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viernes, 22 de septiembre de 2023

XXVIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR DEL SEGURA", 2023

 

MODALIDAD: RELATOS DE TEMÁTICA LIBRE DE AUTOR LOCAL

 


GANADOR: J. MANUEL SÁNCHEZ MACHOTA


TÍTULO: TECNOLOGÍA MADE IN SPAIN


J. Manuel Sánchez Machota nace en Madrid en 1956. Estudió Magisterio en la Escuela Universitaria Santísima Trinidad de Madrid, perteneciente a la Universidad Complutense. Su vida laboral le ha llevado lejos de las aulas puesto que ingresó en 1979 en la primera promoción  de la Policía Nacional. Sus destinos le han llevado por muchas ciudades españolas: San Sebastián de los Reyes, Madrid, Barcelona, Getafe y finalmente Elche. Con ocasión de este traslado se afinca en nuestra localidad, donde reside en la actualidad.

Es 2021 se jubiló y es cuando tiene tiempo para dedicarse al mundo de las letras. En la actualidad también es voluntario y vocal de la Asamblea local de  Cruz Roja Guardamar y mimbro de la Tertulia Literaria de Guardamar.

 

 

Tecnología made in Spain

 

Manuel Lechuga Zarrías fue un inspector del Cuerpo Nacional de Policía que en los años 70 ingresó en lo que entonces se denominaba el Cuerpo General de Policía y que más tarde cambió su nombre por el de Cuerpo Superior a finales del año 1978,  los famosos “chapas” de la época de la transición, para terminar unificados con la policía uniformada en marzo de 1986. Total, que sin cambiar de trabajo pasó por tres cuerpos diferentes sin quererlo ni pedirlo.

 

Nuestro protagonista era natural de Cádiz, “la tacita de plata”, que algunos estudiosos dicen que tomó ese nombre de la forma que tiene la ciudad y de que las casas estaban encaladas para reflejar el sol y refulgían como la plata. Si no es este el origen, tampoco nos importa para la historieta que vamos a contar.

Este personaje estudió telecomunicaciones, pero a él lo que le gustaba era hacerse policía como lo fue su tío Rufino, hermano de su madre, y por el que profesaba una admiración tremenda. También tenía una pasión que le venía no solo de la familia, sino también del barrio y de la ciudad, consistente en ser un componente de una chirigota llamada “Los equilibristas del alambre”, donde se ponía en solfa con escarnio cualquier acontecimiento nacional e incluso internacional.

Cuando le llegó la edad se incorporó al ejército para hacer la famosa “mili”, no teniendo que desplazarse mucho pues le correspondió La Marina y el Cuartel de Instrucción de Marinería estaba ubicado en la localidad próxima de San Fernando. Allí y en su patio central dio más vueltas al cabestrante desfilando que un cura loco barriendo, que diría mi padre, explanada que con el tiempo se hizo famosa cuando el actor Alfredo Landa recreó a un marinero en la película Cateto a Babor.

Una vez acabada la mili y varios concursos fallidos de ganar con su chirigota en el Teatro Falla de su ciudad natal, tomó la decisión de ingresar en la “Policía”, aprobando la oposición y trasladándose a Madrid donde le formaron para luego destinarlo a una comisaría de distrito de la capital del reino.

Cuando se creó la comisaría local de Torrejón de Ardoz se fue allí, pues se había comprado en ese pueblo un piso a bajo precio, quizás debido a que en aquella época tenían mucho ruido ambiental, por causa de los vuelos de los aviones caza procedentes de la base americana en esa localidad.

Bueno, pues ya estamos ubicados en la ciudad donde se dio la historia que vamos a contar y donde nuestro héroe fue el protagonista, y todo debido a lo guasón que era. Por cierto los compañeros le conocían por el nombre de “pixa”, por su manía de llamar a los conocidos y no conocidos por este apelativo.

Ahora pasamos a ubicarnos en el tiempo, quizás en el último trimestre del año 1978, aunque este dato no puedo aseverarlo con certeza, pero año arriba o abajo por esa época, y también que era después del verano. Quiero recordar, si no me falla la memoria, que tuvo lugar antes de la fiesta del patrón de la policía, por tanto antes del 2 octubre.

Tenemos que tener presenta también otras cuestiones, por ejemplo, que en aquella época los americanos estaban desarrollando el Global Positioning System, o lo que es lo mismo, el archifamosísimo GPS que hoy todos conocemos. Por supuesto a los teléfonos móviles les quedaban años para ser utilizados en nuestro país, y de Internet mejor no hablamos. Las comunicaciones que realizaban los coches policiales con su base estaban casi en mantillas. Era una cosa impensable que un funcionario policial pudiera desde su vehículo consultar la matrícula de un coche, o saber los antecedentes de una persona in situ. Se hacía todo desde la base, e incluso para hacer el señalamiento del robo de un vehículo debían mandar la matrícula al servicio de Informática, y quizás con suerte constaba al día siguiente como sustraído dicho automóvil.

Pues ya tenemos las bases de la historia, y sin recrearnos más en los antecedentes pasaremos a contaros este dislate que al final no fue uno sino dos, y que nuestro héroe con su guasa dejó a los americanos con la boca abierta. Por supuesto no tuvo mala intención, y además no creo se parase mucho a pensar en las posibles consecuencias que hubieran deparado sus aseveraciones.

Por cierto, esta historia puede que la hayan contado otros anteriormente cambiando lugares e incluso personajes, pero os aseguro que ésta es la real y verdadera, por mucho que os asombre al conocerla. Y sin más dilaciones pasemos a narrar nuestro cuento.

Estando una noche de servicio Manuel, “El Pixa”, como inspector de guardia de la comisaría, llegó el cabo primero de la Policía Nacional, o quizás fuera por esa época Policía Armada, ya os digo que no tengo muy claras las fechas del acontecimiento, y que estaba a su vez al mando del vehículo policial de los llamados “Z”, los conocidos por el vulgo como “lecheras”,  debido a su color blanco.  Le comunicó que en las proximidades de la estación de RENFE habían observado un vehículo americano de grandes dimensiones, comparado con los Seat, Mini-Austin, Renault y Citröen, que circulaban por nuestras carreteras. El vehículo estaba abierto, pero eso no era raro, pues los ladrones los abrían con suma facilidad, y por otro lado no tenía signos de haber sido revuelto su interior ni nada por el estilo.

También podía darse el caso que su dueño se encontrase muy perjudicado, es decir, borracho como una cuba,  y lo hubiera dejado allí para retirarlo al día siguiente. 

Consultadas las matrículas de coches sustraídos no figuraba la del “carro”, nunca mejor dicho por ser americano.

——Cabo, déjame la matrícula y ya se verá  ——le dijo Manuel al funcionario del cuerpo auxiliar, y apuntando la matrícula en un papel que dejó sobre una mesa del interior de la oficina. Se preparó para pasar lo mejor posible lo que quedaba de la noche. No era el caso de ponerse a llamar a una grúa y trasladar el coche hasta el depósito municipal, y más, como he dicho anteriormente, en la localidad era frecuente que los militares americanos se emborracharan bebiendose hasta el agua de los floreros, y luego dejaran sus coches donde mejor les parecía, y al día siguiente los rescataban. Eso sí, si eran capaces de recordar donde lo habían abandonado.

Una hora después, aproximadamente, se presentaron en la comisaría un coronel de las fuerzas aéreas americanas con otro compatriota que hablaba aceptablemente el español, cosa en la que el militar era menos hábil, aunque se defendía relativamente bien. Expusieron que al coronel le habían robado de la puerta de su casa el coche de su propiedad de una marca americana, la cual no recuerdo ahora, pero posiblemente un Chevrolet, y de la matrícula la recuerdo  menos todavía.

——Deme la matrícula, si hace el favor  ——le solicitó el policía.

Una vez que se la dieron les pidió que esperasen un momento y se introdujo en el interior de la oficina, comprobando que efectivamente se trataba del coche que había localizado el cabo, y saliendo les dijo que se pasaran por las cercanías de la estación de trenes y que posiblemente estaba en este lugar su coche.

También les indicó que si realmente estaba el vehículo en ese lugar se pasaran más tarde a poner la denuncia de la sustracción, pero sin prisas.

Así lo hicieron el militar y su acompañante y encontraron el vehículo tal como se lo dijeron, pero como no tenía grandes daños se lo llevaron y no hicieron la denuncia, si bien el coronel se quedó intrigado de cómo la policía sabía dónde podía encontrar el coche que le habían robado.

No pudiendo refrenar su curiosidad, el coronel, que atendía por el nombre de Martin Randall (mira por dónde el nombre sí es necesario saberlo para la resolución del cuento, aunque la verdad me lo he inventado), llamó a la comisaría,  pero no quería darse a conocer pues no pensaba ir otra vez a las dependencias policiales para hacer el trámite de la recuperación y perder más tiempo, además de que le tendría que acompañar su amigo y vecino para poderse entender mejor con los policías.

El coronel, como digo, llamó a la comisaría y solicitó hablar con el inspector de guardia que en esos momentos estaba arrullado en los brazos de Morfeo. La llamada no le hizo saltar de alegría al inspector, pero sí de la improvisada cama donde dormía Manuel,  contestando de mala gana.

——¿Quién llama?  —preguntó.

El coronel en su mal español le contó que habían recuperado su coche, pero que no deseaba interponer denuncia toda vez que estaba bien y no le habían hecho ni siquiera el puente para arrancarlo.

Manuel pensó que por una parte mejor,  pues era un delito menos a contabilizar, y le expresó que estaban a su disposición para cualquier otra cosa que necesitasen.

Antes de despedirse, el coronel le preguntó por el artilugio o método para conseguir saber dónde buscar las cosas desaparecidas, y fue ahí donde le salió la vena chirigotera a Manuel.

——¡Ah, eso!, pues por la máquina que tenemos de buscar coche robados, sencillamente, la policía española dispone de una máquina de buscar coches robados      ———recalcó despreocupadamente——. ¡Patente española ciento por ciento!

El militar, que había trabajado en programas del GPS se quedó anonadado, pues no podía ser que un país tan por debajo en tecnología como era el nuestro, y con falta de satélites de localización, hubiese desarrollado antes que ellos, los americanos, un método de búsqueda. Se despidió y le propuso hablar del tema otro día si no le importaba, a lo que el gaditano con su gracejo le dijo que sin problemas.

Hemos de decir que Manuel tenía un pequeño taller donde se dedicaba a arreglar aparatos electrodomésticos y así de paso sacarse un sobresueldo, por lo que a la mañana siguiente no tuvo reparos en ir a trabajar un poco, pues la noche, quitando el incidente del coche de los americanos, había sido plácida y había podido descansar e incluso dormir sin grandes problemas. Mientras manipulaba cafeteras y transistores recordaba la broma que le había hecho al americano y él solo se desternillaba de risa.

Un par de días después se presentó en su local el yanqui, y le sondeó sobre la tecnología que representaba la máquina de buscar coches, a lo que Manuel, con sus conocimientos de telecomunicaciones, le dio unos conceptos generales sin pillarse demasiado los dedos. Eso sí, le recalcó que estaba basado en otro método distinto del seguimiento por satélite y que era un invento español.

El americano con su spanglish no captaba muy bien los conceptos pero le insinuó que Estados Unidos podría ser muy generoso en cualquier aspecto si consiguiera saber algo más de la máquina, y nuevamente la vena chirigotera de nuestro héroe le hizo seguir la broma.

——Bien, no creo que haya ningún problema en pasarle unos planos o croquis de sus componentes, pues al fin y al cabo somos países aliados, pero yo no quiero nada para mí, me conformo con que nos envíen un donativo para la celebración del día del patrón, para ya sabe, compra de embutidos, vino, etc.  ——le contestó el guasón.

El militar convino en llamarle en otra ocasión para quedar en un sitio discreto y hacer el intercambio de los croquis de los componentes por una cantidad suficiente para que los policías celebrasen por todo lo alto el día del patrón.

El chirigotero no salía de su asombro y no sabía si seguir la broma o qué, por eso quiso indagar un poco más y solicitó el registro de las personas que estuvieron aquella noche del incidente en la comisaría, comprobando que el americano se llamaba Martin Randall (ya os he dicho que es un nombre supuesto).

Tomó unas fotos de una vieja radio e hizo con sus conocimientos unos planos del funcionamiento de un transistor.

Días después, estando de servicio y siendo media tarde recibió la llamada del americano y cuando Manuel le solicitó el nombre a su interlocutor éste no quiso dar su verdadera identidad, y se inventó uno al azar, dijo llamarse Mr. Steve y de apellido McQueen.

Bueno, bueno, lo que le faltaba, el americano era también un cachondo o le quería tomar el pelo, le había dado el nombre de un actor muy conocido por aquellos años, y puestos a jugar juguemos, pensó.

Nuestro protagonista sabía, como digo, quién le llamaba y guasonamente le dijo ——Vamos a ver, aquí tenemos un sistema de identificación por voz y me dice que está llamando el señor Martin Randall.

El coronel se quedó de una piedra, primero saben localizar su coche y después saben quién les llama por la voz, eso no podía ser.

Manuel sigue con la broma y le dice: ——diga ¡A! varias veces para ratificar la identificación.

El americano desconcertado comienza a decir ¡AAAAAAAAAAAA!

——Efectivamente, usted no es Steve McQueen, usted es Martin Randall.

——No, su máquina se equivoca, señor  ——balbuceaba el americano.

——Bueno, pues hagamos una nueva prueba, ahora diga ¡E! varias veces.

Nuevamente el americano repite  ¡EEEEEEEEEEEEEEEE!

—— Pues el sistema nos dice que usted es Martin Randall y no Steve McQueen.

El silencio se hizo patente y en vista de que el interlocutor americano no hablaba y casi podía oír los engranajes de su cabeza pensando, le conminó a que se vieran dos días después, a media tarde, en el “Parque de los patos”, lugar muy frecuentado por los vecinos de la localidad,  donde procederían a hacer el intercambio del dinero por los planos de la máquina de buscar cosas.

Pasados dos días se presentaron en el lugar los dos protagonistas de la historia, y como en las películas de espías hicieron el intercambio del sobre del dinero por otro con la fotografía y los dibujos de los circuitos de un transistor, los dos sentados en un banco mirando el lago de los patos y casi sin mirarse.

Antes de marcharse del lugar, el estadounidense le insinuó que si podía ser que días más tarde le pasara también los planos del sistema de identificación por voz, a lo que nuestro compatriota se negó en redondo, y levantándose se alejó del lugar sin mirar ni una sola vez atrás y con ademán airado dijo  ——¡¿Pero qué se piensan que soy un espía?!

En comisaría “el Pixa” dijo que había conseguido el dinero para la celebración del patrón que tendría lugar pocos días después,  y dejó escapar someramente la forma en la que había conseguido la financiación. Así fue, la celebración supuso la mejor de todos los años y donde se degustó junto al queso manchego, el mejor jamón pata negra del país, y todo acompañado, o como diría el otro, regado con los mejores caldos de La Rioja y de Jerez. También en los discursos hubo alusión a lo generosos que habían sido los americanos de la base aérea con su donativo para la celebración.

Con respecto a lo ocurrido en la parte americana no lo sabemos, posiblemente montarían un buen transistor con los planos, pero no serían capaces de encontrar con él ningún automóvil sustraído. También decir, por lo que cuentan las crónicas, que no se quedaron de manos cruzadas, pues un buen día llegó al comisario una carta de la Dirección General de la Policía en la que solicitaban aclararan en qué consistía eso de una máquina de buscar coches robados. Petición de la Embajada de Estados Unidos y que también estaba interesado en ello el Ministerio de Asuntos Exteriores.

El comisario, que conocía de oídas la historia, dijo entonces:  ——¡Llamad a Manuel, “el Pixa”,  que le voy a cortar los cojo...!

No han llegado hasta mis oídos las explicaciones que se dieron al respecto, ni si a Manuel lo tildaron de héroe por el engaño y lo ascendieron de categoría, o por el contrario, que sería lo más fácil, terminó en un puesto fronterizo de los Pirineos, como es Camprodón, por ejemplo,  perteneciente a la provincia de Girona.

El caso es que se había reído del país más poderoso de la Tierra en aquellos momentos. Bueno,  su intención fue solo hacer una broma a un militar americano, y el hecho que al final trascendió terminó siendo tema de chirigota, llevando el nombre, como no podía ser de otra forma, de “La máquina de buscar coches robados”, consiguiendo un meritorio tercer premio en el concurso del Teatro Falla de Cádiz.

 

 

 

martes, 21 de septiembre de 2021

XXVI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR DEL SEGURA”, 2021

 MODALIDAD: RELATO DE AUTOR LOCAL

GANADOR: PATRICIA ALDEGUER MORALES

TÍTULO: LA BICICLETA ROJA

Patricia Aldeguer Morales nace en Guardamar un Septiembre de 1981, y aunque su formación y trabajo la obligan a habitar distintas ciudades de España e incluso Europa cumple su deseo de volver a retomar sus raíces y actualmente reside en Guardamar desde hace unos 15 años.

Se Licenció en Geología en la Universidad de Salamanca, realiza un máster de educación en la Universidad de Alicante, y paralelamente a ello se forma en cultura árabe, mediación, y en diversas técnicas didácticas y pedagógicas.

Durante esta trayectoria es colaboradora en columnas de varias revistas y coodirige un fanzine. 

Actualmente es autónoma y trabaja por cuenta propia como profesora de diferentes materias, además dirige e imparte talleres lúdico-educativos, trabajando principalmente con un sector infantil y adultos con diversidad funcional.

LA BICICLETA ROJA

Quizás nunca llegue a saber dibujar un caballo, por mucho que me insististe en que con perseverancia lo conseguiría. Es posible que no lo intentara demasiado, que nunca tuviese paciencia en ello. Lo de dibujar nunca fue mi cualidad más destacada, pero hoy…Hoy te voy a pintar un cuadro.

Es un cuadro en el que aparece el mar, una bicicleta roja con una sillita detrás, una pinada, palmeras. Una mujer muy joven y una niña, pequeña. Tan pequeña que ni siquiera sabía todavía que tendría miedo de cruzar el camino, que se empeñaría en decir que no sabía dibujar caballos, que fracasaría, una y otra vez, y otras tantas alcanzaría triunfos.

La niña, parece muy segura de sí misma, quizás un poco testaruda. Es valiente, fuerte, y piensa que casi todo lo sabe.

Por suerte, es la mujer la que conduce la bicicleta roja, es decidida, tiene un poder que quizás la niña todavía no conoce, pero será quien, con mucho trabajo, la lleve al otro lado del camino.

Aunque el camino es largo y duro, la mujer no ha parado de sonreír; por esta razón la niña no tendrá absoluta conciencia de ello.

Creo que si ampliamos el cuadro, puedo ver cómo crece; parece que ahora es ella la que conduce una bicicleta verde; la mujer le enseñó cómo hacerlo de la mejor manera y dicen que es algo que nunca se olvida. En la sillita de atrás, ahora hay un bebé. ¿Puedes verlo? Si ampliamos la imagen podremos ver que también aprenderá a conducir la bicicleta verde, y habrá otro, y otra… ¡Así hasta 4!, que siguen a la bicicleta roja que va abriendo el camino.

Como ves mamá, estoy pintando con letras, al fin y al cabo es mi idioma. Podría escribirte mil dibujos y sentirme cómoda con ellos.

Podría escribirte con muchísimos colores cómo ponías mi mano en tu barriga cuando mis hermanos estaban dentro de tí. ¡Qué privilegio el mío el poder haber vivido esto!

Podría escribirte una tarde de cualquier mes, en Guardamar, quizás en la tienda, leyendo un libro o sentada en aquel sofá marrón.

Podría dibujar con trazo firme el camino, ahora sí, el que no me atrevía a empezar y me empujaste a que lo hiciera.

Podría hacer un mosaico de colores con cada palabra. Con tus triunfos, y con los míos. Un cuadro abstracto, con cada una de esas discusiones en las que nunca nos pondremos de acuerdo. Pues eso, dicen, también forma parte del arte.

A mano alzado podría dibujarte un camino, con algún tramo de curvas, al que no le tengo miedo, pues ¿sabes?, sigo viendo la huella de la rueda de la bicicleta roja.

En tu camino y en el mío, mamá. Aprendimos a montar en bicicleta.

Querida madre, fueron tantos los días y los cuadros que hemos pintado...

Te observé tantas veces, mientras sostenías un bebé en tus brazos. Interpreté tantos brillos en tus ojos.  Grabé tantas imágenes en mi retina. Aprendí tanto de ti, que sólo deseaba, al menos un poquito, hacerlo como tú.

 Mi empuje para cualquier acto de valentía, la mano que agarra y acompaña en cualquier línea que haya que cruzar.

La que me enseñó a luchar por mis sueños, la que me dio raíces y esas alas que a veces me cuesta alzar.

Si aprendí a volar... Fue porque supiste mostrarme tu vuelo.

He volado y vivido muchas vueltas al sol, cada año, con mil historias y mil cuadros que podría pintar, intenté varias técnicas, varios escenarios y, al final, todo parece rondar el mismo lugar.

Querido hijo:

Sigo sin aprender a dibujar caballos, aunque he de reconocerte que tampoco lo intenté demasiado. Sin embargo, quizás sí que lo hice en aquellas facetas que eran billetes de avión hacia aquellos lugares que quise viajar. Y es que... ¡Cuántos viajes hice con su empuje!

Esa mano que me empujaba y que hace poquito sujetaba encima de mi vientre para que pudiese notarte, en ocasiones las manos están en diferentes posiciones, pero siguen estando juntas.

Querido hijo, en Guardamar, en cualquier mes, leyendo un libro y sentados en este sofá, que esta vez es de color gris.

No puedo prometerte ser la mejor madre del mundo, pero te prometo que seré la mejor madre que pueda llegar a ser.

Ahora es mi turno, y abro esas alas para enseñarte a volar, para protegerte de cada tormenta, hasta que puedas volar por ti mismo.

Llevo algo más de un año conduciendo torpemente esa bicicleta roja, la cogí con tantas ganas, sin apenas saber nada de su mecánica... y entonces empecé a pintar un cuadro...

Al arrancar, veía de frente el camino que, aunque sinuoso, no dejaba de regalarme un atractivo indescriptible.

Dos pedales y la fuerza de mi cuerpo, sin más, y me sentí como ella. Fuerte y capaz de llegar a donde hiciese falta. Y un bebé tras de mí, con una mirada que cualquiera hubiese dicho que pudo entenderme desde el primer día.

Aquel día que cogí las riendas de esa bicicleta, de la que durante tanto tiempo observé como se conducía.

Curiosamente, la maquinaria de ese vehículo es más bien el conductor y abro mis alas para que puedas volar, hasta que tengas las tuyas propias.

Aquel día, aquellos tres días, ella no dejó de pedalear y de llevarme por el camino, de algún modo, aunque eras tú el bebé que estaba a punto de llegar, me sentía como aquel bebé que ella tomó por primera vez en sus brazos con tan solo 20 años.

Ella estaba allí, cerca de mí, y entonces supe que nada podía pasarme. Mi bicicleta roja estaba lista para empezar la marcha.

Parece que esto es para siempre; espero que algún día, si me notas cerca puedas sentir algo parecido.

Todavía no hemos podido recorrer el mundo en bicicleta, no pude llevarte al sur, como tantas veces deseé. Pero pude mostrarte el mar con apenas días de vida.

Viajaré por donde nos permitan, intentaré que nunca sientas frío; pero, si lo sientes, estaré cerca para arroparte.

Si se estropean las ruedas te enseñaré a ser paciente, y las arreglaremos juntos, para poder seguir pedaleando.

Quiero pintarte un cuadro, con una amplia paleta de colores, donde brille el sol, donde siempre puedas ver el mar y donde, en la arena, puedas ver las huellas que alguien dejó con una bicicleta roja.

Quiero pintarte un cuadro donde puedas ver todas las sonrisas, sin excepción de ninguna. Donde suene cualquier tipo de música, y donde nada tape el sonido de las olas. Donde haya mucha gente, y junta, y que puedas ver cómo se abrazan, y que te abracen. y que tengas el deseo de hacerlo también.

Quiero pintarte un cuadro donde aparezcas tú y que seas sencillamente del color que más te guste.

Quiero pintarte un cuadro donde tus ojos estén abiertos y observando todo ese mundo que te queda por vivir.

Vuelve a aparecer un mar, una pinada, palmeras. Una mujer que conduce una bicicleta roja, al son de unas huellas que antes alguien le dejó de guía. Un bebé, que mira atentamente todo lo que ocurre. Parece no tener miedo a nada, y sonríe, como si absolutamente todo le invadiese de alegría. Y, entonces, esa mujer vuelve a perder toda la consciencia más allá de esa sonrisa.

El bebé apunta a ser testarudo, como su madre, activo, invencible, algo caprichoso. Despierto, con los ojos muy abiertos, atento a todo, y a cualquier voz que pueda relatarle algo.

La cesta de la bicicleta va cargada de felicidad, desde lejos podría verse, un concepto muy ambiguo que algún día aprenderás; si miras al cuadro podrás ver que esa felicidad viaja alrededor de ella, parece haber conseguido todo lo que quería y se muestra orgullosa que en tan poco espacio tenerlo todo.

¿Puedes verlo?

Quiero pintar una bicicleta verde, para cuando puedas conducirla por ti mismo. con dos pedales, y ligera como el viento, para que puedas volar.

Querido hijo, prometo estudiarme el método y todos los estudios que sean necesarios; prometo ser yo, y amarte. Siempre, y por encima de todo.

Prometo esperarte en la meta, sea cual sea tu posición, porque si corres, habrás ganado.

Prometo ponerte límites con el fin de que puedas vivir y conseguir lo que quieras sin ellos.

Prometo enseñarte a dibujar o, al menos, darte las herramientas para que puedas aprender si lo deseas.

Prometo no darte todo lo que pidas, mas sí ofrecerte todo lo que necesitas.

Quiero labrarte las sendas, para que puedas verlas y, aún así, seas solo tú el que elija tu propio camino.

Puedo imaginarme ampliando este cuadro y recordando y celebrando todos esos caminos por los que pasó tu bicicleta Puedo imaginarme esas discusiones de las que seremos partícipes, pero eso, también será parte del arte.

. Puedo imaginarme calmando tus miedos, abrazándote siempre que me sea posible, puedo imaginarme con la cesta llena, como hasta ahora. Puedo imaginarme loca, envuelta en orgullo y embriagada por cualquiera de tus carcajadas.

Puedo imaginarme aquí, en este cuadro, en este lugar que nos vio nacer a los tres.

Adelante; ahora es tu turno, tu bicicleta verde está casi lista para arrancar.