sábado, 12 de febrero de 2011

XVI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2011

 AUTOR LOCAL

ADRIÁN PÉREZ QUESADA



Adrián Pérez Quesada tiene 28 años y es natural de Guardamar del Segura. Estudió la Licenciatura de Publicidad y Relaciones Públicas en la Universidad de Alicante y el Grado Superior en Diseño y Producción Editorial en el Instituto Carrús de Elche. Sus influencias provienen de la música, el cine y la literatura fundamentalmente, pero también de lo que sus sentidos y su corazón le han transmitido desde el momento en que nació. El relato “Superhéroes”, presentado a concurso, es el tercero que ha escrito, y  aunque sabe que la tarea de escribir bien es muy complicada, intentará desarrollar en el futuro nuevas historias que merezcan la pena ser leídas. 

Superhéroes

Este relato está basado en hechos reales.

No se deben ignorar los sentimientos que definen lo humano.
No se deben olvidar los hechos que arañan el milagro.

Principios de mayo de 1986 -  Prípiat (Unión Soviética)
Eran poco más de las cinco de la mañana cuando Boris Baranov despertó. Había dormido muy poco, pero había dormido bien, demasiado bien pensó. Pero sus primeros movimientos le confirmaron que se sentía bastante débil y cansado, además, su boca aún mantenía el sabor metálico de los días anteriores, lo que le indicó que la pesadilla continuaba. Se alzó lentamente de la cama y sintió una gran presión en las sienes y un mareo que le obligó a permanecer sentado unos cuantos minutos. Fue al cuarto de baño, y mientras se cepillaba los dientes, comprobó frente al espejo cómo el tono de piel de su cara se iba oscureciendo según pasaban lo días. Puso la cafetera en marcha y se vistió con uno de los monos blancos de seguridad que le habían obligado a llevar en la central. Una vez vestido, se puso una taza de café, se encendió un cigarrillo dando una profunda calada y se asomó por una de las ventanas del piso que daban hacia el exterior. En la calle todo estaba oscuro y no pudo evitar recordar la noche del accidente, cuando el sonido de la explosión le hizo levantarse sobresaltado de la cama y observar, a través de esa misma ventana, cómo una gran luz blanca como la de un descomunal flash de una cámara de fotos había provocado que el día surgiera en mitad de la noche durante algunos segundos; y cómo también, al regresar de nuevo la oscuridad, pudo contemplar un espectáculo sobrecogedor, la visión más hermosa que hasta ese momento habían visto sus ojos. En el cielo, a gran altura, se había formado un mosaico de colores espectrales sobre el manto negro de la noche que al final terminaba por tragárselo todo.    
De repente, el teléfono sonó en el cuarto provocando que Boris regresara de golpe a la realidad y comprobara como su cigarro era ya todo ceniza. Mientras lo apagaba bien en el cenicero tuvo la certeza de que esa llamada sería el principio de algo, y aunque no sabía de qué, lo más seguro es que no fuera nada bueno. Descolgó el teléfono. Una voz se presentó como un alto cargo de la Delegación Científica desplazada desde Moscú que quería hablar con el señor Boris Baranov. Boris le informó que se trataba de él mismo y la voz le comunicó que tenían algunos informes que revelaban que él tenía cierta experiencia en inmersión subacuática y que por ese motivo, le necesitaban en la central para un asunto de vital importancia; también le informaron de que un coche oficial se desplazaría en menos de media hora hasta su domicilio para trasladarlo a la central. Él confirmó que en treinta minutos estaría en la puerta del edificio y colgó.
Aunque tenía previsto acudir en algo más de una hora a la central nuclear, esa llamada inesperada le hizo saber que había ocurrido algo que no podía esperar ni siquiera unos pocos minutos, algo, que según la situación que había observado la noche anterior, sería un asunto bastante serio. Un desastre dentro del gran desastre. Un infierno dentro del mismo infierno.  
Dio un último sorbo al café y comenzó a prepararse todo el material poniendo gran atención en que no se le olvidara nada. Cuando estuvo totalmente seguro de tenerlo todo preparado, se dispuso a salir del apartamento, pero casi de forma automática, sus ojos se fijaron en aquella vieja fotografía que tenía colgada en la pared. En ella se podía ver a Boris de pequeño sentado en las rodillas de su madre acompañado también por su padre. Esa fotografía, normalmente, pasaba desapercibida a su acostumbrada vista por formar parte de la decoración habitual de su casa, algo poco llamativo para la persona que habita en ella, pero en ese momento, esa foto adquirió un enorme poder de atracción que consiguió calar más allá de su mirada. Entonces cayó en la cuenta de que hacía ya varios meses que no veía a sus padres y que habían sido raras las ocasiones en que habían hablado por teléfono. De pronto sintió un gran pesar y deseó con toda la fuerza que aún le quedaba acumulada en su cuerpo darles un fuerte abrazo, pero, tras comprender que ese deseo era imposible, abrió la puerta, echó un último vistazo a la casa y salió del apartamento.
Llevaba esperando menos de cinco minutos en la puerta del edificio cuando apareció un camión militar preguntando por él. Subió a su parte trasera y comprobó que habían varios hombres sentados que vestían el mismo mono blanco que él. Saludó al subir pero no recibió ninguna respuesta. La preocupación que pudo comprobar en los rostros de aquellas personas le hizo saber que nada de lo que dijera nadie tendría el más mínimo valor y haría más llevadera la situación. De camino a la central el silencio era total y los ocupantes del vehículo simplemente se limitaron a observar las calles de aquella oscura y fantasmal ciudad, una ciudad que tan sólo unos días antes había albergado a más de 40.000 personas. En ese momento, solamente el sonido del motor del camión y alguna que otra luz solitaria que se divisaba en algún edificio hacían pensar que en aquella gran mole de cristal, hierro y hormigón quedaran indicios de actividad humana.
Llegando a la cercanías de la central nuclear, Boris sintió cómo dentro de su cabeza, que parecía flotar sobre sus hombros, la visión de los primeros rayos de luz del día se mezclaba mágicamente, como en un sueño, con el ruido ensordecedor de los helicópteros que llevaban varios días arrojando miles de toneladas de arena y ácido bórico sobre el reactor número 4. Llegó a disfrutar de ese extraño momento, de esa asombrosa fusión de sus sentidos, aunque en el fondo sabía que ese estado suponía una muy mala señal para su organismo, ya que se trataba de una consecuencia directa de la ionización de sus neuronas provocada por la radioactividad. El picor de ojos y el aumento del sabor ácido en la boca indicaron a los ocupantes del vehículo que era el momento de ponerse las máscaras antigas. Unos minutos más tarde llegaron a la entrada de la central nuclear.
Varios militares les dieron el alto y preguntaron al grupo quiénes habían sido citados por la Delegación Científica por motivo de sus conocimientos en inmersión subacuática. Solamente Boris y dos hombres más bajaron del camión y acompañaron a un alto cargo militar hacia el interior de la central nuclear. Los introdujeron en una gran sala donde les estaban esperando varios hombres ataviados también con monos blancos,  algunos miembros de la unidad de bomberos, un par de militares y varias personas de la Delegación Científica encargadas de gestionar y controlar las consecuencias provocadas por el accidente nuclear. El alto cargo del ejército mandó a todos los hombres que se pusieran en fila horizontal delante de él y de los científicos. Boris pudo comprobar que eran poco más de diez las personas que se encontraban en su misma situación. Todos expectantes, unidos como por un lazo invisible a un propósito aún desconocido; ametrallados lentamente por los ojos de los responsables de aquella misteriosa reunión. Después de unos momentos de silencio, que parecieron durar más que la misma eternidad, un científico comenzó a hablar.
«Señores, intentaré ser lo más breve posible porque el tiempo es un factor de gran importancia en las circunstancias actuales. Se os ha reunido aquí de manera tan precipitada porque nos encontramos en una situación muy delicada que debe resolverse con la mayor urgencia posible. Como todos ya saben, la explosión del reactor número 4 provocó un incendio, que se logró extinguir durante las siguientes horas al desastre por medio de la ejecución de peligrosas pero necesarias maniobras del cuerpo de bomberos, que evitaron que el fuego se propagara al resto de reactores. Una vez sofocado el incendio, que era lo primordial en ese momento, nos dimos cuenta que los daños habían alcanzado al núcleo del reactor, que se encuentra en este momento totalmente fundido y expuesto al exterior, generando una increíble contaminación ambiental. El peligro reside ahora en ese núcleo fundido, que conforma ríos de lava de corio a una temperatura de más de 1600 grados. Hemos intentado rebajar el calor arrojando toneladas de arena y ácido bórico pero está resultando muy poco eficaz y se están barajando otras opciones de extinción. Por tanto, todo ese material radiactivo sigue fundiéndose y generando unos niveles de radioactividad inhumanos. Además, a dos niveles por debajo del reactor, se encuentran unas piscinas de seguridad, con la función de enfriar en caso de emergencia el reactor, pero ahora se encuentran llenas hasta arriba del agua arrojada por los bomberos y de las tuberías reventadas del circuito de canalización del reactor. Existe, por tanto, el gran peligro de que algunas gotas, e incluso el conjunto completo de la lava radiactiva, traspase los bloques de cemento que separan el reactor de las piscinas y entren en contacto con el agua generando una explosión comparable con una gigantesca bomba atómica que arrasaría cientos de kilómetros cuadrados provocando miles de muertos en cuestión de unas pocas horas y proyectando también a la atmósfera cientos de toneladas de corio, lo que podría provocar que toda Europa quedara inhabitable durante cientos de años.»
El científico se detuvo unos instantes tras haber detallado, paso por paso, el Apocalipsis de todo un continente. Boris sintió un agudo escalofrío que le atravesó de punta a punta la espina dorsal como una serpiente de hielo. Pensó que todo aquello no podía ser cierto, que no podía estar sucediendo, que todo había sido un lapsus mental, una terrible ensoñación de su cerebro generada por la alta radiación. ¿Pero qué cabeza podría generar tal pesadilla?, ¿qué hombre podría concebir tan siniestra idea? El científico reanudó de nuevo su discurso.
«Señores, debemos actuar rápidamente, porque todo lo que conocemos puede volar por los aires en cuestión de horas. Vuestra patria os ha requerido por vuestros conocimientos en inmersión subacuática para una heroica misión. Debido a que los sistemas de control electrónicos han quedado inoperativos, es necesario vaciar cuanto antes el agua de las piscinas situadas debajo del reactor de manera manual, abriendo las dos válvulas que se encuentran en su fondo para evitar la explosión. El problema, es que se trata de una operación demasiado arriesgada, dificultosa incluso en circunstancias normales. Alguien debe llegar hasta el reactor donde los niveles de radiación son mortales en exposiciones prolongadas y luego sumergirse  en el agua altamente contaminada de las piscinas para abrir las válvulas. No sabéis lo que me cuesta encomendaros esta sucia tarea, ya que casi con toda seguridad, los valientes que se ofrezcan voluntarios se dejarán la vida en el intento o perecerán a corto-medio plazo. Comprendo que es un sacrificio muy duro al que os enfrentáis, pero alguien debe hacer este maldito trabajo, alguien ha de estar dispuesto a dar su vida por su patria, por su gente y por las generaciones futuras. Por tanto, necesitamos dos voluntarios para afrontar esta misión tan necesaria. Quienes se sientan preparados, que den un paso al frente.»
   De nuevo el silencio, pero esta vez un silencio afilado y frío que impedía el movimiento y amplificaba los pensamientos que fluían a millones de años luz por segundo en cada cabeza de esa sala. Boris a pesar del shock inicial, comprendió enseguida la situación y la necesidad de realizar aquella insoportable operación, pero empezó a sentir llegar desde algún rincón de su pecho el miedo a no existir, el temor a dejar de ser. Aquel pensamiento creció y creció hasta que llegó a impregnar cada célula de su cuerpo y a apoderarse por completo de su razón. Comprendió que se trataba de una elección. Su existencia o la de sus seres queridos y compatriotas. Una decisión tremendamente complicada cuando se presenta de verdad. Una medida de balanza cuyos pesos poca gente se atreve a colocar.
De repente ¡Pum! Trallazo en su corazón. Un hombre dio un paso al frente para ofrecerse como voluntario alegando que él no tenía más remedio que ir porque conocía exactamente dónde se encontraban las válvulas de apertura de la piscina al haber cooperado como ingeniero nuclear en el diseño y la construcción de las esclusas.
¡Pum! De nuevo su corazón. Otro hombre, con paso firme de gladiador se prestó voluntario. Este se justificó diciendo que trabajaba como ingeniero en la central nuclear en el departamento de explotación y que al conocer perfectamente el camino hacia las piscinas de seguridad tendrían más posibilidades de éxito.
Una cierta sensación de alivio recuperó su cuerpo, pero a la vez se sintió triste y cobarde al ver a aquellos dos hombres que se disponían a escribir unas líneas de despedida para sus mujeres e hijos por si la cosa salía realmente mal. Esos hombres tenían una buena excusa para evitar hacer el trabajo y aún así sacrificaban un futuro lleno de amor y cariño por el bien de todos ellos, mientras que él, que no tenía nada, salvo la esperanza de ese amor que ellos ya tenían en su mano, se había quedado congelado por las dudas y el miedo.
Entonces, uno de aquellos hombres, mientras preparaba el equipo necesario sugirió a los miembros de la delegación científica que haría falta un tercer hombre para sujetar la lámpara que los iluminara mientras ellos se sumergían en las piscinas, porque totalmente a oscuras sí sería una tarea realmente imposible. Boris, al escuchar eso, se encontró insólitamente ante la misma situación anterior. El destino, que pocas veces desanda sus pasos, le brindaba la posibilidad de elegir de nuevo, y él, impidiendo que otra vez la cobardía y el miedo pusieran en duda su decisión contestó de manera automática, casi sin pensar… «Yo iré con vosotros», y juró para sí mismo que aquel trabajo supondría su ofrenda como hombre a la humanidad, su último gran acto de amor, al renunciar a su futuro, a su propia vida, por el devenir de un mundo mejor.
Era ya media mañana cuando los tres voluntarios terminaron de equiparse con sus trajes especiales y reunieron todo el material necesario para la misión. Recibieron las últimas instrucciones, y los elogios y deseos de buena suerte de los científicos y de los demás compañeros que quedarían atrás. Por último, tanto Boris como Alexei y Valeriy, que así se llamaban los otros dos hombres, se sirvieron un buen vaso de vodka para darse valor y brindaron por el éxito de la operación. Después partieron hacia las piscinas, sin grandes despedidas ni excesos de protagonismo, simplemente como tres hombres normales que deben realizar un trabajo más.
Durante el camino a Boris le impresionó la serenidad con que aquellos hombres se enfrentaban a la fatalidad. En sus rostros no había ni rastro de vacilación ni de miedo, cosa que le tranquilizó y le llenó de confianza para seguir con paso firme hacia su objetivo. Conforme iban acercándose a la sala de los depósitos, empezaron a notar los estragos producidos por los cinco mil roentgens por hora de radiación que se emitían en la zona, cuando lo normal en el ambiente son unos veinte microrroentgens por hora. Sus rostros empezaron a tomar un color más oscuro a cada paso. Los mareos y las náuseas les hacían detenerse cada pocos metros. Sus cabezas parecían ollas a presión y notaban como sus cuerpos eran atravesados por millones de alfileres de cristal. Sobre sus cabezas, a poco más de unos metros, solamente separados por una capa de hormigón, los restos incandescentes de un reactor nuclear destruido. Nadie antes había estado tan cerca de aquel misterioso e implacable asesino que es el material nuclear radioactivo.
Tras unos minutos avanzando iluminados únicamente con la lámpara por un pasillo que parecía que les conduciría directamente al abismo, llegaron a la zona de las piscinas donde pudieron observar cómo el agua emitía un siniestro resplandor azul producto de la alta contaminación. Una visión hermosa pero suicida. Debían actuar con rapidez, ya que cada segundo que pasaba los alejaba más del éxito al sentirse cada vez más débiles. Alexei y Valeriy se ajustaron sus equipos y se sumergieron con gran rapidez en el agua. Boris alumbrando desde el borde de la piscina acordado en la charla anterior, contempló como sus compañeros desaparecían en las oscuras aguas dejándole a él solo en medio de aquella terrible sala que cada vez más se asemejaba a una gran tumba. En ese momento la lámpara se fundió dejándolo todo a oscuras, y sus intentos de volverla a encender fracasaron. Pensó que todo acababa ahí. Allí solo, en la más absoluta oscuridad, acompañado únicamente por el suave balanceo del agua, su mente le transportó misteriosamente al útero materno y comprendió, con la claridad que acompaña a la muerte, que morir no es más que la antesala de un nuevo nacimiento, igual o diferente al ya vivido, pero que al fin y al cabo se trataba de un nuevo comienzo. Aquella sensación de certeza en la infinitud de su existencia le hizo perder el poco miedo que le quedaba. Pero tras unos segundos de auténtica paz se oyó un chirrido y el agua comenzó a ser succionada a gran velocidad, lo que le indicó que sus compañeros lo habían logrado, habían conseguido abrir las válvulas eliminando así la posibilidad de que se produjera la gran explosión.
Cuando los buzos regresaron a la superficie, fueron ayudados por Boris para salir de los depósitos de agua y se fundieron en un fraternal abrazo que atravesó sus pieles  provocando la fricción de sus almas. Jamás habían sentido una alegría tan intensa y eso que ellos eran los auténticos perdedores de aquella situación. Como pudieron, gastando sus últimas energías, regresaron a tientas por el largo pasillo, cogidos unos a otros por sus manos hasta llegar a la salida. Llegaron totalmente extenuados, pero conscientes para recibir los alabos y reconocimientos de sus compañeros por la gran valentía mostrada, ya que habían sabido del éxito de la misión al ver la salida del agua radioactiva en dirección a los depósitos exteriores encargados de su recogida. En seguida fueron llevados a las unidades médicas que aprobaron su inmediato traslado en avión militar a las unidades de radiología de Kiev y Moscú. Boris, totalmente abatido en la camilla, no tuvo la ocasión de despedirse de sus dos compañeros y les deseo con todo su corazón toda la suerte del mundo. Seguidamente fue trasladado a Moscú, junto a otros contaminados por radiación del accidente.
Ya en Moscú, fue ingresado en la unidad de cuidados intensivos de la unidad de radiología, aislado totalmente del resto de los enfermos. Su diagnostico: síndrome radioactivo extremo. Tenía el cuerpo deshecho y toda su piel estaba cubierta de llagas sanguinolentas. Su cuerpo estaba hinchado, casi no tenía ojos y los huesos le bailaban dentro de la carne al mover los brazos y las piernas. Su sistema nervioso había quedado dañado por completo y se ahogaba con sus propias vísceras llegando a expulsar por la boca pedazos de hígado y pulmón. En definitiva, un auténtico tormento físico. Tras dos días de inhumana agonía y teniendo como último deseo que todo ese dolor y ese sacrificio realizado sirviera para construir un futuro mejor, Boris falleció alejado de su familia en una solitaria cama del hospital.
Su cuerpo ya no era el cadáver de un hombre, ahora era material altamente radioactivo a cargo de las autoridades. Varios militares metieron su cuerpo en una bolsa de plástico y lo introdujeron en un ataúd que fue envuelto también en otra bolsa de celofán transparente con el grosor de un mantel. Todo eso lo introdujeron en un féretro de zinc soldado que permaneció varios días en el hospital hasta que sus padres aprobaron que su hijo fuera enterrado de manera especial en un cementerio de Moscú bajo gruesas planchas de hormigón.
Poco después, al conseguir enfriar totalmente el núcleo del reactor número 4 de la central nuclear de Chernóbil, se comprobó que el material radioactivo había atravesado las capas de hormigón que lo separaba de las piscinas, llegando a niveles inferiores de donde se encontraba el agua. Por tanto, la acción de Boris Baranov, Alexei Ananenko y Valeriy Bezpalov evitó, con toda seguridad, la mayor catástrofe que hubiera conocido la humanidad. 

miércoles, 9 de febrero de 2011

XVI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2011

RELATO GANADOR

 MENOR 18 AÑOS


BLANCA MONTOYA LANDA


Blanca, desde muy pequeña ha sido una niña independiente y con un marcado criterio propio. Tiene una creatividad muy notable y ha sentido siempre la necesidad de expresarse artísticamente,  destacando sobre todo en el dibujo y en la escritura. Actualmente cursa 2º E.S.O en el colegio SEK de Ciudal Campo.

Con catorce años recién cumplidos ya ha sido distinguida previamente en varias ocasiones, entre las que cabe citar el primer premio 2008 de cuentos del C.E.I.P Tierno Galván de Tres Cantos (Madrid) por el relato “El muñeco de nieve” o la publicación en 2009 del poema “El mar” en la revista Dos Pingoletas  del Ayuntamiento tricantino.

Le encanta la literatura fantástica y de ciencia ficción y los relatos dramáticos. El hábito de lectura lo ha tenido desde bien pequeña. 


                             PIES  DESCALZOS

CAPÍTULO 1.           (22 Octubre, 1999)
Un varón. Habían luchado mucho por lograr tener un hijo. Al fin, parecía que lo habían conseguido. Éstos parecían asustados. El doctor se disponía a entrar en la habitación cuando descubrió a Mijail.
            No estaba permitida la presencia del padre en los partos y el doctor Sminov no iba a hacer ninguna excepción.            
            Sminov era el chamán del pueblo, quien se ocupaba de los partos, de las enfermedades y de las predicciones. Decían que hablaba con los dioses, pero no muchos le creían. Vivían en una pequeña aldea, cerca del estremecedor bosque de Germinsh. Muchos cazadores  de aldeas lejanas lo llamaban “Леса потеряли(El bosque perdido). Rondaban muchas historias y leyendas acerca de un horrible animal que habitaba en dicho bosque. Decían que, aún, allí se encontraban las almas de todos los cazadores que habían muerto en su intento de matarlo y, que nadie había salido jamás vivo de allí. Por este motivo, los habitantes de este pueblo se limitaban a pescar y a recolectar frutas y hortalizas. Pero esto no era siempre así, una vez en la vida, cuando los muchachos cumplían veinte años debían adentrarse en el temido bosque y cazar un олень (ciervo). No todos lo lograban, muchos se perdían o, simplemente no se volvía a saber nada de ellos nunca más.
            No protestó, se deslizó como un lince por la puerta y, en un abrir y cerrar de ojos, salió. Se sentó en un mullido sofá de pieles que ocupaba la mayor parte de la cabaña. Había pertenecido a su padre, un noble cazador de ciervos que era capaz de vencer a un tigre sin necesidad de arma alguna.
Observó también las camas, unas pieles tendidas en el suelo que, apenas ocupaban una tercera parte de la casa. Se estremeció, había oído gritos; y no eran de su mujer, ni del médico. Esta vez estaba seguro de que ninguno de los dos era el causante del quejido. Había sido alguien diferente, una voz que nunca había oído.
            Se precipitó a entrar en la habitación. Por mucho que lo intentó, Hudson no logró detenerlo. Era rápido y ágil como un zorro, pero la caza no se le daba bien, por ese motivo, la pareja deseaba tener un hijo varón.
            Pero, esta vez, la suerte no fue con ellos. La recién nacida resultó ser una pálida niña, asustada e indefensa.
            Vivian en un poblado, al norte de Rusia, en lo alto de las montañas. Por este motivo su única esperanza era tener un niño cuanto antes para convertirlo en cazador.
            Cuando entró, su mujer lo miraba, en sus ojos podía ver la desilusión y la rabia que poseía Mijail en ese mismo momento.
            --Lo siento –murmuró.
Su marido no contestó, se limitó a salir de la habitación murmurando algo entre dientes. Pero que nadie entendió.
            Galia se despidió mas tarde del chamán y, se dirigió hasta el enfurecido rostro de su marido. Lo  besó. Por un momento creyó haberlo olvidado todo, pero desafortunadamente para ella, no tardó en volverlo a recordar.
            --Lo siento –repitió ella.
            --¡Todo es culpa tuya! –la golpeó --¡Es qué no te das cuenta de que sin un varón pronto no podremos comer! ¿Es qué soy yo el único que piensa en eso? –chilló.
            No contestó. Sabía muy bien que a su marido no le podía llevar la contraria… no, a él no.
            --¿Qué? ¿Y qué hacemos con esta niña? –Añadió pateando con más fuerza a su mujer- No podemos cuidar y alimentar dos niños! Pero claro… ¡como el que alimenta a esta familia soy yo! ¡Qué más da! ¿No?
            --Buscaremos alguna solución, no te preocupes…
            --¿Qué no me preocupe? ¡Es que estás loca! ¿De verdad crees que no me voy a preocupar? Vamos, dámela.
            --¿Qué vas a hacer?
            --¿Qué qué voy a hacer? Pues voy a deshacerme de ella enseguida.
            --No, por favor. ¡No! –respondió sollozando entre lágrimas –por favor... Podemos criarla… Y, cuando nazca el varón la venderemos como esclava.
            --No. Vamos, ¡dámela!.
            --Por favor, Mijail, por favor… Podemos cuidarla hasta que nazca nuestro hijo, entonces, la venderemos y conseguiremos dinero.
            Mijail se marchó de la habitación. ¿Significaba eso que podrían quedársela? Galia dudó por un momento.      
Miró aquella hermosa criatura que la observaba con tanta dulzura. Su escaso pelo era de color negro azabache y sus ojitos marrones lucían parpadeando.
Sus pequeños dedos se aferraban a la mano de su madre con ternura y desesperación.
            --Tranquila, no permitiré que te ocurra nada – susurró. La pequeña esbozó lo que parecía una leve sonrisa.
            Se asomó por la ventana. Mijail estaba allí, fuera, hablando con Andrey.
Andrey era un hombre fuerte y robusto, y también padre. Tenía dos hijos mayores. Y su mujer, Natasha, era una mujer muy hermosa y amable. Vivían no muy lejos de su casa, y se reunían de vez en cuando para hablar, cabalgar, o quien sabe que.
            -Mi mujer cada vez me tiene menos respeto. –se quejó Mijail. – Tengo que hacer algo con la niña esta…
            -Deberías reñir a tu mujer, no debe llevarte la contraria en ningún momento. Y, si tu quieres acabar con la niña, ella no debe opinar. Recuérdalo, es solo una mujer.
            -Tienes razón. No debo acobardarme. Hoy mismo mataré a la niña y propinaré a mi mujer una buena regañina.
-Así me gusta amigo… -- dijo Andrey sonriendo.
            Galia estaba asustada. ¿Regañina? Ella sabía perfectamente lo que aquello significaba. Significaba dolor y maltrato hacia ella. Y además, él pretendía matar a su propia hija.
Tomó a la pequeña en brazos y, mientras Mijail se despedía de su amigo, salió corriendo hacia el bosque con la niña en brazos.       
Se oían los gritos salvajes de los jóvenes cazadores que arriesgaban su vida por conseguir comida. Los lobos aullaban a lo lejos, hambrientos, esperando a que algún cazador se despistara para lanzarse sobre él.
            Galia corría rápido, temblaba de frío. La pequeña se acababa de despertar, pero no parecía asustada. De repente se detuvo. Había oído algo.
            --¿Hola? – chilló.
No hubo respuesta.
Estaba claro, se había perdido.
Siguió andando, no quería perder la esperanza, pero finalmente, se tiró al suelo, desesperada ante la situación.          
La luna, rabiosa, ante el intento de iluminar tras las oscuras nubes, nunca se rinde, siempre está atenta, y guarda esperanzas. Es como un perro al lado de su amo, siempre espera, con paciencia, al momento adecuado para suplicarle comida.
Las personas somos muy complicadas en comparación al resto de los animales. Siempre queremos tener lo mejor, lo más rico, lo más sabroso, lo más bello… ellos no. Ellos se conforman con un resto de comida apenas comestible, solo quieren sobrevivir, sin importarles en qué condiciones. Sin embargo, las personas tenemos habilidades que pocos animales tienen. Así como la inteligencia, el amor, la astucia… Así pues yo digo, ¿cómo es posible que los animales, sin estas habilidades sobrevivan mejor que nosotros? Pues la respuesta es muy simple, porque nosotros somos cobardes, huimos si se nos da la posibilidad, rehusamos y esquivamos determinadas situaciones que tarde o temprano tendremos que afrontar. Ellos no. Ellos las aceptan, se acostumbran a ellas, lo cual nos dice que no somos tan listos como pensamos.
            Galia lloraba, temerosa, insegura.
Cuando cesó de llorar, reparó en la niña, quieta, callada, inmóvil… sus ojitos observaban pacientemente a su madre. No parecía asustada en absoluto, es más, parecía disfrutar.
-No te das cuenta de lo que pasa, ¿verdad? –preguntó Galia en tono cariñoso.
La pequeña sonrió, lo cual relajó a su madre durante unos segundos de tensión.
De repente, un rayo cayó con fuerza a escasos metros de ellas, lo cual provocó un incendio. Galia cogió a su hija en brazos y empezó a correr.
Pronto se cansó, cayó al suelo, sin fuerzas, lloraba, estaba muerta de miedo y abrazó a su hija con delicadeza.
            -Eres muy valiente, fuerte, sé que lo eres. Eres a la persona a la que más he amado, iría contigo hasta el fin del mundo, hasta donde fuera… pero no puedo, mis fuerzas se han agotado, yo he vivido ya mi vida, me hubiera gustado verte crecer… pero no va a poder ser así, ahora te toca a ti, vivir la tuya.
            Acarició lentamente la cabeza de su hija y cerró los ojos.

CAPÍTULO 2.        (23 Octubre, 1999)
            -¡Sergey! ¡Corre! ¡Ven a ver esto! –exclamó una mujer.
            -¿Qué sucede mamá? ¿Estás bien? ¿Dónde estás? –Preguntó preocupado.
            -¡Mira ven! ¡Ay ,dios! ¡Que el bebé está vivo!
            Sergey corrió rápido hacia su madre y examinó la situación.
En el suelo yacía una joven mujer cubierta de un manto y, en brazos, agarraba a un pequeño bebé de apenas unos días de vida.
Anna recogió al niño y, comprobando que la mujer estaba muerta se marcharon a su casa.
            -Pero madre, ¿Qué vamos a hacer con este bebé? –Inquirió Sergey.
            -He pensado en llevárselo a la señora Petrov, ya sabes, que conoce a la dueña del orfanato. ¿Es una buena idea no? Ella le buscará un buen hogar, estoy segura.
            -De acuerdo. No te preocupes, se lo llevo ahora mismo.
            -Muchas gracias hijo. De paso, si ves de camino a tu hermano Nicolay dile que venga a casa, que tengo unos recados para él.
            -De acuerdo madre. Voy pues a llevar a al niño con la señora Petrov.

CAPÍTULO  3.   (Marzo, 2003)
-¡Niña! ¡Tráeme la botoaella de whisky! ¡Vengea! ¡Venga! Gue no tienemoos todo el duia. – Gritó Yuri empujándola.
-Vaya Yuri… Veo que tu ayudante no está muy dispuesta…
- ¡Cállaite Vladimir! – exclamó. -¿Quierues peleia o quee? ¡¿Eh?! –añadió empujando a su contrincante.
Se pelearon durante un rato. Y, cuando al fin, cesaron de discutir hablaron de su negocio.
-¿Has repartido ya toda la mercancía que te di? –preguntó Yuri.
-Dame un poco más de tiempo… en una semana te aseguro que estará toda vendida.
-Más te vale Vladimir… porque confío mucho en ti. Y no quiero que me defraudes. Así que, cumple con tu parte del trato.
-Está bien. Muchas gracias.
            Era ya de noche. El viento soplaba con fuerza y hacía un horripilante y estremecedor ruido en el tejado de la casa.
De pronto, escuchó golpecitos en la ventana. Se asomó. Al otro lado, un niño mestizo sonreía bajo la lluvia. La pequeña no dudó, abrió la ventana y el muchachito entró.
            -¿Quién eres? – preguntó. – ¿Qué haces en mi casa?.
El niño, sacudió la cabeza. Y se quedó callado.
            -¿Quién eres? – repitió.
Sonriendo, alargó su mano y añadió:
            -Efim.
            -¿Te llamas Efim?
El muchacho asintió. Y la miró, esperando una respuesta. La miró extrañado y repitió:
            -Efim.
            -Pues… yo… --no contestó.
Tras un rato de silencio el niño alargó de nuevo su mano y, señalándose a si mismo, añadió:
            -Efim.
            -Yo no tengo nombre.
La miró extrañado. En su mano sostenía un libro y un lápiz. Los sujetaba como un preciado tesoro.
            -¿Qué es eso? –preguntó.
Efim cogió el libro y en una de las páginas escribió “Irina”.
            -¿Qué pone?
            -Irina –dijo.
Y de nuevo, alargó su mano y dijo:
            -Efim.
La niña rió. El muchacho señaló lo que había escrito y sonrió.
            -¿Irina? –dijo.
Efim sonrió. Parecía contento. Y repitió en un suspiro:
            -Irina…
            -¿Sabes leer? –preguntó Irina.
Efim asintió.
            -Por favor, léeme un cuento…
Sonrió, y empezó a improvisar una historia:
Había una vez un pajarito que puso un huevo. Unos cazadores se llevaron a su madre y, el huevo quedó solo y abandonado en el bosque. Por suerte, otros pajaritos lo encontraron y se lo dieron a una lechuza. Ella, estaba muy ocupada y no tenía tiempo para cuidar del huevo. Entonces se lo dio a unos cuervos; quienes cuidaron del pequeño pajarito durante un tiempo. Pero no lo cuidaban muy bien.”
-… ¿Y…? ¿Ya está? ¿Termina así?
Efim rió y negó con la cabeza.
            -¿Entonces? ¿Qué pasa?
            La puerta se abrió se golpe. Y Vladimir apareció de repente. Estaba borracho. El olor se podía reconocer a distancia. Irina se giró, rápidamente, para advertir a su amigo que debía marcharse. Pero él no estaba allí. La ventana estaba abierta. Se había marchado. Pero, ¿Cómo? Y… ¿Cuándo? No le había dado tiempo…
Con un ágil movimiento la agarró y la empezó a pegar.
Indefensa, la pequeña chillaba y lloraba de dolor. Pero no podía hacer nada. Él era muy fuerte. Y ella… pues ella… ella no era nadie. Ella era sólo Irina.
            A la mañana siguiente, Yuri la encontró moribunda, herida. Asustado la cogió en brazos y la llevó al bosque.
            -Por favor, no. Por favor, te juro que haré todo lo que me pidas. Lo siento… ¡Lo siento! Por favor, ¡Perdóname! Si he hecho algo malo, ¡por favor! ¡Perdóname! No lo volveré a hacer… te lo juro. Yo… comeré solo las sobras… o, ni siquiera eso. Yo buscaré la comida… Pero por favor, no me dejes sola. Tengo miedo… ¡Por favor! ¡Nooo! – Lloraba; su voz no era la de antes… antes apenas hablaba. Sólo, obedecía. Ahora gritaba, temblaba, apenas llevaba ropa y, sus heridas necesitaban ser atendidas por un médico urgentemente.
Pero Yuri no se detuvo. La dejó y se marchó corriendo.

CAPÍTULO 4.   
La niña yacía en el suelo, formando a su alrededor un gran charco de sangre, que no tardaría en atraer a los lobos.
Su respiración era lenta, suave, pero su corazoncito seguía latiendo, luchando contra las heridas.
Aullidos; aullidos y más aullidos.
Cada vez parecían sonar más cerca, como si fuera un juego, algo divertido. Pero no lo era. Apenas podía sentir los dedos, y sus piernas no obedecían a sus movimientos.
Lloraba, tenía miedo. Deseando que su madre estuviese allí en ese mismo momento, consolándola, curándole las heridas, todo cuanto una niña de tres años desea. Pero no estaba. De ella ya solo le quedaba el recuerdo, su risa, su rostro…
            Los aullidos de pronto cesaron. Estaban cerca, ya no era un juego. Ahora venía la caza, la verdadera caza.
            Había viento y los árboles se balanceaban fuertemente, destrozando los nidos de los jóvenes gorriones que, deseosos de vivir la vida, veían que no lograrían cumplir su sueño. El sueño de volar, ser libre. Soltarse de un árbol y dejarse llevar por el viento, aquel necesario amigo de los pájaros, enemigo de los polluelos.
Quien sabe lo que quieren estos animalitos, lo que piensan, lo que admiran, lo que aman. Por qué nacieron pájaros, y no personas. Por qué tienen alas, y no aletas. Por qué no son grandes, y son pequeños... Nadie lo sabe.
            Era tarde, y los lobos comenzaron a salir de sus escondrijos, deseosos de volver a degustar el sabor de la carne.
Cerró los ojos. El miedo invadía todo rincón de su cuerpo. Sus ojos, inmóviles, observaban en dirección a los imponentes aullidos. Sus manos, frías y pálidas taponaban la sangre que, lentamente, salía de la pierna.
De nuevo, un extraño ruido procedente de un matorral estalló en el silencio.
Irina cerró los ojos, apretó los puños. Deseaba estar muerta, que el dolor cesase. Esperaba el momento en el que el lobo le mordiera, clavara sus afilados dientes como cuchillos y morir, morir para siempre, viajar a un lugar donde reencontrarse con madre, donde el viento no es malo, ni molesto. Donde con él todos pueden volar, extender sus brazos y llegar muy lejos.
            Unos ojos, amarillos, irrumpieron en la noche. Y poco a poco la belleza de un gran lobo emergió de repente, dejando tras de sí toda una hilera de arbustos y aproximándose lentamente hacia su presa.
Irina, esperó a su ataque. Esperó a que sus dientes se clavaran en su cuello. Apretó los puños. Ella era valiente, no temía al peligro. El peligro no es malo, si es aquello que tanto deseas.
El lobo la miró, fugazmente, a los ojos; y esbozó lo que parecía una leve sonrisa. Aproximó sus dientes al cuello de la pequeña niña y, dulcemente y acariciando su frágil piel hincó sus brillantes colmillos en su víctima.
Como la señora tanto le había repetido…. “el miedo es algo de lo que no podemos huir; sólo podemos acostumbrarnos a él. Cuando tengas miedo, piensa en cosas bonitas, cierra los ojos, imagínalo todo tal y cómo te gustaría a ti que fuera. A tu manera.”
Y así hizo, cerró los ojos y dijo:
“Entonces el pajarito, que tanto lleva sufriendo, decide que es el momento de volver con su madre…”
            Pero no pasó nada. Cuando abrió de nuevo los ojos todo era distinto.
No había oscuridad, sino luz. No había viento, sino sol. No había lobos, sino ciervos, conejos, gorriones y petirrojos que, cantaban, cantaban alegres canciones con notas agudas y afinadas.
Miró su pierna, intacta. La herida había desaparecido. Pero el bosque seguía ahí.
A lo lejos, alguien la llamaba. Alguien gritaba su nombre. Se giró, en sentido a las palabras, a la armonía de aquellas palabras que tan familiares le resultaban. Y entonces la vio. Una mujer; joven, con cabellos negros y largos. Muy guapa. Era exactamente como ella siempre la había imaginado; su madre. Corrió hacia ella, y la abrazó. Al lado, un pequeño pajarito sonreía y abrazaba a su madre también y, todos, eran felices.



martes, 24 de agosto de 2010

XV CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2010

 CONCURS DE NARRATIVA CURTA

 "REIAL VILA DE GUARDAMAR" 2010

 

MODALIDAD: RELATO DE AUTOR LOCAL


GANADORA: SARA FERNÁNDEZ GARCÍA


Sara Fernández García Nace en Guardamar en 1980. Dentro de sus inquietudes personales la música y la  escritura ocupan un lugar muy importante, reflejándose en los premios que a nivel local ha conseguido. Así, ha sido la ganadora del Premio de Narrativa Federico García Lorca, que anualmente convoca el Instituto de Secundaria de la localidad. Y ganadora asimismo durante las convocatorias de 2005, 2006, 2007, 2008 Y 2010 del Concurso de Narrativa Corta Real Villa de Guardamar en la modalidad de Autor Local.

 

Memorias de un sombrero de copa

En 1962, año en el que Barcelona sufrió la gran nevada, la ciudad tenía 1.557.863 habitantes entre los que se encontraba un pequeño de 10 años con ojos curiosos  siempre en busca de algo con que saciar su sed de conocimientos.

-          Josep Maria Puig Soler vine de seguida!

Si hay una generalización cierta es, sin lugar a dudas, que cuando una madre llama a su hijo por su nombre completo y apellidos se avecina una reprimenda de las que hacen historia, y Josep no estaba por la labor de recibirla.

Pegado a la pared que comunicaba la portería en la que vivían con la escalera, se deslizó hasta la pequeña puerta entreabierta y, con su agilidad infantil, se escabulló de los gritos de su madre.

Una vez en la calle tomó una gran bocanada de aire y echó a correr Passeig de Gràcia abajo riéndose de forma nerviosa, sintiendo la euforia propia de una fuga victoriosa.

Aquella tarde de Mayo el sol jugueteaba con las hojas de los árboles y la ciudad rezumaba vida.

En su carrera llegó a Plaça Catalunya y se entretuvo provocando el vuelo de las palomas, persiguiéndolas y gritando como un bárbaro.

Pasados unos minutos el juego había perdido toda su gracia. Así que Josep se enfundó las manos en los bolsillos de su pantalón corto y siguió caminando ramblas abajo  hasta llegar a la rambla donde pollos, tórtolas, conejos y demás animales domésticos se exponían para su venta.

-          Bona tarda Josep

-          Bona tarda Don Biel

-          ¿Qué me cuentas chico?

-          Poca cosa señor. No hay manera de convencer a mi madre- decía el niño encogiendo los hombros y mirando a un pequeño cachorro negro que estaba en una caja de cartón frente a él.

-          Bueno hombre, tú sigue intentándolo, ya sabes que la insistencia puede…

-          …derrumbar las más fuertes murallas, sí lo sé Don Biel –se frotó la nariz con la manga de la camisa y se enderezó- bueno, me marcho. Que tenga usted un buen día.

-          Tú también pequeño.

Subió de nuevo hacia Plaça Catalunya y giró a la derecha por la calle Canuda. Como todos los días se asomó al gran portón del Ateneo Barcelonés y observó la escalinata mientras se mordía el labio inferior. Sabía que en la planta de arriba había un jardín y una sala donde jugaban al ajedrez, pero nunca había conseguido entrar.

Tras comprobar que no había nadie en el interior echó a correr subiendo los escalones de dos en dos, abrió bruscamente la puerta de cristal y ¡zas! se dio de bruces contra el conserje.

- ¿Otra vez tú?

El hombre agarró el brazo del pequeño con brusquedad, abrió la puerta que acababa de atravesar como una exhalación y tiró de él escaleras abajo.

-          ¡Me hace daño, oiga!- protestó

-          No te lo haría si dejaras de intentar entrar.

-          Pero ¿por qué no puedo entrar?

-          Porque no eres más que un mocoso – Josep se zafó de la mano que aprisionaba su brazo y se cuadró- Además no eres socio. ¡Vete a jugar a otra parte!

El chiquillo volvió a meter las manos en sus bolsillos y se dirigió a la puerta arrastrando los pies. Al llegar a ella, miró hacia atrás para comprobar que, efectivamente, el bedel le observaba, dio entonces un puntapié al dintel y salió corriendo como alma que lleva el diablo hacia Portal de l’Àngel.

No dejó de correr hasta que llegó a la catedral. Se paró, apoyó las manos en las rodillas y respiró profundamente.

Una vez recuperado el aliento siguió andando sin un rumbo marcado. En la calle de la Princesa número once Josep frenó en seco. Era una tienda con la fachada de madera color rojo sangre, en el letrero se podía leer en letras doradas: El Rey de la Magia. Sus escaparates captaron la atención del chico de inmediato.

Allí estaba yo junto a cartas, cubiletes, pelotas, dedales, flores de plumas y otros muchos artilugios que no supo definir. Miró entonces la puerta de dos hojas estrechas. Los cristales inferiores estaban cubiertos por una tela color escarlata colgada por la parte interior, lo cual impedía saber qué había al otro lado.

Intentó ver qué se escondía allí pegando la nariz al vidrio y la puerta cedió a penas unos centímetros. Josep se retiró en un acto reflejo, frunció el ceño, ladeo la cabeza y soltó un “bah” que ayudara a sacudirse esa sensación extraña de intriga con una pizca de temor.

Posó entonces su mano en la puerta y la abrió lentamente. Ésta rechinó y se quejó de ser abierta. Dentro, la iluminación era tenue y el espacio reducido.

Había una vitrina en la pared de la derecha que llegaba al techo y otra más bajita que hacía las veces de mostrador, enfrente otro mostrador y más allá una cortina negra con cuatro ases tejidos en terciopelo blanco. En la pared izquierda otra vitrina con objetos similares a los de los escaparates y fotos, varias fotos en blanco y negro.

Josep dio un pasó más y dejó libre la puerta que se cerró de golpe haciendo sonar una decena de campanillas. Aquel estallido de ruido le sobresaltó y se quedó parado con los ojos muy abiertos en el centro de la estancia.

-          Tranquilo muchacho- el niño dio un salto al descubrir que junto a la pared de los retratos había un hombre sentado en una silla.

-          Pe…perdone, es que … es que no le había visto

El hombre soltó una carcajada y se levantó con dificultad.

-          Pero no porque fuera invisible que eso aún no lo he conseguido muchacho. Al estar la puerta abierta no podías verme, estaba tras ella.

-          Ahá- acertó a decir mientras alzaba la vista y descubría las campanas causantes del alboroto.

Su interlocutor acercó y le tendió la mano. Él, aún mirando a su alrededor, la aceptó y ofreció la suya.

-          Bienvenido al Rey de la Magia jovencito.

La puerta volvió a abrirse y entraron dos jóvenes de unos diecisiete años vestidos con pantalones largos de pinza y camisa blanca impoluta. Ambos llevaban consigo una cartera que Josep imaginó llena de libros.

El  pequeño observó los zapatos de los nuevos visitantes. Eran como los de los señores que vivían en el piso de Gràcia. Debían estar estudiando para notario o médico porque su madre siempre que él le pedía unos zapatos nuevos como los de los vecinos le contestaba que ellos eran notarios, médicos, gente importante, y que cuando él fuera un notario conocido y respetado podría comprarse unos.

Pero Josep no quería ser notario, a él sólo le interesaban tres cosas: el ajedrez, averiguar como funcionaba la maquinaria de las cosas desmontándolas (para desesperación de su madre) y ver a la señorita Eulàlia subir las escaleras.

Y mientras pensaba en el movimiento de las caderas de la mujer escuchó aquella voz, una voz que se le quedaría grabada el resto de su vida. Una voz firme, regia y contundente.

-          Buenas tardes caballeros

-          Buenas tardes- contestaron los estudiantes al unísono

-          Y ¿bien?- Josep intentó ver desde donde estaba al dueño de aquella voz, pero le era imposible y sentía cierto reparo a acercarse al grupo.

-          Ya hemos terminado el libro que nos dio del padre Ciuró.

-          Y supongo que ahora buscan algo de material.

El hombre que momentos antes le había dado la bienvenida apoyó su mano sobre los hombros del chiquillo y le invitó a aproximarse. De puntillas el mostrador le llegaba a la barbilla, suficiente para poder escrutar la figura que aparecía tras la cortina en ese momento con un objeto entre las manos, que a él le pareció ser muy preciado por la delicadeza con la que lo manipulaba.

El hombre al que pertenecían dichas manos era mucho más bajo que el que le había saludado al entrar, pero parecía un gigante. La expresión de su cara era serena y pétrea. Su nariz alargada y fina y su mandíbula cuadrada parecían haber sido talladas con cincel, solo sus cejas y sus pequeñas orejas suavizaban aquel rostro iluminado por una mirada llena de fuerza que no prestó atención al asombró del niño.

Aquello era importante. Cada movimiento, cada pose y expresión de aquél rostro formaban parte de un todo magnífico que culminaba con un hecho inesperado, imposible y la admiración de las cuatro personas que se encontraban allí.

¡Era magia, magia auténtica!

Tras varias demostraciones la mirada del mago se dirigió a Josep. El pequeño sintió un escalofrío que le recorrió la espalda y creyó empequeñecer.

-          Y usted, ¿qué desea?

-          ¿Yo?, na… na… nada señor, ya me marchaba. Gra… gracias.

Tras una reverencia automática giró sobre sus talones y fue hasta la puerta con la mirada de los cuatro hombres colgada en la nuca y un sudor nervioso que le apremiaba a salir de allí.

El sonido de las campanillas le pareció una odiosa risa burlona, aceleró el paso hasta que se convirtió en una carrera y así, corriendo, llegó hasta el portal de su casa mordiendo todas las palabras que podía haber dicho.

Con la rabia en la mandíbula y en los puños entró en el rellano y se dirigió hacia la portería.

Un golpe certero y el escozor en la nuca le devolvieron a la realidad.

-          ¿Pero se puede saber de dónde vienes?, tira “pa” dentro y tira “pa” dentro que como te coja…

Miró a su madre que alzaba la mano y movía la cabeza como signo de desaprobación tras de sí y entró en la portería con la cabeza gacha mientras escuchaba como un vecino se pronunciaba en su defensa.

-          Pero mujer es sólo un muchacho

-          Un muchacho que va a acabar conmigo a disgustos

Durante los siguientes días veía a  Josep paseando por la calle Princesa delante de la tienda con la espalda muy recta y mirando de soslayo la entrada. Observaba como miraba a los clientes que se adentraban en el establecimiento con facilidad y sin temor, pero él sólo alcanzaba a petrificarse junto al escaparate con aquella pregunta clavada en la mente: Y usted, ¿qué desea? Sin llegar a encontrar una buena respuesta.

Y así pasaron varias semanas.

Una tarde en la que la indecisión hacía mella en su cuerpo junto a la puerta del establecimiento ésta se abrió. Un joven cargado de libros salía por ella intentando no perder ningún ejemplar en la maniobra y antes de cerrar miró al niño y le preguntó:

-          ¿Pasas?

-          ¿Yo?

-          Sí, tú, ¿pasas?

-          Eh… sí, sí

Al entrar Josep se tomó un poco más de tiempo en saborear cada detalle: el cortinaje de terciopelo rojo que cubría lo que parecía un altillo, las botellas de la vitrina más alta, el sonido del suelo de madera bajo sus pies, aquel olor tan especial que no conseguía definir pero que le agradaba y las diferentes reacciones de los allí presentes ante el espectáculo que se ofrecía tras el mostrador.

Se acercó un poco más situándose a un lado del mismo de tal forma que pudiera ver la cara de las tres personas que se encontraban en aquel momento en la tienda.

Sintió el despertar de la inocencia que dormitaba en ellos y cómo lo que acababan de ver había zarandeado todas sus creencias previas fijadas a conciencia en su razón, como surgía la sonrisa y luego la afirmación: “¡no es posible!”

Josep lo tenía claro, aquello era exactamente lo que deseaba.

Carraspeó mientras se erguía como cuando recitaba los reyes godos en la escuela y esperó la mirada del mago

-          ¿Algún problema pequeño?

-          No - aquella no era la pregunta para la que había estado buscando respuesta tanto tiempo. Sintió que la inseguridad intentaba instalarse de nuevo en su interior, pero no estaba dispuesto a pasar otro mes y medio sin decirle a aquel hombre lo que quería.

-          Ningún problema señor, pero sí una pregunta- alcanzó a decir Josep.

El mago se dio por vencido ante la seguridad de aquel diminuto crío y su persistencia.

-          ¿Y bien? ¿cuál es esa pregunta?

-          ¿Qué hay que hacer para ser el mejor mago?

Una risa inundó la tienda, pero el muchacho se mantuvo firme y el mago vio esa mirada, aquella que hacía tiempo buscaba en sus discípulos, demasiado acostumbrados a conseguir todo lo que querían, y supo que no era un capricho de infante.

Por primera vez el gigante se puso a la altura del niño y le dijo unas palabras al oído, le tendió la mano y se forjó un pacto.                      

Aún hoy, antes de salir a escena, Josep acaricia mi ala y lanza una mirada al espejo. Y así, conmigo, su primer y único sombrero de copa, a modo de corona, rememora las palabras susurradas por quien fue su mentor en la magia durante tantos años y, mientras una voz conocida o extraña enumera sus éxitos, él sonríe recordando las risas de aquellos que sólo vieron en él a un niño demasiado pequeño como para ver por encima de un mostrador.