viernes, 7 de febrero de 2025
miércoles, 16 de octubre de 2024
XXIX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA REAL VILLA DE GUARDAMAR 2024
EL
ÚLTIMO GANGOSO
Sí, como le digo, yo soy el último
gangoso, el último de mi estirpe. Nieto, hijo y padre de gangosos; aunque mi
hijo está curado, gracias a Dios. Sí, está curado y no tendrá que aguantar cómo
se pitorrean de él, menos mal. No tendrá que soportar las bromas, ni enervarse
al oír ciertos chistes, contados con o sin malicia. No tendrá que, cargado de
odio, mirar a nadie, como yo a usted, con intención de matarlo.
No se mueva, es inútil. Ya sabe que
lo he atado bien, más que nada porque quiero que viva un poco más y el
movimiento, que se pusiera de pie y tratara de huir, solo serviría para que el
veneno actuara más rápido y nos quedaríamos sin tiempo para que usted escuche
mi historia, que es lo que quiero, para que comprenda por qué quiero matarlo. Así
que, por favor, trate de relajarse; aunque no resulte fácil, inténtelo, pues su
corazón acelerado solo lo acerca al fin.
Como le estaba contando, y si me
permite la petulancia, yo no soy un gangoso cualquiera, yo soy el último
gangoso, al menos de mi familia. Y, hablando de esta, le puedo referir que a mi
abuelo le decían “Alando”, no porque se llamara Armando o Arnaldo y fuera
incapaz de pronunciar correctamente su propio nombre —que era Pepe y lo hacía a
la perfección— sino porque, cierto domingo que tenía intención de ir al fútbol,
alguien le preguntó si pensaba desplazarse hasta allí en bicicleta y él
contestó que no, que iría andando. Ya ve, para nosotros, algo tan nimio, una
simple respuesta trivial, puede convertirse en un estigma, que se graba en
nuestra frente con la trascendencia del apelativo con que los demás se
referirán a nosotros para siempre, peor, incluso, que una cadena perpetua,
porque no nos librará de ella ni la muerte y la legaremos a nuestros
descendientes como otra tara más; otra más, junto a la principal.
Quizá por eso, a todos los coetáneos
de mi abuelo les extrañó sobremanera que un hombre así fuera capaz de
conquistar a una mujer como mi abuela, una auténtica beldad —como él me contaba y atestiguan sus
fotos de entonces— y también a usted le extrañaría, a pesar de la pretendida
tolerancia hacia la diferencia de la que todo el mundo hace gala hoy con
descarada hipocresía, de toda la corrección política, la presunta igualdad e
integración con las que usted, casi seguro, también comulgará, verme con mi
mujer, porque —con sus años— también es muy hermosa y me miraría con cierta
suspicacia y malicia y, seguro, lo achacaría a atributos ocultos y obscenos,
como se hace con los negros —otros que, como los gangosos, también suelen
protagonizar numerosos chistes— para contrarrestar la tara evidente, la
virilidad que nos resta nuestro hablar ridículo, porque es imposible que
hayamos conquistado a nuestras mujeres con la conversación, ¿verdad? Mas, ¿y si
le digo que sí, que fue la conversación la que obró el milagro? ¿No me cree?
Pues puedo también ratificarlo con mi padre, aunque bien es cierto que mi
madre, que en paz descanse, nunca fue bella; pero eso nada importa en lo que
digo, porque sí que la enamoró mediante la palabra y eso avala mi tesis.
A papá le decían “Áncamo”, mote que heredé y sufrí en
el colegio y el instituto, porque tuvo la mala suerte de trabajar de joven en
una ferretería y, antes de que se le ocurra preguntármelo, se lo digo: no tengo
ni idea de si inspiró el famoso chiste de Arévalo o fue casualidad que este lo
pusiera de moda por entonces y se limitara, como supongo, a sufrirlo, y yo
también, dicho sea de paso.
Sin embargo, en cuanto pudo, montó su propio negocio:
una mercería, el mismo que yo regento y tras cuyo mostrador usted me encontró.
¿Por qué eligió ese en lugar de otro? Porque siempre creyó en la naturaleza
bondadosa de las mujeres, en su mayor inclinación hacia la piedad y menor hacia
la burla o, al menos, a la versión de esta más hiriente, más descarnada, más
masculina, que tiende al escarnio en lugar de a la chanza; y cuando alguna lo
hacía, reírse me refiero, él consideraba su mohín chistoso de labios pintados
más un sutil coqueteo que una mofa.
Sí, a mi padre le encantaban las mujeres, pero no era
mujeriego. Seguro estoy de que con mi madre, que en paz descanse, estuvo
servido. Lo suyo era fascinación, incluso devoción, pero distante, analítica,
como la del fotógrafo, escultor o científico; aunque, quizá, con más humildad y
cariño, más parecida a la del admirador discreto y tímido que nunca se
atrevería a molestar a su ídolo pidiéndole un autógrafo y se limita a
aproximarse, a respirar el mismo aire o, quizá, a acariciar los mismos objetos
que el admirado antes tocó. Y el respeto que él sentía por ellas era recíproco
y, fíjese, me atrevería a sostener que, en parte, nacía de su tara —nuestra
tara— porque lo tornaba más próximo, más vulnerable y menos amenazador. Y eso
que mi padre era un individuo muy masculino, no se vaya usted a creer, de buena
planta y mandíbula cuadrada y fuerte y hasta se gastaba un mostacho negro y
espeso, que le daba cierto aspecto de militar turco y a mi madre le recordaba a
Omar Sharif.
Sí, aunque le parezca ridículo, nuestro defecto vuelve
crédula a la gente, hace que bajen la guardia, es un camuflaje perfecto contra
el fondo gris de estupidez del mundo, que todos intuyen en los demás sin
vérselo encima. De forma automática, nuestro hablar grotesco, nuestra fonación
imperfecta, nos ingresa, ante los listos que nos escuchan, en el pelotón de los
torpes y tullidos y nos granjea, en el caso de los corazones más nobles, piedad
y, en el de los de piedra, desdén pero nunca cautela. ¿No recuerda todas esas
películas en blanco y negro del franquismo en las que los timadores y granujas
se hacían pasar por retrasados para engañar a los listos? ¿No ha visto a Tony
Leblanc y Antonio Ozores realizando el célebre timo de la estampita? ¿No? Quizá
usted es muy joven, pero es la tara fingida del timador la que hace que el
timado se confíe, la que lo vuelve crédulo, creído, la que venda los ojos del
avaro malicioso, que se relame ante la presa fácil, y hace posible que el
cazador sea cazado: la tara es el cebo. ¿Cómo va a engañarme este tío? ¿Cómo me
la va a meter este pobre desgraciado, este tonto? La credulidad hacia el
gangoso es, sin duda, una bendición para nosotros. Y, fíjese, aunque me alegro de
que mi hijo sea normal, ¡faltaría más!, me preocupa que vaya por la vida tan confiado,
tan al descubierto, sin ninguna máscara que lo proteja, que haya perdido la de
su estirpe; la misma, ancestral, que salvó la vida y entronizó al Emperador
Claudio. A mi hijo lo despojé de su máscara y lo dejé expuesto ante un mundo en
que todos los tontos se creen y pasan por listos.
Sí, como le digo, nuestro defecto a ustedes, a los
listos, a los engreídos, los vuelve confiados, se agigantan; por eso insistió
en la entrevista, a pesar de mis excusas y negativas, continuó telefoneándome y
dándome la vara, seguro de que al final yo aceptaría, ¿cómo iba a atreverme yo
a rechazar semejante honor? Por eso cuando le dije que sí, cuando le propuse el
encuentro, no hubo gratitud sino condescendencia, y cuando le he dicho, hace poco
más de una hora, tras cerrar mi local, que pasara a la trastienda y se sentara,
lo ha hecho sin dudar, confiado, y, cuando le he ofrecido café y bollitos, los
ha devorado sin pudor ni cortesía, ¡qué menos!, mísero tributo para con el
celebérrimo escritor en ciernes, ¿verdad?, para con la nueva promesa del
proceloso mundo de las letras que, fíjate por dónde, se ha dignado a fijarse en
mí. Ha bebido y comido sin atisbo de precaución, sin preguntarse por qué yo no
le acompañaba, por qué yo no me servía otra taza y, a pesar del aspecto sórdido
de mi trastienda —sin ventanas, con solo una mesa de chapa, dos sillas
desvencijadas y estanterías a rebosar de cajas y cacharros polvorientos y
sucios—, se ha limitado a decirme refiriéndose al café: «Un poco fuerte, ¿no?»,
sin desconfiar del sabor del líquido oscuro aderezado con el veneno. Lo he
dejado solo con la excusa de que tenía que regresar un momentito a la tienda,
no sin antes servirle una taza más y animarle a que siguiera con los bollitos, también
cargados de veneno, aunque ya apenas quedaban, y, mientras tanto, le he invitado
a que empezara a leer los folios dispuestos sobre la mesa, en los cuales, le he
explicado, había intentado plasmar algunas de mis vivencias e ideas con la
esperanza de que le resultaran útiles en su empresa, en su entrevista. Ha
asentido con la cabeza, sin mirarme siquiera, mientras se chupaba los dedos
manchados de crema. Desde la puerta, lo he vigilado mientras se acababa los
bollitos y el café, mientras leía confiado, porque usted tampoco ha sospechado
del gangoso, hasta que ha llegado al párrafo fatídico donde enseño mis cartas,
donde había puesto en negro sobre blanco mis intenciones hacia usted. Ahí, con
brusquedad, ha tratado de levantarse, pero sin éxito y, con pánico, ha
descubierto que las palabras escritas eran ciertas, que iba en serio. Entonces,
ha perdido la conciencia y yo he aprovechado para atarlo y para escribir estos
folios que complementan los que ya tenía sobre la mesa porque, como ve, nuestro
relato se escribe en tiempo real. A usted que es escritor, ¿no le parece
original mi propuesta? Pues siga leyendo, entonces.
Ya ve, como usted mismo ha experimentado, al gangoso
no se le percibe como una amenaza. Al contrario, pegarle a un gangoso parece incluso
innoble. En la mili, los veteranos se burlaban de mí, claro, pero no sufrí
novatadas salvajes como otros de mis compañeros. Mas no se trata solo de la
credulidad que nos reporta nuestra peculiar dicción. Al igual que el ciego
desarrolla el oído, el gangoso, la escucha. Le he dicho antes que fue la
conversación la que obró el milagro, que conquistamos a nuestras mujeres mediante
la palabra, ¿no?, pues ahí está la clave: no en las que damos, sino en cuanto a
nuestra generosidad para recibirlas. Usted me preguntó cómo era ir por la vida
hablando así. Pues bien, el secreto está en hablar menos y escuchar más, lo que
sería un consejo perfecto para la mayoría, ¿no cree?, incluido usted, que se
plantó delante de mí y, desde el otro lado del mostrador, me soltó semejante
preguntita a bocajarro, aunque es cierto que tuvo la deferencia de esperar a
que la tienda quedara desierta, de aguardar el momento mientras disimulaba
mirando los muestrarios de botones y cremalleras y los pósteres de guapas modelos
vistiendo lencería, mientras yo atendía a mis clientas. Me dije, al verlo, si no
sería usted algún tipo de pervertido que me iba a solicitar alguna clase de
prendas “especiales”, sado-maso o para travestirse, o es que simplemente era
tímido y, aunque se limitaría a comprar un modelito para su mujer o novia,
prefería hacerlo sin testigos, que no quería hablar mientras todas ellas no se
marcharan y que, cuando lo hicieran, se dirigiría a mí en un susurro, como
cuando comprábamos condones en la farmacia hace cuarenta años.
«¿Cómo es ir por la vida hablando así?», me espetó. Y
yo me quedé estupefacto, mirándolo de hito en hito. Ya le digo, menuda
pregunta. Sonaba casi a ¿cómo se atreve a ir por la vida hablando así? Y a mí
se me transfiguró el presente y retorné de súbito a mis años de colegio, de
instituto, a las bromas de los chicos y de los grandes, al mote heredado de mi
padre y que me privó de mi nombre. Al escuchar a aquel desconocido hablarme de
esa manera, pensé, se lo juro, en mi hijo; me dije, Dios me perdone, si el recuperar
la habilidad con las palabras, no le haría quizá perder el miedo a las mismas,
como pasa a la mayoría de la gente, si también él las repartiría como patadas a
diestro y siniestro, sin reparar en su significado, en su daño, si el ser normal no lo convertiría en otro despiadado
que las dispara sin clemencia ni tino.
Sí, mi hijo es parte importante, fundamental, de esta
historia. Como ya le he dicho, está curado, no será otro gangoso más que
continúe mi estirpe, el siguiente eslabón de esta horrible cadena; aunque en
sus genes arrastre la maldición, nadie lo sabrá, nadie lo señalará y no sufrirá
las burlas. A cambio, yo también tuve que sucumbir a la epidemia de la
normalidad e hice todo lo posible para que fuera normal. Recorrimos logopedas,
foniatras, otorrinos y otros especialistas médicos y, finalmente, cirujanos. Me
hipotequé de por vida para conseguir que un cirujano alemán reconstruyera su
paladar hendido, y lo curó, lo curó para siempre. ¿Habría sido más heroico que lo
enseñara a aceptarse? No me joda, eso solo lo puede sostener quien no tiene
hijos y quien no ha tenido que arrastrar una vida de burlas, soportar que a todo
desconocido con quien se topa se le pinte una sonrisa, y trate de disimularla o
no, y si no cuenta un chistecito pregunta con retranca qué se siente yendo por
la vida hablando así. Pero sí, lo confieso: a pesar de toda la matraca sobre las
ventajas de la diferencia, de los talentos de mi estirpe, yo también solo
quería que mi hijo fuera normal.
«¿Cómo es ir por la vida hablando así?», y, a pesar de
la mala leche o más bien de la ira que notaba que me ascendía de los pies a la
cabeza, mantuve la calma: otra lección que aprendí hace mucho, otra valiosísima
que me enseñó mi padre: «Tú no te enfades, que es peor, porque eso es lo que
quieren, que te piques, que te cabrees, tú sígueles la broma»; lección que se aprende
con mucha disciplina y solo bajo un entrenamiento cruel, solo bajo un
despiadado fuego real. Así que contuve mi impulso de darle un puñetazo, que era
lo que me pedía el cuerpo, porque soy un hombre tranquilo y bregado en soportar
humillaciones y, tras un breve instante de vacilación, me limité a decir: «Ya
ve», muy despacio, para hacerlo sin rémora nasal alguna, abombando mi paladar
con esfuerzo para lograr una buena fonación de las dos sílabas. «Perdone si soy
muy directo —dijo entonces usted—, es que soy escritor —como si fuera su disculpa, su coartada— y
suelen interesarme estas cosas. ¿Podría hacerle una entrevista?» Le respondí,
por educación, que no tenía tiempo, que andaba muy liado; pero usted, mirando
con desdén hacia los rincones vacíos de mi tienda, insistió y me entregó su
tarjeta y yo, tras guardármela por cortesía, haciendo acopio de toda mi
profesionalidad, impertérrito, le pregunté qué buscaba en mi comercio. «Oh,
nada —respondió—, sólo necesitaba saber cómo huele una mercería». Y se marchó.
Y luego, ya ve, al final he decidido concederle la
entrevista, aunque no sea de la manera que imaginó, aunque sea por escrito y
con usted inmovilizado en esa silla, con los miembros de trapo incapaces de
obedecerle y el tronco atado al respaldo para que no se caiga. He elegido la
palabra escrita por razones obvias, ya imaginará que me siento más cómodo y,
por cierto, esta es otra de las habilidades que desarrolló mi estirpe, otra de
las que nos posibilitaron granjearnos el favor de las féminas, por si le interesa
para su estudio. En cuanto a lo de inclinarme a tenerlo inútil y amarrado, las
motivaciones son más mezquinas, como supondrá; porque, a pesar de las
apariencias, de nuestra aparente ingenuidad y bonhomía, también los gangosos
podemos ser vengativos y crueles. Ese fue otro de los consejos de mi padre: «Mantén
la calma, ya luego te desquitarás».
No creo que, cuando me solicitó la entrevista con
tanta insistencia, quisiera saber de mis anhelos y cuitas. Me escuchó hablarle
a mis clientas y solo vio la forma, no el fondo, no la afabilidad, cortesía o
diligencia, se limitó a mirar la superficie, a pesar de llamarse escritor, como
si solo buscara el reflejo, quizá el suyo propio, quizá como buen Narciso solo
quisiera una confirmación de su perfección señalando mi imperfección,
burlándose de mí. Y yo ya hace tiempo que estoy harto de burlas. Y ya ve, con
mi defecto me volví malicioso, desconfiado, iracundo, vengativo. De niño leía “El
Conde de Montecristo” y, como Edmundo Dantès, yo también me deleitaba planeando
mis desquites y, también como él, no me limitaba a imaginarlos, sino que los
llevaba a cabo. Pinché ruedas, robé estuches y libros, que después tiraba en
cualquier solar o a la basura, mandé anónimos a profesores y padres, chivándome
de las faltas de mis compañeros-enemigos para vengarme, y nunca me pillaron; de
nuevo, mi condición me sacaba de la lista de sospechosos y mis burlones se
insultaban y pegaban entre sí, carcomidos de recelo y rencor. ¿Qué quiere? ¿Es
que encima, por ser gangoso, tengo que poner la otra mejilla? ¿Es que ni
siquiera tengo derecho a odiar y defenderme? ¿Tengo que ser pusilánime y
masoquista? Supongo que todo esto no le pegaría al personaje que imaginaba para
mí, no resultaría ni cómico ni grotesco como supongo que usted preferiría, y un
villano gangoso opinará que no resulta verosímil, ¿no? Cuando usted me solicitó
la entrevista, cuando insistió en hablar conmigo, no era sino para ratificarse
en sus ideas preconcebidas sobre los que son como yo. No me buscó como
protagonista de alguna historia de detectives o espías sino de algún tipo de
comedia, no sé si ligera o negra o, peor aún, esperpento. ¿A usted también le
explicaban el esperpento en el instituto con el ejemplo de Valle-Inclán? Sí,
aquel del grupo de niños que observa a un borracho que viene dando tumbos por
la calle y todos se ríen; mas, cuando el hombre se acerca, uno de ellos
descubre que es su padre; eso es esperpento y supongo que el hijo del borracho,
en su historia, sería el mío.
Pero tiene suerte. Sí, tiene suerte, porque soy el
último gangoso pero no un asesino. No va a morir, me estaba burlando de usted.
No le he suministrado veneno sino una buena dosis de somníferos y relajantes
musculares. El nudo de la cuerda que lo ata, lo podrá deshacer con facilidad en
cuanto vuelva a ser dueño de sus manos, seguro que sus dedos ya empiezan a
obedecerle y, aunque sea dando tumbos, como el borracho del esperpento, podrá
ponerse en pie y largarse —he dejado la puerta abierta— para siempre. Y que no
se le ocurra dirigirse a mí ni romper nada de mi tienda al salir. Lo estoy
observando y, como todo comerciante honrado, guardo un buen garrote bajo el
mostrador y, además, su tarjeta.
Por cierto, ¿no quería saber cómo es ir por la vida
hablando así? Pues trate de hacerlo ahora, podrá sufrirlo en primera persona,
gozar de una experiencia fidedigna para su literatura. ¿Ve cómo se le escurre
la mandíbula, cómo la lengua huye como un pajarillo entre un mar de babas? No
es que se parezca en absoluto pero, al menos, le joderá tratar de hablar
durante un rato, tendrá miedo de hacerlo por si se ríen y, aunque no sea lo
mismo, será parecido.
martes, 15 de octubre de 2024
XXIX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA REAL VILLA DE GUARDAMAR 2024
PRIMERA VENTANA
Se abre la ventana. Corre
el año 1950. Los visillos de ganchillo ondean ligeramente con el viento. Los
guisos humean en cacerolas de porcelana granate en la cocina de leña. La radio
está enchufada. Suena “Acércate más” de Luis Mariano. Las sillas son de anea.
Algunas de las trenzas de los juncos de la anea están deshilachadas porque los
gatos se afilan las uñas. Hay dos sillones, también tejidos con las hojas de
esta planta, que son utilizados por los dos patriarcas para reposar la comida.
Salen los efluvios de un intenso olor a cocido. Los comensales van llegando y
se acomodan en su lugar habitual. Son siete. Los dos suegros de Aurora que
están delicados de salud y ella es la encargada de cuidarlos; su marido, un
hombre rudo que no reconoce ni valora las faenas de su mujer; los tres primeros
hijos, las dos más pequeñas son gemelas y no se sientan a la mesa porque
todavía gatean; y Aurora que es la actriz principal del reparto por ser la que
se mueve en el escenario, la que no para, a la que todos los comensales
reclaman para que les preste sus servicios.
PRIMER ACTO Y ÚNICO
El día es soleado y diáfano: no se ve
ni una sola mota de polvo que lo enturbie. A
Aurora le gusta abrir la ventana de par en par a buena hora para ver las
flores del jardín y que el olor a hierba recién cortada inunde la casa. Nuestra
primera protagonista tiene treinta y cinco años pero viste con riguroso luto
por el dolor que le causó el fallecimiento de su abuela –de esto hace casi dos
años–. Ha cortado en tajadas sobre un mantel blanco la gran hogaza de pan que
ella elabora y cuece en un horno de la casa. Las migajas las echa al alfeizar
de la ventana y mira a los petirrojos y gorriones que acuden a picotearlas.
Durante la comida no tiene un rato de sosiego, pues, cada dos por tres, se
tiene que levantar para buscar algún puchero o para rellenar el porrón con vino
encubado o la jarra con agua o… Antes le
echaba una mano su suegra, pero, debido a su frágil salud, se acabó su ayuda.
Reparte los alimentos siempre en el mismo orden: primero sirve a su suegro,
luego, a su esposo, a la suegra, a los hijos. A su plato, la comida llega en
último lugar y los pedazos con más huesos. Está totalmente claro que se trata
de una familia patriarcal. Nada más acabar de comer, todos van desapareciendo
de la visión de la ventana. Bueno, todos, no. Su marido se repantinga en uno de
los sillones de anea. En este momento se estaba produciendo la mezcolanza de
varios sonidos: una canción de Rafael Farina, los ronquidos de su marido y los
ruidos de fregar la vajilla. A Aurora, aunque le gusta mucho la canción de
Farina, “Por Dios, que me vuelvo loco”, baja el volumen de la radio, pues sabe
que, si su marido se despierta, le espera una reprimenda. Por ello, friega
intentando no hacer ruidos porque varias veces ha escuchado: “¿Es que no puedes dejar el fregoteo para
cuando me despierte o qué? No me dejas
tranquilo ni este rato”. Y Aurora sabe que esa, justamente esa, es la hora
de hacer la faena porque los minutos de la jornada los tiene contados. Todos
sus días se impregnan del olor de la costumbre: resultan ser lo mismo pero sin
interrupción posible. Sus días son como si entre sus manos tuviese bolillos.
Entreteje los hilos de las faenas cotidianas pero al día siguiente, en sus
encajes, se vuelven a repetir las mismas cenefas. Igual es un día que otro, un
festivo, todos los del año. Bueno, todos, todos, no. Los festivos va a misa con
su mantilla negra y habla con otras mujeres del pueblo, por ello, esos días
tienen un poquito de color. Por supuesto, hay circunstancias que surgen de
pronto, por ejemplo, en el momento que Aurora está enjabonando la vajilla, las
gemelas se acercan gateando, tiran de su saya y le reclaman la teta. Ella deja
su faena y se acomoda en una de las sillas de anea. Sienta a las gemelas en
cada una de sus piernas. Le cuesta sacar sus pechos entre sus vestimentas
negras. Ellas lloran ansiosas. Les sonríe y cuando, después de mamar, se quedan
adormecidas en sus pechos, las acuesta en su cama. Nuestra actriz se pierde de
la escena un corto instante, en la que queda únicamente su marido que continúa
durmiendo, que continua roncando. Duerme tan profundamente que un gato se ha
acomodado en sus piernas y ni se ha enterado. Pero la protagonista principal
regresa enseguida al plató de la ventana para aclarar la vajilla. Cuando
finaliza, barre. Más tarde se arrodilla para fregar el suelo. A la fregona
todavía le quedaban catorce años para que la inventase el señor Jalón, un mañico que debió pensar en lo dura que era esta faena cotidiana de la
mujer. Sus hijos mayores pisotean el suelo mojado antes de ir a la escuela. No
le importa. Les sonríe. Son traviesos, están en la edad, cuanto más tiempo
hagan travesuras, mejor. Luego ya les exigirá la vida, piensa. Más tarde, le
echa agua limpia y alpiste al canario y este le gorjea contento y agradecido.
Aurora se pierde del escenario, quizás descanse, lo tiene sobradamente
merecido, pero…. Pero la puerta principal
de la casa se abre y sale con una azadilla para escardar las malas hierbas del
huerto y airear la tierra. El sol se está ocultando cuando acaba de entrecavar
los surcos. En todo este tiempo solamente se ha sentado una vez para dar de
mamar a las gemelas que, hambrientas, se han despertado llorando. También ha
tenido que entrar rápidamente en la casa ante el reclamo de su esposo: “Pero se puede saber dónde te has metido.
¿Pero es que todavía no me has preparado el café de puchero? ¿Será posible que
se te olvide? ¡Y luego dicen que las
mujeres están en todo! ¡Pues, anda, que esta mía!”. Las palabras le salen a
borbotones. Su marido no es expresivo, solamente lo es cuando quiere
transmitirle mensajes de este tipo a su esposa. Por fin cae la tarde y cierra
la ventana. Los visillos impiden ver lo que ocurre dentro, pero no hace falta
descorrerlos, las escenas son fáciles de imaginar. Más de lo mismo, la
repetición de la costumbre: los pucheros, repartir la comida, estar pendiente
de todos, fregar, barrer, limpiar los suelos… y lo más probable, porque nadie
se habrá acordado, recoger al canario de la ventana. Ahora, por fin, llega la
hora de coger el camino hacia la cama, su descanso más que merecido, pero,
¡ah!, tiene que recoger la ropa del tendedero, plancharla y prepararla para que
sus hijos acudan limpios a la escuela. Y después… entonces sí. Bien pasada la
media noche, dándole vueltas a su cabeza se acuesta y se adormece pensando en
las cenefas del día siguiente. Aunque la ventana ya esté cerrada siempre tiene
sus vistas. Sus vistas nítidas y bien definidas.
SEGUNDA
VENTANA
Se abre la segunda ventana. Es la
misma que la primera pero con algunas reformas. Corre el año 1988. Los visillos
de ganchillo también ondean con el viento. Siguen allí. Para Vanesa, la hija de
Aurora, es un orgullo conservar lo que tejió su madre. En la cocinilla de
placas eléctricas, la válvula de la olla a presión va liberando el vapor. La
televisión está encendida. Salta la noticia de que del Titánic, (el
transatlántico británico, después de haber sido encontrado en el fondo del
océano, tras sesenta y seis años desde el naufragio al chocar contra un
iceberg), se rescatan algunas existencias. Se produce un cambio de canal para
ver algo más animado. Suenan las canciones de los 40 principales, entre ellas,
“La puerta de Alcalá” de Ana Belén y de Víctor Manuel. Solamente hay tres
cubiertos sobre la mesa: el del marido, el de la hija de ambos y el de Vanesa.
Se sientan los comensales. Vanesa ya no va a ser la protagonista principal al
cien por cien. El asunto del protagonismo comienza a ser interesante, aunque,
en el reparto, ella cargue con bastante más del cincuenta por ciento que su
marido. Pero es un avance a considerar. Son los primeros pasos de la paridad
aunque sean todavía escasos y tambaleantes. Las escenas comienzan a ser más
alentadoras, a elevar el ánimo en muchas almas porque estas no tienen género.
PRIMER ACTO Y ÚNICO
En el cielo azul asoman algunas nubes
subrepticias que acercan voces de mujeres con nuevos cantos y renovadas
esperanzas, con un poquito más de ecuanimidad. Un cumulonimbo rechoncho anuncia
que existen conferencias mundiales sobre la mujer que abogan por sus derechos,
la superación de algunos obstáculos y la eliminación de discriminaciones… En
definitiva, se intenta que se empiecen a abrir senderos con trazados de
igualdad. Son nubes que poco a poco irán soltando sus gotas, aunque en algunos
escenarios no se atrevan o lo hagan a cuentagotas. A Vanesa, como a su madre,
le gusta ventilar la casa, abrir la ventana para ver el jardín y que entren
nuevos aires: aires renovados. La hija de Aurora lleva un vistoso traje
chaqueta masculino con patrones femeninos. Ella es una de aquellas gemelas que
tantas veces estiraron de la saya de la madre para pedirle teta. Ha cumplidos
treinta y nueve años y le encanta vivir en la casa de su infancia. Ahora es
madre, y su hija, durante la comida, reniega. Arruga la cara por no gustarle la
verdura. Pero mientras Vanesa come, su marido le va dando cucharadas a la
pequeña. De pronto, el matrimonio fija su mirada en la pantalla de la
televisión. Está hablando Rosa Conde, la portavoz del gobierno. Algunas mujeres
empiezan a escalar montañas siendo que antes no se entendía que pudieran apoyar
sus pies en las laderas para ascender. Quizás, piensa Vanesa en voz alta, esta
portavoz y ministra pueda ir abriendo puertas a la mujer para que seamos más
visibles y salgamos de la oscuridad. Sus pensamientos fluyen con palabras, en
soliloquios, y su marido los escucha. Jorge le sirve una copa de vino para
alargar la sobremesa. Brindan. El brindis de Vanesa es para que la mujer vaya
surgiendo con luz de la penumbra. Con tantas cavilaciones, su mirada se ha
perdido pero pasado un momento vuelve al blanco y negro de la pantalla. Ahora,
las imágenes son sobre la Huelga General, pero, ¿qué pasa?, se pregunta. La
señal de la televisión queda interrumpida. Apuran el último sorbo de vino.
Mientras ella va fregando, su marido le acerca unos vasos que quedaban sobre la
mesa. Llega la hora de desaparecer de la escena pero, antes, ella dobla unas
ropas y deja dos montones sobre sendas sillas para colocarlas en los armarios
cuando regrese. Ambos van a acostar a la niña. Jorge será el que esté al tanto
de la pequeña por la tarde porque Vanesa tiene que acudir a su trabajo, a un
taller de costura. Ahora sí que la ventana se ha quedado sin actores. Vanesa no
tarda mucho en salir de la casa con su maletín de costura. Habrá que esperar…
Sí, habrá que esperar y estar atenta para cuando sus personajes vuelvan a
ocupar el espacio. Pero, al rato, ¡oh!, ¿¡qué ven mis ojos!? (Me permito
escribir los dos signos de puntuación juntos por cuestionarme la sorpresa). ¡Ni
que estuviese viendo a un ovni! Es Jorge
que recoge los dos montones de ropa que ha dejado su esposa. Ahora, mis ojos
quedan de nuevo vacíos y mis oídos también. Durante tres horas reina el
silencio que es interrumpido por el sonido del motor de un coche. Llega Vanesa.
Elegante con el traje chaqueta hecho por ella pero con los ojos llorosos. Hace
frío, mucho frío, pero el enrojecimiento de sus ojos no se debe a las bajas
temperaturas. En su pensamiento reina la idea de que su marido le prepare leche
caliente. Y así es. Mientras la toma, dialogan. Le cuenta que se ha encontrado
con su gemela y que no está contenta en su trabajo. Leonor trabaja en las
oficinas de una empresa privada con un compañero que ocupó el mismo puesto que
ella pero diez años más tarde. Sin embargo, a él lo han ascendido de categoría
haciendo las mismas tareas y en su nómina queda bien reflejado. La diferencia
en las retribuciones es considerable. A esto no se le llamaría brecha salarial,
se le llamaría brechón. El
sufrimiento de su gemela no es en sí por la diferencia de sueldo si no por la
injusticia que veja su dignidad y su autoestima. A Vanesa no le ocurre. Gana un
humilde sueldo. En su trabajo de costura todos los puestos están ocupados por
mujeres y en el taller reina la igualdad. Cuando le está contando todo esto, se
nota que Jorge la comprende porque la abraza. Él es que cierra la ventana. Los
visillos de ganchillo velan la escena pero, ¿qué más da? Siguen siendo un
ambiente fácil de adivinar. En esta casa, casi cuarenta años después, sigue
existiendo el olor de la costumbre: preparar la cena, -su marido es experto en
tortilla de patatas y a veces es él quien se pone frente a la cocina -; Ruth,
la hija del matrimonio, arruga su rostro también con la sopa que pacientemente
se la va haciendo comer el padre, mientras Vanesa recoge la vajilla, friega,
limpia las encimeras…Quizás, hoy, llegue a la cama más tarde que su marido
porque tiene que poner los garbanzos a remojo y planchar unas ropitas de su
hija. Quizás. Algunas noches se acuestan a la misma hora.
TERCERA VENTANA
Se abre la tercera ventana en la
misma casa. Ahora se trata de un ventanal grande para que penetre la claridad
del día. Comienza el año 2019. Los visillos de ganchillo están guardados como
una reliquia. Los grandes cristales no son cubiertos con nada. Sobre la
vitrocerámica hay una cacerola de vapor. A Ruth y a su compañero David les
gusta cocinar a baja temperatura para que no se destruyan las vitaminas y los
minerales. Un televisor Smart de gran calidad de imagen con pantalla curva está
encendido. Un nuevo caso de violencia de género salta y mancha la pantalla.
Esta vez, ha ocurrido en Zaragoza. ¡Es lamentable! ¡Es…! No hay palabras. El
compañero de Ruth apaga rabioso el televisor. No soporta la violencia y no
quiere que su pareja se entere. Enciende el equipo de música con altavoces
estéreos. Sabe los gustos de su amada y quiere endulzarle el aperitivo que le
ha preparado. Suena “La puerta violeta” de Rozalén. ¿Qué mejor para este
momento? Es un himno contra la violencia de género. Quizás, piensa David, si
esa mujer de Zaragoza hubiese dibujado una puerta violeta en la pared se
hubiese liberado de ese hombre y desplegado la vela de su barco pero… Sus
pensamientos quedan en suspenso cuando Ruth se acerca tarareando la misma
canción. Al aperitivo también se apunta Ivana, la hija de la pareja, que alarga
su mano para coger patatas fritas y olivas rellenas. En este plató se respiran
aires de igualdad, un reparto alentador en paridad.
PRIMER ACTO Y ÚNICO
El día es ventoso y sopla el ábrego.
Acerca pentagramas con letras de canciones nuevas en pro de la igualdad entre
hombre y mujer. Las ráfagas hacen hincapié en palabras que van creando
estribillos. ¿Pero qué le ocurre hoy al viento? Es especial porque exhala sus
propósitos hacia distintos rumbos. Al ábrego de dirección suroeste se unen
soplidos del cierzo, del levante y del poniente, de la tramontana, del siroco…
Son soplos que representan las voces de distintas comunidades autónomas de
España en alianza, que predican la igualdad. Se trata de ráfagas valientes. No
se parecen a las nubes en 1988, en la época de la madre de Ruth, que no se
atrevían a soltar gotas en determinadas esferas. Ahora, estos aires son voces
que predican nuevos mandamientos, con acento cántabro, castellano, aragonés,
andaluz… ¡Ah, y también llega la brisa del mar de las islas! Ahora, la luna
nace en la oscuridad al fulgor de las estrellas y el sol recorre los cielos
contemplando rincones con menos sombras fragmentadas de la mujer por la
desigualdad. Por la ventana se ve a Ruth alegre que reconoce lo injusto del
pasado de su abuela, de sus tías, de su madre, y que con ilusión mira al frente
con la cabeza alta. Ella tiene suerte en su trabajo pero aún quedan recovecos
en los que la mujer debe emerger a la luz. ¡Aún quedan! ¡Cada día menos, pero
los hay! Se asoma a la ventana con una sonrisa. Hoy tiene dos motivos para
manifestar la alegría: su hija Ivana cumple dos años y sabe que los paisajes
que verá serán mucho más abiertos, con más equidades que le reconocerán y le
concederán la integridad, el derecho de ocupar cargos públicos, una
remuneración justa e igualitaria…En definitiva, la eliminación de todas las
formas de discriminación con la mujer que tantísimo daño hacen. Seguramente cuando
su hija esté en la edad laboral no se llevaran a cabo ninguna exclusión basada
en el sexo. El otro motivo es que hoy también han bajado las estrellas del
firmamento a sus pies, pues la han elegido responsable de ventas en su empresa.
Ella establecerá objetivos, motivará e incentivará a los vendedores, estará al
tanto de las demandas para responder con la producción… En tiempos de su madre,
y menos en tiempos de su abuela, las estrellas pocas veces saltaban a los pies
de las mujeres. Ruth lleva la melena larga y suelta, las rachas de viento
alteradas la despeinan y su cara resulta más desenfadada y aniñada. Lleva un
pantalón vaquero roto por diversos sitios (si lo viera su abuela lo remendaría
como tantas veces hizo en los pantalones de sus hijos para que pasaban de
hermanos mayores a pequeños), y un top de tirantes ajustado sobre una amplia
camisa. Tanto por el cumpleaños de Ivana como por el ascenso laboral, su
compañero le tiene preparado un aperitivo. ¡Ah, y también la comida! Todo a
gusto de Ruth. En ella la dignidad está intacta y su autoestima bulle con el
nuevo cargo igual que cuando asciende el champán al descorchar una botella
previamente agitada. La mujer de nuestro tiempo está fulgurante y muestra
felicidad. El sonido de los altavoces estéreos sale por la ventana. Ahora, en
concreto, se escucha “Ella” de Bebe. Una “ella” que cansada de llorar decide
apostar por su vida. Ruth la tararea. También David. Son soplos de vientos que
sueltan palabras: “Hoy vas a reír porque
tus ojos se han cansado de ver llanto… Hoy vas a mirar “pa lante”…Hoy vas a
conquistar el cielo sin mirar lo alto que queda…Hoy…” A decir por la
expresión de sus caras, tanto el aperitivo como la comida están suculentos.
Hablan, ríen, brindan, beben. Brindan, beben, ríen, hablan. Pero el tiempo les
apremia. El gran ventanal me enseña que los dos se ponen delantales. En el de
David hay dos bordados: en letras grandes “ÉL” y una cara de gatita con lazo
rosa. El de Ruth dice “ELLA” y como adorno lleva un gato con corbata. ¡Qué
originales!, pienso. Ambos intentan compartir todo en la vida, incluidas las
faenas al cincuenta por ciento. Aunque hoy es un día especial y David le quita
el delantal a Ruth y la hace permanecer sentada. Solo hay una cosa con la que
no puede David: planchar. No tiene maña en las costuras y la raya en los
pantalones le sale torcida. Pero, al menos, lo intenta y espera mejorar. Ivana,
la pequeña, a los nueve meses, comenzó en la guardería y es sumamente sociable.
Llega la hora de ocupar cada uno su puesto. La escena se queda sin personajes.
El gran ventanal recibirá a sus actores al atardecer. Un ocaso en el que el sol
será testigo de nuevas vistas, y, la luna, en la noche, verá cómo brillan las
estrellas. ¡Ay, ay, ay! ¡Ay lo que pueden conseguir las alianzas de los vientos!
CUARTA VENTANA (SUPUESTA)
¿Se abrirá este ventanal grande en
2050? ¡Ojalá! Aunque lo más probable no esté para contarlo. No obstante se
pueden hacer suposiciones. El sol dará mucho calor y las nubes tan apenas
soltarán gotas. Un robot preparará la comida mientras Ivana manejará una
computadora que será capaz de conocerla mejor que nadie: su ánimo, su alma, su
corazón. Será multifacética con derechos indiscutibles, con gran capacidad de
decisión pues las luchas de nuestro pasado nos permitirán recoger los frutos a
capazos. Quizás Ivana tarareará canciones con ritmo irreconocible y con nuevos
instrumentos. Tal vez acudirá a su trabajo con un coche que se manejará solo.
Ya no habrá luchas para la igualdad entre hombres y mujeres. ¡Eso quedará ya
lejos! Si acaso las batallas se realizarán contra la inteligencia artificial
que se va originando con nuevas tecnologías. Quizás estas sean las luchas.
Otras luchas. Por supuesto, bien distintas. Luchas para esos tiempos.
Seudónimo: Ángeles de todo tiempo.
jueves, 26 de septiembre de 2024
XXIX CONCURS DE NARRATIVA CURTA REIAL VILA DE GUARDAMAR 2024
GUANYADOR:
MIQUEL PUIG CUADAU
TÍTOL: EL BARRANC DEL LLOP
La primera hora del dia, o l'última
de la nit, el fred es nota a la cara. La Motaeta podria fer el camí des de la
casella a qualsevol dels racons de l’Hort del Santíssim tota sola. A Vicent
sols li cal encaminar-la per un dels ramals que es reparteixen per la finca i
ella va fent. El trac trac lent del carro marca el ritme dels dies, del treball
i de la gent. Després de desenganxar-la i posar-li el forcat, l’haca comença a
llaurar i Vicent s’esforça en dur-la més recta que un fil. Un cavalló, un
altre, …
La finca de Don Samuel, entre la
part de secà, amb garroferes i oliveres i les fanecades transformades en horts i
tarongerars, ocupa mig terme.
-
Sio! Haca! xec, xec,xec,xec!
-
Xei Vicent! Sempre llaures tirant la
llença! –Li diu el regador.
-
Que hi ha Silveri, passejant l’aixà? – El
saluda Vicent.
-
Hehehe! Ja saps, la feina d’hivern és més
dura que la d’estiu.– Rient de dents enfora.
-
La faena de regador és ben bona. –Afirma
Vicent seriós.
-
Sí, però ningú veu les séquies que has de
netejar durant l’hivern, les que s’han de refer, els cabets que cal tornar a
amuntonar. La brossa que s’ha de cremar.
-
Això sí.
-
Clar! Sols miren que a l’estiu vas
conduint l’aigua i sembla que no et canses.
-
Es que no et deus cansar molt. – Comenta
Vicent.
-
Com que no? Sovint, quan arriba l’aigua,
he d’estar una setmana fora de casa i passar nits regant al ras, amb els
mosquits fent-te jas! I quan alguna séquia rebenta, perquè al llaurar es vol traure
fins a l’últim pam de la terra com a hort, veges a qui li tiren les culpes, i
de seguida posa’t dins, mullat fins als genolls, i mira si pots amb la terra
enfangada. – Silveri va alçant la veu enfadant-se al tall que parla.
-
Tampoc cal que poses el crit en el cel, hi
ha qui estem pitjor.
-
No m’he de queixar! Les coses sempre poden
millorar.
-
No ho sé! – Contestà Vicent amb desànim.
-
Mira als senyorets i als amos!No estan
ells millor que nosaltres?
-
Els amos són els amos i nosaltres els
llauradors, com tota la vida. – Diu Vicent.
-
Sí, com tota la vida, però perquè no pot
ser diferent? – Amb to provocatiu.
-
Ja ho saps que no!
-
O sí Vicent, o sí! Bo! Però pares a
esmorzar o no? – Li diu Silveri.
-
Va vinga! Deixà l’aixà i fem un mosset!
La bota de vi,
una llesca de pa dur i uns talls de formatge eixen dels saquets de tela dels
homes. El sol ja il·lumina totalment el dia i encara que cap dels dos du rellotge
saben perfectament que ja porten més de dues hores de treball al coll.
-
Venen nous temps Vicent! Temps de canvis!
-
Els regadors sembleu romancers, sempre
duent rumors d’ací cap allà.
-
Que no són rumors Vicent! A les fàbriques
els treballadors tenen la força, més força que els amos, i ací hem de ser
nosaltres, els llauradors, no som també proletariat?
-
No digues burrades Silveri! Per ací ja hem
passat altres vegades! Ens fan creure que tot serà diferent, donem la cara pels
xerraires i a l’hora de la veritat, desapareixen.
-
Esta vegada és diferent Vicent, ho diuen
els diaris! –Diu Silveri tocant-li el muscle.
-
No es tracta de polítics que van comprant
vots com els senyorets, no és com a les eleccions. El treballadors s’estan
organitzant en sindicats. – Continua el regador.
-
No em crec res Silveri. A l’hora de votar
ja ho veus, uns i altres tots són iguals.
-
Escolta Vicent, no veus que al camp no estem
junts? No podem raonar com a les fàbriques, anar tots a una com un puny, però
si ens juntem, no en som més que ells?
-
Mira Silveri, ells en seran menys, però
qui ens dona el jornal? Ja saps que estic de mitger i si no porte la terra de
Don Samuel, ni tinc casa, ni tinc res, i amb huit boques que alimentar no puc
anar jugant. –Diu Vicent rodant el cap.
-
No es tracta de cap joc Vicent, ens estem
organitzant, si fa falta anirem per la força.
-
Què dius! –Exclama Vicent apartant-se’l de
damunt.
-
Que hi ha qui està disposat a tot. – Diu
Silveri apartant-se i traient pit.
-
A tot?
-
A empunyar un arma si fa falta!
-
Esteu bojos! No sabeu el que dieu!
-
Les revolucions passen per acabar amb els
poderosos i ells se van a resistir.
-
No em digues res més Silveri, no en vull
saber més deles teues cabòries.
-
Home, es clar que primer sempre cal
parlar, la nostra major força és la vaga, la tenim a les mans, als braços. Ja
voldria jo veure als amos i als senyorets, sí als senyorets, hehehe! Ja voldria
veure’ls jo agafant una aixà! – Diu Silveri entre rialles.
Ara Vicent
escolta en silenci.
-
Però clar, quan els obrers diuen de fer
vagues hi ha amos que volen obligar-los a treballar per la força. I aleshores
cal tindre homes valents disposats a tot.
-
Mira Silveri, deixa´t ja dels teus parlaments
i xerrameques. Jo ja em vaig tindre prou de tirs i escopetes allà al Rif.
-
Ostres Vicent! És veritat, tu estigueres a
Melilla, doncs saps que estan cridant de nou més quintes? – Comenta Silveri amb
expressió d’alarmisme.
-
Què vols dir? Igual que sempre, no?
-
No, vull dir que estan cridant a files a
reservistes per a sufocar la guerra del Rif.
-
Més quintes? Reservistes? – Pregunta
Vicent mirant la llunyania amb preocupació.
El semblant de
Vicent ha canviat per complet, abstret, ni ha dit adéu a Silveri quan este s’ha
alçat. Assegut al marge, el seu cos s’ha anat engolint, ha posat el cap entre
les mans tapant-se les orelles com per evitar escoltar un soroll. El gest del
seu rostre s’ha descompost i ha tancat els ulls fent força.
-------------------------------------
A Sidi Guariach el calor d’octubre
és encara més intens que el que fa a l’estiu al seu poble, la terra de la que
no havia eixit Vicent fins a ser reclutat. Les obres del fort obliguen als
soldats a redoblar les guàrdies. L’aigua escasseja per als militars que veuen
als treballadors desfent-se al sol i no poden deixar de compartir-la per
solidaritat.
La ubicació escollida per al fort no
ha agradat gens als musulmans. Els vilatans, que fan de caps de les quadrilles
de treball, no han volgut encetar les obres i molts han fugit renunciant al
jornal. Una companyia d'enginyers s’ha desplaçat des de la ciutat i amb els
pocs rifenys que no han marxat han encetat la construcció de l’edifici defensiu.
-
El general Margallo, governador de la
ciutat, ha decretat que el fort es té que construir ací! Tant fa el que pensen
els rifenys! Pobres desemparats de la mà de Déu. Jesucrist nostre senyor, que
sabran ells de llocs sagrats! –El tinent Palacios es passeja a cavall
entre les tropes cridant.
-
La tumba d’un sant? Que en sabran ells de
sants? Si parlàrem de sant Vicent Màrtir, de sant Miquel, de sant Pere, encara
tindrien alguna raó, però quin tipus de sant ha de ser este? Quin cementiri ha
d’haver ací? –Malcarat, amb una cicatriu que va des de vora l’ull fins a la boca,
brama sense parar.
-
Analfabets, incultes, infidels! Estos
moros, estos sarraïns rebels que no fan cas ni al seu Sultà el que necessiten
és ordre, una mà dura com la del nostre general!
Els seus crits
són interromputs de sobte per uns trets en la llunyania.
-
Atenció! Alerta! Als seus llocs! Corneta!
Cride a Batalló i Tropa!
Vicent i la
resta dels homes s’agrupen tal com els van explicar en la instrucció. El tinent,
a cavall, ordena que es reparteixen en diferents posicions i ell, amb altres
homes, es va amagant entre els materials portats per a les obres del fort, les
parets alçades, els fossars construïts com a primera defensa.
-
Als seus llocs! No disparen fins que els
tinguen a prop, administren bé la munició!
Els homes de
les cabiles baixen de les muntanyes a peu i a cavall i els assetgen per totes
parts. Contra el centenar de militars espanyols apareixen milers de rifenys ben
armats. L’atac amb els Remington fa que resulte difícil defensar la plaça sense
gastar munició.
El batalló
queda ràpidament rodejat. La batalla dura tot el dia i malgrat que els màusers
aconsegueixen abatre un bon grapat d’atacants també hi cauen morts i ferits
alguns espanyols. Els guerrers dels clans, ben organitzats, carreguen
sobre el costat més dèbil del fort, on les obres estan menys avançades i sols
s’acumulen grapats de terra i pedres.
Vicent, amb el
seu amic de Cullera, ha aconseguit arrecerar-se en un bon lloc però a mesura
que passen les hores l’enemic es va apropant. Els trets impacten contra les
parets d'argamassa que tapen als dos riberencs. Quan senten al tinent Palacios
cridar “Retirada” tots dos es queden mirant-se.
-
Vinga, ara és l’hora!
-
Vicent! Ens mataran!
-
Si ens quedem ací també ens mataran!
La cara de
pànic del de Cullera encoratja més si cap a Vicent. Decidit, ix el primer
de l’amagatall per a buscar ràpidament un altre refugi, el cullerot el segueix,
de mica en mica van reculant fins on els altres soldats guarden algunes
posicions defensives.
El sol comença
a declinar i cada vegada és més difícil ser vist però també veure a l’enemic.
Quan el tinent ordena la retirada definitiva, Vicent i la resta de soldats
comencen a córrer desesperadament, a córrer cap al purgatori.
.................................................
En despertar a
l’hospital, Vicent sent un dolor immens al costat esquerre, no pot moure el cos
i en intentar tocar-se un crit s’escapa entre les seus dents serrades de dolor.
Un bram esgarrifador com els molts que ha escoltat quan fugia. Els dels abatuts
eren secs i rotunds però els dels que queien ferits en la batalla ressonaven en
la nit com els udols dels llops afamats, esgarrats entre el dolor de la ferida
en el cos i el de l’esquerda oberta en l’ànima en sentir-se abandonats. Un dels
abatuts és l’amic de Vicent, el de Cullera. Almenys ell ho ha pogut contar.
-
Quin olor és este? On estic?
-
És l’olor de la mort. – Li contesta un
altre soldat també ferit en la batalla.
En aquella sala
del fort de Cabrerizas Altas hi ha una dotzena de soldats nafrats, la majoria
d’ells esperen a que els arribe el torn que els renten les ferides i les
sanegen, altres, immòbils, en l’espera els arriba el traspàs. A la sala
contigua un metge atén als tres tinents ferits. De matinada li arriba el torn a
Vicent, la sang resseca ha format una crosta per la que encara supura en part. El
metge apura el poc d’alcohol que li queda per a intentar desinfectar-ho. Els
crits de Vicent semblen els de l’agonia d’un màrtir.
-
Pren! Beu! L’absenta et calmarà el dolor.
-----------------------------
Quan Vicent
torna en si i veu davant d’ell la Motaetaalena profundament, alça el cap,
contempla la terra, les seues muntanyes el seu cel.
-
Quina sort haver tornat al paradís!
Encara tarda
una estona en alçar-se del marge i quan ho fa respira de forma costosa i
s’agafa el costat, el de la ferida de la Guerra “Chica”.
-
Per hui ja he treballat prou, l’absenta em
calmarà el dolor.
Vora a migdia entra
a la taverna i Pep el saluda alegrement.
-
Com va Vicent?
-
Va i prou!
-
Home, tampoc serà per a tant!
-
Ho diu qui no ha eixit mai d’eixa barra!
-
Haguera preferit tindre dos cames sanes i
córrer món.
-
Mai se sap que és millor.
El taverner,
veu la cara de pomes agres que du Vicent i prefereix callar.
-
Que vols, el de sempre?
-
No, hui doble!
A una taula,
prop de la barra, Pere llig el diari en veu baixa i amb dificultats. Vicent
s’acosta cap allí. Es para a escoltar el xiuxiueig de l’altre mentre xucla del
got d’absenta mesurant l’impacte que el licor té en passar per la gola.
-
Que diu? – Pregunta Vicent.
-
Si em deixes llegir igual t’ho dic.–
Respon amb cara seriosa i fugint de contestar.
Vicent alça el
cap i mira la taverna. La poca llum que entra per la porta deixa a la vista
aquell lloc menut, amb la barra alta de pedra, el mirall desgastat, el barral
de vi i els dos vells cartells de cabarets amb els rètols de Paris i Barcelona.
-
Jas! Tot per a tu!- Li diu Pere amollant
el diari amb menyspreu.
Vicent comença
a intentar desxifrar les lletres d’aquells dos fulls, amb penes i glòria està
lligant les lletres quan entra Andreu, el senyoret de la Creueta.
-
Un quart de vi Pep! I unes olives!
-
Bon dia senyoret! –Licontesta el taverner.
-
Bon dia! A qui tens ací?
-
Ja veu! Pere, com sempre, i Vicent, elde
l’hort de “Don” Samuel.
-
Vicent, sí, el conec. El seu fill, Cipriano,
és de la meua quinta. Posa vi per a tots! I del bo! De la botella, no del
barral eixe! –Diu el jove mirant a Vicent que encara llig.
-
Com tu manes Andreu!
-
Clar que sí, hui estic de celebració! –
Crida el senyoret mentre somriu.
-
Xe Andreu! Sí que set veu content! Això
com és? –Diu Pep fent-li el cul gros.
-
Jo sempre estic content, però hui més!
Mira! Mira el diari! Que diu ací Vicent?
-
I que més Vicent?
-
Millor ho llig vosté senyoret, que a mi em
costa prou, he perdut molta vista, sap?
-
Clar, clar, escolteu bé i sabreu què
celebrem.
“En estos momentos preocupa a
la familias el medioseguro y económico para librar a sus hijos del servicio
militar. El centro de redenciones de D.Antonio Boixerau y Claverol, ..... lleva redimidos 11.589 quintos desde el año
1890 en que se fundó, leofrecesus Servicios ...”
-
Això celebrem, que ara sóc un redimit!
Quan el
senyoret Andreu se’n ha anat després de fer-se dos quarts de vi i convidar a tots
els presents les vegades que han fet falta, la taverna s’ha quedat en silenci.
Pere se’n ha anat i Vicent ha demanat un nou colp d’absenta.
-
No Vicent, hui ja has carregat prou! –Li
diu el taverner rodant el cap.
-
Qui paga mana! Ací estan els diners! – Diu
Vicent colpejant amb la palma de la mà una moneda contra la barra de pedra amb cara
de pocs amics.
-
Però Vicent …
-
Que em poses un altre, hòstia consagrada!
-
Com tu digues Vicent, com tu digues.
–Accepta el taverner a desgana i atemorit.
Al cap d’una estona
entra Silveri amb l’aixada al coll, tal com este matí a l’hort.
-
Que Vicent? Ja has acabat de llaurar allò?
Vicent no
contesta. Pep, li fa un gest a Silveri per a indicar-li que millor es calle.
-
Veus Silveri, tu no dius que es poden
canviar les coses. –Les paraules eixen farfalloses de la boca de Vicent.
-
Clar Vicent, i continue pensant el mateix.
–Diu Silveri en un to suau.
-
Ah sí! Conta-li Pep, conta-li qui ha
vingut hui de festa!
-
Qui? – Pregunta Silveri.
-
El senyoret Andreu. – Respon el taverner.
-
Ah sí?
-
Clar Silveri, clar! Ha vingut a
convidar-nos!–Diu Vicent amb un somriure exagerat.
-
Que vols dir? –Respon Silveri, recolzat a
la barra bevent un glop de vi.
-
No deies que hem d’estar junts per a
fer-nos forts? Doncs ni junts, ni forts!
-
Si es vol es pot. – Diu Silveri, obligat a
contestar malgrat els gestos de Pep.
-
Es pot? Hehehehe! No em faces riure!
-
Dis-li Pep, dis-li! Perquè estava tant
content el senyoret Andreu?
Silveri es
queda mirant al taverner.
-
El senyoret Andreu ha pagat per a no ser
reclutat.
Silveri fa un
nou glop al vi.
-
Mil cinc-centes pessetes, res. Tu en guanyes
dos al dia com jo o tres? Tu pots pagar l’home? Ja veus! I saps què Silveri,
saps què? –Diu Vicent alterat.
Silveri se’l
mira ara en silenci.
- Ara el meu Cipriano haurà d’anar a
l’Àfrica, com jo! –Vicent alça el got per a beure’s el que li queda d’absenta
abans de dir:
-
Haurà d’anar a defensar a Es-pa-nya!
–Remarcant cada síl·laba.
-
Apatir aquell calor, a intentar sobreviure
a aquell terror!
-------------------------------------------
Tot el poble
acompanya a Cipriano en este passeig pel poble.Vicent, marcit, camina com una
ànima en pena. Entre els presents es sent dir:
-
El fill de Conrado, el meu cosí, també està
a Melilla.
-
També llaurador?
-
També.
Carme, la dona
de Vicent, s’ha quedat a casa. Durant tota la nit s’han sentit les pregàries,
han entrat i eixit de la llar veus silencioses que acompanyaven en la penombra.
Les llàgrimes de Carme corren fil a fil. Les mostres de condol no la trauen del
seu aïllament. Ara, sota l’efecte calmant del aigua del “Carmen” diu:
-
Un perdut per sempre, l’altre ofegat en el
passat.
“En el Barranco del Lobo, hay una fuente que mana sangre de los españoles
que murieron por la Patria. Ni se lava ni se peina ni se pone la
mantilla hasta que venga su novio de la guerra de Melilla. Melilla ya
no es Melilla, Melilla es un matadero donde se matan los Hombres como si fueran
corderos. Pobrecitas madres, cuánto llorarán, al ver que sus hijos en
la guerra están.”



