sábado, 24 de agosto de 2019

XXIV CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2019

 MODALIDAD: RELATO EN CASTELLANO


GANADOR: RAÚL CLAVERO BLÁZQUEZ

TÍTULO: EL HIJO DE PETER O'TOOLE

Raúl Clavero Blázquez vive en Madrid desde el cambio de milenio, pero nació en 1978 en Salamanca, ciudad donde estudió la carrera de Filología Hispánica y un máster de guión para televisión y cine. Hasta ahora ha trabajado fundamentalmente como guionista y redactor para varias productoras de televisión y de radio. Ha ganado premios de guión en concursos como el Rovira-Beleta y desde finales de 2011 ha empezado a participar también en certámenes de relato breve y de microrrelato, obteniendo en este tiempo más de doscientos premios como el Europe Direct de Cáceres, el Ciudad de Marbella, el Ciudad de Elda, etc. En noviembre de 2017 salió a la venta su primer libro de relatos titulado Ausencias bajo el sello editorial La isla de Siltolá.

El hijo de Peter O’Toole
Raúl Clavero Blázquez

-Díselo, Martín. Diles quién es mi padre. Díselo.

Ricardo y yo éramos frágiles, como las promesas que se hacen al final de la noche. Dos pequeñas sumas de hueso y piel dispuestas para el sacrificio. Nuestras pisadas no acostumbraban a grabar huella en ningún lugar, y nuestras palabras, débiles e inoportunas, se desvanecían sin destinatario en cuanto las dejábamos caer desde la punta de nuestras lenguas. Los informativos hablaban de la crisis del petróleo, del fichaje de Cruyff por el Barcelona, de un mandamás asesinado y de otro que estaba a punto de morir. En las esquinas unas pocas voces susurraban libertad, y algunas más pedían dinero a cambio de cosas que aún desconocíamos. El mundo que siempre nos había rodeado se preparaba para abandonar el blanco y negro, para asimilar un cambio definitivo que se aproximaba a marchas forzadas y, sin embargo, a nosotros nada de eso nos preocupaba demasiado. En el Polígono Sur, a nuestra edad, lo único verdaderamente importante era ser el más fuerte, o el más hábil, o el más rápido. Ricardo y yo nunca vencimos en una pelea, y éramos torpes en cualquier actividad que no incluyera un libro, así que no nos quedaba más remedio que correr cada día a la salida del colegio, pero tampoco eso se nos daba bien. Solían atraparnos unas calles antes de llegar al bloque de edificios en el que ambos vivíamos. Nos perseguían entre insultos y risotadas. Eliseo, Manolo “el Ceja”, y sobre todo León, el único niño de nuestra clase que ya se movía por el barrio en su propia moto. Por algún motivo disfrutaban acechándonos, y lo más humillante es que ni siquiera necesitaban pegarnos a menudo para demostrar quién mandaba. Tan sólo con su presencia, con sus miradas, conseguían hacernos temblar. Les gustaba darnos miedo. Quizá habían descubierto ahí, en ese rincón minúsculo, en ese tiempo invisible, que aquel era su propósito exclusivo en la vida, aterrorizar a dos críos inadaptados. Aquellos tres matones vocacionales acabarían muertos de sobredosis antes de cumplir los veinte años, pero eso, desgraciadamente, era algo que por entonces ni Ricardo ni yo podíamos sospechar.

-Cuéntales la verdad, Martín. Tú la sabes. Tú sabes que mi padre es Peter O’Toole.

-¿Pero qué dices, anormal? – le respondió León.

 

Hasta ese instante, Ricardo y yo habíamos sido amigos desde que apenas aprendimos a hablar. Las cocinas de nuestras respectivas familias compartían patio interior, y el hilo de confidencias que rápidamente unió a mi madre con la suya acabó por extenderse a nosotros dos. Tímidos y escuálidos, estábamos destinados a entendernos. Pasábamos la mayoría de las tardes de nuestra infancia encerrados en su dormitorio, un minúsculo cuarto con una claraboya en el techo por la que jamás entraba la luz. Y sin embargo, cuatro paredes, una cama, cinco estanterías combadas por el peso de los Clásicos Universales, varios coches de latón y seis muñecos, era cuanto necesitábamos para perseguir a mafiosos por los callejones más oscuros de San Francisco, o para atravesar el Salvaje Oeste huyendo de los indios, o para aterrizar en la luna con un par de sábanas como trajes de astronautas. Aunque yo era el mayor de los dos por seis meses y medio, al final siempre jugábamos a lo que proponía Ricardo. A mi nunca me molestó que fuera él quien dirigiese nuestras aventuras. Inventaba historias para nosotros que iban más allá de la imaginación de cualquier niño, narraciones complejas, llenas de subtramas y en las que a menudo latía un cierto poso melancólico. Me sobrecogía su capacidad para crear, su entusiasmo desbordante cada vez que decía “esa caja es un cohete”  o "esta herida que tienes en el codo es en realidad el mapa de una isla del Pacífico”. En esas ocasiones sus ojos se afilaban, parecían perforar muros, cruzar caminos, borrar fronteras, buscar paisajes más allá, lejos, invariablemente lejos. En él habitaba una esperanza de huida que no supe descifrar entonces y, probablemente por aquel anhelo, esas horas íntimas, luminosas y desbordantes, que compartíamos a lomos de caballos con alas o agazapados en un submarino de cartón, eran los únicos momentos en los que yo vi a Ricardo verdaderamente feliz.

 

Una mañana, Ricardo me invitó a ir al cine. No era habitual que nos atreviésemos a prescindir de la seguridad de nuestro refugio, la calle nos resultaba un territorio hostil y procurábamos evitarla. Bastaba con traspasar de nuevo la puerta de su dormitorio hacia el exterior para que volviéramos a ser los niños retraídos de los que todos se reían, pero Ricardo hizo la propuesta con tal firmeza que no pude negarme, y ni siquiera me eché atrás cuando me dijo que iríamos al Palacio Central. Nos habían robado las bicicletas unas semanas antes y hubimos de caminar durante más de una hora con paso apresurado para llegar, por los pelos, a la sesión de las cinco y media.

-¿Qué vamos a ver? – le pregunté.

-“Lawrence de Arabia” – dijo.

-Es muy antigua, ¿no?

-La están reponiendo en un ciclo de películas que han ganado el Óscar, y tampoco tiene tantos años.

-Después de la caminata casi prefiero entrar a un estreno.

-No.

-No, ¿por qué no?

-Ahora lo verás. La rodaron aquí, ¿lo sabías?

Sí, todo el mundo conocía esa historia. Hacia finales de mil novecientos sesenta y uno Sevilla era una llaga. El desbordamiento del Tamarguillo, primero, y el accidente de avión en la Operación Clavel, después, habían sumido a la ciudad en el dolor y la confusión. Cualquier futuro se dibujaba sombrío hasta que, en medio del desencanto, llegaron los americanos con su derroche de camiones, focos y disfraces. Mi padre fue uno de los muchos extras contratados por la productora para gritar en las escenas de multitudes, y la madre de Ricardo, tal y como él me contó aquel día, trabajaba por esa época como camarera de planta en el Alfonso XIII, el hotel en el que se alojaron el director y la mayoría de las estrellas de la película.

 

Nos sentamos en una de las primeras filas de una sala prácticamente vacía, y en cuanto Peter O’Toole asomó su rostro en la pantalla, subido en una motocicleta sobre la que iba a tener un accidente fatal, Ricardo lo señaló con el índice de su mano derecha y dijo:

-Ése que ves ahí es mi padre ¿Te das cuenta? Mira – añadió poniéndose de lado, superponiendo su perfil al del soldado inglés –, somos iguales.

Yo no encontré parecido alguno entre ambos, y tampoco supuse que en aquel momento Ricardo me estuviera revelando ningún secreto, creí que se trataba de otra de sus fantasías, y preferí concentrar mi atención en la historia que se desarrollaba ante nosotros. Me olvidé de aquella confesión de Ricardo hasta que, unas semanas después, acorralados por Eliseo, Manolo “el Ceja”, y León, comenzó a gritar una y otra vez.

-¡Mi padre es Peter O’Toole! ¡Mi padre es Peter O’Toole!

No sé por qué pensó que aquella frase tendría algún efecto disuasorio en nuestros acosadores. Sucedió lo contrario, asomaron los colmillos, sedientos de sangre. A sus ojos ya no éramos sólo insectos insignificantes a los que debían aplastar sino que, con las palabras de Ricardo, acabábamos de revestirnos con un halo de extravagancia que nos hacía más apetitosos.

-Mi padre es Lawrence de Arabia, y cuando se entere de lo que me hacéis os fusilará en el desierto. Díselo, Martín. Diles quién es mi padre.

Estábamos tumbados boca abajo, con los labios pegados a la tierra. De vez en cuando alguno de ellos descargaba un ligero puntapié en nuestras costillas, como quien golpea con una vara al rebaño. Sobre nuestras cabezas sonaban unos ladridos desganados y el lamento metálico de una navaja de mariposa que se abría y se cerraba, se abría y se cerraba. Sentí de pronto un salivazo blando en mi oreja. Entonces no pude más y me incorporé de un salto.

-Estoy harto – le grité a Ricardo, con los ojos en pleno incendio, con los pulmones llenos de alfileres, de espinas, de cristales en suspensión -. Harto de tus estupideces ¿Que quién es tu padre? ¿Quieres que lo diga? Tu padre es un gordo que se pasa los días borracho en nuestro portal. Es un inútil, un desgraciado. Eso es, un desgraciado, como tú.

Me di la media vuelta y eché a correr. Escuché a mi espalda un torrente de carcajadas lacerantes, de animales salvajes saciados. Incisivas y pegajosas, se hundieron bajo mi piel donde, aún hoy, de cuando en cuando vibran.

 

Aquel arrebato de crueldad hacia el que fue mi mejor, mi único amigo, me puso durante el resto del curso en el lado de los depredadores, a salvo, lejos de las burlas que a partir de ese instante se concentraron exclusivamente en Ricardo. Tuve que dejarlo atrás para que no me arrastrara con él, y aunque al hacerlo creí que recuperaba parte de mi dignidad, ahora sé que perdí muchas más cosas de las que gané. Ahora sé que aquella tarde me adentré en una edad definitiva, cubierta de grises, llena de incertidumbres y contradicciones, de la que ya no se puede escapar.

 

Mi amistad con Ricardo se rompió. Yo, por vergüenza, evitaba encontrármelo, y él hacía lo propio por, supongo, rencor o decepción. Si hubiésemos permanecido cerca el tiempo suficiente quizá nos habríamos reconciliado, pero unos meses después del día en el que lo abandoné, mi familia se mudó de barrio y no volví a cruzarme con él hasta que los dos empezamos a estudiar en la Universidad. No compartíamos carrera, pero sí campus y cada vez que lo veía sentado en un banco o atravesar algún paso de peatones, siempre con su porte soñador y fatigado, no podía evitar apartar la mirada y cambiar de rumbo. En la adolescencia yo había ganado muchos kilos, él sólo había aumentado en altura, y seguía manteniendo una silueta similar a un suspiro. Llevaba el pelo largo y caminaba encorvado, como si un viento propio le soplara sin descanso en el pecho. En aquellos años jamás lo vi en una fiesta, o con una chica, o en alguna reunión política. Jamás lo vi con amigos. Jamás lo vi sonreír.

 

En la primavera de mil novecientos ochenta y tres nuestros caminos volvieron a unirse, brevemente, por última vez. Él estaba de pie, a la salida de la facultad, esperándome. Me miró fijamente, y con un gesto de la mano me invitó a seguirlo. Regresamos al Palacio Central. En la marquesina Peter O’Toole sonreía como protagonista de “Mi año favorito”. Me senté al fondo. Ricardo ocupó la misma butaca que en aquella lejana sesión de “Lawrence de Arabia”. Al terminar la película no nos levantamos hasta que terminaron los títulos de crédito. Estábamos solos. Él se acercó, balanceándose en cada paso como un junco a punto de quebrarse.

-Mi padre entraba en mi dormitorio cada noche – dijo cuando llegó a mi lado -. El gordo borracho. Eso nunca te lo había contado, ¿verdad?

A continuación, sonrió levemente con la amargura de quien ha viajado al fin del mundo y no ha encontrado más que vacío, después cerró los ojos, asintió con vehemencia a una pregunta que yo no le hice, y se marchó. No lo vi nunca más. Escuché que había publicado un poemario, pero en ninguna librería conocían su nombre. También me contaron, varias veces, que había muerto. El caso es que, poco a poco, Ricardo dejó de ocupar un lugar preferencial en mis pensamientos, y después de unos años, de todo cuanto habíamos vivido juntos sólo resistió al peso de la rutina el fantasma de mi traición, alojado en el fondo inmutable de mi conciencia.

 

Hoy ha muerto Peter O’Toole, y he vuelto a recordar a Ricardo. He buscado su cara en las fotografías del entierro publicadas en la prensa y en Internet. He visto todos los telediarios y no han hablado en ninguno de mi amigo. A modo de homenaje he tomado prestada “Lawrence de Arabia” en la biblioteca del barrio.

-¿Qué es esto? – ha preguntado mi hijo mayor en cuanto ha visto la funda.

-Un clásico – he contestado yo.

-O sea, una antigualla – ha dicho mi hija.

-No, un viaje en el tiempo – he rematado, sin encontrar en ellos más respuesta que unas miradas de incomprensión.

Después, cuando todos ya dormían, en el silencio de la madrugada, he puesto la película en mi ordenador, y al llegar a la escena en la que el príncipe Alí se presenta he tenido que pulsar el botón de pausa. He observado detenidamente, con el corazón en un puño, el rostro del árabe, lo he imaginado sin bigote, y ha sido entonces cuando, finalmente, me he dado cuenta de lo mucho que Ricardo se pareció siempre a Omar Sharif.

viernes, 23 de agosto de 2019

XXIV CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2019

MODALITAT: RELAT EN VALENCIÀ



GUANYADOR: MANUEL ROIG ABAD

TÍTOL: POSEU-ME LES ULLERES


Manuel Roig Abad naix a la Vall d’Uixó l’any 1976 i, ben prompte, la seua família el porta a la música. Pocs anys més tard, la banda de l’Ateneu Musical Schola Cantorum passa a buscar-lo i, des de llavors, creu que el món el canviaran els xiquets que passen amb la banda.

L’any 2000 aprova les oposicions de professor de Música i poc després és para de dos xiquets i és com si una altra banda passara a buscar-los. Perquè tot açò calia contar-ho, és per a aquests anys que comença a escriure i és precisament al poble de Guardamar, l’any 2008, qui li atorga el seu primer premi literari.

Actualment, segueix escrivint poemes i contes sobre musiquets i bandes que passen. Té diversos llibres publicats entre els que destaquem: Despatxeu a la ninyera, amb el que va conseguir el Premi Josep Pasqual Tirado; Memòries d’un gat verd, Premi 25 d’abril de Benissa; Atac de temps, Premi Miquel Martí i Pol, de la Universitat Autònoma de Barcelona; Meduses, Premi Antoni Matutano, d'Almassora i La nostra casa oberta, Premi Vila de Martorell.


POSEU-ME LES ULLERES

 

 

Poseu-me les ulleres

VICENT ANDRÉS ESTELLÉS

 

Recorde molt poc dels primers anys d’escola, però d’aquell dia sí que me’n recorde. Millor dit, de tot el dia no: el que tinc al cap és una imatge, una imatge potent, nítida. És com si la memòria haguera tret una màquina de fer fotos. Sóc conscient que la resta me l’he imaginada, igual que m’imaginava la fira de Sant Vicent o ser músic. La fira, però, sempre era com la imaginava. Ser músic és millor. De la mateixa manera, sé que el que conte ha passat així.

 Són les dotze i el iaio Cento ve a arreplegar-me. Que és ell també ho recorde, però a ell el recorde tant que ja no sé... Té vuitanta anys, però encara desplaça l’aire quan camina apressa, perquè, com diu ma mare: «Este home entrarà a la tomba pel seu peu». Estem en febrer i jo porte un xandall blau fosc amb dues ratlletes blanques a les mànegues i als camals.

Passen uns minuts de les dotze i el iaio Cento m’agarra la mà. Les mans del iaio tenen els nusos dels dits amb molta pell. De vegades tenen arraps perquè fa brossa per als conills i també unes venes blaves que li van des del canell fins als dits. De camí a casa, passem pel pati del gatet, per la casa vella sense finestres que el iaio diu que té quasi tres segles, comptem els tractors... La font de la plaça del Centre està en marxa i t’esguita si passes a prop, però no està don Francisco Cerdà, que és un metge amic del iaio que s’ha fet pintor en la jubilació. No anem a mirar com pinta l’Ajuntament i com diu que el més mal de traure són les banderes i li cuca un ull al iaio. Puge a la bàscula de la farmàcia i pese 18 quilos. Al quiosc encara no han entrat les revistes que escampen pel terra. Tot normal fins que, en embocar el meu carrer, el iaio Cento pren la vorera de davant de ma casa.

Ultrapassem un cantó, dos cantons, jo gire la vista cap a la tenda dels llums. El tio Joan mira el carrer. Mon pare diu que ha anat a Nova York i que té una foto dalt d’un gratacel. De vegades, té un llum al taulell i li passa un espolsador i pega bufits.

Justament quan anem a creuar el tercer cantó, abans d’aplegar a ma casa, el iaio es deté i es posa la mà esquerra a la renyonada.

Ma casa està a deu metres i eixa imatge és la que jo recorde exactament. Fa l’oratge bo, però el cel no trau clarícia, com si sols hagueren obert la meitat de les llums. Recorde la façana de color marró i color blau claret de la casa dels iaios. Ja fa temps que no la pinten. En algunes zones la pintura està clivellada i és com si fóra recorreguda de venes, com les mans del iaio Cento. La finestra del iaio Poldo està oberta i la porta gran de fusta també. La porta és tan gran perquè els iaios havien tingut un carro i una haca i una burreta. Dalt la porta hi ha la manisa amb el número 1 de blavet i amb un punt. La porta gran solament s’obri quan fan bou i posen cabirons, i també quan passa la Mare de Déu.

Dues dones ixen del bracet. Duen sabates negres lluentes. No les conec, però són velles i han de fer càlculs per a baixar el brancal. Una parla i l’altra fa la cara com la de la Mare de Déu dels Dolors. Al número 5 el tio Ferrer no fuma segut al brancal i la tia Eugènia no li diu que li ompli el carrer de burilles.

Les portes metàl·liques de la tenda estan tirades. Mon pare hauria eixit amb el pal de ferro a migdia sense que jo li’l portara i, sobretot, sense comprovar si ja tenia prou força per a baixar les portes jo sol. Pense que no hauria deixat el pal de ferro al seu lloc, perquè jo sóc l’encarregat de guardar-lo, que mon pare és un Adam. El deixava en qualsevol lloc i en acabant no el trobava. Valga jo.

A més, què farà la tia Antonieta quan se li acabe la sal o els ous o el safrà? Què passarà quan vinga a la tenda a explicar que estava fent-se el dinar i que se li havien acabat els fideus del zero i que ella els fideus grossos se li feien empastre a la panxa?

És ben curiós, però a la meua memòria, la casa no està quieta. És com si fóra un pas de la processó. Fa igual que quan la iaia Maria m’ensenya a portar el pas per a quan siga músic. Primer l’esquerra, després la dreta. Esquerra, dreta, esquerra, dreta...

No sé quan de temps estem parats davant ma casa; però quan, de sobtada, el iaio Cento torna a caminar no ho fa cap a ella, sinó que pega amunt. Llavors veig el tractor de l’home de la tia Conxa, també veig la cadira buida del tio Pasqualot a l’entrada de sa casa i pense que no em donarà una canyeta de coet perquè siga director de la música. Bec a la font de la Mercè i a la de Chulià. El iaio Cento em diu que un dia em portarà a caçar pardalets, però jo ja sé que alguna cosa ha passat. A més, s’alça molt matí quan va a caçar. A les sis o a les set. Així, dormits, els caça més fàcilment, dic jo.

La casa del Roser és un corredor amb sol al final. Hi ha la moto del iaio i pardalets dins de gabietes. A la cuina hi ha una cagarnera i un gafarró al costat d’un Cor de Jesús i, quan canta la cagarnera, la iaia Amàlia diu que és el Buen Ladrón.

Aquell dia, com que és dilluns, dinem bullit. La iaia Amàlia em posa un tros de carlota i em deixa que em pose l’oli i la sal. El bullit tira fum. Jo dic que crema i la iaia Amàlia retruca que no sap guisar al vàter. Bufe fort i l’oli forma el dibuix dels meus bufits. Després de dinar, el iaio Cento li pregunta que què fa: si em porta al col·legi o no. La iaia Amàlia diu que sí i, quan jo pregunte si podem jugar al baló, el iaio em diu que avui no, però en acabant la iaia Amàlia fa una cabotada i sí que juguem.

Els carrerons del Roser són perfectes per a jugar al baló. El iaio Cento es posa a la part de baix i jo xute procurant buscar el rastell, perquè així el baló es desvia i li marque més gols. La iaia ix de tant en tant amb la granera, però no agrana res i se n’entra. Parem de xutar quan passa Antoniet. És un xic que sempre té la cara suada i diu que sa mare té «patatisis» i que un dia traurà un ganivet i la matarà. El iaio li diu que no diga això i Antoniet assenteix i jura que ja no ho dirà més, però que la matarà. Mentre juguem, una dona s’apropa al iaio. Potser la tia Doloretes, la que té un gos blanc amb taques negres. Li pregunta quelcom i tots, el iaio Cento i ella, em miren amb el posat seriós. Jo xute igualment, però el iaio no atén el xut i el baló li passa pel costat.

―Iaio, el baló! ―cride.

A les cinc també ve el iaio a arreplegar-me.

―I la mamà?

El iaio Cento em diu que la mamà no ha pogut vindre, que anirem a sa casa, que els pares no hi són.

―Però és que necessite que vinga la mamà.

―I per què?

―Perquè ella sempre ve.

El iaio Cento no contesta.

―I la iaia Maria tampoc hi és? I el iaio Poldo?

El iaio Cento pregunta si vull jugar al baló. Jo dic que sí. Comencem a caminar i uns passos més tard em diu que la iaia m’ha comprat mortadel·la d’olives.

—De ca Lolita?

—Clar!

Bec en la Font dels Dolors i veiem tres camions però cap tractor.

―Iaio, jo podré tornar a casa algun dia?

El iaio deté els passos. Em mira i amolla aire pel nas.

―Clar, home.

La iaia Amàlia m’espera amb el berenar amanit. Mai no talla el pa recte. Fa un tall oblic i diu que talla el pa segons com cauen els rajos del sol. Jo no sé com ho sap. Hi posa molta mescla, més que ma mare. Veig Barrio Sésamo mentre berene en un pupitre que era del meu cosí Xavier, que ja va a 3r. En acabar tornem a jugar al baló i la iaia Amàlia em pregunta si vull un Bollycao. Li dic que no estic malalt i ella somriu. Pregunte també si puc jugar amb els animalets del betlem. La iaia em diu que sí però que els torne. Em diu que no gaste les figuretes. Un dia vaig gastar sant Josep de torero i la iaia Amàlia em va renyir. Total que jo faig una correguda de bous amb clicks. De bous fan els porcs.

No sé quan de temps ha passat quan la iaia Amàlia li diu al iaio Cento que són les set i que ja podem baixar. El iaio Cento sempre obeeix a la iaia i a mi m’ha dit que se’n va enamorar un dia que la va veure agranar, perquè era com si ballara un vals amb la granera. Em posa la jaqueta verda i diu que anem a ma casa.

―Pel carrer dels tractors?

El iaio Cento assenteix.

―I puc baixar amb el patí?

―No, massa llarg.

Llustreja quan baixem. Veiem dos tractors, quatre camions i bec en dues fonts.

Les portes de la tenda segueixen tirades, però la porta del pis està oberta. El iaio Cento l’empenta i hi puja. Diu que ací teniu el xic, em fa un bes i s’acomiada. Bese el pare i la mare. Fan mala cara, però somriuen quan pregunte que, si les portes estan tirades, què passa si a la tia Antonieta li fa falta llet o un pot de tomata.

―Ai, que no he fet un beset als iaios! ―dic i busque l’escala.

Note que mon pare comença a dir que no baixe i que ma mare el deté, però comença a seguir-me.

―Per què m’acompanyeu, si jo ja sé baixar?

Mon pare em recorda el bac del dia del viatge a Barcelona. Vaig caure amb la càmera de fer fotos. Va ser un miracle que ni jo ni ella ens férem res. Jo li dic que llavors era xicotet. Amb tot, m’acompanyen.

―Iaia! ―cride abans d’aplegar a la cuina.

Córrec. La iaia Maria no té temps d’alçar-se. Em tire damunt seu i em quede quiet fins que la gronxadora deixa de moure’s.

Llavors m’alce.

―Iaio! ―cride.

La iaia em pregunta si vull que em pique cacaus. Jo dic que sí, però no em detinc. Llavors ella em crida, em diu que vaja, que el iaio Poldo... Però no faig cas.

L’habitació del iaio Poldo està tancada. Òbric la porta; ja aplegue a la claueta de la llum.

La finestra està oberta, la persiana alçada i el llit fet. Damunt hi ha un cobertor color crema que no he vist mai. A la tauleta no hi ha les caixetes dels medicaments, ni el got d’aigua amb el cartró damunt, ni la botella d’alcohol, ni el bolígraf amb la tapa, ni la quiniela, ni la radiet on escolta l’Àngelus, el Carrusel Deportivo i les Notícies per a saber si la ETA ha mort algú... Tampoc no hi ha les sabatilles que jo em pose i em vénen grans. Sols hi ha les ulleres, la funda oberta i un quadre del Cor de Jesús sense pardalets als costats.

La iaia Maria té la cara enrogida igual que el dia que vaig saludar al iaio i li vaig pegar una cabotada a la panxa i va estar una estona queixant-se.

―I el iaio?

Ni mon pare, ni ma mare, ni la iaia Maria ultrapassen la porta. Em miren des de fora, els tres caps guaitant pel marc.

―El iaio no està ―diu ma mare.

―I on ha anat?

―A un recao.

―I quan tornarà?

―No ho sabem.

Mire la iaia. Ella es posa les dues mans a les galtes.

―Que tens mal al queixal?

La iaia Maria diu que no, però en acabant diu que sí i que li fa més mal perquè li ve de la soca.

Llavors ―i açò ja m’ho han contat― diuen que vaig sentenciar:

―Si s’ha deixat les ulleres, no tardarà molt a tornar.

I ho diuen sempre, però a mi m’estranya haver dit això, perquè jo, des que el iaio Cento es va detindre davant la façana de casa, vaig saber que el iaio Poldo havia mort i que als morts els porten a l’església perquè el capellans han de dir que estan morts i que després els porten a un lloc on no hi ha ràdio i que és com un convent sense campanes i sense monges, amb les parets blanques i amb uns pins molt alts i que rematen en punta com si foren llances verdes. Vaig saber de cert que el iaio Poldo era mort, perquè la mort estava en el balconet, en la porta gran oberta sense que feren bous, en la finestra de la seua habitació, en el cel trist, en les portes metàl·liques tirades, en les dues dones amb sabates lluentes que eixien...

Com que les portes metàl·liques estan tirades, sé que mon pare no em necessitarà. Dic que me’n vaig a jugar dalt, però demane que, quan torne el iaio Poldo, si li fa falta sucre perquè té la boca amarga que m’ho diguen i li’n portaré i, si no, que m’avisen quan aplegue que baixaré a fer-li un beset i a dir-li bona nit.

I, més de trenta anys després, encara l’espere.


viernes, 24 de agosto de 2018

XXIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2018

MODALIDAD: IGUALDAD DE GÉNERO



GANADORRAÚL CASTAÑÓN DEL RÍO

TÍTULO: LIMONES PARA ENDULZAR

Raúl Castañón del Río, natural de Oviedo, es escritor. Cuenta en su haber con distintas novelas como Sueños en conserva, publicada por la Fundación Alberto Jiménez-Becerril contra el Terrorismo y la Violencia, como ganadora del X Certamen Creadores por la Libertad y la Paz, y por la editorial Ringo Rango en su segunda edición. También ha publicado colecciones de relatos temáticos como Cuaderno andaluz, Dorsal 12 o Territorio WhatsApp (disponible en las plataformas de Amazon).

En su andadura literaria, Raúl Castañón ha obtenido premios de novela, de relato corto y de poesía. Está asociado a la Asociación de Escritores de Asturias y a CEDRO. Tiene relatos publicados en distintos libros de antologías y revistas culturales. Ha sido miembro del jurado en distintos premios literarios y también colaborador y corrector ocasional de publicaciones diversas, así como partícipe en programas de radio, articulista deportivo y autor de letras musicales.


LIMONES PARA ENDULZAR

 

 

Porque aunque la virtud esté en lugar oscuro, jamás se esconde.

De la tranquilidad del ánimo.

Lucio Anneo Séneca

 

–Los limones, los huevos, el azúcar, el hojaldre para la base, la mantequilla, la leche condensada, o el merengue… Los ingredientes son más o menos los mismos en todas partes –solía decir Marga–. El secreto está en la proporción y en el toque personal que le des.

            –Pues eso tendrá que ser. Algún secreto tiene que haber, porque nunca había probado una tarta de limón tan deliciosa.

Siempre le contestaban más o menos lo mismo quienes probaban por primera vez la tarta estrella de la casa. En aquella ocasión el comentario también fue elogioso y creíble. No exageraba, ni tampoco lo decía por cumplir, la joven estudiante recién avecindada de alquiler en el pueblo. Bastaba escucharla para casi verla relamerse de gusto con aquella deliciosa tarta recién horneada, la enseña dulce comestible del restaurante. La otra dulzura  no se comía, pero alimentaba con su buen trato sonriente.

            –Pues entonces cómete otro trozo. A este invita la casa –le ofreció Marga desde detrás de la barra, haciendo gala de su obsequiosidad habitual–. Cuando puedas disfrutar de lo que te gusta, tú no te prives, que ya amarga bastante la vida cuando le da.

            Muchas gracias, pero mejor no. La línea, ya sabe. Aunque sí que me tomaría un poco más de café. Con sacarina, por favor.

            –La línea, la línea… A tus años la línea se te mantiene sola, hija. La única línea que debería preocuparte aquí es la del autobús, que cada día pasa con más retraso. Y otra cosa, jovencita; como me vuelvas a tratar de usted, te quedas sin tarta y sin café para los restos. Yo aviso escenificó índice en alto y acentuando la sonrisa permanente de la cara. No sabía reñir de verdad, Marga.

            El café estaba casi vacío y la risa de las dos mujeres resonó entre las paredes iluminadas. Joven una, la otra también, pero menos, envejecida de más por los trabajos de la vida y el sedentarismo. Pero nada había podido apagar nunca la sonrisa fresca y jovial que Marga exhibía a cada momento. Una sonrisa que brillaba más que el ámbar tubular de los neones anunciando café con su nombre.

             Marga sabía ponerle buena cara al mal tiempo y trabajar de firme. Se le daba bien, había tenido poco tiempo para aprenderlo hace mucho. Por eso era que ahora en el pueblo todo el mundo la conocía y la valoraba por ello. Su vida no había sido nada fácil, pero allí estaba ella, donde siempre: al pie del cañón un día tras otro, sin apenas descansos ni mucho menos vacaciones. Ya podía llover, nevar o socarrar el solo como hoy, que ella abría y se despachaba siempre con la simpatía voluntariosa que la caracterizaba. Atendía a solas su negocio en la carretera general, un pequeño café-hamburguesería que destellaba su nombre al estilo anglosajón: Marga’s. Allí, en plena profundidad ibérica fin de siglo, un rótulo luminoso como de película americana que congregaba a camioneros y adolescentes por igual, invitando a todo el mundo a sentirse tan a gusto como en su casa.

–Así que un curso de verano en el Colegio Mayor –repitió Marga, asentando sobre la mesa de la joven una cafetera casi llena para que se sirviese a discreción. El aroma del café se expandía incitante por el local. Desde luego que se hacía muy difícil no encontrarse bien allí.

Pues sí –respondió la chica estudiante–. Un curso de extensión universitaria. Yo estudio Periodismo en Madrid y este año no quería pararme del todo en verano. Preferí tomarme unas vacaciones activas. Así que aquí estoy, aprendiendo un poco y de paso conociendo algo de esta tierra que ya llevaba tiempo con ganas de visitar por influencia de mis padres. Ellos vivieron aquí un tiempo hace muchos años. Por cierto, me llamo Rocío.

            A Marga le producía una satisfacción indefinible que aquella joven estuviese allí, estudiando sin mayor urgencia ni preocupaciones. Era una chica simpática y agradable, de bonita sonrisa hermoseada por el realce de la juventud en flor. Físicamente le recordaba a ella misma a su edad, con aquel tipo de sílfide que tenía. Mirarla era como verse en un espejo de veinte años atrás, pensaba Marga con un punto de nostalgia en la mirada. Tenía su encanto, un encanto comparativo y contrastante, el jugar a darle al reloj tanta cuerda hacia el pasado; aunque según qué nostalgias podían volverse también un ejercicio agridulce por momentos. Y es que era lógico. El pasado, al recordarlo, nunca pasaba del todo y a veces volvía por vericuetos insospechados. Y con efectos de lo más sorprendente.

            Aquellos fueron otros tiempos, tiempos más duros; sobre todo para una mujer. La desigualdad intersexual era mucho más pronunciada, a la par que invisible por omitida. A Marga le tocó criarse en una época de estrechez de miras y no pocos sinsabores, donde los limones solo podían ser ácidos y las dulzuras se cocinaban a fuego muy lento todavía. Y al salirse del guion, las dificultades se multiplicaban por mucho. Si, como fue su caso, la vida te deparaba una maternidad en la soltería. Entonces la acrimonia subía muchos grados y las expectativas de fuego dulce se apagaban deprisa. Todas las miradas alrededor, aun las desconocidas, se tornaban de acritud y falsa moralidad. Parecía no haber penitencia suficiente por deshonrar a una familia, a un colegio, a un pueblo entero, a decir de las malas lenguas peores. Un acto impulsivo natural se censuraba cual atentado intolerable contra las buenas costumbres, y la mujer señalada por el pecado quedaba en evidencia, oscurecida y sola, completamente a merced de la murmuración. Y si, para colmo, por juventud no se llegaba ni a ser mujer, todo se ponía más cuesta arriba aún. Pero Marga ya tenía mucho amor propio desde muchacha y no se resignó a su mala suerte. Porque la suerte buena no caía del cielo ni crecían en los limoneros, sino que había que pelearla y cocerla con tesón paciente. Ya se lo decía su madre desde bien niña: “Marga, hija mía, tú ten en cuenta siempre que por el mundo hay dos clases de personas: las que, queriendo o sin querer, son capaces de amargarlo todo a su alrededor, y las que con muy poquita cosa consiguen endulzar hasta los limones más agrios”. Y pronto habría de comprobar Marga cuán acertada estaba su madre. La vida le confirmaba que quienes habían nacido para amargar, podían amargar la más almibarada de las macedonias sin esfuerzo ni conciencia; y, lo que era peor, también sin remordimiento alguno. Por el contrario, había podido observar igualmente que las personas del otro grupo acostumbraban a prodigar su don sin medida y casi sin querer; y, desde luego, sin esperar nada a cambio. Pero a ella ni siquiera su propia madre tenía la receta para endulzarle un poco aquel mal trago. También ella estaba sola, empobrecida y marcada desde que el marido la abandonase por otra. Así, ese consejo materno fue de la poca luz que sirvió de orientación a Marga en el apagón sobrevenido. Notó un vacío social lleno de dobleces que se iba deslizando con ella a su paso apartado. Sin posibilidad de ayuda económica familiar, ni responsabilidades paternas, ni mayoría de edad, Marga comprendió que nunca sería tomada en serio por sí misma. Era casi una niña, pero ya lo bastante mujer para darse cuenta de que bajo tales condiciones no podía haber mucho futuro ni para su hija ni para ella. De modo que tendría que despejarse el camino por su cuenta y riesgo exclusivos. Había que ponerse manos a la obra deprisa si quería abrirse paso en la vida.

Pronto pudo entrever el camino a través de las lágrimas. Del otro lado de la mampara aislante se transparentaba la posibilidad, tan oportuna como oportunista, de la entrega en adopción de la niña por nacer. La mujer del médico del pueblo vecino estaba incapacitada –cuando menos a ella se le achacaba en los mentideros locales la incapacidad reproductiva– para tener descendencia, y una mediadora convincente se le acercó con el acuerdo. Acogerse a la sensatez por el bien del bebé: un entorno seguro y acomodado siempre pintaba mejor que un presente de escasez y oprobio hereditario. La niña tendría así un padre reconocido, solvente y respetado, con apellidos completos que le abrirían puertas que de otra manera siempre encontraría cerradas al crecer.

            Marga tuvo tiempo a pensárselo bien con la criatura en el vientre todavía. Transcurrieron días y días de reflexión solitaria con las miras puestas únicamente en el futuro de la niña. Un futuro que acabaría por decidir. Para Marga no era una elección fácil. Le resultaría muy doloroso y duradero el sarpullido que resquemaría su instinto maternal a raíz de aquella decisión suya, pero terminó por aceptar la alternativa que se le ofrecía. Una vez llevado a término el acuerdo, a la joven madre le pesó sobremanera no haber podido ni siquiera bautizar a su hija. Ya estaba hecho, y hecho para bien, así que mejor no pensar más en el nombre que ella le hubiese dado de no haberle cambiado los apellidos esos avatares del destino. Además del vacío del corazón, del vientre y de los brazos, le quedó la letra pequeña del acuerdo. Una pequeña compensación económica y una carta de recomendación para un coqueto restaurante de la capital, propiedad de un paciente agradecido del médico, quien había conseguido priorizarle una operación mediante sus contactos en el hospital comarcal. Para bien y para mal, en un universo tan pequeño todos sus habitantes compartían ligaduras.

            Objeciones de maternidad al margen, lo cierto es que el trato era ventajoso y discreto. Al médico lo trasladarían pronto a su lejana ciudad natal y la pequeña se quedaba en buenas y pudientes manos, estuviese donde estuviese. Cuando la vida no te ofrecía naranjas, había que tratar de dulcificar en lo posible los limones que te caían encima de golpe. Al final todo se reducía a eso, a algo tan fácil y tan difícil como mejorar lo mejorable; ya contenía bastantes amarguras incontestables la vida. Era natural, pura y dura supervivencia. El dinero compensatorio no sumaba gran cosa, pero Marga mantenía intactos su vigor juvenil y una fuerte voluntad matriarcal para salir adelante por sus propios medios, por limitados que estos fuesen, que lo eran por todas las coyunturas. Era cuestión de mantener encendidas las pocas luces del camino para no perderse. Porque aunque la virtud estuviese en lugar oscuro, jamás se escondería si era virtud verdadera. Y Marga atesoraba auténticas virtudes laboriosas para ganarse una vida digna, la que cualquier ser humano merecía por el simple hecho de serlo.

Pasaron años duros de privaciones, pero siempre pasaron hacia delante. Para cosechar el futuro había que cultivarlo primero. Los madrugones y las muchas horas de trabajo en el restaurante la hacían caer rendida cada noche en brazos del agotamiento. Pero a la mañana siguiente volvía a levantarse muy temprano, enérgica y sonriente como un amanecer de primavera; siempre amanecía una sonrisa invencible en su cara.

La Marga empleada seguía cocinando para los dueños y clientes del restaurante mientras ahorraba para emprender un proyecto propio. Hasta que pudo reunir lo suficiente para volver al pueblo de la incomprensión con la cabeza muy alta y el ánimo bien dispuesto de siempre. La restauración había sido su medio de vida desde su exilio en la ciudad, y se había decidido a abrirse camino desde la cocina también en el pueblo que la viese nacer. No había podido elegirle nombre a la hija que le arrebataron los tiempos, pero al menos sí podría darle nombre, su nombre de madre, tan limpio como el que más, al negocio hijo de sus muchos esfuerzos de años. Marga había aprendido a desenvolverse por su cuenta y a sacar lo mejor de cada situación, por adversa que pareciera. Así, comprobó que los limones de la vida agriaban menos si se les aplicaba una receta dulce. Y eso valía tanto para las personas como para los postres. Su tarta de limón se hizo pronto famosa por la mucha aceptación que encontró entre la gente, ya fuesen del pueblo, de los alrededores o completos forasteros. No había distinciones de paladar: el gusto especial de la tarta de limón de Marga’s andaba de boca en boca por toda la comarca. Todos querían probar aquella receta casera, de dulzor tan agradable y equilibrado que hacía imposible no repetir la visita ni la recomendación. Lo que nadie imaginaba era que el ingrediente secreto, lo que de verdad dotaba de personalidad propia a la repostería de Marga, era la metáfora contenida en su factura. Una metáfora de lucha, de ir hacia delante y de frente, con fe en uno mismo y con el empeño, también, de humanizar la adversidad sin trazas de acritud hacia el mundo.

Hoy las cosas han mejorado en muchos aspectos, aunque lo ideal siga siendo eso, un ideal, una luz esperanzada empequeñecida en el horizonte. Pero ver a esta chica, Rocío, tan resuelta y espontánea a la hora de conducirse en la vida demuestra un claro avance igualitario. Sus palabras exentas de imposiciones, sus estudios y su atuendo de libre elección ejemplificaban bien el cambio de los tiempos. Un cambio que reafirmaba sin saberlo el brillo inteligente de sus ojos claros y curiosos. El curso de la vida del país se normalizaba hacia la igualdad de oportunidades natural y Marga se congratulaba por ello.

Y una vez más volvió a pasar pronto el tiempo, volando como en los años rescatados del recuerdo. Durante aquella estancia de verano, se habían ido estrechando con el roce diario los lazos entre Marga y la joven estudiante. Rocío acudía al café todos los días, bien para comer o cenar, bien para tomar café y charlar un poco con Marga. Sin duda la joven había encontrado allí una calidez de hogar sustitutiva, entrañable, diferente. Las confidencias entre ambas mujeres menudearon y dieron en acentuar la afinidad apuntada ya desde el primer momento. Así fue como Rocío pudo conocer día a día los contornos de la historia personal de Marga. Una historia de marcada cercanía, y no solo por los retazos cara a cara de su relato. Lo que Marga solía destacarle a Rocío era el hecho significativo de una coincidencia de edades, de lugares, de destinos entrecruzados por algún signo circunstancial y al cabo favorable; tan favorable como el albur que auspiciaron en su día los padres adoptivos de Rocío. La joven estudiante tenía ahora la misma edad que Marga cuando volvió de la ciudad para abrir el restaurante. De alguna manera Marga’s, tendía un vínculo privado y fuera de carta entre ellas, y también entre los tiempos tan dispares de sus respectivos veintiún años. Rocío le contaba a Marga lo que había aprendido cada día, en el curso o fuera de las aulas, en esa otra universidad de obligada matrícula que era la vida. Le hablaba con toda naturalidad de sus proyectos: un viaje por Europa en InterRail, unas prácticas ­no remuneradas pero formativas en una agencia de prensa, una revista digital de información universitaria a coordinar junto con otros compañeros de facultad...

El curso acababa para Rocío con un poso de pena externa. Marga y ella habían llegado a tomarse verdadero afecto y confianza. Marga, por su parte, la había ido ahijando poco a poco en su fuero interno y también lloraría más en la despedida.

Cuando aquella noche de poco antes del adiós Rocío apareció en compañía de Roberto, un guapo muchacho del pueblo con cierta –y merecida– fama de haragán Marga no se sorprendió demasiado.

–Ya nos conocemos –dijo al decirle Rocío su nombre con limones soleados en la voz y en la mirada tierna–. Demasiado bien nos conocemos, ¿verdad, perillán?–. <<En realidad lo conocía ya desde antes, incluso, de que naciera>>, añadió Marga para sus adentros.

Rocío no dijo nada, solo sonrío por el reflejo de Marga. Nunca dejaba de ver en ella a alguien capaz de plantar limoneros dulces y madurar los frutos en el seno de su cosecha.

El pasado de Marga se iba dulcificando poco a poco en el espejo retrospectivo que el verano le había puesto delante. Se la habían encaminado con sutileza y la habían llamado Rocío. El nombre le gustaba, y los apellidos coincidentes le habían corroborado al punto la certeza del instinto de la primera visita. Claro que más gusto daba todavía constatar la educación recibida por la niña, una educación de la que también ella había tomado parte, aunque fuese por delegación. Era un verdadero placer verla conducirse por la vida con aquella frescura y cercanía tan admirables, sin una mala cara con nadie, tratando a todo el mundo por igual independientemente de su condición. Cómo no alimentarla y cuidarla con un extra de esmero durante su estancia en el pueblo insospechado de sus orígenes, cómo no hacerla partícipe de aquella recóndita historia familiar. Por fin tanto trabajo y desvelo se resarcían con una compensación a la altura, pensaba Marga preparando más café. Si en el pasado no pudo darle un techo propio a su hija y tuvo que abrigarla en otro lugar, hoy podía congratularse de la dura decisión del ayer. Por fin un verano de vacaciones, aunque fuera sin moverse del sitio;  aunque fuera así, por las cabriolas de un destino rocambolesco y coincidente hasta lo increíble. Parecía que Rocío también se sentía atraída por los genes, tan irresistibles para ciertas jovencitas a lo que se veía, de aquel golfo de su padre. Un padre reconocido a su vez de ese otro hijo de otra mujer que eligió llamarlo Roberto. Bueno, nadie era perfecto, y de las atracciones fatales también se aprendía; todo en la vida enseñaba a vivir. Y hasta en eso se parecían las dos, no solo en la caída de ojos y la forma de reír.

Cuando el muchacho salió del café y volvió a quedarse a solas con Rocío, Marga se reconoció como nunca en sus ojos de agua. Entonces vio definitivamente claro que todo había merecido la pena y que podría poner, de viva voz y con orgullo, toda una vida a nombre de Rocío. Sus padres adoptivos la habían dejado libre para conocer por sí misma aquella verdad recién nacida y no iba a ser su madre biológica quien se la ocultase, se había ido persuadiendo Marga a lo largo del curso. Tan solo le pidió a cambio que volviese a visitarla siempre que quisiese o, en su defecto, llamarla por teléfono algún día. Bueno, eso y la promesa honorífica de que si algún día la hacía abuela se lo haría saber.

Y así se completaron, con sorpresa y emotividad fuera de programa, las enseñanzas de aquel verano revelador en las raíces, junto a la cafetera siempre dulce y humeante de Marga’s.