miércoles, 17 de octubre de 2012

XVII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2012

MODALIDAD: TEMÁTICA LIBRE

ALFONSO SERGIO BARRAGÁN RINCÓN

 Alfonso Sergio Barragán Rincón, jienense afincado en Cádiz. Es licenciado en Biología y Derecho.

Aunque trabaja como funcionario en Aduanas (Agencia Tributaria) su vocación literaria  le impulsa a escribir,  siendo así que desde el año 1989 ha venido ganando ininterrumpidamente numerosos certámenes literarios de prosa y poesía, siendo el primer premio del certamen de declaraciones de amor de Paradas el último en su haber.

Tiene publicado un libro de poemas “La potestad del círculo”; y diversos poemas editados en antologías de poetas andaluces.

Otra de sus aficiones es la pesca, por lo que es colaborador habitual de la revista nacional deportiva Trofeo Pesca.


Allí donde se comienza quemando libros, se termina quemando hombres.

   Heinrich Heine

MODUS VIVENDI

Hasta ahora todo va bien, dentro de lo molesto e incómodo de la situación. Parece que nadie se fija en mí a pesar de que el granate y negro contrasta con el verde rasgado y macilento del banco; que no llamo la atención lo suficiente como para reparar en que estoy solo y abandonado. Pero por suerte, al menos de momento, me ampara y protege la generosa sombra del emérito árbol que está a mi derecha. La pregunta es si podré resistir mucho más tiempo…, aunque espero que no tarde en darse cuenta de su imperdonable olvido.
   Esto no es propio de él. Siempre me ha cuidado… Bueno, nos ha cuidado, con dedicación y cariño. Pero a mí más que a otros. Y no es vanidad. No es por nada, pero sé que soy de sus pre­feri­dos, de esos cuantos -aunque cada vez somos más- elegidos. Y lo sé, y no me lo imagino, porque siempre se ha preocupado de que disfrute de un sitio privilegiado. Siempre me ha acomodado en el mejor lugar, con las mejores vistas, al alcance de la mano como se tiene a un mágico talismán o a un trascendente prontuario. Algo que siempre es de agradecer.

Estoy empezando a sentir un agradable calorcillo asperjado por los primeros rayos de sol que atraviesan ya el tamiz verdoso del árbol. De hecho, por mi izquierda avanzan centímetro a centímetro unas áureas rayitas que comienzan a atemorizarme. Imagino que no habrá de pasar mucho tiempo antes de que me cubran en su imparable avance. Y me temo que entonces los refle­jos dorados anuncien mi presencia aun a larga distancia y me convierta en presa fácil para cual­quiera.
   Por otra parte, el bullicio ha aumentado apreciativamente. Hasta hace un rato tan sólo las pisadas apresuradas de algún deportista madrugador han sido capaces de romper el silencio de rumores acallados que me rodeaba. Pero ahora, la cuajada fronda deja traslucir toda suerte de sonidos: pasos, gritos, conversaciones quedas, el díscolo vozarrón de un aparato de radio a exce­sivo volumen… Se acabó la tranquilidad y el sosiego. Si no vuelve pronto me temo que tengo los minutos contados, y me aterra cada vez más la posibilidad de cambiar de dueño y acabar arrumbado como un trasto viejo en cualquier umbroso lugar… o algo peor.

Se ha sentado a mi lado, pero está tan inmerso en las insulsas páginas de su periódico deportivo que ni me ha visto. Su sombra de aguzados perfiles me ha cubierto por completo como un bruno manto desmedrado. De todas formas, no tiene pinta de ser de los míos. Pienso, que no es peli­groso. Aunque repare en mí, probablemente me dejará en el mismo sitio. O al menos, eso espero.
   Lamentablemente (aunque en estas circunstancias sea de agradecer) son muchos los que nos desdeñan. Los que piensan que no tenemos valor alguno. Incluso más de uno asevera que nuestra época de esplendor ya pasó. Aunque yo no le doy crédito a esas habladurías de los ignorantes que se empecinan en ver el mundo a través de una pantalla tan cuadriculada como sus mentes. Los eternos aburridos existenciales que tan sólo pueden apreciar de la vida aquellos fragmentos deslavazados que les muestran esas ventanitas espurias...
   Oh, oh. Me ha mirado. De reojo. De soslayo. Incluso ha alargado la mano con la intención de tocarme, acercando la punta de los dedos con prevención, como si yo fuese capaz de morder o punzar. Pero se ha arrepentido y ha vuelto a ocultar la cara entre los batientes del periodicucho. Me parece muy bien, no vaya a ser que al tacto le contagie algo… Ahora mira a su alrededor con la urgencia metódica de quién busca sacudirse un peso de encima. Y al fin, se levanta y se larga, como supuse, sin llevarme consigo; probablemente aliviado con la idea de que ya vendrán a buscarme.

   No me gusta investirme de ínfulas, pero tampoco pretendo pecar de falsa modestia. Si por una parte soy consciente de que el mundo -despiadado, vertiginoso, hedonista- arrastra hacia el lado más cómodo (también hacia el más vacío y estéril), los humanos siempre han sabido recuperar los valores que por desidia o dejadez suelen dejar desatendidos en el vasto limbo del olvido. Aunque reconozco que siempre han de hacerlo así, in extremis, como si la inminencia de peligro fuese el único meritorio acicate capaz de motivar sus esfuerzos, y esa forzosa cualidad extintiva aquilatase entonces hasta lo indecible lo que tiempo atrás no ha merecido su atención. Una curiosa especie que suele decir una cosa y hacer justo lo contrario. Que se empecina en perfeccionar todo aquello que satisface su comodidad, su egoísmo, para acabar convirtiéndose en esclavo de sus propios juguetes.
   Pero nosotros -e insisto en que no me gusta investirme de ínfulas- hemos pervivido a través de la historia con la intención de tomarles de la mano para acompañar sus pasos en ese camino que ellos se empeñan en hacer tortuoso y difícil. El animal humano siempre será el mismo. Arropado y desangelado por las mismas pasiones, los mismos regocijos, las mismas preocupaciones, espe­ranzas y miedos. Sólo su envoltura cambia de una época a otra. Y nosotros tenemos la suerte de ser su reflejo, su memoria, el mejor de sus perfiles…
   Iba a decir la mejor de sus creaciones. Porque ellos nos crean, por supuesto. Pero no somos frutos del trabajo de ningún menestral, pues para nacer necesitamos que nos insuflen vida, y no formas. Nosotros nacemos más allá de lo que las manos humanas pueden construir, más allá de lo que son, de lo que representan. Somos su mejor virtud, y como tal, formamos parte su entelequia. Pero no les pertenecemos, nunca seremos exclusivamente suyos. Quizás por esto muchos nos aman, otros nos ignoran aparentando una indiferencia no siempre auténtica, algunos nos temen, e incluso se nos ha llegado a odiar con encono.

Algunos caminantes han vuelto la cara al pasar frente al banco. Seguro que me han visto. La verdad, fastidia que te hagan tan poco caso. La gente se agacha a recoger cualquier porquería que vagamente les pueda parecer útil. Por ejemplo, deje una astrosa cartera tirada en cualquier calle y verá cuántos la recogen para indagar en su interior con avidez. (Aun cuando, en teoría, deban devolver su conte­nido de tener algún valor). Resulta curioso, y bastante molesto, que nosotros no gocemos de esa presunción de provecho. ¡Qué pocos gustan de mirar en nuestro interior! Pero es algo a lo que estamos acostumbrados.
   Quizás nuestro mayor pecado consista en no ir festoneados de alacridad, ni enarbolar alardes mediáticos, ni servir de tránsito a esos otros mundos súbitos y anodinos donde al parecer más a gusto se sienten los hombres. Porque la impaciencia es otra rareza humana. De repente, se de­sespe­ran ante cualquier situación que no lleve aparejada la inmediatez que desean. (Hoy infinita­mente más que en otras épocas). Luego, no les importa malgastar grandes dosis de ese tiempo en las cosas más banales e insulsas. Derrocharlo como si les sobrase.
   Al igual que es imposible apreciar el bouquet de un excelente vino la primera vez que se toma esa bebida, es necesario ahondar en nuestro interior para mesurar lo que valemos. Como todo lo verdaderamente bueno necesitamos ser conocidos (con algo de esfuerzo y dedicación) para ser queridos y apreciados. Por otra parte, ni consumimos energía ni necesitamos mantenimiento. Y somos fieles, muy fieles. No exagero cuando digo que somos el ingenio más simple y valioso que ha inventado el hombre. Porque además, somos mágicos. Aunque muchos nunca lleguen a com­prender esto. Somos la llave que abre las puertas de otras dimensiones. Alimentamos la curiosi­dad y el interés para tasar la vida. Somos la única máquina del tiempo que existe. En nuestras manos, el presente puede ser pasado o futuro, o lo que hogaño vivimos o nos gustaría vivir.
   Ah, los hombres. Curiosa especie de pervivencia limitada -no como nosotros, que nacemos con presunción infinitamente más longeva- y que sin embargo no dudan en utilizar expresiones tan desafortunadas como matar el tiempo. Despropósito de acabar de cualquier manera con la más preciada y grande heredad que poseen olvidando que es un bien escueto, que con los años cobrará velocidad como lanzado por una demencial pendiente.
Me he quedado sin habla. Me ha cogido de improviso. Es una mujer. En chándal. Me ha hojeado sin miramientos, su boca demasiado cerca, y al lado, otra cabeza curiosa, otra mujer. No me han gustado sus risitas. Diría que me han tomado por un cachivache curioso. Ahora estoy sobre el pecho de una de ellas. Y me parece que ese brazo doblado en ele, apoyado en el torso, acoge una postura amable. Probablemente el inconsciente gesto repetido con el que tomó -o aún toma- a sus hijos en brazos. Pero no me hago ilusiones. Antes bien, me sigo preguntando cuál será mi destino.
   
Hay dueños celosos que nos cuidan y nos miman. Otros no tienen muchos miramientos en arañarnos o marcarnos. El lápiz es blando, y aunque deja ligeras cicatrices no es como la tinta, que raja, raya e incluso atraviesa. Pero eso es un mal menor. Nos conformamos, porque así nos sentimos más útiles. Ya he dicho que somos muy fieles. Peor es el olvido, la marginación. Antes que eso, preferiría correr la triste suerte de compañeros de otras épocas que acabaron convertidos en humo y cenizas a manos de sanguinarios biblioclastas. Al menos, esos, cánceres irredentos de la humanidad, no sólo nos valoraron, sino que nos temieron tanto como para desvelarse por destruirnos. Para ellos nunca fuimos simplemente palabras, antes bien nos consideraron peligro­sas bastiones dispuestas a lanzar deletéreas andanadas de cordura. Y no sé por qué hablo en pa­sado. Esas sombras negras cimentadas en la intransigencia y el fanatismo aún agitan sus oscu­ros brazos en nuestros días. Esa malsana condición humana sigue ahí, presente como pulsión irresisti­ble, porque aun inofensivos en apariencia, siempre seremos una seria amenaza para los que gustan de manipular a las masas escondiendo tras los iconos de sus ideologías logreros propó­sitos.

De nuevo tirado como un trasto inútil. Se ve que peso demasiado para que carguen conmigo. Que molesto. Me han dejado en el pretil almohadillado por los líquenes de un añoso puente. Y ahora, presiento que esto sí que es una definitiva despedida de mi antiguo dueño. De mi mejor amigo. Porque, para empeorar las cosas, el paisaje se ha investido de improviso en un tono negro, sombrío. Y junto al olor a tierra fresca, a férula de vida incipiente, estoy empezando a oliscar mi propia destrucción. Deshecho bajo un aguacero que anuncian ya gruesos goterones que siento percutir por todo mi cuerpo. Pequeñas y frías puñaladas que no tardarán en atravesar mi piel para continuar consumiendo la trama frágil de mi carne.
  
De momento, la lluvia se ha detenido. Una tregua que aún me da algo de esperanza. Tras la cellisca, me he quedado un poco alabeado pero, por lo demás, incólume. Un rostrillo de gotitas escoriando mi piel. Algunos viandantes han pasado junto a mí apresurados, mirando recelosos a un cielo amenazador. No sé si alguno me habrá visto…
  
Ya es más de media tarde. Ha recomenzado la lluvia. Esta vez fina y difusa como el rocío, asperjada en todas direcciones por un lene viento. Aun conociendo a los humanos cómo los conozco, no me puedo creer que vaya a terminar así. Que despierte, -que despertemos- tan poco interés.
   Con todo, tengo que reconocer que los hombres cada vez son más esclavos de la monotonía y del hastío que ellos mismos se empecinan en crear. Lo fácil, lo simple, les ejerce una particular fascinación. Al igual que el universo tiende a un estado de desorden, de mínima energía -el concepto de entropía- los hombres están evolucionando bajo la ley del mínimo esfuerzo. Al menos, cuando se trata de rellenar sus horas. Es la conducta más copiada de unos a otros. Porque esa, es otra curiosa costumbre humana: imitarse, remedar la conducta de los demás -siempre que no repre­sente un esfuerzo extra-. Dicen que proceden de los simios, y con las mismas, le atribu­yen a ese animal la facultad de imitarles… Sin ninguna duda: proceden de los simios.
   Y no me gustaría que entreviesen mis palabras tintadas de aversión. Nada más lejos de mi ánimo que denostar gratuitamente a los humanos. Antes bien, los quiero. (Los queremos). Porque sin ellos ni existiríamos ni tendría sentido nuestra existencia. Se trata quizás de deformación profesional: queremos hacerlos mejores. Pero aun reconociendo sus muchas virtudes tenemos que fijarnos en sus defectos. Porque en el fondo son buenos. Pero también olvidadizos, caprichosos, muy dados a abandonarse. Podría decir muchas más cosas, muchas buenas cosas, pero lo cierto es que en estos momentos la angustia no me deja pensar con claridad…

Ahora estoy en una plaza abarrotada de gente. Es de noche. Una noche sorprendentemente estrellada que ha puesto en fuga a los nubarrones del atardecer… para mi desgracia.
   ¿Qué cómo he llegado aquí? Supongo que siguiendo mi destino. La vida da muchas vueltas, no sólo para los humanos. Estos se pasan la vida planificando, in­cluso a largo plazo. Luego la vida hace con ellos lo que se le antoja… Se ve, que con nosotros también.  
   Tenía la seguridad de que iba a acabar mis días en el parque, a lomos de aquel puente, desleído en la soledad de la noche. Pero no. Esto va a ser distinto. Pienso que no desvarío cuando digo que voy a morir entre luminarias y estridencias. Además, en olor a multitud.
  
Mis esperanzas renacieron cuando las manos de un niño me cogieron con cuidado. Limpió las últimas trazas de lluvia de mi piel frotándome con el antebrazo en un gesto que asumí cariñoso. Luego me hojeó con curiosidad. Por un momento pensé que le había llamado la atención a pesar de su edad. Pero no. Musitó: «Qué rollo, un libro». Y me vi arrojado sin mira­mien­tos a la cesta de una bicicleta donde estuve rebotando un buen rato hasta acabar en un cuarto atestado de cachiva­ches.
   Fue más tarde cuando dos hombres entraron en la habitación. Desde el rincón donde estaba les oí blasfemar y echarse la culpa el uno al otro. Algo relacionado con un cohete pirotécnico que se había dañado y al que urgía reparar. «Con un trozo de cartón duro y algo más de relleno valdrá». Dijo uno. «Una chapuza… No volará igual, pero servirá». Contestó el otro.
   Y fue entonces cuando se fijaron en el libro de tapas en rojo y negro, de doradas letras algo deslucidas y combada piel que aguardaba resignado tras las rejas de la cesta de la bicicleta de un chaval que seguramente no se acordaría ya de él. Antes de que uno de ellos me cogiera y el otro asintiese con un leve gesto de cabeza, ya tenía asumido el destino que me aguardaba.

   -¿Papelillos?
   -Más bien restos del último cohete. Parece que nieva. Mira cómo caen.
   -Qué raro… Mira éste. Está escrito.
   -Déjame ver… «Recoged ahora las flores de la vida» -repitió Keating-. La expresión latina que ilustra este tema es carpe diem. ¿Alguien sabe lo que significa?
   -Joder, ¿eso pone? ¿Se supone que esto es como las galletas chinas o algo así?
   -Para nada. Esto es un fragmento del libro “El club de los poetas muertos”, de Kleinbaum.
   -Pues vaya un título… Pero tú te lo has leído, claro.
   -Varias veces. Y lo curioso es que esta misma mañana me lo dejé olvidado en el parque. Me supo muy mal. Llevaba años conmigo. He estado todo el día reconcomiéndome por no haber vuelto a buscarlo, pero supuse que para entonces ya se lo habrían llevado.
   -¿Un libro? Yo desde luego no lo hubiese cogido.
   -Sí, ya. Tan alérgico a las letras como siempre.
   -No intentes liarme, que ya me conozco tu rollo y paso. Ya tengo otras cosas mejores con las que entretenerme… Mira, otro trozo: “Me he subido sobre la mesa para recordarme a mí mismo que tenemos que modificar constantemente la perspectiva desde la que miramos el mundo. Por­que el mundo es diferente visto desde aquí”. Anda, que el libro debe ser de un entretenido…
   -Mucho más de lo que te imaginas. Es más, por una vez podrías hacer un esfuerzo y leerlo. Voy a comprar uno para ti y otro para mí.
   -¡A mí me dejas de tonterías! Si te quieres comprar otro allá película, es tu dinero. Pero pagar por un libro que ya has leído me parece de chalados. Si quieres te lo bajo yo… ¿no tienes un libro electrónico?
   -Sí, lo tengo. Muy práctico para leer, y suelo usarlo a menudo. Pero con todo, los libros tienen alma, no están hechos para el plástico, sino para el papel, para sentir su tacto, incluso su olor. Se me antojan más reales, y no el reflejo virtual en la pantalla de una maquinita. Además, me gusta tenerlos a mano, verlos de vez en cuando, y que no anden sepultados en la memoria de un chip.
   -Mira, vamos a buscar a las mujeres que me vas a acabar volviendo majareta con tus tonterías. No sabías que fueses tan…
   -¿Fetichista? De los libros, por supuesto.
   -Gilipollas, iba a decirte. Pero mejor lo dejamos estar. Por cierto, ¿qué significa eso de car…, no sé qué?
   -“Carpe diem”. Aprovechar, vivir, disfrutar el presente.
   -Tú ves, eso me gusta. Si de eso va el libro, igual me lo leo.
   -Te he dicho que te lo voy a regalar… Aunque pensando así, me da la impresión de que no vas a pasar de la segunda página.
   -Tú, listillo… ¿No me crees capaz de entender un libro o qué? Pues me lo voy a leer, y a lo mejor descubro el alma que dices que tiene.
   -No sólo ese libro. Todos la tienen. Diminuta, o grandiosa. Pero todos la tienen. Hasta los peor escritos. ¿Por qué crees que mi casa parece una biblioteca?
   -Porque estás majareta. Te lo he dicho un millar de veces…

XVII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2012

MODALIDAD: AUTOR LOCAL



Mª ÁNGELES-REYES GONZÁLEZ
 

Reyes González aunque nació en Madrid es Guardamarenca de adopción.

Estudió Historia del Arte y Geografía e Historia en la UNED, Madrid y varios cursos de Psicología.

Impartió dos cursos de "Taller de NARRATIVA" en la Ciudad de los Poetas, en Madrid.

En la actualidad se dedica a la pintura profesional, habiendo expuesto en salas de Madrid, Toledo, y Cáceres… En estos momentos expone sus obras en la Sala de Protocolo del Ayuntamiento de Guardamar del Segura.

Empezó como lectora compulsiva y escritora ocasional.

En su estilo destacan: la honestidad, la sencillez y la naturalidad.

Intenta dotar a sus relatos de cuerpo y espíritu, a la vez que de sentimiento y sensibilidad.

Gran observadora, se inspira para dotar de atmósfera sus relatos en las costumbres y vidas que le rodean aunque también plasma vivencias propias. En todo relato está siempre parte del alma del propio autor.

Su primer ensayo se tituló "EL CASERÓN AUSTRIACO".

Actualmente está escribiendo su primera novela titulada: "CUANDO TÚ ME PERDONES...". Plagada de intrigas, asesinatos, sectas, amor…, que se conjugan dando vida a una urdimbre de historias paralelas separadas por quinientos años.


TODO ESTABA 

ESTRECHAMENTE UNIDO...

Toqué por primera vez tierra Egipcia el 12 de junio de 1798 en un barco de guerra capitaneado, según contaban, por un pariente lejano del mismísimo Napoleón. Mi maestro,  Dominique Vivant Denon, con algunos colegas, me esperaba en el muelle del puerto de Alejandría desde primera hora de la mañana. Tuve el honor de ser el encargado de custodiar sin perder ni un solo momento de vista, los diez baúles que transportaban una cantidad ingente de rollos de papel para dibujo a tinta de distintas calidades, tarros de tinta de múltiples colores, plumillas, algunas tablillas para apoyar los papeles, ganchos para sujetarlos y muchos más elementos que mi maestro consideró importantes o insignificantes, pero que los necesitaba con gran apremio. Unos criados me ayudaron al transporte a tierra de tan preciada carga. Mi inquietud de tantos meses lejos de mi maestro se borró de un plumazo al ver su cara de satisfacción al verme. 
   Yo, Michel Cottet, me honro en ser llamado amigo de Dominique Vivant Denon, el más grande pintor y dibujante de toda Francia.
   Mes y medio llevaban viajando e investigando, descubriendo monumentos nuevos a los ojos hambrientos de belleza y conocimiento. Yo, me incorporé de inmediato a aquél plantel de investigadores como primer ayudante de mi maestro. Mi trabajo era atenderle desde que se levantaba hasta que se acostaba. No era un criado, todo lo contrario, me ocupaba que nada le faltara en ningún sentido y adelantándome incluso a sus necesidades. Yo ordenaba para atender hasta su más mínimo capricho. Solo confiaba en mi, por eso en los dos meses que nos habíamos separado lo encontré algo desaliñado en su aspecto y muy desordenado en su trabajo. Como era muy rápido y la inspiración volaba en su mente, era yo el que terminaba sus trabajos con todo detalle. Un día osé continuar uno de sus dibujos desechados, y al revés de enfadarse, me felicitó. A partir de ese día confió en mí como si fuera su hijo.  Cuando en mi primer día en suelo Egipcio me vio colocar sus instrumentos de trabajo como yo hacía siempre, lo previsible para el uso diario dentro de un baúl de madera junto a la mesa y todo lo demás dentro de sus cajas con los indicadores a la vista, mi maestro se emocionó.
   Me enseñó, con sumo cuidado todos los dibujos que hasta entonces había trasladado al papel, contándome anécdotas y experiencias personales que mientras los pintaba le ocurrieron. A veces, me daba la sensación, que su mente volaba mezclándose con aquellas obras de arte. Me contaba como  la arena lo estaba devorando todo, como los templos estaban semienterrados y como él pensaba que debajo de toneladas de esa arena habría tesoros de incalculable valor esperando ser rescatados. Estaba fascinado e insistía en ver, saber, contemplar más y más…para poder plasmarlo y enseñarlo al mundo entero. En ese momento, aquello era su única prioridad.
   Allí, no solo coincidí con los mejores dibujantes, también con los mejores burilistas y aguafortistas encargados de los grabados, de los que a decir verdad, aprendí mucho e hice buenos amigos.
   Mi primera expedición no se hizo esperar, a los dos días de mi llegada viajamos río arriba. Varias chalupas nos trasladaban a nuestro destino, para mí un enigma. Mi emoción se conjugaba con el sudor pegajoso que me recorría por entero. Aún no era mediodía y el calor estaba siendo insoportable. Aquél clima era insufrible. Sentados en cubierta, en las sillas plegables, uno al lado del otro, mi maestro no paraba de contarme lo poco que había descubierto en el recorrido que en ese mes había hecho siguiendo a las tropas y lo mucho que quedaba por manifestarse. Me indicó que el arte milenario de aquél país se mimetizaba con su entorno en una integración armónica con su geografía y con su paisaje. Todo era grandiosidad y eternidad. Los monumentos no tenían movimiento, estaban serenamente en un reposo absoluto, donde la paz reinante no desprendía ni un solo susurro. Sus palabras me transmitían  la poesía del mismo arte y mi inquietud se transformó en apremio por contemplar todas esas maravillas. Por fin mis deseos se cumplieron y con creces. Allí a lo lejos, en la parte derecha del Nilo, descansaba sobre las arenas ardientes la ciudad sagrada de Menfhis, la más cercana al vértice del delta. La dejamos atrás despacio, con parsimonia, siguiendo  con discreción nuestro camino. En silencio,  aquella, nos miraba con desprecio, como si dañáramos con nuestra indiferencia las piedras milenarias que desde allí nos contemplaban.
   Por unos segundos se me antojó que aquello se había convertido en un viaje de placer o por lo menos era lo que pasaba por mi pensamiento pero no estábamos allí de visita, sino conquistando un país con una historia milenaria. Nuestro trabajo no iba a ser fácil, de eso se encargarían los nativos, mamelucos los llamaban, y de qué manera. Unos infantes del ejército nos escoltaban a ambos lados del río y otras barcazas nos seguían muy de cerca. No, aquello no era una broma, pero mi juventud, mi anhelo por ver con mis propios ojos las maravillas contadas por mi maestro  y mi carácter impetuoso me impedía en esos primeros momentos darme cuenta de la importancia de aquel viaje.  
   Bonaparte, no solo deseó la conquista militar, una vez vista una pequeña parte de aquellas maravillas, su gran anhelo fue estudiar y descifrar, comprender su significado y penetrar en su espíritu, hasta entonces sumido en las oscuras tinieblas del pasado.
    Yo formaba parte de un elenco enorme de científicos y sabios de las más variadas ramas del saber, que arriesgamos nuestras vidas para ser los primeros en hacer llegar al mundo lo que aquellas ardientes arenas ocultaban.
   Mi primer contacto con el peligro fue de la mejor manera posible, en la batalla de las Pirámides.
   En la madrugada del 21 de julio de 1789, las tropas de Bonaparte se pusieron en marcha. Se encontraban a 24 km pero a lo lejos se dibujaban los perfiles de las tres pirámides. Los soldados se encontraban agotados por varias jornadas soportando la sed y el calor sofocante junto a las constantes refriegas con los mamelucos que intentaban por todos los medios impedir la avanzadilla. Por eso el emperador concedió una jornada completa de descanso. Dos  días después, cinco divisiones, junto a la caballería y a la artillería contemplaron en la lejanía la ciudad del Cairo.
   Extendido en semicírculo, apoyado en la orilla izquierda el río, nos esperaba el ejército de Murad Bey, compuesto por mamelucos y árabes. Desde una duna privilegiada por su altura y por su lejanía, Dominique Vivant Denon y yo pertrechados de sendos papeles y plumas, dibujamos juntos nuestras realidades en el fragor de la batalla.
   Los atrincherados junto al Nilo, no opusieron resistencia, simplemente buscaron la salida en las aguas y murieron por centenares. Algunos intentaban llegar a las flotillas que surcaban el río, pero eran repelidos por los artilleros con toda clase de municiones. Llegada la noche, Bonaparte establece su cuartel general en Giza. La batalla está ganada.
  Jamás pensé vivir una guerra de esa manera y menos aún sentir emociones tan contradictorias, pero mi ser entero complementado con los deseos de mi maestro, nos llevaron a un éxtasis artístico sin precedentes. Nuestras mentes volaban al unísono y nuestras plumas rasgaban el papel plasmando con tanta rapidez que pareciera que competíamos. Cuando la noche se hizo sobre nosotros, descansamos.
   A partir de ese momento, nuestro trabajo se tornó más fácil. Podíamos movernos a nuestro antojo, asentar un campamento sin ser molestados, aunque siempre nos escoltaban una decena de soldados, e incluso ser ayudados por aquellos que habían sido conquistados.
   Mi maestro dejó lo mejor para el final. Sabía que lo último que se toma se saborea más intensamente.  Y así fue como se cerró el círculo de iniciación en la belleza y la sabiduría. Tuve el privilegio de descubrir el templo de Hathor en la isla de Biga, lugar sagrado desde el principio de los tiempos porque allí se encontraba enterrado Osiris. Plutarco ya escribió que era bendecida entre los dioses, llena de paz y tranquilidad, benefactora y dadora de fertilidad. Y mi maestro no se equivocaba. Mi principio y mi fin se encontraron como una conjunción planetaria.
   Vivant Devon, volvió a Francia varios meses después pertrechado con todos los estudios y dibujos que hasta el momento hicimos de todas las maravillas que se manifestaron a nuestros ojos, pero mi misión aún no había terminado allí. Algo profundo, oculto, me retenía y él lo entendió, me dio el espacio necesario para que mis sueños pudieran hacerse realidad. La magia del desierto me envolvió con sus dulces tirabuzones y nada pude ni quise hacer. Solo me dejé llevar…  Por eso, cuando me encontré en soledad, volví al divino y esotérico templo de Hathor.
   Junto al estrecho pasadizo abovedado que se utilizaba en la antigüedad para medir las crecidas del río y que  lleva a una estrecha escalera descendente hasta una playa soleada de cantos rodados del tamaño de un puño, quedé dormido. En mi estado onírico tuve la revelación de “las siete Hathor”, y mi sueño se manifestó así:
“Un rey del antiguo de Egipto y su esposa intentaban tener un hijo para asegurar la descendencia. Deseaban un príncipe que llenase el palacio de risas y alegría. Rezaban a los dioses y les ofrecían ofrendas y por fin, sus súplicas fueron escuchadas. Pasadas nueve lunas, la reina dio a luz un precioso varón. El rey llevó al recién nacido al templo de las siete Hathor para predecir su futuro. Cuando volvió, el palacio se sumió en la tristeza. El rey contó a la reina con rabia lo que el oráculo predijo: el príncipe, nunca llegaría a reinar, moriría en su adolescencia atacado por un perro, un cocodrilo o una serpiente. El rey, en un intento de salvar a su heredero, ordenó construir un palacio anexo al suyo con las murallas muy altas, para alejar el mal del príncipe. En ese palacio vivió y creció, rodeado de lujos y juegos, pero según fue creciendo aquello se le quedó pequeño. Para apaciguar su soledad, el rey le regaló un perro, un cachorro precioso que le mantendría ocupado y le haría compañía. Se hicieron inseparables, pero la vitalidad del príncipe y de su amigo, hicieron que viera el palacio como una cárcel. Un día, huyeron y cruzando el desierto llegaron a una ciudad donde nadie le conocía. Allí vivía  una princesa que también vivía aislada en una torre del palacio de su padre. Se enteró que solo saldría cuando alguno de sus pretendientes llegara de un salto a su prisión. El príncipe lo consiguió y el rey tuvo que dar a su hija en casamiento. Días después le contó su historia y la profecía de las Hathor y ella se comprometió a cuidarle y vigilarle para que nada malo pudiera pasarle. Un día, mató a una serpiente que se acercaba a su cama. Dos años más tarde, su perro fiel le atacó sin motivo alguno, en la lucha calló al río donde un cocodrilo le esperaba con las fauces abiertas. Pero el cocodrilo se apiadó de él y le propuso no atacarle a cambio de que el príncipe le ayudase a librarse del acoso de los espíritus del río. Dicho y hecho. Salió del río y creyéndose a salvo se tumbó en la orilla a descansar. Pensó en volver al palacio, abrazar a su padre y a su madre y tomar el trono con todos los honores. Pero una víbora reptaba sigilosa, sibilina entre la maleza… sólo hizo falta un picotazo para acabar con su vida.”
. Allí, bajo los muros del templo, la revelación que anhelaba me fue con creces dada.
 El frescor verdoso de las acacias envuelve el ambiente con su hechizo mágico. Mis sentidos se embriagan con esa sensación de serena quietud, con esa límpida nostalgia, con esa inalterable belleza… Esa es la melodía de la eternidad que susurran las piedras del templo de Hathor, santuario de Isis.
Eso es lo que siente y recorre mi cuerpo y mi alma.
Esto es lo que todo mi ser rezuma. Amor por la perla del Nilo.
Podría morir en éste instante.
   Todo estaba estrechamente unido. En Egipto, sin escritura no había arte, sin arte no existía la religión y la religión era poesía. En ese momento me di cuenta que la historia de aquella nación no podría haber existido por tantos milenios sin la conjunción de todas ellas. Escritura, arte, religión, poesía… La simple verbalización de una de ellas, sonaba en mis sentidos como música celestial. ¡Bendigo por siempre el suelo donde pisa mi amado maestro Dominique Vivant Denon!.

miércoles, 24 de agosto de 2011

XVI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2011

MODALIDAD: IGUALDAD DE GÉNERO


GANADOR: CARLOS FERNÁNDEZ SALINAS

TÍTULO: ELISA

"Me llamo Carlos Fernández Salinas, natural de Gijón, la ciudad huérfana del sol. Soy hijo, nieto, sobrino y ahijado de marinos. Bajo este panorama estudié náutica y navegué hasta que cumplí treinta y dos años. Actualmente me muevo entre el mundo de la seguridad marítima y el de la narrativa. Soy el autor del libro "Los abordajes en la mar", y además he publicado más de treinta monográficos de seguridad, que han aparecido en prácticamente la totalidad de las revistas del sector, incluido el Journal of Navigation de Cambridge University Press. Escribo narrativa desde el año 2004, y en este tiempo he conseguido unos setenta reconocimientos literarios, dieciséis de ellos primeros premios, entre los que destacan el Ciudad de Torremolinos (2004), el Ciudad de Arévalo (2008), el Marco Fabio Quintiliano (2009), o el Cuentos de Guardo (2010)."



ELISA

por Carlos Fernández Salinas


Madre e hija permanecen distantes en los pasillos del juzgado. Sus ojos se evitan. La madre está en la medianía de los cuarenta mientras que la hija no es más que una adolescente vestida con el uniforme del colegio. Su alborotada melena sigue siendo de niña y los calcetines que le aprietan las pantorrillas acentúan ese aire infantil. Al escuchar el nombre de la muchacha, su madre la obliga a entrar en un despacho. Informes y carpetas colman anaqueles, se esparcen por las mesas y surgen del suelo igual que plantas trepadoras. Desde su sillón, la jueza intenta ser amable:

—Disculpen el desorden, estamos de traslado. Pero, por favor, siéntense. Debajo de esos expedientes se supone que hay dos butacas.

            La adolescente no hace ademán por moverse. Mantiene la cabeza gacha. Es como si se sirviera de su cabello para aislarse de un mundo del que no quiere formar parte. Su madre emite un suspiro de impotencia, y para evitar que la escena sea más violenta también permanece de pie. La jueza no insiste:

—Tenemos que esperar a que llegue la secretaria judicial. Tengo entendido que ya han hablado con ella. —En éstas se abre la puerta—. Ah, eres tú, Julia, precisamente hablábamos de ti. —La secretaria judicial enarca una ceja en una mueca que la jueza interpreta al instante. Luego le entrega un expediente—. Bueno, si te parece podemos empezar. —La jueza se dirige a un funcionario que entre las columnas de archivos pasa desapercibido—: Alberto, avísame cuando estés preparado.

            El funcionario se levanta dispuesto y se dirige a un ordenador.

            —Bueno, la secretaria judicial ya les habrá puesto al corriente. Ahora lo que vamos a hacer es tomar declaración a la chica y luego decidiremos. —La jueza se pone unas gafas de leer y mira la portada del expediente—. Elisa…, qué nombre más bonito. Siempre quise tener una hija que se llamase así, pero mi naturaleza es bastante tozuda y sólo me ha dado varones. Por cierto, uno tiene tu edad: dieciséis.

            Elisa ni se inmuta. Sigue con la melena arrebujándole el rostro. La jueza intenta no mostrarse autoritaria.

            —Bueno, soy consciente de que esto puede ser difícil, pero quiero que me lo cuentes todo, empezando desde el principio.

            Los ojos de la chica se entretienen en sus mocasines escolares. Los segundos se hacen eternos y la madre pierde los nervios.

            —Elisa, haz el favor de contestar cuando se te pregunta.

            Jueza y secretaria judicial se miran resignadas. La madre se disculpa:

            —Lo siento, lleva así desde que presentamos la denuncia. Hace un momento hizo lo mismo en el despacho de la secretaria judicial. —La madre apunta a Julia y ésta asiente con el mentón—. Si le parece oportuno yo puedo explicárselo.

            La jueza se resigna:

—Me temo que no tenemos otra alternativa.

            Antes de comenzar la madre se aclara la voz.

            —Es ese chico, Joel, que la tiene abducida. Hemos hecho todo lo posible para que se dejen de ver, pero, créanme, ha sido imposible. Para colmo él es mayor que ella.

            La secretaria interviene:

            —Diecinueve años, aquí tienes el historial del susodicho, una perla de muchacho —dice pasándole a la jueza una foto sujeta con un clip a un par de folios.

            La jueza sopesa la foto:

—Tengo que reconocer que el chico es guapito, pero desde luego que ésta debe ser su única virtud. Pequeños hurtos, peleas, destrozos de material urbano... En definitiva, unas cuantas visitas a los juzgados sin mayor trascendencia. —La jueza deja el expediente sobre la mesa y se quita las gafas—. ¿Desde cuándo son novios? Si es que se sigue llamando así.

            La madre se apresura a responder:

—No lo sabemos con exactitud. Mínimo cuatro meses. Nos enteramos cuando empezó a recogerla en moto.

            —¿Qué les hizo pensar que las cosas no eran, digamos… normales?

            —En varias ocasiones Elisa llegó con cardenales en las piernas. La disculpa siempre era la misma, que se había caído de la moto y cosas por el estilo.

            —¿Es eso cierto, Elisa?

La chica juega con una pulsera. No es atractiva, pero tampoco sus facciones son vulgares, tal vez esté un poco rellenita para la edad, una edad difícil en todos los sentidos, piensa la jueza a la sazón que la madre continúa con su relato.

—Durante este tiempo, Elisa ha cambiado por completo. Hasta entonces siempre había sido una hija cariñosa, un tanto inocente si quiere, pero obediente. —Al escuchar esto, Elisa dibuja con la boca un mohín grotesco—. Nunca había suspendido una sola asignatura, y esta última evaluación trajo tres. Ya ve, ahora que está a punto de terminar el curso. Y luego está ese lenguaje, todo lo cuestiona y le incomoda… —La madre ahora carraspea—. También empezamos a notar que nos faltaba dinero del monedero. Billetes de diez y veinte euros, una vez uno de cincuenta. En fin, eso es lo de menos. El otro día sin que ella se diera cuenta le cogimos el móvil. No piense que somos de esos padres que fiscalizan cada movimiento de sus hijos, le juro que no, simplemente estábamos preocupados, y menos mal que lo hicimos. Mire qué mensajes, por amor de Dios, dígame si esto es normal…

Según le extiende el teléfono la madre empieza a gimotear. La jueza lee los mensajes con cara de circunstancias. Al final dice:

—Ya lo hablamos el otro día la secretaria y yo, ¿verdad, Julia? Vuelven los viejos tiempos. Veo, Elisa, que tu chico no quiere que hagas nada sin él, ni siquiera que hables con tus amigas o vayas a la piscina. Y ya creo que se lo toma en serio. —La jueza se vuelve al funcionario—: Alberto, transcribe estos mensajes, haz el favor. —Ahora se dirige a la madre, y la entonación de la pregunta le hace ver que su respuesta va a ser determinante—: Bueno, dígame, ¿cuál es la gota que ha colmado el vaso?

A pesar de que la hija se resiste, la madre la obliga a levantar la cabeza al tiempo que le separa el pelo de la cara.

—¡Esto!

La jueza se remueve sobre la silla. Uno de los ojos que hasta entonces permanecía oculto bajo la melena ladeada presenta un hematoma hórrido de tonos violáceos que bordea las sienes y el arranque del pómulo. Tras unos instantes de silencio, la jueza retoma la palabra.

—Bien, que el forense la examine y nos remita el informe.

La madre se muestra confusa a la vez que inquieta.

—¿Van a hacer algo? Perdone que la ponga en duda, pero es que estoy al borde de un ataque.

—Antes de firmar una orden de alejamiento tengo la obligación de tomar declaración al muchacho. Julia, ¿sabes si la policía lo ha localizado?

—Sí, está aquí. Lo trajeron mientras ellas aguardaban en el pasillo.

En ese instante la joven abandona su letargo y comienza a chillar.

—¿Detenido? ¿Aquí? ¡Quiero verle! ¡Por favor, quiero verle!

La madre intenta sosegarla.

—Elisa, cielo, cálmate. Ese chico es un sinvergüenza. Todo esto es por tu bien.

—¿Por mi bien? ¡Tú que sabrás! Él me quiere, ¡cuándo lo vas a aceptar! Es la única persona que me entiende, y ahora resulta que lo han detenido por culpa de una de tus malditas neuras. Ya te dije que lo del ojo me lo hice en gimnasia. ¡Tómate una pastilla y déjanos tranquilos! ¡Quiero verle!

La secretaria judicial esgrime su mejor argumento:

—Ahora no eres consciente, pero te aseguro que estás de pie sobre un plano que se inclina por momentos.

Elisa se vuelve hacia la jueza y la secretaria.

—Vosotras dos os creéis muy listas. No tenéis ni idea. —La madre y el funcionario la sujetan para que la joven no se precipite sobre la mesa—.Os pensáis que vais a arreglar el mundo. ¡Pues enhorabuena! ¡Estáis haciendo de él una autentica mierda! —grita entre sollozos.

Ante el escándalo, un policía abre la puerta y con dificultad conduce a madre e hija fuera del despacho. Las dos lloran por motivos distintos, aunque en el fondo es el mismo. La jueza y la secretaria se miran impotentes. Una vez más, y ya van cientos.

*

De camino al colegio Elisa siente que las piernas le flaquean. El sol de últimos de septiembre calienta sus mejillas y le hiere los ojos, y aún así mira al frente, buscando una señal entre el laberinto de asfalto. Después de más de tres meses tiene la corazonada de que esta mañana las cosas van a ser diferentes. Su madre insistió en acompañarla, siempre lo había hecho el primer día del curso, pero por fortuna a su padre le pareció excesivo. Sin duda él está convencido de que después de todo este tiempo ya no le queda ningún rescoldo bajo el pecho.

Elisa sigue caminando. De soslayo ve su imagen reflejada en el retrovisor de una furgoneta de reparto. La tez pálida, el rostro abotargado. Ahora se arrepiente de no haber tomado el sol. Además, si hubiese nadado un poco no habría ganado peso. Pero ¿qué está diciendo? ¿Ha perdido el juicio o qué? Lo ha hecho por él, por ser fiel a su recuerdo. De ahí que cuando su madre le insistía en que bajase a la piscina, ella se negase en redondo. No podía obligarla, todo tiene un límite, incluso en sus padres.

Tal y como ellos aspiraban había aprobado en junio (en el fondo sospechaba que habían hablado con las monjas para que éstas fueran indulgentes). Luego, ella y su madre se subieron a un autobús y en él recorrieron los quinientos kilómetros que les separaban del apartamento de un familiar cercano. Le quitaron el teléfono a la vez que le prohibieron el ordenador, no fuera a chatear o enviarle mensajes. ¿Así pretendían que se olvidase de Joel, el único chico que se ha interesado por ella, que la ha hecho sentirse distinta, especial, protagonista de una historia irrepetible, su propia historia? ¡Pero qué ingenuos! ¿Acaso puede un dedo olvidarse de su falange? De acuerdo que él la había separado de sus amigas pero si lo hizo fue porque desea que nadie le arrebate ni un segundo de su compañía. Y ella es quien despierta esa pasión. Joel, el chico más guapo y atrevido que ninguna joven haya conocido. Cuando se enteraron sus amigas no daban crédito, alguna le vino con cuentos. ¡Envidiosas! Joel, el chico de la moto y de las camisetas ajustadas, simpático y extrovertido, siempre tomándole el pelo. ¿Cómo está mi gordita? ¿Has pensado en mí, mofletitos? ¡Cómo no voy a pensar en ti, mi amor! Mañana, tarde, noche, mi mente no tiene otro pensamiento. Lo eres todo, sol y luna, mar y tierra, y que sepas que sólo tienes que proponérmelo para que renuncie a todo. Por ti, para ti, los dos seremos uno, hasta el final.

            Elisa emboca la avenida que la conduce al portón del colegio. Empieza a encontrarse con otras estudiantes que caminan desinhibidas. Algunas la saludan pero los ojos de Elisa sólo tienen un objetivo. De pronto el aire ya no es aire sino un bloque de acero. A lo lejos, una moto se dirige de vuelta encontrada justo en su dirección. Está a varias manzanas pero conoce el sonido de ese motor, la figura resuelta que maneja el manillar. El corazón de Elisa palpita fuerte. ¡Tres meses! ¡Qué pronto se dicen pero cuánto se sufren!

Inexplicablemente un recuerdo amargo se abre paso y se interpone a su dicha, uno que hubiera preferido obviar pero que ha regresado indeleble para torturarla. Ocurrió durante una tarde de ese nefasto verano. Hacía mucho calor, ella estaba hastiada y con la moral por los suelos, pues en el fondo esperaba que Joel se hiciera a la carretera en su moto para recorrer esos funestos quinientos kilómetros. Muchas noches se levantaba y corría a la ventana pues creía oír a Joel llamándola desde los setos del jardín. Pero los días pasaban y Joel no daba señales de vida, por lo que vencida, acabó cediendo y bajó a la piscina. Después de darse un baño se tumbó en una hamaca. No llevaba quince minutos cuando comenzó a llorar desconsoladamente. Las lágrimas recorrían sus pómulos sin ambages, hasta el punto de que tuvo que regresar apresuradamente al apartamento. Había roto la promesa. Y ahora, si él le pregunta, ¿qué le va a responder? Ella ni puede ni quiere mentirle, tiene que decirle la verdad y ésta no es otra que le ha fallado. Como tantas otras veces, por hablar con quien no debe, por decir cosas inoportunas, por comportarse como no corresponde a la chica de un muchacho como Joel. Por eso él está en su derecho de castigarla, pues ella tiene que aprender de una vez por todas cuál es el lugar que le pertenece por el mero hecho de que él la haya elegido.

            Elisa está llegando. La moto se detiene justo en el portón. Es Joel. No lleva casco, según él sólo lo usan los cobardes. Elisa camina despacio pero decidida, sabe que las monjas la estarán observando, pero le trae sin cuidado. De un solo beso le va dejar los labios tatuados.

            A menos de cinco metros Elisa se percata de que en la parte de atrás de la moto hay otra persona. ¡Dios Mío! Es Marta Zulaica, la chica más popular del colegio. Elisa no sabe qué hacer, quiere detenerse, volver sobre sus pasos, echar a correr, pero sus piernas no la obedecen y sigue caminando como un muñeco mecánico. Agacha la cabeza, es lo único que se le ocurre, mirar cómo sus piernas aparecen y desaparecen por debajo de la falda. Marta Zulaica, una joven rubia, de ojos verdes, alta y esbelta, un ángel caído del cielo. ¡Qué puede hacer ella ante una rival así! Es ridículo siquiera planteárselo. Nunca podrá estar a la altura de una venus que se ha escapado de su cuadro.

            Elisa está justo en el portón. Escucha cómo la moto arranca y se aleja. Sigue con la mirada al suelo pero tiene que elevarla para no tropezar con sus compañeras. Al hacerlo se encuentra hombro con hombro con Marta Zulaica. La figura mayestática de su rival la ensombrece. Ésta no la saluda, como si sintiera vergüenza por lo que le ha hecho. Elisa está a punto de decirle que un león nunca se disculpa ante el piojo que aplasta, pero calla. Al atravesar el portón, otra alumna que camina descuidada empuja sin querer a Marta Zulaica, tirándole las gafas de sol al pavimento. En un gesto instintivo, Elisa se agacha para recogérselas y justo en ese momento las dos quedan de cuclillas frente a frente. Elisa se queda sin habla. Acaba de descubrir que en realidad ambas están en un mismo plano, y que, sin embargo, preferiría no estarlo, que ninguna de las dos lo estuviera, que ese plano ni siquiera existiera. Rápidamente Marta Zulaica se vuelve a poner las gafas de sol, ocultando el hematoma violáceo que subraya la inocencia de su mirada.

 

—Fin—


martes, 23 de agosto de 2011

XVI CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2011

 

CONCURS DE NARRATIVA CURTA

 "REIAL VILA DE GUARDAMAR" 2011


MODALIDAD: NARRACIÓN EN CASTELLANO

 


GANADOR: 

IGNACIO ECHEVARRÍA ORTIZ DE ZÁRATE

 

 

 

Ignacio Echevarría Ortiz de Zárate nació en Bilbao en 1961. Periodista de profesión, siempre se ha sentido muy atraído por la literatura. Durante más de veinte años ha compaginado su trabajo de redactor jefe en una empresa editorial de su ciudad natal con su verdadera afición, que no es otra que la de escribir. En la actualidad, dedica todo su tiempo libre a esta actividad. Ha ganado varios certámenes literarios en nuestro país -tanto en narrativa como en poesía- y tiene publicadas, además, varias obras.

                

            El libro innombrable

Jaime se encontraba leyendo una biografía de Marcel Proust en la Biblioteca Municipal de su ciudad, cuando vio por primera vez al hombre que iba a cambiar el rumbo de su vida. Fatigado por las dos horas que llevaba leyendo, había levantado un momento la cabeza para mirar por la ventana y fue entonces cuando fijó sus ojos en él. Le observó con detenimiento mientras entraba en la sala y cerraba la puerta. Lo primero que le llamó la atención fue su aspecto físico: era completamente calvo, tenía una nariz aplastada que le daba un cierto aire de boxeador retirado y la extrema pequeñez de sus ojos contrastaba con el tamaño desproporcionado de sus orejas. En su mano derecha llevaba un bastón y en la izquierda un libro. Trató de adivinar su edad, calculó que tendría unos ochenta años.

Cuando el hombre empezó a caminar hacia una mesa libre, Jaime descubrió que cojeaba levemente. A cada paso que daba, su bastón golpeaba el suelo de madera obligando a los presentes a volverse hacia él. El anciano, indiferente a la atención que despertaba a su alrededor, no tardó en llegar al sitio que había elegido.

–Toc... toc... toc... –por fin el ruido producido por el bastón cesó.

Se sentó, sacó unas gafas del bolsillo interior de su chaqueta, abrió el libro y sin mirar a nadie se enfrascó en la lectura.

Al cabo de unos segundos, Jaime perdió todo interés en él y volvió a la biografía que tenía entre manos. Los minutos fueron transcurriendo con lentitud. De vez en cuando echaba una fugaz mirada al resto de lectores, con la intención de distraerse. El hombre calvo no se había movido. Continuaba leyendo, ajeno a todo lo que le rodeaba.

Cuando el reloj dio las nueve y media de la noche un empleado de la biblioteca entró en la sala y dijo:

–Señoras y señores, por favor, vayan entregando sus libros. Es la hora de cerrar la biblioteca.

Tan sólo quedaban en la sala una docena de personas. Jaime miró una vez más al sujeto del bastón. Éste se había mostrado bastante sorprendido por la entrada del empleado. “Tan enfrascado estaba en la lectura que no se ha dado cuenta de la hora que es, le ha ocurrido lo mismo que a mí”, pensó Jaime mientras recogía sus cosas. Poco antes de entregar su volumen a una funcionaria, escuchó el diálogo que mantenían un bedel y el anciano.

–Veo, Alejandro, que se ha retrasado un poco en el día de hoy...

–Sí, Evaristo, así es. Me encontraba tan a gusto leyendo que se me ha ido el santo al cielo –su voz sonó cascada.

–¿Ya se ha repuesto de la gripe que le ha mantenido en cama durante las dos últimas semanas?

–Sí, ya me encuentro bastante mejor. A mi edad uno tiene que cuidarse.

–Hasta mañana, Alejandro.

–Hasta mañana.

Al día siguiente, Jaime no vio entrar a Alejandro en la sala de lectura de la biblioteca. El sonido producido por su bastón fue suficiente para anunciarle su llegada. En esta ocasión el viejo se sentó frente a él. Jaime le estudió con mayor detenimiento. Su cara estaba llena de arrugas y en su calva asomaba una fea cicatriz. De pronto, Alejandro, como si hubiera adivinado que alguien le estaba observando, levantó su poderosa cabeza y clavó sus ojos en el joven que tenía enfrente. Éste se sintió turbado por aquella mirada penetrante y apartó la vista. El anciano se encogió de hombros y continuó con su lectura.

Unos minutos después, Jaime reparó en el libro del sujeto. Se trataba de un volumen bastante estropeado por el paso del tiempo, algunas de sus páginas se encontraban rotas, vio numerosas manchas en el papel, producidas probablemente por la humedad, las pastas, de color azul, estaban sueltas. “¿Qué clase de libro será?”, se preguntó.

Las horas transcurrían sin novedad. Una vez que Jaime acabó de leer la biografía de Marcel Proust se levantó y se fue en busca del primer tomo de “En busca del tiempo perdido”: “Por el camino de Swann”, del mismo autor. Cuando regresó a su sitio vio que Alejandro había desaparecido aunque su libro continuaba sobre la mesa. El joven se aproximó y trató de averiguar su título, pero entonces escuchó un sonido que ya le resultaba familiar.

–Toc... toc...

Jaime giró la cabeza. El anciano salía del servicio de caballeros pero, o no le había visto curiosear sobre sus cosas o si le había descubierto lo disimulaba bastante bien. El joven, rojo de vergüenza, regresó a su silla.

Poco después, los dos ocupaban sus lugares respectivos. Alejandro se colocó las gafas y miró fugazmente a Jaime. Aquella rápida ojeada le permitió descubrir el libro que había elegido el joven estudiante ya que éste aún no lo había abierto.

–Proust, es una buena elección. La mejor –dijo en un movimiento de labios imperceptible.

Jaime levantó la cabeza. Le había parecido oír algo pero cuando miró a Alejandro, éste prestaba ya toda su atención a su libro destartalado.

Fueron pasando las semanas y cada nuevo día aumentaba el asombro de Jaime. Él ya había tenido tiempo de leer no sólo los siete tomos de “En busca del tiempo perdido”, sino que había terminado otros dos volúmenes de ensayos del mismo escritor francés. Y sin embargo, durante todo este tiempo Alejandro no había cambiado, misteriosamente, de libro.

Siempre entraba en la sala de lectura con el mismo ejemplar bajo su brazo izquierdo. Invariablemente vestía la misma ropa: un gastado pantalón negro, una camisa blanca, una corbata negra y una americana de cuadros blancos y negros.

Hasta entonces, Jaime había acudido por las tardes a la biblioteca ya que por las mañanas iba a la universidad. Pero como quiera que había llegado la Semana Santa y se encontraba de vacaciones, pudo ir también por las mañanas a la Biblioteca Municipal. Y cuál sería su sorpresa al descubrir que Alejandro era el primero en llegar y lo que era más extraño, siempre elegía el mismo libro, el volumen desgastado y de tapas azules que a él le resultaba ya tan conocido.

Jaime sentía una gran curiosidad por averiguar el título de aquel libro. Pero todos sus intentos por conocer más detalles acerca del mismo fueron inútiles. Por si fuera poco, le había visto a Alejandro demostrar todo tipo de reacciones mientras leía: asombro, alegría, tristeza, miedo...,. pero lo que le resultaba verdaderamente increíble era comprobar la atención desmedida con que leía cada frase, cada párrafo, ¡como si se tratara de un libro distinto cada vez!

Una tarde, Alejandro se hallaba, como todos los días, leyendo su libro de siempre, mientras era espiado no demasiado lejos por Jaime, quien leía entonces “Madame Bovary”, de Gustave Flaubert. Inesperadamente, el anciano se inclinó hacia un lado y se cayó arrastrando su silla. El fuerte golpe que se dio con la cabeza en el suelo sobresaltó a todos los presentes. Jaime, al igual que varios hombres y mujeres corrieron en su ayuda. Un empleado de la biblioteca fue a toda prisa a llamar por teléfono a una ambulancia. Mientras tanto, Jaime abrió una de las ventanas para que entrara aire fresco y colocó la cabeza de Alejandro bajo su propia chaqueta de cuadros blancos y negros, que había doblado a modo de almohada. Le aflojó el nudo de la corbata y le tomó el pulso. Respiraba con bastante dificultad. El anciano abrió sus ojos y se fijó en la cara del joven que se interesaba por él y que no le resultaba desconocida.

–El libro... el libro –dijo entre suspiros.

Jaime asintió con un movimiento de cabeza y le dijo para tranquilizarle:

–Han ido a avisar a una ambulancia. Estará aquí en unos minutos.

Poco después se presentaron en la sala un médico y dos camilleros. Le practicaron los primeros auxilios y se lo llevaron al hospital más cercano.

Jaime, al igual que el resto de los presentes, se encontraba muy alterado por lo ocurrido. De pronto, se fijó en el libro que Alejandro había estado leyendo hasta el momento de su estrepitosa caída al suelo. Aquella era una tentación demasiado grande para él. El momento que había estado esperando durante días y semanas había llegado, por fin. Sin dudarlo, lo cogió y, con disimulo, lo escondió bajo su jersey. Debido a la confusión que había provocado el accidente del viejo, nadie reparó en el robo de Jaime. Éste recogió sus cosas y salió del edificio municipal con el corazón encogido. Se sentía un ladrón, pero por nada del mundo iba a volverse atrás.

Cuando al finalizar la jornada, los funcionarios hicieron balance de los libros que habían sido solicitados por los lectores y los que habían sido devueltos por los mismos, comprobaron que faltaba uno, precisamente el de Alejandro. A aquellas alturas, todos los funcionarios sabían que el lector más asiduo de la biblioteca siempre les pedía el mismo libro: un viejo ejemplar con las tapas sueltas. Pero lo que entonces desconocían era que el libro en cuestión no volvería a aparecer jamás.

Una vez que Jaime llegó a su casa, se encerró en su habitación. Se tumbó sobre la cama y abrió el libro que le tenía obsesionado. Su mismo título acrecentó la intriga que le consumía: “El libro innombrable”. Buscó el nombre de su autor sin dar con él. Entonces, pensó que se trataría de la obra de un escritor anónimo. Pero su extrañeza aumentó cuando vio que no figuraba por ningún lado ni la editorial, ni su fecha de edición, ni ningún otro dato que le permitiera conocer su procedencia. Asimismo, carecía de índice, sus páginas no se hallaban numeradas, varias hojas amenazaban con desprenderse, las tapas se encontraban sueltas... Sin más dilación, comenzó a leer.

Lo primero que descubrió fueron unas leyendas finlandesas. Luego se topó con unos cuentos japoneses del siglo XV, cuyo protagonista era un viejo samurai. Posteriormente leyó unos poemas de Jorge Luis Borges donde plasmaba la nostalgia que sentía por su ciudad natal, Buenos Aires. Después, varios relatos de Gabriel García Márquez. A la una de la madrugada decidió interrumpir la lectura, apagar la luz y acostarse para tratar de dormir un poco. Por aquel día ya había tenido bastantes emociones.

A la mañana siguiente, cogió de nuevo el libro y al abrirlo no dio crédito a lo que vio. Su contenido había cambiado por completo. Las leyendas finlandesas, los cuentos japoneses, los poemas de Borges y los relatos de García Márquez  habían desaparecido misteriosamente. En su lugar encontró un largo tratado filosófico sobre las vidas y obras de Anaxágoras, Anaximandro, Sócrates, Platón y Aristóteles.

–No puede ser... ¿Qué clase de libro es éste? –dijo en voz alta visiblemente asustado.

Dedicó todo el día a leer filosofía mientras pensaba qué podría ocurrir al día siguiente. En efecto, nada más despuntar el sol descubrió, incrédulo, que el contenido del libro correspondía a una edición de “El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha” de 1750, escrita en un español antiguo que le llenó de zozobra porque por más que leía y leía no lograba descifrar el significado de muchas palabras.

De esta forma, fueron pasando los días, semanas, meses y años mientras Jaime iba descubriendo cientos de secretos del libro. En él tenían cabida todos los géneros literarios y los temas más diversos. Textos sobre medicina, matemáticas, biología, química, física, filosofía, lingüística, historia, sociología, teología, derecho..., aparecían  misteriosamente en sus páginas para desaparecer al anochecer de igual manera. Al día siguiente, todo comenzaba de nuevo, producto de un renacimiento inexplicable porque, de alguna manera, el libro nacía y moría cada día.

Jaime dedicó toda su vida al estudio de “El libro innombrable”, como antes que él hicieron, a lo largo de varios siglos, decenas de lectores anónimos que fueron desapareciendo sin dejar rastro. Varios de ellos escribieron con su puño y letra mensajes en los márgenes de las hojas para dejar constancia de su paso por el mundo. Sin embargo, a la mañana siguiente, el libro borraba las inscripciones y eliminaba todas las huellas.

Pero lo que ninguno de sus lectores llegó a saber jamás, es que “El libro innombrable” se alimentaba de las vidas de quienes lo leían hasta que les sobrevenía la muerte. Y cuando ello ocurría, siempre se las ingeniaba para acabar en las manos de otro hombre o mujer que continuaba la cadena de lectura, en una rueda infinita que no dejaba de girar jamás.