MODALIDAD: Relatos de temática libre de autor local
GANADOR: Félix Méndez García
TÍTULO: Cuba 2025
Félix Méndez Garciá nació en Torre-Pacheco
(Murcia) en 1961 y es residente en Guardamar del Segura desde 2019. En 2020 se
unió a la Tertulia Literaria de Guardamar, entidad que preside a día de hoy.
Ha sido alumno del Taller de Escritura Creativa de don
Antonio Álvarez Gil. Le gusta escribir comedia porque, dice, cuarenta y cinco
años redactando atestados de dramas y tragedias en la Policía Nacional fueron
suficientes. Ha publicado en papel algunas páginas en tres colecciones de
relatos: una de Ediciones Agoeiro (Madrid), otra de El Cresol (Crevillente) y
en la recopilación extraordinaria que hizo la propia Tertulia Literaria de
Guardamar para celebrar sus diez años de vida.
En 2022 ganó en Murcia el premio al mejor relato corto
con temática de tintos y blancos convocado por La Diligente, Compañía de Vinos.
Es voluntario de Cruz Roja Española, donde da clases de
español para extranjeros y donde "obliga" a sus alumnos a
representar, por Navidad y a fin de curso, pequeños sainetes de producción
propia adaptados al nivel que lleven.
CUBA 2025
Félix Méndez García
Rafael, taxista pirata de
La Habana, tenía buen ojo para escoger clientes. Aquella mañana de noviembre se
fue al aeropuerto José Martí, aparcó por los jardines que hay cerca de la
puerta de salida y se quedó observando. Cuando vio salir a una pareja con pinta
de recién casados y algo despistados, se aproximó con disimulo y les ofreció
sus servicios.
Los chicos iban al Vedado. Por el camino le pidieron
parar en un hipermercado para comprar algo de comida y bebida. El taxista se
sorprendió.
—¿Perdón, cómo dicen?
—Que nos pare un momento en un hipermercado, por favor
—repitió el chico.
—¿Qué cosa es eso, un hipermercado?
—Pues un supermercado, pero más grande —añadió,
pedagógica, la chica.
—Si ya sé lo que es —contestó Rafael—. Lo que les quiero
decir es que en La Habana no hay supermercados ni hipermercados. Hasta hace
poco, aquí solo estaban las bodegas, donde te despachan los productos que dice
en tu libreta de abastecimiento. Ahora hay unas tiendas en dólares; si quieren
les acerco a una de esas, pero no crean que disponen de muchos productos
tampoco.
Les paró en un comercio de los nuevos llamado La
Panamericana, y de allí salieron a los cinco minutos con una botella de ron y
seis latas de refrescos.
—Pero, oiga, esto es más caro que en España, y no hay comida
normal —se quejó la muchacha.
Cuando llegaron a la casa donde se alojarían, los chicos
pagaron a Rafael la carrera y acordaron con él que los recogiera por la tarde
para ir a dar una vuelta por ahí.
En casa, Rafael le contaba satisfecho a su mujer lo bien
que le había ido la mañana. Había recogido en el aeropuerto a una pareja
española y habían quedado para la tarde. Eran algo inocentes y daban propina,
los clientes ideales.
A la hora concertada, los recogió el taxista frente a la
casa donde se alojaban.
—Buenas tardes —saludó el joven—. En Cuba son muy
aficionados a la astronomía, ¿verdad?
—No sabría decirle. ¿Por qué lo pregunta?
—Por la biblioteca de estudios marcianos que hay ahí
detrás, en la calle Cuatro.
—No —rio el taxista—. Es de estudios martianos, de José
Martí.
Los chicos querían empezar por la Bodeguita del Medio,
para tomar un mojito. A Rafael le
pareció que deberían hacer algo de turismo, y los metió por el cementerio de
Colón, que pillaba de paso. Allí les fue indicando los monumentos funerarios
más destacados. Después de oír la historia de Máximo Gómez, de Calixto García y
de otros héroes mambises de la Guerra de la independencia, la chica preguntó:
—¿Y dónde están las tumbas de los héroes españoles?
Rafael se mordió la lengua, sonrió y con actitud
profesional indicó que ya iban a lo del mojito. En la calle Empedrado les
recomendó hacerse una foto para Instagram y volver al taxi, que él los llevaría
a donde se preparaban los mojitos buenos de verdad y más baratos. Así lo hicieron,
y el coche los dejó en una zona de bares elegantes con música situados frente
al Malecón, cerca de la Embajada de España. El taxista los esperó durante algo
más de una hora, y volvieron muy contentos.
—¿Ha ido bien, señores?
—Perfectamente —dijo la chica.
—Pero no crea —añadió el joven—, que casi nos peleamos
con el camarero del primer local donde hemos entrado.
—¿Cómo que pelearse? ¿Por qué?
—Pelearnos no —siguió el chaval—, pero es que era muy
tonto. Le he preguntado si tenían mojitos, y él que no, que el local estaba
limpio. Se lo he repetido, y él que no, que fumigaban el negocio todos los
días. Al final parecía algo mosqueado.
—El hombre entendía mosquitos —dijo riendo la chica—.
Está algo teniente.
El plan de la pareja era volver a casa, dejar la compra,
cambiarse de ropa y salir de fiesta por la noche. El taxista estaba de acuerdo
y el precio ya estaba pactado. Pero circulando por la calle Línea entraron en
una zona no iluminada. A oscuras, el elegante Vedado resultaba tenebroso. Rafael
les explicó que los apagones iban por zonas, y que lo más probable era que esa
parte estuviese sin luz hasta la mañana siguiente. Les propuso un bar cercano
al alojamiento de ellos para cenar: el Ocho, en Línea con Ocho; y les recomendó
pedir ropa vieja, si había, y tomarse unas cervezas Bucanero. Mientras los
chicos bajaban la compra, el cubano se quedó esperando a la puerta, pero el
joven le pagó y se despidió hasta el día siguiente.
—Muy valiente eres tú —lo reprendió la muchacha—. ¿Ahora
cómo vamos a ir hasta el bar, con una vela o con una antorcha? Esto está muy
negro.
—Con esto, mi amor —contesto el joven, satisfecho, y le
mostró una linterna de manivela que se había llevado de España.
Dejaron las compras en la casa y se fueron a cenar.
Comieron y bebieron mucho. Los precios estaban en pesos y eran bastante
económicos. Mariel, el camarero con carrera de ingeniero químico, les fue
explicando la receta de todo lo que probaban, y ellos probaron todo lo que él
quiso sacarles. Salieron de allí algo achispados, el novio dándole a la
manivela de su linterna y la novia cantando para quitarse el miedo. Esa noche
ni siquiera hicieron lo propio de las parejas en la luna de miel; conforme se
metieron en la cama, cayeron en brazos de Morfeo.
A la mañana siguiente, la pareja le mostró al taxista un
mapa en el que habían marcado el recorrido del día: la Marina Hemingway,
Viñales, vuelta por la Finca Vigía y, al final, la fortaleza de San Carlos de
la Cabaña. Rafael les advirtió mientras arrancaba:
—Eso parece mucho, señores. No han contado ustedes con el
factor inhumano.
Los chicos no le hicieron caso; pensaron que habían oído
mal o que el taxista mostraba su descontento por el gasto en gasolina. Los
llevó por la Quinta Avenida, mostrándoles el lujo de las embajadas y los
centros de negocios. En Santa Fe pararon a dar un paseo por la playa y tuvieron
ocasión de presenciar lo que les pareció un rito religioso: una anciana echaba
flores al agua al tiempo que invocaba a Yemayá y pedía algo para la clienta, claramente
una turista, mientras un joven tocaba un Ave María al violín.
Al poco de circular por la carretera de Pinar del Río, la
chica preguntó:
—¿No hay otra carretera que esté mejor? Va a romper usted
la suspensión del coche.
—Señorita, esto es la autopista A-4. Por la suspensión no
se preocupe, mi carro y los baches se respetan mutuamente, se conocen desde los
años sesenta.
—Pero es que a esta velocidad no vamos a llegar nunca.
—¡Así que esto era el factor inhumano! —dijo el chico, riendo.
A la altura de Los Palacios, junto al Parque Nacional La
Güira, se veían plantaciones de arroz y
los campesinos habían puesto el grano a secar en el carril derecho de la
autopista. Los coches se cambiaban al lado izquierdo y nadie pisaba la cosecha,
ni paraba a robar, ni protestaba ni nada. La chica se sintió impresionada:
—¡Qué ejemplo de educación y civismo!
—Eso y que el arroz es del Gobierno —le contestó Rafael—.
Tócalo y vas al tanque. A la cárcel, quiero decir.
Viñales les gustó mucho. En una tabaquería les explicaron
el proceso del cultivo y las labores del tabaco, y tuvieron ocasión de comprar
cuatro puros elaborados por un torcedor delante de ellos. El taxi los llevó
después a la cueva del Indio, para que diesen
un paseo en barca por el río subterráneo. A la salida, el chico se quejó
a un empleado:
—¡Una mamola! Primero, veinte personas apretujadas en una
barca que huele a cuesco. Luego arrancan un motor fueraborda y lo llenan todo
de humo; lo bueno es que deja uno de
apreciar las ventosidades. Y el subnormal del piloto de la lancha apuntando con
un puntero láser a los murciélagos. ¿Pero esto no era Patrimonio de la
Humanidad?
—Sí que lo es, señor. Lamento lo que me está contando.
Pondré, sin falta, una queja ante la autoridad pertinente. ¿Debo incluir en el
informe lo de las flatulencias?
Regresaron a La Habana ya oscurecido, y el barrio del
Vedado volvía a estar a oscuras. Rafael se ofreció a llevarlos a cenar a un
cabaret tradicional. Los esperó a que se cambiaran de ropa y los trasladó a
"La Leyenda del Guajirito". Al finalizar el espectáculo los estaba
esperando a la puerta del local para devolverlos a su alojamiento.
—Esto sí que les ha gustado, ¿a que sí?
—Muuuuuucho —contestó el chico, y se arrepintió en el
acto de haber estirado tanto la u—, aunque mi esposa tiene razón, el uniforme
de las camareras atenta contra la dignidad de la mujer y es totalmente
inapropiado para un espectáculo folclórico.
Esa noche, como ya se veía venir, volvieron a dormir en
pijama y cada uno en su lado de la cama.
Para el día siguiente, el tercero del viaje de novios, la
pareja había expresado a Rafael su intención de hacer algo de turismo cultural.
Los encontró en la calle con todos los vecinos del edificio; les pitó y ellos
se montaron en el carro.
—No se va a creer usted lo que nos ha pasado esta mañana
—empezó el chico.
—Me lo figuro. Los han sacado de la cama porque han
venido a fumigar el edificio.
—¡Bueno, bueno! —siguió el joven—. Y sin avisar ni nada.
—¡Pero si era un muchacho muy educado! —opinó ella—. Me
ha dicho que estudia medicina y que está haciendo las prácticas en el Clínico.
Rafael vio en peligro su jornada laboral y dio un giro a
la conversación. Propuso ir a ver el Capitolio, el museo de la Revolución y el
Napoleónico, y parar después a comprar algo en el mercado de artesanía de San
José. La pareja se lo pasó muy bien, y en el museo se hicieron muchas fotos con
el Granma, el yate de los revolucionarios en 1956.
Circulando por el barrio antiguo, Rafael les pidió que no
abrieran las ventanas, por el mal olor. Trataba de evitar que los turistas se
llevaran una mala impresión de la ciudad,
porque por aquellas fechas estaban teniendo problemas con la recogida de
la basura. Les explicó que era una cosa transitoria, que habían coincidido
varios camiones averiados a la vez. Para su asombro, el chico le largó un
discurso a favor del compostaje al natural, que mejor el aire libre que la
incineradora, que las moscas son la base de la cadena trófica, que se crean
puestos de trabajo para los chatarreros, que los restos deshidratados nosequé,
y otra sarta de memeces que Rafael no sabía si interpretar como una tomadura de
pelo o si de verdad aquel chalado se creía lo que decía.
—Huele a naturaleza —concluyó el joven.
Ya a punto de reventar, el taxista les informó que habían
llegado al mercado de artesanía de San José. La pareja se apeó, y se
despidieron hasta dos horas más tarde.
Rafael se fue a comer a casa. No puedo con ellos, me
agotan, se quejaba a su mujer. Esta noche les diré que el coche está roto o
algo, y me libro de ellos.
Cuando los recogió estaban de buen humor. Habían comprado
un montón de regalos; le fueron contando cómo habían regateado los precios, y
estaban muy satisfechos porque habían descubierto el truco de los vendedores de
poner el precio en dólares y cobrar la misma cifra en euros.
En el Vedado estaban otra vez a oscuras. Rafael les
preguntó si iban a volver a salir, y los jóvenes le dijeron que no, que esa
noche tocaba cena íntima a la luz de las velas. Entonces, tal como lo tenía
pensado, les pidió disculpas porque al día siguiente debía dejar el coche en el taller y no podría
darles servicio.
—No pasa nada —dijo alegremente la chica—, mañana
probaremos el cocotaxi, y también quiero montar en una motocarro y en un
almendrón de transporte colectivo. Pero usted, Rafael, se viene con nosotros y
le pagamos, que es un guía estupendo. La
mañana del cuarto y último día de su estancia en La Habana, a la pareja de
recién casados se le pegaron las sábanas. Pasaban las diez de la mañana cuando
Rafael, cansado de esperar en la acera, pulsó el timbre del apartamento. Salió
a abrir la señora de la casa.
—Buenos días, señora. Soy Rafael, el taxista.
—Buenos días. ¿Qué desea?
—Es que ayer quedé a las nueve con... con unos recién
casados.
—¡Qué suerte! Yo llevo casada sesenta años y nunca
vinieron a buscarme. ¿Y su carro?
Ya le estaban dando con la puerta en las narices al
taxista sin taxi cuando se oyó desde el interior la voz de la chica diciendo
que un minuto, que ya iban.
Parados en la acera de enfrente de la casa, Rafael, algo
cohibido, daba indicaciones a la pareja de cómo tenían que hacer señas con la
mano cuando vieran acercarse despacio un coche por el carril de la orilla. Paró
una motocarro de las nuevas, eléctrica y con toldo, con capacidad para
setecientos cincuenta kilos de peso o tantos pasajeros como pudieran sentarse
en los dos tablones laterales. Se metieron allí por la parte de atrás, saltando
la portezuela que nadie abrió, y se acomodaron.
Los novios iban encantados, les daba en la cara una brisa
cálida y húmeda, y el vehículo iba haciendo eses para esquivar los baches.
—Esto es un transporte ilegal, ¿verdad? —preguntó la
chica a Rafael en voz alta.
Nadie pareció haber oído la pregunta, por lo que ella
insistió:
—Rafael, que digo que...
Un codazo del novio la hizo callar. Ella lo entendió y
cambió la pregunta:
—¿No os parece genial el transporte colectivo
revolucionario? Sin cinturón, sin tickets, seguramente hasta sin seguro. ¡Viva
la libertad, carajo!
Rafael se puso rojo, cosa de ver en su piel mulata. Una
mujer mayor que iba sentada frente a la chica sonrió y le contestó:
—Se nota que usted tiene algo de lío con la política
latinoamericana, señorita. Pero muy bien, siga así, con esa alegría, es lo más
inteligente.
Se bajaron cerca de Hotel Nacional. Rafael les fue
contando historias de la lujosa construcción, de las columnas, de los zócalos
de colores, de los jardines con vistas al mar... En el salón Petit París estaba
anunciado un espectáculo de cabaret tradicional, y en el salón de retratos se
exhibían los de multitud de personajes insignes que se alojaron en el
establecimiento en tiempos mejores; entre ellos, muchos españoles. Allí se
tomaron los tres unos daiquiris riquísimos.
Después quiso ir la pareja a ver el callejón de Hamel,
para sentarse en uno de aquellos bancos-bañera que habían visto en Internet. El
sitio les decepcionó un poco, y daba algo de miedo, pero una negra dicharachera
que vendía mojitos lo remedió.
A Rafael, que los días anteriores no había probado el
alcohol delante de ellos, se le puso muy buen humor. Les contó que su bebida
favorita era el guarapo con ron. El chico, que también iba bien de humor, llamó
inmediatamente a la camarera, pero Rafael lo detuvo.
—No, no. Yo sé dónde hay un trapiche y lo preparan recién
exprimido. Pero hay que caminar un poco. ¿Vamos?
Y allá que se fueron a coger la lanchita de Casablanca
para subir a la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, donde estaba el tal trapiche.
Pero, por la tontería que llevaban encima o por lo que fuera, se equivocaron de
lanchita y se fueron a Regla. Allí visitaron la ermita, Rafael encendió una
vela, y la chica se hizo echar las cartas por una hechicera que leía el futuro.
Por supuesto, todo lo que le aventuró fueron felicidades, aunque se confundió
con la pareja y le prometió que tendría tres mulatitos muy guapos y sanos.
Con el alcohol en sangre algo rebajado por la excursión,
se fueron al embarcadero de Regla y cogieron, ahora sí, la lanchita de
Casablanca. Subieron la cuesta a pie, pasaron por el Cristo y por la casa del
Che Guevara, y llegaron a la fortaleza. Efectivamente, había un puesto
ambulante cerca de la entrada. El guarapero exprimió tres cañas de azúcar con
el trapiche, añadió hielo y ron a los tres vasos de jugo, y les preguntó si
querían repetir, que la segunda ronda al cincuenta por ciento. Vale, pero
primero visitamos la fortaleza, convinieron los tres.
En el recinto de la fortaleza había mosquitos. La chica
sacó el repelente que llevaba en el bolso y se embadurnó bien brazos y piernas.
Luego se lo pasó a su esposo, y le ofreció a Rafael si quería protegerse.
—No hace falta, señorita. Todo eso que han oído sobre la
epidemia de Chikungunya, de Dengue y de Zika es mentira. Aquí siempre ha habido
mosquitos y la gente no se ponía tan enferma. Esto es COVID, pero el Gobierno
no quiere que se sepa.
Los chicos no daban crédito. Un negacionista de la
arbovirosis.
—Los repelentes, la fumigación, las vacunas, todo eso no sirve
de nada —siguió el hombre —. Lo único que sirve es rezar.
Disimulando la risa, la chica le preguntó:
—¿Y usted reza a la Virgen de Regla o a Yemayá?
—Siempre a nuestra patrona, Nuestra Señora de la Caridad
del Cobre. Virgen santa, Virgen pura, líbrame de la calentura.
Terminada
la visita a la fortaleza, salieron con la intención de buscar un restaurante
para comer. Pero no había restaurantes normales por allí, y no tuvieron más
remedio que tomarse la segunda ronda de guarapo, la de la oferta del cincuenta
por ciento. Sin comer, a la carrera porque perdían el avión, volvieron al
centro y Rafael buscó a un colega para que los llevara a recoger el equipaje y
al aeropuerto. Se despidieron con besos y abrazos. La chica pidió al cubano:
—Deme su WhatsApp y le mando algunas
fotos en las que salimos juntos.
—No hace falta, señorita, de verdad.
FIN
Rafael, taxista pirata de
La Habana, tenía buen ojo para escoger clientes. Aquella mañana de noviembre se
fue al aeropuerto José Martí, aparcó por los jardines que hay cerca de la
puerta de salida y se quedó observando. Cuando vio salir a una pareja con pinta
de recién casados y algo despistados, se aproximó con disimulo y les ofreció
sus servicios.
Los chicos iban al Vedado. Por el camino le pidieron
parar en un hipermercado para comprar algo de comida y bebida. El taxista se
sorprendió.
—¿Perdón, cómo dicen?
—Que nos pare un momento en un hipermercado, por favor
—repitió el chico.
—¿Qué cosa es eso, un hipermercado?
—Pues un supermercado, pero más grande —añadió,
pedagógica, la chica.
—Si ya sé lo que es —contestó Rafael—. Lo que les quiero
decir es que en La Habana no hay supermercados ni hipermercados. Hasta hace
poco, aquí solo estaban las bodegas, donde te despachan los productos que dice
en tu libreta de abastecimiento. Ahora hay unas tiendas en dólares; si quieren
les acerco a una de esas, pero no crean que disponen de muchos productos
tampoco.
Les paró en un comercio de los nuevos llamado La
Panamericana, y de allí salieron a los cinco minutos con una botella de ron y
seis latas de refrescos.
—Pero, oiga, esto es más caro que en España, y no hay comida
normal —se quejó la muchacha.
Cuando llegaron a la casa donde se alojarían, los chicos
pagaron a Rafael la carrera y acordaron con él que los recogiera por la tarde
para ir a dar una vuelta por ahí.
En casa, Rafael le contaba satisfecho a su mujer lo bien
que le había ido la mañana. Había recogido en el aeropuerto a una pareja
española y habían quedado para la tarde. Eran algo inocentes y daban propina,
los clientes ideales.
A la hora concertada, los recogió el taxista frente a la
casa donde se alojaban.
—Buenas tardes —saludó el joven—. En Cuba son muy
aficionados a la astronomía, ¿verdad?
—No sabría decirle. ¿Por qué lo pregunta?
—Por la biblioteca de estudios marcianos que hay ahí
detrás, en la calle Cuatro.
—No —rio el taxista—. Es de estudios martianos, de José
Martí.
Los chicos querían empezar por la Bodeguita del Medio,
para tomar un mojito. A Rafael le
pareció que deberían hacer algo de turismo, y los metió por el cementerio de
Colón, que pillaba de paso. Allí les fue indicando los monumentos funerarios
más destacados. Después de oír la historia de Máximo Gómez, de Calixto García y
de otros héroes mambises de la Guerra de la independencia, la chica preguntó:
—¿Y dónde están las tumbas de los héroes españoles?
Rafael se mordió la lengua, sonrió y con actitud
profesional indicó que ya iban a lo del mojito. En la calle Empedrado les
recomendó hacerse una foto para Instagram y volver al taxi, que él los llevaría
a donde se preparaban los mojitos buenos de verdad y más baratos. Así lo hicieron,
y el coche los dejó en una zona de bares elegantes con música situados frente
al Malecón, cerca de la Embajada de España. El taxista los esperó durante algo
más de una hora, y volvieron muy contentos.
—¿Ha ido bien, señores?
—Perfectamente —dijo la chica.
—Pero no crea —añadió el joven—, que casi nos peleamos
con el camarero del primer local donde hemos entrado.
—¿Cómo que pelearse? ¿Por qué?
—Pelearnos no —siguió el chaval—, pero es que era muy
tonto. Le he preguntado si tenían mojitos, y él que no, que el local estaba
limpio. Se lo he repetido, y él que no, que fumigaban el negocio todos los
días. Al final parecía algo mosqueado.
—El hombre entendía mosquitos —dijo riendo la chica—.
Está algo teniente.
El plan de la pareja era volver a casa, dejar la compra,
cambiarse de ropa y salir de fiesta por la noche. El taxista estaba de acuerdo
y el precio ya estaba pactado. Pero circulando por la calle Línea entraron en
una zona no iluminada. A oscuras, el elegante Vedado resultaba tenebroso. Rafael
les explicó que los apagones iban por zonas, y que lo más probable era que esa
parte estuviese sin luz hasta la mañana siguiente. Les propuso un bar cercano
al alojamiento de ellos para cenar: el Ocho, en Línea con Ocho; y les recomendó
pedir ropa vieja, si había, y tomarse unas cervezas Bucanero. Mientras los
chicos bajaban la compra, el cubano se quedó esperando a la puerta, pero el
joven le pagó y se despidió hasta el día siguiente.
—Muy valiente eres tú —lo reprendió la muchacha—. ¿Ahora
cómo vamos a ir hasta el bar, con una vela o con una antorcha? Esto está muy
negro.
—Con esto, mi amor —contesto el joven, satisfecho, y le
mostró una linterna de manivela que se había llevado de España.
Dejaron las compras en la casa y se fueron a cenar.
Comieron y bebieron mucho. Los precios estaban en pesos y eran bastante
económicos. Mariel, el camarero con carrera de ingeniero químico, les fue
explicando la receta de todo lo que probaban, y ellos probaron todo lo que él
quiso sacarles. Salieron de allí algo achispados, el novio dándole a la
manivela de su linterna y la novia cantando para quitarse el miedo. Esa noche
ni siquiera hicieron lo propio de las parejas en la luna de miel; conforme se
metieron en la cama, cayeron en brazos de Morfeo.
A la mañana siguiente, la pareja le mostró al taxista un
mapa en el que habían marcado el recorrido del día: la Marina Hemingway,
Viñales, vuelta por la Finca Vigía y, al final, la fortaleza de San Carlos de
la Cabaña. Rafael les advirtió mientras arrancaba:
—Eso parece mucho, señores. No han contado ustedes con el
factor inhumano.
Los chicos no le hicieron caso; pensaron que habían oído
mal o que el taxista mostraba su descontento por el gasto en gasolina. Los
llevó por la Quinta Avenida, mostrándoles el lujo de las embajadas y los
centros de negocios. En Santa Fe pararon a dar un paseo por la playa y tuvieron
ocasión de presenciar lo que les pareció un rito religioso: una anciana echaba
flores al agua al tiempo que invocaba a Yemayá y pedía algo para la clienta, claramente
una turista, mientras un joven tocaba un Ave María al violín.
Al poco de circular por la carretera de Pinar del Río, la
chica preguntó:
—¿No hay otra carretera que esté mejor? Va a romper usted
la suspensión del coche.
—Señorita, esto es la autopista A-4. Por la suspensión no
se preocupe, mi carro y los baches se respetan mutuamente, se conocen desde los
años sesenta.
—Pero es que a esta velocidad no vamos a llegar nunca.
—¡Así que esto era el factor inhumano! —dijo el chico, riendo.
A la altura de Los Palacios, junto al Parque Nacional La
Güira, se veían plantaciones de arroz y
los campesinos habían puesto el grano a secar en el carril derecho de la
autopista. Los coches se cambiaban al lado izquierdo y nadie pisaba la cosecha,
ni paraba a robar, ni protestaba ni nada. La chica se sintió impresionada:
—¡Qué ejemplo de educación y civismo!
—Eso y que el arroz es del Gobierno —le contestó Rafael—.
Tócalo y vas al tanque. A la cárcel, quiero decir.
Viñales les gustó mucho. En una tabaquería les explicaron
el proceso del cultivo y las labores del tabaco, y tuvieron ocasión de comprar
cuatro puros elaborados por un torcedor delante de ellos. El taxi los llevó
después a la cueva del Indio, para que diesen
un paseo en barca por el río subterráneo. A la salida, el chico se quejó
a un empleado:
—¡Una mamola! Primero, veinte personas apretujadas en una
barca que huele a cuesco. Luego arrancan un motor fueraborda y lo llenan todo
de humo; lo bueno es que deja uno de
apreciar las ventosidades. Y el subnormal del piloto de la lancha apuntando con
un puntero láser a los murciélagos. ¿Pero esto no era Patrimonio de la
Humanidad?
—Sí que lo es, señor. Lamento lo que me está contando.
Pondré, sin falta, una queja ante la autoridad pertinente. ¿Debo incluir en el
informe lo de las flatulencias?
Regresaron a La Habana ya oscurecido, y el barrio del
Vedado volvía a estar a oscuras. Rafael se ofreció a llevarlos a cenar a un
cabaret tradicional. Los esperó a que se cambiaran de ropa y los trasladó a
"La Leyenda del Guajirito". Al finalizar el espectáculo los estaba
esperando a la puerta del local para devolverlos a su alojamiento.
—Esto sí que les ha gustado, ¿a que sí?
—Muuuuuucho —contestó el chico, y se arrepintió en el
acto de haber estirado tanto la u—, aunque mi esposa tiene razón, el uniforme
de las camareras atenta contra la dignidad de la mujer y es totalmente
inapropiado para un espectáculo folclórico.
Esa noche, como ya se veía venir, volvieron a dormir en
pijama y cada uno en su lado de la cama.
Para el día siguiente, el tercero del viaje de novios, la
pareja había expresado a Rafael su intención de hacer algo de turismo cultural.
Los encontró en la calle con todos los vecinos del edificio; les pitó y ellos
se montaron en el carro.
—No se va a creer usted lo que nos ha pasado esta mañana
—empezó el chico.
—Me lo figuro. Los han sacado de la cama porque han
venido a fumigar el edificio.
—¡Bueno, bueno! —siguió el joven—. Y sin avisar ni nada.
—¡Pero si era un muchacho muy educado! —opinó ella—. Me
ha dicho que estudia medicina y que está haciendo las prácticas en el Clínico.
Rafael vio en peligro su jornada laboral y dio un giro a
la conversación. Propuso ir a ver el Capitolio, el museo de la Revolución y el
Napoleónico, y parar después a comprar algo en el mercado de artesanía de San
José. La pareja se lo pasó muy bien, y en el museo se hicieron muchas fotos con
el Granma, el yate de los revolucionarios en 1956.
Circulando por el barrio antiguo, Rafael les pidió que no
abrieran las ventanas, por el mal olor. Trataba de evitar que los turistas se
llevaran una mala impresión de la ciudad,
porque por aquellas fechas estaban teniendo problemas con la recogida de
la basura. Les explicó que era una cosa transitoria, que habían coincidido
varios camiones averiados a la vez. Para su asombro, el chico le largó un
discurso a favor del compostaje al natural, que mejor el aire libre que la
incineradora, que las moscas son la base de la cadena trófica, que se crean
puestos de trabajo para los chatarreros, que los restos deshidratados nosequé,
y otra sarta de memeces que Rafael no sabía si interpretar como una tomadura de
pelo o si de verdad aquel chalado se creía lo que decía.
—Huele a naturaleza —concluyó el joven.
Ya a punto de reventar, el taxista les informó que habían
llegado al mercado de artesanía de San José. La pareja se apeó, y se
despidieron hasta dos horas más tarde.
Rafael se fue a comer a casa. No puedo con ellos, me
agotan, se quejaba a su mujer. Esta noche les diré que el coche está roto o
algo, y me libro de ellos.
Cuando los recogió estaban de buen humor. Habían comprado
un montón de regalos; le fueron contando cómo habían regateado los precios, y
estaban muy satisfechos porque habían descubierto el truco de los vendedores de
poner el precio en dólares y cobrar la misma cifra en euros.
En el Vedado estaban otra vez a oscuras. Rafael les
preguntó si iban a volver a salir, y los jóvenes le dijeron que no, que esa
noche tocaba cena íntima a la luz de las velas. Entonces, tal como lo tenía
pensado, les pidió disculpas porque al día siguiente debía dejar el coche en el taller y no podría
darles servicio.
—No pasa nada —dijo alegremente la chica—, mañana
probaremos el cocotaxi, y también quiero montar en una motocarro y en un
almendrón de transporte colectivo. Pero usted, Rafael, se viene con nosotros y
le pagamos, que es un guía estupendo. La
mañana del cuarto y último día de su estancia en La Habana, a la pareja de
recién casados se le pegaron las sábanas. Pasaban las diez de la mañana cuando
Rafael, cansado de esperar en la acera, pulsó el timbre del apartamento. Salió
a abrir la señora de la casa.
—Buenos días, señora. Soy Rafael, el taxista.
—Buenos días. ¿Qué desea?
—Es que ayer quedé a las nueve con... con unos recién
casados.
—¡Qué suerte! Yo llevo casada sesenta años y nunca
vinieron a buscarme. ¿Y su carro?
Ya le estaban dando con la puerta en las narices al
taxista sin taxi cuando se oyó desde el interior la voz de la chica diciendo
que un minuto, que ya iban.
Parados en la acera de enfrente de la casa, Rafael, algo
cohibido, daba indicaciones a la pareja de cómo tenían que hacer señas con la
mano cuando vieran acercarse despacio un coche por el carril de la orilla. Paró
una motocarro de las nuevas, eléctrica y con toldo, con capacidad para
setecientos cincuenta kilos de peso o tantos pasajeros como pudieran sentarse
en los dos tablones laterales. Se metieron allí por la parte de atrás, saltando
la portezuela que nadie abrió, y se acomodaron.
Los novios iban encantados, les daba en la cara una brisa
cálida y húmeda, y el vehículo iba haciendo eses para esquivar los baches.
—Esto es un transporte ilegal, ¿verdad? —preguntó la
chica a Rafael en voz alta.
Nadie pareció haber oído la pregunta, por lo que ella
insistió:
—Rafael, que digo que...
Un codazo del novio la hizo callar. Ella lo entendió y
cambió la pregunta:
—¿No os parece genial el transporte colectivo
revolucionario? Sin cinturón, sin tickets, seguramente hasta sin seguro. ¡Viva
la libertad, carajo!
Rafael se puso rojo, cosa de ver en su piel mulata. Una
mujer mayor que iba sentada frente a la chica sonrió y le contestó:
—Se nota que usted tiene algo de lío con la política
latinoamericana, señorita. Pero muy bien, siga así, con esa alegría, es lo más
inteligente.
Se bajaron cerca de Hotel Nacional. Rafael les fue
contando historias de la lujosa construcción, de las columnas, de los zócalos
de colores, de los jardines con vistas al mar... En el salón Petit París estaba
anunciado un espectáculo de cabaret tradicional, y en el salón de retratos se
exhibían los de multitud de personajes insignes que se alojaron en el
establecimiento en tiempos mejores; entre ellos, muchos españoles. Allí se
tomaron los tres unos daiquiris riquísimos.
Después quiso ir la pareja a ver el callejón de Hamel,
para sentarse en uno de aquellos bancos-bañera que habían visto en Internet. El
sitio les decepcionó un poco, y daba algo de miedo, pero una negra dicharachera
que vendía mojitos lo remedió.
A Rafael, que los días anteriores no había probado el
alcohol delante de ellos, se le puso muy buen humor. Les contó que su bebida
favorita era el guarapo con ron. El chico, que también iba bien de humor, llamó
inmediatamente a la camarera, pero Rafael lo detuvo.
—No, no. Yo sé dónde hay un trapiche y lo preparan recién
exprimido. Pero hay que caminar un poco. ¿Vamos?
Y allá que se fueron a coger la lanchita de Casablanca
para subir a la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, donde estaba el tal trapiche.
Pero, por la tontería que llevaban encima o por lo que fuera, se equivocaron de
lanchita y se fueron a Regla. Allí visitaron la ermita, Rafael encendió una
vela, y la chica se hizo echar las cartas por una hechicera que leía el futuro.
Por supuesto, todo lo que le aventuró fueron felicidades, aunque se confundió
con la pareja y le prometió que tendría tres mulatitos muy guapos y sanos.
Con el alcohol en sangre algo rebajado por la excursión,
se fueron al embarcadero de Regla y cogieron, ahora sí, la lanchita de
Casablanca. Subieron la cuesta a pie, pasaron por el Cristo y por la casa del
Che Guevara, y llegaron a la fortaleza. Efectivamente, había un puesto
ambulante cerca de la entrada. El guarapero exprimió tres cañas de azúcar con
el trapiche, añadió hielo y ron a los tres vasos de jugo, y les preguntó si
querían repetir, que la segunda ronda al cincuenta por ciento. Vale, pero
primero visitamos la fortaleza, convinieron los tres.
En el recinto de la fortaleza había mosquitos. La chica
sacó el repelente que llevaba en el bolso y se embadurnó bien brazos y piernas.
Luego se lo pasó a su esposo, y le ofreció a Rafael si quería protegerse.
—No hace falta, señorita. Todo eso que han oído sobre la
epidemia de Chikungunya, de Dengue y de Zika es mentira. Aquí siempre ha habido
mosquitos y la gente no se ponía tan enferma. Esto es COVID, pero el Gobierno
no quiere que se sepa.
Los chicos no daban crédito. Un negacionista de la
arbovirosis.
—Los repelentes, la fumigación, las vacunas, todo eso no sirve
de nada —siguió el hombre —. Lo único que sirve es rezar.
Disimulando la risa, la chica le preguntó:
—¿Y usted reza a la Virgen de Regla o a Yemayá?
—Siempre a nuestra patrona, Nuestra Señora de la Caridad
del Cobre. Virgen santa, Virgen pura, líbrame de la calentura.
Terminada
la visita a la fortaleza, salieron con la intención de buscar un restaurante
para comer. Pero no había restaurantes normales por allí, y no tuvieron más
remedio que tomarse la segunda ronda de guarapo, la de la oferta del cincuenta
por ciento. Sin comer, a la carrera porque perdían el avión, volvieron al
centro y Rafael buscó a un colega para que los llevara a recoger el equipaje y
al aeropuerto. Se despidieron con besos y abrazos. La chica pidió al cubano:
—Deme su WhatsApp y le mando algunas
fotos en las que salimos juntos.
—No hace falta, señorita, de verdad.
FIN



