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martes, 23 de agosto de 2022

XXVII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR DEL SEGURA”, 2022

MODALIDAD: 

RELATO EN CASTELLANO


GANADOR: FERNANDO MOLERO CAMPOS

TÍTULO: A QUIENES ME HABITAN

Fernando Molero Campos nace en Fernán Núñez en 1965 (Córdoba). Es Diplomado en Magisterio, Licenciado en Humanidades y Máster en Cinematografía por la Universidad de Córdoba.

Como escritor ha publicado en solitario once libros entre los que vamos a destacar dos de sus títulos: En la playa y ¿Quién se esconde detrás de Nosferatu?

Ha ganado o quedado finalista en más de 90 concursos literarios. Durante 10 años ejerció como crítico de cine en el Diario Córdoba. Desde hace 20 años dirige y presenta un programa de divulgación cinematográfica en Onda Marina Radio, la emisora municipal de Fernán Núñez, llamado El cine de Mr. Arkadin.

Es Co-coordinador de los Encuentros con el cine en el IES “Luis de Góngora” desde el año 2010 hasta el año 2018 y ha resultado finalista a los Premios de la Crítica de Andalucía 2020 en la modalidad de relato.


A QUIENES ME HABITAN

Fernando Molero Campos


Yo no he venido a este mundo a habitar las casas, sino a ser habitado por ellas. Por quienes viven en ellas antes que yo y ceden su huella indeleble en el rastro que los humanos vamos dejando allá por donde pasamos. El mundo real me es ajeno. Demasiadas complicaciones, señales que no alcanzo a interpretar, ese caos en el que algunos se refocilan como gorrinos en el lodo. Prefiero transitar por la frontera, ser ese ser invisible cuyos ropajes, siempre tan distintos, lo hacen inclasificable. Quiero descubrir los secretos que nos hacen únicos, vivir a través de los demás. Los espacios pequeños cargados de recuerdos ajenos son mi hábitat natural. Tal vez padezca esa enfermedad moderna que los expertos llaman agorafobia. O que solo sean síntomas de mi propensión a la curiosidad y de mi necesidad de conocimiento. Jamás entro en una casa que no esté completamente amueblada, cuyos anteriores dueños no hayan dejado allí sus cosas como si fueran pistas o piezas del museo de sus inconfundibles intrahistorias familiares.

            He encontrado un bonito y luminoso piso en el centro de la ciudad. Todavía pueden olerse en él los aromas de sus pasados moradores. Algo mágico flota en el ambiente. El corazón me da un vuelco porque sé que en cada esquina hallaré mil y un motivos para quedarme bastante más tiempo de lo que en mí es habitual. Todo es perfecto, igual que un decorado presto para ser recorrido, vivido, examinado, investigado a fondo, sin prisa.

            Es grande el piso. Adornado con gusto y muebles de madera de calidad, nada de Ikea ni de formicas o aglomerado. Por las fotos colgadas de la pared del pasillo central y las enmarcadas sobre mesas y estantes comprendo que en él vive un matrimonio con dos hijos, una chica y un chico. Como soy amante de los placeres sencillos: como comer con apetito pero sin gula o beber buen vino, enseguida dirijo mis pasos a la caza y captura de aquello que me permita descifrar los deseos, pasiones y miserias de quienes hasta hace poco se paseaban por cada una de aquellas estancias. Me gusta meterme en la piel de todos y cada uno de sus inquilinos.

            Comienzo por lo que parece el despacho del marido. En esa especie de santuario no hay vestigio de la familia por ningún lado, solo recuerdos pasados y presentes de una vida vinculada a la política. Como si allí viviera una parte desdoblada del hombre de la casa, con sus afanes y secretos. Repartidos por doquier se ven retratos de su época de alcalde de una ciudad de provincias, de consejero de una Comunidad Autónoma y hasta de su etapa como ministro. Supongo. A veces solo, en ocasiones en compañía de compañeros de partido y hasta saludando al ex Presidente del Gobierno o al mismísimo rey de España. Por los papeles de su mesa sé que se llama Mario Estepa, que es diputado en la oposición y que tiene también un importante cargo orgánico en su propio partido político. Viste siempre con traje y corbata. Estudio con detenimiento las facciones de su rostro, regordete y confianzudo, los ojos pequeños y una buena mata de pelo que le nace poco más arriba de las cejas y le caracolea por el casco dibujando estratégicas ondas semejantes a olas o surcos no muy bien delineados.

            Sentado a su mesa dejo de ser yo para convertirme en él. Es colocarme las gafas de lectura y tomar la pluma del escritorio y sentir una gran sacudida por dentro. Una impresionante transferencia de datos circula por todo mi cuerpo camino del cerebro. Instintivamente tomo papel y comienzo a esbozar un discurso baladí preñado de acusaciones e insultos con el conveniente adobo de adjetivos a cual más altisonante para criticar cualquiera de las medidas adoptadas por el actual Gobierno o su Consejo de Ministros. La estilográfica se mueve como una bailarina ligera de ropa sobre la nieve de la hoja en blanco. Se nota que Mario Estepa es un hombre acostumbrado a practicar con la palabra escrita antes de abordar los combates políticos cuerpo a cuerpo. Escribo, por ejemplo: «Son ustedes una caterva de pérfidos que no dudan en aliarse con quien sea con tal de que sus posaderas continúen bien calentitas». O: «Han provocado un tsunami de estiércol en la política de nuestro país». O: «Personas como ustedes son los responsables de la desafección de la ciudadanía con los altos valores de la democracia». O: «Señor Presidente es usted un traidor, un inútil, soberbio, engreído, incapaz de atender a los asuntos importantes de quienes le pagan el sueldo». Cosas así. Y me quedo tan pancho y feliz, orgulloso al comprender que después podré añadir palabrejas incendiarias como terrorismo, independentismo, reforma, impuestos o lo que sea, y quedará de dulce.

            Me reclino un poco en el sillón con las manos entrelazadas detrás de la cabeza. Nada como el trabajo bien hecho. Fisgoneo un poco en el correo electrónico para analizar el argumentario del partido de cara a afrontar los temas de la actualidad política y social. Pero eso termina por aburrirme. Así que me pongo en pie y mis manos, sin saber qué van a hacer exactamente, acuden a los estantes que tengo a mi espalda. Hay allí algunas noveluchas voluminosas, bestsellers y ejemplares sobre temas históricos. Aunque lo que más prima son, sin duda, los libros de memorias y reflexión política de líderes de todo el espectro ideológico, tanto españoles como extranjeros. Las trampas del poder. Orientaciones para el futuro. Recetas para dejar atrás la crisis. Compromiso, libertad y buenas prácticas políticas. El entendimiento es posible en un país dividido. Un país de cainitas. Proyectos para un cambio tranquilo. La política es cosa de hombres (y de mujeres). Manual para aguantar los ataques infundados. La realidad del sueño americano. Mi vida y mi obra. Cómo no enamorarse de esas obras con semejantes títulos. Tomo el primero que se me ocurre, al azar, y también al azar lo abro por una página. Curiosamente, como si de un marcapáginas se tratara, entre una hoja y otra hay un billete de quinientos euros. Y no es el único. De aquel primer volumen saco diez, intactos, planchados, como recién salidos de fábrica. Incluso suenan de una manera muy especial cuando los agito un poco, parecen almidonados. En otro encuentro otros diez. Luego, una docena, veinte, y hasta treinta en un tocho de casi mil páginas. Los amontono sobre la mesa y los huelo. Por primera vez en mi vida sé a qué huele el dinero: a avaricia, a poder, a deseos cumplidos. Contarlos es un placer inigualable. Hasta puedo notar una erección. Por un momento se me pasa por la cabeza la idea loca de llevarlos a la bañera, echarlos todos dentro, desnudarme y darme un baño a la manera del Tío Gilito, frotándome las axilas con ellos. Pero me quito las gafas y pierdo la conexión con el cabeza de familia. Devuelvo el dinero a su lugar de origen, a su escondite secreto.

Silbando igual que un chiquillo voy del despacho al dormitorio del matrimonio, presidido por una cama gigantes como la de los hoteles de cuatro o cinco estrellas en los que no acostumbro a vivir por demasiado impersonales y carentes de recuerdos. Además del tálamo conyugal y los muebles de rigor, cuentan también en la habitación con su propio cuarto de baño y un vestidor de película dividido en dos partes ligeramente asimétricas: la del marido y la de la esposa. Un poco más pequeña la de él.

Ella tiene buen gusto. Tal vez es hija de una familia pudiente, de esas que si no heredan capital sí reciben al menos como legado saber estar, visión de futuro, porte seudoaristocrático y buen pelo. Bonitos vestidos de fiesta. Faldas de señora elegante y un punto pícara. Camisas de seda semitransparentes. Jerséis de lana de llamativos colores muy bien doblados. Y pañuelos. Y un montón de zapatos y botines. Y pamelas y sombreritos. Y bolsos de marca a juego con muchas de las prendas que cuelgan de las perchas. Pero yo, curioso y lascivo como solo un hombre que se adentra en la intimidad de una mujer puede serlo, hurgo y rebusco hasta dar con el cajón de la ropa interior. ¡Oh, maravilla! ¡Oh, mágico mundo de encajes, blondas, licras y finos algodones! ¡Oh, arcoíris para piernas, pubis y senos de bailarinas de Oriente, de damas de compañía de alto standing, de vedetes de Moulin Rouge o cabarés con música, canciones y mucho humo de cigarro. Cojo una braguita roja como un incendio de tela y me la llevo a la nariz. Aspiro el profundo aroma del océano. Allí se concentran todos los misterios del universo, el origen de la vida y la desembocadura de un millón de pequeñas muertes. Mario Estepa es un hombre muy afortunado.

Me entretengo un rato husmeando en el cajón hasta que doy en el fondo, ¡oh, sorpresa!, debajo de algunas prendas ya en desuso, con unos juguetitos eróticos estratégicamente escondidos. No tengo claro si lo que veo en mis manos es algo de uso personal o, por el contrario, parte del juego del amor compartido entre dos. Tampoco me importa demasiado, no le doy más vueltas, tomo prestado un conjunto de lencería negra compuesto por una mínima braguita, un sujetador a juego, medias igual de oscuras y un liguero.

Sobre la cama, en la parte en que supongo duerme cada noche Mario Estepa, coloco, convenientemente extendida, toda mi ropa. Calcetines. Calzoncillos. Pantalones. Chaqueta. Camisa. Parecen prendas para vestir a un novio pobre. O para amortajar a un cadáver no demasiado exigente con los rigores de la etiqueta fúnebre. Y, desnudo como estoy, me pongo las braguitas, las medias, el liguero y el sujetador, y me tumbo en la cama a retozar junto a mi propia ropa.

Así vestido para las artes de la pasión, un chispazo de electricidad me susurra al oído que yo soy ella, Carolina, la mujer de Mario Estepa. Me siento deseada por mis manos, por mis ojos, por mis labios. Recuerdo entonces que en una cajita oculta en el estante más alto de mi parte del vestidor, donde solo se alcanza con la banqueta, tengo guardadas las cartas de amor de Javier, mi primer novio. Las saco todas y de paso me llevo también a la cama los juguetes eróticos.

Tumbada sobre las sábanas como una virgen presta para el sacrificio, comienzo a leer párrafos al azar de algunas de las epístolas que Carolina recibió en su juventud de su amado, cuando aún la prosaica asepsia del correo electrónico no había arrasado con los auténticos mensajes intercambiados en papel y tinta por los enamorados. En ellas se declaraba su rehén y su esclavo; y no había un solo día que no pensara en ella, en todas las formas posibles que ofrece el pensamiento de pensar en una mujer a la que se ama. Tampoco escatimaba palabras a la hora de refrescar algunos de sus encuentros sexuales y de proponer mil y una maneras de fundir sus cuerpos en uno solo. Se me antojaron las cartas émulas inconscientes de aquellas incendiarias que James Joyce le escribió a su adorada Nora Barnacle: «…, glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y tu cabello revuelto. […] He pensado en ti casi hasta el desfallecimiento al oír mi voz cantando o murmurando para tu alma la tristeza, la pasión y el misterio de la vida y al mismo tiempo he pensado en ti haciéndome gestos sucios con los labios y con la lengua, provocándome con ruidos y caricias obscenas y haciendo delante de mí el más sucio y vergonzoso acto del cuerpo.» Tenía Javier alma de poeta licencioso. Quizá por eso Carolina, más mundana o sabia, optó por la segura caligrafía de Mario Estepa, un hombre cargado de futuro, sabiendo que lo otro bien podía quedar para el reino de la fantasía, bien ser parte de posibles aventuras extramaritales.

Las fronteras de la carne y del deseo se diluyen en un magma ardiente que incendia todo mi cuerpo, desde la uña del dedo meñique del pie hasta el último de mis cabellos. Una humedad marítima, con sus olas y mareas, inunda mis entrañas. Me acaricio y retozo con mi ropa como si hubiera alguien dentro de ella, usando aquellos juguetitos que lamo e introduzco en mi cuerpo hasta el estallido final. Carolina pone los ojos en blanco, abre mucho la boca, aúlla como una loba y yo derramo mi ser y el alma toda con la voluntad de un géiser que no sabe que lo es.

Carolina me abandona en la orilla de la playa que es el filo de la cama en el preciso instante en que me quito todas sus prendas íntimas. Vuelvo a ser yo otra vez. Reintegro todo a su sitio: cartas, juguetes y ropa interior.

Satisfecho y relajado dirijo mis pasos a las habitaciones de los hijos. Entro en la primera de ellas, que pertenece a Manuela, la hija adolescente del matrimonio formado por Mario Estepa y Carolina. El cuarto es una leonera, un monumento al caos en el que se amontonan libros, cuadernos, ropa, útiles de maquillaje y un sinfín de objetos repartidos sin orden ni concierto. Todo hace pensar que la madre la ha dejado por imposible. Las paredes están empapeladas de pósteres de tíos buenos, retratos de cantantes de moda y grupos coreanos de pop. Fijada a una de ellas hay un gran espejo en el que uno puede contemplarse de cuerpo entero. Si algo se respira allí dentro es el sonido de cientos de canciones sonando al mismo tiempo en una sinfonía inabarcable de corcheas y gorgoritos.

Tanto desorden ahoga un poco. No sé hacia dónde mirar, qué buscar. Debajo de una revista que hay encima de un pantalón vaquero encuentro un micrófono rosa metálico con varios botoncitos. Aprieto el ON y noto como si una mano enguantada sustituyera a la mía. Sin darme cuenta, ya estoy cantando una canción que no he escuchado jamás pero cuya letra me sé al pie. Manuela se encuentra allí, dentro de mí, guiando mis pasos, disfrutando como una loca con ese desparpajo y esa desinhibición que dan tener unos gloriosos dieciséis años. Enciendo el ordenador para ampliar el repertorio con la ayuda de las imágenes y los bailes desplegados en la pantalla.

Una cosa me va llevando a otra. Canto. Bailo. Giro por toda la habitación. Salto encima de la cama. Y, entre canción y canción, me pinto los labios y pongo rímel en mis pestañas, me maquillo como si fuera a salir de fiesta. Me quito una ropa y me pruebo otra a la caza y captura de mi mejor perfil, el más encantador y sugerente. Conjuntos a veces imposibles que tiro encima de la cama sin preocuparme si se arrugaban o no. Al mismo tiempo, con un viejo teléfono móvil extraviado entre los apuntes de clase, me hago un selfie tras otro, ahora poniendo morritos, ahora entornando los ojos, ahora con la cabeza un poco girada en actitud displicentemente seductora. Todo un catálogo de poses y miradas para compartir más tarde, quién sabe, en alguna red social como Instagram.

Hasta que exhausto y sudoroso me derrumbo sobre el montón de trapos de la cama mirando al techo del que pende una lámpara con forma de flor. Cierro los ojos un instante para encontrarme en ese limbo sin fronteras en el que habitan en armonía y comunión el espacio y el tiempo. Un calor líquido comienza a correr como un arroyuelo rojo por mis piernas. Me quito el pantaloncito corto que llevo puesto y veo la gran mancha de sangre: me acaba de bajar la regla. ¡Joder, qué coñazo!

Dejo el recuerdo de Manuela en su cuarto y recupero mi ser camino del baño. Aunque no tenía pensado ducharme, tanto esfuerzo, saltos, idas y venidas, y encima la sensación de haber tenido por vez primera en mi vida una menstruación, hacen que me apetezca mucho quitarme parte de la suciedad del mundo adherida a mi cuerpo como una segunda piel muerta. El agua templada se lo lleva todo por el desagüe; insufla una nueva energía a mi espíritu. Luego me seco y perfumo a conciencia antes de visitar los dominios de José Mario, el hijo pequeño de la familia.

La decoración de su cuarto difiere considerablemente de la de su hermana. Los superhéroes y las criaturas monstruosas y los personajes de videojuego son los dueños de las paredes. No sé si sentirme protegido, tan arropado estoy por aquellos seres de capa y coloridos leotardos con superpoderes, o amenazado por las figuras imponentes de los kaiju eiga japoneses como Godzilla, Gamera, Rodan o Mothra. Hasta el mismísimo King Kong, que se ha enfrentado en ocasiones al dinosaurio radioactivo por excelencia del cine nipón, tiene su espacio. También a mí me gustaron en la infancia las películas de monstruos. Y Superman. Y Batman. Así que, de entrada, aquel chico ya me cae bien.

Tomo asiento en su sillón ergonómico frente a la pantalla del ordenador y me coloco sus auriculares. Es como si Rosi Roldán, la chica de la que siempre estuve enamorado y con la que no llegué a casarme, me hubiera abrazado por la espalda con aquel calor de su cuerpo y su olor tan característico. Una sensación de que el mundo es todavía un lugar inocente, un lugar por descubrir, se apodera de mí. Y pierdo de súbito todo rastro de madurez, cualquier interés por los asuntos más trascendentes del mundo, deseoso como estoy por entregarme con devota fidelidad al juego. Soy, de nuevo, un niño, quizá más feliz que el niño que en realidad fui. Mis manos son las de José Mario. Es él quien ve por mis ojos, quien guía cada uno de mis movimientos.

Primero juego un partido de fútbol con los avatares de los mejores jugadores del momento. Se nota a la legua que el chaval es todo un experto, pues gracias a su habilidad gano de calle por un más que desahogado diez a dos. Después, con un volante y unos pedales de freno y acelerador que tiene debajo de su mesa de juego y estudio, echo unas carreras con Super Mario Bros. El fontanero de pantalón azul, guantes blancos y jersey y gorra rojos me depara unos momentos de gran felicidad. Y termino por último empuñando todo tipo de armas de fuego virtuales para matar nazis y bichos alienígenas o de otra dimensión. El chico se conoce al dedillo todas las estrategias para ir pasando de pantalla hasta la victoria final.

Nunca hubiera podido suponer que jugar sentado a videojuegos fuera algo tan cansado. La tensión y los movimientos inconscientes que el cuerpo realiza en cada disparo a puerta, en cada curva, cada vez que aprieta el gatillo y cambia una pistola por una metralleta o una bazuka me dejan agotado. Me echo en la cama de José Mario y, sin querer, termino durmiéndome; acabo deslizándome por ese tobogán que lleva a los durmientes al territorio de los sueños.

Como si caminara por arenas movedizas que quisieran engullirme y no dejar que llegara a mi destino, sueño con otra casa en la que también viví durante mucho tiempo. En ella había una mujer: Ana María. Y un chico: Felipe. Y una chica llamada Fátima. De alguna manera yo vivía en ellos y por ellos y lo eran todo para mí. Sin embargo, como si a ratos caminara por las páginas en blanco de un libro inacabado o cruzara un océano de niebla o una tormenta de arena que me impidieran ver más allá de mí mismo y mis recuerdos, todo a mi alrededor es silencio, oscuridad o casas y casas en las que viven otras personas y que me habitan cuando las ocupo.

Despierto preso de una angustia indescriptible. No tengo ni idea de cuánto tiempo he pasado durmiendo. Pueden haber sido unos minutos, horas tal vez o quizá incluso días enteros.

Salgo del cuarto de José Mario y voy al salón. Me sirvo un güisqui solo y enciendo el televisor. Necesito distraerme para eliminar de mi boca ese sabor amargo que me he traído del sueño. Es como si hubiese estado chupando madera podrida, tierra, humedad. En la televisión hablan de guerra, de virus, de muertes. Cambié de canal. Gente sin oficio ni beneficio discute y pega voces para insultarse. Pulso un botón del mando a distancia. Unos agentes del FBI detienen a un sospechoso de asesinato en una serie cuyo argumento desconozco por completo. Decido quedarme allí mirando un rato aquello para ver si consigo coger el hilo de la historia.

Y entonces escucho el sonido de una llave entrando en la cerradura de la puerta y el leve crujido de las bisagras al abrirse. Me asusto, para qué negarlo. ¿Vendrán a robarme? Alguien entra alegremente en mi casa sin llamar al timbre, como si fuera suya. Paralizado como estoy, no me atrevo ni a moverme.

– ¿Quién se ha dejado la tele puesta? –pregunta el hombre que acaba de abrir.

El hombre es Mario Estepa. Lo reconozco nada más verlo. Es idéntico al político de las fotos.

La mujer y los dos hijos se miran extrañados y niegan con la cabeza al tiempo que dicen que ellos no han sido.

– Qué frío hace aquí, ¿no? –dice Carolina. Su voz me suena muy cercana.

La hija entra en su habitación, deja lo que lleva en la mano en el suelo y pone la música a todo trapo. Evoco las canciones que tanto le gustan a Manuela. El chico, por su parte, se pierde en su cuarto.

Curiosamente, nadie me presta la menor atención. Se trata de una total y absoluta intromisión en mi intimidad. Mario Estepa apaga el televisor y yo protesto enérgicamente. Qué se ha creído. Quién es él para entrar así en mi casa ignorándome como si yo ni siquiera estuviera allí. Me pongo en pie con ánimo de golpearlo. Puesto que no me escucha y hace oídos sordos a mis quejas, merece al menos sentir la fuerza de mis puños. Pero mis manos cerradas traspasan su rostro sin que se inmute.

– Cariño, ¿no notas un olor raro? Además he tenido una sensación extraña, como si una brisa o una respiración gélida cruzaran por delante de mis narices –dice Mario dirigiéndose a su esposa.

– Sí, yo también lo he notado al entrar. Es como si nos hubiéramos dejado algo en la basura y se estuviera corrompiendo –responde Carolina.

Caigo al fin. Comprendo en un segundo cuál es mi situación. Yo soy el causante de todo. Esa no es mi casa y yo hace tiempo que estoy muerto. Soy eso que llaman un fantasma, aunque no arrastre cadenas ni me esconda debajo de una sábana blanca. Avanzo con los brazos colgando a cada lado camino de la salida. En el trayecto atravieso el cuerpo de Carolina, a la que se le escapa un suspiro de extrañeza o placer. Abandono el piso igual que entré en él, traspasando la puerta con la facilidad de quienes carecemos de cuerpo. No me queda más remedio que ir en pos de alguna otra casa que pueda habitarme para olvidar lo que soy, quién soy, qué hago aquí y cuál es el propósito de mi existencia. Aunque solo sea un rato, hasta que vuelvan sus verdaderos dueños.


martes, 21 de septiembre de 2021

XXVI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR DEL SEGURA”, 2021

 MODALIDAD: RELATO EN CASTELLANO


GANADOR: NELIDA LEAL RODRÍGUEZ

TÍTULO: LA MENTE SOBRE LA MATERIA

Nélida Leal Rodríguez Nace en Nuremberg de padres emigrantes, y vive en Cádiz desde antes de los dos años, donde sigue residiendo. Desde poco después del nacimiento de su primera hija, ha ido combinando su vida laboral, personal y familiar, con la literaria, habiendo obtenido hasta la fecha más de sesenta reconocimientos literarios, tanto en prosa como en poesía, entre los que cabe destacar, tras el reciente premio en el Concurso de Narrativa corta Real Villa de Guardamar, los premios Villa de Colindres, Hermanos Caba, Cuentos Valentín Andrés, Carolina Planells, Barbadillo, Carmen Martín Gaite, Ciudad de Palos (en 2014 y 2017), etc, así como, en poesía, el certamen Amantes de Teruel, Conrado Blanco León, Maxi Benegas, Casas Regionales de Alcobendas, Villa de Madridejos, etc.


LA MENTE SOBRE LA MATERIA

La anciana se levantó con dificultad. Despacio, poco a poco, fue enderezándose, tratando de ahogar los ingratos quejidos que invariablemente le confirmaban, tozudos, que incluso ponerse en pie podía llegar a ser una tarea dolorosa, pensara lo que pensara al respecto. Aquel ritual del despertar, del dificultoso y lento proceso de recordarle a sus anquilosados miembros que seguían vivos, era el peaje más ingrato de sus ochenta años, los que precisamente estrenaba ese día, aunque no pensaba hacer nada especial al respecto y, tras arduas y prolongadas disputas familiares, nadie estaba autorizado siquiera a recordárselo. De hecho, estaba deseando que llegara la noche para ignorar que esa misma fecha, en otros tiempos, había sido motivo de celebración.

El despertar era la única parte de su particular comedia que más esfuerzo le costaba fingir. Había decidido ignorar su propia vejez con decidida perseverancia, guardando todos los espejos pequeños de la casa en los cajones del aparador, y dedicando solo miradas distraídas a su propio cuerpo cuando acometía la peliaguda tarea de darse una ducha. Ni se cuidaba ni dejaba que la cuidasen: ya estaba bien de ponerle las cosas fáciles a la vejez, si tanto la vejez como ella misma sabían muy bien cuál iba a ser el único final.

A ella ni la evidencia más evidente del mundo, por redundante que fuera la cosa, iba a hacerle flaquear. Se moriría con las botas puestas. Lo demás era cosa de débiles, de resignados, y, desde luego, nadie que la hubiera conocido en su dilatada existencia hubiera cometido jamás la temeridad de considerarla nada parecido.

Con el tiempo, además, creía haber vencido esa misma evidencia tan fastidiosa. No se engañaba con respecto a lo que sería el inevitable desenlace, pero, a fuerza de mirar para otro lado cada vez que un achaque le daba los buenos días, llegó a pensar que en realidad seguía siendo, grosso modo, la misma de medio siglo atrás. No pensaba rendirse a la decadencia: siempre había tenido una fe inquebrantable en la disciplina, en el autocontrol, en la superioridad de la mente sobre la materia. Aquel cotidiano ensayo de pretender ser joven aunque no lo fuera acabaría dando resultado, se decía cada noche, cuando dejaba su dentadura postiza en el vaso de agua, sin apenas mirarla. Siempre que había aborrecido algo, su única forma de enfrentarlo había sido cerrando los ojos a su existencia, negando lo irrebatible, rechazando lo que a todas luces era inevitable, en la confianza de que su propio desprecio provocaría el milagro de hacerlo desaparecer. No siempre había dado resultado, desde luego, pero su tozudez era, en ocasiones, mucho más profunda que su sentido práctico, y dado que envejecer había sido, con mucho, lo que más había logrado despertar su rebeldía, estaba convencida de que la muerte le llegaría antes de aceptar que era una anciana decrépita y achacosa. Morir, en realidad, no era tan malo… eso lo tenía sobradamente asumido y a ella nadie podía decirle que le daba la espalda a la realidad. No, ella no era ninguna lunática que rechazara las bases de la misma vida… simplemente no acataba sus reglas, no le  perdonaba  que la fuera matando poco a poco, arrebatándole las fuerzas y la belleza, esa belleza que tanta admiración había provocado. Eso no. Estaba dispuesta a dejarse su cada vez más arrugada piel en el esfuerzo de no darle la razón. Así, obstinada como una mula, continuaba viviendo a despecho de la realidad, esa realidad que, de haber usado alguna vez incluso el más pequeño de los desechados espejos, hubiera resultado demasiado dura como para ser ignorada.

Pero hoy, el día de su ochenta cumpleaños, ni siquiera tuvo que comenzar a disimular la anciana que era. Algo desconcertante borró de un plumazo sus dotes de actriz.

Ese día, cuando se puso al fin en pie, se dio cuenta de que no le dolía nada. Que aquel numerito diario de contorsiones, descansos para recuperar el aliento, quejidos en voz baja a medida que su cuerpo iba adaptándose a la posición erguida, había sido completamente prescindible: podría haberse puesto en pie en un segundo, de haberlo intentado. Podría incluso haber saltado de la cama sin que sus huesos y sus músculos hubieran expresado queja. 

Aquello era tan devastadoramente insólito que, por un instante, la anciana se quedó quieta, alerta, como esperando que le asaltaran de improviso los dolores que eran su constante compañía desde hacía ya mucho, a pesar de los desplantes que ella misma ofrecía a su propio cuerpo, arrojando a la basura las cajas de píldoras y jarabes que, según su férreo criterio, no eran “tan” imprescindibles. Pero los dolores no llegaron. Vulneró incluso su sólido dominio de sí misma y se miró, a hurtadillas, como si esperara encontrar carnes firmes y lisas en lugar de las flácidas y arrugadas que habían ido ganando terreno en los últimos años a portentosa velocidad. Sus ojos le devolvieron una imagen que no la tranquilizó, en absoluto. De hecho, sus ojos le devolvieron una imagen, lo cual de por sí, habida cuenta que usaba gafas desde hacía tres décadas y éstas descansaban, descuidadamente arrojadas, en la mesita de noche, ya era extraordinario. Durante un minuto entero trató de recordar cuándo había sido la última vez que su vista había sido tan aguda y precisa como la que tenía ahora, y ocurrió el tercer milagro del día: lo recordó.

Su mente también había rejuvenecido.

La anciana achacosa que ya no parecía una anciana achacosa no estaba preparada para eso. Sabía moverse bien en las arenas movedizas de su propia fantasía de juventud, era diestra en el arte de ignorar las evidencias, y, a fin de cuentas, un puñado de peticiones de chequeos y de análisis sin realizar o un montón de píldoras arrojadas al WC no podían rebatirle nada, pero su férrea determinación no le servía para manejar aquello. Con su camisón bordado y sus pies descalzos, de pie sobre la mullida alfombra de su dormitorio, permanecía silenciosa y petrificada, sin ser capaz siquiera de reaccionar o moverse, lo cual, teniendo en cuenta que se le ofrecía la oportunidad de hacerlo en la medida que quisiera, sin daño, no dejaba de resultar una faena. Aquella mujer intrépida, decidida, la cabezota abuela que había jugado a ser más fuerte que el tiempo y conseguía despreciar el progresivo deterioro de su cuerpo, se sentía una jovencita temblorosa y aterrorizada ahora que el tiempo, enemigo cruel pero previsible, parecía querer ofrecerle un regalo insospechado.

Por un instante, breve y efímero en su inflexible cabeza, consideró la idea de llamar a alguno de sus hijos, de claudicar, de pedirles ayuda, en lugar de limitarse, como siempre había hecho y pensaba seguir haciendo, a rechazarla. Sabía que acudirían enseguida, llevaban cuanto menos una docena de años suplicándole, como quién dice, que aceptara vivir con ellos o compartir su viejo piso con alguna señora que le ofreciera cuidados y compañía, pero después de tanto esfuerzo y tozudez en conseguir vivir (y morir) como a ella le daba la gana, no podía dejar que todo se malgastara tontamente  por un instante de debilidad, por una alucinación.

 Porque ¿qué otra cosa sino eso podía ser?

No había una explicación lógica para que, sus manos, sus viejas y conocidas manos a pesar de que procurase no fijarse en ellas, se hubieran convertido en las manos de una mujer de treinta, cuarenta, incluso cincuenta años menos. No había explicación para el cálido peso de una nueva cabellera sobre sus hombros, unos hombros que ahora sujetaban su cuello firme y fuertemente. Respiró hondo, y una energía que había olvidado que podía sentirse la recorrió de arriba a abajo. Inconscientemente, impulsada por un instinto de curiosidad más poderoso que su legendario autocontrol, se dirigió a pasos rápidos y seguros hacia el aparador, dejó que aquellas manos extrañas en las que lucían los mismos anillos de siempre abrieran el primer cajón de la derecha, y sin titubear, sin un atisbo de vacilación, sacó un espejo de él. Con decisión lo subió hasta su cara, dispuesta a jugársela en un solo movimiento, y se obligó a abrir los ojos, que había cerrado fuertemente asaltada por un pánico mayor del que había sentido en toda su vida, porque ante este pánico no era capaz de inventar nada que pudiera borrarlo. El espejo, ovalado, le devolvió el rostro de una mujer rubia, de ojos azules y labios llenos que ahora estaban entreabiertos por la sorpresa. La anciana que ya no era una anciana trastabilló, enredando sus ahora sólidas piernas en el esfuerzo inútil de querer correr y permanecer quieta a un mismo tiempo, pero su nueva juventud le permitió mantener el equilibrio sin dificultad. El espejo cayó al suelo con estrépito, y ella oyó, con una cristalina claridad que hacía mucho que no era capaz de percibir, cómo se partía en mil pedazos, cómo esas pequeñas esquirlas rodaban por el bruñido suelo perdiéndose bajo los muebles. Sus piernas volvieron a enredarse, mientras su mente trataba de decidir qué debía hacer. Quería huir, quería que la tierra se abriera y la tragase, quería despertar de aquella pesadilla. Cualquier cosa antes de tener que aceptar lo que estaba pasando.

Finalmente, corrió.

Recorrió la casa de un lado a otro, como una demente, abriendo y cerrando cajones, dejando caer cosas en su precipitada carrera, tratando de encontrar entre las conocidas paredes alguna pista que pudiera devolverle la cordura que se desparramaba sin remedio por su cabeza. Una foto, un calendario, un periódico reciente, algún regalo de sus nietos, esos a los que ella regañaba ferozmente si cometían la temeridad de llamarla “abuela” … si lograba encontrar un pedazo de realidad, algo que desmontara sin remedio aquella pesadilla delirante, quizá pudiera volver a recomponer la vida que se le estaba deshaciendo a medida que se le borraban las arrugas. Notaba, desquiciada, cómo su piel, aquella que al acostarse la noche anterior había sido un delicado pergamino apolillado, se tensaba cada vez más alrededor de una figura perfecta que ella no había conocido más que en su primera juventud. El pelo era ya una cascada alborotada de rizos dorados que le acariciaba la cintura, y ella sabía que aquello solo había sido así cuando era una jovencita inocente y risueña, que aún aceptaba lo inevitable de la vida porque la vida todavía no le había robado nada. Corrió y corrió sin atreverse a detenerse, asustada de encontrar su imagen reflejada en alguna superficie inesperada, corrió porque una parte de ella sabía que, si volvía a verse, a intuirse cuanto menos, en un espejo, en la brillante mesa de caoba, en las puertas acristaladas del aparador, la mujer que había visto hacía menos de diez minutos habría sido sustituida por otra incomparablemente más hermosa, más turgente, más lozana.

Más joven.

La anciana, que ahora era una radiante veinteañera a la que le bailaba el holgado, y ya  también más corto, camisón, se obligó a mantener la calma, a tratar de recuperar aunque fuera un precario control sobre sí misma; si no lograba tranquilizarse, pensó, aquel infernal proceso de viajar hacia atrás en el tiempo se le escaparía de las manos. Tenía que intentar encontrar la clave de todo aquello, por ilógico que le resultara, por más que desafiara su mente racional, aquella que siempre había llevado por bandera. “La mente sobre la materia, la mente sobre la materia”, se repitió, una y otra vez, con una voz nueva, fuerte, juvenil, desconocida. Quería convertir su eterna máxima en una plegaria que la ayudara a justificar lo injustificable. Quería sobrevivir al ataque inverosímil de una demencia inexplicable.

Pero esta vez no le funcionaba. La letanía se iba repitiendo, con voces  similares pero perceptiblemente diferentes, a medida que la anciana pasaba de veinteañera a adolescente, de adolescente a niña de once años, de niña de once años a esbelta criatura de cinco, que no podía apenas moverse sumergida entre las ondas bordadas del camisón que se había puesto una noche de hacía setenta y cinco años. Pero incluso siendo una criatura, su mente conservaba unos pensamientos que la atormentaban, y tozuda, trataba de ahogarlos y ahogarse ella al mismo tiempo, corriendo por el piso aferrando con sus pequeñas manitas las vueltas del camisón. 

Pero llegó un momento en que ni siquiera su exuberante fortaleza física pudo superar el inmenso terror que la asfixiaba.

Al fin, ya vencida, dejó de recorrer la casa. Estaba a punto de sucumbir, lo notaba, y no sabía ni siquiera qué era lo que la estaba aniquilando sin piedad. Llorando, encogida entre los pliegues, apoyada en la cama donde se había consumido aquel infernal sortilegio, esperó, aterrorizada, que el proceso continuara y acabara convertida en nada, en un proyecto humano que esperaría, quién sabe si en vano, que alguien lo hiciera realidad. Por primera vez en sus ochenta años (¿o eran cinco, o eran incluso menos?), anhelaba con desesperación que el tiempo corriera hacia delante y no hacia atrás, que no le escamoteara una sola arruga, que no la dejara detenida en mitad de ninguna parte. Anheló su cumpleaños con la misma fuerza que antes lo había aborrecido. Añoró poder empezar de nuevo y borrar cada disputa familiar en que había hecho caso omiso de aquellos consejos que le recomendaban cuidarse, vivir a medida de sus años reales, aceptar que había cosas que ya no podía hacer y que no había nada de malo en ello. Agradecer que gozaba de una salud envidiable para su edad, que unas píldoras y unos chequeos no la convertían en una debilucha, que la cobardía no se definía precisamente en la aceptación, con dignidad y sensatez, de la realidad que uno tenía. Lo que ella había hecho era huir, no tenía mejor nombre que darle. Le daba miedo aceptar que ya no era una joven de belleza fascinante, que ya no tenía el “poder” que tanto había disfrutado, que el tiempo no le había hecho objeto de ningún trato especial y el final del camino era amargo e inevitable. Y por eso se había inventado que ella podía ser más fuerte que nadie, que todo era cuestión de actitud, que el estribillo cierto de “la mente sobre la materia”, usado en su beneficio, podía alterar lo inalterable. 

Una cobarde. Una estúpida y ridícula cobarde. Lo que toda la vida había detestado. 

Había tergiversado el significado real de la palabra valor. Ahora se daba cuenta, ahora lo estaba sufriendo… y, ahora… ¿de qué podía servirle?

En algún momento, antes de que pudiera siquiera concebirlo, no habría vida pasada a la que retroceder… ¿Cómo sería el final? ¿O eso iba a ser el principio? ¿De qué?  ¿Se convertiría en una molécula, en un átomo solitario bailando en el espacio? ¿Y qué había sido de su vida, de sus ochenta años de experiencias, de amor, de viajes, de hijos, de nietos, de amigas, de paseos …? Ella había sido una mujer feliz, una mujer con suerte… aunque a la vez hubiera sido una cabezota insufrible y hubiera hecho poner los ojos en blanco a cualquiera con su tozudez, su “inofensiva” manía de ignorar su decadencia no podía cobrarle ahora un precio tan desproporcionado. 

¿Verdad que no?

¿Por qué la castigaba con tanta saña?

La anciana se llevó sus diminutas manos al pecho, creyendo que la angustia podía llegar a acabar con ella mucho antes que aquel horrible viaje al pasado lo hiciese. Bajo los temblorosos deditos, percibió el alocado golpeteo de su corazón.

Cuánto tardaría… cuándo ocurriría… cuándo…

Y entonces despertó. Escuchó su propio e interminable alarido y notó cómo le desgarraba la garganta. La fuerza de su sobresalto fue tal que estuvo a punto de caer de la cama, y el esfuerzo de mantenerse en ella, de no chocar contra las baldosas, despertó a su vez el eco de mil dolores olvidados, que recorrieron punzantes su descarnado cuerpo. Abrió los ojos y la visión de su dormitorio, otra vez borrosa y desenfocada, le dio fuerzas para mirarse las manos, que ahora agarraban feroz y dolorosamente las sábanas. El alivio la recorrió en oleadas cálidas y consoladoras: ¡Eran sus manos, sus artríticas, arrugadas y queridas manos llenas de manchas, sus manos de los denostados ochenta años, sus manos de siempre! La anciana, que era otra vez una anciana, que nunca había dejado en realidad de serlo, lloró silenciosas lágrimas de desesperado alivio que recorrieron despacio su de nuevo apergaminada piel. Temblorosa pero firmemente decidida, extendió las manos y agarró sus gafas, colocándoselas por primera vez con cuidado y esmero, en lugar de, como era habitual en ella, poniéndoselas de mala manera, incapaz, por pura necesidad, de desecharlas como desdeñaba cualquier otro indicio de senectud. Después, con las gafas puestas y sus envejecidas manos cuidadosamente entrelazadas sobre el parco regazo, permaneció quieta unos instantes, meditando, deshaciendo hilo a hilo la cuidadosa telaraña de sus antiguas fantasías. La mente sobre la materia. No siempre. A veces, la materia debía guiar a la mente, hacerla caminar de la mano de la realidad, vivir acorde con la que una era, no con la que había sido, y mucho menos, con la que aún deseaba ser. 

Había desdeñado esa vida que tanto le aterrorizaba perder, prescindiendo de tratamientos, de cuidados, de las mínimas precauciones. Había hecho sufrir a los suyos y había arriesgado tontamente su mayor tesoro: la posibilidad de seguir siendo feliz, fuera cual fuera la envoltura.

La anciana era testaruda, pero no tenía nada de rencorosa, y mucho menos de tonta. Había rendido tributo a su única extravagancia porque, hasta el momento, había creído obtener más ventajas que perjuicios. Quizá se había excedido, bueno, con toda seguridad se había excedido, enredándose en las telarañas de su elaborado delirio de juventud, pero siempre podía rectificar. Ése era uno de los privilegios de continuar viva, aunque se caminara hacia el siglo. También podía permitirse a estas alturas un poco de autoindulgencia. A fin de cuentas, a nadie le gustaba envejecer, y había sido una mujer hermosa: no tenía nada de malo que, al menos en su memoria, quisiera seguir pensando que lo era. Pero al parecer, su inofensivo capricho se había convertido en un arma de doble filo, y las viejas creencias, una vez probada su ineficacia, tenían que ser revisadas. Quizá ya iba siendo hora de valorar que no todo el mundo llegaba a los ochenta, y mucho menos rodeada de familiares atentos que estaban dispuestos a seguirle el juego a una vieja excéntrica a la que no le daba la gana de conmemorar que estaba a dos décadas de cumplir un siglo y que, después de todo, tampoco estaba en tan baja forma.

Que no se dijera que ella no era una mujer capaz de rectificar sus errores, incluso con ochenta años encima. La anciana sonrió. Ése sí era el auténtico valor y estaba dispuesta a llevarlo por bandera con la misma determinación que había llevado lo que no había sabido identificar, hasta aquel día,  como genuina cobardía.

¡Qué suerte darse cuenta de que, de nuevo se repetía pero daba igual, tenía suerte! ¡Qué suerte saber que era una vieja afortunada! Se sentía frenética de expectación, casi se diría llena de energía, solo de pensarlo. Se sentía joven. Una octogenaria joven e ilusionada, llena de nervios. Notó como su piel reseca, un fino velo deshilachado, se estiraba en una súbita y radiante sonrisa.

 Más tarde, recobrada ya la calma y regodeándose en todos y cada uno de los cotidianos dolores de sus cansados huesos, decidió ponerse en marcha y llamar antes que nada a la tienda, para encargar, costara lo que costara, una enorme y suculenta tarta que esa misma pudieran devorar sin miramientos sus numerosos nietos. Después… no sabía qué haría después. Había dormido, por decirlo así, hasta muy tarde, e iba sumamente retrasada: tenía muchas otras cosas que hacer, que planificar...

A fin de cuentas, hoy era su cumpleaños.

 

jueves, 24 de septiembre de 2020

XXV CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR DEL SEGURA”, 2020

 MODALIDAD: RELATO EN CASTELLANO



GANADOR: ANDRÉS MORALES ROTGER

TÍTULO: ALANEGRA

Andrés Morales Rotger nació en Badalona, ciudad costera en pleno cinturón industrial, donde el número de fábricas superaba a las casa de vecinos y donde respirar aire con suficiente oxígeno era una entelequia.

Es licenciado en Farmacia y después cursó la diplomatura de Óptica y de Administración de Empresa.

"Y así pasaba el tiempo, entre Farmacopeas y aridísimos tratados hasta que un buen día descubrí que existe otra literatura más allá del discurso científico y me puse a leer toda la prosa de ficción que caía en mis manos.

Tanto que con el tiempo me transformé en un letraherido. Un hombre cuyas heridas no sanarán ya nunca y que precisa de las letras para aplacar esa dependencia de las palabras que lleva dentro.

En la actualidad escribo a orillas del Mediterráneo, en Segur de Calafell, Tarragona"


ALANEGRA

AGENCIA,— Una caída de tensión deja la Línea 3 del metro varias horas sin servicio. Inopinadamente ninguno de los usuarios entrevistados recuerda lo sucedido durante ese lapso de tiempo.

 

Doblo el billete en dos, lo echo al bote y le arranco al último cliente la consumición de las manos. Tintinean los hielos y flota un reproche en el aire cuando yo le esquivo la boca y le indemnizo con un beso en la mejilla. Apuro mi copa hasta que los cubitos me dan en los dientes. Enjuago el vaso del hombre y el mío. Ronronea la caja registradora y brilla la ginebra en mis labios. Así son las copas de los bares de noche cuando se acaba la fiesta y la música se pone triste. El último tramo de la madrugada, la lluvia menuda sobre el amanecer de la calle y mi prisa por meterme en el metro.

Y al otro extremo de la ciudad, más allá de donde se acaban las vías de la L3, hay un hombre que manda callar la alarma del móvil. Echa pie al suelo y busca a tientas la luz de la mesita, muy metido aún en el sueño. Sale del chubasco frío de la ducha, la toalla sobre el cuello; se peina. Descuelga un traje negro y una camisa blanca, tal vez rosa. Sin prisa y pensándoselo bien. Me espera. Entretiene el tiempo por si hoy abro antes la puerta y puede llevarse un beso con sabor a ginebra y tabaco rubio al trabajo. Mi último y mi primer beso del día. Así son los amaneceres en mi minúsculo apartamento y así comienza el día el hombre que ocupa mi cama mientras yo trabajo de noche.

Así era mi vida nocturna de alterne; así eran sus esperas al filo del amanecer, mientras el sol se volvía más y más amarillo. Y todo seguiría así hasta que sufrí la crisis en que veía al diablo. Lo vi, lo oí y lo toqué, o me tocó; aunque parezca irreal. Me manoseó el diablo, la verdad sea dicha.

La primera vez que di con él fue en la línea verde. Ocurrió después de cerrar el local, una madrugada en que me sumergía deprisa en la boca del metro por escapar de la lluvia. Para salir del agua y para encontrarme con Miguel y su calor residual en un nido de sábanas. Pero el caso fue que me topé con un ángel negro sin alas: y en aquel instante cambió mi vida.

Llovía. Bajé a trancos los escalones, me desenredé el cabello mojado, entré a empellones en el metro y al sujetarme a la barra allí estaba él, envuelto en el compás ternario del magnífico Magnificat en Re Mayor de Bach, asido al falo de inoxidable que cruza verticalmente el vagón.

—¿Agnés? ––El metal de su voz. Esa voz suya, confidencial, enredada en humo de azufre, que nunca había oído y que, aun así, identifiqué de inmediato dentro del elenco de voces de mis pensamientos más destructivos, alucinaciones sexuales y demás sueños eróticos—. ¿Me reconoces?

—No —mentí descaradamente. Si no a qué venía tanto diostesalve y diostesalve y todas esas letanías que me enseñaron las monjas antes de meterme a trajinar entre copas y cantinelas de borrachos. Mentí a sabiendas de que no podía ser otro sino el mismísimo arcángel Luzbel, expulsado de un cuadro como el que presidía el despacho de nuestra superiora, con todo sus resplandores, palmeras de luz y espadas de fuego. Por eso me puse a rezar como una mártir, por si a la tercera lograba exorcizarlo—. No lo conozco, no lo conozco, juro que no lo conozco  —le negué tres veces.

—No temas, Agnés —me deslumbró con la voz hundida en mis ojos—:  Soy Luzbel, el portador de la luz. Arcángel repudiado por alumbrar la verdad a hombres y mujeres. —Y sin necesidad de embrujos puso su cara a un centímetro de la mía, avivó ese halo de luz que rodea la cabeza de lo ángeles y me deslizó un beso en la boca que no conseguí esquivar. Un beso extraviado que recibí con los brazos caídos y la espalda arqueada hacia atrás, en un gesto de tímido rechazo; pero que acabó alcanzándome de pleno, haciendo crecer los otros mil demonios que llevo dentro.

Y para iluminar las sombras de mis pasos, el orden del caos y las manzanas del conocimiento, el Tentador detuvo el tiempo. Pero no verás sino lo que tú quieras ver, me previno, ni tocarás sino lo que quieras tocar, ni probarás nada que tú no quieras probar. Porque nadie ve ni siente ni aprecia lo mismo que otros, aun siendo las mismas cosas. Por eso el Padre de las Mentiras detuvo el tiempo, con sus horas, sus animales, sus minutos, sus plantas, sus segundos y sus objetos. Para que alcanzara a descubrirlo todo en el escaparate de un instante y que, al regreso de nuestro viaje, el planeta Tierra no fuese una vieja roca muerta en el espacio sino un mundo azul como hasta ahora.

Y el Ángel Negro dijo: deténgase el tiempo. Y las placas del tiempo se cerraron de golpe.

Y sin perder más tiempo de ese tiempo que había dejado de correr, Luzbel detuvo los segundos en el reloj que Miguel se había ceñido a la muñeca, al otro extremo de la ciudad, más allá de donde a la L3 se le acaban las vías. Y el tiempo lo sorprendió así, estatua de sal, foto fija de un hombre sonriéndole a la claridad ceniza de un amanecer truncado, con una camisa blanca y otra rosa en las manos, y una gota de agua fresca de colonia en la punta de un cabello; pendiente de decidirse. Enmudeció el tiempo y enmudeció a su vez el traqueteo en la unidad 311 de la línea verde del metro. Y con el tiempo congelado quedó congelada también la habilidad del carterista en el momento de aliviarle la cartera al señor del Periódico de la Mañana, primera edición, y, suspendida en el aire, la noticia que leía el señor cuando estaba a punto de pasar página. Y por encima de mi hombro, los dedos de mi secuestrador detenidos a media caricia, sin tomar partido hacia adónde encaminarse. Todo se ha detenido en un instante. Pero el Magnificat, no. El Magnificat BWV 243 de Johann Sebastián, ése no se detiene. A los golpes de timbal le siguen los oboes y tras ellos los violines y más allá la flauta barroca sobre el ritmo bien marcado de violonchelos y contrabajos, para dar entrada al coro con la palabra "Magnificat" en primer plano, y "anima mea Dominum" en segundo. Porque yo soy la esclava del Señor: llévame donde tú quieras. Deo gratias, Deo gratias.

Suya: la esclava hipnotizada de Luzbel. La consecuencia de una suma de prodigios que me han pillado indefensa, destemplada por la lluvia y más templada que destemplada por la fuerza del alcohol y las palabras mojadas en gintonic a lo largo de la larga noche en el bar. Y de pronto, el prodigio del silencio amontonándose a mi alrededor y esos segundos largos como trozos de eternidad que nos permiten, al Gran Secuestrador y a mí, irrumpir sin problemas entre el pasaje paralizado del metro, estáticos cual figuras de cera. De pronto, el desconcierto de salir o entrar en los márgenes del tiempo -no sabría explicarlo-, a la degradación cósmica del espacio, al brillo de dos agujeros negros en las pupilas del arcángel, y al desconcierto aún mayor del azul nigérrimo de unos rizos que me mantuvieron profundamente descolocada hasta que el diablo me ordenó abrir los ojos.

––No bajes los ojos, Agnés, mira.

Convencida de que cerrar los ojos no cambiaba nada. Que con cerrar los ojos y taparme los oídos no volvería a correr el tiempo. Que efectivamente lo había detenido; los abrí.

Parecía de todo punto imposible; pero el entorno se había esfumado. Totalmente absurdo. ¿Qué había sido del falo de inoxidable que cruza verticalmente el vagón? ¿En qué infierno estaba el tren, la línea 3, sus estaciones, la ciudad entera? Necesitaba penetrar hasta el fondo de su mirada para descubrir cómo había sido transportada físicamente hasta allí. Sin respuesta y paralizada de estupor me puse a rezar. Cuando necesites ayuda alza los ojos al Cielo, me exhortaban las concepcionistas, Kyrie eléison, Christe eléison; en el club no te pases con el alcohol, me advertía Miguel con cara de pocos amigos y muchos celos en las venas; y yo a mí misma, reprochándome, Agnés, eres una majadera; Agnés eres un monja metida a puta que le reza rosarios al demonio. Pero acto seguido me santiguaba y retomaba mis rezos, sancta Virgo vírginum, ora pro nobis.

––¿Qué ocurre? —Lo del diablo ha sido siempre deslumbrar; sorprenderme hasta la locura. Me hurta el tiempo. Me escamotea el espacio. Pero con París no pudo: París lo reconocí de inmediato. Nos habíamos desvanecido por los pliegues del espacio-tiempo como los sueños de un feto. Y allí estábamos, en un bistrot del cartier latin desde cuya terraza el Sena nos hacía guiños con sus luces. Entre nosotros, un mantel de flores blancas, dos candelabros y una diferencia de edad de millones de años. El maestresala prendió con una sola mano ambas velas. Para mí que le bastó con acariciar el pabilo entre el pulgar y el índice. Con la mirada en la pared de enfrente, nos sugirió lo más selecto de la carta; y al poco rato nos presentaban una cubitera con su botella de brut escarchada en hielo y un cestillo con diversas variedades de pan.

Y entonces fue cuando el Tentador me tentó.

Me vertió cava en la copa, tomó el cestillo y apartó el pan a un lado de la mesa. En su lugar se llevó lentamente la mano a los cabellos, se echó a un lado los rizos y desprendiéndose de una parte de su aura, la besó, la partió y me la dio a probar: ten, me dijo, come el verdadero pan y colma con cava tu sangre, Agnés; dominenonsumdignus, Agnés, cuando te acerques al altar repite trescientas once veces el nonsumdignus, sin descontarte, me advertía la superiora de las concepcionistas, y yo probé el pan de Luzbel y apuré el gran reserva para apagar esa perplejidad de hierbas venenosas que fermentaba en mi cerebro; nonsumdignus trescientos nueve, beber no te sienta bien, Agnés, en el club no toques la ginebra ni te metas nada que te saque de ti, me machaca Miguel con sus celos, nonsumdignus trescientos diez, su móvil 4G en silencio; Miguel quieto frente a la luna del armario, no existe el tiempo, sin decidirse, camisa blanca o camisa rosa, y la gota de colonia en el extremo de un cabello, en equilibrio inestable, nonsumdignus trescientos once; Luzbel partió su aura con sabor a hierbas sagradas y la depositó en mi lengua, eso fue lo que hizo, recrear el misterio de la transustanciación, convertir el aura en pan, y ofrecérmelo a cambio de mi libertad. Mi libertad por pan, como viene sucediendo desde que el mundo es mundo. La libertad de los hombres a cambio de pan. Su trabajo por pan. Hemos de derogar ese acuerdo ya mismo, le apremio antes de que recupere el juicio. Ahora, en este precioso momento en que Bach nos regala un festival de música con la orquesta y el coro en júbilo. Porque Él ha puesto sus ojos en mí, su humilde esclava, llenó de bienes a los hambrientos y despidió a los ricos con las manos vacías. Dominenonsumdignus.

El ángel que le daba cuerda al reloj del mundo ha muerto. Dominenonsumdignus.

—Cuando pares de rezar abre los ojos al mundo y mira. —me dijo Luzbel desprendiendo una nube de vapor frío que desdibujaba el bello rostro. Y yo no pude sino abrir la boca y volverla a cerrar porque aún no había recuperado las palabras que olvidé en la botella de brut. Y porque ahora será cuando, al dejar de mirar hacia dentro me encuentre, sin saber cómo, lejos de mi bar de copas, de la línea 3 y sus estaciones; lejos del bristot, del cartier latin, de la poesía a voces del Sena y sus guiños de luces; con la conciencia enredada entre piedras y espinas de estrellas.

Y allí, a una distancia próxima e infinita de la Ciudad de la Luz, el Tentador me tentó por segunda vez, sacando ventaja del enredo que traía en mi cerebro.

Que me enjugara las lágrimas, que dejara de ensartar salves y credos y me deslizara por el tobogán del tiempo, me susurró intimísimo: que mis ángeles te tomarán en sus palmas.

—No te atormentes, mira —desorientada, ingrávida, el cabello enharinado de polvo estelar, centellas, maravillas y lumbres—, mira, Agnés, así es el país de las estrellas.

Así eran las nebulosas que visité. Se asemejan a la arena gruesa; son como esos cristalitos desgastados por años de olas que recolectaba de niña en la playa; ¿te das cuenta, Agnés?, me da a probar Luzbel, éste es el polvo blanco donde cabalgan las estrellas, inocentes cristalitos, y ésa la fascinante constelación de Berenice, cuya cabellera prometiera sacrificar a Afrodita Pandemos si su marido regresaba vivo de la batalla; y más allá veo a la perra Siria del Can Menor, cada estrella dibuja una vida; mil vidas de pasión, de encierro, de castigo; y Siria abre los ojos a la perra bastarda que soy; mea culpa, mea culpa, mea máxima culpa, para eludir la culpa recita el recuerde el alma dormida, avive el seso y despierte, de Manrique, me adoctrinaba la superiora que, aun no siendo una oración, serenaba el espíritu y daba buenísimos resultados, inocentes cristalitos de playa envueltos en una papelina encerada, nada más, tercia el diablo que se subiera al metro para arrastrarme a un tiempo sin tiempo; allí la Cruz del Sur y la pasión del Gólgota y la túnica ensangrentada de Julio César sobre los escalones del Senado; y frente a la luna de un espejo, Miguel con más y más celos en cada latido y una gota de colonia en la punta de un cabello, indecisa; y dale que dale con sus gaitas de que beber no te sienta nada bien, Agnés, ni te envenenes con ese polvo de locos, que luego no sabes ni dónde estás ni qué mierda estás haciendo, celos, la puta carcoma de los celos en el corazón, qué sabrá él, simple polvo de estrellas, polvo de ángel, cristalitos de playa que coleccionabas de pequeña, me apunta Luzbel en una invitación sin trampas a proseguir mi viaje extático, porque yo sí sabía dónde estaba y podía ver con lucidez química lo que hacía en cada momento, si no, bien que veía a los Tronos y a las Virtudes escoltando a san Andrés, el primero de los doce apóstoles, el llamado protocletos: y vi a un pastor bueno con un borreguito a hombros, y a las Potestades del segundo coro celeste, cuyo deber consiste en supervisar las muertes y nacimientos; y allá, custodiadas por la serpiente, manzanas de oro, manzanas envenenadas y manzanas que contenían todo el saber; y allí, buenísimas samaritanas, tetas de natillas, pezones de chocolate, sacaban agua fresca de un aljibe y daban de beber al peregrino sediento; y acullá, a siete varas de una higuera, la SCALA DEI, cuyos escalones conducen directamente a las ocho puertas de la Jerusalén Celeste; y acullende, vi sumido en los confines del universo, -os lo aseguro como que me llamo Agnés y trabajo levantando copas en un bar-, vi a un primate antropomorfo, antepasado nuestro, de cualquier especie extinta, no sabría concretar, lanzar un fémur al cielo, y, como en aquella famosa secuencia de cine, comenzar a girar sobre su propio eje en el instante que los oboes inician la parte instrumental, responden las trompetas y las violas marcan el nuevo tempo hacia la relajación final que ya se había escuchado antes de la entrada del coro, Magnificat anima mea Dominum: mi alma alaba Su grandeza y desde ahora todas las generaciones me llamarán dichosa.

Y Miguel, al otro extremo de la ciudad, más allá de donde acaban las vías, escultura en hielo, sonriéndole al gris amarillento de un amanecer interminable. Sin conexión 4G. Y la noche agarrada aún a los tejados. Las calles igual de negras, sino por la limosna de luz de una farola solitaria. Bajo el lienzo de una ventana iluminada reluce un gato. Olor quieto a jazmín y pájaros atravesados en una rama. Tapias blancas de cal y luna. El aliento de la noche. Una campana esperará hasta que caiga el comienzo del día. A que el tiempo regrese y vuelva a ser el de antes. Como antes.

—Ya has tocado tu cielo —los ángeles me depositan en la bella terraza loft del bello Luzbel. Ni un rasguño en los pies—. Ahora te ofrezco el mío. Mi propio cielo.

Última tentación. Última oferta.

Me había dado a probar su aura hecha pan de pueblo; me había puesto a correr polvo de estrellas por mis venas y nervios agotados. Y ahora me lo ofrece todo. En un solo lote. Omni tibi dabo, Agnés. Me quiere reclutar para su causa misionera. Para reunir, dice, un grupo de doce mujeres cuyo apostolado ilumine el mundo. Una monja metida a puta tiene un porvenir celestial; voz cálida, como de actor. Omni tibi dabo, me repite con máxima suavidad. Y yo que de latín, lo justo; pero que traducido viene a decir, pídeme lo que quieras que yo te lo daré TODO; y yo, sin podérmelo creer, con la mirada fija en sus labios, ¿todo? ¿el conocimiento también?; y Luzbel que sí, que la suma del TODO engloba primordialmente el conocimiento del bien y del mal. Todas y cada una de las cuarenta lenguas de fuego que sustituyen el miedo de la ignorancia por el vértigo de la sabiduría. Porque en verdad, en verdad te digo, que todo es ahora y nada es eterno y que, conmigo, podrás escoger entre cualquiera de las otras vidas que estas viviendo en este instante.

—Sígueme, Agnés: despréndete de tu vieja ropa. De tus viejas supersticiones y sígueme.

Debo controlar la marea de ideas y palabras que inundan mi cabeza. Un tirante se desliza por el perfil del hombro. He estudiado en las concepcionistas, queda dicho; pero en ningún caso hice voto de renuncia a las urgencias de la carne. Recojo el borde del top en un pliegue, yergo el busto y tiro de la prenda. Acuérdate del renuncio a satanás, Agnesita, ronronea la monja quisquillosa; pero a mí, que no acabo de creer en la eficacia del CATECISMO DE SEGUNDO GRADO, lo que de repente me viene a la cabeza es el apurar, cielos, pretendo, de Segismundo, que sólo quisiera saber para apurar mis desvelos, que si el vivir sólo es soñar, a qué tanto padecer, si toda la vida es sueño. Mi ropa hecha bola en un rincón de la terraza. Toda, Agnés, toda la ropa. Luzbel me arrima las palabras en voz baja; pero la mirada, no. En los ojos del Tentador vive un alarido permanente que me obliga a abrazarme los hombros al enfrentarlo desnuda. La cremallera, la falda de cuero. Pero mi fascinación por el Estafador Inteligente es incontestable. Las bragas. El pene negro de mi ángel negro. Estoy dispuesta a seguirlo adondequiera me lleve. A abrirle la puerta de mis sueños. Todas mis puertas. Porque yo soy así de puta, amén.

Nos aproximamos hasta juntar los labios.

Besos de yaestatutranquila, besos de aquinohapasadonada, un beso de buenapersonaenlafrente. Es posible que ya nos hubiéramos besado otra vez; pero no en esta vida ni en este mundo. Ni nunca un beso me hizo temblar así de gozo, que yo recuerde. Ningún beso me puso a temblar los labios, a temblar los huesos, los pezones. Mi párpado izquierdo comenzó a temblar. Y temblaron mis pies y tembló también el suelo, la balaustrada de la terraza, una maceta con pensamientos, las ventanas, las persianas, las tejas y los tejados del horizonte.

Y el tiempo regresó.

El Ángel Negro dijo: hágase el tiempo. Y las placas del tiempo se abrieron de golpe.

Se despierta el tiempo. El cielo va dando forma a su ropaje dorado; y las calles vuelven a ser calles y las nubes, nubes. Con un primer esfuerzo la campana celebra el alba. Desata su traqueteo eléctrico la unidad 311 de la línea verde y se derrama sobre la página del Periódico de la Mañana, primera edición, la noticia que había quedado suspendida en el aire. Y yo presencio consternada cómo el tiempo se apodera de la barra a la que voy sujeta y se escurre flácida entre mis dedos. En la mitad de un segundo estoy semiinconsciente sobre el piso del vagón, las rodillas flexionadas, la frente pegada al suelo como en una alfombra de oración, rodeada por el caballero del Periódico, la voz de los pañuelos de papel a 50 centavos de euro, de un lotero ambulante de cuyo cuello cuelga un cargamento de lotería, y por unas piernas envueltas con vaqueros rock & republic y coronas de cristal que han acudido a ver quién atiende a esta pobre chica que se ha caído redonda al suelo. Y antes de la segunda mitad de ese mismo segundo el carterista se apeaba de la línea 3 con la cartera del caballero del Periódico de la Mañana, primera edición, se cerraban las puertas del tren y yo me hundía definitivamente en el pozo del coma.

Mientras, al otro extremo de la L3, más allá de donde acaban las vías, comenzaban a girar uno tras otro los segundos en la muñeca de Miguel, le regresaban los 4G al móvil, la luna del armario devolvía el reflejo despierto de una camisa azul bajo un traje negro y, aquella gota de colonia pendiente de la punta de un pelo se dejaba caer, al fin, justo en el momento en que él atendía una llamada; ¿conoce usted a la señorita Agnés Aguilar Hayïm? A toda prisa mi compañero se echó a la calle dejándose las luces abiertas. Un gato se desperezaba bajo el lienzo iluminado de la ventana.

—¿La señorita Agnés Aguilar?  —solemne como un notario el agente de la urbana le tiende a Miguel una copia del atestado—. La señorita Aguilar ingresó en Hospital Clínico Provincial a las cinco horas y cincuenta y cinco minutos de esta madrugada.

—Aguilar Hayïm, Agnés —sin levantar la vista, una administrativa del Clínico le informa con los reflejos fríos de un monitor en la cara—. Diríjase a la UNIDAD DE REANIMACIÓN, planta 11: allí le informarán. Para hablar con el doctor tendrá que esperar a la ronda médica.

—Familiares de Agnés Aguilar… —la bata blanca ondeando sobre el pijama verde de la internista, desechando los guantes, retirándose la mascarilla, liberada ya la melena de la cofia. Cuando la responsable de la unidad le tiende la mano, Miguel recula un par de pasos; el rostro desencajado, la mirada perdida; muy nervioso—. Agnés está consciente y con las constantes vitales estables. Se ha recuperado de forma tan asombrosamente rápida que el pronóstico, a estas horas, es menos grave. Un auténtico milagro atendiendo al cóctel politóxico detectado en sangre —la expresión de la doctora sobrepasada todavía por la sorpresa—: algún ángel bueno le salvó la vida. Puede visitarla cinco minutos.

Que le rezara a mi ángel bueno, me comenta Miguel que le ha dicho la doctora. Y también que la urbana utilizó los contactos de emergencia de mi móvil para telefonearle, y que en Recepción le informaron que en planta 11; pero que ahora no, que hablara antes con la responsable de REANIMACIÓN, y la doctora que sólo cinco minutos, para no agobiarme, y sobre todo eso: que le rezara a mi ángel, concluye Miguel que le ha dicho la doctora. Y en eso lleva razón porque el Ángel de la Luz se ha quedado a vivir permanentemente en mi cabeza; para cuidar de mí. Por eso cierro los ojos y le rezo.

A mi lado, Miguel me acaricia en silencio. De pie junto a mi cama, la mirada prendida en el gotero, en la vía con suero, en el catéter clavado en el dorso de mi mano. Respiro en orden. La atmósfera es cálida y huele a ácido fénico y a sangre caliente de cordero degollado.

—¿Sabías, Miguel, que el diablo es buena gente? Y que hay una escalera cuyos escalones te entregan frente a las puertas del cielo; pero de poco sirven porque están casi siempre atrancadas. Y que allá arriba todo es ahora y nada es eterno. E igual te tropiezas con Adán que con Julio César, in Gallia citeriore essentque conlocatae legiones in hibernis, y todo el mundo habla el idioma de los ángeles y se entienden que da gloria oírlos. Te lo digo porque acabo de regresar de allí, aunque imagino que no vas a creerme.

—Y a que tampoco sabías que san Andrés es el patrón de Escocia. Le llaman el protocletos, no sé por qué, y se desplaza siempre escoltado por su guardia personal de Tronos y Virtudes.

—Está bien, Agnés, está bien: ahora debes descansar. Cierra los ojos y descansa.

Cierro los ojos y noto la mano de Miguel que me separa el pelo con los dedos. Y mientras él me acaricia, en mi cabeza se instala Luzbel para quedarse a dormir sobre mis pechos. Pero yo no duermo. No puedo. El sueño es demasiado real.

Agnus Dei: miserere, miserere nobis.