viernes, 31 de julio de 2026

XXXI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "Real Villa de Guardamar del Segura", 2026

 MODALIDAD: Relatos de temática libre de autor local 

GANADOR: Félix Méndez García

TÍTULO: Cuba 2025

Félix Méndez Garciá nació en Torre-Pacheco (Murcia) en 1961 y es residente en Guardamar del Segura desde 2019. En 2020 se unió a la Tertulia Literaria de Guardamar, entidad que preside a día de hoy.

            Ha sido alumno del Taller de Escritura Creativa de don Antonio Álvarez Gil. Le gusta escribir comedia porque, dice, cuarenta y cinco años redactando atestados de dramas y tragedias en la Policía Nacional fueron suficientes. Ha publicado en papel algunas páginas en tres colecciones de relatos: una de Ediciones Agoeiro (Madrid), otra de El Cresol (Crevillente) y en la recopilación extraordinaria que hizo la propia Tertulia Literaria de Guardamar para celebrar sus diez años de vida.

            En 2022 ganó en Murcia el premio al mejor relato corto con temática de tintos y blancos convocado por La Diligente, Compañía de Vinos.

            Es voluntario de Cruz Roja Española, donde da clases de español para extranjeros y donde "obliga" a sus alumnos a representar, por Navidad y a fin de curso, pequeños sainetes de producción propia adaptados al nivel que lleven.

CUBA 2025
Félix Méndez García

Rafael, taxista pirata de La Habana, tenía buen ojo para escoger clientes. Aquella mañana de noviembre se fue al aeropuerto José Martí, aparcó por los jardines que hay cerca de la puerta de salida y se quedó observando. Cuando vio salir a una pareja con pinta de recién casados y algo despistados, se aproximó con disimulo y les ofreció sus servicios.

            Los chicos iban al Vedado. Por el camino le pidieron parar en un hipermercado para comprar algo de comida y bebida. El taxista se sorprendió.

            —¿Perdón, cómo dicen?

            —Que nos pare un momento en un hipermercado, por favor —repitió el chico.

            —¿Qué cosa es eso, un hipermercado?

            —Pues un supermercado, pero más grande —añadió, pedagógica, la chica.

            —Si ya sé lo que es —contestó Rafael—. Lo que les quiero decir es que en La Habana no hay supermercados ni hipermercados. Hasta hace poco, aquí solo estaban las bodegas, donde te despachan los productos que dice en tu libreta de abastecimiento. Ahora hay unas tiendas en dólares; si quieren les acerco a una de esas, pero no crean que disponen de muchos productos tampoco.

            Les paró en un comercio de los nuevos llamado La Panamericana, y de allí salieron a los cinco minutos con una botella de ron y seis latas de refrescos.

            —Pero, oiga, esto es más caro que en España, y no hay comida normal —se quejó la muchacha.

            Cuando llegaron a la casa donde se alojarían, los chicos pagaron a Rafael la carrera y acordaron con él que los recogiera por la tarde para ir a dar una vuelta por ahí.

            En casa, Rafael le contaba satisfecho a su mujer lo bien que le había ido la mañana. Había recogido en el aeropuerto a una pareja española y habían quedado para la tarde. Eran algo inocentes y daban propina, los clientes ideales.

            A la hora concertada, los recogió el taxista frente a la casa donde se alojaban.

            —Buenas tardes —saludó el joven—. En Cuba son muy aficionados a la astronomía, ¿verdad?

            —No sabría decirle. ¿Por qué lo pregunta?

            —Por la biblioteca de estudios marcianos que hay ahí detrás, en la calle Cuatro.

            —No —rio el taxista—. Es de estudios martianos, de José Martí.

            Los chicos querían empezar por la Bodeguita del Medio, para tomar un mojito.  A Rafael le pareció que deberían hacer algo de turismo, y los metió por el cementerio de Colón, que pillaba de paso. Allí les fue indicando los monumentos funerarios más destacados. Después de oír la historia de Máximo Gómez, de Calixto García y de otros héroes mambises de la Guerra de la independencia, la chica preguntó:

            —¿Y dónde están las tumbas de los héroes españoles?

            Rafael se mordió la lengua, sonrió y con actitud profesional indicó que ya iban a lo del mojito. En la calle Empedrado les recomendó hacerse una foto para Instagram y volver al taxi, que él los llevaría a donde se preparaban los mojitos buenos de verdad y más baratos. Así lo hicieron, y el coche los dejó en una zona de bares elegantes con música situados frente al Malecón, cerca de la Embajada de España. El taxista los esperó durante algo más de una hora, y volvieron muy contentos.

            —¿Ha ido bien, señores?

            —Perfectamente —dijo la chica.

            —Pero no crea —añadió el joven—, que casi nos peleamos con el camarero del primer local donde hemos entrado.

            —¿Cómo que pelearse? ¿Por qué?

            —Pelearnos no —siguió el chaval—, pero es que era muy tonto. Le he preguntado si tenían mojitos, y él que no, que el local estaba limpio. Se lo he repetido, y él que no, que fumigaban el negocio todos los días. Al final parecía algo mosqueado.

            —El hombre entendía mosquitos —dijo riendo la chica—. Está algo teniente.

            El plan de la pareja era volver a casa, dejar la compra, cambiarse de ropa y salir de fiesta por la noche. El taxista estaba de acuerdo y el precio ya estaba pactado. Pero circulando por la calle Línea entraron en una zona no iluminada. A oscuras, el elegante Vedado resultaba tenebroso. Rafael les explicó que los apagones iban por zonas, y que lo más probable era que esa parte estuviese sin luz hasta la mañana siguiente. Les propuso un bar cercano al alojamiento de ellos para cenar: el Ocho, en Línea con Ocho; y les recomendó pedir ropa vieja, si había, y tomarse unas cervezas Bucanero. Mientras los chicos bajaban la compra, el cubano se quedó esperando a la puerta, pero el joven le pagó y se despidió hasta el día siguiente.

            —Muy valiente eres tú —lo reprendió la muchacha—. ¿Ahora cómo vamos a ir hasta el bar, con una vela o con una antorcha? Esto está muy negro.

            —Con esto, mi amor —contesto el joven, satisfecho, y le mostró una linterna de manivela que se había llevado de España.

            Dejaron las compras en la casa y se fueron a cenar. Comieron y bebieron mucho. Los precios estaban en pesos y eran bastante económicos. Mariel, el camarero con carrera de ingeniero químico, les fue explicando la receta de todo lo que probaban, y ellos probaron todo lo que él quiso sacarles. Salieron de allí algo achispados, el novio dándole a la manivela de su linterna y la novia cantando para quitarse el miedo. Esa noche ni siquiera hicieron lo propio de las parejas en la luna de miel; conforme se metieron en la cama, cayeron en brazos de Morfeo.

            A la mañana siguiente, la pareja le mostró al taxista un mapa en el que habían marcado el recorrido del día: la Marina Hemingway, Viñales, vuelta por la Finca Vigía y, al final, la fortaleza de San Carlos de la Cabaña. Rafael les advirtió mientras arrancaba:

            —Eso parece mucho, señores. No han contado ustedes con el factor inhumano.

            Los chicos no le hicieron caso; pensaron que habían oído mal o que el taxista mostraba su descontento por el gasto en gasolina. Los llevó por la Quinta Avenida, mostrándoles el lujo de las embajadas y los centros de negocios. En Santa Fe pararon a dar un paseo por la playa y tuvieron ocasión de presenciar lo que les pareció un rito religioso: una anciana echaba flores al agua al tiempo que invocaba a Yemayá y pedía algo para la clienta, claramente una turista, mientras un joven tocaba un Ave María al violín.

            Al poco de circular por la carretera de Pinar del Río, la chica preguntó:

            —¿No hay otra carretera que esté mejor? Va a romper usted la suspensión del coche.

            —Señorita, esto es la autopista A-4. Por la suspensión no se preocupe, mi carro y los baches se respetan mutuamente, se conocen desde los años sesenta.

            —Pero es que a esta velocidad no vamos a llegar nunca.

            —¡Así que esto era el factor inhumano! —dijo el chico, riendo.

            A la altura de Los Palacios, junto al Parque Nacional La Güira, se veían  plantaciones de arroz y los campesinos habían puesto el grano a secar en el carril derecho de la autopista. Los coches se cambiaban al lado izquierdo y nadie pisaba la cosecha, ni paraba a robar, ni protestaba ni nada. La chica se sintió impresionada:

            —¡Qué ejemplo de educación y civismo!

           —Eso y que el arroz es del Gobierno —le contestó Rafael—. Tócalo y vas al tanque. A la cárcel, quiero decir.

            Viñales les gustó mucho. En una tabaquería les explicaron el proceso del cultivo y las labores del tabaco, y tuvieron ocasión de comprar cuatro puros elaborados por un torcedor delante de ellos. El taxi los llevó después a la cueva del Indio, para que diesen  un paseo en barca por el río subterráneo. A la salida, el chico se quejó a un empleado:

            —¡Una mamola! Primero, veinte personas apretujadas en una barca que huele a cuesco. Luego arrancan un motor fueraborda y lo llenan todo de humo; lo bueno es que  deja uno de apreciar las ventosidades. Y el subnormal del piloto de la lancha apuntando con un puntero láser a los murciélagos. ¿Pero esto no era Patrimonio de la Humanidad?

            —Sí que lo es, señor. Lamento lo que me está contando. Pondré, sin falta, una queja ante la autoridad pertinente. ¿Debo incluir en el informe lo de las flatulencias?

            Regresaron a La Habana ya oscurecido, y el barrio del Vedado volvía a estar a oscuras. Rafael se ofreció a llevarlos a cenar a un cabaret tradicional. Los esperó a que se cambiaran de ropa y los trasladó a "La Leyenda del Guajirito". Al finalizar el espectáculo los estaba esperando a la puerta del local para devolverlos a su alojamiento.

            —Esto sí que les ha gustado, ¿a que sí?

            —Muuuuuucho —contestó el chico, y se arrepintió en el acto de haber estirado tanto la u—, aunque mi esposa tiene razón, el uniforme de las camareras atenta contra la dignidad de la mujer y es totalmente inapropiado para un espectáculo folclórico.

            Esa noche, como ya se veía venir, volvieron a dormir en pijama y cada uno en su lado de la cama.

            Para el día siguiente, el tercero del viaje de novios, la pareja había expresado a Rafael su intención de hacer algo de turismo cultural. Los encontró en la calle con todos los vecinos del edificio; les pitó y ellos se montaron en el carro.

            —No se va a creer usted lo que nos ha pasado esta mañana —empezó el chico.

            —Me lo figuro. Los han sacado de la cama porque han venido a fumigar el edificio.

            —¡Bueno, bueno! —siguió el joven—. Y sin avisar ni nada.

            —¡Pero si era un muchacho muy educado! —opinó ella—. Me ha dicho que estudia medicina y que está haciendo las prácticas en el Clínico.

            Rafael vio en peligro su jornada laboral y dio un giro a la conversación. Propuso ir a ver el Capitolio, el museo de la Revolución y el Napoleónico, y parar después a comprar algo en el mercado de artesanía de San José. La pareja se lo pasó muy bien, y en el museo se hicieron muchas fotos con el Granma, el yate de los revolucionarios en 1956.

            Circulando por el barrio antiguo, Rafael les pidió que no abrieran las ventanas, por el mal olor. Trataba de evitar que los turistas se llevaran una mala impresión de la ciudad,  porque por aquellas fechas estaban teniendo problemas con la recogida de la basura. Les explicó que era una cosa transitoria, que habían coincidido varios camiones averiados a la vez. Para su asombro, el chico le largó un discurso a favor del compostaje al natural, que mejor el aire libre que la incineradora, que las moscas son la base de la cadena trófica, que se crean puestos de trabajo para los chatarreros, que los restos deshidratados nosequé, y otra sarta de memeces que Rafael no sabía si interpretar como una tomadura de pelo o si de verdad aquel chalado se creía lo que decía.

            —Huele a naturaleza —concluyó el joven.

            Ya a punto de reventar, el taxista les informó que habían llegado al mercado de artesanía de San José. La pareja se apeó, y se despidieron hasta dos horas más tarde.

            Rafael se fue a comer a casa. No puedo con ellos, me agotan, se quejaba a su mujer. Esta noche les diré que el coche está roto o algo, y me libro de ellos.

            Cuando los recogió estaban de buen humor. Habían comprado un montón de regalos; le fueron contando cómo habían regateado los precios, y estaban muy satisfechos porque habían descubierto el truco de los vendedores de poner el precio en dólares y cobrar la misma cifra en euros.

            En el Vedado estaban otra vez a oscuras. Rafael les preguntó si iban a volver a salir, y los jóvenes le dijeron que no, que esa noche tocaba cena íntima a la luz de las velas. Entonces, tal como lo tenía pensado, les pidió disculpas porque al día siguiente  debía dejar el coche en el taller y no podría darles servicio.

            —No pasa nada —dijo alegremente la chica—, mañana probaremos el cocotaxi, y también quiero montar en una motocarro y en un almendrón de transporte colectivo. Pero usted, Rafael, se viene con nosotros y le pagamos, que es un guía estupendo.                                  La mañana del cuarto y último día de su estancia en La Habana, a la pareja de recién casados se le pegaron las sábanas. Pasaban las diez de la mañana cuando Rafael, cansado de esperar en la acera, pulsó el timbre del apartamento. Salió a abrir la señora de la casa.

            —Buenos días, señora. Soy Rafael, el taxista.

            —Buenos días. ¿Qué desea?

            —Es que ayer quedé a las nueve con... con unos recién casados.

            —¡Qué suerte! Yo llevo casada sesenta años y nunca vinieron a buscarme. ¿Y su carro?

            Ya le estaban dando con la puerta en las narices al taxista sin taxi cuando se oyó desde el interior la voz de la chica diciendo que un minuto, que ya iban.

            Parados en la acera de enfrente de la casa, Rafael, algo cohibido, daba indicaciones a la pareja de cómo tenían que hacer señas con la mano cuando vieran acercarse despacio un coche por el carril de la orilla. Paró una motocarro de las nuevas, eléctrica y con toldo, con capacidad para setecientos cincuenta kilos de peso o tantos pasajeros como pudieran sentarse en los dos tablones laterales. Se metieron allí por la parte de atrás, saltando la portezuela que nadie abrió, y se acomodaron.

            Los novios iban encantados, les daba en la cara una brisa cálida y húmeda, y el vehículo iba haciendo eses para esquivar los baches.

            —Esto es un transporte ilegal, ¿verdad? —preguntó la chica a Rafael en voz alta.

            Nadie pareció haber oído la pregunta, por lo que ella insistió:

            —Rafael, que digo que...

            Un codazo del novio la hizo callar. Ella lo entendió y cambió la pregunta:

            —¿No os parece genial el transporte colectivo revolucionario? Sin cinturón, sin tickets, seguramente hasta sin seguro. ¡Viva la libertad, carajo!

            Rafael se puso rojo, cosa de ver en su piel mulata. Una mujer mayor que iba sentada frente a la chica sonrió y le contestó:

            —Se nota que usted tiene algo de lío con la política latinoamericana, señorita. Pero muy bien, siga así, con esa alegría, es lo más inteligente.

            Se bajaron cerca de Hotel Nacional. Rafael les fue contando historias de la lujosa construcción, de las columnas, de los zócalos de colores, de los jardines con vistas al mar... En el salón Petit París estaba anunciado un espectáculo de cabaret tradicional, y en el salón de retratos se exhibían los de multitud de personajes insignes que se alojaron en el establecimiento en tiempos mejores; entre ellos, muchos españoles. Allí se tomaron los tres unos daiquiris riquísimos.

            Después quiso ir la pareja a ver el callejón de Hamel, para sentarse en uno de aquellos bancos-bañera que habían visto en Internet. El sitio les decepcionó un poco, y daba algo de miedo, pero una negra dicharachera que vendía mojitos lo remedió.

            A Rafael, que los días anteriores no había probado el alcohol delante de ellos, se le puso muy buen humor. Les contó que su bebida favorita era el guarapo con ron. El chico, que también iba bien de humor, llamó inmediatamente a la camarera, pero Rafael lo detuvo.

            —No, no. Yo sé dónde hay un trapiche y lo preparan recién exprimido. Pero hay que caminar un poco. ¿Vamos?

            Y allá que se fueron a coger la lanchita de Casablanca para subir a la fortaleza de San Carlos de la Cabaña, donde estaba el tal trapiche. Pero, por la tontería que llevaban encima o por lo que fuera, se equivocaron de lanchita y se fueron a Regla. Allí visitaron la ermita, Rafael encendió una vela, y la chica se hizo echar las cartas por una hechicera que leía el futuro. Por supuesto, todo lo que le aventuró fueron felicidades, aunque se confundió con la pareja y le prometió que tendría tres mulatitos muy guapos y sanos.

            Con el alcohol en sangre algo rebajado por la excursión, se fueron al embarcadero de Regla y cogieron, ahora sí, la lanchita de Casablanca. Subieron la cuesta a pie, pasaron por el Cristo y por la casa del Che Guevara, y llegaron a la fortaleza. Efectivamente, había un puesto ambulante cerca de la entrada. El guarapero exprimió tres cañas de azúcar con el trapiche, añadió hielo y ron a los tres vasos de jugo, y les preguntó si querían repetir, que la segunda ronda al cincuenta por ciento. Vale, pero primero visitamos la fortaleza, convinieron los tres.

            En el recinto de la fortaleza había mosquitos. La chica sacó el repelente que llevaba en el bolso y se embadurnó bien brazos y piernas. Luego se lo pasó a su esposo, y le ofreció a Rafael si quería protegerse.

            —No hace falta, señorita. Todo eso que han oído sobre la epidemia de Chikungunya, de Dengue y de Zika es mentira. Aquí siempre ha habido mosquitos y la gente no se ponía tan enferma. Esto es COVID, pero el Gobierno no quiere que se sepa.

            Los chicos no daban crédito. Un negacionista de la arbovirosis.

            —Los repelentes, la fumigación, las vacunas, todo eso no sirve de nada —siguió el hombre —. Lo único que sirve es rezar.

            Disimulando la risa, la chica le preguntó:

            —¿Y usted reza a la Virgen de Regla o a Yemayá?

            —Siempre a nuestra patrona, Nuestra Señora de la Caridad del Cobre. Virgen santa, Virgen pura, líbrame de la calentura.

           Terminada la visita a la fortaleza, salieron con la intención de buscar un restaurante para comer. Pero no había restaurantes normales por allí, y no tuvieron más remedio que tomarse la segunda ronda de guarapo, la de la oferta del cincuenta por ciento. Sin comer, a la carrera porque perdían el avión, volvieron al centro y Rafael buscó a un colega para que los llevara a recoger el equipaje y al aeropuerto. Se despidieron con besos y abrazos. La chica pidió al cubano:

            —Deme su WhatsApp y le mando algunas fotos en las que salimos juntos.

            —No hace falta, señorita, de verdad.

                                                                                   FIN

No hay comentarios:

Publicar un comentario