viernes, 31 de julio de 2026

XXXI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "Real Villa de Guardamar del Segura", 2026

 MODALIDAD: Relatos de temática libre de autor local 

GANADOR: Félix Méndez García

TÍTULO: Cuba 2025

Félix Méndez Garciá nació en Torre-Pacheco (Murcia) en 1961 y es residente en Guardamar del Segura desde 2019. En 2020 se unió a la Tertulia Literaria de Guardamar, entidad que preside a día de hoy.

            Ha sido alumno del Taller de Escritura Creativa de don Antonio Álvarez Gil. Le gusta escribir comedia porque, dice, cuarenta y cinco años redactando atestados de dramas y tragedias en la Policía Nacional fueron suficientes. Ha publicado en papel algunas páginas en tres colecciones de relatos: una de Ediciones Agoeiro (Madrid), otra de El Cresol (Crevillente) y en la recopilación extraordinaria que hizo la propia Tertulia Literaria de Guardamar para celebrar sus diez años de vida.

            En 2022 ganó en Murcia el premio al mejor relato corto con temática de tintos y blancos convocado por La Diligente, Compañía de Vinos.

            Es voluntario de Cruz Roja Española, donde da clases de español para extranjeros y donde "obliga" a sus alumnos a representar, por Navidad y a fin de curso, pequeños sainetes de producción propia adaptados al nivel que lleven.

CUBA 2025
Félix Méndez García

Rafael, taxista pirata de La Habana, tenía buen ojo para escoger clientes. Aquella mañana de noviembre se fue al aeropuerto José Martí, aparcó por los jardines que hay cerca de la puerta de salida y se quedó observando. Cuando vio salir a una pareja con pinta de recién casados y algo despistados, se aproximó con disimulo y les ofreció sus servicios.

            Los chicos iban al Vedado. Por el camino le pidieron parar en un hipermercado para comprar algo de comida y bebida. El taxista se sorprendió.

            —¿Perdón, cómo dicen?

            —Que nos pare un momento en un hipermercado, por favor —repitió el chico.

            —¿Qué cosa es eso, un hipermercado?

            —Pues un supermercado, pero más grande —añadió, pedagógica, la chica.

            —Si ya sé lo que es —contestó Rafael—. Lo que les quiero decir es que en La Habana no hay supermercados ni hipermercados. Hasta hace poco, aquí solo estaban las bodegas, donde te despachan los productos que dice en tu libreta de abastecimiento. Ahora hay unas tiendas en dólares; si quieren les acerco a una de esas, pero no crean que disponen de muchos productos tampoco.

            Les paró en un comercio de los nuevos llamado La Panamericana, y de allí salieron a los cinco minutos con una botella de ron y seis latas de refrescos.

            —Pero, oiga, esto es más caro que en España, y no hay comida normal —se quejó la muchacha.

            Cuando llegaron a la casa donde se alojarían, los chicos pagaron a Rafael la carrera y acordaron con él que los recogiera por la tarde para ir a dar una vuelta por ahí.

            En casa, Rafael le contaba satisfecho a su mujer lo bien que le había ido la mañana. Había recogido en el aeropuerto a una pareja española y habían quedado para la tarde. Eran algo inocentes y daban propina, los clientes ideales.

            A la hora concertada, los recogió el taxista frente a la casa donde se alojaban.

            —Buenas tardes —saludó el joven—. En Cuba son muy aficionados a la astronomía, ¿verdad?

            —No sabría decirle. ¿Por qué lo pregunta?

            —Por la biblioteca de estudios marcianos que hay ahí detrás, en la calle Cuatro.

            —No —rio el taxista—. Es de estudios martianos, de José Martí.

            Los chicos querían empezar por la Bodeguita del Medio, para tomar un mojito.  A Rafael le pareció que deberían hacer algo de turismo, y los metió por el cementerio de Colón, que pillaba de paso. Allí les fue indicando los monumentos funerarios más destacados. Después de oír la historia de Máximo Gómez, de Calixto García y de otros héroes mambises de la Guerra de la independencia, la chica preguntó:

            —¿Y dónde están las tumbas de los héroes españoles?

            Rafael se mordió la lengua, sonrió y con actitud profesional indicó que ya iban a lo del mojito. En la calle Empedrado les recomendó hacerse una foto para Instagram y volver al taxi, que él los llevaría a donde se preparaban los mojitos buenos de verdad y más baratos. Así lo hicieron, y el coche los dejó en una zona de bares elegantes con música situados frente al Malecón, cerca de la Embajada de España. El taxista los esperó durante algo más de una hora, y volvieron muy contentos.

            —¿Ha ido bien, señores?

            —Perfectamente —dijo la chica.

            —Pero no crea —añadió el joven—, que casi nos peleamos con el camarero del primer local donde hemos entrado.

            —¿Cómo que pelearse? ¿Por qué?

            —Pelearnos no —siguió el chaval—, pero es que era muy tonto. Le he preguntado si tenían mojitos, y él que no, que el local estaba limpio. Se lo he repetido, y él que no, que fumigaban el negocio todos los días. Al final parecía algo mosqueado.

            —El hombre entendía mosquitos —dijo riendo la chica—. Está algo teniente.

            El plan de la pareja era volver a casa, dejar la compra, cambiarse de ropa y salir de fiesta por la noche. El taxista estaba de acuerdo y el precio ya estaba pactado. Pero circulando por la calle Línea entraron en una zona no iluminada. A oscuras, el elegante Vedado resultaba tenebroso. Rafael les explicó que los apagones iban por zonas, y que lo más probable era que esa parte estuviese sin luz hasta la mañana siguiente. Les propuso un bar cercano al alojamiento de ellos para cenar: el Ocho, en Línea con Ocho; y les recomendó pedir ropa vieja, si había, y tomarse unas cervezas Bucanero. Mientras los chicos bajaban la compra, el cubano se quedó esperando a la puerta, pero el joven le pagó y se despidió hasta el día siguiente.

            —Muy valiente eres tú —lo reprendió la muchacha—. ¿Ahora cómo vamos a ir hasta el bar, con una vela o con una antorcha? Esto está muy negro.

            —Con esto, mi amor —contesto el joven, satisfecho, y le mostró una linterna de manivela que se había llevado de España.

            Dejaron las compras en la casa y se fueron a cenar. Comieron y bebieron mucho. Los precios estaban en pesos y eran bastante económicos. Mariel, el camarero con carrera de ingeniero químico, les fue explicando la receta de todo lo que probaban, y ellos probaron todo lo que él quiso sacarles. Salieron de allí algo achispados, el novio dándole a la manivela de su linterna y la novia cantando para quitarse el miedo. Esa noche ni siquiera hicieron lo propio de las parejas en la luna de miel; conforme se metieron en la cama, cayeron en brazos de Morfeo.

            A la mañana siguiente, la pareja le mostró al taxista un mapa en el que habían marcado el recorrido del día: la Marina Hemingway, Viñales, vuelta por la Finca Vigía y, al final, la fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Rafael les advirtió mientras arrancaba:

            —Eso parece mucho, señores. No han contado ustedes con el factor inhumano.

            Los chicos no le hicieron caso; pensaron que habían oído mal o que el taxista mostraba su descontento por el gasto en gasolina. Los llevó por la Quinta Avenida, mostrándoles el lujo de las embajadas y los centros de negocios. En Santa Fe pararon a dar un paseo por la playa y tuvieron ocasión de presenciar lo que les pareció un rito religioso: una anciana echaba flores al agua al tiempo que invocaba a Yemayá y pedía algo para la clienta, claramente una turista, mientras un joven tocaba un Ave María al violín.

            Al poco de circular por la carretera de Pinar del Río, la chica preguntó:

            —¿No hay otra carretera que esté mejor? Va a romper usted la suspensión del coche.

            —Señorita, esto es la autopista A-4. Por la suspensión no se preocupe, mi carro y los baches se respetan mutuamente, se conocen desde los años sesenta.

            —Pero es que a esta velocidad no vamos a llegar nunca.

            —¡Así que esto era el factor inhumano! —dijo el chico, riendo.

            A la altura de Los Palacios, junto al Parque Nacional La Güira, se veían  plantaciones de arroz y los campesinos habían puesto el grano a secar en el carril derecho de la autopista. Los coches se cambiaban al lado izquierdo y nadie pisaba la cosecha, ni paraba a robar, ni protestaba ni nada. La chica se sintió impresionada:

            —¡Qué ejemplo de educación y civismo!

           —Eso y que el arroz es del Gobierno —le contestó Rafael—. Tócalo y vas al tanque. A la cárcel, quiero decir.

            Viñales les gustó mucho. En una tabaquería les explicaron el proceso del cultivo y las labores del tabaco, y tuvieron ocasión de comprar cuatro puros elaborados por un torcedor delante de ellos. El taxi los llevó después a la cueva del Indio, para que diesen  un paseo en barca por el río subterráneo. A la salida, el chico se quejó a un empleado:

            —¡Una mamola! Primero, veinte personas apretujadas en una barca que huele a cuesco. Luego arrancan un motor fueraborda y lo llenan todo de humo; lo bueno es que  deja uno de apreciar las ventosidades. Y el subnormal del piloto de la lancha apuntando con un puntero láser a los murciélagos. ¿Pero esto no era Patrimonio de la Humanidad?

            —Sí que lo es, señor. Lamento lo que me está contando. Pondré, sin falta, una queja ante la autoridad pertinente. ¿Debo incluir en el informe lo de las flatulencias?

            Regresaron a La Habana ya oscurecido, y el barrio del Vedado volvía a estar a oscuras. Rafael se ofreció a llevarlos a cenar a un cabaret tradicional. Los esperó a que se cambiaran de ropa y los trasladó a "La Leyenda del Guajirito". Al finalizar el espectáculo los estaba esperando a la puerta del local para devolverlos a su alojamiento.

            —Esto sí que les ha gustado, ¿a que sí?

            —Muuuuuucho —contestó el chico, y se arrepintió en el acto de haber estirado tanto la u—, aunque mi esposa tiene razón, el uniforme de las camareras atenta contra la dignidad de la mujer y es totalmente inapropiado para un espectáculo folclórico.

            Esa noche, como ya se veía venir, volvieron a dormir en pijama y cada uno en su lado de la cama.

            Para el día siguiente, el tercero del viaje de novios, la pareja había expresado a Rafael su intención de hacer algo de turismo cultural. Los encontró en la calle con todos los vecinos del edificio; les pitó y ellos se montaron en el carro.

            —No se va a creer usted lo que nos ha pasado esta mañana —empezó el chico.

            —Me lo figuro. Los han sacado de la cama porque han venido a fumigar el edificio.

            —¡Bueno, bueno! —siguió el joven—. Y sin avisar ni nada.

            —¡Pero si era un muchacho muy educado! —opinó ella—. Me ha dicho que estudia medicina y que está haciendo las prácticas en el Clínico.

            Rafael vio en peligro su jornada laboral y dio un giro a la conversación. Propuso ir a ver el Capitolio, el museo de la Revolución y el Napoleónico, y parar después a comprar algo en el mercado de artesanía de San José. La pareja se lo pasó muy bien, y en el museo se hicieron muchas fotos con el Granma, el yate de los revolucionarios en 1956.

            Circulando por el barrio antiguo, Rafael les pidió que no abrieran las ventanas, por el mal olor. Trataba de evitar que los turistas se llevaran una mala impresión de la ciudad,  porque por aquellas fechas estaban teniendo problemas con la recogida de la basura. Les explicó que era una cosa transitoria, que habían coincidido varios camiones averiados a la vez. Para su asombro, el chico le largó un discurso a favor del compostaje al natural, que mejor el aire libre que la incineradora, que las moscas son la base de la cadena trófica, que se crean puestos de trabajo para los chatarreros, que los restos deshidratados nosequé, y otra sarta de memeces que Rafael no sabía si interpretar como una tomadura de pelo o si de verdad aquel chalado se creía lo que decía.

            —Huele a naturaleza —concluyó el joven.

            Ya a punto de reventar, el taxista les informó que habían llegado al mercado de artesanía de San José. La pareja se apeó, y se despidieron hasta dos horas más tarde.

            Rafael se fue a comer a casa. No puedo con ellos, me agotan, se quejaba a su mujer. Esta noche les diré que el coche está roto o algo, y me libro de ellos.

            Cuando los recogió estaban de buen humor. Habían comprado un montón de regalos; le fueron contando cómo habían regateado los precios, y estaban muy satisfechos porque habían descubierto el truco de los vendedores de poner el precio en dólares y cobrar la misma cifra en euros.

            En el Vedado estaban otra vez a oscuras. Rafael les preguntó si iban a volver a salir, y los jóvenes le dijeron que no, que esa noche tocaba cena íntima a la luz de las velas. Entonces, tal como lo tenía pensado, les pidió disculpas porque al día siguiente  debía dejar el coche en el taller y no podría darles servicio.

            —No pasa nada —dijo alegremente la chica—, mañana probaremos el cocotaxi, y también quiero montar en una motocarro y en un almendrón de transporte colectivo. Pero usted, Rafael, se viene con nosotros y le pagamos, que es un guía estupendo.                                  La mañana del cuarto y último día de su estancia en La Habana, a la pareja de recién casados se le pegaron las sábanas. Pasaban las diez de la mañana cuando Rafael, cansado de esperar en la acera, pulsó el timbre del apartamento. Salió a abrir la señora de la casa.

            —Buenos días, señora. Soy Rafael, el taxista.

            —Buenos días. ¿Qué desea?

            —Es que ayer quedé a las nueve con... con unos recién casados.

            —¡Qué suerte! Yo llevo casada sesenta años y nunca vinieron a buscarme. ¿Y su carro?

            Ya le estaban dando con la puerta en las narices al taxista sin taxi cuando se oyó desde el interior la voz de la chica diciendo que un minuto, que ya iban.

            Parados en la acera de enfrente de la casa, Rafael, algo cohibido, daba indicaciones a la pareja de cómo tenían que hacer señas con la mano cuando vieran acercarse despacio un coche por el carril de la orilla. Paró una motocarro de las nuevas, eléctrica y con toldo, con capacidad para setecientos cincuenta kilos de peso o tantos pasajeros como pudieran sentarse en los dos tablones laterales. Se metieron allí por la parte de atrás, saltando la portezuela que nadie abrió, y se acomodaron.

            Los novios iban encantados, les daba en la cara una brisa cálida y húmeda, y el vehículo iba haciendo eses para esquivar los baches.

            —Esto es un transporte ilegal, ¿verdad? —preguntó la chica a Rafael en voz alta.

            Nadie pareció haber oído la pregunta, por lo que ella insistió:

            —Rafael, que digo que...

            Un codazo del novio la hizo callar. Ella lo entendió y cambió la pregunta:

            —¿No os parece genial el transporte colectivo revolucionario? Sin cinturón, sin tickets, seguramente hasta sin seguro. ¡Viva la libertad, carajo!

            Rafael se puso rojo, cosa de ver en su piel mulata. Una mujer mayor que iba sentada frente a la chica sonrió y le contestó:

            —Se nota que usted tiene algo de lío con la política latinoamericana, señorita. Pero muy bien, siga así, con esa alegría, es lo más inteligente.

            Se bajaron cerca de Hotel Nacional. Rafael les fue contando historias de la lujosa construcción, de las columnas, de los zócalos de colores, de los jardines con vistas al mar... En el salón Petit París estaba anunciado un espectáculo de cabaret tradicional, y en el salón de retratos se exhibían los de multitud de personajes insignes que se alojaron en el establecimiento en tiempos mejores; entre ellos, muchos españoles. Allí se tomaron los tres unos daiquiris riquísimos.

            Después quiso ir la pareja a ver el callejón de Hamel, para sentarse en uno de aquellos bancos-bañera que habían visto en Internet. El sitio les decepcionó un poco, y daba algo de miedo, pero una negra dicharachera que vendía mojitos lo remedió.

            A Rafael, que los días anteriores no había probado el alcohol delante de ellos, se le puso muy buen humor. Les contó que su bebida favorita era el guarapo con ron. El chico, que también iba bien de humor, llamó inmediatamente a la camarera, pero Rafael lo detuvo.

            —No, no. Yo sé dónde hay un trapiche y lo preparan recién exprimido. Pero hay que caminar un poco. ¿Vamos?

            Y allá que se fueron a coger la lanchita de Casablanca para subir a la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, donde estaba el tal trapiche. Pero, por la tontería que llevaban encima o por lo que fuera, se equivocaron de lanchita y se fueron a Regla. Allí visitaron la ermita, Rafael encendió una vela, y la chica se hizo echar las cartas por una hechicera que leía el futuro. Por supuesto, todo lo que le aventuró fueron felicidades, aunque se confundió con la pareja y le prometió que tendría tres mulatitos muy guapos y sanos.

            Con el alcohol en sangre algo rebajado por la excursión, se fueron al embarcadero de Regla y cogieron, ahora sí, la lanchita de Casablanca. Subieron la cuesta a pie, pasaron por el Cristo y por la casa del Che Guevara, y llegaron a la fortaleza. Efectivamente, había un puesto ambulante cerca de la entrada. El guarapero exprimió tres cañas de azúcar con el trapiche, añadió hielo y ron a los tres vasos de jugo, y les preguntó si querían repetir, que la segunda ronda al cincuenta por ciento. Vale, pero primero visitamos la fortaleza, convinieron los tres.

            En el recinto de la fortaleza había mosquitos. La chica sacó el repelente que llevaba en el bolso y se embadurnó bien brazos y piernas. Luego se lo pasó a su esposo, y le ofreció a Rafael si quería protegerse.

            —No hace falta, señorita. Todo eso que han oído sobre la epidemia de Chikungunya, de Dengue y de Zika es mentira. Aquí siempre ha habido mosquitos y la gente no se ponía tan enferma. Esto es COVID, pero el Gobierno no quiere que se sepa.

            Los chicos no daban crédito. Un negacionista de la arbovirosis.

            —Los repelentes, la fumigación, las vacunas, todo eso no sirve de nada —siguió el hombre —. Lo único que sirve es rezar.

            Disimulando la risa, la chica le preguntó:

            —¿Y usted reza a la Virgen de Regla o a Yemayá?

            —Siempre a nuestra patrona, Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. Virgen santa, Virgen pura, líbrame de la calentura.

           Terminada la visita a la fortaleza, salieron con la intención de buscar un restaurante para comer. Pero no había restaurantes normales por allí, y no tuvieron más remedio que tomarse la segunda ronda de guarapo, la de la oferta del cincuenta por ciento. Sin comer, a la carrera porque perdían el avión, volvieron al centro y Rafael buscó a un colega para que los llevara a recoger el equipaje y al aeropuerto. Se despidieron con besos y abrazos. La chica pidió al cubano:

            —Deme su WhatsApp y le mando algunas fotos en las que salimos juntos.

            —No hace falta, señorita, de verdad.

                                                                                   FIN

XXXI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "Real Villa de Guardamar del Segura", 2026

 MODALIDAD: Relatos de igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres


GUANYADOR: Carlos Fernández Salinas

TÍTULO: El mar desde una nube aislada


Carlos Fernández Salinas, natural de Gijón, compagina desde hace años su profesión como marino y especialista en seguridad marítima con una sólida trayectoria literaria. Ambas facetas se entrelazan de forma natural en una obra muy vinculada al mar, a sus historias y a las vivencias humanas que lo rodean. Comenzó a escribir relatos en 2004, inspirado por una historia real que le contó un compañero de Salvamento Marítimo y con la que obtuvo su primer premio literario. Desde entonces, ha cosechado más de cuarenta galardones en certámenes de narrativa breve de toda España, además de numerosos reconocimientos como finalista y accésit. Gran amante del relato corto y admirador de Jorge Luis Borges, ha publicado el libro de cuentos Lo que la mar esconde y las novelas Los marinos prudentes leen las olas entre paréntesis y La estrella de sal. Su escritura, constante y cercana, bebe de las experiencias vividas en el mundo marítimo, convirtiendo la mar en uno de los grandes escenarios de su narrativa.

EL MAR 
DESDE UNA NUBE AISLADA
Carlos Fernández Salinas

El sol supera las paredes del valle, avivando los tejados. Las barbas de unas nubes emborronan el cielo por levante, el resto es azul, sin tacha. A ras de la lámina de agua, los graznidos de las gaviotas se superponen a los sonidos propios del astillero, una eufonía difícil de describir con un lenguaje de por sí hostil a la onomatopeya. «Se levantará viento al mediodía» calcula María al tiempo que arranca el motor de la lancha, lo que provoca un estruendo que espabila al perro que dormita en la caseta del patrón. Por el pantalán un marinero camina displicente para liberar las amarras de las cornamusas. Viste unas bermudas que en realidad son unos viejos pantalones vaqueros a los que se les han arrancado las perneras. El marinero es de la edad de María, empero se comporta como un adolescente descreído. «Le he dicho mil vecesque no se ponga chanclas para el trabajo y él como si oyera llover», se lamenta María a la par que comprueba los manómetros y demás artilugios que indican el estado de la embarcación. El marinero salta a la cubierta y de un gesto rápido le hace ver que están libres del atraque. María da marcha atrás y la lancha comienza a alejarse del pantalán, con la intención de revirar cuando se encuentre libre de las demás embarcaciones que amarran en la dársena.

Mientras María maneja las cabillas del timón, alineándose con la ría, el marinero prepara las cestas y los bicheros dispersos por cubierta. Lleva un cigarrillo colgado del labio del que milagrosamente no se desprende la ceniza. El astillero, con sus sincopados golpes de martillos y taladros, queda atrás. Un jubilado que recorre el paseo paralelo a la ría, los mira con curiosidad, como queriendo adivinar de qué embarcación se trata. Las olas, traviesas, se arremolinan en la barra, de ahí que María les exija un mayor esfuerzo a las bielas del motor. Una vez superada la bocana, el mar se abre a sus ojos como si lo estuviera observando desde un noveno piso. María cae a estribor y pone el piloto automático rumbo al Este. Luego, sale a cubierta a ayudar al marinero a preparar los utensilios de limpieza. Este ni siquiera la mira. No hay conversación entre ambos ni gestos de complicidad.

La mujer deja pasar los minutos que faltan para llegar a la playa improvisando un ballestrinque en un cabo deshilado. Entretanto, el marinero contesta los mensajes de su móvil. A María se le hace difícil imaginar que alguien quiera intercambiar vivencias con ese chisgarabís. Al momento se desprecia por verse atrapada en pensamientos vulgares, propios de resentidos. Bien sabe que esta forma de razonar tiene el potencial de convertir su cerebro en un mar proceloso de olas desbocadas. «¡Qué fácil es culpar a los demás de nuestras frustraciones!», se reprocha María, quien se siente una persona incapaz de empatizar con la gente. Tampoco se ve atractiva, siquiera interesante. Enjuta y discreta, viste con ropas sintéticas de corte deportivo que bien le podrían servir para caminar por el monte. El pelo bermejo lo lleva recogido en una sempiterna cola de caballo, nada de maquillaje ni concesiones a la estética. ¡Si al menos pudiera borrar de su rostro ese rictus de severidad que le endurece las facciones!

María trabaja en una lancha que en verano retira la basura que flota en las inmediaciones de las playas: envases, bolsas de plástico y otros derelictos. Su contrato dura cuatro meses, el resto del año sobrevive sirviendo copas, de reponedora en hipermercados o cuidando a ancianos. Precisamente este ha sido su último trabajo antes de que comenzara la temporada estival. Los ecos del episodio aún resuenan en su confuso corazón. ¡Todo fue tan extraño! Contactaron con ella una tarde para que se presentara a primera hora de la mañana. La vivienda era un piso de techos altos con un olor recalcitrante a mueble antiguo. La mujer que vivía con su anciano padre, antes de irse a trabajar le repitió los detalles que le había adelantado por teléfono: persona con la cabeza ida, huraño de carácter, corto de vista y de movimientos, lo tendría que sacar a pasear en silla de ruedas. María aguardó en el salón a que el anciano se despertara. A la media hora sonó una campanilla.El anciano estaba sentado en un borde de la cama, con la camisola del pijama abierta. De la pechera de la camiseta interior asomaba una pelambrera cenicienta. El hombre la miró desconcertado, pero al momento volvió a dirigir sus ojos a un punto indefinido. En ese lapso, María no movió un solo músculo, como si le faltara el aire. Acababa de reconocer unos ojos que en su día habían sido de un verde inusual y ahora lucían apagados y vidriosos, los ojos del hijo de puta que le arruinó la vida.

La lancha avanza a la velocidad de un caracol. María y el marinero han extendido los tangones con las redes y comienzan a recoger la basura que flota en el agua. Desde su posición apenas divisan usuarios en la playa. Un par de cometas festonean el cielo con sus colas de colores. A esas horas el sol es una realidad de un amarillo nítido y un tamaño manejable.En contraste, los recuerdos de la mujer no son luminosos, sino una esquirla de luz en un sótano en ruinas.

Desbordada por la situación, María se limitó a poner al anciano un batín y conducirlo a la cocina para darle el desayuno. Sin articular palabra, le suministró las dosis de pastillas anotadas en un papel que colgaba del frigorífico. Era como si le estuvieran gastando una broma macabra. Había conocido esa sombra de hombre cuando ella tenía catorce años. Por entonces su vida era idéntica a la que llevaba cualquiera de sus amigas: escasez de silencios y exceso de risas inopinadas. Sus padres, pertenecientes a esa reducida clase media que ama la cultura, la habían animado a que aprendiese a tocar el piano. Desde los seis años María les dio ese placer, aprobando brillantemente los exámenes hasta que llegó al grado donde se le exigía superar una prueba acompañada de un violín. Para preparar el examen sus padres contrataron los servicios de un violinista que se anunciaba en el tablón del conservatorio, uno de tantos músicos que completaban su modesto salario en la orquesta filarmónica provincial dando clases particulares. El hombre se ganó a los padres asegurándoles que el sentimiento con el que tocaba María suplía con creces las carencias técnicas propias de la edad, las cuales podían ser corregidas con la debida paciencia. No pudieron escuchar mayor halago. El que su hija dominara un instrumento al que en su día ellos no tuvieron acceso, compensaba el esfuerzo que suponía que un violinista profesional acudiera dos veces por semana al hogar familiar. Si bien con los padres él se mostraba encantador, con María era parco y exigente, lo cual la amedrentaba. Por muchas horas que practicara, nunca obtenía un visaje de aprobación.

En cierta ocasión, el violinista invitó a la familia a un concierto que iba a dar en la fundación de una caja de ahorros acompañado de un segundo violín y de un chelo. Por motivos de trabajo los padres no podían asistir, pero animaron a la niña a que lo hiciera. La sala estaba a medio aforo y el concierto resultó intrascendente. Al finalizar, María esperó a que su profesor, vestido con un esmoquin deslustrado, se despidiera de los asistentes para darle un obsequio que sus padres le habían comprado a modo de disculpa por su ausencia. El hombre, henchido como un pavo real, no quiso abrirlo en la sala y la llevó a su improvisado camerino de donde los otros dos músicos salían raudos para no perder un autobús. Tras cerrar la puerta, la agarró con fuerza del brazo y la postró de espaldas sobre un pupitre donde la violó sin preámbulos. Sucedió tan rápido que María no fue consciente hasta que él le tuvo que subir apresuradamente las bragas al escuchar que otras personas llamaban al camerino para saludarlo. María regresó a casa procurando que el rimero de semen y sangre que recorría sus muslos pasara desapercibido.

La lancha se mece entre las olas con la precisión de un metrónomo perezoso. Sin un propósito concreto, el perro camina por cubierta con las patas bien abiertas para no resbalar. Según el sol alcanza su cénit, comienza a levantarse una tenue brisa del NE’. Complacida, la piel del mar se deja acariciar por las manos del viento. El marinero ha sacado un bocadillo y una lata de cerveza. María no tiene hambre. Nunca la tiene.

Abierta la veda, el hombre de modales exquisitos y alma de cerdo siguió abusando de la niña, ahora en la propia casa de María aprovechando las ausencias de unos padres que, ciegos, le preguntaban cuándo habría un nuevo concierto al que ellos pudieran asistir. En aquel escenario insólito e inesperado, la niña no supo reaccionar. Solo empezó a tomar conciencia del verdadero alcance de la ignominia al escuchar a sus amigas relatar lo que le había sucedido a tal o cual conocida. En cualquier caso, María se guardó todo para sí. Al tiempo se volvió arisca y comenzó a descuidar sus estudios. Una tarde que tenía clase con el violinista, no se presentó en casa, regresando a las tantas, borracha y desafiante. Los conflictos que nunca había tenido con sus padres ahora estaban a la orden del día. Para disgusto de estos, abandonó el piano. Mientras estudiaba la carrera que nunca terminó, buscaba trabajos ocasionales y en cuanto tuvo la oportunidad se fue de casa. Nunca mantuvo una relación que le durara más de unas semanas, pues no había jabón capaz de desprenderle la costra de ponzoña que llevaba adherida a la piel.

Y de pronto resulta que la vida, burlona, va y le devuelve a ese ser repugnante para que se tomase venganza. Bastaría con equivocarse en la dosis de una de las innumerables pastillas que él, confiado, engullía de su mano. Estaba tan ido que no la había reconocido. Pero ¿cómo podía estar segura de que era él? En la casa no había rastro de su carrera musical, como fotos ejecutando una pieza o con otros músicos, diplomas o placas de reconocimiento. Su hija tampoco le había mencionado a qué se había dedicado su padre, como si aquel pasado, lejano e intangible, ya no fuera relevante.

Una mañana lluviosa en la que no podía sacarlo a pasear, mientras el anciano vegetaba en su sillón, a María, aburrida, le dio por buscar en su móvil el dúo para violín y piano Opus 24 de Fauré. De súbito había recordado que era una de las piezas que los dos habían ensayado hasta la extenuación. En esos momentos el anciano permanecía con los ojos fijos en un punto indefinido de la pared. María puso el altavoz de su móvil al tiempo que se sentaba en un brazo del sillón. Según la música llegó a los oídos del anciano, este empezó a sacudir su cuerpo a la par que emitía gemidos guturales. Angustiado, intentó levantarse del asiento, mirando con ojos suplicantes a María para que apagara el móvil. Lejos de complacerle, ella subió el volumen. Tras agotarse en una secuencia de movimientos descoordinados, el hombre se dejó caer sobre el sillón, y al poco volvió a mirar a la pared, inane. María se percató de que las lágrimas recorrían los pómulos del anciano al compás del dueto de Fauré.

En lontananza, el mar y el cielo se unen por un cordón de soldadura al que llamamos horizonte. Hoy el piélago es de un azul cobalto conmovedor. El esplendor de las aguas milenarias hace sentirse al navegante débil e insignificante. «Aún queda para que el NE’ se desboque», calcula María. Sin previo aviso, pone un rumbo que los aleja de la costa. Desde la cubierta el marinero mira inquisitivo hacia la caseta del patrón, sin que ella le dé explicaciones.

La constatación de que el anciano era su némesis, despertó en María un hado de crueldad en ella desconocido. En cuanto tenía ocasión, le ponía el dueto de Fauré. Disfrutaba viendo cómo él se revolvía ansioso, hasta que, exhausto, volvía a su estado de postración con las lágrimas recorriendo sus mejillas. Pasaron las semanas. Por algún motivo arcano, tal vez por hastío, tal vez por un sincero examen de conciencia, María interpretó que la crueldad gratuita no le llevaba a ninguna parte. Aunque aún faltaba un mes para la campaña de verano, mintió a la hija del anciano diciéndole que la habían llamado del servicio de limpieza de playas, y que, por tanto, tenía que dejarlo. A pesar de los ruegos de la hija, que incluso le ofreció asegurarla y una subida de salario sustanciosa, María se despidió.

Hace unos días, tras finalizar su jornada en la lancha, recibió una inesperada llamada de la hija del anciano. «Quizás te interese saber que mi padre ha fallecido», le informó con voz emocionada. También le comentó que, ante la inminencia del desenlace, y a pesar de su estado calamitoso, su padre fue capaz de pedirle que le entregara a su antigua cuidadora un objeto que en su día para él fue muy valioso.

A una milla de la costa, lejos de ojos curiosos, María detiene el motor y sale a cubierta asiendo un estuche. El marinero sigue sin entender. La mujer coge unos pequeños contrapesos de hierro que usan para mantener firmes las redes con las que recogen la basura. Cuando abre el estuche, el barniz de un violín vetusto refulge al sol. El marinero observa cómo María introduce los contrapesos en el estuche. Luego lo cierra y cogiendo impulsolo arroja por la borda con la determinación de una lanzadora olímpica. Tras flotar unos instantes, el violín se hunde como un buque herido. Estupefacto, el marinero mira a María. Los dos mantienen un pulso sujetándose los ojos. De súbito, él estalla en una carcajada ruidosa y ella lo acompaña. Ríen y ríen hasta que les duele el estómago. El perro, en su inocencia, comienza a ladrar. El marinero se acerca a su mochila y saca dos cervezas. María acepta y mientras las saborean, la pareja juega despreocupada con el perro.

Llega el momento de regresar. Antes de arrancar el motor, María  sucumbe a la tentación de mirar hacia el lugar donde perdió de vista al violín. Ni rastro del estuche, como si nunca hubiera existido. María da marcha avante y pone proa a casa. La lancha regresa al puerto con una bandada de gaviotas trenzando un abanico sobre la estela. Manejando las cabillas del timón, María inhala la brisa salada al tiempo que sonríe. Sonreír es maravilloso, se repite. Quiero sonreír hasta que me duelan los labios. Nunca voy a dejar de hacerlo.

—Fin—




XXXI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "Real Villa de Guardamar del Segura", 2026

MODALIDAD: Relatos de temàtica libre escritos en castellano

GANADOR: Daniel Sánchez Serra

TÍTULO: Un bronce romano

Nacido en Orihuela en 1958, obtiene en 1980 la licenciatura en Historia del Arte por la Universidad de Valenciay durante treinta años desempeña actividad profesional en banca hasta su jubilación. Apasionado desde la niñez por la lectura, realiza desde 2017 varios cursos de escritura creativa. Su primera novela, “La fragua”, fue preseleccionada en el Premio Ateneo de Valladolid en 2022 y 2024, en el Premio Torrente Ballester 2023 y una de las diez finalistas en el Premio Ciudad de Badajoz 2023. Es autor de cuentos y microrrelatos, varios de ellos publicados en los libros colectivos “Visitas” (Ed. Agoeiro, 2022), “Tertuliaños10” de la Tertulia Literaria de Guardamar de la que es miembro desde hace nueve años), y “A la llum del cresol” (Tertulia Artístico-Literaria El Cresol de Crevillente, 2022). Su segunda novela, “La fíbula de Sepelaci” obtuvo en Madrid el X Premio RroseSélavy de Novela Histórica de Ediciones Ápeiron y fue publicada en 2024.


UN BRONCE ROMANO
Daniel Sánchez Serra

¡Aparta de ahí, niñato! ¡No ves que me tapas la luz! Esa ventana es mi único contacto con el mundo y no quiero que nadie me impida verlo desde aquí. Sí, a veces también les grito a los conserjes para que no corran la cortina, que no sé para qué lo hacen, porque a mí la luz y el sol no me molestan, al contrario; pero, claro, aunque me desgañite, ellos no pueden oír mi voz de bronce. ¡Y ni se te ocurra acercarte para tocarme!, porque entonces saltarían las alarmas que me han puesto a cada lado de la peana. ¡Vaya tontería! Como si el metal con el que me fundieron se fuese a alterar por el roce de un muchacho. ¡Lo que daría yo por una caricia humana después de tantos siglos…!Si quieres contemplarme puedes sentarte en aquellos sillones destinados a las visitas, y si no tienes prisa, te contaré algo de mi historia. Son pocas las ocasiones en que puedo hacerlo y sólo ante chicos como tú, curiosos y con los sentidos tan abiertos como la imaginación.

            Como puedes ver,vivo aquí, sentado sobre esta piedra falsa que me pusieron hace muchos años, desde que me trajeron a este museo en compañía de ese que tienes ahí al lado. Sí, ese que está de pie con una lanza, también falsa, que le dieron porque la suya la perdió ni se sabe cuándo. A él, los historiadores que nos catalogaron dieron en llamarle Gobernante helenístico… ¡Pues no te lo creas!¡Nada de nada!, ni «gobernante» ni «helenístico». Sólo era un tonto presumido que no hacía otra cosa que pasearse y lucir palmito por las termas que nuestro señor, el emperador Constantino, construyó no muy lejos de aquí a principios del siglo iv, hace una eternidad. Allí, además de bañarse, los hombres ya maduros procuraban hacerse amigos de otros más jóvenes para conversar con ellos y enseñarles todo lo que sabían. Éstos, si querían rechazar ese ofrecimiento, se hacían un nudo más en la toalla que les cubría, pero si lo aceptaban se la quitaban y la tiraban al suelo. Es lo que ahora, aunque no tenga nada que ver, en el mundo del boxeo y en la propia vida llamáis «tirar la toalla», como si eso fuera un sinónimo de rendirse…¡Pero, bueno!,  cuando seas más mayor lo entenderás del todo.

            Y de mí, como tampoco sabían nada, me llamaron Púgil en reposo, o también Púgil de las Termas. Ya ves que no fueron nada originales, porque yo era muy asiduo de los baños, en especial tras los combates. En ellos, el agua caliente alternada con la fría y una larga sesión de buenos masajes con aceites eran capaces de relajar cualquier músculo dolorido. ¡Aaay…, lo que daría yo ahora por un masaje de aquellos!

            Nos encontraron en 1885 durante una excavación en las ruinas de las termas, que estaban situadas en las  faldas de la colina del Quirinal. Y claro, tú pensarás que aquellos gigantescos baños estarían adornados con multitud de estatuas de bronce. Pues sí, sí las había, pero la mayoría era de mármol, más idóneo para soportar la humedad. Extrañamente, aquí mi apolíneo amigo y yo fuimos enterrados solemnemente en aquel lugar. ¿Acaso nos consideraban dioses o semidioses? Por supuesto que no. ¿Tal vez habíamos muerto jóvenes y nos querían rendir homenaje? Pues en realidad, no lo sé. ¿Éramos amigos íntimos del emperador y éste quiso enterrar nuestros cuerpos de bronce para que nuestra alma fuese inmortal? Pues tal vez sí. Porque mi compañero seguro que gozó de la compañía de Constantino el Grande, pero yo solo recuerdo que acudía a verme pelear de vez en cuando. Aún le veo en la grada, pendiente de cada golpe, de cada gesto, de cada mueca mía, fuera de dolor o de triunfo. Desde su lujoso sillón, lo vivía de una manera tan intensa que parecía como si fuera él quien combatía, y yo una simple prolongación física de su cuerpo, de sus brazos, de sus puños…

            Creo que me admiraba, y por eso quiso hacerme este homenaje y enterrar mi mortaja de bronce con todos los honores. Si esa fue su voluntad, le agradeceré eternamente su intención, pero ojalá nunca lo hubiera hecho y así mi alma se hubiera perdido junto con mi nombre en la noche de los tiempos, al otro lado de la laguna Estigia, en el inframundo.

            Nadie es capaz de comprender las consecuencias de esa decisión y el sufrimiento que llevo arrastrando desde hace tanto tiempo. 

            Tú quizá sabrás que lo mejor que le puede pasar a un púgil triunfador es morir joven para ahorrarse los años de decrepitud, pero no la decrepitud física, que esa, a poco que tu cuerpo esté sano y te cuides, tarda en llegar. Lo peor es la decrepitud de tu espíritu, de tu pensamiento, de tus capacidades… La empiezas a notar cuando te cuesta razonar, cuando la memoria se ausenta poco a poco, cuando ya no sabes ni cómo hacer las tareas más sencillas.

            Por lo poco que recuerdo, yo tuve que morir más o menos joven, pero lo suficientemente viejo para este trabajo, justo cuando todavía mantienes tu fuerza, pero ya ves cómo cualquier fornido y entrenado muchacho es capaz de cansarte, agotarte y machacarte con golpes que ya no atinas a detener. Esa es la vida del luchador, y en definitiva la de cualquier ser humano: aprender a detener los golpes, y para eso primero hay que recibirlos; saber encajarlos, a pesar de que te duelan en el alma; y si puedes, llegar a conseguir pararlos. No se te olvide esto nunca: de las derrotas siempre se aprende, de las victorias jamás.

            Lo que más echo de menos es la camaradería que había entre los púgiles. Aunque en un combate tuviésemos que destrozarnos a puñetazos, nuestro compañerismo era total antes y después de la pelea. Salvo casos muy excepcionales, no había rencores ni envidias. Sólo teníamos un destino: proporcionar un espectáculo violento a los espectadores para que disfrutasen, y a eso dedicábamos nuestra existencia.

            En el fondo, aquello era todo un gran teatro, pero los golpes eran reales y dolían de verdad. Por fortuna, para evitar sus consecuencias llevábamos algunas defensas, como estas que ves en mis manos y en mis brazos. Tratábamos de proteger con ellas los nudillos, las manos y la robustez de unos miembros que eran nuestras armas de trabajo. Salvo un ligero y corto faldellín, íbamos desnudos y la fortaleza de los músculos era la única protección de los órganos vitales. No cabía otra opción. Era nuestra manera de vivir, sin cuestionarnos el futuro y preparados para la muerte en cualquier momento inesperado.

            Y ahora que te hablo de la muerte, creo que vosotros, los jóvenes de esta época, pensáis que no hay cosa peor que estar muerto en vida, sin objetivos, sin placeres, sin vivencias… Pues estáis muy equivocados. Hay algo peor… y es lo que me ocurre a mí: estoy vivo en la muerte.

            Te explico: yo estoy muerto, mi cuerpo físico no existe, pero mi alma sí. Desde aquel entierro ritual con el que Constantino me obsequió, mi espíritu quedó preso en esta funda de bronce, y así pasaron los siglos y las gentes. Del tiempo que estuve oculto y enterrado bajo las ruinas nada recuerdo, pero desde que salí a la luz, o mejor dicho, me parieron de las entrañas de la tierra, guardo en la memoria todos los avatares que han ocurrido. Esto de la arqueología es como un gran parto con herramientas de esas que usan para sacar a un niño del vientre de su madre. El niño no tiene más remedio que salir, porque de lo contrario muere; pero a mí nadie me preguntó si yo deseaba ver la luz de estos tiempos vuestros, o si me parecía bien interrumpir mi plácido sueño de siglos sin ver ni oír nada, en absoluto silencio y oscuridad.

            Tanta rabia me dio que sólo pude juntar todas mis fuerzas para reblandecer el bronce y poner este gesto que ves, un gesto de furia y coraje para enfrentarme a cualquiera que me mire, y te aseguro que todo el que entra en este museo me mira, y muchos hasta me miran mal. Yo creo que debe ser porque me faltan los ojos, que eran unas incrustaciones muy bonitas que debieron caerse en alguno de mis trasiegos; y las cuencas vacías hacen mi rostro mucho más severo, tanto que algunos niños se asustan al verme.

            Y puedo comprender que mi aspecto dé algo de miedo, pero lo que más me enternece es dar pena. Algunas madres de niños pequeños, acostumbradas a curarles las heridas que se hacen jugando o en la escuela, casi lloran al ver las mías. Aunque en el cuerpo tengo muy pocas, señal de que supe defenderme bien en combate, mi cabeza y mis dedos están cubiertos de ellas; menos mal que son de bronce y no me duelen. Además, también son de cobre rojizo, porque en esto de las heridas de metal, el fundidor que me creó se empleó a fondo, rodeando todos los bordes de los cortes con láminas de cobre rojizo que asemejan la sangre de las heridas recién abiertas. Y también me llenó el muslo y el antebrazo con pequeñas gotas cobrizas como si fueran las salpicaduras de los borbotones sangrantes de mi cabeza al girarme tan bruscamente. ¿Comprendes ahora por qué solo soy capaz de dar miedo o pena?

            Míralas si quieres, pero no te aflijas al verlas, ya te he dicho que no me duelen. Lo que sí me fastidia es no poder levantarme de esta piedra y estirar las piernas, aunque solo fuera durante un rato por la noche, cuando no hay visitantes. Si fuese humano y tuviera que estar tanto tiempo sentado, ya habría perdido la musculatura y estaría completamente entumecido. El bronce tiene sus ventajas… Pero bueno, no quiero aburrirte más, y veo que por ahí viene alguien…

*   *   *   *   *

            —¡Pedro, despierta, que ya nos vamos!

            El muchacho, aún somnoliento, se incorporó en el sillón y se frotó los ojos. Luego dirigió la vista hacia el púgil de bronce, se levantó y fue hasta él, lo abrazó y le besó las heridas de la cabeza, al tiempo que sonaban estrepitosamente las alarmas de presencia que rodeaban la peana.

            —¡No, non preocupparti…!¡Nessum problema!, ¿sei spagnoli? —gritó y preguntó el vigilante del Palazzo Massimo alle Terme cuando se acercó al atribulado padre, cambiando enseguida de idioma—:No se preocupe…, suele ocurrir a menudo. Es frecuente que los niños se duerman en ese sofá y, al despertar, se abracen a la estatua de bronce. ¡Algunos de los más pequeños se excusan diciendo que el boxeador habla…!


 

XXXI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "Real Villa de Guardamar del Segura", 2026

  MODALITAT: Relats de temàtica lliure escrits en valencià


GUANYADOR: Marc Illan Mata

TÍTOL: Revolució obrera

Entusiasta de la narrativa curta en la nostra llengua, vaig nàixer a Sant Joan d’Alacant (l’Alacantí) el 1961. Vaig treballar de mestre en centres de Primària i Secundària al llarg de 40 anys de professió.

Duc en el record, immarcesciblement, la gent de la Vila Joiosa, perquè vaig fer feina en una escola meravellosadurant tretze anys, el mateix període de temps a l’IES Clot de l’illot del Campello, localitat on visc i, també, vaig gaudir dels sis anys que vaig estar destinat a l’Institut espanyol Giner de los Ríos de Lisboa.

He estat guardonat a Ibi, Paterna, Novelda, Calp, Sant Joan d’Alacant, el Campello, Montcada i Reixach, l’Escala, Cubelles, Barcelona, Tarragona, el Puig de Santa Maria, Alcoi, i, per dues vegades, a Guardamar del Segura: el 2005 i enguany.

REVOLUCIÓ OBRERA 
Marc Illan Mata

Se sent nítidament una veu persuasiva a l’interior de l’establiment comercial.És l’inici de l’horari d’obertura al públic. L’al·locució, ferma i metàl·lica, que ha estat prèviament enregistrada, saluda amb aplaudiments els primers compradors.Perquè no és un dia qualsevol.
 
“Donem la benvinguda a la nostra clientela. Hem apostat decididament per la renovació de les nostres botigues a fi d’optimitzar el temps i l’experiència de compra. Amb un concepte innovador amb què la comoditat, el disseny i la tecnologia cobren protagonisme. El nostre repte és fer més prop el futur, fer cada tenda més eficient i respectuosa amb el medi ambient...”
 
La botiga ha canviat per dins. A bastants clients els ha costat de trobar algun producte. Tot i els avanços de les noves caixes, el que no canvia mai és l’instant final del procés de compravenda; és el torn d’una dona en una caixa de l’hipermercat.
La caixera, molt jove, li diu l’import i la clienta obri el moneder per pagar en efectiu, tot queixant-se dels preus en general, que una cosa és la inflació oficial i una altra molt diferent la vida real, que la pujada del preu dels aliments no té sostre, que no arriba a final de mes; però no diu ni pruna dels guanys de l’apartament vacacional de la seua propietat, de les quotes de l’entrenador personal que pot permetre’s, de la pòlissa de l’assegurança mèdica privada integral que paga diligentment cada any, de la nova cuina que estan fent-li a l’adossat...
La caixera li pregunta si té el cotxe al pàrquing i ella mou el cap afirmativament. En un moment i de sobte, un home, que espera ser atés a continuació, hi fica cullerada.
- S’ho munten molt bé, els capitosts de l’empresa. Invertiran sí, però els beneficis no minven. Ben al contrari, augmenten, i bona cosa. Fan l’agost tot l’any, els amos, i podrits de diners decideixen quan, com i quant pugen els preus, i nosaltres ens ho empassem tot. Som idiotes, una caterva d’estúpids fent cua, mentre ells s’embutxaquen a mans plenes. I alguns dubten encara de fer la revolució. On és el proletariat oprimit?
La caixera compta els diners i transmet a la dona la quantitat exacta que li ha estat lliurada per tal d’evitar equívocs o enganys. A més a més,ha rebut instruccions concretes quant a la prudència i la solvència, i fa que no l’escolta, a l’home, que el seu deure és mostrar la cara amable i feliç mentre passa els articles per l’escàner i comprova que l’engranatge comercial funciona perfectament,  tot exhibint uns llavis i unes dents lluents en una boca de maduixa i ivori.
La dona dilata l’eixida, que compta els diners sobrants i verifica l’exigua morralla: unes poques monedes de cinc, deu i vint cèntims. I fa una ganyota de resignació. Per la seua banda, el ciutadà de les causes perdudes, que passa de la cinquantena, trau la cartera per fer ús de la targeta i veu que li cauen dos bitllets de vint euros en terra en el precís moment que la caixera li fa una pregunta, que ell respon.
- Voldrà alguna bossa?
- No, gràcies. Ja en tinc unes quantes al cotxe.
- Recorde fer ús del tiquet.
- Per descomptat.
La dona, que havia posat les dues bosses de la compra al carro, s’ajup i agafa els bitllets amb total tranquil·litat. Ell l’ha vista, i somriu, que vol agrair-li el favor d’agafar-los abans que no ell, i per ço estirà la mà perquè li’ls done, quan sent una asseveració difícil d’entendre.
- El que es troba en terra és de qui s’ho troba.
I, inesperadament, la dona se’ls fica al moneder i fa la maniobra d’escapolir-se, d’anar-se’n sense immutar-se, tot i l’expressió contrariada del rostre de l’home.
I ell, bocabadat, esbalaït, que al·lucina, mira la jove que és darrere seu, tot esperant amb el seu testimonila solidaritat i l’oprobi de la indivídua, però s’adona, per la seua actitud,que no ha vist res, que, en canvi, arrima el carro a la cinta transportadora, amb cara de magranetes agres, al constatar que no avança la cua con cal.
- Afanye´s, que no veu que està retardant el treball de la xica.
I la xica, que era la caixera dels llavis molsuts i el rímel intens, fa una cara indefinida entre l’estupor produït per l’afer dels bitllets i la sotsobra provocada por la nova clienta.
L’home pot tocar-li el braç, a l’afanadora de nou encuny, i aquesta d’un rampell, se’l lleva de damunt i abandona l’indret entre la fingida indignació i la satisfacció per l’impensat present.
- No em toques els collons. Dona’m els diners.
I la guilopa, que no diu ni pruna ni pera, més fresca que una cama-roja, tira pe rl’ample corredor, al final del qual hi ha la porta corredissa. En detectar el carro, la porta s’obre automàticament i ella continua amb la cadència regular de les seues passes i l’hàbil conducció del carro. Però ell, encès com un lluquet, la segueix amb el carro desbocat i, amb els ulls eixerits, observa com es detura on havia estacionat el seu vehicle.
Amb aires de suficiència la dona deixa les dues bosses de la compra en terra i amb el comandament ordena l’obertura de la porta del maleter del seu Kia Sportage.
L’home deixa el carro de la compra a un costat del tot terreny i en un bell en sec agarra les dues bosses de la dona i les deixa caure al costat de les seues, i,amb la commoció de la ràbia i l’entusiasme de la justícia, l’esguarda fit a fit, que no podia deixar que isquera impune de la seua malifeta.
En un bufit culmina la proesa amb un somriure cremador, tot espletant, al remat, la mateixa dita a la infractora de les regles de la cortesia i la urbanitat:
- El que es troba en terra és de qui s’ho troba, filla de puta.
L’ofesa crida però ningú no l’auxilia i ell toca el dos envers el seu vehicle, fica tot precipitadament al seient del darrere, i,amb l’excitació de l’instant, engega el motor de l’AudiA3 per abandonar el recinte comercial.
En només un quart arriba a la seua destinació. Saluda, de gairell, el porter, que està agranant l’entrada principal de l’edifici residencial, i entra al garatge per posar el cotxe a la plaça corresponent. En acabant trau del maleter tres bosses de ràfia, de base ampla, per ficar les compres pròpies. I com que en fan un total de cinc, de bosses, més la marraixa de detergent de cinc litres,li cal repetir tres vegades l’anada i la tornada des de l’aparcament a la porta de l’ascensor.
Tot seguit polsa el botó quatre, el nombre de la seua planta, clava les bosses i el detergent a l’habitacle i, mentre s’eleva l’aparell, té temps de sobra per repassar el conflicte i la seua immediata resposta, que considera modèlica i audaç. I fa un gest d’autocomplaença: a la desgraciada li havia eixit el tir per la culata.
En escoltar “planta quarta”, s’obri la porta de l’ascensor, trau totes les compres i les duu al replà del seu apartament. I llavors desactiva l’alarma amb l’app instal·lada al seu mòbil d’última generació.
Ja a casa, recuperat totalment del baticor, deixa les tres bosses de la seua compra damunt del taulell de cuina,que està en punxes per vore el contingut de les bosses alienes, que col·loca al bell mig de la taula de la cuina.
En un tres i no res, la satisfacció ompli de llumetes el seu semblant: quatre bistecs de vedella, dos filets de salmó, una dotzena d’ous, una pastilla de xocolate negre al 92%, sis brics d’un litre de llet sencera, una malla de tres quilos de taronges, una selecció de formatges d’alta qualitat, sis llandes de tonyina en oli d’oliva verge extra i una ampolla de vi negre, del Priorat, de la collita del 2021.
- No està gens malament per quaranta euros­­–va dir-se.
I de seguida el somriure el mena a dividir en tres parts totes les viandes i tots els productes de drogueria i neteja, de manera que una va al congelador;la segona, a la nevera i l’última, per fi, al rebost.
Content i pagat lleva el suro de la botella de l’abellidor vi per deixar-lo reposar a la tauleta del menjador mentre es dutxa. L’aigua, generosa, és reparadora i cordial. Li agrada molt calenta, tant, que quan ix del bany el vapor ha entelat tot el mirall i no li consent vore ben bé les faccions de la seua cara.
S’eixuga pacientment i es posa una roba més còmoda. Ja a la cuina busca una copa, esvelta i delicada, de les grans, que sap que són les ideals per oxigenar i potenciar el sabor, i agafa l’ampolla, alegrement. Aboca el criança a l’acollidora copa i el paladeja a poc a poquet, bo i gaudint d’alguns dels formatges,en especial del curat, un Comte francés, pel seu final en boca accentuat i un aroma amb notes afruitades. Un bon maridatge que allarga el plaer de les coses mundanes amb el regust incontestable de la victòria.
Està relaxat. Ordena a Alexa d’encendre la televisió. A l’acte apareix un canal privat: és temps de publicitat... Sap que entre vint i trenta segons és la durada d’un espot. Però se li escapa un “a qui no vol brou, dues tasses”.
 
(Música festiva, llum, color i rostres feliços a l’interior del’hipermercat). Unes paraules fermes: Qualitat a bon preu. Ofertes i promocions al llarg de tot l’any. La cadena ha apostat decididament per la renovació de totes les tendes a fi d’optimitzar...
 
No acaba de vore’l, l’anunci, que ja se sap la cantilena del màrqueting de l’empresa. Aleshores agafa el comandament i busca una altra opció.
Un programa de televisió planteja un tema d’actualitat: el poder adquisitiu de la ciutadania en la societat capitalista contemporània. A ell li interessa d’allò més la proposta i apuja el volum del comandament.
 
“La distribució desigual de la riquesa és una eina de destrucció social. L’objectiu principal del capitalisme no és obtindre productes destinats a satisfer les necessitats humanes, sinó la generació de guanys a partir de la comercialitzaciódels articlesi dels serveis. Per tant, el sistema és cruel i fa més grans les diferències entre els poderosos i les classes socials més desfavorides...”.
 
En un moment determinat, intervé el moderador del programa que confirma la participació d’un eminent catedràtic d’universitat expert en la matèria. La video trucada permet vore’l i escoltar-lo perfectament.
L’entrevistador va directament al gra.
- Creu que els governs poden fer més o tenen les mans lligades per l’especulació i el gran capital?
- Els governs no han estat capaços de revertir la situació. Han pogut rebaixar els impostos dels productes i dels subministraments durant un temps, però també és cert que han de fer front a unes despeses socials brutals, i és que l’Estat del benestar no pot assumir tot el que la ciutadania voldria.
- El preu de les coses, disparat. Abans, fa uns anys, amb quaranta euros podies comprar els productes bàsics i ara...
- Ara, i perdó per l’expressió, ni per a torcar-se el cul...Una victòria més del sistema.
Amb un tercer glop l’home acaba la copa i, abans de deixar-la damunt de la tauleta, s’adona que el vidre reflecteix la seua figura, i que ho fa amb certa hostilitat, com si submergira el seu cos en l’ombra, tot engrandint-se i empetitint-se amb els moviments alternatius que ell genera amb la inquieta mà dreta.
Amb tot, mira de refer-se, que no cal flagel·lar-se així, que cal recompondre la situació, i decideix no vore’s més al vidre, i alena a espai, i es frega les temples. Creu que el cor i la raó poden anar a l’una, envers una mateixa direcció. I torna a reflexionar sobre els ideals i el pragmatisme,intentant llevar-seel pes dels miserables bitllets que li clivellen la consciència de classe.
I, quasi d’esme, reviu quan era un xicot i entrà a treballar en “Aluminis Roig” i com, a poc a poquet, que era molt solt en la faena, aconseguí la màxima confiança del patró, que, prop de la seua jubilació, li plantejà la possibilitat de dirigir el negoci per tal com ell no tenia descendència. Ell acceptà la proposta i decidí no sols mantindre el nom de l’empresa, sinó també augmentar el nombre d’obrers, de manera que la rendibilitat superà les seues expectatives. Ell no s’havia trobat el premi en terra per atzar;que tot s’ho havia guanyat a pols.
No obstant això, sap diferenciar la seua nova condició econòmica de la justícia social universal. Mentre recorda aquells moments, l’entrevista al professor discorre amb fluïdesa i fàcilment comprensible per l’audiència.
- No hi ha, aleshores, un interés general pel bé de la col·lectivitat?
- La comunitat és un concepte que implicaria la generació d’uns enormes esforços socials, valoraria el grup en el més ampli sentit de la paraula; però, per desgràcia,el capitalisme ja no és ni aquell primitiu símbol de la llibertat, de la individualitat, ni tampoc la sana compartició d’objectius; ara per ara és una arma de destrucció basada en l’acumulació de riquesa en mans d’uns pocs.
- I així els beneficis nets de les corporacions transnacionals assoleixen nivells inimaginables.
- Són xifres desorbitades que no tenen límits, i un bon exemple d’aquesta ambició insaciable són les retribucions salarials extremadament exagerades dels alts executius. Narcisisme, egolatria, en definitiva.
- Mentre la classe treballadora s’enfonsa.
- Se sent sotmesa i abandonada, immersa en un estrés continu.
I si acompanya una segona copa amb un discret sopar? La idea d’una truita d’ous campers amb tonyina d’una de les llaunes li fa gola. També pot traure el sushi que ha comprat. Es llepa els llavis, que per seguir cavil·lant quant a la revolució del proletariat, abans de res cal tindre la panxa satisfeta.