viernes, 31 de julio de 2026

XXXI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "Real Villa de Guardamar del Segura", 2026

 MODALIDAD: Relatos de igualdad de oportunidades entre mujeres y hombres


GUANYADOR: Carlos Fernández Salinas

TÍTULO: El mar desde una nube aislada


Carlos Fernández Salinas, natural de Gijón, compagina desde hace años su profesión como marino y especialista en seguridad marítima con una sólida trayectoria literaria. Ambas facetas se entrelazan de forma natural en una obra muy vinculada al mar, a sus historias y a las vivencias humanas que lo rodean. Comenzó a escribir relatos en 2004, inspirado por una historia real que le contó un compañero de Salvamento Marítimo y con la que obtuvo su primer premio literario. Desde entonces, ha cosechado más de cuarenta galardones en certámenes de narrativa breve de toda España, además de numerosos reconocimientos como finalista y accésit. Gran amante del relato corto y admirador de Jorge Luis Borges, ha publicado el libro de cuentos Lo que la mar esconde y las novelas Los marinos prudentes leen las olas entre paréntesis y La estrella de sal. Su escritura, constante y cercana, bebe de las experiencias vividas en el mundo marítimo, convirtiendo la mar en uno de los grandes escenarios de su narrativa.

EL MAR 
DESDE UNA NUBE AISLADA
Carlos Fernández Salinas

El sol supera las paredes del valle, avivando los tejados. Las barbas de unas nubes emborronan el cielo por levante, el resto es azul, sin tacha. A ras de la lámina de agua, los graznidos de las gaviotas se superponen a los sonidos propios del astillero, una eufonía difícil de describir con un lenguaje de por sí hostil a la onomatopeya. «Se levantará viento al mediodía» calcula María al tiempo que arranca el motor de la lancha, lo que provoca un estruendo que espabila al perro que dormita en la caseta del patrón. Por el pantalán un marinero camina displicente para liberar las amarras de las cornamusas. Viste unas bermudas que en realidad son unos viejos pantalones vaqueros a los que se les han arrancado las perneras. El marinero es de la edad de María, empero se comporta como un adolescente descreído. «Le he dicho mil vecesque no se ponga chanclas para el trabajo y él como si oyera llover», se lamenta María a la par que comprueba los manómetros y demás artilugios que indican el estado de la embarcación. El marinero salta a la cubierta y de un gesto rápido le hace ver que están libres del atraque. María da marcha atrás y la lancha comienza a alejarse del pantalán, con la intención de revirar cuando se encuentre libre de las demás embarcaciones que amarran en la dársena.

Mientras María maneja las cabillas del timón, alineándose con la ría, el marinero prepara las cestas y los bicheros dispersos por cubierta. Lleva un cigarrillo colgado del labio del que milagrosamente no se desprende la ceniza. El astillero, con sus sincopados golpes de martillos y taladros, queda atrás. Un jubilado que recorre el paseo paralelo a la ría, los mira con curiosidad, como queriendo adivinar de qué embarcación se trata. Las olas, traviesas, se arremolinan en la barra, de ahí que María les exija un mayor esfuerzo a las bielas del motor. Una vez superada la bocana, el mar se abre a sus ojos como si lo estuviera observando desde un noveno piso. María cae a estribor y pone el piloto automático rumbo al Este. Luego, sale a cubierta a ayudar al marinero a preparar los utensilios de limpieza. Este ni siquiera la mira. No hay conversación entre ambos ni gestos de complicidad.

La mujer deja pasar los minutos que faltan para llegar a la playa improvisando un ballestrinque en un cabo deshilado. Entretanto, el marinero contesta los mensajes de su móvil. A María se le hace difícil imaginar que alguien quiera intercambiar vivencias con ese chisgarabís. Al momento se desprecia por verse atrapada en pensamientos vulgares, propios de resentidos. Bien sabe que esta forma de razonar tiene el potencial de convertir su cerebro en un mar proceloso de olas desbocadas. «¡Qué fácil es culpar a los demás de nuestras frustraciones!», se reprocha María, quien se siente una persona incapaz de empatizar con la gente. Tampoco se ve atractiva, siquiera interesante. Enjuta y discreta, viste con ropas sintéticas de corte deportivo que bien le podrían servir para caminar por el monte. El pelo bermejo lo lleva recogido en una sempiterna cola de caballo, nada de maquillaje ni concesiones a la estética. ¡Si al menos pudiera borrar de su rostro ese rictus de severidad que le endurece las facciones!

María trabaja en una lancha que en verano retira la basura que flota en las inmediaciones de las playas: envases, bolsas de plástico y otros derelictos. Su contrato dura cuatro meses, el resto del año sobrevive sirviendo copas, de reponedora en hipermercados o cuidando a ancianos. Precisamente este ha sido su último trabajo antes de que comenzara la temporada estival. Los ecos del episodio aún resuenan en su confuso corazón. ¡Todo fue tan extraño! Contactaron con ella una tarde para que se presentara a primera hora de la mañana. La vivienda era un piso de techos altos con un olor recalcitrante a mueble antiguo. La mujer que vivía con su anciano padre, antes de irse a trabajar le repitió los detalles que le había adelantado por teléfono: persona con la cabeza ida, huraño de carácter, corto de vista y de movimientos, lo tendría que sacar a pasear en silla de ruedas. María aguardó en el salón a que el anciano se despertara. A la media hora sonó una campanilla.El anciano estaba sentado en un borde de la cama, con la camisola del pijama abierta. De la pechera de la camiseta interior asomaba una pelambrera cenicienta. El hombre la miró desconcertado, pero al momento volvió a dirigir sus ojos a un punto indefinido. En ese lapso, María no movió un solo músculo, como si le faltara el aire. Acababa de reconocer unos ojos que en su día habían sido de un verde inusual y ahora lucían apagados y vidriosos, los ojos del hijo de puta que le arruinó la vida.

La lancha avanza a la velocidad de un caracol. María y el marinero han extendido los tangones con las redes y comienzan a recoger la basura que flota en el agua. Desde su posición apenas divisan usuarios en la playa. Un par de cometas festonean el cielo con sus colas de colores. A esas horas el sol es una realidad de un amarillo nítido y un tamaño manejable.En contraste, los recuerdos de la mujer no son luminosos, sino una esquirla de luz en un sótano en ruinas.

Desbordada por la situación, María se limitó a poner al anciano un batín y conducirlo a la cocina para darle el desayuno. Sin articular palabra, le suministró las dosis de pastillas anotadas en un papel que colgaba del frigorífico. Era como si le estuvieran gastando una broma macabra. Había conocido esa sombra de hombre cuando ella tenía catorce años. Por entonces su vida era idéntica a la que llevaba cualquiera de sus amigas: escasez de silencios y exceso de risas inopinadas. Sus padres, pertenecientes a esa reducida clase media que ama la cultura, la habían animado a que aprendiese a tocar el piano. Desde los seis años María les dio ese placer, aprobando brillantemente los exámenes hasta que llegó al grado donde se le exigía superar una prueba acompañada de un violín. Para preparar el examen sus padres contrataron los servicios de un violinista que se anunciaba en el tablón del conservatorio, uno de tantos músicos que completaban su modesto salario en la orquesta filarmónica provincial dando clases particulares. El hombre se ganó a los padres asegurándoles que el sentimiento con el que tocaba María suplía con creces las carencias técnicas propias de la edad, las cuales podían ser corregidas con la debida paciencia. No pudieron escuchar mayor halago. El que su hija dominara un instrumento al que en su día ellos no tuvieron acceso, compensaba el esfuerzo que suponía que un violinista profesional acudiera dos veces por semana al hogar familiar. Si bien con los padres él se mostraba encantador, con María era parco y exigente, lo cual la amedrentaba. Por muchas horas que practicara, nunca obtenía un visaje de aprobación.

En cierta ocasión, el violinista invitó a la familia a un concierto que iba a dar en la fundación de una caja de ahorros acompañado de un segundo violín y de un chelo. Por motivos de trabajo los padres no podían asistir, pero animaron a la niña a que lo hiciera. La sala estaba a medio aforo y el concierto resultó intrascendente. Al finalizar, María esperó a que su profesor, vestido con un esmoquin deslustrado, se despidiera de los asistentes para darle un obsequio que sus padres le habían comprado a modo de disculpa por su ausencia. El hombre, henchido como un pavo real, no quiso abrirlo en la sala y la llevó a su improvisado camerino de donde los otros dos músicos salían raudos para no perder un autobús. Tras cerrar la puerta, la agarró con fuerza del brazo y la postró de espaldas sobre un pupitre donde la violó sin preámbulos. Sucedió tan rápido que María no fue consciente hasta que él le tuvo que subir apresuradamente las bragas al escuchar que otras personas llamaban al camerino para saludarlo. María regresó a casa procurando que el rimero de semen y sangre que recorría sus muslos pasara desapercibido.

La lancha se mece entre las olas con la precisión de un metrónomo perezoso. Sin un propósito concreto, el perro camina por cubierta con las patas bien abiertas para no resbalar. Según el sol alcanza su cénit, comienza a levantarse una tenue brisa del NE’. Complacida, la piel del mar se deja acariciar por las manos del viento. El marinero ha sacado un bocadillo y una lata de cerveza. María no tiene hambre. Nunca la tiene.

Abierta la veda, el hombre de modales exquisitos y alma de cerdo siguió abusando de la niña, ahora en la propia casa de María aprovechando las ausencias de unos padres que, ciegos, le preguntaban cuándo habría un nuevo concierto al que ellos pudieran asistir. En aquel escenario insólito e inesperado, la niña no supo reaccionar. Solo empezó a tomar conciencia del verdadero alcance de la ignominia al escuchar a sus amigas relatar lo que le había sucedido a tal o cual conocida. En cualquier caso, María se guardó todo para sí. Al tiempo se volvió arisca y comenzó a descuidar sus estudios. Una tarde que tenía clase con el violinista, no se presentó en casa, regresando a las tantas, borracha y desafiante. Los conflictos que nunca había tenido con sus padres ahora estaban a la orden del día. Para disgusto de estos, abandonó el piano. Mientras estudiaba la carrera que nunca terminó, buscaba trabajos ocasionales y en cuanto tuvo la oportunidad se fue de casa. Nunca mantuvo una relación que le durara más de unas semanas, pues no había jabón capaz de desprenderle la costra de ponzoña que llevaba adherida a la piel.

Y de pronto resulta que la vida, burlona, va y le devuelve a ese ser repugnante para que se tomase venganza. Bastaría con equivocarse en la dosis de una de las innumerables pastillas que él, confiado, engullía de su mano. Estaba tan ido que no la había reconocido. Pero ¿cómo podía estar segura de que era él? En la casa no había rastro de su carrera musical, como fotos ejecutando una pieza o con otros músicos, diplomas o placas de reconocimiento. Su hija tampoco le había mencionado a qué se había dedicado su padre, como si aquel pasado, lejano e intangible, ya no fuera relevante.

Una mañana lluviosa en la que no podía sacarlo a pasear, mientras el anciano vegetaba en su sillón, a María, aburrida, le dio por buscar en su móvil el dúo para violín y piano Opus 24 de Fauré. De súbito había recordado que era una de las piezas que los dos habían ensayado hasta la extenuación. En esos momentos el anciano permanecía con los ojos fijos en un punto indefinido de la pared. María puso el altavoz de su móvil al tiempo que se sentaba en un brazo del sillón. Según la música llegó a los oídos del anciano, este empezó a sacudir su cuerpo a la par que emitía gemidos guturales. Angustiado, intentó levantarse del asiento, mirando con ojos suplicantes a María para que apagara el móvil. Lejos de complacerle, ella subió el volumen. Tras agotarse en una secuencia de movimientos descoordinados, el hombre se dejó caer sobre el sillón, y al poco volvió a mirar a la pared, inane. María se percató de que las lágrimas recorrían los pómulos del anciano al compás del dueto de Fauré.

En lontananza, el mar y el cielo se unen por un cordón de soldadura al que llamamos horizonte. Hoy el piélago es de un azul cobalto conmovedor. El esplendor de las aguas milenarias hace sentirse al navegante débil e insignificante. «Aún queda para que el NE’ se desboque», calcula María. Sin previo aviso, pone un rumbo que los aleja de la costa. Desde la cubierta el marinero mira inquisitivo hacia la caseta del patrón, sin que ella le dé explicaciones.

La constatación de que el anciano era su némesis, despertó en María un hado de crueldad en ella desconocido. En cuanto tenía ocasión, le ponía el dueto de Fauré. Disfrutaba viendo cómo él se revolvía ansioso, hasta que, exhausto, volvía a su estado de postración con las lágrimas recorriendo sus mejillas. Pasaron las semanas. Por algún motivo arcano, tal vez por hastío, tal vez por un sincero examen de conciencia, María interpretó que la crueldad gratuita no le llevaba a ninguna parte. Aunque aún faltaba un mes para la campaña de verano, mintió a la hija del anciano diciéndole que la habían llamado del servicio de limpieza de playas, y que, por tanto, tenía que dejarlo. A pesar de los ruegos de la hija, que incluso le ofreció asegurarla y una subida de salario sustanciosa, María se despidió.

Hace unos días, tras finalizar su jornada en la lancha, recibió una inesperada llamada de la hija del anciano. «Quizás te interese saber que mi padre ha fallecido», le informó con voz emocionada. También le comentó que, ante la inminencia del desenlace, y a pesar de su estado calamitoso, su padre fue capaz de pedirle que le entregara a su antigua cuidadora un objeto que en su día para él fue muy valioso.

A una milla de la costa, lejos de ojos curiosos, María detiene el motor y sale a cubierta asiendo un estuche. El marinero sigue sin entender. La mujer coge unos pequeños contrapesos de hierro que usan para mantener firmes las redes con las que recogen la basura. Cuando abre el estuche, el barniz de un violín vetusto refulge al sol. El marinero observa cómo María introduce los contrapesos en el estuche. Luego lo cierra y cogiendo impulsolo arroja por la borda con la determinación de una lanzadora olímpica. Tras flotar unos instantes, el violín se hunde como un buque herido. Estupefacto, el marinero mira a María. Los dos mantienen un pulso sujetándose los ojos. De súbito, él estalla en una carcajada ruidosa y ella lo acompaña. Ríen y ríen hasta que les duele el estómago. El perro, en su inocencia, comienza a ladrar. El marinero se acerca a su mochila y saca dos cervezas. María acepta y mientras las saborean, la pareja juega despreocupada con el perro.

Llega el momento de regresar. Antes de arrancar el motor, María  sucumbe a la tentación de mirar hacia el lugar donde perdió de vista al violín. Ni rastro del estuche, como si nunca hubiera existido. María da marcha avante y pone proa a casa. La lancha regresa al puerto con una bandada de gaviotas trenzando un abanico sobre la estela. Manejando las cabillas del timón, María inhala la brisa salada al tiempo que sonríe. Sonreír es maravilloso, se repite. Quiero sonreír hasta que me duelan los labios. Nunca voy a dejar de hacerlo.

—Fin—




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