MODALIDAD: Relatos de igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres
GUANYADOR: Carlos Fernández Salinas
TÍTULO: El mar desde una nube aislada
Carlos Fernández Salinas, natural de Gijón, compagina desde hace años su profesión como marino y especialista en seguridad marítima con una sólida trayectoria literaria. Ambas facetas se entrelazan de forma natural en una obra muy vinculada al mar, a sus historias y a las vivencias humanas que lo rodean. Comenzó a escribir relatos en 2004, inspirado por una historia real que le contó un compañero de Salvamento Marítimo y con la que obtuvo su primer premio literario. Desde entonces, ha cosechado más de cuarenta galardones en certámenes de narrativa breve de toda España, además de numerosos reconocimientos como finalista y accésit. Gran amante del relato corto y admirador de Jorge Luis Borges, ha publicado el libro de cuentos Lo que la mar esconde y las novelas Los marinos prudentes leen las olas entre paréntesis y La estrella de sal. Su escritura, constante y cercana, bebe de las experiencias vividas en el mundo marítimo, convirtiendo la mar en uno de los grandes escenarios de su narrativa.
Carlos Fernández Salinas, natural de Gijón, compagina desde hace años su profesión como marino y especialista en seguridad marítima con una sólida trayectoria literaria. Ambas facetas se entrelazan de forma natural en una obra muy vinculada al mar, a sus historias y a las vivencias humanas que lo rodean. Comenzó a escribir relatos en 2004, inspirado por una historia real que le contó un compañero de Salvamento Marítimo y con la que obtuvo su primer premio literario. Desde entonces, ha cosechado más de cuarenta galardones en certámenes de narrativa breve de toda España, además de numerosos reconocimientos como finalista y accésit. Gran amante del relato corto y admirador de Jorge Luis Borges, ha publicado el libro de cuentos Lo que la mar esconde y las novelas Los marinos prudentes leen las olas entre paréntesis y La estrella de sal. Su escritura, constante y cercana, bebe de las experiencias vividas en el mundo marítimo, convirtiendo la mar en uno de los grandes escenarios de su narrativa.
EL MAR DESDE UNA NUBE AISLADACarlos Fernández Salinas
El sol supera las paredes del valle, avivando los tejados. Las barbas de unas nubes emborronan el cielo por levante, el resto es azul, sin tacha. A ras de la lámina de agua, los graznidos de las gaviotas se superponen a los sonidos propios del astillero, una eufonía difícil de describir con un lenguaje de por sí hostil a la onomatopeya. «Se levantará viento al mediodía» calcula María al tiempo que arranca el motor de la lancha, lo que provoca un estruendo que espabila al perro que dormita en la caseta del patrón. Por el pantalán un marinero camina displicente para liberar las amarras de las cornamusas. Viste unas bermudas que en realidad son unos viejos pantalones vaqueros a los que se les han arrancado las perneras. El marinero es de la edad de María, empero se comporta como un adolescente descreído. «Le he dicho mil vecesque no se ponga chanclas para el trabajo y él como si oyera llover», se lamenta María a la par que comprueba los manómetros y demás artilugios que indican el estado de la embarcación. El marinero salta a la cubierta y de un gesto rápido le hace ver que están libres del atraque. María da marcha atrás y la lancha comienza a alejarse del pantalán, con la intención de revirar cuando se encuentre libre de las demás embarcaciones que amarran en la dársena.
Mientras María maneja las cabillas del timón, alineándose
con la ría, el marinero prepara las cestas y los bicheros dispersos por cubierta.
Lleva un cigarrillo colgado del labio del que milagrosamente no se desprende la
ceniza. El astillero, con sus sincopados golpes de martillos y taladros, queda
atrás. Un jubilado que recorre el paseo paralelo a la ría, los mira con
curiosidad, como queriendo adivinar de qué embarcación se trata. Las olas,
traviesas, se arremolinan en la barra, de ahí que María les exija un mayor
esfuerzo a las bielas del motor. Una vez superada la bocana, el mar se abre a
sus ojos como si lo estuviera observando desde un noveno piso. María cae a estribor
y pone el piloto automático rumbo al Este. Luego, sale a cubierta a ayudar al
marinero a preparar los utensilios de limpieza. Este ni siquiera la mira. No
hay conversación entre ambos ni gestos de complicidad.
La mujer deja pasar los minutos que faltan para
llegar a la playa improvisando un ballestrinque en un cabo deshilado. Entretanto,
el marinero contesta los mensajes de su móvil. A María se le hace difícil imaginar
que alguien quiera intercambiar vivencias con ese chisgarabís. Al momento se
desprecia por verse atrapada en pensamientos vulgares, propios de resentidos. Bien
sabe que esta forma de razonar tiene el potencial de convertir su cerebro en un
mar proceloso de olas desbocadas. «¡Qué fácil es culpar a los demás de nuestras
frustraciones!», se reprocha María, quien se siente una persona incapaz de empatizar
con la gente. Tampoco se ve atractiva, siquiera interesante. Enjuta y discreta,
viste con ropas sintéticas de corte deportivo que bien le podrían servir para caminar
por el monte. El pelo bermejo lo lleva recogido en una sempiterna cola de
caballo, nada de maquillaje ni concesiones a la estética. ¡Si al menos pudiera borrar
de su rostro ese rictus de severidad que le endurece las facciones!
María trabaja en una lancha que en verano retira
la basura que flota en las inmediaciones de las playas: envases, bolsas de
plástico y otros derelictos. Su contrato dura cuatro meses, el resto del año sobrevive
sirviendo copas, de reponedora en hipermercados o cuidando a ancianos. Precisamente
este ha sido su último trabajo antes de que comenzara la temporada estival. Los
ecos del episodio aún resuenan en su confuso corazón. ¡Todo fue tan extraño! Contactaron
con ella una tarde para que se presentara a primera hora de la mañana. La
vivienda era un piso de techos altos con un olor recalcitrante a mueble antiguo.
La mujer que vivía con su anciano padre, antes de irse a trabajar le repitió
los detalles que le había adelantado por teléfono: persona con la cabeza ida, huraño
de carácter, corto de vista y de movimientos, lo tendría que sacar a pasear en
silla de ruedas. María aguardó en el salón a que el anciano se despertara. A la
media hora sonó una campanilla.El anciano estaba sentado en un borde de la
cama, con la camisola del pijama abierta. De la pechera de la camiseta interior
asomaba una pelambrera cenicienta. El hombre la miró desconcertado, pero al
momento volvió a dirigir sus ojos a un punto indefinido. En ese lapso, María no
movió un solo músculo, como si le faltara el aire. Acababa de reconocer unos
ojos que en su día habían sido de un verde inusual y ahora lucían apagados y
vidriosos, los ojos del hijo de puta que le arruinó la vida.
La lancha avanza a la velocidad de un caracol. María
y el marinero han extendido los tangones con las redes y comienzan a recoger la
basura que flota en el agua. Desde su posición apenas divisan usuarios en la
playa. Un par de cometas festonean el cielo con sus colas de colores. A esas
horas el sol es una realidad de un amarillo nítido y un tamaño manejable.En
contraste, los recuerdos de la mujer no son luminosos, sino una esquirla de luz
en un sótano en ruinas.
Desbordada por la situación, María se limitó a poner
al anciano un batín y conducirlo a la cocina para darle el desayuno. Sin
articular palabra, le suministró las dosis de pastillas anotadas en un papel
que colgaba del frigorífico. Era como si le estuvieran gastando una broma
macabra. Había conocido esa sombra de hombre cuando ella tenía catorce años. Por
entonces su vida era idéntica a la que llevaba cualquiera de sus amigas: escasez
de silencios y exceso de risas inopinadas. Sus padres, pertenecientes a esa reducida
clase media que ama la cultura, la habían animado a que aprendiese a tocar el
piano. Desde los seis años María les dio ese placer, aprobando brillantemente
los exámenes hasta que llegó al grado donde se le exigía superar una prueba acompañada
de un violín. Para preparar el examen sus padres contrataron los servicios de
un violinista que se anunciaba en el tablón del conservatorio, uno de tantos
músicos que completaban su modesto salario en la orquesta filarmónica
provincial dando clases particulares. El hombre se ganó a los padres
asegurándoles que el sentimiento con el que tocaba María suplía con creces las
carencias técnicas propias de la edad, las cuales podían ser corregidas con la
debida paciencia. No pudieron escuchar mayor halago. El que su hija dominara un
instrumento al que en su día ellos no tuvieron acceso, compensaba el esfuerzo
que suponía que un violinista profesional acudiera dos veces por semana al
hogar familiar. Si bien con los padres él se mostraba encantador, con María era
parco y exigente, lo cual la amedrentaba. Por muchas horas que practicara, nunca
obtenía un visaje de aprobación.
En cierta ocasión, el violinista invitó a la
familia a un concierto que iba a dar en la fundación de una caja de ahorros acompañado
de un segundo violín y de un chelo. Por motivos de trabajo los padres no podían
asistir, pero animaron a la niña a que lo hiciera. La sala estaba a medio aforo
y el concierto resultó intrascendente. Al finalizar, María esperó a que su
profesor, vestido con un esmoquin deslustrado, se despidiera de los asistentes para
darle un obsequio que sus padres le habían comprado a modo de disculpa por su ausencia.
El hombre, henchido como un pavo real, no quiso abrirlo en la sala y la llevó a
su improvisado camerino de donde los otros dos músicos salían raudos para no
perder un autobús. Tras cerrar la puerta, la agarró con fuerza del brazo y la
postró de espaldas sobre un pupitre donde la violó sin preámbulos. Sucedió tan
rápido que María no fue consciente hasta que él le tuvo que subir apresuradamente
las bragas al escuchar que otras personas llamaban al camerino para saludarlo. María
regresó a casa procurando que el rimero de semen y sangre que recorría sus
muslos pasara desapercibido.
La lancha se mece entre las olas con la
precisión de un metrónomo perezoso. Sin un propósito concreto, el perro camina
por cubierta con las patas bien abiertas para no resbalar. Según el sol alcanza
su cénit, comienza a levantarse una tenue brisa del NE’. Complacida, la piel
del mar se deja acariciar por las manos del viento. El marinero ha sacado un
bocadillo y una lata de cerveza. María no tiene hambre. Nunca la tiene.
Abierta la veda, el hombre de modales exquisitos
y alma de cerdo siguió abusando de la niña, ahora en la propia casa de María aprovechando
las ausencias de unos padres que, ciegos, le preguntaban cuándo habría un nuevo
concierto al que ellos pudieran asistir. En aquel escenario insólito e
inesperado, la niña no supo reaccionar. Solo empezó a tomar conciencia del
verdadero alcance de la ignominia al escuchar a sus amigas relatar lo que le
había sucedido a tal o cual conocida. En cualquier caso, María se guardó todo
para sí. Al tiempo se volvió arisca y comenzó a descuidar sus estudios. Una
tarde que tenía clase con el violinista, no se presentó en casa, regresando a las
tantas, borracha y desafiante. Los conflictos que nunca había tenido con sus
padres ahora estaban a la orden del día. Para disgusto de estos, abandonó el piano.
Mientras estudiaba la carrera que nunca terminó, buscaba trabajos ocasionales y
en cuanto tuvo la oportunidad se fue de casa. Nunca mantuvo una relación que le
durara más de unas semanas, pues no había jabón capaz de desprenderle la costra
de ponzoña que llevaba adherida a la piel.
Y de pronto resulta que la vida, burlona, va y le
devuelve a ese ser repugnante para que se tomase venganza. Bastaría con
equivocarse en la dosis de una de las innumerables pastillas que él, confiado, engullía
de su mano. Estaba tan ido que no la había reconocido. Pero ¿cómo podía estar
segura de que era él? En la casa no había rastro de su carrera musical, como
fotos ejecutando una pieza o con otros músicos, diplomas o placas de
reconocimiento. Su hija tampoco le había mencionado a qué se había dedicado su
padre, como si aquel pasado, lejano e intangible, ya no fuera relevante.
Una mañana lluviosa en la que no podía sacarlo a
pasear, mientras el anciano vegetaba en su sillón, a María, aburrida, le dio
por buscar en su móvil el dúo para violín y piano Opus 24 de Fauré. De súbito
había recordado que era una de las piezas que los dos habían ensayado hasta la extenuación.
En esos momentos el anciano permanecía con los ojos fijos en un punto indefinido
de la pared. María puso el altavoz de su móvil al tiempo que se sentaba en un
brazo del sillón. Según la música llegó a los oídos del anciano, este empezó a sacudir
su cuerpo a la par que emitía gemidos guturales. Angustiado, intentó levantarse
del asiento, mirando con ojos suplicantes a María para que apagara el móvil. Lejos
de complacerle, ella subió el volumen. Tras agotarse en una secuencia de movimientos
descoordinados, el hombre se dejó caer sobre el sillón, y al poco volvió a
mirar a la pared, inane. María se percató de que las lágrimas recorrían los pómulos
del anciano al compás del dueto de Fauré.
En lontananza, el mar y el cielo se unen por un
cordón de soldadura al que llamamos horizonte. Hoy el piélago es de un azul cobalto
conmovedor. El esplendor de las aguas milenarias hace sentirse al navegante
débil e insignificante. «Aún queda para que el NE’ se desboque», calcula María.
Sin previo aviso, pone un rumbo que los aleja de la costa. Desde la cubierta el
marinero mira inquisitivo hacia la caseta del patrón, sin que ella le dé explicaciones.
La constatación de que el anciano era su
némesis, despertó en María un hado de crueldad en ella desconocido. En cuanto
tenía ocasión, le ponía el dueto de Fauré. Disfrutaba viendo cómo él se
revolvía ansioso, hasta que, exhausto, volvía a su estado de postración con las
lágrimas recorriendo sus mejillas. Pasaron las semanas. Por algún motivo arcano,
tal vez por hastío, tal vez por un sincero examen de conciencia, María interpretó
que la crueldad gratuita no le llevaba a ninguna parte. Aunque aún faltaba un
mes para la campaña de verano, mintió a la hija del anciano diciéndole que la
habían llamado del servicio de limpieza de playas, y que, por tanto, tenía que dejarlo.
A pesar de los ruegos de la hija, que incluso le ofreció asegurarla y una subida
de salario sustanciosa, María se despidió.
Hace unos días, tras finalizar su jornada en la
lancha, recibió una inesperada llamada de la hija del anciano. «Quizás te interese
saber que mi padre ha fallecido», le informó con voz emocionada. También le comentó
que, ante la inminencia del desenlace, y a pesar de su estado calamitoso, su
padre fue capaz de pedirle que le entregara a su antigua cuidadora un objeto
que en su día para él fue muy valioso.
A una milla de la costa, lejos de ojos
curiosos, María detiene el motor y sale a cubierta asiendo un estuche. El marinero
sigue sin entender. La mujer coge unos pequeños contrapesos de hierro que usan
para mantener firmes las redes con las que recogen la basura. Cuando abre el
estuche, el barniz de un violín vetusto refulge al sol. El marinero observa cómo
María introduce los contrapesos en el estuche. Luego lo cierra y cogiendo
impulsolo arroja por la borda con la determinación de una lanzadora olímpica.
Tras flotar unos instantes, el violín se hunde como un buque herido. Estupefacto,
el marinero mira a María. Los dos mantienen un pulso sujetándose los ojos. De súbito,
él estalla en una carcajada ruidosa y ella lo acompaña. Ríen y ríen hasta que
les duele el estómago. El perro, en su inocencia, comienza a ladrar. El
marinero se acerca a su mochila y saca dos cervezas. María acepta y mientras las
saborean, la pareja juega despreocupada con el perro.
Llega el momento de regresar. Antes de arrancar
el motor, María sucumbe a la tentación de
mirar hacia el lugar donde perdió de vista al violín. Ni rastro del estuche, como
si nunca hubiera existido. María da marcha avante y pone proa a casa. La lancha
regresa al puerto con una bandada de gaviotas trenzando un abanico sobre la
estela. Manejando las cabillas del timón, María inhala la brisa salada al
tiempo que sonríe. Sonreír es maravilloso, se repite. Quiero sonreír hasta que
me duelan los labios. Nunca voy a dejar de hacerlo.
—Fin—

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