MODALIDAD: Relatos de temàtica libre escritos en castellano
GANADOR: Daniel Sánchez Serra
TÍTULO: Un bronce romano
Nacido en Orihuela en
1958, obtiene en 1980 la licenciatura en Historia del Arte por la Universidad
de Valenciay durante treinta años desempeña actividad profesional en banca
hasta su jubilación. Apasionado desde la niñez por la lectura, realiza desde
2017 varios cursos de escritura creativa. Su primera novela, “La fragua”, fue preseleccionada en el
Premio Ateneo de Valladolid en 2022 y 2024, en el Premio Torrente Ballester
2023 y una de las diez finalistas en el Premio Ciudad de Badajoz 2023. Es autor
de cuentos y microrrelatos, varios de ellos publicados en los libros colectivos
“Visitas” (Ed. Agoeiro, 2022), “Tertuliaños10” de la Tertulia Literaria
de Guardamar de la que es miembro desde hace nueve años), y “A la llum del cresol” (Tertulia
Artístico-Literaria El Cresol de Crevillente, 2022). Su segunda novela, “La fíbula de Sepelaci” obtuvo en Madrid
el X Premio RroseSélavy de Novela Histórica de Ediciones Ápeiron y fue publicada
en 2024.
UN BRONCE ROMANODaniel Sánchez Serra
¡Aparta
de ahí, niñato! ¡No ves que me tapas la luz! Esa ventana es mi único contacto
con el mundo y no quiero que nadie me impida verlo desde aquí. Sí, a veces también
les grito a los conserjes para que no corran la cortina, que no sé para qué lo
hacen, porque a mí la luz y el sol no me molestan, al contrario; pero, claro,
aunque me desgañite, ellos no pueden oír mi voz de bronce. ¡Y ni se te ocurra
acercarte para tocarme!, porque entonces saltarían las alarmas que me han
puesto a cada lado de la peana. ¡Vaya tontería! Como si el metal con el que me
fundieron se fuese a alterar por el roce de un muchacho. ¡Lo que daría yo por
una caricia humana después de tantos siglos…!Si quieres contemplarme puedes
sentarte en aquellos sillones destinados a las visitas, y si no tienes prisa,
te contaré algo de mi historia. Son pocas las ocasiones en que puedo hacerlo y
sólo ante chicos como tú, curiosos y con los sentidos tan abiertos como la
imaginación.
Como puedes ver,vivo aquí, sentado
sobre esta piedra falsa que me pusieron hace muchos años, desde que me trajeron
a este museo en compañía de ese que tienes ahí al lado. Sí, ese que está de pie
con una lanza, también falsa, que le dieron porque la suya la perdió ni se sabe
cuándo. A él, los historiadores que nos catalogaron dieron en llamarle Gobernante helenístico… ¡Pues no te lo
creas!¡Nada de nada!, ni «gobernante» ni «helenístico». Sólo era un tonto
presumido que no hacía otra cosa que pasearse y lucir palmito por las termas
que nuestro señor, el emperador Constantino, construyó no muy lejos de aquí a
principios del siglo iv, hace una
eternidad. Allí, además de bañarse, los hombres ya maduros procuraban hacerse
amigos de otros más jóvenes para conversar con ellos y enseñarles todo lo que
sabían. Éstos, si querían rechazar ese ofrecimiento, se hacían un nudo más en
la toalla que les cubría, pero si lo aceptaban se la quitaban y la tiraban al
suelo. Es lo que ahora, aunque no tenga nada que ver, en el mundo del boxeo y
en la propia vida llamáis «tirar la toalla», como si eso fuera un sinónimo de
rendirse…¡Pero, bueno!, cuando seas más mayor
lo entenderás del todo.
Y de mí, como tampoco sabían nada,
me llamaron Púgil en reposo, o
también Púgil de las Termas. Ya ves
que no fueron nada originales, porque yo era muy asiduo de los baños, en
especial tras los combates. En ellos, el agua caliente alternada con la fría y
una larga sesión de buenos masajes con aceites eran capaces de relajar
cualquier músculo dolorido. ¡Aaay…, lo que daría yo ahora por un masaje de
aquellos!
Nos encontraron en 1885 durante una
excavación en las ruinas de las termas, que estaban situadas en las faldas de la colina del Quirinal. Y claro, tú
pensarás que aquellos gigantescos baños estarían adornados con multitud de
estatuas de bronce. Pues sí, sí las había, pero la mayoría era de mármol, más idóneo
para soportar la humedad. Extrañamente, aquí mi apolíneo amigo y yo fuimos
enterrados solemnemente en aquel lugar. ¿Acaso nos consideraban dioses o
semidioses? Por supuesto que no. ¿Tal vez habíamos muerto jóvenes y nos querían
rendir homenaje? Pues en realidad, no lo sé. ¿Éramos amigos íntimos del emperador
y éste quiso enterrar nuestros cuerpos de bronce para que nuestra alma fuese
inmortal? Pues tal vez sí. Porque mi compañero seguro que gozó de la compañía
de Constantino el Grande, pero yo solo recuerdo que acudía a verme pelear de
vez en cuando. Aún le veo en la grada, pendiente de cada golpe, de cada gesto,
de cada mueca mía, fuera de dolor o de triunfo. Desde su lujoso sillón, lo
vivía de una manera tan intensa que parecía como si fuera él quien combatía, y
yo una simple prolongación física de su cuerpo, de sus brazos, de sus puños…
Creo que me admiraba, y por eso
quiso hacerme este homenaje y enterrar mi mortaja de bronce con todos los honores.
Si esa fue su voluntad, le agradeceré eternamente su intención, pero ojalá
nunca lo hubiera hecho y así mi alma se hubiera perdido junto con mi nombre en
la noche de los tiempos, al otro lado de la laguna Estigia, en el inframundo.
Nadie es capaz de comprender las
consecuencias de esa decisión y el sufrimiento que llevo arrastrando desde hace
tanto tiempo.
Tú quizá sabrás que lo mejor que le
puede pasar a un púgil triunfador es morir joven para ahorrarse los años de
decrepitud, pero no la decrepitud física, que esa, a poco que tu cuerpo esté
sano y te cuides, tarda en llegar. Lo peor es la decrepitud de tu espíritu, de
tu pensamiento, de tus capacidades… La empiezas a notar cuando te cuesta
razonar, cuando la memoria se ausenta poco a poco, cuando ya no sabes ni cómo hacer
las tareas más sencillas.
Por lo poco que recuerdo, yo tuve
que morir más o menos joven, pero lo suficientemente viejo para este trabajo,
justo cuando todavía mantienes tu fuerza, pero ya ves cómo cualquier fornido y
entrenado muchacho es capaz de cansarte, agotarte y machacarte con golpes que
ya no atinas a detener. Esa es la vida del luchador, y en definitiva la de cualquier
ser humano: aprender a detener los golpes, y para eso primero hay que
recibirlos; saber encajarlos, a pesar de que te duelan en el alma; y si puedes,
llegar a conseguir pararlos. No se te olvide esto nunca: de las derrotas
siempre se aprende, de las victorias jamás.
Lo que más echo de menos es la
camaradería que había entre los púgiles. Aunque en un combate tuviésemos que
destrozarnos a puñetazos, nuestro compañerismo era total antes y después de la
pelea. Salvo casos muy excepcionales, no había rencores ni envidias. Sólo
teníamos un destino: proporcionar un espectáculo violento a los espectadores
para que disfrutasen, y a eso dedicábamos nuestra existencia.
En el fondo, aquello era todo un gran
teatro, pero los golpes eran reales y dolían de verdad. Por fortuna, para
evitar sus consecuencias llevábamos algunas defensas, como estas que ves en mis
manos y en mis brazos. Tratábamos de proteger con ellas los nudillos, las manos
y la robustez de unos miembros que eran nuestras armas de trabajo. Salvo un
ligero y corto faldellín, íbamos desnudos y la fortaleza de los músculos era la
única protección de los órganos vitales. No cabía otra opción. Era nuestra
manera de vivir, sin cuestionarnos el futuro y preparados para la muerte en
cualquier momento inesperado.
Y ahora que te hablo de la muerte,
creo que vosotros, los jóvenes de esta época, pensáis que no hay cosa peor que
estar muerto en vida, sin objetivos, sin placeres, sin vivencias… Pues estáis
muy equivocados. Hay algo peor… y es lo que me ocurre a mí: estoy vivo en la
muerte.
Te explico: yo estoy muerto, mi
cuerpo físico no existe, pero mi alma sí. Desde aquel entierro ritual con el
que Constantino me obsequió, mi espíritu quedó preso en esta funda de bronce, y
así pasaron los siglos y las gentes. Del tiempo que estuve oculto y enterrado
bajo las ruinas nada recuerdo, pero desde que salí a la luz, o mejor dicho, me
parieron de las entrañas de la tierra, guardo en la memoria todos los avatares
que han ocurrido. Esto de la arqueología es como un gran parto con herramientas
de esas que usan para sacar a un niño del vientre de su madre. El niño no tiene
más remedio que salir, porque de lo contrario muere; pero a mí nadie me
preguntó si yo deseaba ver la luz de estos tiempos vuestros, o si me parecía
bien interrumpir mi plácido sueño de siglos sin ver ni oír nada, en absoluto
silencio y oscuridad.
Tanta rabia me dio que sólo pude
juntar todas mis fuerzas para reblandecer el bronce y poner este gesto que ves,
un gesto de furia y coraje para enfrentarme a cualquiera que me mire, y te
aseguro que todo el que entra en este museo me mira, y muchos hasta me miran
mal. Yo creo que debe ser porque me faltan los ojos, que eran unas incrustaciones
muy bonitas que debieron caerse en alguno de mis trasiegos; y las cuencas
vacías hacen mi rostro mucho más severo, tanto que algunos niños se asustan al
verme.
Y puedo comprender que mi aspecto dé
algo de miedo, pero lo que más me enternece es dar pena. Algunas madres de
niños pequeños, acostumbradas a curarles las heridas que se hacen jugando o en
la escuela, casi lloran al ver las mías. Aunque en el cuerpo tengo muy pocas,
señal de que supe defenderme bien en combate, mi cabeza y mis dedos están
cubiertos de ellas; menos mal que son de bronce y no me duelen. Además, también
son de cobre rojizo, porque en esto de las heridas de metal, el fundidor que me
creó se empleó a fondo, rodeando todos los bordes de los cortes con láminas de
cobre rojizo que asemejan la sangre de las heridas recién abiertas. Y también
me llenó el muslo y el antebrazo con pequeñas gotas cobrizas como si fueran las
salpicaduras de los borbotones sangrantes de mi cabeza al girarme tan
bruscamente. ¿Comprendes ahora por qué solo soy capaz de dar miedo o pena?
Míralas si quieres, pero no te
aflijas al verlas, ya te he dicho que no me duelen. Lo que sí me fastidia es no
poder levantarme de esta piedra y estirar las piernas, aunque solo fuera
durante un rato por la noche, cuando no hay visitantes. Si fuese humano y
tuviera que estar tanto tiempo sentado, ya habría perdido la musculatura y
estaría completamente entumecido. El bronce tiene sus ventajas… Pero bueno, no
quiero aburrirte más, y veo que por ahí viene alguien…
* *
* * *
—¡Pedro, despierta, que ya nos
vamos!
El muchacho, aún somnoliento, se
incorporó en el sillón y se frotó los ojos. Luego dirigió la vista hacia el
púgil de bronce, se levantó y fue hasta él, lo abrazó y le besó las heridas de
la cabeza, al tiempo que sonaban estrepitosamente las alarmas de presencia que
rodeaban la peana.
—¡No, non preocupparti…!¡Nessum problema!, ¿sei spagnoli? —gritó y
preguntó el vigilante del Palazzo Massimo alle Terme cuando se acercó al atribulado
padre, cambiando enseguida de idioma—:No se preocupe…, suele ocurrir a menudo.
Es frecuente que los niños se duerman en ese sofá y, al despertar, se abracen a
la estatua de bronce. ¡Algunos de los más pequeños se excusan diciendo que el
boxeador habla…!

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