensado en mí, mofletitos? ¡Cómo no voy a pensar en ti, mi amor! Mañana, tarde, noche, mi mente no tiene otro pensamiento. Lo eres todo, sol y luna, mar y tierra, y que sepas que sólo tienes que proponérmelo para que renuncie a todo. Por ti, para ti, los dos seremos uno, hasta el final.

            Elisa emboca la avenida que la conduce al portón del colegio. Empieza a encontrarse con otras estudiantes que caminan desinhibidas. Algunas la saludan pero los ojos de Elisa sólo tienen un objetivo. De pronto el aire ya no es aire sino un bloque de acero. A lo lejos, una moto se dirige de vuelta encontrada justo en su dirección. Está a varias manzanas pero conoce el sonido de ese motor, la figura resuelta que maneja el manillar. El corazón de Elisa palpita fuerte. ¡Tres meses! ¡Qué pronto se dicen pero cuánto se sufren!

Inexplicablemente un recuerdo amargo se abre paso y se interpone a su dicha, uno que hubiera preferido obviar pero que ha regresado indeleble para torturarla. Ocurrió durante una tarde de ese nefasto verano. Hacía mucho calor, ella estaba hastiada y con la moral por los suelos, pues en el fondo esperaba que Joel se hiciera a la carretera en su moto para recorrer esos funestos quinientos kilómetros. Muchas noches se levantaba y corría a la ventana pues creía oír a Joel llamándola desde los setos del jardín. Pero los días pasaban y Joel no daba señales de vida, por lo que vencida, acabó cediendo y bajó a la piscina. Después de darse un baño se tumbó en una hamaca. No llevaba quince minutos cuando comenzó a llorar desconsoladamente. Las lágrimas recorrían sus pómulos sin ambages, hasta el punto de que tuvo que regresar apresuradamente al apartamento. Había roto la promesa. Y ahora, si él le pregunta, ¿qué le va a responder? Ella ni puede ni quiere mentirle, tiene que decirle la verdad y ésta no es otra que le ha fallado. Como tantas otras veces, por hablar con quien no debe, por decir cosas inoportunas, por comportarse como no corresponde a la chica de un muchacho como Joel. Por eso él está en su derecho de castigarla, pues ella tiene que aprender de una vez por todas cuál es el lugar que le pertenece por el mero hecho de que él la haya elegido.

            Elisa está llegando. La moto se detiene justo en el portón. Es Joel. No lleva casco, según él sólo lo usan los cobardes. Elisa camina despacio pero decidida, sabe que las monjas la estarán observando, pero le trae sin cuidado. De un solo beso le va dejar los labios tatuados.

            A menos de cinco metros Elisa se percata de que en la parte de atrás de la moto hay otra persona. ¡Dios Mío! Es Marta Zulaica, la chica más popular del colegio. Elisa no sabe qué hacer, quiere detenerse, volver sobre sus pasos, echar a correr, pero sus piernas no la obedecen y sigue caminando como un muñeco mecánico. Agacha la cabeza, es lo único que se le ocurre, mirar cómo sus piernas aparecen y desaparecen por debajo de la falda. Marta Zulaica, una joven rubia, de ojos verdes, alta y esbelta, un ángel caído del cielo. ¡Qué puede hacer ella ante una rival así! Es ridículo siquiera planteárselo. Nunca podrá estar a la altura de una venus que se ha escapado de su cuadro.

            Elisa está justo en el portón. Escucha cómo la moto arranca y se aleja. Sigue con la mirada al suelo pero tiene que elevarla para no tropezar con sus compañeras. Al hacerlo se encuentra hombro con hombro con Marta Zulaica. La figura mayestática de su rival la ensombrece. Ésta no la saluda, como si sintiera vergüenza por lo que le ha hecho. Elisa está a punto de decirle que un león nunca se disculpa ante el piojo que aplasta, pero calla. Al atravesar el portón, otra alumna que camina descuidada empuja sin querer a Marta Zulaica, tirándole las gafas de sol al pavimento. En un gesto instintivo, Elisa se agacha para recogérselas y justo en ese momento las dos quedan de cuclillas frente a frente. Elisa se queda sin habla. Acaba de descubrir que en realidad ambas están en un mismo plano, y que, sin embargo, preferiría no estarlo, que ninguna de las dos lo estuviera, que ese plano ni siquiera existiera. Rápidamente Marta Zulaica se vuelve a poner las gafas de sol, ocultando el hematoma violáceo que subraya la inocencia de su mirada.

 

—Fin—