viernes, 24 de agosto de 2018

XXIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2018

 MODALIDAD: RELATO EN CASTELLANO


GANADOR: FRANCISCO DE PAZ TANTE
TÍTULO: CORAZONES DE CORAL

Francisco de Paz Tante es natural de Polan, Toledo. Es catedrático de enseñanza secundaria, de Geografía e Historia, ahora ejerciendo las funciones de inspector de educación en la provincia de Toledo.

Ha obtenido varios premios de novela, como los de las diputaciones de Cáceres y de Córdoba, el de Ciudad Real, y, el último, el “Salvador García Aguilar” premio que concede el Ayuntamiento de Rojales, Alicante..

También ha sido finalista en certámenes de narrativa como el “Fernando Lara”, de la editorial Planeta, El Felipe Trigo, el de Badajoz, el de Barbastro, y el Edebé de literatura infantil.

Además, ha obtenido más de cien premios literarios en distintos certámenes de cuentos y relatos breves. 


CORAZONES DE CORAL
  Francisco de Paz Tante 

 

Al principio, cuando me llamó el jefe de servicio para decirme que habían descubierto en un camión a unos inmigrantes sin papeles, pensé en una actuación médica más, en otra salida de las que a veces hacíamos para colaborar con la policía o los jueces. Aquellos hombres habían hecho el viaje en un doble fondo, hacinados y sin ventilación, me dijo. Por eso necesitaban una revisión médica, antes de internarlos en un centro para extranjeros y proceder a su posterior expulsión.

Fue al salir de su despacho, ya con el maletín del fonendoscopio y otros utensilios médicos de urgencias, a los que añadí mascarillas y guantes, cuando mi jefe amplió la información. «Proceden de Assilah, una ciudad del norte de Marruecos», me explicó. Y, al oír aquellas palabras, la expresión de mi mirada, hasta entonces acorde con lo que suponía el encargo de una salida más, una práctica médica habitual, se tornó en otra más abierta, con relumbres de sorpresa y afectación. Él se dio cuenta y me preguntó, extrañado, si había algún problema. Pero yo no quise compartir lo que sentía en esos momentos, y negué con la cabeza para decirle que no. Pero cuando llegué a la ambulancia, donde me esperaban el conductor y un enfermero, aún seguía ensimismada, sintiendo el pálpito de las emociones que, de nuevo, como tantas otras veces en mi vida, me había provocado el recuerdo de aquella ciudad de donde provenían los inmigrantes.

De Assilah, eran aquellos marroquíes a quienes teníamos que practicar un reconocimiento médico. Como lo era yo también. Y no sólo porque en mi carné de identidad constara que fue allí donde nací, sino también porque aquella ciudad marroquí, en la que viví durante mi infancia y adolescencia, siempre la consideré mía. Por eso, cuando Marruecos se independizó, no entendía por qué teníamos que marcharnos, aunque mi padre, que ejercía de médico militar en aquel Protectorado, se esforzara en hacerme comprender que nosotros éramos españoles, y aquellas tierras ya no eran nuestras. Y nunca olvidaré la impresión que me produjeron sus palabras, la desolación que entonces empecé a sentir como la premonición de una contumaz nostalgia que ya persistiría el resto de mi vida.

Tampoco pude entender entonces la actitud de algunos vecinos que siempre me habían tratado con respeto, y durante aquellos días en que celebraban la independencia me clavaban sus ojos azabaches con desprecio sobrevenido. Algunos incluso me empujaron e insultaron, y pretendieron agredirme, porque, según decían, yo era extranjera. También me dijeron que me expulsarían del país. Hasta que mi amigo Ahmed se puso a mi lado, me protegió y defendió, llamándoles cobardes, retándoles, y gritándoles que yo no era extranjera. 

Aunque continuamos en Marruecos hasta que la nueva administración tuvo capacidad para organizarse, al final se consumó el exilio al que, según decían, era mi país. Luego, en todos aquellos años de ausencia, no había encontrado una ocasión propicia o motivo para regresar. Quizás porque no quería reencontrarme con los paisajes de mi infancia y adolescencia, por temor, tal vez, a constatar que aquel mundo que conocí sólo estaba vigente en las nostalgias de un tiempo ya para siempre pretérito.

Había vivido en Assilah durante los primeros dieciséis años de mi existencia. Y allí se produjo mi enraizamiento con la vida. Aunque tendría que pasar algún tiempo para que fuera consciente de la importancia que tienen los paisajes de nuestra infancia, los que nos ponen en relación con el espacio y lo pueblan de afectos y sentimientos. En ellos está la fuente de nuestra identidad, donde construimos el armazón sobre el que vamos sustentando los avatares de la existencia y la urdimbre de los años. Son lugares, vividos y sentidos, en los que también queda la impronta de quienes los habitamos, en sus ríos, sus calles, sus plazas. Como quedaría mi rastro en quienes compartieron conmigo juegos y emociones, ilusiones y sueños; en un tiempo ya amarillo, en un lugar de la memoria.

Aquel día en que, ya anegada de recuerdos y añoranzas, me dirigía a las dependencias donde permanecían retenidos los marroquíes clandestinos, el conductor de la ambulancia y el enfermero iban hablando sobre la inmigración incesante y sus desastres; pero yo, sin querer entrar en la conversación, prefería seguir inmersa en mis pensamientos.

            Y entre los recuerdos que entonces se me agolpaban, el más persistente era el de mi amigo Ahmed. Junto a él descubrí la ciudad y sus entornos, las calles estrechas con sus casas pintadas de blanco y añil; los campos luminosos que olían a hierbas y a la tierra reventada por las mulas y el arado; la playa inmensa siempre encendida con las luces del océano.

            Durante los años de la infancia, Ahmed y yo nos encontrábamos en la calle, y jugábamos allí, junto a las puertas de nuestras casas, o a veces en los patios, debajo de las higueras y granados, donde tirábamos las tabas, aquellos huesos de cordero que nos servían para apostar cuál de sus caras saldría después de rodar por el suelo.

            Yo tenía otros amigos españoles, y muchas compañeras del colegio, con las que mantenía frecuentes relaciones y visitas. Pero era con Ahmed con quien prefería estar.

            Cuando nos adentramos en la adolescencia, empezamos a notar a nuestro alrededor miradas turbias, susurros y risitas a veces, sofocadas torpemente con las manos. Nosotros también ya sentíamos los primeros brotes de un desconcertante rubor. Fue entonces cuando empezamos a alejarnos, hacia la playa, para sentirnos más libres y anónimos. Era allí donde Ahmed algunas tardes me hablaba de sus viajes a las aguas de El Estrecho para recoger el coral. Por eso su recuerdo siempre lo tengo asociado a esa sensación de aventura y peligro que tenían sus viajes en la búsqueda de aquel oro rojo tan apreciado en los talleres de artesanía de la ciudad.

            Algunas tardes, paseando junto al Atlántico, respirando las brisas del océano, me describía sus inmersiones a las profundidades, y me contaba cómo eran las geografías marinas, aquel mundo mágico bajo el agua, en el que buceaba para recoger las ramas rojas. Luego, con su carga bien amarrada, subía de nuevo hacia la luz, que vislumbraba desde abajo tenue y distante, ayudado por la cuerda de la que tiraban su padre y sus primos.

A pesar de los riesgos y temores, aquel trabajo le gustaba. Se había acostumbrado al mundo submarino, a los espacios del silencio, de la soledad y el peligro, donde sólo se sentía unido al mundo y a la vida exterior por el frágil cordón umbilical de una cuerda. Por eso, cuando dedicaban más tiempo a la pesca, o había problemas para navegar hasta los caladeros del coral, echaba de menos sus inmersiones, sus descensos a los bosques rojos que crecen en las profundidades marinas. Y me decía que en realidad era muy afortunado, porque podía disfrutar de unos paisajes a los que muy pocos tenían acceso. Eran aquellos fondos marinos repletos de plantas siempre en movimiento y de peces de colores, aquel mundo silencioso donde la vida fluye, delirante a veces, y siempre extraña y ajena a las geografías del aire.

            En mi memoria de Assilah siempre está el recuerdo de Ahmed, con quien estuve unida durante muchos años de juegos y descubrimientos, de paseos y emociones junto al Atlántico, y de relatos, siempre fantásticos e inquietantes, de sus viajes al fondo del mar. Hasta que al final también acabamos uniendo los labios, una tarde en que buscamos el refugio de las zonas más alejadas de la playa. Unos besos que volverían a repetirse durante aquellos días finales de mi estancia en Marruecos. Besos miedosos, al principio, temblorosos y estremecidos; mientras aprendíamos a indagar en las caricias cada vez más profundas. Besos salobres, con los labios impregnados por las brisas del Atlántico, que nos adentraron en el misterio del placer, de la piel recorrida con la codicia de unas manos adolescentes, torpes y enfebrecidas.

 Yo sólo tenía entonces dieciséis años, pero siempre tuve la sensación de que fue en aquella playa del Atlántico donde se conformó para mí el molde del deseo y la pasión. Luego he conocido a muchos hombres cuyo recuerdo al final se ha diluido con el paso del tiempo y las cenizas del desamor. Pero siempre he conservado la memoria inalterada de aquellos labios y de aquella piel salada ardiendo junto a la mía.

Fue una de aquellas tardes de estremecimiento y temblorosa pasión cuando me regaló un corazón de coral. Lo había esculpido él mismo, en una de las ramas rojas que recogía en sus inmersiones. En realidad, había hecho dos colgantes, con un corazón rojo cada uno y sendos cordones negros, brillantes. Uno me lo puso a mí, y el otro se lo colocó él. En ellos estaban las iniciales de nuestros nombres. «Siempre lo llevaré en el pecho. Para acordarme de ti», me dijo, cuando nos despedimos, al caer la tarde, encendida con todas las luces que llegaban del océano.

 

            Cuando dejamos Marruecos, nos instalamos en una ciudad del interior de España. Al principio, con los colores y las luces de Assilah siempre en la memoria, tenía la sensación de haberme trasladado a un mundo en blanco y negro. Aquélla era una capital de provincia gris y umbrosa, que durante los primeros meses me provocaba una desolación infinita y profundas melancolías, agravadas con el recuerdo incesante de Ahmed.

            Después el tiempo fue pasando y el dolor de aquella ausencia se fue diluyendo con otros avatares de la vida y los nuevos amores en los que me fui enredando. Estudié Medicina en Madrid, y, cuando acabé y aprobé las oposiciones, me instalé en otra capital de provincia interior, donde seguí sintiendo las nostalgias del mar. Me casé y formé una familia, que acabó rompiéndose por la devastación incesante de la rutina y el desamor. Tuve luego otros amantes, fugaces relumbres de ilusiones y pasiones ya siempre tenues. Y al final acabé sola, cada vez más refugiada en el trabajo y en la memoria de otros tiempos y otras vidas.  

            Esos eran mis pensamientos y mis recuerdos, cuando ya nos acercábamos a las dependencias policiales donde estaban los inmigrantes recién llegados.

            Estaba acostumbrada a esos reconocimientos médicos. Casi siempre eran mero trámite, un protocolo establecido para proseguir con los procedimientos judiciales. Yo les auscultaba con la misma rutina con la que otros funcionarios hacían informes y ponían sellos oficiales.

            Aunque aquel día sentía una incierta emoción, porque sabía que aquellos seres humanos, que me miraban asustados, procedían de mi ciudad, de Assilah, a la que no había querido volver durante todos aquellos años de extrañamiento y ausencia, pero cuyo recuerdo y afectos persistían inalterados en mi memoria. 

            Les fui tomando el pulso, ajustándoles el tensiómetro si les notaba excitados, comprobando con el fonendoscopio el ritmo de los latidos de sus corazones y los ruidos de su respiración, abriéndoles los ojos por si percibía en ellos anomalías que aconsejaran comprobaciones más cuidadosas y prolijas. Así uno detrás de otro. Todos permanecían de pie, en fila. En silencio. En algunos se atisbaban los relumbres fríos de una tristeza infinita. Ellos sabían que las ilusiones y los sueños ya habían caducado. Y ahora sólo quedaba asumir la derrota y los desastres del encierro y el retorno. Aceptar la realidad de sus vidas arruinadas, y ahora más que antes, después de haber invertido todo lo que tenían en aquel viaje frustrado.

            Ya esperaban con la camisa abierta cuando el enfermero y yo nos acercábamos a ellos. Por eso, al arrimarme a uno de los que aguardaban su turno, enseguida vi en su pecho un cordón negro del que colgaba un corazón de coral. Me quedé entonces paralizada, sintiendo los efectos de una conmoción. No me atrevía siquiera a levantar la vista y mirarle a los ojos. El enfermero que me acompañaba se dio cuenta enseguida de mi alteración, que achacó quizás, más que al posible cansancio, al desgaste emocional que siempre conllevan estos reconocimientos médicos. Por eso quiso apartarme y continuar él. Pero no me moví del sitio, y, temblorosa, me dispuse a oír el corazón de aquel marroquí. Al final levanté la vista, le abrí la mirada con mis dedos y me asomé a sus ojos. Y así me quedé un rato, muy cerca de él, sintiendo su aliento, el temblor de sus labios, notando ahora la humedad de sus lágrimas, tal vez causadas por algún recuerdo que le hubiera provocado una cara que no veía desde hacía cuarenta años, o quizás porque hubiera descubierto en el inicio de mi pecho el cordón negro de un colgante como el suyo, del que también pendía un corazón de coral.

            Noté, además, en su cara pálida, en su pecho y en su pulso acelerado, una alteración de su salud, de sus ritmos vitales. Quizás estuviera provocado por el cansancio, o por la desazón de aquella detención. O quizás sólo fuera la consecuencia de verme, de sentirme tan cerca, otra vez, como en aquellos años, tan lejanos, de nuestra adolescencia.

            Cuando acabé con él, no pude seguir. Le pedí a mi compañero que continuara con los reconocimientos que aún quedaban. Me fui a un rincón, me apoyé en la pared y empecé a llorar. Sólo me incorporé cuando los inmigrantes ya salían por la puerta, hacia las furgonetas que los llevarían al centro de internamiento, antes de su expulsión. Él quiso acercarse a mí, con los ojos muy brillantes, pero un policía se interpuso y enseguida lo condujo hacia donde estaban los demás. Y yo, cobarde y aturdida, me quedé parada, en silencio. Me acordé entonces de aquel día en que mi amigo Ahmed, atrevido y valiente, me protegió y defendió cuando me insultaron y amenazaron con expulsarme del país porque decían que era extranjera; y con esos recuerdos en mi memoria, sentí un impulso que me condujo a la fila de los inmigrantes, junto al jefe policial que estaba al mando, a quien dije que uno de aquellos marroquíes tenía un problema. Era una cuestión de corazón, le expliqué. También le dije que aquél era un hombre mayor, con menos resistencia física a las duras condiciones del viaje que habían sufrido. Por eso, para no correr riesgos con su salud, afectada por un excesivo ritmo cardiaco, había que llevarlo al hospital, para hacerle más pruebas y tenerlo durante algunos días en observación.

            Y al día siguiente inicié los trámites, fijando mi propia casa como su domicilio habitual y aportando algunas ofertas laborales, para legalizar la estancia en nuestro país de un inmigrante hospitalizado que estuvo a mi cargo durante varios días por una cuestión de corazón; mientras sentía de nuevo la brisa salobre de aquellas emociones que me brotaron en los albores de la juventud, en las playas de una ciudad blanca y añil.

          

miércoles, 13 de junio de 2018

XXIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2018


MODALIDAD: AUTOR LOCAL


GANADOR: JOAQUÍN GARCÍA PÉREZ

Joaquín García Pérez nació en Guardamar del Segura el verano de 1990. De pequeño siempre le gustaba leer libros, revistas y periódicos, lo que le lleva a estudiar la Licenciatura en Periodismo en la Universidad Miguel Hernández de Elche. Durante sus estudios descubre el libro El Nuevo Periodismo de Tom Wolfe. Este libro hace que comience a interesarse por escribir ficción y comienza a escribir relatos y novelas más allá de los géneros periodísticos. A su vez, cursa varios talleres y cursos de guión cinematográfico, relato breve y novela negra.

En 2014 queda finalista en los XIII Premios Provinciales de la Juventud de Alicante en la categoría de relato breve con el relato Silencio, pero no consigue ganar ninguno de los tres primeros premios. Es en 2017, en la decimosexta edición de los Premios Provinciales de la Juventud de Alicante, cuando logra ganar el segundo premio en la categoría de relato breve con el relato No estoy loca.

Actualmente trabaja de profesor de español como lengua extranjera. 


MI FUNERAL

Otra vez vuelvo a ser una espectadora de mi propio funeral. Mi cuerpo podrido va dentro del ataúd y yo lo puedo observar todo desde fuera como un espectro. Veo a mi hijo llorando, fundido en un amargo abrazo con su mujer que trata de consolarlo. También están mis dos amigas: Dolores y Victoria. Y también ese hombre que hace que me estremezca cada vez que lo veo. Ahí está. Pasivo ante la pena de los demás. Ese hombre alto con media melena canosa que peina con raya en medio, con sus gafas de pasta negra redondas, y vestido con un largo abrigo negro de felpa. Veo que se acerca a mi hijo y le dice algo al oído y él asiente con la cabeza mientras se seca los ojos. Entonces, me despierto alterada en mitad de la noche. Otra vez he tenido el mismo sueño. Sé que el momento se aproxima.
Como cada lunes me levanto y lo primero que hago es tomarme la pastilla diaria que el médico me recetó y tengo que tomar, según sus palabras “hasta que muera”. Luego desayuno y voy a la tiendecita de comestibles cerca de mi casa a comprar. La visita del domingo de mi hijo, mi nuera y mis dos nietos me ha  dejado la nevera semivacía. Compro lo justo para que la bolsa no sea muy pesada y no me cueste mucho esfuerzo subir las escaleras hasta el primer piso donde vivo. Mis rodillas ya no son lo que eran.
Cuando regreso a casa, cocino, como, duermo la siesta un rato y como es habitual en los días de verano, en torno a las seis de la tarde, cuando el sol ha dejado de ser abrasador, voy a la casa de mi amiga Victoria, donde nos reunimos para jugar a las cartas. El verano anterior éramos cuatro, pero María no superó el frío del invierno y una bronquitis se la llevó. Ahora solo quedamos Vicenta, Dolores y yo. Cuando entro al patio interior de la casa de Vicenta, quiero sentarme en mi asiento habitual, pero el perro de Vicenta está durmiendo en ella. La otra silla que queda libre es en la que se solía sentar María.
—Vicenta, ¿puedes quitar al chucho de mi silla?
—Déjalo, Teresa, que ahora está durmiendo. Siéntate aquí, que esta silla está libre —dice señalando con su gordo dedo índice el asiento que queda libre en la mesa de cuatro.
—Ahí se sentaba María — le respondo mientras sigo de pie sujetando mi bolso a la espera de que Victoria quite al perro y con tal de convencerla añado—: Vamos a guardarle respeto.
—¿Respeto? Qué respeto le vamos a guardar ahora a la pobre…
—Que no me quiero sentar ahí, ¡coño! —le replico perdiendo la compostura.
—¡Está bien, mujer! —acepta Victoria a regañadientes que le propina un azote al perro para que baje de la silla.
El perro, que en edad equivalente a la de un humano es más viejo que cualquiera de nosotras tres, se va renqueante y, tras dos intentos,consigue subir a la otra silla para continuar durmiendo. Tras la discusión, empezamos a jugar nuestra partida de chinchón de todas las tardes donde nos apostamos unos cuantos euros de nuestra pensión. Todo va con normalidad hasta que una pregunta interrumpe mi tranquilidad.
—¿Sabéis quién se ha muerto hoy? —pregunta Vicenta mientras tira al centro de la mesa sus cartas ganadoras.
Un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Lo siento desde el interior de mis entrañas hasta la punta de mis dedos.
—Yo he oído que las campanas han tocado a muerto. Por el sonido ha sido una mujer, pero no sé quién —dice Dolores.
El tiempo pasa lento mientras espero con incertidumbre la identidad de la mujer muerta que Victoria se dispone a revelar.
—Ha sido Pilar, la mujer de Antonio el Manco, el que fue alcalde—nos dice Victoria mientras baraja las cartas y tras una pausa añade—: Un infarto.
—Pobrecilla, si se la veía bien. ¿Qué edad tenía? —pregunta Dolores.
—Era seis años menor que nosotras. Setenta y dos o setenta y tres —les digo con la mirada perdida en las cartas y en las manos gordas de Victoria barajándolas—. Fue vecina mía, luego se mudó a la parte nueva del pueblo.
—Pues al hoyo ha ido —sentencia Victoria mientras comienza a repartir las cartas para una nueva ronda—. Así, de la noche a la mañana. ¡Pum! Ataque al corazón y adiós. Dicen que la colombiana que la cuida se la encontró tiesa en el suelo de la cocina cuando volvió a la casa.
—¡No hables así! —le replico a Victoria ante sus ramplonas palabras.
—Ay, Teresa… Si nos quedan dos telediarios. Cualquier día nos vamos una de nosotras. Yo cuando me muera quiero que no me traigan flores. ¿Para qué? Si en dos días se pudren. Prefiero que me pongan…
            Victoria continúa hablando, pero he dejado de escucharla. En mi mente está la imagen de Pilar tirada en el suelo. Inmóvil. Sin vida. Y no puedo evitar que las cartas me tiemblen en mis manos salpicadas por manchas de edad cuando recuerdo el sueño de los días anteriores.
            Seguimos jugando hasta el ocaso y después vuelvo a casa. De camino no dejo de darle vueltas a la muerte de Pilar. “¡Pum! Ataque al corazón y adiós”. Las palabras de Victoria se me han quedado grabadas en la cabeza. Cuando llego a casa me preparo la cena: unas tostadas con algo de fiambre. Antaño solía preparar algo más elaborado para mi marido y para mí, pero desde que me quedé viuda hace ocho años me da pereza cocinar para mí sola. Luego veo un rato la televisión y me acuesto a dormir.
En mitad de la noche me despierto sudorosa. Otra vez el mismo sueño. Otra vez mi funeral. Mi hijo llorando y de nuevo ese hombre acompañando a mi hijo. Y yo, o mi cuerpo sin vida, dentro del ataúd. Busco rápidamente el interruptor, busco una luz que ponga fin a la oscuridad que ven mis ojos y a la pesadilla. Enciendo la lámpara de la mesilla de noche y me incorporo en la cama. La angustia me oprime el pecho y me impide respirar bien. Noto como dos lágrimas se derraman de mis ojos y recorren mis mejillas. Por un momento pienso si es solo angustia o una angina de pecho como la del invierno pasado. Recuerdo que tuve que ir al hospital y estar ingresada. Creía que era mi fin. El rostro de mi hijo mostraba que las palabras que el médico le dijo sobre mi estado de salud no eran buenas, sino, todo lo contrario. Finalmente, logré burlar a la muerte en esa ocasión, me recuperé y, tras unos días, volví a casa.
El dolor se va, parece que esta vez es solo angustia y el sobresalto de la pesadilla. Me seco las lágrimas con las sábanas y me levanto de la cama. Lo primero que hago es cerrar la ventana para que la brisa veraniega de la noche no me produzca un enfriamiento que pueda desembocar en algo peor. Sé que mi cuerpo ya es débil. Después voy a la cocina a prepararme una tila que me tranquilice. Mientras el agua se calienta, las palabras de Victoria sobre Pilar regresan a mi cabeza: “se la encontró tiesa en el suelo de la cocina”. Cuando la tila está preparada la dejo enfriar unos minutos antes de tomármela. Regreso con paso lento a la cama y me acuesto de nuevo. Apago la luz y cierro los ojos, pero mi intento de dormir es en balde. La imagen de ese hombre ocupa mi mente.
Trato de evadir esos pensamientos y no sé por qué pienso en las nochebuenas en familia. Recuerdo las primeras noches del veinticuatro de diciembre en familia. Mis hermanos, mis primos, mis padres, mis tíos y mis abuelos. Éramos una gran familia. Luego, conforme me iba haciendo más mayor, con el paso de los años iba faltando gente a esa reunión familiar. Primero fueron mis abuelos. Cuando me hice más mayor, mis padres. Luego mi marido. Y ahora, yo soy la mayor de todos y, por lo tanto, sé que soy la siguiente que faltaré. Trato de dormir, pero sigo sin conseguirlo.
Horas más tarde, los primeros rayos de sol que atraviesan las cortinas de la habitación ponen fin a la oscuridad de la noche. Me levanto y lo primero que hago como cada día es tomarme la pastilla. “Hasta que se muera”. Las palabras del doctor vuelven a resonar en mi cabeza como todas las mañanas cuando saco la pastilla del envoltorio. Me debato entre ir al entierro de Pilar o no. No era mi amiga, tan solo la conocía de vista, pero tras la pesadilla, la idea de ver un ataúd me produce escalofríos.
La semana pasa rápido. Mi hijo, mi nuera y mis dos nietos me visitan y comemos todos juntos el domingo. Por unas horas me abstraigo, me olvido de todo y me siento llena de vida con mi familia.
Cuando termina el día, mi hijo me dice que el domingo siguiente no vendrán a visitarme porque van a casa de unos amigos que viven en la montaña. Nos despedimos y pienso si esta podría ser la última vez que los viera. Dos semanas. Medio mes. Pienso en si me caigo por las escaleras al subirlas o bajarlas, en un infarto en la cocina como Pilar, en un olvido de mi pastilla diaria… Son muchas las opciones. Me veo frágil, sé que mi fin se acerca, que ese sueño de mi funeral, tarde o temprano, se hará realidad.
Otra vez lunes. Ya me he tomado la pastilla y he ido a la tienda a comprar lo justo. Esta vez me ha costado más de lo habitual subir las escaleras por el bochorno que hace. Mientras estoy preparando la comida, dos timbrazos me sorprenden.«Es él», pienso. Me seco las manos y voy apresurada al telefonillo para abrir la puerta del edificio. No me hace falta preguntar quién es, sé que es el hombre de media melena canosa y gafas de mis sueños. Abro la puerta del piso y mientras sube, voy a mi habitación y cojo del cajón de mi mesita un sobre que tengo preparado. Entra directamente al salón de mi casa y me saluda con un leve y formal apretón de manos. Hace casi cuarenta grados, pero siento un helor que quema cuando estrecho su mano. Entonces, saca de su carpeta de polipiel un recibo y lo deja sobre el trinchante del salón que protege un tapete de ganchillo. Como cada dos meses le entrego el sobre con el importe justo para abreviar al menos tiempo posible ese momento. El cobrador de la aseguradora lo guarda en su carpeta llevándose mi dinero y un trocito más de la poca vida que me queda.
—Hasta dentro de dos meses doña Teresa —me dice formalmente.
—Si Dios quiere —le respondo.
Me vuelve a estrechar la mano. Esta vez la siento incluso más fría que hace un momento y sale de la casa produciendo un gran portazo al cerrar la puerta debido a la corriente que se ha formado al tener las ventanas abiertas. El cuerpo me tiembla por partida doble: por el susto del portazo y porque no puedo evitar sentir la misma sensación de angustia cada vez que ese hombre me visita para cobrarme el seguro de defunción. Maldigo el momento en el que lo firmé y comencé a prepararme para mi muerte. Cojo el recibo con mis manos, todavía temblorosas, y lo guardo en el último cajón del trinchante junto a los anteriores. Mientras, los pasos de ese hombre bajando los escalones retumban en la escalera del edificio y dentro de mi cabeza como campanas fúnebres.

XXIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2018

 MODALIDAT: RELATS  ESCRITS EN VALENCIÀ


GUANYADORA: LAURA CABEDO COBO

Sóc Assitent Social i treballadora de l’Administració Valenciana. Estudiant de l’idioma, filla de poeta pintor, mare de bessones i enamorada dels clàssics des de xicoteta.

 Escric en l'aire, a l’autobús, a trenc d’alba… Participe en declamacions, tallers, vetlades poètiques i he tingut la sort de guanyar diversos premis de relat, poesia, cartes d’amor i microrrelats arran de la geografia espanyola, els quals m’han donat el gaudi de conéixer gent apassionada que respecta i estima les lletres. En alguns llocs eixe ha sigut el millor premi.

Done les gràcies a les organitzacions i a les entitats que convoquen certàmens en Valencià. La nostra llengua és una eina imprescindible, un regal per a la creació força encisador i poètic.  Em sent afortunada. Sens dubte, la literatura fa la vida molt més intel·ligible i valuosa.  


PÀGINES DE FUM


—Jo la vaig matar! —afirma entre llàgrimes aquell pobre infeliç.
L'home d'uniforme es remou a la cadira mentres arrossega un mocador pel seu front de banús. Dos hores d'interrogatori davall una calor insofrible pesen com a lloses sobre el convex de la seua esquena. Haguera preferit deixar caure un sol gegant i tranquil després dels versos de Girondo: estime les dones que saben volar, o entretancar els ulls en la línia repuntada de vaixells al final del port, allà on sempre emergix la negra que li va fer perdre la por. Uns pocs instants de cossos enervats engolint-se com ciclops i, després, tanta vida per a l'oblit.
—Sóc el responsable de la seua mort, sergent!
Però està allí, a un mes escàs de la seua jubilació. Per horitzó eixe marrec d'ulls xinesos, eixut i estremit, que va acudir a confessar com embolicat en una tempesta.
El paisatge és un quarter fosc amb estores en les finestres. La marea febril dels carrers havaners es cola a crits pels badalls de llum i, al centre de la sala, sembla girar un engolidor invisible on algunes mosques revolegen la pudor de les paraules.  Sobre la taula un ventilador ondeja el seu lament de xitxarra trista i, a ràfegues, engrunsa la cabellera indígena de Gabriela, la taquígrafa, que transcriu les evocacions de Jesús Li amb una precisió d'autòmat. 
—Està bé, xicot, comença novament pel principi, però, per favor, intenta ordenar les idees. —El sergent se sorprén de la seua pròpia paciència. Sens dubte s'està fent vell.
El principi…Jesús Li toquereja la seua orella com si enfocara un complex projector de records. Després del curt viatge al centre de si mateix arriba als seus onze anys, quan va entrar en la plantació de Pineda del Riu. De sa mare mulata va heretar la força i la diligència pel treball. De son pare oriental el respecte i la discreció. Per tals qualitats el van contractar en els bancals, per a esbrotar les plantes del tabac.
Tornar a aquells dies llunyans és acostumar-se a l'aire dens i humit d'una selva. Les fragants fulles traspuaven rosada, algunes tan frondoses que superaven la mesura d'un braç, dretes més enllà del seu cap en busca de la brillantor solar. Jornades esgotadores de robes amerades, que li deixaven els dits rovellats i la pell en pura crosta.
—Sembla mentira —pensa la taquígrafa. —Només quatre grafismes de la màquina resumixen la infància del mestís, més o menys de la seua mateixa edat, que ara gemeca com un animal ferit. —Que acabe prompte, Mare de Déu del Coure! —prega per als seu endins. —Només anhela abandonar el cau on treballa mecanografiant denúncies i delictes contra la seguretat de l'Estat o crims polítics. Quan acabe anirà a La Rampa amb la colla, a soltar els seus potents malucs, que demanen compassar un son davall la lluna melindrosa de L'Havana.
 —Concreta d'una vegada! Quan vas començar a traficar amb els llibres prohibits? —bramula amb autoritat el d'uniforme per a intimidar al seu interrogat o potser per a afirmar-se en el seu paper dominador.
Jesús Li té la boca seca, fa dos dies que no menja ni dorm, des que va morir la senyora Florinda Suárez i va començar a vagar pels foscos passadissos de la culpa. Si és capaç d'explicar tota la història, podrà descansar i pagar la seua pena.
Als setze anys, un colp de sort li va fer deixar els camps i traslladar-se a la capital. Sens dubte el millor destí per a un mestís pobre: ajudant del jardiner en una mansió de Miramar. El seu amo era un burgés asturià enriquit amb el negoci del tabac.
El xic fa un descans, com si un record se li haguera quedat barrat en la gola. És la imatge d'ella, la filla de l'espanyol, quan tot just dèsset roses fresques l’incendiaven les galtes, assentada davall el plataner amb un llibre en la mà.
La retorna impossible i bella, com sempre s'invoca el que s’ha perdut o allò que mai es va tindre. No es va atrevir a acostar-se al seu cos subtil de randes i ombrel·la blanca. Ni a mirar els seus ulls d'ensomni, que devoraven les línies mentres amb els dits les recorria, igual que s'acaronen els pètals. La veia en cada flor, en cada fruit sucós mossegat d'amagat, amb fruïció, per a aplacar la tebiesa que pujava per les cames, enfilava la columna i se li enquistava en els llavis al pensar-la.
—Senyor, confesse que en eixos mesos vaig tindre els meus primers alleujaments impurs somiant-la. 
El sergent mira de reüll a la taquígrafa que no sap molt bé com anotar aquesta última confidència. Si el jove no es centra tornaran a casa davall les estreles qui sap de quina nit. Finalment, Gabriela escriu d'un sol colp una paraula inusual per a la seua màquina: amor. 
—Xic, parla'm dels llibres —prega sense adonar-se'n el trastornat policia.
Jesús Li els transporta al temps de revoltes i morts que van acabar en 1959, amb l'eixida dels estrangers i dissidents. El sergent recorda bé aquells anys, inclús Gabriela, que llavors era adolescent, evoca l'algaravia dels partidaris de Fidel que celebraven la victòria en les places. Tot estava per estrenar, la solidaritat, els somnis per un món millor amb eixe eslògan de barbuts “Pàtria o Mort: Vencerem”.
Es van repartir terres i promeses als llauradors que fins llavors només menjaven les sobres. I es va fer pública la cultura. Amb la campanya d'alfabetització, inclús els pobres més allunyats en l'arxipèleg aconseguirien el seu accés a l'escriptura. Però els nous temps no s'avenien amb el capitalisme dels ricassos.
—Ella se’n va anar, senyor. Sense que poguera dir-li ni una paraula.
La seua única comunicació van ser unes senzilles margarides que ell depositava en l'engrunsadora on ella llegia. Les mateixes que la xica guardava en els seus llibres.
 —Abans d'embarcar va manar que deixaren el seu bagul en la caseta de jardineria. Me'ls va regalar. Tots eixos llibres només per a mi! Una nit vaig anar amb el meu cosí i ens emportàrem el bagul en la camioneta. El vaig amagar davall del meu llit. Per a recordar-la, sergent, només això. Ho jure!
Un any després entrà a treballar com a torcedor en una tabaqueria. Encara continuen explotant en llum els seus finestrals alts, i el sostre de bigues amb grans focus il·lumina els torns dels qui amb destres mans fabriquen cigarros. Al xic li va ensenyar l'ofici un tio seu. Col·locava les fulles una sobre una altra, les allisava bé i enrotllava un ruló estret, després tallava la mesura desitjada i donava forma redona a l'extrem del pur. Un acabament d'adragant apegava l'exterior i l'anell, a una polzada del cap, i ja estava el paquet per a les empacadores que posaven el segell de garantia. Tota una obra d'art destinada a cremar als llavis del fumador més exigent.
 En aquella empresa de cinquanta treballadors hi havia torcedors, empunyadores, empacadores i controladores de qualitat, a més dels peons de fardells que venien en camions des dels tendals d'assecat, i els distribuïdors a les empreses de venda o als vaixells del port.
—Sergent, ha de creure'm, tot va ocórrer com li vaig a dir, diguen el que diguen les proves trobades.
Eren jornades d'idèntica rutina i treball dur, monòton. Per això el règim va permetre la continuïtat d'eixa feliç idea: “El lector de tabaqueria”. Una  professió única  amb  més  de  dos-cents empleats en tota l'illa. Florinda Suárez, una antiga mestra, va ser l'encarregada d'informar, alliçonar i omplir de cultura literària aquelles hores de tediosa tasca en la fàbrica objecte de la investigació.
Jesús Li prompte es va convertir en un destre torcedor, però el seu cervell viatjava lluny junt amb la càlida veu de la dona entrada en anys i quilos, amb llengua d'àngel i bondat infinita, disposada a complaure a qui volia escoltar-la.  
 Florinda elevava a la perfecció el seu ofici singular. Mai tocava els productes acabats. Era abstèmia del fum i bona consumidora de paraules. Llegia amb timbre de góspel, des de la taula a l'entrada de la nau, d'on brollaven aventures, passions o venjances ordides en els llibres.
Les notícies del diari oficial eren de lectura obligatòria als matins. Després es recomanaven receptes de cuina i, a petició dels companys analfabets, fins es desxifraven prospectes medicinals. Completaven la jornada novel·les o poemaris permesos pel règim i la cultura oficial. Ella interpretava, convertida en l'esclava, l'assilvestrada, la insurrecta… L'ànsia de llibertat en la seua ànima transportava a cada oient de la realitat, xicoteta i anodina, al món imaginat, indòmit i etern:
Es miren, es pressenten, es desitgen,
s'acaronen, es besen, es despullen,
es respiren, es giten, s'oloren…
…es penetren, es xuplen, es trasmuden,
s'adormen, desperten, s'il·luminen…

 Repetix el xic entre vapors de nostàlgia. La taquígrafa, amb la vista clavada en la seua màquina, acaba mossegant-se el llavi inferior i somiant sense voler.
El militar, que estava avorrit de tanta revolta, desperta catapultat per un ressort. Ha reconegut el seu adorat Oliverio Girondo en eixos verbs que aquell infeliç declama de manera sublim, com si brollaren d'una gramola inserida al seu pit.
   —Llavors se'm va ocórrer, sergent.
Un matí de primavera va decidir abordar Florinda. «Ens llegiria este capítol?, on dorm la margarida seca, per favor». La mestra va esbossar un tendre somriure de dents blanquíssims, emmarcats per la papada fosca i el colorit mocador que embolicava el seu cap i ressaltava més la pell bruna. Quan va fullejar el llibre, el seu semblant es desencaixà. «Americà!». Va mirar al jove amb estupor. «No puc llegir açò públicament, està prohibit, tacat. D'on l’has tret, xic? Guarda’l, que ningú ho veja!»
—No l'entenia, sergent. Per a mi, allò era com una carta d'amor eixida de les mans de la dona que vaig voler. Florinda m'ho va veure als ulls i amagà el llibre davall el calaix de la seua taula. Van passar tres jornades i jo sense esperança, senyor.

Per la reixa, entre els buits de les flors arrissades,
jo els veia donar colps… El soroll i la Fúria. William Faulkner.

            Van ser les solemnes paraules de la lectora al quart dia. Els empleats quedaren perplexos, alguns inclús es van espantar, però Florinda va continuar llegint com si res. El cor del jove torcedor galopava, i els seus esgarrats ulls es van cobrir d'eixa boira de les dolces ferides, que escampa la memòria per a atrapar-nos un poc més.
Amb el temps Florinda va prendre possessió d'un imperi. Tal vegada la causa perduda dels seus somnis literaris:
Paraules, paraules desplaçades i mutilades, paraules d'altres,
va ser la pobra almoina que ens van deixar les hores i els segles…

Va ressonar mesclat amb l'olor acre de la fàbrica una vesprada plujosa. «És L'Immortal de Borges», es murmurava de fila en fila com una onada entre els tabaquers. Tots experimentaven una delícia morbosa davant aquella promiscuïtat del que és prohibit.
—Borges!, però com se t'ocorregué, boig? Eixe anticomunista declarat! —El sergent sua profusament, se servix un gran got d'aigua gelada sense reparar en els ressecs llavis de l'interrogat i pregunta—: Dis-me, fill. Quins altres actes subversius es van dur a terme en eixa fàbrica?
Amb fondo sentiment el torcedor canta uns versos, apresos de memòria, mentres preparava un encàrrec d'havans especials per a la comandància:

I t'estaré esperant com en les estacions
quan en alguna part es van adormir els trens
i tal vegada tot el fum que camina buscant casa
vinga a matar encara el meu cor perdut.

 El policia esbufega; si no fóra pel carbó de la seua pell, s'hauria pogut observar l'incendi en la seua cara al reconéixer Neruda, totalment vetat en l'illa per fer una conferència per als ianquis. Gabriela ja no escriu, ha quedat petrificada, amb els seus enormes ulls fixos en els unflats del mestís.
—Vols dir que es llegia als enemics en temps de treball! —inquirix l'home d'uniforme dempeus.
—Sí, sergent, i… altres, tots trets del bagul. Els forràvem amb diaris per a dissimular, en especial els d'escriptors cubans exiliats o fugits de l'illa: Cabrera Infante, Heberto Pad…
—No seguisques! És prou —lladra el militar iracund.
La taquígrafa accelera per a poder anotar totes aquelles frases infames.
—Va ser la dona d'un empacador, senyor. Quan va veure que Florinda ens tenia tan abstrets li va entrar la banya dels zels a traïció. I la va denunciar!
Jesús Li recorda afligit aquella vesprada. La lectora explicava, segons una revista de cuina, la recepta “de l'arròs congrís” com ho feien els canaris, que li tiraven cansalada als fesols negres i amb ironia l’anomenaven “moros i cristians”, per la confluència dels grans foscos amb el blanc cereal. Ràdio Rellotge havia anunciat les sis en punt i en eixe moment va entrar la policia. No tardaren en requisar a Florinda el doble calaix de la seua taula. Allí s'amagava Vargas Llosa, Severo Sarduy, Joseph Conrad... Vint-i-quatre volums subversius confiscats i la pobra dona ofegada per la sufocació mentres la portaven detinguda.
 —Ella es va deixar anar, sergent, sense delatar-me. Aquest covard, no va saber reaccionar! De segur el seu cor dilatat no aguantà els interrogatoris i per això he sigut jo, senyor:
 Jo la vaig matar amb el meu silenci!
Plora l'infeliç exhaust, recolzat el seu front sobre la taula i l'ànima encabritada, perquè patix dos absències.
Les dades forenses reconeixen l'infart com a causa de la mort. Inexpressiu, l'home d'uniforme les mira. Recorda la seua joventut, quan es deixava arrossegar per les utopies, com eixos éssers que no arriben mai a temps a l'amor o a la felicitat. Pensa llavors en la transparent mordassa que cobrix totes les coses i es convenç: tal vegada la terra i els seus habitants són només paraules que entren i eixen dels somnis. Paraules com a criatures d'illa, rodejats de mar per tot arreu. Després murmura alguna cosa a la taquígrafa, ella dubta un moment i transcriu la sentència a màquina.
La vesprada eleva la llum i tot va quedant-se en silenci, només cimbra la veu de l'oceà i la percussió llunyana dels bars. Gabriela col·loca la confessió sobre la taula, l'interrogador allarga un bolígraf i Jesús Li, analfabet i trist, signa amb una creu.
Davall les últimes brases de l'horitzó és posat en llibertat sense comprendre res. Mai sabrà que el final de l'informe li exonera de culpa. Florinda Suárez és morta sense remei i, a criteri del sergent, l'intent de subversió al règim ha sigut emmudit.
Gabriela hauria remenat els seus poderosos malucs en la timba El Corb a ritme de guaracha, amb la mateixa rapidesa i precisió que gasta a les mans alades. En compte d'això, espera il·lusionada al poètic i tendre Jesús Li després de la reixa del quarter. Ara té una tasca més peremptòria que ballar mambo: ensenyar-li a llegir i escriure amb tota la paciència de l'amor.
Una lluna immensa és prou llum per al sergent que acaricia aquell llibre de fum; ho va dissimular ben bé davall el seu uniforme en la requisa al bagul del «ignorant erudit». Es delecta en veu alta, entre la solitud de la seua hamaca i un cert sucre a la boca com d’aliment per al cor:
—El que em va resultar més dur, va ser tindre pensaments d'home lliure...  L'estranger - 1942. Albert Camus.
Per primera vegada en molt de temps somriu i alça un got a la memòria de Florinda. Dona fascinant sens dubte. De les que saben volar.

miércoles, 23 de agosto de 2017

XXII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2017

 XXII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA 

“REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2017

MODALIDAD: GENERAL

GANADOR: JORGE SAIZ MINGO

Jorge Saiz Mingo nació en Burgos en 1964. Está licenciado en Filología Francesa por la Universidad del País Vasco. Se define como un auténtico esclavo de la literatura y un iluso que cree que algún día la gente volverá a leer como antes. Lector voraz y cuentista disciplinado fantasea a diario con tramas reales y ficticias para eludir el acoso de la televisión y el fútbol.

Dentro de su trayectoria literaria destacan, entre otros,  el Premio de El Rosario de Santa Cruz de Tenerife en el 2016 y el Premio del Ateneo Sanlúcar de Barrameda en el 2017.

Tiene diversos libros de narrativa publicados, como Registro de Penados, La hora de los padrastros, Usted no se acordará de mí y Por decirlo de alguna manera.  

SALVACIÓN

Francisco había dormido fatal, sitiado por un ejército de pesadillas horrorosas, como todas las noches de los viernes de los últimos veinticuatro meses. Sin embargo, se levantó a las siete y media de la mañana, siempre fiel a la disciplina del sábado, el día que visitaba a su esposa por la tarde en el siquiátrico. Desayunó un zumo de naranja y una manzana, se lavó los dientes y se puso el traje de ciclista. Cogió la bicicleta de la terraza, la metió de pie en el ascensor y pulsó el botón de la planta baja. Empotrado en el habitáculo junto al vehículo, contento de poder hacer lo que realmente le apetecía, pensó en el chaparrón de reproches incesantes que ella le regalaba cada vez que iba a verla. No le había quedado más remedio que ingresarla, dos años antes, en una clínica dedicada en exclusiva a las patologías mentales. Desvariaba a diestro y siniestro, confundía la leche con el vino y lanzaba andanadas de juramentos inefables sin venir a cuento. No reconocía los hechos a posteriori, rezaba el rosario a diario arrodillada en el bordillo de cualquier calle y escribía cartas al director del diario de la ciudad con quejas inverosímiles propias de un ser desnortado. En el centro asistencial seguía armándolas pardas. Chinchaba e insultaba a todo bicho viviente y, a las primeras de cambio, se contoneaba por las instalaciones con el culo al aire. Repetía citas filosóficas copiadas de sus abundantes lecturas, apiladas sin tino ni concierto en la superficie ilimitada de la memoria, y se creía una deidad en pleno apogeo zambullida en el cosmos ignorante de los humanos. Comía de cualquier manera, macerada en una descortesía inaudita, a veces con los dedos, en un intento de rebeldía adolescente contra las reglas del poder establecido. A menudo tiraba por el retrete las cuatro pastillas que precisaba ingerir a diario y, si nadie lo impedía, se las ingeniaba para atascar adrede cualquier lavabo que estuviera a su alcance. Tras la periodicidad de las charlas con el director, esgrimía una cara de cordera degollada y luego, al salir a la frescura del jardín, se bajaba las bragas con agilidad de gacela, mostraba la gallardía rosada de los glúteos a los presentes y orinaba con afán destructivo sobre los esquejes de las flores plantados por la mañana por el operario de servicios.

            

    Me pones en el disparador, Paco, y las carantoñas de antaño desaparecían por el sumidero del delirio, la paz inverosímil, los empellones de la cordialidad estampados contra el muro de la insolencia.

            

    Francisco llegó al zaguán y, dado que ya había amanecido del todo, vio la luz del día filtrada a través del cristal de la puerta del portal. Nada más pisar la acera, se ajustó el casco, se calzó las gafas de sol y comenzó a pedalear. Se trataba de una afición que le venía desde la niñez. En aquel entonces, además de al ciclismo, consagraba el tiempo libre a jugar al escondite con los chavales del barrio, a desear toquetear las partes pudendas de las compañeras de correrías y a repasar las tablas de multiplicar con los naipes en los rellanos de la escalera de la casa paterna. No había sido un chico conflictivo. Sacaba notas dignas, obedecía a bote pronto y no exasperaba a los progenitores con ristras de peticiones rocambolescas. Se enamoró de una vecina coetánea de ojos saltones y curvas prematuras que vivía dos portales más allá del suyo. Ella no le hizo el menor caso y él se creó un universo de fantasías pueriles desembocadas en el aluvión de las poluciones nocturnas. Con frecuencia la celaba, de matute, disfrazado de espía al servicio de los impulsos hormonales, y nunca se atrevía a dar el paso definitivo de abordarla. Jamás habló con ella. Le escribió docenas de cartas (todavía conservadas en un altillo dentro de una caja de recuerdos impúberes) que no envió por miedo a la catatara de las consecuencias. Dos veranos antes, por azar, la había visto transformada en una madre redondeada por el torno irrebatible de los lustros. Se saludaron con las cejas, separados por un paso de cebra con el muñeco del semáforo a punto de rojear, sin ninguna mercancía que intercambiarse en las alforjas de la existencia. Ella llevaba un rapaz prendido de la mano derecha y una bolsa de la compra atestada de verduras en la izquierda. No se detuvieron, pero al cruzarse en medio de la calzada, él percibió un olor a colonia antigua, un aroma agradable que encendió las alarmas del pasado en sus fosas nasales de hombre melancólico.

            

    Me pones en entredicho, Paco, y el ronroneo de las mentiras patinaba en el hielo de las desavenencias, el futuro avinagrado, el fulgor de las payasadas deslumbrante durante las visitas sabatinas.

            

    Cincuenta minutos más tarde, con las nubes de contaminación de la ciudad dejadas atrás, emprendió la ascensión de un puerto de montaña. Acompasó la respiración con el ritmo de las pedaladas y conjuntó el frufrú de los resuellos con la belleza pletórica de las laderas. Conocía la zona al dedillo, de otros sábados, pero no se cansaba de admirar la quietud sin parangón de los cajigos ni el matiz ocre de las mohedas. Hizo una parada técnica tras superar un repecho especialmente empinado y bebió un trago largo del agua con minerales que portaba en el bidón adosado al cuadro de la bicicleta. Escupió sobre las chinas de la gravilla del margen de la carretera y continuó con la subida. Tres horas después de haber empezado a pedalear, llegó a la meta de la cumbre. La vista desde allí arriba era magnífica. Los campos se extendían infinitos, sosegados, clasificados en polígonos asimétricos verdes o amarillos, planos como tablas de río. Una bandada de buitres volaba en cercanos círculos majestuosos, sin duda alrededor de una carroña divisada con el don de la vista prodigiosa, atentos a la exclusividad indomesticada de las circunstancias. No había nadie en lontananza, ni coches ni personas, solo la madre naturaleza empecinada en exhibir lo mejor de sí misma. Se comió el plátano y las nueces ya peladas con hambre auténtica, la pureza del aire mirífica, los sentimientos de la soledad indescriptibles. Le hubiera encantado quedarse allí todo el día, lejos de las garras de los compromisos conyugales, sin tener que acudir a la penitencia semanal del siquiátrico. Sabía que era imposible de todas todas, pero el perfil de una sonrisa se dibujó en la satisfacción del gesto mientras se lo figuraba. Amusgó los ojos y vio cómo las rapaces, posadas ya en torno al animal muerto, disfrutaban de un banquete de órdago gracias a la potencia de los picos. La peculiaridad de la escenografía se asemejaba a un documental de la televisión y el imperio tajante del silencio la pintaba con el lustre impoluto de la autenticidad.

            

    Me sacas de mis casillas, Paco, y la pujanza de la antipatía se esponjaba rauda, las tardes eternas, el tiento de las bromas cortado a cercén.

            

    Bajó por otro sitio para completar una ruta circular y volver a la ciudad. Moderó un poco la velocidad al advertir una franja de niebla en medio de la calzada, las zapatas revisadas, el egoísmo de los peligros real. Controlaba el manillar con precisión de puntillista gracias a la firmeza de los brazos y gozaba al romper el aire con el espolón de la bicicleta. Algún que otro insecto se le estrellaba contra las arrugas de la frente, pero eso era lo de menos. Ningún placer en el mundo mejoraba al ir a toda pastilla cuesta abajo. No pensaba en nada ni en nadie, solo se regocijaba, a palo seco. El firme, alquitranado recientemente por una máquina de competencias provinciales, según un cartel alardoso clavado a la vera de la cuneta, se imponía en las escasas y cerradas curvas. Al llegar a una de ellas, frenó con suavidad y, en el momento de girar, la vista se le fue hacia los arbustos de la derecha. Entonces, a unos veinte metros de la carretera, le pareció ver un coche patas arriba. De entrada imaginó que era un espejismo provocado por los rayos arrogantes del sol, pero cuando se detuvo del todo, vio que no se había equivocado con la primera impresión. Se quedó perplejo durante unos segundos, la magia del descenso rota, las ramificaciones de la sorpresa inesperadas. No se oían gemidos que alertaran de presencias humanas y los trinos de los pájaros colindantes interpretaban la melodía aparatosa de la normalidad. Se apeó de la bici y se acercó al lugar del desastre con lentitud de depredador, empapado de sudor, desconcertado, tratando de no ortigarse la desnudez de las piernas. Avanzó entre los matorrales a través del pasaje creado por las vueltas de campana del vehículo, sintiendo miedo de encontrarse de sopetón con cadáveres decapitados o extremidades escindidas. Nunca le habían agradado las películas de terror que incluían sangre a tutiplén, los monstruos hematófagos, los detalles de las mutilaciones escabrosos. Entretanto la tranquilidad del lapso descollaba inconmensurable y los porqués del accidente deambulaban invisibles entre las hojas dentadas de los árboles.

            

    Me pones del hígado, Paco, y el quiquiriquí de las rencillas se deslizaba por el tobogán de la hartura, las contradicciones chamuscadas, las llamas del desabrimiento azuzadas por el atizador de la rabia.

            

    El todoterreno era un modelo moderno, de color gris marengo, dotado de cuatro ruedas gigantescas, y parecía intacto a primera vista. No había lunas destrozadas ni parachoques abollados. En el asiento del conductor, boca abajo, se apreciaba la presencia de un bulto inerte. Francisco se arrimó más y vislumbró una cabellera cobriza despeluzada pegada a la cuadratura de la ventanilla. Era una fémina joven, desmayada o muerta, con el cuerpo de espaldas encogido en una postura insólita, y no se le veía el rostro. El tictac de las luces de avería, acaso automáticamente disparado a raíz del golpe, imprimía una cadencia de muelle bien engrasado a la fatalidad del momento. Tomó el móvil de la mochila que llevaba en la espalda, pero por desgracia no había cobertura en la zona. Buscó un pedrusco para intentar liberar a la mujer de la cárcel de la carrocería y no halló ninguno en las inmediaciones. Tornó a la carretera con los nervios a flor de piel, echó un vistazo a ambos lados por si alguien se aproximaba y asumió que estaba solo en el mundo ante la dictadura vehemente del siniestro. Quería reaccionar y no sabía por dónde empezar. Al cabo cogió una piedra de aristas puntiagudas y regresó hasta el coche. Aporreó el vidrio con brío de coloso, obtuvo la recompensa ridícula de unas grietas externas y se quedó más decepcionado que un infante sin chocolate con churros en una tarde decembrina. Entonces vio un portabebés medio oculto en el asiento del copiloto. Los cinco dedos minúsculos de una manita blanca como la leche surgían de la penumbra y trocaban la calma de la atmósfera por una balumba de urgencias. Rodeó el vehículo vapuleado por una prisa de histérico y descubrió con estupor que el cristal de la ventanilla estaba un poco bajado. Metió el brazo por el espacio libre, palpó la ropa que envolvía a la criatura y tocó la blandura de una carne facial aún sin hacer del todo.

            

    Me pones en un brete, Paco, y el zambombazo de las recriminaciones estallaba durante el mal trago de las visitas, los embrollos peliagudos, el busilis de las remembranzas finiquitado.

            

    Francisco se agachó más para poder actuar con mayor eficacia y se topó con las facciones atónitas de la mujer. No cabía ninguna duda del óbito, los iris petrificados, el arrebol de los mofletes abolido de un plumazo. No obstante, el niño estaba vivo y en ese instante los espeluznos del silencio se quebraron con el aguijonazo de un llanto inopinado. Fue un sonido agudo, límpido, casi irritante, sumergido en el maremagno tormentoso de la desdicha. Introdujo el otro brazo y trató de sacar al bebé con meticulosidad de tasador de rubís. Apretó el cristal hacia abajo con todas sus fuerzas, pero era literalmente imposible, con la contundencia del accidente bloqueando a conciencia todos los sistemas eléctricos. Pasó la yema de los dedos por la epidermis del rorro, sin poder verle la cara, y se le puso la piel de gallina al constatar que el porvenir de aquel angelito dependía de su capacidad de reacción. Fue hasta el maletero, por si encontraba una barra o algún otro utensilio apropiado para hacer palanca, aunque también estaba cerrado a cal y canto. Probó de nuevo con el maldito móvil, pero estaba claro que ese sábado la tecnología se ponía al servicio del infortunio. Pensó que el crío quizás llevaría toda la noche a la intemperie y fue a por el bidón de la bici para aliviarle la sed. Se mojó los dedos, los posó sobre la inocencia de los labios infantiles y, estremeciéndose, percibió cómo la lengua diminuta le lamía el estropicio de los padrastros. Estaba delante de la vida y de la muerte, transformado en otro dios distinto al de unos minutos antes mientras descendía a toda mecha por el abajadero de la carretera. Colocó al chiquilín lo más cómodo posible mediante una maniobra compleja y fue a buscar otro pedrusco mayor. Al fin encontró un ejemplar adecuado, sepultado a medias, y le costó horrores extraerlo porque la tierra estaba dura y reseca. Ante la posibilidad de herir al bebé, se plantó delante de la ventanilla de la conductora y, con las manos empercudidas como un hombre de las cavernas, observó de qué modo la impasibilidad del cielo se mantenía ajena a las tribulaciones de la humanidad.

            

    Me pones de mil colores, Paco, y el miramiento de la relación se hundía en el naufragio de las jornadas, las vicisitudes fraudulentas, la importancia del pretérito quebrantada.

            

    A fuerza de un sinfín de golpetazos, Francisco logró romper el cristal. Quitó los añicos con delicadeza supina y comenzó a sacar el cuerpo de la mujer. Pesaba de lo lindo. Tiró de las axilas con vigor de titán, las muñecas frías, la alianza del anular amustiada. En la pernera derecha del pantalón vaquero se apreciaba una mancha numular oscura y en los pies, descalzos, destacaban unas uñas pintadas con un fucsia vívido. La blusa malva se desabotonó y dejó a la vista la turgencia de dos senos de primípara joven. Era guapa, sin aditamentos cosméticos, convertida en esos momentos de tensión extrema en una heroína de carne y hueso dentro de una película con desenlace trágico. Sin embargo, no tenía tiempo para soñar con la dispersión del sexo. La tumbó al lado del tronco de un quejigo, la calibró durante un instante efímero, consciente de que aquel visaje de hermosura extinta jamás se le borraría de las páginas de la memoria, y retornó enseguida a la tarea de libertador. Penetró a rastras en el vehículo volcado y se rozó la desnudez de los muslos con diminutos trozos de vidrio todavía pegados a la ventanilla. No sintió dolor al reptar por el interior en busca del crío que continuaba llorando, pero se quedó de piedra nada más verle la cara. En los ojos rasgados del querubín se adivinaba un origen oriental. Anclado en medio del océano de la estupefacción, Francisco repasó en una fracción de segundo las capitales de unos cuantos países del continente asiático y tuvo auténticos problemas para recordar que Yakarta era la de Indonesia. Su mente se alejó de la adversidad a la velocidad de la luz, viajó hacia atrás entre el amasijo de los años y se detuvo en la tarde de un otoño remoto. Estaba sentado junto a su mujer, mucho antes de la ingratitud cruel de los descarríos, en el sofá donde disfrutaban de las películas de los domingos, turbados ambos con la historia de una pareja francesa que había ido a Camboya para adoptar un niño. Los incordios de la burocracia estatal se complicaban hasta límites insospechados y el amor de los futuros padres se agitaba por el zarandeo crudo de las incertidumbres. Ese día, tras apagar la tele, se fueron a la cama con la sensación de haber compartido la ambigüedad de una ficción con final chocantemente infausto y durmieron más juntos que nunca.

            

    Me pones de los nervios, Paco, y el barco de papel de las reconvenciones zozobraba en el pozo de las discrepancias, el varapalo de las marejadas categórico, el porqué de la incomunicación despotricado.

            

    A pesar de aquellos recuerdos venturosos, cuando tuvo al bebé en los brazos fuera del todoterreno, no supo qué hacer con él, con el cricrí de los vagidos, terminado por arte de magia, aliándose con el gobierno impiadoso del astro rey bajo el azul cerúleo del cielo. Su mujer siempre había querido tener hijos, incluso desde el principio de la relación, pero él se negó en redondo, arguyendo que ya existían demasiados desgraciados en el planeta para encima traer uno más. Ahora, a punto de cumplir la nada despreciable edad de medio siglo, pensó que quizás aquellos noes tozudos habían contribuido a desatar o a espolear la enfermedad mental de su consorte. Contempló la criatura que emergía con vitalidad incólume entre el desgarro de los padrastros y se emocionó como cuando, siendo un mocoso que apenas levantaba un palmo del suelo, se padre le regaló su primer triciclo. A renglón seguido, echó una última ojeada a la madre exánime que ya no podría desempeñar las funciones de genitora y regresó hasta donde permanecía la bicicleta, a sabiendas de que los avatares de aquel sábado iban a cambiarle la vida. Vació la mochila, se la colocó delante del pecho, arropó al bebé con el chal en el que estaba envuelto y lo encajó dentro de ella con escrúpulo de cirujano. Dejó la tapa abierta para facilitar la respiración y continuó con el descenso, más despacio que nunca, sin volver la vista atrás, con las pupilas hincadas en el éxtasis del horizonte y el corazón afincado en la heredad de la esperanza. No se sentía un ladrón de niños, sino un hombre consecuente en pos de la salvación, capaz de ir al siquiátrico a ver a su esposa y presentarle al nuevo miembro de la familia.