viernes, 13 de septiembre de 2024

XXIX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA REAL VILLA DE GUARDAMAR 2024



 MODALIDAD: AUTOR LOCAL


GANADOR: MARCOS GONZÁLEZ CARRIÓN
TÍTULO: EL BAILE DE LAS ESTRELLAS

EL BAILE DE LAS ESTRELLAS

—¡Vamos Duna, es hora de volar!

—¡No puedo, mamá!

—¡Venga!, tus compañeras ya están listas, hay que entrenar. La migración es dentro de tres semanas.

—¡Pero, mamá, no puedo!, mi ala…

—¡Bueno, vale, pero si no estás preparada no podrás venir con la colonia!

—¡Jooo!

Manuel Felipe Sánchez Córdoba

Duna es una polluela de Gaviota de Audouin nacida hace unos meses, junto con otros cientos de pollos, en las inmediaciones de las salinas del Parque Natural de Las Lagunas de La Mata y Torrevieja. Un espacio protegido en el que, desde hace años, anidan varias especies de gaviotas en convivencia pacífica y colaborativa con distintas aves nidificantes: flamencos, charranes, chorlitejos o cormoranes, entre otras.

Durante sus primeras semanas, Duna era una gaviota feliz, jugando con su hermana y otras amigas de la colonia en una vida de cría, sencilla y libre de preocupaciones. Desde pequeña se veía que era diferente; alegre y dicharachera, generosa y solidaria. Su corazón era más grande que la pequeña gaviota que lo contenía y brillaba con luz propia. Madre y todas las demás lo sabían.

La vegetación salobre próxima a las salinas era el hábitat natural de las aves, pero la zona no estaba exenta de peligros. Algunos temibles depredadores, como las serpientes, lo recorrían a diario en busca de presas fáciles. Una de ellas, a la que llamaron Culebra, era grande, malvada y mucho más astuta que el resto. A pesar de las advertencias de las mayores, las jóvenes gaviotas no eran conscientes de esa amenaza. Un día en el saladar, cuando más tranquilas estaban, jugando al escondite entre unos matorrales de salicornia algo alejados del nido, apareció Culebra. Distraída en sus juegos, Duna no oyó a Madre que graznaba desesperada para que se protegiese en el canal, un espacio bajo unas tablas que la familia tenía dispuesto como escondrijo donde amagarse en caso de peligro. La malvada Culebra se llevó a la pequeña a rastras, pero Madre ya había alertado a una patrulla de amigos charranes que se fueron a por ella. A picotazos, consiguieron liberar a la polluela de los siniestros anillos de Culebra, pero la joven gaviota ya había sufrido daños irreparables. Duna sobrevivió a duras penas, con el radio de un ala partido y algunas costillas aplastadas. A causa de esas heridas, no puede salir a entrenar con los otros polluelos volantones y mira al cielo con envidia sana, embelesada en sus vuelos y piruetas.

Habían pasado varios meses y Duna no conseguía superar sus lesiones. Se había resignado a ser un ave discapacitada para el vuelo. La colonia estaba lista para la migración, y también para el doloroso momento de abandonar a las pequeñas polluelas que no podían viajar. A Madre se le encogía el corazón.

—¡Duna, cuídate de Culebra y de las tormentas!— le gritaba Madre, angustiada, mientras partía hacia la gran travesía—. ¡Ya sabes, el escondite! Te dejo al cuidado de Hermana; ella es fuerte y se ocupará de ti.

—¡Sí, mami, no te preocupes! —gritaba Duna, mirando al cielo, casi consolando a Madre—. Estaré bien.

Aquel día, la colonia emprendió el vuelo en dirección a las costas Atlánticas del Sáhara Occidental. Duna y otras siete jóvenes con diversidad funcional se quedaron atrás en el saladar. Una pequeña comunidad de aves abandonadas a su suerte, asustadas ante un futuro incierto y lleno de peligros. A partir de ese momento, serpientes y rapaces buscarían a las pequeñas como manjares para su mesa. Duna y las demás estaban muertas de miedo; se refugiaron en sus escondites y solo asomaban el pico para buscar algo de comida. No se atrevían ni a salir a jugar. Todas tenían alguna deficiencia y escasas posibilidades de sobrevivir en un lugar que se había convertido en un orfanato, en donde, sin la protección de los adultos, las jóvenes inexpertas serían víctimas propiciatorias para los reptiles y otros depredadores. Culebra, astuta, pronto advirtió la soledad de las jóvenes y se dispuso a optimizar sus planes de captura.

Duna, estaba siempre atenta a los peligros y, a la mínima señal, se refugiaba en su escondite. A los pocos días, alertada por un extraño siseo, llegó justo a tiempo de esconderse en el canal. La cabeza de Culebra estaba tan cerca que Duna no podía dejar de temblar, horrorizada, observando la lengua bífida de la temible serpiente preparada para atacar a una incauta que permanecía ajena al peligro. Hermana, que andaba vigilante, intentó proteger a la ingenua y arriesgó con valentía, pero entonces… Culebra se fue a por ella.

—¡Hermana, hermana! —graznaba Duna, desesperada, corriendo tras la «ladrona» que se alejaba con su presa colgando de los dientes.

Los amigos charranes ya se habían marchado a la migración, y las pobres gaviotas, indefensas, no tenían con qué hacer frente a la amenaza de Culebra. Estaban asustadas y se sentían tristes e impotentes. Para ellas, Hermana era la primera sacrificada en su lucha por la supervivencia y presentían que quizás no sería la última. Pero Duna no estaba dispuesta a dejar correr el destino, inexorable, que se cernía sobre las polluelas. Todo era muy injusto, tenía que hacer algo para que lo que había vivido no volviese a ocurrir. Reunió a las otras seis desamparadas y les explico sus planes. Estaban solas, expuestas a enfermedades y convertidas en comida para serpientes y otros depredadores, pero no se iban a quedar de alas caídas esperando que el destino viniese a buscarlas. Había que jugársela y Duna tenía claro cómo sobrevivir y llevar una vida digna hasta el regreso de las adultas.

El primer objetivo sería su seguridad; encontrar un refugio en el que sentirse a salvo. Había una madriguera abandonada —muy probablemente por una familia de conejos salvajes que habrían marchado a otro territorio—. Parecía amplia, pero no lo suficiente para las siete. Durante más de una semana estuvieron escarbando para ensanchar las galerías, y asegurarse que dentro de ella habría espacio suficiente para todas. Si alguna de ellas descubría la presencia de un enemigo, tenía que avisar rápidamente y las demás acudirían a esconderse en la guarida. Desde dentro, sellaban la boca de la cueva con palos y pinchos para asegurarse de que Culebra no pudiese acceder. Así lo hicieron y, a partir de ese momento, la “ladrona” se tuvo que resignar a su suerte.

—¡Diablos, estas pequeñas son muy inteligentes! —Pensaba Culebra, mientras se arrastraba por los alrededores de las salinas—. Tendré que buscar otra cosa que comer en el Parque.

El segundo problema que se les planteaba era la alimentación. A pesar de sus maltrechas patas—que en algunos casos eran un muñón sin dedos—, tres de ellas habían aprendido a pescar y, aunque con dificultad, conseguían alimentarse de los descartes de la flota pesquera de Torrevieja. Las otras cuatro, Duna entre ellas, malvivían de restos orgánicos, ratoncillos, lombrices y pequeños crustáceos. Para nuestra amiga, aquella era una situación injusta que había que resolver, así que hizo una propuesta arriesgada, pero ingeniosa. Cada gaviota podría comer solo la mitad de lo que consiguiese, y otro tanto debería traerlo a la puerta de la madriguera. Esa comida se repartiría y todas comerían de todo. De esa forma se premiaba el esfuerzo y la iniciativa de cada una, pero las obligaba a compartir parte de sus beneficios. Así es como los diferentes talentos de las aves empezaron a funcionar como una verdadera comunidad, alegre y dinámica, cohesionada, en la que el equipo era más importante que cada una de ellas.

Resueltos los dos principales retos: supervivencia y alimentación, deberían enfocarse en solucionar sus problemas emocionales. Necesitaban superar el miedo, la incertidumbre, el estrés por la falta de protección… y por supuesto, necesitaban recuperar la confianza en ellas mismas. Hacía semanas que no se divertían, tenían que volver a los juegos y la interacción social que eran básicos para su bienestar emocional y, de paso, superar el estado de ansiedad que les generaban tanto la amenaza de Culebra como sus propias limitaciones.

Abrieron un debate para aportar propuestas y empezaron a probar diferentes juegos: escondite, palos, caracolas… pero les faltaba algo; unas no podían participar en las actividades por sus problemas físicos y otras no se sentían a gusto con ciertos juegos. Además, necesitaban que la dinámica les generase las suficientes endorfinas para contrarrestar el cortisol producido por el estrés, pero sus acaloradas discusiones no las acercaban a ninguna solución consensuada. Estaban en un callejón sin salida, pero Duna lo tenía claro…

—¡Chicas, escuchad! —llamó a las siete a una reunión urgente—, tenemos que encontrar una actividad en la que todas podamos participar y que nos ayude a librarnos de los déficits emocionales que arrastramos.

—¡Si, sí, en eso estamos de acuerdo! —contestaron las seis, casi a coro—, pero ¿cuál es tu propuesta?

—Todas nosotras tenemos alguna discapacidad —exponía Duda, mientras las otras asentían con la cabeza—, pero todas podemos hacer algo que nunca antes hemos intentado: ¡BAILAR!

Un silencio cómplice revelaba que la propuesta de Duna les había llegado al corazón —¡Eso es, bailar! ¿Por qué no? —, podían hacerlo y lo hicieron. Decidieron salir a bailar de noche cuando el sol ya se había acostado y las estrellas iluminaban el cielo de noviembre. Júpiter, Venus y la lluvia de Leónidas, miraban con asombro sus danzas a la luz de la luna. Así fue como instituyeron el baile de las estrellas. Cada media noche la comunidad del baile se entregaba a su actividad para promover la valentía, el gozo y la empatía. Las coreografías eran un poco estrafalarias dadas sus limitaciones físicas, pero reían y se divertían. Las tres que podían volar hacían saltos y cabriolas en el aire, a veces rodando con sus muñones por el suelo, otras dos, taconeaban con cierto salero y alguna giraba sobre una pata tensando alas de ángel. Eran felices. Para nada se sentían unas aves diferentes. Culebra las observaba desde una atalaya, sin conseguir superar su frustración.

Duna era un ejemplo. A pesar de sus limitaciones —pues aún seguía arrastrando secuelas y una de sus alas por el suelo—, se convirtió en la lideresa de la comunidad. A su lado, las jóvenes gaviotas fueron aceptando sus diferentes capacidades y adaptándose a una vida en la que ya nadie les podría arrebatar su dignidad.

Así fueron pasando las semanas y el invierno llegó como otros años, pero para ellas fue especial, era su primera invernada. Casi sin darse cuenta, ya estaban despertando al día de Navidad. Las gaviotas salieron de su madriguera desperezando alas, listas para disfrutar del tibio sol de la mañana de diciembre en la laguna rosa, pero pronto se dieron cuenta de que algo raro pasaba.

—¿Alguna ha visto a Duna?

—¡No, yo no! —¡Yo tampoco!

—¡Duna, Duna! —gritaron casi todas a coro por las salinas y alrededores, pero su compañera no aparecía. Es como si se la hubiese tragado la tierra, o desaparecido entre el agua rosada y el azul del cielo.

Las jóvenes estaban angustiadas, les inundó la tristeza de haber perdido a Duna y la duda de si regresaría algún día, pero se quedaron con la lección que habían aprendido de ella para sobrevivir como verdaderas valientes.

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Han pasado más de cinco meses desde que la colonia marchó a la migración. Madre acaba de regresar junto con otros cientos de parejas para la puesta de huevos. Duna no está en la charca. Hermana, tampoco.

—¡Duna, Duna! —grita Madre, desesperada—. ¡Soy mamá! ¿Dónde estás, hija?

—¡Duna!

Nada.

Las seis supervivientes dan crónica emocionada a Madre sobre la audaz Duna y el trágico destino de Hermana. La gaviota no puede evitar emocionarse por la valentía de sus pequeñas; temerosa de haber perdido a ambas, pero confiada en que, por lo menos Duna, aparecerá. Ahora lo importante es localizarla, aunque hace tres meses que desapareció y sus compañeras creen que, a pesar de todas las precauciones, Culebra se la llevó.

Es una cálida mañana de abril y el sol refleja su alegría en el agua de la laguna rosa. Madre está en el nido empollando los tres huevos. Sigue muy apenada por la falta de sus pequeñas y no acaba de superar el dolor que le amarga la primavera.

—¡Mamá, mamá! —Una preciosa gaviota sobrevuela el cielo de la laguna.

—¡No puede ser! —Madre salta fuera del nido entre emocionada y angustiada—. ¿Eres tú, Duna?

—¡Soy yo, mami!... ¡Duna! —contesta la joven mientras planea hasta posarse al lado de mamá; ambas apoyan sus cabezas y se arrullan con ternura—. ¡Soy Duna, mami! ¡Estoy viva!

—Ayyy mi hija preciosa, cuanto te he echado de menos. Te necesitaba Duna.

—Y yo a ti, mamá

—Pero dime, veo que puedes volar de nuevo ¿cómo has conseguido reparar tu ala? ¿Cómo ha ocurrido el milagro?

—Mira, mamá… aquel hombre allí de pie en las salinas —Le cuenta Duna a Madre, con la emoción iluminando su plumaje y señalando con el pico un punto al pie de la montaña de sal—. Él es Juan, mi salvador. Nos acabamos de despedir. Ha visto que la colonia regresaba de la migración y me ha liberado para volver contigo. 

—Juan es uno de los encargados de mantenimiento del parque —continúa Duna con su relato—. Aquélla mañana, llegó muy temprano para controlar a las jóvenes que no habíamos podido marchar a la migración. Me encontró a la puerta de la madriguera y se dio cuenta de mis problemas físicos. No me preguntes porqué, pero me dejé acariciar sin espanto alguno porque el hombre se acercó con cariño y compasión. Luego me llevó con él y durante dos largos meses me alimentó, curó mis heridas y me enseñó a volar.

—¡Ha sido un ángel para mí, mami!

—¡Madre está contenta por ti, Duna! La próxima migración vendrás con la colonia a conocer el Mediterráneo, el Océano Atlántico y las maravillosas costas del África Sahariana y Senegal.

Duna es ahora una gaviota libre. Esa noche, felices por ella, las siete valientes se vuelven a reunir para disfrutar del baile de las estrellas. Están contentas. Tienen mucho que celebrar pues han demostrado que, con coraje y tenacidad, trabajando como un equipo, han sido capaces de superar sus limitaciones y convertirse en gaviotas casi perfectas. Brillar como verdaderas estrellas.

martes, 14 de mayo de 2024

Acta ganadores del XXIX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA REAL VILLA DE GUARDAMAR.

 Acta ganadores del XXIX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA REAL VILLA DE GUARDAMAR.

Acta guanyadors del XXIX CONCURS DE NARRATIVA CURTA REAL VILA DE GUARDAMAR.



jueves, 26 de octubre de 2023

XXVIII CONCURS DE NARRATIVA CURTA “REIAL VILA DE GUARDAMAR DEL SEGURA”, 2023

 


      MODALIDAT: RELATS DE TEMÀTICA LLIURE ESCRITS EN VALENCIÀ



GUANYADORA: MARIA MERCÈ CAMPOS EDO

TÍTOL: EL CRIT DE L'ESPANT

 

Maria Mercè Campos Edo,  tot i tenir formació acadèmica en Psicologia, ha desenvolupat la seua vida laboral en el món de les biblioteques i la cultura, treballant per a l’Ajuntament d’Onda (Castelló). Des de 1982 a 2000 i de 2012 a l’actualitat, com a bibliotecària a la Biblioteca municipal  i des de 2001 a 2011 com a tècnic de cultura.

 En l’àmbit de l’edició ha fet tasques de traductora, correctora, maquetadora i editora, havent participat, des d’una vessant o una altra, en l’edició de més de 30 llibres, tant per a l’Ajuntament d’Onda com per a editorials i particulars.

 


EL CRIT DE L’ESPANT

            He sentit dir als qui viuen al Tossalet, un barri de gent humil situat als afores del meu poble, que les nits en què el vent bufa a favor encara poden escoltar-se, de tant en tant, els laments anguniosos d'homes i dones provinents de la zona on tan sols queden les runes del que va ser la casa dels Estarlich. La decisió que va prendre l'Ajuntament fa uns anys de derruir-la, per tal d'acabar amb l'escabrosa llegenda que el lloc arrossegava, no va aconseguir aturar res, ni la llegenda ni els laments.

            Soc Carme, veïna d’Onda, poble de taulells i tarongers de l’interior de la província de Castelló i he tingut com a major afició en la meua vida recopilar llegendes quasi perdudes, i és ben cert que en tinc unes quantes, però no ha sigut fins ara que he pogut dedicar-li temps a la més desconeguda i inquietant de totes les que he tingut el plaer d'escorcollar: la del meu poble, la de la casa dels Estarlich.

            Valentí Estarlich era un senyoret de la capital -i per capital vull dir València-, fill únic, que l'any 1935 del passat segle va heretar dels seus pares un grapat de terres per diversos llocs, entre elles una finca al costat del riu, a una zona anomenada El Tossalet, al terme municipal d’Onda.

            Probablement, Valentí hauria deixat l’explotació de la finca en mans dels seus administradors i no s'hauria molestat ni en vindre a veure-la si no hagués estat perquè les ties Àgueda i Dolors, germanes de son pare i fadrines, vivien encara a Onda, a una casa de la plaça del Raval que donava a un jardí, ple d'arbres ombrívols que mantenien la plaça fresca durant el calorós estiu. D'eixa casa familiar havia sortit son pare cinquanta anys enrere per anar a provar de fer fortuna a la capital -a València, vull dir- i no havia tornat més que de forma esporàdica per visitar a les germanes, comprovar si estaven bé i demanar-los, una vegada i una altra, que se n'anaren a viure amb ell i la dona; però elles, en part per no molestar al matrimoni i en part perquè els costums són difícils de trencar, mai no van voler ni sentir-ne parlar. No vivien malament amb el que la finca del Tossalet donava i els diners que, periòdicament, el germà els passava.

            Quan Valentí va heretar de son pare tenia clar que heretava també a les tietes d'Onda. Per aquells temps València i Onda no estaven molt a prop, els viatges eren incòmodes i llargs i, malgrat que el pare va comprar un automòbil per no dependre de trens ni de carros per al transport, ell no havia anat més enllà d'un parell de vegades en tota sa vida a visitar-les, però la seua situació acomodada i l'amor per son pare li demanaven mantenir-les dignament fins que moriren, així que va decidir que mai no vendria la finca del Tossalet, que era la base del manteniment de les dues dones, mentre elles continuaren vives.

            Valentí va deixar tots els assumptes de l'herència en mans de l'advocat de la família, home de confiança de son pare durant més de trenta anys. Del que no podria lliurar-se era d'anar a fer una visita a les ties, que no havien pogut assistir al soterrar del germà per problemes de salut i de distància.

            Era un dissabte de les darreries d'octubre, al voltant de les 12, quan va arribar a Onda. El poble es trobava particularment animat. S'escoltaven coets i música de dolçaina. Preguntant a una de les moltes persones que hi havia pel carrer es va assabentar que era la setmana de festes del poble. Quanta alegria popular, va pensar, a tan sols tres jornades del Dia de Difunts. El seu ànim no estava festiu; va aparcar el cotxe, també heretat del pare, i es va dirigir cap a casa de les ties. Sorprenentment, no li va contestar ningú després de tocar al picaport durant una bona estona. Al cap, una veïna li va explicar que Àgueda i Dolors no estaven a la casa des de feia més d'una setmana; atés que estaven de dol, no van voler quedar-se al poble durant les festes.

            «Estan al camp», va dir la dona, comprenent Valentí que devien estar a la casa de la finca del Tossalet. Tan sols hi havia anat una vegada i no recordava ni el camí, però no li va ser difícil de trobar perquè estava molt a prop del riu i del cementeri.

            La finca era una propietat destinada al conreu d'ametlers i garroferes. Tenia al voltant de 50 fanecades. Des d'un xicotet tossal es dominava quasi tota l'extensió, que s'estenia per la vorera del riu.

            La casa gran era una edificació quadrada de dues plantes, amb una pinada de fragants pins pinyoners al davant. A uns quants metres hi havia dues edificacions annexes. En una d'elles es guardava el ramat; una altra, més gran, servia per a guardar les ferramentes del camp i emmagatzemar la collita.

            Els treballadors de la finca vivien un poc més enllà, en unes poques cases d'una planta, separades del cementeri pel riu que la vorejava.

            Les estances nobles de la casa gran romanien tancades la major part de l'any i tan sols una part de la planta baixa estava contínuament habitada pels cuidadors, un matrimoni de mitjana edat que s'encarregava de mantenir-la neta i en funcionament, així com el jardí i el xicotet hortet que hi havia darrere de la casa.

            No es podia arribar en cotxe, així que Valentí el va deixar el més a prop que va poder i, caminant pel ben cuidat camí, va anar arrimant-se a la casa, pulcrament pintada de blanc damunt del qual ressaltava la fusta blau claret de les finestres i dels balcons que la rodejaven.

            Les ties, malgrat no conéixer-lo a penes, el van rebre amb una mescla mal continguda d'alegria per tornar a veure al fill del germà i laments i plors per la pèrdua d'aquest. Les hores van passar entre fer-li una visita a la finca, dinar i prendre un cafenet i un licor, mentre Valentí tranquil·litzava a les dues dones explicant-los que no volia que res canviara en les seues vides, que ell es faria càrrec de tot, tal com havia fet son pare.
            Al voltant de les sis de la vesprada Valentí es va acomiadar de les ties amb la promesa de tornar-les a visitar de tant en tant i fent-les prometre a elles que li enviarien aviat un telegrama si els feia falta cap cosa.

            Quan va moure el cotxe va sentir-se alleugerit perquè sabia que havia donat bona eixida a l'encomanda més personal que son pare li havia fet abans de morir: cuidar de les tietes, i que les deixava en un bon lloc i molt ben assistides. Almenys devien estar prop dels seixanta, tant l'una com l'altra, i, amb eixes edats, ell se n'anava més tranquil en haver vist que la gent que treballava a la casa pareixia que se les estimava de veres.

            Pocs mesos després esclatava una llarga i espantosa guerra civil que li va dificultar la promesa feta de visitar a les ties. Uns mesos després d'acabada la guerra Valentí rebia, el dia 5 de novembre, un estrany telegrama, signat per la màxima autoritat d'Onda, l’alcalde, demanant-li que anara al poble tan aviat com li fora possible.

            Es va estranyar de tan singular petició, tenint en compte que havia tingut amb les ties durant aquells anys els contactes suficients per a saber que es trobaven bé i que la finca, on les dues dones es van refugiar durant els anys de la guerra, continuava funcionant, malgrat tot.

            No tenint el cotxe disponible en aquell moment, va fer el trajecte des de València a Vila-real en tren i allí va prendre La Panderola, el trenet que el portaria fins a Onda. En arribar, va preguntar a uns dels empleats del tren i, seguint les indicacions, va eixir de la plaça de l’Estació per La Safona i, recorrent el carrer de Sant Miquel, va arribar a Ca la Vila.

            L'alcalde no estava a l'edifici sinó treballant a la fàbrica de taulells de la que era l'amo, li van dir, però no van tardar a anar a buscar-lo i, vint minuts després, es presentava junt amb un regidor i feia passar al visitant al seu despatx.

            Tan bon punt van asseure tots, l'alcalde va traslladar a Valentí el condol per la mort de les seues ties, deixant-lo, com és de suposar, amb la boca oberta. Quan va ser capaç de reaccionar, va demanar explicacions de com havia succeït. Les dues alhora? Com era possible? Quan anava a ser el soterrament?

            Com més preguntes feia més estranyats es quedaven l'alcalde i el regidor, fins que els va ser possible explicar que les dones portaven mortes i soterrades des de feia més de tres anys.

            Valentí va afirmar, sense poder eixir de la sorpresa, que ell s'havia comunicat per telegrama amb les ties feia tan sols uns pocs dies.

            Major encara va ser la sorpresa quan l'alcalde li va detallar la raó d'haver-lo cridat. La casa gran del Tossalet, abandonada des de la mort de les dues dones, començava a crear una llegenda negra que inquietava als habitants del voltant i a tota la població. Després de quedar la casa deshabitada, atés que dels cuidadors res més es va saber, el lloc es va convertir en un indret buit i suficientment separat de la població per convertir-se en testimoni d'infames afusellaments durant els anys de la guerra.

            Ara, no parava de córrer entre la gent la llegenda de què qui gosara passar de nit pels voltants del cementeri i de la finca escoltaria ben nítids els crits i els laments dels qui allí havien sigut afusellats.

            L'alcalde, no tenint clar si això era veritat o mentida, no volia que acabara estenent-se el pànic per tot el poble i havia cridat a Valentí, el propietari, per intentar donar-li solució al tema.

            Davant l'ànim favorable de Valentí a fer tot el possible per solucionar-lo, l’alcalde i el regidor es van oferir a acompanyar-lo fins al cementeri per mostrar-li on estaven soterrades les ties, i cap allí es van dirigir.

            Les tombes del xicotet recinte estaven encara adornades amb les flors que els familiars havien portat als seus difunts uns dies abans, per Tots Sants. Les celebracions, sobretot les religioses, tornaven a mamprendre el seu ritme habitual després d'una guerra que, per desgràcia, feia més actual i més dolorós que mai recordar als difunts.

            El grupet dels tres homes es va parar davant de dos nínxols, un damunt de l'altre, coberts amb senzilles làpides que donaven compte dels noms de les persones que les ocupaven, i també de la data de la seua mort: el 14 de gener de 1937, feia prop de quatre anys.

            Del que no es van assabentar era de la figura que, resguardada entre les tombes que hi havia a terra, els observava atentament.

            Després de comprovar el que no es podia creure: que aquelles eren les tombes on estaven soterrades les ties amb les quals s'havia comunicat tan sols uns dies abans, Valentí va decidir no fer-ho més llarg i anar a la casa del Tossalet, distant a penes dos-cents metres del cementeri.

            Quatre anys d'abandó i de vandalisme havien convertit la ben cuidada casa en una lúgubre ombra del que havia sigut. El blanc de les parets es veia brut i ple de taques; les finestres, abans primorosament pintades de blau cel, tenien la pintura clavillada i moltes d'elles estaven obertes; d'altres, tenien els vidres trencats. Les males herbes havien envaït el que uns anys abans eren un jardí i un hortet primorosos fins a convertir-los en un terreny erm. Tampoc la porta principal s'havia lliurat. Estava semioberta, però va haver-hi que pegar-li uns quants cops per poder entrar.

            L'ombra els aguaitava ara des de darrere d'un arbre; aquesta vegada, però, Valentí la va notar.

            El panorama interior era igual de desolador. La pols i la brutícia s'havien fet les ames, amb l'ajuda de tots els actes vandàlics que havia anat patint. Res es conservava al seu lloc. Si quedava alguna resta de vaixella estava feta mil trossos per terra. Els armaris de la roba estaven oberts i buits: els llits, tenien senyals d'haver estat ocupats feia temps; les estores, rosegades per algun ratolí famolenc i les cortines que quedaven al lloc, estaven brutes i quasi despenjades.         
            Valentí va tenir una sensació dolorosa, recordant com de net i ben arreglat estava tot la vegada que va vindre a veure a les ties.

            La sensació li va remenar el cos i la consciència. No era capaç de comprendre qui podia haver-li gastat aquella pesada broma, però va decidir que no pararia fins a esbrinar-ho, sent conscient que no podria dormir en pau sabent-se culpable de no haver atés bé a les germanes de son pare, com ell no es va cansar de demanar-li abans de morir. Va decidir que no se n'aniria del poble sense respostes.

            De les diverses fondes que hi havia al poble, una estava prou a prop de l'Ajuntament. Valentí va demanar-hi allotjament, però, sabedor de què les respostes no li arribarien mentre estava dins l'habitació, va decidir eixir a fer un passeig pel poble i sopar fora. Si l'ombra que li havia paregut veure aquell matí era real, potser la faria eixir.
            Valentí va vorejar l'edifici de l’Ajuntament i va continuar  fins on va entreveure una bonica plaça de menors dimensions, la Font de Dins, completament rodejada d'arcs. Es va desviar del camí i va entrar a visitar-la. No es veia a ningú. Tenia una font central de pedra, rodejada d'arbres, de la que borbollava l'aigua en un soroll cadenciós, fresc i nocturn que li va relaxar un poc el mal ànim que portava. Dos homes van aparéixer per una de les entrades de la plaça.

            Després d'una estona va tornar a eixir, queixant-se d'un dolor a la panxa que va atribuir a la fam, atès que no havia pres res des del desdejuni, i es va dirigir cap a La Safona. Era un carrer prou més ample que la resta. A mà esquerra, al costat d'un pal de benzina, hi havia un local on l’alcalde li havia dit que es menjava bé. Allí soparia.

            A punt estava de demanar el sopar quan va veure que una figura s'arrimava al vidre de la gran finestra que donava al carrer i aguaitava l'interior, cercant alguna cosa. Quan l'individu per fi va reparar en Valentí, va començar a fer-li senyes demanant-li que isquera. Valentí, molest per no poder alleujar el dolor de panxa, va eixir aviat al carrer.

            L'home que el reclamava era major, anava vestit amb roba de camp i no parava d'amagar-se a la foscor, allà on la llum de la pereta que penjava d'un cable en meitat del carrer no arribava.

            La curta conversa que els dos homes van mantenir va ser suficient per a convéncer a Valentí de seguir a l'altre per la foscor del carrer fins a arribar a la plaça de l'Estació, molt a prop, on, de nou emparats per les ombres, van pujar a un carro tirat per una aca vella i van mamprendre el camí que els portaria fins a la finca del Tossalet. Una volta fora de la població, tan sols la llum de la lluna plena els acompanyava pel camí.          
            El baquetejar del carro i l'ulular dels mussols feien un so que es mesclava amb els lladrits de gossos en la llunyania, component una melodia lúgubre que li va posar els pèls de punta quan la lluna va desaparéixer darrere d'uns núvols negres com el fons d'un pou, just en el moment de creuar el pont per damunt del riu. Els perfils dels arbres es van esvair i una boira espessa i humida es va fer l'ama del camí.

            Passat el pont, la lluna va tornar a aparéixer entre els núvols i la boira es va alçar. Tornava a poder-se veure el camí, però una sensació estranya es va apoderar de Valentí sense poder-ho evitar. Tot estava igual que al matí, quan havia anat al cementeri a visitar les tombes de les germanes de son pare, però res no era igual.

            Va pensar que estava deixant-se portar per tots els pensaments foscos que portava pel cap des d'aquell matí. No obstant això, quan van arribar a la tanca del cementeri la sensació es va materialitzar. Ni la porta del cementeri era la mateixa ni el mur que el circumdava era com el que havia vist unes hores abans.

            Una mica espantat, li ho va comentar al seu company de viatge, que li va contestar: tin calma, ben aviat comprendràs.

            Uns minuts després arribaven davant de la casa principal de la finca. Estranyament, la porta estava tancada, sabent bé que al matí havia quedat un poc oberta atés que, malgrat els estirons que li havien donat per tancar-la, no ho havien aconseguit.

            Valentí es va girar per parlar amb el seu poc loquaç acompanyant, però no el va veure. Tant ell com el carro amb l'animal que l'estirava havien ja desaparegut. En tornar-se a girar cap a la porta, aquesta estava oberta i un home que li va resultar estranyament familiar, amb una espelma a la mà, li franquejava el pas. Valentí va entrar a l'ampli vestíbul on cada cosa estava perfectament situada al seu lloc i l'home el va acompanyar al pis de dalt, fins a la segona estança a mà dreta, on havia estat la saleta d'estar de les seues ties uns anys abans.

            Quan va traspassar la porta, dues figures il·luminades per un quinqué romanien assegudes en butaques, una a cada costat de la finestra. Una tauleta baixa estava entre elles. Valentí no va poder contenir un crit d'espant en adonar-se que les figures que el rebien eren... les seues ties, que el miraven des de l'altra punta de l'habitació amb un semblant seriós però amable.

            Es va quedar clavat on era, no sabia què fer ni què pensar. La tia Àgueda va ser qui el va convidar a asseure's.

            - Has vingut a la recerca de respostes, nebot, i les tindràs, encara que et seran difícils d'acceptar. Has arribat al lloc on residim els que ja no caminem entre els vius, els que hem passat a l'altre costat de la manera més dolenta, els que hem tingut una mort violenta i no podem dormir en pau l'eternitat.

            - Però què és açò amb tan poc de sentit? He vist les vostres làpides i, tanmateix, he tingut notícies vostres fins fa poc més d'una setmana. Quina broma pesada és aquesta?

            - Fa molt de temps que vam decidir que, mortes nosaltres, aquest lloc que tant ens va complaure en vida anava a ser el lloc de descans nostre i de molts altres. Havíem de procurar mantenir-te allunyat el temps més llarg possible, encara que sabíem que açò havia d'arribar. No importa, ja està tot com havia d’estar. Res del que li passe a la casa podrà ja arrabassar-nos-la.

            Què significava això? Valentí entenia menys cada vegada i els va comentar que havia vingut perquè l'alcalde estava preocupat pels crits i els laments que la gent deia escoltar provinents de la casa.

             - Podria ser d'altra manera? -va contestar la tia Àgueda-. No és fàcil per a ningú acceptar que li han segat la vida, que no podrà tornar a estar amb els seus éssers volguts, acaronar als fills menuts ni besar a la persona que més s'estimava. Els laments són propis dels morts recents. Tan sols el temps ajuda a les ànimes en pena a acceptar allò que és inevitable.

            - Però què us va passar a vosaltres, ties? Si tot açò és cert, qui us va llevar la vida?

            - Ja no importa, Valentí, ja no importa. Ara estem ací per ajudar als nouvinguts en el dolorós tràngol que els espera, tal com d'altres ens van ajudar a nosaltres a acceptar-lo.

            - No. No puc suportar ni creure el que esteu dient-me. Me'n vaig. Açò ha de ser un malson del qual despertaré espantat.

            - No t'equivoques, Valentí, va dir la tia Dolors, has arribat ací per l'únic camí pel qual es pot arribar, i eixe camí no té tornada. Estem dispostes a ajudar-te.

             Unes hores després, a la matinada, els primers treballadors que anaven cap al camp van trobar el cadàver de Valentí tirat a terra en la Font de Dins, amb dues ganivetades profundes que li havien arrabassat la vida, i la cartera buida al costat.

            Cinquanta anys després del que us acabe de narrar l'Ajuntament va decidir, a la fi, enderrocar la casa, ja menjada per les males herbes i amb perill de caure, completament desatesa pels propietaris durant més de mig segle, pensant que així faria callar la llegenda. Ara, si aneu per allí, veureu com, a dures penes, queden unes poques pedres del que va ser i quasi no es reconeix el lloc on estava situada, però en les nits en què el vent bufa a favor, diuen els habitants del Tossalet que encara poden escoltar-se, de tant en tant, els laments anguniosos d'homes i dones provinents de la casa.

            I us preguntareu que com conec la història. Valdrà més que no us ho conte, no us ho podríeu ni creure; tan sols diré que la casa em resulta acollidora.

 

 

martes, 3 de octubre de 2023

XXVIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR DEL SEGURA”, 2023

 

MODALIDAD: RELATOS DE TEMÀTICA DE IGUALDAD DE OPORTUNIDADES ENTRE MUJERES Y HOMBRES



GANADOR: FAUSTINO LARA IBÁÑEZ

TÍTULO: EL CIELO EN FRAGMENTOS

 

Faustino Lara Ibáñez es Arquitecto Técnico por la Universidad Politécnica de Madrid. Ha logrado reconocimientos literarios por sus novelas breves publicadas: El fulgor de las estrellas y El arquitecto prudente. Además, ha hecho una incursión en el terreno infantil con la novela El rescate de la princesa Galiana y ha obtenido primeros premios en certámenes literarios de narrativa breve como el “Ategua”, “José María Franco Delgado”, “Hermandad Pandorgos”y “Eneida”, entre otros. Además, en 2019 ha publicado “Especies en extinción”, una obra galardonada con el prestigioso premio literario cántabro “Manuel Llano” y  ha quedado finalista en el premio Setenil al mejor libro de relatos publicado en castellano durante 2019.

Entre sus publicaciones tiene relatos englobados en recopilaciones y en revistas literarias.

También en el campo de la poesía ha ganado primeros premios como el Rafael Fernández Pombo y tiene publicados algunos poemas reconocidos en distintos certámenes poéticos como, entre otros, en una selección de jóvenes artistas castellano-manchegos.

 

 

El cielo en fragmentos

Faustino Lara Ibáñez

 

La hoguera se consume de una manera rápida, inexorable, como tu vida. Sabes que podrías avivarla fácilmente como has hecho durante las últimas semanas añadiendo a las brasas algunas ramas de los árboles y arbustos que crecen desordenados en la isla, en esta isla remota del Pacífico a la que Fred y tú llegasteis el 2 de julio tras un amerizaje forzoso. Sin embargo, ya no tienes las fuerzas necesarias para mover un solo músculo, para incorporarte, desovillar tu cuerpo entumecido, enfermo, y luchar por la vida, por esta vida intensa y maravillosa que has vivido y que hoy, precisamente hoy, en el día de tu 40º aniversario parece esfumarse, volatilizarse de un modo tan irremisible como doloroso. Sientes que tu cuerpo languidece hacia una agonía siniestra, infame, que te vas quedando sin fuerzas, sin aplomo, sin la voluntad de decidir por ti misma mientras observas con detenimiento esta hoguera frágil, anémica, en la que, como si de una visión premonitoria se tratase, crees ver reflejado el rostro de la muerte, esa desagradable imagen fosforescente que has esquivado en múltiples ocasiones mientras surcabas esos cielos de leyenda que tanto te apasionan y en los que, si pudieras, habitarías eternamente pilotando un aeroplano, atravesando las nubes, meciéndote entre los brazos de los vientos, de esas corrientes aéreas que te han ayudado a vivir un espléndido carrusel de sueños extraordinarios. Sin embargo, ya no hay vuelta atrás. Ya no hay redención posible. Sabes que llega el fin, aunque no te guste la idea, aunque siempre hayas sido una luchadora infatigable que nunca se ha arredrado ante ninguna dificultad. Ahora que Fred, tu apoyo, tu ilusión, ha muerto y el Electra ha sido devorado definitivamente por las bravas e insaciables fauces del Pacífico, crees que es el momento de empezar a asumir que ya no hay posibilidad de abandonar esta isla de apenas diez acres, que tu deseo de ser la primera mujer en completar la vuelta al mundo a bordo de un aeroplano siguiendo la línea imaginaria del Ecuador no va a poder verse cumplido porque, muy a tu pesar, estás retenida en esta isla sin escapatoria posible. Ojalá el mago Houdini pudiera transmitirte todo su saber desde el más allá para dejar de vivir esta pesadilla y, virando de una manera radical, descaminar todo el trayecto realizado hasta el momento y aparecer de nuevo en Los Ángeles. ¿Para qué han servido tantos esfuerzos? ¿Para qué tanto trabajo, tanto empeño en ser la mejor y más importante aviadora de la Historia? ¿Para qué han valido tantos reconocimientos multitudinarios, tantos vítores, ovaciones y aplausos? ¿Para qué tantas entrevistas en los medios de comunicación más importantes del mundo narrando tus gestas imposibles, tus sueños de aviadora pionera siguiendo la estela de nombres tan señalados como la Baronesa de Laroche y Harriet Quimby? ¿Para qué tantas conferencias, tantas ilusiones puestas en el empeño terco y obstinado de reivindicar la posición de la mujer, su derecho inherente para conseguir todo aquello que se proponga y que te inoculó tu madre desde que eras una niña? Hoy ya nada de todo esto tiene sentido. No le encuentras ningún sentido. Ya no.

–Sé fuerte, Amelia –te dijo Fred días atrás con una serenidad abrumadora, desde un sosiego inquietante, perturbador, tumbado sobre un lecho de hojas secas bajo el cobertizo de ramas que habilitamos como improvisado refugio–. Si hay alguien en esta isla con la suficiente fuerza como para lograr salir de aquí esa eres tú. Confía en ti misma, como siempre has hecho. Yo ahora te dejo. Vuelo hacia el más allá.

Te pidió con un gesto que le dieras la mano. Sus dedos estaban fríos. Sentiste decepción. Pena. Sus labios temblaban al mismo tiempo que empezaron a supurar una letanía de palabras inconexas e inaprensibles. Podías sentir cómo tu buen amigo Fred se iba quedando sin fuerzas de una manera gradual, sencilla, austera, hasta que llegó el instante en el que su corazón no pudo más y su vida se extinguió. Giró la cabeza hacia su izquierda. Su cuerpo empezó a rigidizarse, a comprimirse. Cerraste sus ojos inmensos como prados y, entre lágrimas, recordaste los primeros días que pasasteis en esta isla tras aquel arriesgado amerizaje después de perder la comunicación con el guardacostas Itaca.

–Lo siento, Fred –le dijiste mirándole el rostro, observando su palidez, el sudor que recorría su rostro­–. No me quedaba otra opción. No nos quedaba combustible. Ni un solo galón. Dentro de unos minutos se te habrán pasado las náuseas y el dolor de oídos.

No te contestó. Aún estaba impactado por un descenso tan vertiginoso. Le ofreciste una lata de zumo de tomate, sonriéndole, con una complicidad generosa, franca.  

–Te vendrá bien.

–Gracias, Amelia –dijo con un hilo de voz, como si le costase un esfuerzo sobrehumano pronunciar aquellas dos palabras.

–Seguro que vienen en nuestra ayuda –dijiste a Fred con la esperanza sincera, pura, de que así sería, mientras, atravesando un arrecife coralino de múltiples y oníricas tonalidades, os dirigíais sobre la balsa de salvamento a la playa que estaba a unas doscientas yardas.

–¿Cómo puedes estar tan segura, Amelia? –te preguntó dejando vislumbrar en sus palabras una especie de pesimismo inarticulable en el que se traslucía cierta vanidad burlona tras la euforia y alegría del primer instante después de haber salvado la vida de una manera milagrosa.

–El guardacostas Itaca vendrá en nuestra ayuda –dijiste con una especie de naturalidad taxativa con la que pretendías hacerle ver cierta revelación celebrativa, luminosa, como si quisieras hacer partícipe a Fred de tu positivismo y de tus ganas de luchar por vuestras vidas.

–¿Y si no vienen?

–Hay que confiar. ¿Tú nunca has confiado en tu fortuna?

Fred no respondió. No dijo nada. Sabía que no podía decir nada, que se trataba de una guerra perdida: siempre se encontraría con tu optimismo vital.

–Amelia, ¿y ahora de qué viviremos aquí? –te preguntó Fred con cierta socarronería después de varias horas, tras las primeras inspecciones de aquella isla desconocida, mientras, sentados en la orilla, observabais cómo estallaban las olas sobre la cárdena arena de la playa en presencia de un agitado viento noroeste.

–La naturaleza es sabia: ella sabrá proveernos convenientemente.

Durante los siguientes días, a pesar del cansancio y el agotamiento que ambos acumulabais después de haber recorrido más de veinte mil millas volando a través de más de medio mundo y de que tú padecieras una angustiosa disentería, gracias a un clima benévolo, conseguiste insuflar en Fred el ánimo necesario para sobrevivir pescando peces de múltiples y variadas tonalidades entre los maravillosos arrecifes de coral, cazando pájaros y otros animales menudos con trampas muy arcaicas pero efectivas. Fue vuestra manera de sobrevivir durante dos semanas.

Al comienzo de la tercera semana de vuestra estancia en esta isla remota y olvidada del Pacífico en la que teníais claro que no había signos de vida humana ni pasada ni presente, el tiempo cambió de una manera radical. La lluvia no os daba una sola tregua y no había manera de no estar calados hasta los huesos. La salud de Fred cayó en picado. De repente empezó a sentirse muy débil. Tan pronto era consciente de la realidad como su cuerpo sufría terribles convulsiones y su mente se nublaba entre delirios que te hacían temer lo peor. Fueron tres días angustiosos en los que su vida sucumbió de una manera irremediable. De nada sirvieron tus esfuerzos por intentar mantenerle con vida. Era el fin. Su fin. Sin fuerzas para mover su cuerpo, decidiste permanecer a su lado. Era tu particular homenaje hacia un hombre bueno, un hombre que siempre confió en ti y en tus aptitudes como aviadora y que incluso había sido capaz de renunciar a su viaje nupcial para embarcarse contigo en esta aventura pionera en el mundo de la aviación. En cierto modo te sentías en deuda con él.

Sabías que tenías que ser fuerte, empezar una nueva vida sin Fred y confiar en que George estaría moviendo los hilos necesarios para que los equipos de rescate dieran contigo. Estabas convencida de que tu incansable esposo no cejaría en su empeño hasta dar con tu paradero y sería capaz de hablar con el mismísimo Roosevelt para movilizar los recursos necesarios y venir en tu ayuda. Le conocías bien. Era muy testarudo y disciplinado, tanto como para haber sido capaz de conquistarte a pesar de tus recurrentes y, bien es cierto, poco expeditivas negativas. Además, aún os quedaba por cumplir el sueño más importante de vuestras vidas: ser padres.  

–Cuando vuelva de este pequeño viaje por el mundo, te prometo que seremos padres –dijiste con ironía a George, abrazándole y besándole en los labios, calibrando la temperatura de su inquietud, de una ansiedad que, en el fondo, sabías que sentía y que le generaba el hecho de que finalmente insistieras en tu deseo de intentar realizar con éxito esta proeza a pesar de haber tenido un primer fracaso y de que algún mecánico lenguaraz hubiera puesto en entredicho tu capacidad para pilotar aeroplanos.

–No lo dudo.  

Tras la muerte de Fred, empezaste a perder la mirada en el cielo durante largas horas, en ese cielo majestuoso en el que esperabas con ahínco encontrarte con algún avión que sobrevolase la zona y diera la voz de alarma para que un barco acudiera a tu rescate. Sin embargo, las horas pasaban y no se materializaba ese deseo. Jugabas a interpretar las nubes que a veces, de repente, se formaban encima de ti y emborronaban ese prístino azul celeste. Y como si se tratara de un repetitivo deseo infantil, volvías a anhelar que tras alguna de ellas apareciera, surgiera por fin ese avión que descubriese que estabas allí y se convirtiera en tu salvación.

No podías hacer grandes esfuerzos. Era inevitable que cada hora que pasaba te sintieras más frágil, más vulnerable, menos confiada, que el miedo comenzara a ganar un terreno vital que no querías dejar escapar, aunque para evitar estas caídas y que cundiera la desesperación, el desánimo, no dejabas de pronunciar el nombre de George, aunque fuera de una manera vana, baladí, aunque supieras que no podía oírte, aunque te aferraras a las manos sin vida de Fred, aunque buscaras en sus dedos fríos, rígidos, ese vínculo perfecto, ideal, que te hiciera creer que no estabas viviendo una ficción, que, aunque era muy probable que no pudieras escapar de aquel presidio, necesitabas crear tu propia lógica, un lenguaje que te aportara serenidad y calma para buscar apoyo en la creencia de que tú sí que estabas viva, tú sí que eras una superviviente y, mientras te quedara un partícula de ese bien tan preciado que era la vida, albergarías la esperanza de poder volver a Los Ángeles.  

Aunque no podías mirarte a un espejo, los constantes viajes de tus dedos por tu rostro te devolvían la radiografía de un cuerpo menudo y frágil al borde del desahucio que empezaba a mostrar síntomas de debilidad extrema y que, en cierto modo, comenzaba a volatilizarse. Todas tus ilusiones, poco a poco, se iban evanesciendo; te dolía ser consciente de que ya no podías contar con esos deseos de luchar por la vida, de soñar que aún serías capaz de seguir volando hasta que te lo permitiera tu condición física, esos anhelos de querer seguir siendo una pionera, una persona adelantada a este tiempo convulso que te ha tocado vivir. 

La falta de medicamentos, las lluvias copiosas, intensas, que se calan hasta los huesos y te hacen tiritar, los demoledores efectos de la disentería, la maldita sinusitis crónica que te ha acompañado toda tu vida desde que la padeciste por primera vez cuando ayudaste como enfermera en Toronto a los lisiados de la Primera Guerra Mundial y la fiebre que te atormenta y te engulle por momentos, hacen que tus ilusiones, sueños y esperanzas, poco a poco, se vayan evaporando, que empieces a flaquear y que ya no reconozcas en ti a esa otra Amelia Earhart vital y optimista que siempre has sido y que era capaz de comerse el mundo a dentelladas por muy adversas que fueran las circunstancias que se presentaran.

            La fortaleza. El pundonor. El esfuerzo. La lucha. Sientes que todos estos pilares, que te han ayudado a perseverar en tus sueños durante tantos años, se diluyen y se derrumban en esta isla solitaria y perdida en el Pacífico. Cuando miras hacia atrás descubres que queda muy alejado en el tiempo ese primer día en el que, gracias a tu padre, lograste montar por primera vez en un biplano y descubriste una imagen fascinante de Los Ángeles, una panorámica aérea maravillosa. Era sentirte como un pájaro. Sentir su libertad. Después de aquellos minutos mágicos, espléndidos, tuviste claro que tu vida siempre estaría ligada al aire, al cielo, a las nubes.

–¿Te ha gustado la experiencia, jovencita? –te dijo con una sonrisa entusiasta el experimentado piloto americano que participó en la Primera Guerra Mundial y que ahora se ganaba la vida haciendo exhibiciones junto a otros compañeros de escuadrón.

–Me ha fascinado –respondiste, sabiendo en tu fuero interno que, desde ese instante, querrías ser aviadora, pero no una aviadora cualquiera, una mujer como tantas otras con un sueño irrealizable, utópico, una mujer que acabaría convirtiéndose en la esposa de algún aristócrata inglés con sueños de grandeza emigrado a los Estados Unidos, no, tú querías ser una pionera, una persona capaz de grabar su nombre y sus gestas a fuego en el cielo. 

–Ya sabes lo que se siente al estar en el aire.

Claro que lo sentiste. ¡Y de qué manera! Ese aire que ahora te falta. Ese aire que ahora te induce a no sentir tristeza, miedo ni dolor. Ese aire que es vacío, que es quietud y desasosiego. Que es abismo. Ese aire que se muestra indiferente, que desmitifica cualquier deseo, cualquier anhelo por muy vehemente y sincero que este pueda ser. Apartas la vista de esta hoguera que agoniza y sientes que el cielo hacia el que miras, ese cielo salpicado de estrellas titilantes hacia el que enfocas tu mirada, una mirada enferma, ajironada, se descompone en miles de partículas que caen sobre ti en forma de una lluvia fina, menuda; ahora, sí, ya, 24 de julio de 1937, día de tu 40º aniversario, mientras sientes una templanza y una entereza que aportan a tu alma una serenidad agradable, benéfica; ahora que pronto, muy pronto, vas a emprender un nuevo y definitivo vuelo en busca de un paraíso eterno; ahora, sí, ya, de una manera definitiva, tajante, incuestionable, sientes que ese aire que te falta eres tú y que tú pronto serás polvo, nada, vacío, soledad, en medio de un cielo deshecho en fragmentos en esta isla remota del Pacífico.