viernes, 24 de agosto de 2018

XXIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2018

MODALIDAD: IGUALDAD DE GÉNERO



GANADORRAÚL CASTAÑÓN DEL RÍO

TÍTULO: LIMONES PARA ENDULZAR

Raúl Castañón del Río, natural de Oviedo, es escritor. Cuenta en su haber con distintas novelas como Sueños en conserva, publicada por la Fundación Alberto Jiménez-Becerril contra el Terrorismo y la Violencia, como ganadora del X Certamen Creadores por la Libertad y la Paz, y por la editorial Ringo Rango en su segunda edición. También ha publicado colecciones de relatos temáticos como Cuaderno andaluz, Dorsal 12 o Territorio WhatsApp (disponible en las plataformas de Amazon).

En su andadura literaria, Raúl Castañón ha obtenido premios de novela, de relato corto y de poesía. Está asociado a la Asociación de Escritores de Asturias y a CEDRO. Tiene relatos publicados en distintos libros de antologías y revistas culturales. Ha sido miembro del jurado en distintos premios literarios y también colaborador y corrector ocasional de publicaciones diversas, así como partícipe en programas de radio, articulista deportivo y autor de letras musicales.


LIMONES PARA ENDULZAR

 

 

Porque aunque la virtud esté en lugar oscuro, jamás se esconde.

De la tranquilidad del ánimo.

Lucio Anneo Séneca

 

–Los limones, los huevos, el azúcar, el hojaldre para la base, la mantequilla, la leche condensada, o el merengue… Los ingredientes son más o menos los mismos en todas partes –solía decir Marga–. El secreto está en la proporción y en el toque personal que le des.

            –Pues eso tendrá que ser. Algún secreto tiene que haber, porque nunca había probado una tarta de limón tan deliciosa.

Siempre le contestaban más o menos lo mismo quienes probaban por primera vez la tarta estrella de la casa. En aquella ocasión el comentario también fue elogioso y creíble. No exageraba, ni tampoco lo decía por cumplir, la joven estudiante recién avecindada de alquiler en el pueblo. Bastaba escucharla para casi verla relamerse de gusto con aquella deliciosa tarta recién horneada, la enseña dulce comestible del restaurante. La otra dulzura  no se comía, pero alimentaba con su buen trato sonriente.

            –Pues entonces cómete otro trozo. A este invita la casa –le ofreció Marga desde detrás de la barra, haciendo gala de su obsequiosidad habitual–. Cuando puedas disfrutar de lo que te gusta, tú no te prives, que ya amarga bastante la vida cuando le da.

            Muchas gracias, pero mejor no. La línea, ya sabe. Aunque sí que me tomaría un poco más de café. Con sacarina, por favor.

            –La línea, la línea… A tus años la línea se te mantiene sola, hija. La única línea que debería preocuparte aquí es la del autobús, que cada día pasa con más retraso. Y otra cosa, jovencita; como me vuelvas a tratar de usted, te quedas sin tarta y sin café para los restos. Yo aviso escenificó índice en alto y acentuando la sonrisa permanente de la cara. No sabía reñir de verdad, Marga.

            El café estaba casi vacío y la risa de las dos mujeres resonó entre las paredes iluminadas. Joven una, la otra también, pero menos, envejecida de más por los trabajos de la vida y el sedentarismo. Pero nada había podido apagar nunca la sonrisa fresca y jovial que Marga exhibía a cada momento. Una sonrisa que brillaba más que el ámbar tubular de los neones anunciando café con su nombre.

             Marga sabía ponerle buena cara al mal tiempo y trabajar de firme. Se le daba bien, había tenido poco tiempo para aprenderlo hace mucho. Por eso era que ahora en el pueblo todo el mundo la conocía y la valoraba por ello. Su vida no había sido nada fácil, pero allí estaba ella, donde siempre: al pie del cañón un día tras otro, sin apenas descansos ni mucho menos vacaciones. Ya podía llover, nevar o socarrar el solo como hoy, que ella abría y se despachaba siempre con la simpatía voluntariosa que la caracterizaba. Atendía a solas su negocio en la carretera general, un pequeño café-hamburguesería que destellaba su nombre al estilo anglosajón: Marga’s. Allí, en plena profundidad ibérica fin de siglo, un rótulo luminoso como de película americana que congregaba a camioneros y adolescentes por igual, invitando a todo el mundo a sentirse tan a gusto como en su casa.

–Así que un curso de verano en el Colegio Mayor –repitió Marga, asentando sobre la mesa de la joven una cafetera casi llena para que se sirviese a discreción. El aroma del café se expandía incitante por el local. Desde luego que se hacía muy difícil no encontrarse bien allí.

Pues sí –respondió la chica estudiante–. Un curso de extensión universitaria. Yo estudio Periodismo en Madrid y este año no quería pararme del todo en verano. Preferí tomarme unas vacaciones activas. Así que aquí estoy, aprendiendo un poco y de paso conociendo algo de esta tierra que ya llevaba tiempo con ganas de visitar por influencia de mis padres. Ellos vivieron aquí un tiempo hace muchos años. Por cierto, me llamo Rocío.

            A Marga le producía una satisfacción indefinible que aquella joven estuviese allí, estudiando sin mayor urgencia ni preocupaciones. Era una chica simpática y agradable, de bonita sonrisa hermoseada por el realce de la juventud en flor. Físicamente le recordaba a ella misma a su edad, con aquel tipo de sílfide que tenía. Mirarla era como verse en un espejo de veinte años atrás, pensaba Marga con un punto de nostalgia en la mirada. Tenía su encanto, un encanto comparativo y contrastante, el jugar a darle al reloj tanta cuerda hacia el pasado; aunque según qué nostalgias podían volverse también un ejercicio agridulce por momentos. Y es que era lógico. El pasado, al recordarlo, nunca pasaba del todo y a veces volvía por vericuetos insospechados. Y con efectos de lo más sorprendente.

            Aquellos fueron otros tiempos, tiempos más duros; sobre todo para una mujer. La desigualdad intersexual era mucho más pronunciada, a la par que invisible por omitida. A Marga le tocó criarse en una época de estrechez de miras y no pocos sinsabores, donde los limones solo podían ser ácidos y las dulzuras se cocinaban a fuego muy lento todavía. Y al salirse del guion, las dificultades se multiplicaban por mucho. Si, como fue su caso, la vida te deparaba una maternidad en la soltería. Entonces la acrimonia subía muchos grados y las expectativas de fuego dulce se apagaban deprisa. Todas las miradas alrededor, aun las desconocidas, se tornaban de acritud y falsa moralidad. Parecía no haber penitencia suficiente por deshonrar a una familia, a un colegio, a un pueblo entero, a decir de las malas lenguas peores. Un acto impulsivo natural se censuraba cual atentado intolerable contra las buenas costumbres, y la mujer señalada por el pecado quedaba en evidencia, oscurecida y sola, completamente a merced de la murmuración. Y si, para colmo, por juventud no se llegaba ni a ser mujer, todo se ponía más cuesta arriba aún. Pero Marga ya tenía mucho amor propio desde muchacha y no se resignó a su mala suerte. Porque la suerte buena no caía del cielo ni crecían en los limoneros, sino que había que pelearla y cocerla con tesón paciente. Ya se lo decía su madre desde bien niña: “Marga, hija mía, tú ten en cuenta siempre que por el mundo hay dos clases de personas: las que, queriendo o sin querer, son capaces de amargarlo todo a su alrededor, y las que con muy poquita cosa consiguen endulzar hasta los limones más agrios”. Y pronto habría de comprobar Marga cuán acertada estaba su madre. La vida le confirmaba que quienes habían nacido para amargar, podían amargar la más almibarada de las macedonias sin esfuerzo ni conciencia; y, lo que era peor, también sin remordimiento alguno. Por el contrario, había podido observar igualmente que las personas del otro grupo acostumbraban a prodigar su don sin medida y casi sin querer; y, desde luego, sin esperar nada a cambio. Pero a ella ni siquiera su propia madre tenía la receta para endulzarle un poco aquel mal trago. También ella estaba sola, empobrecida y marcada desde que el marido la abandonase por otra. Así, ese consejo materno fue de la poca luz que sirvió de orientación a Marga en el apagón sobrevenido. Notó un vacío social lleno de dobleces que se iba deslizando con ella a su paso apartado. Sin posibilidad de ayuda económica familiar, ni responsabilidades paternas, ni mayoría de edad, Marga comprendió que nunca sería tomada en serio por sí misma. Era casi una niña, pero ya lo bastante mujer para darse cuenta de que bajo tales condiciones no podía haber mucho futuro ni para su hija ni para ella. De modo que tendría que despejarse el camino por su cuenta y riesgo exclusivos. Había que ponerse manos a la obra deprisa si quería abrirse paso en la vida.

Pronto pudo entrever el camino a través de las lágrimas. Del otro lado de la mampara aislante se transparentaba la posibilidad, tan oportuna como oportunista, de la entrega en adopción de la niña por nacer. La mujer del médico del pueblo vecino estaba incapacitada –cuando menos a ella se le achacaba en los mentideros locales la incapacidad reproductiva– para tener descendencia, y una mediadora convincente se le acercó con el acuerdo. Acogerse a la sensatez por el bien del bebé: un entorno seguro y acomodado siempre pintaba mejor que un presente de escasez y oprobio hereditario. La niña tendría así un padre reconocido, solvente y respetado, con apellidos completos que le abrirían puertas que de otra manera siempre encontraría cerradas al crecer.

            Marga tuvo tiempo a pensárselo bien con la criatura en el vientre todavía. Transcurrieron días y días de reflexión solitaria con las miras puestas únicamente en el futuro de la niña. Un futuro que acabaría por decidir. Para Marga no era una elección fácil. Le resultaría muy doloroso y duradero el sarpullido que resquemaría su instinto maternal a raíz de aquella decisión suya, pero terminó por aceptar la alternativa que se le ofrecía. Una vez llevado a término el acuerdo, a la joven madre le pesó sobremanera no haber podido ni siquiera bautizar a su hija. Ya estaba hecho, y hecho para bien, así que mejor no pensar más en el nombre que ella le hubiese dado de no haberle cambiado los apellidos esos avatares del destino. Además del vacío del corazón, del vientre y de los brazos, le quedó la letra pequeña del acuerdo. Una pequeña compensación económica y una carta de recomendación para un coqueto restaurante de la capital, propiedad de un paciente agradecido del médico, quien había conseguido priorizarle una operación mediante sus contactos en el hospital comarcal. Para bien y para mal, en un universo tan pequeño todos sus habitantes compartían ligaduras.

            Objeciones de maternidad al margen, lo cierto es que el trato era ventajoso y discreto. Al médico lo trasladarían pronto a su lejana ciudad natal y la pequeña se quedaba en buenas y pudientes manos, estuviese donde estuviese. Cuando la vida no te ofrecía naranjas, había que tratar de dulcificar en lo posible los limones que te caían encima de golpe. Al final todo se reducía a eso, a algo tan fácil y tan difícil como mejorar lo mejorable; ya contenía bastantes amarguras incontestables la vida. Era natural, pura y dura supervivencia. El dinero compensatorio no sumaba gran cosa, pero Marga mantenía intactos su vigor juvenil y una fuerte voluntad matriarcal para salir adelante por sus propios medios, por limitados que estos fuesen, que lo eran por todas las coyunturas. Era cuestión de mantener encendidas las pocas luces del camino para no perderse. Porque aunque la virtud estuviese en lugar oscuro, jamás se escondería si era virtud verdadera. Y Marga atesoraba auténticas virtudes laboriosas para ganarse una vida digna, la que cualquier ser humano merecía por el simple hecho de serlo.

Pasaron años duros de privaciones, pero siempre pasaron hacia delante. Para cosechar el futuro había que cultivarlo primero. Los madrugones y las muchas horas de trabajo en el restaurante la hacían caer rendida cada noche en brazos del agotamiento. Pero a la mañana siguiente volvía a levantarse muy temprano, enérgica y sonriente como un amanecer de primavera; siempre amanecía una sonrisa invencible en su cara.

La Marga empleada seguía cocinando para los dueños y clientes del restaurante mientras ahorraba para emprender un proyecto propio. Hasta que pudo reunir lo suficiente para volver al pueblo de la incomprensión con la cabeza muy alta y el ánimo bien dispuesto de siempre. La restauración había sido su medio de vida desde su exilio en la ciudad, y se había decidido a abrirse camino desde la cocina también en el pueblo que la viese nacer. No había podido elegirle nombre a la hija que le arrebataron los tiempos, pero al menos sí podría darle nombre, su nombre de madre, tan limpio como el que más, al negocio hijo de sus muchos esfuerzos de años. Marga había aprendido a desenvolverse por su cuenta y a sacar lo mejor de cada situación, por adversa que pareciera. Así, comprobó que los limones de la vida agriaban menos si se les aplicaba una receta dulce. Y eso valía tanto para las personas como para los postres. Su tarta de limón se hizo pronto famosa por la mucha aceptación que encontró entre la gente, ya fuesen del pueblo, de los alrededores o completos forasteros. No había distinciones de paladar: el gusto especial de la tarta de limón de Marga’s andaba de boca en boca por toda la comarca. Todos querían probar aquella receta casera, de dulzor tan agradable y equilibrado que hacía imposible no repetir la visita ni la recomendación. Lo que nadie imaginaba era que el ingrediente secreto, lo que de verdad dotaba de personalidad propia a la repostería de Marga, era la metáfora contenida en su factura. Una metáfora de lucha, de ir hacia delante y de frente, con fe en uno mismo y con el empeño, también, de humanizar la adversidad sin trazas de acritud hacia el mundo.

Hoy las cosas han mejorado en muchos aspectos, aunque lo ideal siga siendo eso, un ideal, una luz esperanzada empequeñecida en el horizonte. Pero ver a esta chica, Rocío, tan resuelta y espontánea a la hora de conducirse en la vida demuestra un claro avance igualitario. Sus palabras exentas de imposiciones, sus estudios y su atuendo de libre elección ejemplificaban bien el cambio de los tiempos. Un cambio que reafirmaba sin saberlo el brillo inteligente de sus ojos claros y curiosos. El curso de la vida del país se normalizaba hacia la igualdad de oportunidades natural y Marga se congratulaba por ello.

Y una vez más volvió a pasar pronto el tiempo, volando como en los años rescatados del recuerdo. Durante aquella estancia de verano, se habían ido estrechando con el roce diario los lazos entre Marga y la joven estudiante. Rocío acudía al café todos los días, bien para comer o cenar, bien para tomar café y charlar un poco con Marga. Sin duda la joven había encontrado allí una calidez de hogar sustitutiva, entrañable, diferente. Las confidencias entre ambas mujeres menudearon y dieron en acentuar la afinidad apuntada ya desde el primer momento. Así fue como Rocío pudo conocer día a día los contornos de la historia personal de Marga. Una historia de marcada cercanía, y no solo por los retazos cara a cara de su relato. Lo que Marga solía destacarle a Rocío era el hecho significativo de una coincidencia de edades, de lugares, de destinos entrecruzados por algún signo circunstancial y al cabo favorable; tan favorable como el albur que auspiciaron en su día los padres adoptivos de Rocío. La joven estudiante tenía ahora la misma edad que Marga cuando volvió de la ciudad para abrir el restaurante. De alguna manera Marga’s, tendía un vínculo privado y fuera de carta entre ellas, y también entre los tiempos tan dispares de sus respectivos veintiún años. Rocío le contaba a Marga lo que había aprendido cada día, en el curso o fuera de las aulas, en esa otra universidad de obligada matrícula que era la vida. Le hablaba con toda naturalidad de sus proyectos: un viaje por Europa en InterRail, unas prácticas ­no remuneradas pero formativas en una agencia de prensa, una revista digital de información universitaria a coordinar junto con otros compañeros de facultad...

El curso acababa para Rocío con un poso de pena externa. Marga y ella habían llegado a tomarse verdadero afecto y confianza. Marga, por su parte, la había ido ahijando poco a poco en su fuero interno y también lloraría más en la despedida.

Cuando aquella noche de poco antes del adiós Rocío apareció en compañía de Roberto, un guapo muchacho del pueblo con cierta –y merecida– fama de haragán Marga no se sorprendió demasiado.

–Ya nos conocemos –dijo al decirle Rocío su nombre con limones soleados en la voz y en la mirada tierna–. Demasiado bien nos conocemos, ¿verdad, perillán?–. <<En realidad lo conocía ya desde antes, incluso, de que naciera>>, añadió Marga para sus adentros.

Rocío no dijo nada, solo sonrío por el reflejo de Marga. Nunca dejaba de ver en ella a alguien capaz de plantar limoneros dulces y madurar los frutos en el seno de su cosecha.

El pasado de Marga se iba dulcificando poco a poco en el espejo retrospectivo que el verano le había puesto delante. Se la habían encaminado con sutileza y la habían llamado Rocío. El nombre le gustaba, y los apellidos coincidentes le habían corroborado al punto la certeza del instinto de la primera visita. Claro que más gusto daba todavía constatar la educación recibida por la niña, una educación de la que también ella había tomado parte, aunque fuese por delegación. Era un verdadero placer verla conducirse por la vida con aquella frescura y cercanía tan admirables, sin una mala cara con nadie, tratando a todo el mundo por igual independientemente de su condición. Cómo no alimentarla y cuidarla con un extra de esmero durante su estancia en el pueblo insospechado de sus orígenes, cómo no hacerla partícipe de aquella recóndita historia familiar. Por fin tanto trabajo y desvelo se resarcían con una compensación a la altura, pensaba Marga preparando más café. Si en el pasado no pudo darle un techo propio a su hija y tuvo que abrigarla en otro lugar, hoy podía congratularse de la dura decisión del ayer. Por fin un verano de vacaciones, aunque fuera sin moverse del sitio;  aunque fuera así, por las cabriolas de un destino rocambolesco y coincidente hasta lo increíble. Parecía que Rocío también se sentía atraída por los genes, tan irresistibles para ciertas jovencitas a lo que se veía, de aquel golfo de su padre. Un padre reconocido a su vez de ese otro hijo de otra mujer que eligió llamarlo Roberto. Bueno, nadie era perfecto, y de las atracciones fatales también se aprendía; todo en la vida enseñaba a vivir. Y hasta en eso se parecían las dos, no solo en la caída de ojos y la forma de reír.

Cuando el muchacho salió del café y volvió a quedarse a solas con Rocío, Marga se reconoció como nunca en sus ojos de agua. Entonces vio definitivamente claro que todo había merecido la pena y que podría poner, de viva voz y con orgullo, toda una vida a nombre de Rocío. Sus padres adoptivos la habían dejado libre para conocer por sí misma aquella verdad recién nacida y no iba a ser su madre biológica quien se la ocultase, se había ido persuadiendo Marga a lo largo del curso. Tan solo le pidió a cambio que volviese a visitarla siempre que quisiese o, en su defecto, llamarla por teléfono algún día. Bueno, eso y la promesa honorífica de que si algún día la hacía abuela se lo haría saber.

Y así se completaron, con sorpresa y emotividad fuera de programa, las enseñanzas de aquel verano revelador en las raíces, junto a la cafetera siempre dulce y humeante de Marga’s.


XXIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2018

 MODALIDAD: RELATO EN CASTELLANO


GANADOR: FRANCISCO DE PAZ TANTE
TÍTULO: CORAZONES DE CORAL

Francisco de Paz Tante es natural de Polan, Toledo. Es catedrático de enseñanza secundaria, de Geografía e Historia, ahora ejerciendo las funciones de inspector de educación en la provincia de Toledo.

Ha obtenido varios premios de novela, como los de las diputaciones de Cáceres y de Córdoba, el de Ciudad Real, y, el último, el “Salvador García Aguilar” premio que concede el Ayuntamiento de Rojales, Alicante..

También ha sido finalista en certámenes de narrativa como el “Fernando Lara”, de la editorial Planeta, El Felipe Trigo, el de Badajoz, el de Barbastro, y el Edebé de literatura infantil.

Además, ha obtenido más de cien premios literarios en distintos certámenes de cuentos y relatos breves. 


CORAZONES DE CORAL
  Francisco de Paz Tante 

 

Al principio, cuando me llamó el jefe de servicio para decirme que habían descubierto en un camión a unos inmigrantes sin papeles, pensé en una actuación médica más, en otra salida de las que a veces hacíamos para colaborar con la policía o los jueces. Aquellos hombres habían hecho el viaje en un doble fondo, hacinados y sin ventilación, me dijo. Por eso necesitaban una revisión médica, antes de internarlos en un centro para extranjeros y proceder a su posterior expulsión.

Fue al salir de su despacho, ya con el maletín del fonendoscopio y otros utensilios médicos de urgencias, a los que añadí mascarillas y guantes, cuando mi jefe amplió la información. «Proceden de Assilah, una ciudad del norte de Marruecos», me explicó. Y, al oír aquellas palabras, la expresión de mi mirada, hasta entonces acorde con lo que suponía el encargo de una salida más, una práctica médica habitual, se tornó en otra más abierta, con relumbres de sorpresa y afectación. Él se dio cuenta y me preguntó, extrañado, si había algún problema. Pero yo no quise compartir lo que sentía en esos momentos, y negué con la cabeza para decirle que no. Pero cuando llegué a la ambulancia, donde me esperaban el conductor y un enfermero, aún seguía ensimismada, sintiendo el pálpito de las emociones que, de nuevo, como tantas otras veces en mi vida, me había provocado el recuerdo de aquella ciudad de donde provenían los inmigrantes.

De Assilah, eran aquellos marroquíes a quienes teníamos que practicar un reconocimiento médico. Como lo era yo también. Y no sólo porque en mi carné de identidad constara que fue allí donde nací, sino también porque aquella ciudad marroquí, en la que viví durante mi infancia y adolescencia, siempre la consideré mía. Por eso, cuando Marruecos se independizó, no entendía por qué teníamos que marcharnos, aunque mi padre, que ejercía de médico militar en aquel Protectorado, se esforzara en hacerme comprender que nosotros éramos españoles, y aquellas tierras ya no eran nuestras. Y nunca olvidaré la impresión que me produjeron sus palabras, la desolación que entonces empecé a sentir como la premonición de una contumaz nostalgia que ya persistiría el resto de mi vida.

Tampoco pude entender entonces la actitud de algunos vecinos que siempre me habían tratado con respeto, y durante aquellos días en que celebraban la independencia me clavaban sus ojos azabaches con desprecio sobrevenido. Algunos incluso me empujaron e insultaron, y pretendieron agredirme, porque, según decían, yo era extranjera. También me dijeron que me expulsarían del país. Hasta que mi amigo Ahmed se puso a mi lado, me protegió y defendió, llamándoles cobardes, retándoles, y gritándoles que yo no era extranjera. 

Aunque continuamos en Marruecos hasta que la nueva administración tuvo capacidad para organizarse, al final se consumó el exilio al que, según decían, era mi país. Luego, en todos aquellos años de ausencia, no había encontrado una ocasión propicia o motivo para regresar. Quizás porque no quería reencontrarme con los paisajes de mi infancia y adolescencia, por temor, tal vez, a constatar que aquel mundo que conocí sólo estaba vigente en las nostalgias de un tiempo ya para siempre pretérito.

Había vivido en Assilah durante los primeros dieciséis años de mi existencia. Y allí se produjo mi enraizamiento con la vida. Aunque tendría que pasar algún tiempo para que fuera consciente de la importancia que tienen los paisajes de nuestra infancia, los que nos ponen en relación con el espacio y lo pueblan de afectos y sentimientos. En ellos está la fuente de nuestra identidad, donde construimos el armazón sobre el que vamos sustentando los avatares de la existencia y la urdimbre de los años. Son lugares, vividos y sentidos, en los que también queda la impronta de quienes los habitamos, en sus ríos, sus calles, sus plazas. Como quedaría mi rastro en quienes compartieron conmigo juegos y emociones, ilusiones y sueños; en un tiempo ya amarillo, en un lugar de la memoria.

Aquel día en que, ya anegada de recuerdos y añoranzas, me dirigía a las dependencias donde permanecían retenidos los marroquíes clandestinos, el conductor de la ambulancia y el enfermero iban hablando sobre la inmigración incesante y sus desastres; pero yo, sin querer entrar en la conversación, prefería seguir inmersa en mis pensamientos.

            Y entre los recuerdos que entonces se me agolpaban, el más persistente era el de mi amigo Ahmed. Junto a él descubrí la ciudad y sus entornos, las calles estrechas con sus casas pintadas de blanco y añil; los campos luminosos que olían a hierbas y a la tierra reventada por las mulas y el arado; la playa inmensa siempre encendida con las luces del océano.

            Durante los años de la infancia, Ahmed y yo nos encontrábamos en la calle, y jugábamos allí, junto a las puertas de nuestras casas, o a veces en los patios, debajo de las higueras y granados, donde tirábamos las tabas, aquellos huesos de cordero que nos servían para apostar cuál de sus caras saldría después de rodar por el suelo.

            Yo tenía otros amigos españoles, y muchas compañeras del colegio, con las que mantenía frecuentes relaciones y visitas. Pero era con Ahmed con quien prefería estar.

            Cuando nos adentramos en la adolescencia, empezamos a notar a nuestro alrededor miradas turbias, susurros y risitas a veces, sofocadas torpemente con las manos. Nosotros también ya sentíamos los primeros brotes de un desconcertante rubor. Fue entonces cuando empezamos a alejarnos, hacia la playa, para sentirnos más libres y anónimos. Era allí donde Ahmed algunas tardes me hablaba de sus viajes a las aguas de El Estrecho para recoger el coral. Por eso su recuerdo siempre lo tengo asociado a esa sensación de aventura y peligro que tenían sus viajes en la búsqueda de aquel oro rojo tan apreciado en los talleres de artesanía de la ciudad.

            Algunas tardes, paseando junto al Atlántico, respirando las brisas del océano, me describía sus inmersiones a las profundidades, y me contaba cómo eran las geografías marinas, aquel mundo mágico bajo el agua, en el que buceaba para recoger las ramas rojas. Luego, con su carga bien amarrada, subía de nuevo hacia la luz, que vislumbraba desde abajo tenue y distante, ayudado por la cuerda de la que tiraban su padre y sus primos.

A pesar de los riesgos y temores, aquel trabajo le gustaba. Se había acostumbrado al mundo submarino, a los espacios del silencio, de la soledad y el peligro, donde sólo se sentía unido al mundo y a la vida exterior por el frágil cordón umbilical de una cuerda. Por eso, cuando dedicaban más tiempo a la pesca, o había problemas para navegar hasta los caladeros del coral, echaba de menos sus inmersiones, sus descensos a los bosques rojos que crecen en las profundidades marinas. Y me decía que en realidad era muy afortunado, porque podía disfrutar de unos paisajes a los que muy pocos tenían acceso. Eran aquellos fondos marinos repletos de plantas siempre en movimiento y de peces de colores, aquel mundo silencioso donde la vida fluye, delirante a veces, y siempre extraña y ajena a las geografías del aire.

            En mi memoria de Assilah siempre está el recuerdo de Ahmed, con quien estuve unida durante muchos años de juegos y descubrimientos, de paseos y emociones junto al Atlántico, y de relatos, siempre fantásticos e inquietantes, de sus viajes al fondo del mar. Hasta que al final también acabamos uniendo los labios, una tarde en que buscamos el refugio de las zonas más alejadas de la playa. Unos besos que volverían a repetirse durante aquellos días finales de mi estancia en Marruecos. Besos miedosos, al principio, temblorosos y estremecidos; mientras aprendíamos a indagar en las caricias cada vez más profundas. Besos salobres, con los labios impregnados por las brisas del Atlántico, que nos adentraron en el misterio del placer, de la piel recorrida con la codicia de unas manos adolescentes, torpes y enfebrecidas.

 Yo sólo tenía entonces dieciséis años, pero siempre tuve la sensación de que fue en aquella playa del Atlántico donde se conformó para mí el molde del deseo y la pasión. Luego he conocido a muchos hombres cuyo recuerdo al final se ha diluido con el paso del tiempo y las cenizas del desamor. Pero siempre he conservado la memoria inalterada de aquellos labios y de aquella piel salada ardiendo junto a la mía.

Fue una de aquellas tardes de estremecimiento y temblorosa pasión cuando me regaló un corazón de coral. Lo había esculpido él mismo, en una de las ramas rojas que recogía en sus inmersiones. En realidad, había hecho dos colgantes, con un corazón rojo cada uno y sendos cordones negros, brillantes. Uno me lo puso a mí, y el otro se lo colocó él. En ellos estaban las iniciales de nuestros nombres. «Siempre lo llevaré en el pecho. Para acordarme de ti», me dijo, cuando nos despedimos, al caer la tarde, encendida con todas las luces que llegaban del océano.

 

            Cuando dejamos Marruecos, nos instalamos en una ciudad del interior de España. Al principio, con los colores y las luces de Assilah siempre en la memoria, tenía la sensación de haberme trasladado a un mundo en blanco y negro. Aquélla era una capital de provincia gris y umbrosa, que durante los primeros meses me provocaba una desolación infinita y profundas melancolías, agravadas con el recuerdo incesante de Ahmed.

            Después el tiempo fue pasando y el dolor de aquella ausencia se fue diluyendo con otros avatares de la vida y los nuevos amores en los que me fui enredando. Estudié Medicina en Madrid, y, cuando acabé y aprobé las oposiciones, me instalé en otra capital de provincia interior, donde seguí sintiendo las nostalgias del mar. Me casé y formé una familia, que acabó rompiéndose por la devastación incesante de la rutina y el desamor. Tuve luego otros amantes, fugaces relumbres de ilusiones y pasiones ya siempre tenues. Y al final acabé sola, cada vez más refugiada en el trabajo y en la memoria de otros tiempos y otras vidas.  

            Esos eran mis pensamientos y mis recuerdos, cuando ya nos acercábamos a las dependencias policiales donde estaban los inmigrantes recién llegados.

            Estaba acostumbrada a esos reconocimientos médicos. Casi siempre eran mero trámite, un protocolo establecido para proseguir con los procedimientos judiciales. Yo les auscultaba con la misma rutina con la que otros funcionarios hacían informes y ponían sellos oficiales.

            Aunque aquel día sentía una incierta emoción, porque sabía que aquellos seres humanos, que me miraban asustados, procedían de mi ciudad, de Assilah, a la que no había querido volver durante todos aquellos años de extrañamiento y ausencia, pero cuyo recuerdo y afectos persistían inalterados en mi memoria. 

            Les fui tomando el pulso, ajustándoles el tensiómetro si les notaba excitados, comprobando con el fonendoscopio el ritmo de los latidos de sus corazones y los ruidos de su respiración, abriéndoles los ojos por si percibía en ellos anomalías que aconsejaran comprobaciones más cuidadosas y prolijas. Así uno detrás de otro. Todos permanecían de pie, en fila. En silencio. En algunos se atisbaban los relumbres fríos de una tristeza infinita. Ellos sabían que las ilusiones y los sueños ya habían caducado. Y ahora sólo quedaba asumir la derrota y los desastres del encierro y el retorno. Aceptar la realidad de sus vidas arruinadas, y ahora más que antes, después de haber invertido todo lo que tenían en aquel viaje frustrado.

            Ya esperaban con la camisa abierta cuando el enfermero y yo nos acercábamos a ellos. Por eso, al arrimarme a uno de los que aguardaban su turno, enseguida vi en su pecho un cordón negro del que colgaba un corazón de coral. Me quedé entonces paralizada, sintiendo los efectos de una conmoción. No me atrevía siquiera a levantar la vista y mirarle a los ojos. El enfermero que me acompañaba se dio cuenta enseguida de mi alteración, que achacó quizás, más que al posible cansancio, al desgaste emocional que siempre conllevan estos reconocimientos médicos. Por eso quiso apartarme y continuar él. Pero no me moví del sitio, y, temblorosa, me dispuse a oír el corazón de aquel marroquí. Al final levanté la vista, le abrí la mirada con mis dedos y me asomé a sus ojos. Y así me quedé un rato, muy cerca de él, sintiendo su aliento, el temblor de sus labios, notando ahora la humedad de sus lágrimas, tal vez causadas por algún recuerdo que le hubiera provocado una cara que no veía desde hacía cuarenta años, o quizás porque hubiera descubierto en el inicio de mi pecho el cordón negro de un colgante como el suyo, del que también pendía un corazón de coral.

            Noté, además, en su cara pálida, en su pecho y en su pulso acelerado, una alteración de su salud, de sus ritmos vitales. Quizás estuviera provocado por el cansancio, o por la desazón de aquella detención. O quizás sólo fuera la consecuencia de verme, de sentirme tan cerca, otra vez, como en aquellos años, tan lejanos, de nuestra adolescencia.

            Cuando acabé con él, no pude seguir. Le pedí a mi compañero que continuara con los reconocimientos que aún quedaban. Me fui a un rincón, me apoyé en la pared y empecé a llorar. Sólo me incorporé cuando los inmigrantes ya salían por la puerta, hacia las furgonetas que los llevarían al centro de internamiento, antes de su expulsión. Él quiso acercarse a mí, con los ojos muy brillantes, pero un policía se interpuso y enseguida lo condujo hacia donde estaban los demás. Y yo, cobarde y aturdida, me quedé parada, en silencio. Me acordé entonces de aquel día en que mi amigo Ahmed, atrevido y valiente, me protegió y defendió cuando me insultaron y amenazaron con expulsarme del país porque decían que era extranjera; y con esos recuerdos en mi memoria, sentí un impulso que me condujo a la fila de los inmigrantes, junto al jefe policial que estaba al mando, a quien dije que uno de aquellos marroquíes tenía un problema. Era una cuestión de corazón, le expliqué. También le dije que aquél era un hombre mayor, con menos resistencia física a las duras condiciones del viaje que habían sufrido. Por eso, para no correr riesgos con su salud, afectada por un excesivo ritmo cardiaco, había que llevarlo al hospital, para hacerle más pruebas y tenerlo durante algunos días en observación.

            Y al día siguiente inicié los trámites, fijando mi propia casa como su domicilio habitual y aportando algunas ofertas laborales, para legalizar la estancia en nuestro país de un inmigrante hospitalizado que estuvo a mi cargo durante varios días por una cuestión de corazón; mientras sentía de nuevo la brisa salobre de aquellas emociones que me brotaron en los albores de la juventud, en las playas de una ciudad blanca y añil.

          

miércoles, 13 de junio de 2018

XXIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2018


MODALIDAD: AUTOR LOCAL


GANADOR: JOAQUÍN GARCÍA PÉREZ

Joaquín García Pérez nació en Guardamar del Segura el verano de 1990. De pequeño siempre le gustaba leer libros, revistas y periódicos, lo que le lleva a estudiar la Licenciatura en Periodismo en la Universidad Miguel Hernández de Elche. Durante sus estudios descubre el libro El Nuevo Periodismo de Tom Wolfe. Este libro hace que comience a interesarse por escribir ficción y comienza a escribir relatos y novelas más allá de los géneros periodísticos. A su vez, cursa varios talleres y cursos de guión cinematográfico, relato breve y novela negra.

En 2014 queda finalista en los XIII Premios Provinciales de la Juventud de Alicante en la categoría de relato breve con el relato Silencio, pero no consigue ganar ninguno de los tres primeros premios. Es en 2017, en la decimosexta edición de los Premios Provinciales de la Juventud de Alicante, cuando logra ganar el segundo premio en la categoría de relato breve con el relato No estoy loca.

Actualmente trabaja de profesor de español como lengua extranjera. 


MI FUNERAL

Otra vez vuelvo a ser una espectadora de mi propio funeral. Mi cuerpo podrido va dentro del ataúd y yo lo puedo observar todo desde fuera como un espectro. Veo a mi hijo llorando, fundido en un amargo abrazo con su mujer que trata de consolarlo. También están mis dos amigas: Dolores y Victoria. Y también ese hombre que hace que me estremezca cada vez que lo veo. Ahí está. Pasivo ante la pena de los demás. Ese hombre alto con media melena canosa que peina con raya en medio, con sus gafas de pasta negra redondas, y vestido con un largo abrigo negro de felpa. Veo que se acerca a mi hijo y le dice algo al oído y él asiente con la cabeza mientras se seca los ojos. Entonces, me despierto alterada en mitad de la noche. Otra vez he tenido el mismo sueño. Sé que el momento se aproxima.
Como cada lunes me levanto y lo primero que hago es tomarme la pastilla diaria que el médico me recetó y tengo que tomar, según sus palabras “hasta que muera”. Luego desayuno y voy a la tiendecita de comestibles cerca de mi casa a comprar. La visita del domingo de mi hijo, mi nuera y mis dos nietos me ha  dejado la nevera semivacía. Compro lo justo para que la bolsa no sea muy pesada y no me cueste mucho esfuerzo subir las escaleras hasta el primer piso donde vivo. Mis rodillas ya no son lo que eran.
Cuando regreso a casa, cocino, como, duermo la siesta un rato y como es habitual en los días de verano, en torno a las seis de la tarde, cuando el sol ha dejado de ser abrasador, voy a la casa de mi amiga Victoria, donde nos reunimos para jugar a las cartas. El verano anterior éramos cuatro, pero María no superó el frío del invierno y una bronquitis se la llevó. Ahora solo quedamos Vicenta, Dolores y yo. Cuando entro al patio interior de la casa de Vicenta, quiero sentarme en mi asiento habitual, pero el perro de Vicenta está durmiendo en ella. La otra silla que queda libre es en la que se solía sentar María.
—Vicenta, ¿puedes quitar al chucho de mi silla?
—Déjalo, Teresa, que ahora está durmiendo. Siéntate aquí, que esta silla está libre —dice señalando con su gordo dedo índice el asiento que queda libre en la mesa de cuatro.
—Ahí se sentaba María — le respondo mientras sigo de pie sujetando mi bolso a la espera de que Victoria quite al perro y con tal de convencerla añado—: Vamos a guardarle respeto.
—¿Respeto? Qué respeto le vamos a guardar ahora a la pobre…
—Que no me quiero sentar ahí, ¡coño! —le replico perdiendo la compostura.
—¡Está bien, mujer! —acepta Victoria a regañadientes que le propina un azote al perro para que baje de la silla.
El perro, que en edad equivalente a la de un humano es más viejo que cualquiera de nosotras tres, se va renqueante y, tras dos intentos,consigue subir a la otra silla para continuar durmiendo. Tras la discusión, empezamos a jugar nuestra partida de chinchón de todas las tardes donde nos apostamos unos cuantos euros de nuestra pensión. Todo va con normalidad hasta que una pregunta interrumpe mi tranquilidad.
—¿Sabéis quién se ha muerto hoy? —pregunta Vicenta mientras tira al centro de la mesa sus cartas ganadoras.
Un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Lo siento desde el interior de mis entrañas hasta la punta de mis dedos.
—Yo he oído que las campanas han tocado a muerto. Por el sonido ha sido una mujer, pero no sé quién —dice Dolores.
El tiempo pasa lento mientras espero con incertidumbre la identidad de la mujer muerta que Victoria se dispone a revelar.
—Ha sido Pilar, la mujer de Antonio el Manco, el que fue alcalde—nos dice Victoria mientras baraja las cartas y tras una pausa añade—: Un infarto.
—Pobrecilla, si se la veía bien. ¿Qué edad tenía? —pregunta Dolores.
—Era seis años menor que nosotras. Setenta y dos o setenta y tres —les digo con la mirada perdida en las cartas y en las manos gordas de Victoria barajándolas—. Fue vecina mía, luego se mudó a la parte nueva del pueblo.
—Pues al hoyo ha ido —sentencia Victoria mientras comienza a repartir las cartas para una nueva ronda—. Así, de la noche a la mañana. ¡Pum! Ataque al corazón y adiós. Dicen que la colombiana que la cuida se la encontró tiesa en el suelo de la cocina cuando volvió a la casa.
—¡No hables así! —le replico a Victoria ante sus ramplonas palabras.
—Ay, Teresa… Si nos quedan dos telediarios. Cualquier día nos vamos una de nosotras. Yo cuando me muera quiero que no me traigan flores. ¿Para qué? Si en dos días se pudren. Prefiero que me pongan…
            Victoria continúa hablando, pero he dejado de escucharla. En mi mente está la imagen de Pilar tirada en el suelo. Inmóvil. Sin vida. Y no puedo evitar que las cartas me tiemblen en mis manos salpicadas por manchas de edad cuando recuerdo el sueño de los días anteriores.
            Seguimos jugando hasta el ocaso y después vuelvo a casa. De camino no dejo de darle vueltas a la muerte de Pilar. “¡Pum! Ataque al corazón y adiós”. Las palabras de Victoria se me han quedado grabadas en la cabeza. Cuando llego a casa me preparo la cena: unas tostadas con algo de fiambre. Antaño solía preparar algo más elaborado para mi marido y para mí, pero desde que me quedé viuda hace ocho años me da pereza cocinar para mí sola. Luego veo un rato la televisión y me acuesto a dormir.
En mitad de la noche me despierto sudorosa. Otra vez el mismo sueño. Otra vez mi funeral. Mi hijo llorando y de nuevo ese hombre acompañando a mi hijo. Y yo, o mi cuerpo sin vida, dentro del ataúd. Busco rápidamente el interruptor, busco una luz que ponga fin a la oscuridad que ven mis ojos y a la pesadilla. Enciendo la lámpara de la mesilla de noche y me incorporo en la cama. La angustia me oprime el pecho y me impide respirar bien. Noto como dos lágrimas se derraman de mis ojos y recorren mis mejillas. Por un momento pienso si es solo angustia o una angina de pecho como la del invierno pasado. Recuerdo que tuve que ir al hospital y estar ingresada. Creía que era mi fin. El rostro de mi hijo mostraba que las palabras que el médico le dijo sobre mi estado de salud no eran buenas, sino, todo lo contrario. Finalmente, logré burlar a la muerte en esa ocasión, me recuperé y, tras unos días, volví a casa.
El dolor se va, parece que esta vez es solo angustia y el sobresalto de la pesadilla. Me seco las lágrimas con las sábanas y me levanto de la cama. Lo primero que hago es cerrar la ventana para que la brisa veraniega de la noche no me produzca un enfriamiento que pueda desembocar en algo peor. Sé que mi cuerpo ya es débil. Después voy a la cocina a prepararme una tila que me tranquilice. Mientras el agua se calienta, las palabras de Victoria sobre Pilar regresan a mi cabeza: “se la encontró tiesa en el suelo de la cocina”. Cuando la tila está preparada la dejo enfriar unos minutos antes de tomármela. Regreso con paso lento a la cama y me acuesto de nuevo. Apago la luz y cierro los ojos, pero mi intento de dormir es en balde. La imagen de ese hombre ocupa mi mente.
Trato de evadir esos pensamientos y no sé por qué pienso en las nochebuenas en familia. Recuerdo las primeras noches del veinticuatro de diciembre en familia. Mis hermanos, mis primos, mis padres, mis tíos y mis abuelos. Éramos una gran familia. Luego, conforme me iba haciendo más mayor, con el paso de los años iba faltando gente a esa reunión familiar. Primero fueron mis abuelos. Cuando me hice más mayor, mis padres. Luego mi marido. Y ahora, yo soy la mayor de todos y, por lo tanto, sé que soy la siguiente que faltaré. Trato de dormir, pero sigo sin conseguirlo.
Horas más tarde, los primeros rayos de sol que atraviesan las cortinas de la habitación ponen fin a la oscuridad de la noche. Me levanto y lo primero que hago como cada día es tomarme la pastilla. “Hasta que se muera”. Las palabras del doctor vuelven a resonar en mi cabeza como todas las mañanas cuando saco la pastilla del envoltorio. Me debato entre ir al entierro de Pilar o no. No era mi amiga, tan solo la conocía de vista, pero tras la pesadilla, la idea de ver un ataúd me produce escalofríos.
La semana pasa rápido. Mi hijo, mi nuera y mis dos nietos me visitan y comemos todos juntos el domingo. Por unas horas me abstraigo, me olvido de todo y me siento llena de vida con mi familia.
Cuando termina el día, mi hijo me dice que el domingo siguiente no vendrán a visitarme porque van a casa de unos amigos que viven en la montaña. Nos despedimos y pienso si esta podría ser la última vez que los viera. Dos semanas. Medio mes. Pienso en si me caigo por las escaleras al subirlas o bajarlas, en un infarto en la cocina como Pilar, en un olvido de mi pastilla diaria… Son muchas las opciones. Me veo frágil, sé que mi fin se acerca, que ese sueño de mi funeral, tarde o temprano, se hará realidad.
Otra vez lunes. Ya me he tomado la pastilla y he ido a la tienda a comprar lo justo. Esta vez me ha costado más de lo habitual subir las escaleras por el bochorno que hace. Mientras estoy preparando la comida, dos timbrazos me sorprenden.«Es él», pienso. Me seco las manos y voy apresurada al telefonillo para abrir la puerta del edificio. No me hace falta preguntar quién es, sé que es el hombre de media melena canosa y gafas de mis sueños. Abro la puerta del piso y mientras sube, voy a mi habitación y cojo del cajón de mi mesita un sobre que tengo preparado. Entra directamente al salón de mi casa y me saluda con un leve y formal apretón de manos. Hace casi cuarenta grados, pero siento un helor que quema cuando estrecho su mano. Entonces, saca de su carpeta de polipiel un recibo y lo deja sobre el trinchante del salón que protege un tapete de ganchillo. Como cada dos meses le entrego el sobre con el importe justo para abreviar al menos tiempo posible ese momento. El cobrador de la aseguradora lo guarda en su carpeta llevándose mi dinero y un trocito más de la poca vida que me queda.
—Hasta dentro de dos meses doña Teresa —me dice formalmente.
—Si Dios quiere —le respondo.
Me vuelve a estrechar la mano. Esta vez la siento incluso más fría que hace un momento y sale de la casa produciendo un gran portazo al cerrar la puerta debido a la corriente que se ha formado al tener las ventanas abiertas. El cuerpo me tiembla por partida doble: por el susto del portazo y porque no puedo evitar sentir la misma sensación de angustia cada vez que ese hombre me visita para cobrarme el seguro de defunción. Maldigo el momento en el que lo firmé y comencé a prepararme para mi muerte. Cojo el recibo con mis manos, todavía temblorosas, y lo guardo en el último cajón del trinchante junto a los anteriores. Mientras, los pasos de ese hombre bajando los escalones retumban en la escalera del edificio y dentro de mi cabeza como campanas fúnebres.

XXIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2018

 MODALIDAT: RELATS  ESCRITS EN VALENCIÀ


GUANYADORA: LAURA CABEDO COBO

Sóc Assitent Social i treballadora de l’Administració Valenciana. Estudiant de l’idioma, filla de poeta pintor, mare de bessones i enamorada dels clàssics des de xicoteta.

 Escric en l'aire, a l’autobús, a trenc d’alba… Participe en declamacions, tallers, vetlades poètiques i he tingut la sort de guanyar diversos premis de relat, poesia, cartes d’amor i microrrelats arran de la geografia espanyola, els quals m’han donat el gaudi de conéixer gent apassionada que respecta i estima les lletres. En alguns llocs eixe ha sigut el millor premi.

Done les gràcies a les organitzacions i a les entitats que convoquen certàmens en Valencià. La nostra llengua és una eina imprescindible, un regal per a la creació força encisador i poètic.  Em sent afortunada. Sens dubte, la literatura fa la vida molt més intel·ligible i valuosa.  


PÀGINES DE FUM


—Jo la vaig matar! —afirma entre llàgrimes aquell pobre infeliç.
L'home d'uniforme es remou a la cadira mentres arrossega un mocador pel seu front de banús. Dos hores d'interrogatori davall una calor insofrible pesen com a lloses sobre el convex de la seua esquena. Haguera preferit deixar caure un sol gegant i tranquil després dels versos de Girondo: estime les dones que saben volar, o entretancar els ulls en la línia repuntada de vaixells al final del port, allà on sempre emergix la negra que li va fer perdre la por. Uns pocs instants de cossos enervats engolint-se com ciclops i, després, tanta vida per a l'oblit.
—Sóc el responsable de la seua mort, sergent!
Però està allí, a un mes escàs de la seua jubilació. Per horitzó eixe marrec d'ulls xinesos, eixut i estremit, que va acudir a confessar com embolicat en una tempesta.
El paisatge és un quarter fosc amb estores en les finestres. La marea febril dels carrers havaners es cola a crits pels badalls de llum i, al centre de la sala, sembla girar un engolidor invisible on algunes mosques revolegen la pudor de les paraules.  Sobre la taula un ventilador ondeja el seu lament de xitxarra trista i, a ràfegues, engrunsa la cabellera indígena de Gabriela, la taquígrafa, que transcriu les evocacions de Jesús Li amb una precisió d'autòmat. 
—Està bé, xicot, comença novament pel principi, però, per favor, intenta ordenar les idees. —El sergent se sorprén de la seua pròpia paciència. Sens dubte s'està fent vell.
El principi…Jesús Li toquereja la seua orella com si enfocara un complex projector de records. Després del curt viatge al centre de si mateix arriba als seus onze anys, quan va entrar en la plantació de Pineda del Riu. De sa mare mulata va heretar la força i la diligència pel treball. De son pare oriental el respecte i la discreció. Per tals qualitats el van contractar en els bancals, per a esbrotar les plantes del tabac.
Tornar a aquells dies llunyans és acostumar-se a l'aire dens i humit d'una selva. Les fragants fulles traspuaven rosada, algunes tan frondoses que superaven la mesura d'un braç, dretes més enllà del seu cap en busca de la brillantor solar. Jornades esgotadores de robes amerades, que li deixaven els dits rovellats i la pell en pura crosta.
—Sembla mentira —pensa la taquígrafa. —Només quatre grafismes de la màquina resumixen la infància del mestís, més o menys de la seua mateixa edat, que ara gemeca com un animal ferit. —Que acabe prompte, Mare de Déu del Coure! —prega per als seu endins. —Només anhela abandonar el cau on treballa mecanografiant denúncies i delictes contra la seguretat de l'Estat o crims polítics. Quan acabe anirà a La Rampa amb la colla, a soltar els seus potents malucs, que demanen compassar un son davall la lluna melindrosa de L'Havana.
 —Concreta d'una vegada! Quan vas començar a traficar amb els llibres prohibits? —bramula amb autoritat el d'uniforme per a intimidar al seu interrogat o potser per a afirmar-se en el seu paper dominador.
Jesús Li té la boca seca, fa dos dies que no menja ni dorm, des que va morir la senyora Florinda Suárez i va començar a vagar pels foscos passadissos de la culpa. Si és capaç d'explicar tota la història, podrà descansar i pagar la seua pena.
Als setze anys, un colp de sort li va fer deixar els camps i traslladar-se a la capital. Sens dubte el millor destí per a un mestís pobre: ajudant del jardiner en una mansió de Miramar. El seu amo era un burgés asturià enriquit amb el negoci del tabac.
El xic fa un descans, com si un record se li haguera quedat barrat en la gola. És la imatge d'ella, la filla de l'espanyol, quan tot just dèsset roses fresques l’incendiaven les galtes, assentada davall el plataner amb un llibre en la mà.
La retorna impossible i bella, com sempre s'invoca el que s’ha perdut o allò que mai es va tindre. No es va atrevir a acostar-se al seu cos subtil de randes i ombrel·la blanca. Ni a mirar els seus ulls d'ensomni, que devoraven les línies mentres amb els dits les recorria, igual que s'acaronen els pètals. La veia en cada flor, en cada fruit sucós mossegat d'amagat, amb fruïció, per a aplacar la tebiesa que pujava per les cames, enfilava la columna i se li enquistava en els llavis al pensar-la.
—Senyor, confesse que en eixos mesos vaig tindre els meus primers alleujaments impurs somiant-la. 
El sergent mira de reüll a la taquígrafa que no sap molt bé com anotar aquesta última confidència. Si el jove no es centra tornaran a casa davall les estreles qui sap de quina nit. Finalment, Gabriela escriu d'un sol colp una paraula inusual per a la seua màquina: amor
—Xic, parla'm dels llibres —prega sense adonar-se'n el trastornat policia.
Jesús Li els transporta al temps de revoltes i morts que van acabar en 1959, amb l'eixida dels estrangers i dissidents. El sergent recorda bé aquells anys, inclús Gabriela, que llavors era adolescent, evoca l'algaravia dels partidaris de Fidel que celebraven la victòria en les places. Tot estava per estrenar, la solidaritat, els somnis per un món millor amb eixe eslògan de barbuts “Pàtria o Mort: Vencerem”.
Es van repartir terres i promeses als llauradors que fins llavors només menjaven les sobres. I es va fer pública la cultura. Amb la campanya d'alfabetització, inclús els pobres més allunyats en l'arxipèleg aconseguirien el seu accés a l'escriptura. Però els nous temps no s'avenien amb el capitalisme dels ricassos.
—Ella se’n va anar, senyor. Sense que poguera dir-li ni una paraula.
La seua única comunicació van ser unes senzilles margarides que ell depositava en l'engrunsadora on ella llegia. Les mateixes que la xica guardava en els seus llibres.
 —Abans d'embarcar va manar que deixaren el seu bagul en la caseta de jardineria. Me'ls va regalar. Tots eixos llibres només per a mi! Una nit vaig anar amb el meu cosí i ens emportàrem el bagul en la camioneta. El vaig amagar davall del meu llit. Per a recordar-la, sergent, només això. Ho jure!
Un any després entrà a treballar com a torcedor en una tabaqueria. Encara continuen explotant en llum els seus finestrals alts, i el sostre de bigues amb grans focus il·lumina els torns dels qui amb destres mans fabriquen cigarros. Al xic li va ensenyar l'ofici un tio seu. Col·locava les fulles una sobre una altra, les allisava bé i enrotllava un ruló estret, després tallava la mesura desitjada i donava forma redona a l'extrem del pur. Un acabament d'adragant apegava l'exterior i l'anell, a una polzada del cap, i ja estava el paquet per a les empacadores que posaven el segell de garantia. Tota una obra d'art destinada a cremar als llavis del fumador més exigent.
 En aquella empresa de cinquanta treballadors hi havia torcedors, empunyadores, empacadores i controladores de qualitat, a més dels peons de fardells que venien en camions des dels tendals d'assecat, i els distribuïdors a les empreses de venda o als vaixells del port.
—Sergent, ha de creure'm, tot va ocórrer com li vaig a dir, diguen el que diguen les proves trobades.
Eren jornades d'idèntica rutina i treball dur, monòton. Per això el règim va permetre la continuïtat d'eixa feliç idea: “El lector de tabaqueria”. Una  professió única  amb  més  de  dos-cents empleats en tota l'illa. Florinda Suárez, una antiga mestra, va ser l'encarregada d'informar, alliçonar i omplir de cultura literària aquelles hores de tediosa tasca en la fàbrica objecte de la investigació.
Jesús Li prompte es va convertir en un destre torcedor, però el seu cervell viatjava lluny junt amb la càlida veu de la dona entrada en anys i quilos, amb llengua d'àngel i bondat infinita, disposada a complaure a qui volia escoltar-la.  
 Florinda elevava a la perfecció el seu ofici singular. Mai tocava els productes acabats. Era abstèmia del fum i bona consumidora de paraules. Llegia amb timbre de góspel, des de la taula a l'entrada de la nau, d'on brollaven aventures, passions o venjances ordides en els llibres.
Les notícies del diari oficial eren de lectura obligatòria als matins. Després es recomanaven receptes de cuina i, a petició dels companys analfabets, fins es desxifraven prospectes medicinals. Completaven la jornada novel·les o poemaris permesos pel règim i la cultura oficial. Ella interpretava, convertida en l'esclava, l'assilvestrada, la insurrecta… L'ànsia de llibertat en la seua ànima transportava a cada oient de la realitat, xicoteta i anodina, al món imaginat, indòmit i etern:
Es miren, es pressenten, es desitgen,
s'acaronen, es besen, es despullen,
es respiren, es giten, s'oloren
es penetren, es xuplen, es trasmuden,
s'adormen, desperten, s'il·luminen

 Repetix el xic entre vapors de nostàlgia. La taquígrafa, amb la vista clavada en la seua màquina, acaba mossegant-se el llavi inferior i somiant sense voler.
El militar, que estava avorrit de tanta revolta, desperta catapultat per un ressort. Ha reconegut el seu adorat Oliverio Girondo en eixos verbs que aquell infeliç declama de manera sublim, com si brollaren d'una gramola inserida al seu pit.
   —Llavors se'm va ocórrer, sergent.
Un matí de primavera va decidir abordar Florinda. «Ens llegiria este capítol?, on dorm la margarida seca, per favor». La mestra va esbossar un tendre somriure de dents blanquíssims, emmarcats per la papada fosca i el colorit mocador que embolicava el seu cap i ressaltava més la pell bruna. Quan va fullejar el llibre, el seu semblant es desencaixà. «Americà!». Va mirar al jove amb estupor. «No puc llegir açò públicament, està prohibit, tacat. D'on l’has tret, xic? Guarda’l, que ningú ho veja!»
—No l'entenia, sergent. Per a mi, allò era com una carta d'amor eixida de les mans de la dona que vaig voler. Florinda m'ho va veure als ulls i amagà el llibre davall el calaix de la seua taula. Van passar tres jornades i jo sense esperança, senyor.

Per la reixa, entre els buits de les flors arrissades,
jo els veia donar colps… El soroll i la Fúria. William Faulkner.

            Van ser les solemnes paraules de la lectora al quart dia. Els empleats quedaren perplexos, alguns inclús es van espantar, però Florinda va continuar llegint com si res. El cor del jove torcedor galopava, i els seus esgarrats ulls es van cobrir d'eixa boira de les dolces ferides, que escampa la memòria per a atrapar-nos un poc més.
Amb el temps Florinda va prendre possessió d'un imperi. Tal vegada la causa perduda dels seus somnis literaris:
Paraules, paraules desplaçades i mutilades, paraules d'altres,
va ser la pobra almoina que ens van deixar les hores i els segles…

Va ressonar mesclat amb l'olor acre de la fàbrica una vesprada plujosa. «És L'Immortal de Borges», es murmurava de fila en fila com una onada entre els tabaquers. Tots experimentaven una delícia morbosa davant aquella promiscuïtat del que és prohibit.
—Borges!, però com se t'ocorregué, boig? Eixe anticomunista declarat! —El sergent sua profusament, se servix un gran got d'aigua gelada sense reparar en els ressecs llavis de l'interrogat i pregunta—: Dis-me, fill. Quins altres actes subversius es van dur a terme en eixa fàbrica?
Amb fondo sentiment el torcedor canta uns versos, apresos de memòria, mentres preparava un encàrrec d'havans especials per a la comandància:

I t'estaré esperant com en les estacions
quan en alguna part es van adormir els trens
i tal vegada tot el fum que camina buscant casa
vinga a matar encara el meu cor perdut.

 El policia esbufega; si no fóra pel carbó de la seua pell, s'hauria pogut observar l'incendi en la seua cara al reconéixer Neruda, totalment vetat en l'illa per fer una conferència per als ianquis. Gabriela ja no escriu, ha quedat petrificada, amb els seus enormes ulls fixos en els unflats del mestís.
—Vols dir que es llegia als enemics en temps de treball! —inquirix l'home d'uniforme dempeus.
—Sí, sergent, i… altres, tots trets del bagul. Els forràvem amb diaris per a dissimular, en especial els d'escriptors cubans exiliats o fugits de l'illa: Cabrera Infante, Heberto Pad…
—No seguisques! És prou —lladra el militar iracund.
La taquígrafa accelera per a poder anotar totes aquelles frases infames.
—Va ser la dona d'un empacador, senyor. Quan va veure que Florinda ens tenia tan abstrets li va entrar la banya dels zels a traïció. I la va denunciar!
Jesús Li recorda afligit aquella vesprada. La lectora explicava, segons una revista de cuina, la recepta “de l'arròs congrís” com ho feien els canaris, que li tiraven cansalada als fesols negres i amb ironia l’anomenaven “moros i cristians”, per la confluència dels grans foscos amb el blanc cereal. Ràdio Rellotge havia anunciat les sis en punt i en eixe moment va entrar la policia. No tardaren en requisar a Florinda el doble calaix de la seua taula. Allí s'amagava Vargas Llosa, Severo Sarduy, Joseph Conrad... Vint-i-quatre volums subversius confiscats i la pobra dona ofegada per la sufocació mentres la portaven detinguda.
 —Ella es va deixar anar, sergent, sense delatar-me. Aquest covard, no va saber reaccionar! De segur el seu cor dilatat no aguantà els interrogatoris i per això he sigut jo, senyor:
 Jo la vaig matar amb el meu silenci!
Plora l'infeliç exhaust, recolzat el seu front sobre la taula i l'ànima encabritada, perquè patix dos absències.
Les dades forenses reconeixen l'infart com a causa de la mort. Inexpressiu, l'home d'uniforme les mira. Recorda la seua joventut, quan es deixava arrossegar per les utopies, com eixos éssers que no arriben mai a temps a l'amor o a la felicitat. Pensa llavors en la transparent mordassa que cobrix totes les coses i es convenç: tal vegada la terra i els seus habitants són només paraules que entren i eixen dels somnis. Paraules com a criatures d'illa, rodejats de mar per tot arreu. Després murmura alguna cosa a la taquígrafa, ella dubta un moment i transcriu la sentència a màquina.
La vesprada eleva la llum i tot va quedant-se en silenci, només cimbra la veu de l'oceà i la percussió llunyana dels bars. Gabriela col·loca la confessió sobre la taula, l'interrogador allarga un bolígraf i Jesús Li, analfabet i trist, signa amb una creu.
Davall les últimes brases de l'horitzó és posat en llibertat sense comprendre res. Mai sabrà que el final de l'informe li exonera de culpa. Florinda Suárez és morta sense remei i, a criteri del sergent, l'intent de subversió al règim ha sigut emmudit.
Gabriela hauria remenat els seus poderosos malucs en la timba El Corb a ritme de guaracha, amb la mateixa rapidesa i precisió que gasta a les mans alades. En compte d'això, espera il·lusionada al poètic i tendre Jesús Li després de la reixa del quarter. Ara té una tasca més peremptòria que ballar mambo: ensenyar-li a llegir i escriure amb tota la paciència de l'amor.
Una lluna immensa és prou llum per al sergent que acaricia aquell llibre de fum; ho va dissimular ben bé davall el seu uniforme en la requisa al bagul del «ignorant erudit». Es delecta en veu alta, entre la solitud de la seua hamaca i un cert sucre a la boca com d’aliment per al cor:
El que em va resultar més dur, va ser tindre pensaments d'home lliure...  L'estranger - 1942. Albert Camus.
Per primera vegada en molt de temps somriu i alça un got a la memòria de Florinda. Dona fascinant sens dubte. De les que saben volar.