miércoles, 24 de septiembre de 2014

XIX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2014

XIX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR DEL SEGURA”
MODALIDAD 2


                                            AUTOR LOCAL
GANADOR: JOSÉ VIUDES AMORÓS


José Viudes Amorós nace en Guardamar en 1953. En 1971 ingresó en la Escuela Profesional Naútico Pesquera, donde obtiene el título de Mecánico Naval de 2ª y de 1ª. Desde 1976 trabaja en Johnson Control como técnico de laboratorio eléctrico. Su interés por el estudio le lleva a ingresar en la UNED a través de las pruebas para mayores de 25 años, donde ha obtenido la licenciatura en Historia.

Desde el año 2007 y hasta la actualidad compagina su actividad profesional con la de Juez de Paz de nuestra localidad.

Su interés por la historia le ha llevado a publicar varios artículos de investigación e interés histórico en revistas locales tales como:

 * Baluard que es la revista del Institut d’Estudis Guardamarencs;

 * en la revista Couché,

 * así como en la Revista de Moros y Cristianos.

Sus publicaciones se pueden seguir en su blog personal joseviudesamoros.blogspot.com


El Elegido

Las primeras luces del día se abrían camino entre las angostos picos de las montañas pirenaicas del País d’Oc. Los pájaros redoblaban sus cantos anunciando la pronta venida de la primavera.

La guarnición de la pequeña fortaleza de Montsegur estaba exhausta y hambrienta, después de nueve meses de asedio por las tropas de Simón de Roquefort, comandante de la Santa Cruzada promulgada por el Papa Inocencio III a principio del siglo XIII contra la herejía Cátara.

En Montsegur se habían refugiado los últimos Cátaros, un movimiento religioso que discrepaba de los métodos de la Iglesia Católica, dada a los ritos fastuosos y al exhibicionismo de las riquezas terrenales. <<El Papa Inocencio III era conde. Fue nombrado por su tío, el Papa Clemente III, Cardenal a los 28 años y proclamado Papa por la Curia Romana a los 37 años de edad >>

Ante los abusos de las clases dirigentes de la nobleza y el clero -muy dados a los placeres terrenales- los Cátaros promulgaban una vida más espiritual y sencilla predicando que el cuerpo físico de las personas era una creación dominada por el diablo. Por lo tanto, Cristo debió de tener un cuerpo etéreo, no material. No aceptaban que Jesús hubiera nacido para perdonar el pecado original de Adán y Eva, sino para enseñar a los humanos a abandonar su entidad terrenal y alcanzar la dimensión angelical. Para los Cátaros, el cuerpo era una carga que no les permitía llegar a la divinidad; para conseguirla debían pasar por varias fases e, incluso, reencarnarse; los que llegaban a la última fase de este proceso se les denominaba Perfectos -llevaban una vida ascética fuera de los placeres terrenales-, y se les consideraba herederos de los apóstoles, con la facultad de anular los pecados.

En la noche del 15 de marzo de 1244, el Perfecto de la Congregación de Montsegur hizo llamar a su celda a un joven novicio –Andreu de Alulayés i Liyó- hijo del señor feudal de un pequeño valle de los Pirineos meridionales.

Andreu de Alulayés i Liyó quedó sorprendido cuando el bonachón de Bernard le comunicó el deseo del Perfecto.

–¿Qué querrá el viejo a estas horas?- le preguntó a Bernard.

-¡No sé! Pero algo muy importante debe ser si quiere hablar contigo, cuando los cruzados están a punto de entrar en la fortaleza, –le respondió.

El muchacho tomó la lámpara de aceite y se dirigió a la sala superior de la torre del Homenaje, donde estaba situada la celda del Perfecto, Guillés de Albí.

La noche era muy oscura y soplaba una ligera brisa que hacía temblar la diminuta llama de la lámpara, al pasar por delante de las estrechas troneras de la torre. Después de avanzar por un oscuro pasillo, llegó ante la puerta del aposento del Perfecto y tocó suavemente con sus nudillos la rugosa madera.

-Pasad, hijo mío-. Sonó una débil pero férrea voz.

El muchacho empujó la pesada y quejosa puerta que emitió un lastimero sonido, y entró en el aposento. Al fondo, entre sombras, vislumbró a un anciano vestido con un hábito blanco, irradiaba una especie de luz en toda su silueta. Su rostro tenía una tonalidad rojiza como si emanara calor del interior de la piel.

Al ver al novicio intentó dibujar una sonrisa, pero le salió una mueca de amargura y tristeza. La estancia carecía de muebles, sólo tenía una pequeña mesa que servía de escritorio, una silla y una esterilla en el suelo que usaba como cama; la ropa colgaba de una cuerda situada en un ángulo del rincón de la habitación; de la pared, donde estaba ubicada la austera cama, pendía la cruz de los Cátaros presidiendo la pequeña sala.

¡Hijo! -le dijo el Maestro- comprendo tu extrañeza al requerir tu presencia ante mí a esta hora tan intempestiva y más, si cabe, por la situación tan crítica que estamos atravesando. Tengo que comunicarte un secreto de suma importancia, secreto que si cayera en manos impías cambiaría el destino del mundo, pero -¡Siéntate!, le dijo, ofreciéndole la única silla de la estancia. Él permaneció erguido en el centro de la habitación levantando ligeramente la cabeza, como si intentara buscar la inspiración Divina para iniciar el relato:

-Tendrás referencias, por las murmuraciones de otros novicios, que los Perfectos poseemos un gran Tesoro, tesoro que transmitimos de generación en generación. He de confesarte que no están muy alejados de la verdad, pero ese Tesoro no es terrenal sino espiritual, es un legado que nos viene dado desde el momento mismo de la muerte de nuestro Señor Jesús. Como sabes, -prosiguió- hoy puede ser el último día para todos “nosotros”. Los hombres del Papa de Roma nos van a exigir que renunciemos a nuestra creencia, ¡cosa que no vamos a cumplir!; en consecuencia nuestros enemigos nos van a mandar a la hoguera para “limpiar nuestros pecados”. -¡Tú bien sabes que los pecadores son ellos!-

El Perfecto continuó exponiendo los motivos de su llamada.

-Después de deliberar con los otros miembros del Consejo de ancianos, hemos decidido poner a salvo el Tesoro de los Cátaros y por tus cualidades eres el “Elegido”. Debes guardar y transmitir nuestro legado hasta que el Verbo vuelva a renacer, que, según la profecía, será dentro de 777 años.

Al oír las palabras del viejo Perfecto, Andreu se quedó extasiado, a punto de desmayarse; las piernas le temblaban y le costaba emitir palabra. Cuando se recuperó de la sorpresa inicial, dijo:

-Pero señor, ¿por qué yo?, solamente soy un joven novicio y no sé si podré llevar a cabo tan trascendental misión; además ¿cómo podré salir si estamos sitiados?

El Perfecto le respondió -No te preocupes por eso, todo está planeado. Esta misma noche burlarás el cerco de nuestros enemigos; te deslizarás con ayuda de unas cuerdas por la muralla que está situada en el Barranco del Diablo, que es la zona mas inaccesible y menos vigilada por lo abrupto del terreno. Una vez en el fondo del barranco, un acólito nuestro, infiltrado entre los sitiadores, te prestará toda la ayuda necesaria, proporcionándote un caballo con el que podrás llegar hasta las posesiones de tu padre. Bien; no perdamos más tiempo. ¡Acompáñame!

El anciano cogió una lámpara de aceite con dos mechas y las encendió acercándolas a la que había en el aposento; abrió la vetusta puerta y se dirigió sigilosamente hacia la escalera de la torre. Andreu le seguía a pocos pasos, aún estaba inmerso en su confusión. Delante de él, el Perfecto parecía una aparición divina; no andaba, se deslizaba; y en vez de pasos oía el susurro de las caricias de la tela del hábito. Bajaron hasta la estancia principal; la cruzaron dirigiéndose hasta una enorme chimenea que servía para calentar la sala en las frías noches de invierno -aún despedía un ligero calor, a pesar de que las brasas llevaban varias horas apagadas-.

El anciano deslizó con la mano una figurilla que adornaba uno de los extremos de la chimenea y la pared de su fondo se desplazó hacia un lado, dejando al descubierto una nueva escalinata que se adentraba en las profundidades de la roca.

El corazón de Andreu parecía salirse de su cuerpo, la emoción aumentaba en cada nuevo acontecimiento. Bajaron la estrecha escalinata topándose con una especie de Cripta semejante a las catacumbas de los primeros cristianos. Enfrente, había una pequeña hornacina adornada con signos que Andreu, en su ignorancia, no podía descifrar. El asceta abrió la puerta de la hornacina y sacó un pequeño cofre de plomo, se giró y le dijo a Andreu: -¡He aquí nuestro tesoro!

Andreu no podía apartar los ojos del cofrecito y pudo observar que tenía grabados una serie de dibujos, entre ellos: un pez, un Pantocrátor, una cruz Cátara, un pavo real, etc. También pudo comprobar que la tapa estaba sellada con fuego y, ensimismado en sus pensamientos, oyó la voz del anciano que le hizo volver a la realidad.

-¿Verdad que te estás preguntando por el contenido del cofre?.

-¡Sí Maestro! –le respondió.

-Bien; presta atención. Lo que te voy a decir es un secreto muy bien guardado durante siglos, solamente lo saben los Perfectos del Sumo Consejo y, después de esta noche únicamente lo sabrás tú. Hemos decidido abandonar nuestros cuerpos pecadores y unirnos a la Luz Eterna, una vez que hayas cruzado las líneas enemigas.

El Perfecto se sentó en una bancada excavada en la roca de la cripta, Andreu hizo lo mismo a su lado. El monje continuó con su relato.

-Todo empezó cuando Jesús murió en la Cruz (…), José de Arimatea le pidió permiso a Pilatos para descolgar el cuerpo de la misma. Ayudado por Nicodemo lo bajaron y envolvieron en una sábana trasladándolo a un sepulcro que había en la ladera del Gólgota. Cuando se disponían a lavar y ungir con perfumes el cuerpo, percibieron como la sábana que lo envolvía olía a quemado, desprendiendo pequeños hilillos de humo como si ardiera. Levantaron la sábana y vieron el rostro de Jesús iluminado; por su boca salía una sustancia muy densa y brillante; José cogió un recipiente de cristal de perfume para ungir y, después de vaciar su contenido, lo colocó en la comisura de los labios de Jesús recogiendo todo el líquido que pudo. Después lo selló y lo guardó.

Posteriormente, se lo entregó al Apóstol Santiago; éste lo colocó en un cofre de plomo -el recipiente de cristal quemaba a quien estuviera cerca de él-. Cuando el Apóstol fue enterrado en Santiago de Compostela, se depositó el cofre con la reliquia en su sepulcro. Después de rendirle culto en la catedral durante cerca de 700 años, temiendo que los musulmanes en sus razias la encontraran, unos monjes Cistercienses, que posteriormente se convirtieron al catarismo, trasladaron el cofrecillo hasta Montsegur.

Andreu escuchó el relato del anciano con mucha atención, y cuando éste acabó preguntó con voz entrecortada: -¿Pero…, por qué no se puede abrir el cofre?

-Porque el soplo divino –le respondió el maestro- se extendería por el mundo, exterminando la especie humana sin estar preparada y sin tiempo para arrepentirse de sus pecados. Por ello no se puede abrir hasta la llegada del año 2021. En este año, según la “profecía”, el Verbo se reencarnará de nuevo dando una segunda oportunidad al género humano y, así, alcanzar la vida eterna.

Andreu, después de colocar el cofre y una bolsa de monedas de oro en un zurrón, se dispuso a partir. Subió hasta la muralla y, después de comprobar que la cuerda estaba bien afianzada, la cogió y empezó a deslizarse por su lienzo; en un par de minutos alcanzó el suelo. Agazapado, se escondió en un arbusto esperando la señal acordada. De pronto oyó un silbido que imitaba a un autillo, salió de su escondite y vio una silueta acercarse, que le preguntó:

-¿Quién eres?

-¡El Elegido! –contestó Andreu.

La silueta se hizo cada vez más nítida; Andreu pudo comprobar que era una persona muy robusta; vestía cota de malla de soldado recubierta con jubón de tela burda, su rostro estaba cubierto por una espesa barba. En su mano portaba las riendas de un negro y nervioso corcel. Se las ofreció diciendo:

-Monta a caballo, sal a galope por esta senda y no vuelvas la vista atrás.

Tras varias horas galopando, detuvo el sudoroso corcel en lo alto de una colina, giró su cabeza y oteó el horizonte en la dirección por la que había venido. Al fondo, pudo distinguir una pequeña columna de humo blanco que se confundía con las nubes; en lo más hondo de su ser sintió un gran vacío y una gran pena se apoderó de él. Ahora era la única persona que conocía el secreto de los Cátaros.
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París amaneció con cielo plomizo la mañana del 14 de enero de 1829, este día no se diferenciaba de otras mañanas del crudo invierno parisino.

Gerald, el archivero, rebuscaba en el fondo de un cajón lleno de documentos y legajos que intentaba catalogar para exponerlos en el museo del Louvre. De pronto, un documento escrito en piel de cabra llamó su atención por el colorido y la perfección de una cruz dibujada en la cabecera. Era una carta fechada a finales del siglo XIII, escrita por el monje Albigense Michel de Segny.

Inició su lectura y quedó fascinado por el relato. En ella se narraba la historia de un joven que se escapó de la hoguera, llevándose el secreto de los Perfectos Cátaros.

Según relataba el monje, el muchacho se había mezclado con las tropas del Rey Jaime I de Aragón, acompañado de un grupo de siervos de su padre, con intención de establecerse al sur del nuevo Reino de Valencia. Tanto le fascinó la historia que, tras su lectura, decidió emprender viaje para intentar recuperar el tesoro.

Se documentó sobre la época en la que se desarrollaron los hechos. Después de la lectura de múltiples fuentes comprobó que, a los pocos días de haber entrado Andreu en el reino de Aragón, se había firmando el Tratado de Almizra, (posiblemente se dirigió hacía esta zona meridional). Además, el rey castellano había ofrecido a su suegro Jaime I repoblar la parte sur de Murcia, reino vasallo suyo, para controlar las revueltas de los musulmanes que habitaban en él.

Gerald inició el largo viaje que le llevo dos meses por caminos tortuosos y llenos de bandoleros. Por fin, después de pasar por una ciudad muy exótica repleta de huertos de palmeras semejante a un oasis del norte de África llamada Elche, se adentró en un fértil valle. Allí las aguas del río Segura transcurrían bulliciosas y trasparentes por las acequias, en busca de la tierra ansiosa y sedienta. Los caminos estaban flanqueados por desnudos árboles, en espera de la pronta venida de la primavera para vestirse de nuevo, aunque los almendros y cerezos estaban en flor. Los campesinos trabajaban la tierra desde el amanecer hasta la puesta del sol, siempre expectantes y vigilantes ante la amenaza del viejo, pero vigoroso río durante esta época del año, dónde las inundaciones eran frecuentes.

Gerald se dirigió a Orihuela, que era la capital de la Gobernación. Una vez instalado en esta ciudad episcopal, inició sus pesquisas; se dirigió a los archivos de la ciudad e inicio la lectura de varios documentos sobre el repartimiento de tierras de los colonos cristianos del siglo XIII.

Pasó varias semanas examinando los viejos legajos llenos de polvo. El tiempo trascurría sin sentir. Apasionadamente iba leyendo documento tras documento, intuyendo que la solución al enigma estaba cerca. De pronto encontró una carta de petición al Rey Alfonso X para fundar un asentamiento, cuya fecha no se podía leer bien [127?]. La carta estaba firmada por un tal Andrés de Alulayes casado con Clara de Claramunt. A Andrés le acompañaban unas 50 familias, originarias algunas de los valles pirenaicos, como las de Sempol, Vives, Claramunt etc.; otras de la zona de Lleida: Ivars, Verdú, Amorós, Puigcerver, Pons, Torre-Grossa etc.

No cabía ninguna duda, ¡había encontrado la pista que le llevaría hasta el tesoro!. Ávidamente, devoró la lectura de la carta. En sus párrafos finales, Andrés de Alulayes especificaba que el nombre de la nueva villa sería GUARDAMAR.

-¿Por qué Guardamar? –se preguntó Gerald. Tenía que haber una relación entre este nombre y la clave para descubrir el secreto de los Cátaros. Gerald comenzó a relacionar todos los elementos que poseía: Mont-segur, significaba “monte seguro”, por eso estuvo allí depositado el secreto; por lo tanto -dedujo- en el topónimo guarda-mar debía estar contenida la clave. Descompuso todas las sílabas combinándolas entre ellas, buscando un significado que le diera alguna pista. Después de varias noches en vela, agotado por el esfuerzo, entró en estado de sopor (….). Y de repente lo “vio”.

-¡Mon Dieu!-, ¡-Cómo he sido tan tonto! –exclamó. En el cuaderno donde tomaba las notas estaba la clave: GUARDA-M.A.R. - M = Mistyca; A = Ánima; R = Redemptor.

Ánima Mística del Redentor

“¡Estaba guardada allí, el soplo “Divino”, la Luz de los Cátaros.. Dios mío! –pensó-, mientras que su corazón aumentaba súbitamente de pulsaciones. A su mente le vinieron las imágenes de todos esos retratos de clérigos naturales de Guardamar, colgados en las paredes del Archivo de Orihuela. -¡Ellos eran los “Guardianes” del Secreto, los nuevos Perfectos, no cabía ninguna duda!

Era la madrugada del primer día de la primavera de 1829. Gerald no había pegado ojo en toda la noche; cuando se levantó, no serían más allá de las cuatro. En el patio, el posadero estaba preparando la pequeña y ligera tartana, que él mismo conduciría hasta su destino. La Villa de Guardamar estaba a poco más de cuatro leguas de camino. Se puso en marcha sin demora para poder llegar a misa primera.

El cielo estaba encapotado; una gran nube negra se cernía sobre la Vega; un extraño silencio dominaba el ambiente, sólo se oía los cascos del caballo golpetear en el camino. A las dos horas de camino pasó por Almoradí. La plaza estaba llena de jornaleros esperando el ansiado jornal en las plantaciones de hortalizas; las pesados carretas tiradas por bueyes avanzaban con cadencioso paso marcado por los cencerros. Los rayos de sol asomaban tímidamente entre las nubes a su paso por Rojales. Tomó el camino que bordeaba el río. Los sauces y moreras se abrían como un túnel vegetal, mientras las ranas croaban entre el fenás. El camino giró bruscamente a la derecha para tomar el viejo puente de piedra flanqueado por los Patronos de la Villa. A lo alto destacaba la enorme y erguida torre del campanario. Gerald exigió el último esfuerzo al caballo para subir la empinada cuesta. Una vez en la plaza del Arrabal, bajó de la tartana, amarró el caballo a una argolla en la pared de la muralla y cruzó la oxidada puerta de hierro. Con paso firme se dirigió a la iglesia. La misa de la mañana había finalizado y los últimos feligreses salían raudos. Se dirigió al altar mayor; allí vio una lápida en el suelo con un gran pavo real grabado, se agachó y pudo leer una inscripción en la lengua d’Oc:

“Hui em xafes. Demà et xafaran a tu” “Andreu de Alulayes”.
Desplazó la pesada losa de piedra; su corazón parecía salirse del pecho. Estaba cerca de desvelar el secreto de los Cátaros; bajó siete escalones topándose con un sarcófago tallado en piedra caliza; deslizó la tapa (…), ¡allí estaba! El pequeño cofre yacía junto a los huesos de Andreu. Se puso de rodillas y, con sus manos, lo tomó delicadamente. Cuando se disponía a abrirlo, la tierra tembló; las rocas de la cripta se desprendieron sobre Gerald y, después, sólo si

XIX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2014

XIX CONCURSO DE NARRATIVA "REAL VILLA DE GUARDAMAR DEL SEGURA ". 2014

MODALIDAD 1


GANADOR: ANTONIO MUÑOZ FRANCO

 Natural de Murcia, Antonio Muñoz Franco es Doctor en Veterianaria y Licenciado en Ciencia y  Tecnología de los Alimentos. En la actualidad trabaja en el Servicio de Gestión de Calidad de la Universidad Politécnica de Cartagena. La formación científica no está reñida, en este caso, con la afición por las letras, habiendo escrito varios relatos breves y una novela inacabada. Ha sido galardonado en varios concursos literarios, de los que vamos a destacar:

* En 2009 y 2011, premio Galileo de relatos de ciencia-ficción.

* En 2012 Premio en el Certamen literario Albaricoque de oro de Moratalla.

* En 2013 Premio en el Concurso Internacional de relatos cortos “Ciudad de Torremolinos”.

* También en 2013 Premio en el concurso de Relatos Cortos “Ateneo de Sanlúcar de Barrameda.   


 EL EXPRESO

La pasión por el ferrocarril marcó mi niñez.  Coleccionaba miniaturas de locomotoras de vapor, construía maquetas, miraba con embeleso los trenes en la estación… Pero todo cambió. Hasta el punto de aborrecer el universo que deslumbró mi infancia.
Durante año y medio, esa serpiente colosal, ruidosa y humeante que se deslizaba sobre raíles fue el purgatorio para llegar a las puertas del infierno; ese averno en el que los moradores vestían de caqui, portaban armas y eran comandados por un Belcebú déspota que gritaba y daba órdenes sin tregua. El tren expreso entre Barcelona y Cartagena era la quina de los reclutas que penábamos a seiscientos kilómetros de casa nuestras obligaciones con la patria en los años setenta, la que nos abría a la fuerza el apetito castrense necesario para soportar los avatares del cuartel. El vaivén eterno del convoy, la línea férrea infinita que partía en dos el horizonte, la vigilia en literas del tamaño de un ataúd, la compañía de desconocidos que dormían como marmotas y expedían una sinfonía de ronquidos, no eran sino rutinas que hacían perpetuo y tedioso el trayecto. Cada viaje se hacía más insoportable que el anterior, más monótono, pero aquel domingo de octubre de 1973 se antojaba diferente, me disponía a realizar el último desplazamiento a Cartagena. Si todo iba bien, me licenciaría en unas semanas y la ciudad portuaria solo sería un recuerdo asociado indefectiblemente en mi memoria con los acuartelamientos militares.
Apenas entré al coche cama, me dirigí al compartimento en el que dejaría mi impronta esa noche. No había nadie. Quizá tuviera suerte y pudiera realizar el trayecto sin padecer la compañía de cualquier zascandil. La soledad me permitió elegir litera e instalarme con cierta comodidad, recreándome en los detalles parcos del habitáculo. Mas no tardé en acostarme. Ansiaba caer en los brazos de Morfeo, que me asiera con fuerza hasta que las costillas me crujieran. Las noches de jarana de los días de permiso me derrotaron sin denuedo y tuve miedo de hibernar como un oso sin que nadie advirtiera mi presencia en el tren. Presumí una noche plácida. Solo una patulea de homínidos vociferantes, al final del pasillo, turbaba de cuando en cuando el somnífero sonido de la ruedas del tren arañando los raíles.
De súbito, me golpeé la cabeza contra la pared y escuché una cascada de ruidos. Quizá una maniobra forzada del maquinista fue la causa de que las maletas rodaran por el suelo. Me incorporé aturdido, expulsado de un sueño profundo y reparador, incapaz de destilar ideas lúcidas. Pero el movimiento del tren rápidamente me transportó a la realidad: otro pesado viaje para ponerme a las órdenes del alférez Ortega. Había perdido completamente el sentido del tiempo; no sabía si el convoy ya aguijoneaba la provincia de Murcia o si Barcelona aún quedaba a tiro de piedra. Decidí, pues, incorporarme y asomarme al pasillo del vagón. A tientas, con los pies desnudos, busqué mis zapatillas arrastrando las puntas de los dedos. Noté algo. Una sensación extraña me llevó a encender la tenue bombilla que a media luz alumbraba el habitáculo, esperando encontrar mis bártulos esparcidos por el piso, y el estupor me hizo blasfemar cuando hallé una persona tendida en el suelo. La ausencia de respuesta y la pequeña manta que la cubría me hicieron creer que dormía, de modo que guardé silencio: pensé que algún otro viajero habría entrado después de que me durmiera. Durante unos segundos, dudé entre respetar su descanso o despertarlo para que se acostara de manera ortodoxa en una litera. La curiosidad, sin embargo, me envolvió como la madeja pegajosa de un capullo de seda, y escruté la figura tumbada. Un amargo rictus se apoderó de mí; junto al cuerpo de aquel varón había un pequeño charco de sangre disimulado por la manta que lo cubría. Retiré la frazada con un movimiento seco y vi una mancha de color rojo carmesí cubriendo la sien del individuo, que yacía sobre un costado. La mezcla de torpeza y nerviosismo se resolvió con mi pijama manchado de sangre. No pude evitar que el líquido viscoso que otrora recorrió las venas de aquella persona y ahora permanecía en el suelo, inasible como mercurio derramado, me impregnara hasta convertirme en el sospechoso del devenir de aquel pobre desgraciado.
El pavor se adueñó de mí, me abrazó con fuerza. La única ocurrencia entreverada en las tinieblas del temor era la de abandonar el compartimento; un recluta involucrado en un caso de homicidio no podía sino contar el resto de sus días en la prisión militar de Carranza. Asomé la cabeza y oteé el pasillo, huérfano de pobladores. Todo el mundo debía estar durmiendo, o al menos a refugio de una noche que se había tornado tormentosa, tanto en lo meteorológico como en los acontecimientos que deparaba. La penumbra, la lluvia de fondo y la angustia delimitaban mi escenario. A través de los cristales, podía observar los relámpagos deshaciendo la oscuridad y las gotas de lluvia estrellándose contra las ventanillas, mientras el tren avanzaba ajeno a mi zozobra, raudo, como si pretendiera escapar de la tormenta cuanto antes. Asalté el pasillo con la intención de pedir ayuda o de huir; nunca lo supe con certeza. Al cabo de unos minutos de piernas trémulas, y dada mi precaria vestimenta para la evasión, decidí introducir a algún vecino en el lodazal de mi desventura.
Un viejo de aspecto ermitaño respondió a mi llamada inquietante, pero su única preocupación era que el sobresalto nocturno había tirado al suelo un caballete y otros aperos de pintura que cuajaban su cuarto. Cuando comenzó a divagar acerca de la posibilidad de que el maquinista estuviera ebrio, ahogué un improperio en mi garganta y traté de tranquilizarme, buscando un efecto balsámico en sus pequeños ojos hundidos; lo último que necesitaba en ese instante era consolar a un anciano preocupado por sus naderías. Desanduve mis pasos y volví al ambiente gélido del pasillo, aderezado por ese olor a humedad típico de las noches de tormenta. El anciano, extrañado por mi actitud, se asomó a la puerta. Un relámpago de los que resquebrajan el cielo e iluminan la noche puso al descubierto con claridad espectral su menuda arquitectura, una vetusta silueta coronada por mechones plateados que le cubrían la cerviz y profundas arrugas que surcaban su rostro.
–Te veo asustado –me dijo–. No te preocupes. Las noches de tormenta distorsionan la realidad. Cuando escampe, lo verás todo de otra manera.
El mensaje no me tranquilizó demasiado. El anciano, adornado por un aire intelectual, bohemio, parecía interesado en que me fuera cuanto antes y no lo perturbara con fruslerías. Esbozó una sonrisa y seguramente pensó que yo era un quinto borracho de los que atemperan con alcohol las horas previas a la subordinación castrense.
De nuevo acompañado por la soledad del pasillo. El bamboleo del convoy, la noche borrascosa y el miedo fermentando en mi interior como el mosto en el lagar no ayudaban a pensar con nitidez; más bien invitaban a sacar la cabeza por alguna ventanilla del vagón y esperar a que un rayo compasivo acertara en mi pescuezo. Pero no tenía el valor suficiente para ello. Caminé al menos una hora, pasillo arriba, pasillo abajo. El funesto concierto procedente del exterior sonaba en mis oídos como una marcha fúnebre, como un réquiem que se acompañaba de voces y cánticos al desfilar frente a uno de los compartimentos: deduje que algún grupo de juerguistas pasaba la velada fustigando sus cuerdas vocales. La coyuntura me roía las entrañas, y el limbo de la vacilación se hizo insufrible.
Decidí arrostrar el drama llamando al habitáculo contiguo al del anciano; pese al silencio sepulcral que propalaba, el paso del tiempo iba mutilando las alternativas. Una chica joven abrió la puerta. No dijo nada, mas el ceño fruncido y sus legañosos ojos entreabiertos evidenciaban que yo debía tener poderosas razones para estar allí, o bien atenerme a la ira que irradiaba su mirada. Me sentí atrapado como un barco entre las compuertas de una esclusa. Mis dientes rechinaban, el corazón se desbocaba y mis labios parecían lacrados por la trementina de la aflicción. Tragué saliva con el propósito de deshacer el nudo que me oprimía la garganta y supliqué auxilio, con gestos más desmedidos que los utilizados con el anciano. Mis aspavientos no modificaron el rostro hermético a las emociones de la bella joven, pero al menos suscitaron la atención de una segunda adolescente, menor que la anterior y más interesada en mi desdicha. El parecido físico conducía a una irrefutable sentencia: eran hermanas. La más aniñada de las muchachas, envuelta en un camisón que parecía el atuendo de un fantasma, exhibía un desparpajo que transmitía sosiego. Aproveché su oído caritativo para explicar los detalles de mi hallazgo, pero la mayor de las chicas, que hasta ese momento no había abierto la boca, me sorprendió con una revelación que descompuso mis anhelos y cercenó mi intervención: entre el susurro y la confesión, declaró que se habían escapado de casa, huían en el tren y no querían saber nada de nadie. La hermana menor miró atónita, sus pupilas se hicieron casi tan grandes como la del cíclope Polifemo para Ulises, y yo inferí que acababa de escuchar la milonga más grande de mi vida o que la joven del camisón no conocía las intenciones de su hermana.
Las macilentas luces del vagón contemplaban la secuencia como centinelas ebrios de soledad. La mayor de las hermanas cerró la puerta y yo me quedé otra vez a la intemperie del pasillo, a merced de los relámpagos que dibujaban quebradas cicatrices sobre las ventanas, de los hilos de agua resbalando por los cristales, del repiqueteo de la lluvia al golpear contra todo lo que se cruzaba en su itinerario. La conjugación de elementos creaba un clima sofocante y viscoso como el que proporcionan las pesadillas, y yo seguí paseando mi angustia de un lado a otro del vagón, flirteando con el desvarío, viendo desmigajarse los enjutos pilares del consuelo.
Colegí que las personas que dormitaban no me ayudarían; probablemente en esa situación yo también recibiría a un extraño con las uñas afiladas y los colmillos salivando. Así que me decanté por los jaraneros. Golpeé la puerta con los nudillos, me armé de valor y me atavié con el entusiasmo trágico de encarar mi destino sin más armadura que la disposición de comerme el mundo a dentelladas. Asomó la cabeza un hombre, y enseguida otros dos. Los visajes laxos de aquellos jóvenes me recordaron los del cuadro Los borrachos, que mi padre me llevó a ver al museo del Prado; en ese momento me percaté de la calidad pictórica de Velázquez. Las caras de despreocupación de los tres personajes eran un placebo a mi desgracia, y su actitud indolente, un analgésico para el dolor que me estrujaba el pecho. Rápidamente me invitaron a entrar sin preguntar quién era ni qué buscaba. Casi sin querer, me vi acorralado por tres individuos desconocidos en el interior de un diminuto habitáculo, ocupado además por instrumentos musicales. Me interrumpían continuamente con sus chanzas y chascarrillos, me daban a probar tragos de unos licores que olían a demonios y pretendían incorporarme a sus cánticos y balanceos armónicos. Cuando el más sereno de los tres se dio cuenta de que yo estaba realmente asustado y no era un beodo en busca de la última copa, frenó el ímpetu de sus compañeros y me pidió que tomara asiento. Patricio –así se identificó– dijo que eran músicos y acababan de terminar una pequeña gira de verbenas. Otro de los personajes, del que solo recuerdo sus largas patillas, no cesaba de interrumpir; todo lo que corría por sus venas debía ser alcohol. Las palabras ininteligibles que acertaba a pronunciar bailaban entre sus carrillos antes de ser expedidas como ecos envueltos en efluvios vaporosos de destilería. De entre los escasos mensajes descifrables que abandonaban su gaznate, nunca olvidaré su porfía en llamarme Bartolo y pedirme que tocara la guitarra.
Cuando mi pulso arterial pasó del galope al trote, alumbré la congoja que me corroía por dentro. El habitáculo se empachó de silencios. Los músicos no decían nada; se miraban con disimulo por el rabillo del ojo y exhibían una expresión entre compungida y expectante. Las interrogantes golpeaban contra los cristales como pájaros ateridos. Las respuestas se escapaban como el humo entre las manos.
El tiempo se detuvo hasta que el fulano de las patillas, haciendo jirones el remanso de mutismo, bramó una carcajada que debió despertar al anciano, a las adolescentes con ínfulas de mujeres rebeldes y a todos los moradores del vagón. Me arrastré al refugio de la duda y la desesperación, pero, lejos de encallar en la costa donde las hordas de la derrota se hacen irreductibles, exploté, gritando con vehemencia: «¡Hay un muerto en mi habitación!». No sé de dónde saqué las fuerzas para vocear de aquella manera. Quizá el estado de ansiedad, la imagen taraceada en mi mente del cuerpo exangüe, los surrealistas viajeros del tren… Daba igual. Los discípulos de Apolo compusieron el gesto y se enderezaron como ajos, como si el mismísimo alférez Ortega hubiera dado la orden. La sazón me permitió evacuar los detalles del macabro hallazgo y proveerme de una comitiva con la que reconquistar mi compartimento. El primer voluntario fue Patricio. Los camaradas lo siguieron a modo de dóciles ovejas.
Avanzamos por el pasillo desierto, unos con más dificultad que otros. Algunos ni siquiera sabían que la noche era tormentosa y miraban de soslayo las ventanas del vagón. Al llegar al epicentro de mi infortunio, me cedieron el primer lugar en la procesión; me temo que no por cortesía. Yo no podía rechazar tan amable ofrecimiento. Aunque la escolta se meciera al son del movimiento del tren y contagiara poca confianza, debía sentirme agradecido por el amparo. «Al menos, borrachos no estarán tan asustados como yo», pensé antes de asomar la cabeza a la escena del macabro suceso. Cuando por fin me atreví, quise morirme. No había nadie. No sabía si alegrarme o salir corriendo. Estaba convencido de que los músicos me estrangularían allí mismo y mi cuerpo sustituiría al del pobre infeliz que alfombró los pies de mi cama.
El de las patillas me interpeló por el finado, lanzando al aire un deje con aroma a venganza. Yo era consciente de que mi osadía, en plena noche, no quedaría en anécdota, en una broma de reclutas. Miré a los tres tipos con cara circunspecta, pidiendo clemencia con la mirada. Los músicos transmutaron el rostro bobalicón en una mueca pendenciera; me sentí como un ratoncillo bajo la zarpa de un felino. Traté de explicar lo inexplicable, apaciguar los ánimos, pero mi garganta reseca no me acompañaba, y el alcohol no otorga paciencia a sus fieles. Cuando la situación fue irremediable y me dispuse a guarecer mi anatomía de los golpes, avisté un haz de esperanza en el suelo: la sangre del cuerpo inanimado seguía allí. El descubrimiento amansó a los músicos. Aunque recelaban de mis palabras, entraron a confirmar que la mancha de color bermellón efectivamente decoraba los pies de mi cama. Exhalé un suspiro de alivio al tiempo que la tormenta se transformaba en una lluvia más liviana y los primeros rayos de sol peinaban el paisaje exterior.
Un grito en uno de los habitáculos contiguos volvió a traer la zozobra. Se trataba de un alarido femenino, apenas púber, y enseguida pensé en las jóvenes díscolas a las que rendí visita durante la noche. Antes de alcanzar su compartimento, un hombre con la cara ensangrentada salió del interior. El sujeto de las patillas le ordenó sin conturbarse que cogiera la guitarra. La ingenua y balbuceante petición iluminó mi mente del mismo modo que los rayos de luz aclaraban los rostros de los presentes, eliminando ese velo nocturno que imponen las sombras. Me apeé de una ensoñación trágica y me instalé en la realidad cristalina que convierte las pesadillas en banalidad. El individuo, aún inmerso en su descarrío nocturno, fue identificado inmediatamente: para las chicas, un borracho que se había colado en sus literas; para los músicos, el guitarrista de la banda, desaparecido casi toda la noche; y para mí, el cadáver que hallé junto a mi cama y desapareció sin dejar más rastro que la sangre. Incluso el anciano se unió al coro de noctívagos y escrutó al fulano que asaltó a sus fantasiosas nietas, que viajaban en el compartimento contiguo.
Bartolo era el cuarto músico, el más bebido de los cuatro, e iba desplomándose allí donde sus piernas y su cabeza no le permitían tenerse en pie. Durante la maniobra brusca del convoy, la que hizo que me golpeara la cabeza, el guitarrista tropezó y se desvaneció junto a mi litera. Cuando pudo incorporarse, en plena ceguera de los sentidos, acabó con sus huesos en el habitáculo de las hermanas. Los tres juerguistas a los que abordé en plena noche ya tenían suficiente con soportar su estado etílico, cualquier otro desvelo suponía un dispendio neuronal inasumible. El único que a su manera se acordó de Bartolo fue el músico de las patillas; anegado por el alcohol, me confundió con el guitarrista durante la velada.
El aparecido desfiló trastabillando entre los espectadores que aguardábamos en el pasillo, rodeado de una expectación que para sí quisiera en sus actuaciones. Su ceja aún sangraba y tenía el cuerpo magullado, aunque tuve la impresión de que los licores dispensados con generosidad surtían un efecto analgésico mayor que el de los opiáceos. A pesar del cansancio de unos y la perturbación de otros, todos concluimos el mismo desenlace; no obstante, las emociones expresadas discordaron: el viejo recriminó a los parranderos su estado y sus acciones; las chicas se sonrojaron, supongo que por mentirosas y por lo que pudo pasar en el interior su compartimento; los músicos batían sus mandíbulas provocando la ira del abuelo; y yo…, yo me fui cabizbajo a recoger mis cosas para abandonar aquel tren expreso cuanto antes, embestido por decenas de sentimientos contradictorios, con la única idea de no volver a subirme en mi vida a un convoy.
Llegué a mi destino; al encuentro con el tirano Ortega y la disciplina castrense. La experiencia de la noche anterior se ancló en mi memoria con la intención de perpetuarse. Al anochecer, de nuevo lluvioso y tormentoso a raudales, vagué de forma desmañada por el cuartel, atrayendo las miradas de curiosos reclutas. Cuando Felipe, un compañero de barracón, quiso saber si mi estado derrengado se debía a la farra del fin de semana, únicamente me vino a la cabeza la frase del abuelo: «Las noches de tormenta distorsionan la realidad. Cuando escampe, me verás de otra manera».
La pasada semana, veinte años después, quebranté mi promesa y subí de nuevo a un tren. Solo la invitación de Felipe a su boda podía arrancar un compromiso de tal calibre. Si bien el tiempo ha mitigado la desazón que me provocaba el ferrocarril, no pude evitar ver en cada cara, en cada pasajero, al abuelo, a sus nietas, a Bartolo y a todos los espectros de aquella noche tormentosa.

jueves, 17 de octubre de 2013

XVIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2013

LA ORUGA QUE NO QUERÍA SER MARIPOSA

 DAVID MARCH CHULVI




David March Chulvi es natural de Tavernes Blanques, Valencia, aunque está afincado en Madrid. Comenzó sus estudios de Comunicación Audiovisual en Valencia para terminarlos en Madrid, donde también se interesa por las artes escénicas, disciplina en la que también está titulado. Este hecho hace que se interese por la escritura de guiones tanto para cortometrajes como largometrajes, entre los que destaca Los Hermanos Cousos (2011), basada en la historia real del cámara José Couso. Actualmente compagina su trabajo de quiromasajista con la creación y elaboración de relatos cortos.



            No. La historia no es así. Yo quería ser mariposa, como todas las demás. Todas las orugas queremos un día llegar a ser mariposas, nacemos para eso; y aunque tampoco es que tengamos un propósito predefinido en la vida, el orden natural que nos ha tocado vivir muchas veces dicta dentro de nosotros, sin que nosotros mismos nos demos cuenta. No sé si todas las orugas se convierten en mariposas, pero al menos todas las orugas que yo conocí quisieron llegar algún día a serlo, lo que no quiere decir que todas lo consiguieran… Pero dejen que les cuente la historia. 
            Al principio mi madre me colocó junto con mis otras cien hermanas -diez arriba diez abajo- en forma de minúsculo huevo sobre la hoja de una enredadera llamada Aristolochi Pipevine; una planta venenosa que crece en las selvas tropicales del extremo oriental de la isla de Nueva Guinea. Nací en un lugar privilegiado -he de reconocer- hermoso, con todas las comodidades que una oruga pueda necesitar: un clima cálido y acogedor durante todo el año; copiosas y refrescantes lluvias que hacían crecer tiernos brotes con los que alimentarnos, y pocos depredadores que pudieran molestarnos. Pues así, en forma de huevecito verde y calentito, me pase unos cuantos días, no recuerdo cuantos -ni necesidad que tengo de recordarlo- perfectamente mimetizada con la hoja de la enredadera, y si algún indeseable pajarraco nos descubría, y se atrevía a meternos el pico encima, aparecía nuestra madre para espantarlo. No lo he mencionado pero, nuestra especie es la más grande de las mariposas diurnas. Las hay más grandes que nosotras, pero a esas solo se las ve de noche, y de noche no se ve nada. Nuestras hembras pueden llegar a tener una envergadura de 30 centímetros, y con su aleteo pueden llegar a espantar a un pájaro de pequeño tamaño. No vayáis a creer que vamos por ahí chuleando con halcones, pero sabemos como defendernos. Así que, imaginaos, para ser un macho de esta especie, y estar a la altura de una hembra, hay que ser muy macho, y yo por ahora, era solo una larva.
            He de advertiros que no todo era, ni es, tan bucólico como parece, pues a escasos metros de donde nacimos había, y sigue habiendo, una inmensa plantación de palmas; planta de la que se extrae un valiosísimo aceite, aceite que yo, personalmente, nunca tuve el placer de probar, pero ese no es el caso. Lo que importa es, que la quema descontrolada de bosque virgen, y la quema también de los residuos que quedaban de la planta, terminaban en nuestros insignificantes pulmones en forma de una espesa y desagradable ceniza. Esto está haciendo que nuestra especie cada vez vaya a menos, pero esa también es otra historia. Las plantaciones de palma eran algo que se había instalado en nuestro espacio, de forma permanente, y que con el tiempo formó parte de nuestras vidas y tuvimos que acostumbrarnos a ellas; o por lo menos a nuestras vidas les tocó vivirlo, a las generaciones futuras no sé lo que les pasará, quizá con el tiempo desaparezcan las plantaciones, o quizá con el tiempo terminen por destrozar totalmente nuestro mundo, o quizá simplemente sigan ahí, como algo nocivo, como un inconveniente con el que todas las orugas que estén por llegar deberán aprender a convivir, para el resto de sus vidas, para el resto de la vida de la oruga. No sé qué será de lo que nos rodea, pues de eso, apenas puedo especular. 
            Cuando salí del huevo, al igual que mis hermanas, nuestro único objetivo en la vida, por ahora, era comernos la tierna hoja que la planta en la que habíamos nacido nos brindaba. Comer para engordar y vernos hermosas. Cuando naces, lo único que tienes que hacer es comer, no tienes otra obligación, y todo te alimenta, y por todos los sentidos, por los oídos, por la boca, por las manos, por la nariz, por los ojos… pero también es verdad, que llega un momento en que alimentarse ya no es suficiente, y quieres algo más, pero no adelantemos acontecimientos, sigamos con el ciclo natural de la oruga… Tan rápido comíamos, y tanto, que no tardamos en convertirnos en unas preciosas orugas de un negro puro y brillante, con un exquisito antojo amarillo en el lomo. De nuestras piel se proyectaban unas espinitas afiladas y puntiagudas que nos daban un aspecto rudo y feroz, lo cual tampoco nos servía de mucho, pues apenas teníamos enemigos. Además de lo comentado anteriormente sobre la envergadura de nuestras hembras, y de que la zona que habitábamos apenas contaba con depredadores potencialmente peligrosos, la Aristolochi Pipevine, la planta de la que nos alimentábamos, era una planta venenosa, que al ingerirla, sus toxinas pasaban a nosotras, convirtiéndonos entonces en orugas letales para aquellos que  nos quisieran comer. A nosotras no nos afectaba, para nosotras solo era alimento y no veneno, o eso creíamos, pues nunca, ninguna de nosotras, llegó a saber si de verdad aquel veneno en nuestro alimento no nos afectaba de una manera u otra. Nunca lo supimos, y mucho me temo que nunca lo sabremos. Los depredadores sabían de nuestra toxicidad, y por eso nos dejaban en paz, o al menos la mayoría lo hacía, porque, la estupidez universal no tiene limites, e incluso se filtra dentro del reino animal, por lo que algún insensato, sabiendo de nuestra condición asesina, se aventuró alguna vez a hincarnos el diente, o el pico en este caso, e irremediablemente acababa enfermo y moría… ¡Ay! ¡Que grande puede ser la estupidez humana, digo, la universal, la estupidez universal¡ Por culpa de estos estúpidos -estúpidos por ignorancia o también porque el hambre aprieta demasiado- algunas de nosotras ya no llegaría nunca a convertirse en una mariposa.
            Desde aquella mortífera planta, nuestro lugar privilegiado del mundo, desde allí, las vi por primera vez, a las mariposas macho de nuestra especie, y, tan solo decir, que no es que ellas intentaran honrar el nombre que los hombres les habían impuesto: Reina Alexandra… sino que era el nombre el que intentaba inútilmente reflejar lo que eran: ¡MAJESTUOSAS! Pero el nombre se queda corto, pues en su vuelo, las mariposas macho de nuestra especie, eran más monarcas de lo que la propia reina sería jamás; monarcas del aire para el resto de los tiempos, y no solo el recuerdo suspirado de una marchita reina olvidada, y sí un suspiro enamorado que nunca dejará de ascender. ¡Qué suavidad al cortar el aire! ¡Elegantes y gráciles, cómo mostraban al mundo entero sus colores! Su verde esmeralda arropado por el sincero negro de sus bordes… Y el amarillo de su torso, antiguo antojo de nuestro lomo… La coraza del más valiente de los guerreros, el traje más elegante del más apuesto de los modelos… Majestuosas, realmente majestuosas. Las veía, y sabía que un día yo sería como ellas. ¡No! Como ellas no, mejor. Miraba mi cuerpo todavía de oruga y sabía que mis colores iban a ser los más intensos, mi aleteo el más elegante, y mi cuerpo el más apuesto. Cortaría el aire con las formas más exquisitas y deliciosas, y ninguna hembra se me resistiría, toda mariposa me admiraría. Mi prole sería larga, grande, y bien recordada. Se hablaría de mí durante generaciones y generaciones de mariposas, y nunca, ¡nunca! volvería a haber otra como yo. Así que, además de alimentarme, que ya no era suficiente, había nacido en mí una nueva obligación.
            Cuando la primera de nosotras se convirtió en una crisálida, una mañana de cielo raso, mi rabia solo fue superada por mi sorpresa. Por aquel entonces gran parte de nuestras hermanas ya habían perecido en el intento de la vida, bien a manos de un inconsciente y desesperado depredador, bien por ser incapaces de respirar el cenizo humo que a veces nos llegaba desde las plantaciones de palma; o, simplemente, no estaban hechas para aguantar esta vaga vida de oruga; sea como fuere, ya nos habíamos adueñado totalmente de la enredadera en la que habíamos nacido, y cada una se encontraba en el sitio que más le apetecía estar. Cuando nos llegó la noticia de que la primera crisálida había aparecido, la noticia de que una de nosotras, la primera, ya había entrado en el proceso de maduración, todas corrimos -o nos arrastramos más bien- para ver el inesperado (entre comillas), “inesperado” acontecimiento. No tenía nada de espectacular, pero a todas nos fascinó ver aquello en lo que nos íbamos a convertir. Cogida con extremo cuidado por un pequeño apéndice de piel seca, como una campana de cristal, la crisálida quedaba suspendida en el aire, sujeta a uno de los tallos más maduros de la planta. Parecía delicada y consistente a la vez, y no decía ni hacía nada. Ninguna de nosotras sabía quien había sido la afortunada primeriza, ni en que momento había ocurrido tal milagro de la vida, seguramente durante la noche, porque nadie lo vio, y cuando se dio la noticia la crisálida ya estaba formada. ¡Qué rabia! Siempre creí que sería yo la primera en convertirse en crisálida, pues siempre se recuerda más a la primera persona que hace algo, y ese podría haber sido el motivo por el que fuera recordada, reconocida, por ser la primera oruga en entrar en el proceso de ser mariposa, al menos era un buen punto de partida. Pero bueno, pronto se me pasó el enfado, pues ser la primera no significa que tengas que ser la mejor, y aquella crisálida ni tenía nada de peculiar ni de espectacular. Dejad que aquella semi-desconocida se incube en su caparazón de cristal. Dejad que disfrute de sus escasos cinco minutos de fama, que cuando yo me convierta en mariposa, eso sí que será un espectáculo grandioso, mucho mayor que todo este circo improvisado.
            Yo seguía con lo mío. Me hartaba hasta cansarme (que tampoco tardaba mucho) de las hojas de aquella enredadera venenosa para que el día de mañana mi cuerpo estuviera bien grande y hermoso, bien formado y con todo lo necesario para convertirme en la mariposa más espectacular del lugar, ¡qué digo del lugar! ¡Del mundo entero! ¡De todos los tiempos! Y cuando llegaban a mis oídos, -aquellos oídos que metafóricamente me habían alimentado durante la niñez, y que ahora ya ni siquiera eso sabían hacer, también porque yo estaba a otras cosas-, pues cuando a ellos llegaban rumores de que otras orugas habían comido más que yo, o que incluso habían comido de las hojas de otras plantas, algo que a mí ni por asomo se me había pasado por la cabeza, y algunos decían que era cosa buena para la formación de la crisálida, cosa que yo no creía, pensaba que aquello era un exceso. ¡Exceso! Por más que comas o pruebes otras plantas no por ello vas a ser mejor mariposa. El camino es este, lo estoy haciendo bien, ni más ni menos, en su justa medida, en la línea correcta, así es como se hace. Yo estaba perfectamente cómoda y bien en mi hoja de Aristolochi, haciendo lo que allí debía hacer, y así es como se llega a ser grande. ¿Me equivoco? No. 
            El tiempo pasaba y el sol salía y se ponía cada vez más deprisa. Yo seguía sin convertirme en aquella mariposa que quería destacar en el cielo, como lo nunca visto, y sin embargo, sí seguía siendo la simple oruga de siempre, la que era igual a las demás. Algo estaba fallando. Veía como otras de mis hermanas crisalidaban y yo no; y si entonces no fui la primera, tampoco fui la segunda, ni la tercera, que ya de la cuarta nadie se acuerda porque las tres anteriores han sentado precedente. Algunas de aquellas, incluso yo he de reconocer, que se convirtieron en grandes y hermosas mariposas de colores vivos y puros, aunque en su momento no quise reconocerlo. Otras eran simples mariposas, corrientes y normales, a las que apenas prestaba atención. También vi morir a otras de mis hermanas orugas, lo que en su momento no me hizo derramar ni una sola lágrima, y que sin embargo ahora recuerdo con dolor, no por no haber llorado en su momento, sino por no haber compartido más hojas verdes con ellas; pero por entonces yo no venía nada más que mi objetivo a alcanzar, y las majestuosas mariposas que cegaban mis ojos herrados. Otras compañeras sin embargo se vieron forzadas a convertirse rápidamente en mariposas, sin tener en cuenta la belleza o la grandeza que pudieran alcanzar; y no lo hicieron porque su propia naturaleza se lo dictara, sino porque existe otra naturaleza, una que primeramente domina el ambiente y que luego, irremediablemente le domina a uno. También, de ellas, enseguida dejé de saber nada. Cada vez mi mundo se convertía más en mí, mi hoja de Aristolochi Pipevine, y mi fuerte deseo de convertirme en la mariposa Reina Alexandra que jamás había visto el mundo. Eso, y nada más.
            Empecé a preocuparme. Ya la mayoría de mis hermanas se habían convertido en mariposas, solo quedaba yo; y si quedaba alguna más en mi misma situación, yo no lo sabía, de esas no tenía conocimiento… Con el tiempo me di cuenta de la gran cantidad de orugas que habían querido convertirse en las más grande mariposa de todos los tiempos, como yo, y que en su momento no lo consiguieron, y todavía hoy, algunas siguen sin conseguirlo, y otras que, por mucho que se empeñen, ni nunca lo consiguieron, ni lo consiguen, ni lo conseguirán jamás. Pero por entonces, este en mi orugil estado de “adolescencia”, a mí las demás orugas me daban igual. A mí solo me preocupaba saber qué era lo que estaba haciendo mal, por qué no me había convertido ya en la más virtuosa de todas las mariposas, la adorada por todos, ¡Con el tiempo que había pasado! ¡Con todo lo que había hecho! ¡Cómo era posible que siguiera siendo la misma oruga que comía día tras día de la misma hoja en la que había nacido! ¡Ya debería estar surcando los aires… y no arrastrándome cual gusano! Y entonces, me pudo el exceso. Empecé a comer más de lo que podía, muchísimo más, incluso creo que alguna vez me quedé inconsciente de la cantidad de hoja que ingerí, incluso me tragué mi orgullo, me resigne de mis palabras y también comencé a comer de otras plantas, de todas las plantas que estaban a mi alcance, como habían hecho con anterioridad algunas de mis hermanas, quizás ahí estuviera la clave, quizás comiendo de todo, y mucho, pudiera por fin transformarme. ¿Cuál era la planta que albergaba tal misterio? Creo que incluso, sin darme cuenta, llegué a probar la carne humana, pero esa sí que es otra historia. Y llegados ya a este punto, en el que lo único que me faltaba era saltar hasta la luna, y comer de allí los arbustos que encontrara, pues una vez me dijeron que vacas en la luna pastaron, todo lo que hiciera era poco, o inútil, que es menos que poco. Y nada, absolutamente nada, por minúsculo que fuera, cambiaba en mí. Ya harta, lo dejé por imposible.
Un día me cansé de todo, de esa absurda obsesión por convertirme en la mariposa más hermosa. No me rendí, o sí, mírenlo como quieran, pero acepté el hecho de que nunca lo conseguiría, o sí, no lo sabía pero no podía seguir viviendo de esa manera, anhelando todo el rato algo que nunca llegaba, viviendo con un gusano en el estómago que me iba comiendo poco a poco. Aquello no era vida. ¿Dejé de luchar? Quizás algunos lo vean así, aunque las luchas siempre se llevan por dentro, están ahí, aunque no las veamos, aunque ya las hallamos aceptado. Y es que, si no llego a deshacerme de este ímpetu forzoso, inalcanzable e inconcluso, nunca hubiera disfrutado tanto como disfruté de todo lo que me rodeaba: del sabroso jugo de aquella planta que pocos animales pueden decir que han probado y hayan salido con vida; de los lejanos amaneceres en el mar que de vez en cuando las hojas de palma dejaban vislumbrar, o de los infortunios y aventuras de sobrevivir a una lluvia de ceniza gris; o de la exquisita cascada que caía de la roca en la que se enganchaba nuestra enredadera venenosa, que nos salpicaba y formaba un pequeño lago en el suelo, para luego alejarse en forma de riachuelo de agua cristalina (nada de esto lo mencioné antes, pero supongo que el lugar era mucho más bucólico de lo que en un principio pensé). Mi mundo seguía siendo yo, y mi hoja de Aristolochi Pipevine, pero al desaparece en mí ese obsesivo anhelo, mi mundo de repente se hizo mucho más grande. Sí, las gráciles mariposas Reina Alexandra macho seguían ahí, y seguían fascinándome, y de vez en cuando volvía a mí el recuerdo de un deseo tan deseado… pero por primera vez podía disfrutar en toda su plenitud del vuelo de aquellas maravillosos criaturas, pues por primera vez era consciente de lo que era, y era maravilloso; era una oruga, ni más ni menos, ni más ni menos que una mariposa, simplemente una oruga, y repito, era maravilloso. También seguí comiendo de las hojas de otras plantas, ahora de verdad las degustaba, las comía por puro placer, o quizás también por necesidad, pero con ningún otro propósito superior que no fuera disfrutar o alimentarme. Como he dicho, poco a poco lo de ser mariposa se me fue olvidando, y me rendí al gozo de los rayos del sol sobre mi esponjosa piel, cálidos, reconfortantes, sin ataduras, sin presiones ni agobios, con el único fin de ser una oruga, una oruga feliz, y quizás por eso es que dicen que fui la oruga que no quiso ser mariposa; no sé. Pero lo que sí es cierto, es que fueron grandes días, grandes momentos, y así como los días en lo que fui huevo no los recuerdo, estos días de oruga completa, los puedo rememorar con una sincera sonrisa de orgullo; y entonces un día…
Sin darme cuenta, casi sin recordar que en cualquier momento podía ocurrir, me vi suspendida boca abajo, colgando del tallo fino de una hojita; mi acolchada piel se cuarteó y se desprendió de mí, apareciendo un cuerpo gordito, sabroso y verde. Por fin me estaba convirtiendo en una mariposa, y si todo salía bien, lo conseguiría. ¿Aquello era el resultado de mi cambio, de mi nueva disposición despreocupada ante la vida? Supongo que en parte, pues no puedo afirmar con precisión cual de todas las cosas me llevó a la maduración. Tanto tiempo anhelando, tanto tiempo apretando mi cuerpo forzándolo a ser algo que no era, que finalmente, lo conseguí cuando menos me lo esperaba. Mientras estaba resguardada en mi crisálida pensé qué, y sigo suponiendo, que en verdad nunca había llegado a olvidar del todo mi objetivo, como ya dije: las luchas se llevan por dentro; pero había conseguido que mi desesperado anhelo no me dominara, y eso fue lo que me dio alas. No os mentiré diciendo que la ocasión ni me sorprendió ni me emociono, pues dentro de mi caparazón, un gusanillo, pero de otro tipo, este más amable, me hacía cosquillas en el estomago con ilusión infantil, preguntándose: ¿y si de verdad me convierto en la mariposa más espectacular de todos los tiempos?
No os daré más rodeo y os diré que por fin llegó el día, aunque el día no fue solo uno, sino varios, pues una no se convierte de oruga a mariposa de la noche a la mañana. No sabría deciros con exactitud en que momento mi cuerpo estuvo preparado para convertirse en crisálida, así como tampoco puedo deciros en que momento me vi a mi misma y me reconocí como mariposa. Lo que sí puedo deciros es que pasó, y aquí me tenéis, una estupenda y maravillosa mariposa que revolotea por las copas de los árboles. Ya lejos ha quedado mi querida enredadera venenosa, que de vez en cuando visito para ver cómo le va a las siguientes generaciones, y quizás así como yo me prendí en su momento, quizás ahora ellas se prendan de mi vuelo; aunque, no soy la más espectacular de la zona ni la más admirada de todos los tiempos; soy como todas las demás, hermosa, con sus colores negro y verde esmeralda, con el elegante aleteo propio de nuestra especia. Mediocre, podrían llegar a pensar algunos que soy, una más entre las cientos de mariposas que vuelan a mi alrededor. Qué piensen lo que quieran, yo puedo decir que he llegado a ser mariposa, y eso ya es más de lo que algunas de mis más de cien hermanas –diez arriba diez abajo- podrán decir jamás. 

XVIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2013

"CON LOS OJOS DEL ALMA"

 ÁNGELES-REYES GONZÁLEZ GARCÍA: AUTOR LOCAL



Ángeles-Reyes González García, nació en Madrid pero es Guardamarenca de adopción. Estudió Geografía e Historia, Psicología y Arte en la UNED. Se ha dedicado a la pintura profesional, exponiendo sus obras en salas reconocidas de Cáceres, Toledo, Alicante y Madrid.
    Intenta dotar sus creaciones de cuerpo y espíritu, a la vez que de sentimiento y forma, expresándolos con sencillez y naturalidad.
   Fue  la ganadora del XVII Concurso de narrativa corta “Real Villa de Guardamar del Segura, 2012”, también en la modalidad de AUTOR LOCAL.


           La enfermera entró en la habitación termómetro en mano. Aún no había amanecido y allí estaba ella, arrastrando los zuecos y haciendo con sus movimientos lascivos, recrujir el almidón de su uniforme. O eso era lo que les pasaba cada día por la cabeza en cuanto se abría la puerta y la sentían entrar. Los que ocupaban las dos únicas camas estaban despiertos. Siempre lo estaban. Uno, porque tenía insomnio y el otro, porque decía que tenía el sueño cambiado. El caso es que siempre los pillaba con los ojos como platos. Como un par de búhos.
   Habían ingresado el mismo día, hacía dos semanas, solo con unos minutos de diferencia. Uno, era un hombre de mediana edad que tenía un politraumatismo con varias fracturas  en las costillas y los miembros inferiores hechos picadillo. El otro, era un anciano con la muñeca vendada y enchufado al oxigeno. Al primero, le colocaron en la cama interior y al segundo, pegado a la ventana.
        Las primeras noches que pasaron juntos fueron tranquilas. El del politraumatismo estaba sedado y el anciano, el pobre, enganchado al gas, se entretenía sumido en sus pensamientos. Pero la paz y la tranquilidad de aquél cuarto terminó en cuanto dejaron de meterle en vena al politraumatizado los medicamentos que le dejaban hasta ese momento en el limbo. Su despertar, en un principio sereno, se tornó en un auténtico griterío, en un lamento. Los dolores en sus miembros inferiores eran lacerantes y no tuvieron más remedio que volver al tratamiento anterior. Su familia le visitaba todos los días, por la tarde. Una mujer entraba, a eso de las cinco y se sentaba junto a su cama. Le acariciaba la cara y le cogía la mano apretándola con amor. Él se despertaba un momento, sonreía y volvía a dormir. Entonces, ella, le besaba en la frente y se despedía. El anciano de la otra cama siempre le decía: adiós. Minutos más tarde, entraba Marisa, la enfermera de la tarde con el dichoso termómetro pero también con una misión: incorporar hasta dejar sentado en la cama al anciano. No era un capricho, ni él lo pedía. La causa era más bien médica. Sus pulmones debían drenar y la mejor posición para ello era colocarle en ángulo de noventa grados. Le ayudaba a limpiar de forma rápida sus bronquios atascados y a descansar de la mascarilla del oxígeno. Entonces, el anciano, solía canturrear una melodía que en otro tiempo se parecería a un bolero. Algunas notas desafinadas eran la ocasión para repetir la cancioncilla una y otra vez. Y así pasaban los días…
         El del politraumatismo mejoraba poquito a poco, a su ritmo. Había pasado de estar en el limbo al atontamiento controlado. Cuando tenía sus momentos de claridad mental, conversaba con su compañero de cuarto.
        -Lo que son las cosas…-decía desde su cama tieso como un garrote-con lo activo que yo soy, que no me puedo estar quieto, y mire, ¡mire cómo me he quedado!.
       -Tranquilo hombre, que pronto va a estar en forma para seguir dando lata, en su casa quiero decir -le contestaba el anciano.
      -¿Cómo dando la lata?
      -Es una forma de hablar, no se enfade por dios.-es ese momento entra en la habitación la mujer que le visitaba todas las tardes- ¡Mire, mire, tiene visita!
      La mujer le saludaba efusivamente, le contaba los percances del día, incluso las conversaciones telefónicas con sus familiares y amigos. Le daba ánimos, le acariciaba la cabeza y se marchaba por donde había venido y todo en un tiempo record. Al politraumatizado ni le dejaba abrir la boca, pero se sentía mejor cada vez que venía.
       -¿Es su mujer?-preguntó el anciano.
       -Llevamos veinte años casados y como ha podido comprobar, ella se lo guisa y ella se lo come-dijo con sorna-una cotorra más nerviosa que un tití.
      -¿Está comparando a su mujer con un mono?
      -No lo tome al pie de la letra, me ha entendido perfectamente.-terminó muy serio.
     -Claro…
     La enfermera de las cinco entra rapidito para levantar al anciano.
    -Vamos, don Julián, su horita de recreo.- dijo mientras destapaba la sábana y le ayudaba a incorporarse- Hoy hace un buen día para salir a pasear, a ver si nos ponemos bueno y nos da un poquito el aire.
    -Hija, qué más quisiera… Si por mí fuera, estaría disfrutando sentadito en un banco al sol.
    -¡Qué suerte tiene!-dijo el otro cuando salió la enfermera.
    -¿Suerte?
    -Por lo menos a usted le levantan y encima tiene la cama que está cerca de la ventana.-continuó dando un suspiro- Puede ver el mundo exterior, no como yo, aquí, tirao, tieso. Solo puedo mover la cabeza, como un teleñeco.
     Poco a poco, las horas que pasaban charlando aumentaban.
      -Pues como le dije, don Julián, me casé con la moza más guapa del pueblo-le contaba un día-era hija del maestro, con un montón de pretendientes, pero mira, se casó conmigo. Yo por entonces era maestro albañil y ahora soy constructor. ¿Cómo lo ve?
      -Uy, yo muy bien.... Mi matrimonio fue distinto, hijo. A mí, me casaron.
     -¿No es usted cristiano?
    -Jajajaja-rió el anciano con ganas- ¡si hombre, si!, lo que quiero decir es que me casaron por poderes.
    -Sin conocer a la novia.-Dijo el otro.
    -Exacto.
    -O sea, que le podía tocar una venus o un morlaco…
    -Más o menos, aunque yo ya tenía referencias.
       -En el siglo dieciséis los reyes se casaban más o menos así, se mandaban retratos pintados para conocerse antes del enlace. ¿Usted cuántos años tiene?-preguntó el del politraumatismo aguantándose la risa.
     -Ciento cinco, menos veinte, más nueve. ¡Hala, un ejercicio mental!-aguantándose la risa ahora él.
      Todas las tardes, cuando le sentaban en la cama, el anciano describía lo que podía ver desde su atalaya. Un parque muy hermoso, plagado de árboles con sus ramas rebosantes de hojas de todas las tonalidades verdosas, un lago con su agua cristalina y una pequeña cascada, un puente de madera lo cruza y muchos patos y cisnes juegan a perseguirse en la superficie. Los niños, dan rienda suelta a su vitalidad en un corralito de tierra con juegos infantiles y sus madres los vigilan sentadas en bancos a su alrededor. Las parejas pasean entre las flores,  unas cogidas de la mano, otras abrazadas… Algunos llevan ropa de deporte, van corriendo. Allí, a lo lejos, se ve en el horizonte la ciudad, con sus moles de ladrillo. El cielo despejado hace que los rayos de luz penetren a través de los árboles del parque y bañen con su calor a todo aquel que se deje tocar. Un batiburrillo de pájaros cantores se persiguen por entre las ramas jugando al escondite. Incluso las ardillas suben y bajan de los troncos para coger cualquier cosa comestible.
Mientras el anciano describe, el politraumatizado cierra los ojos e imagina la idílica escena. Se ve a él mismo paseando del brazo de su mujer, cruzando el puente del lago, mientras los niños dan de comer a los patos. Abrazándola y besándola, como cuando eran novios, de forma furtiva. Se recrea en sus pensamientos y sonríe. Es feliz.  Ahora, se imagina sentado en un banco mirando a sus hijos pequeños jugando en la arena. Comprando un helado, un Frigodedo, ese que tanto le gustaba a Juanito, su niño del alma. Su mujer sentada a su lado, le guiña un ojo y le saca la lengua. ¡Cuánto le gusta ese gesto! En el césped hicieron un picnic. Una cesta enorme de mimbre transportaba todo lo necesario, el mantel, los platos de plástico, las bebidas, las viandas…sobre la acolchada yerba desplegaron una manta de cuadritos escoceses que les protegería de las hormigas. Mmm, ese bocata de tortilla de patatas… Sí, todo era idílico hasta que entraron a la habitación a recoger los termómetros.
       -A ver, mozos, veamos la temperatura- dijo la pizpireta enfermera mientras miraba al trasluz y apuntaba en la hoja de control-todo muy bien. ¿Don Julián, le tumbo ya?
     -Si hija, que estoy un poco cansado-contestó el anciano mientras se dejaba hacer.
         En las noches, en esa habitación se descansaba poco. Uno, porque tenía insomnio y el otro, porque decía que tenía el sueño cambiado. En esas noches de vigilia, los dos hombres se contaban sus experiencias de juventud, sus novatadas en la mili, hablaban de sus hijos, de sus familias, de sus trabajos…  El anciano, escuchaba las historias del politraumatizado con atención, con cariño, con los ojos cerrados y asintiendo, oyendo las alegrías o las cuitas de un hijo. El otro, atendía con verdadero fervor cuando el anciano compartía sus batallitas, comprendía que  el hombre le sacaba medio siglo, que iba varias generaciones por delante, que era sabio en muchas cosas y él en esos momentos no tenía nada mejor que hacer. Además, se dio cuenta, que esperaba ansioso día a día el momento mágico en que el hombre de la ventana le describía lo que pasaba al otro lado.
        Una tarde calurosa y ardiente, el sol entraba por la ventana inundando la cama y al anciano sentado en ella.
      -¿No suda, don Julián?-dijo el hombre de la cama en la pared.
     -Me sienta bien el sol, hijo. Hace tanto que no me da de pleno que no siento calor sino placer-contestó mientras se rascaba la pierna-¡mira, un desfile!
  -¿En el parque?
  -Una banda de música está tocando frente al lago.-dijo emocionado- Van vestidos de azul oscuro, el pantalón tiene una raya vertical de color amarillo que va de la cadera al pie, en el lateral, llevan gorras de plato con una cinta roja, como las que llevaba yo en la mili y van en fila de a cuatro. Cinco filas por cuatro hombres, veinte tíos tocando y me parece que es un pasodoble, porque la gente apelotonada a su alrededor se han arrancado a bailar.
       -¡Qué envidia le tengo don Julián!, cómo me gustaría poder asomarme aunque solo sea un ratito. Yo siempre aquí, tieso, con picores, sudando como un gorrino.-Se quejó amargamente el politraumatizado.
      -Hijo, no te impacientes, todo a su tiempo.
      El anciano contaba y el otro podía ver con los ojos de la mente.
     Una mañana la enfermera entró termómetro en mano.
     -Vamos, vamos… ¿Qué pasa don Julián, hoy está dormido?-se acercó a su cama y movió con ternura al abuelo.
     Pero en la cama se encontraba el cuerpo sin vida del anciano. Murió plácidamente, serenamente, mientras dormía.
          Cuando el politraumatizado se enteró que pronto vendría un compañero a su cuarto a ocupar la cama del anciano, rápidamente pidió que le cambiaran a la cama de la ventana. Tal vez pudieran incorporarle un poquito y con suerte vería algo del mundo exterior. La enfermera le cambió encantada, se aseguró que estuviese cómodo y siguió con su ronda.
        Lentamente, con dificultad, el hombre se irguió sobre un codo y lanzó su primera mirada buscando los árboles del parque. Estaba emocionado. Por fin tendría la alegría de verlo él mismo. No veía nada. Tenía que levantarse más y él solo no podía.
      -¡Hombre mujer, por fin has llegado!-recibió con felicidad la visita de todos los días.-Ayúdame a incorporarme un poco para ver el parque de ahí abajo, por favor.
        Con mucho esfuerzo y dolor consiguió incorporarse hasta quedar casi sentado.  Miró con emoción traspasando con su mirada los cristales de la ventana y se encontró con un aparcamiento repleto de coches. Ni rastro de parque, ni lago, ni niños jugando, ni pajarillos, ni ardillas… nada de nada.
       -Pero, ¿esto qué es?-gritó- ¡No es posible!-siguió pensando que estaba alucinando.
       La mujer pensando que algo no iba bien, le ayudó a acostarse y llamó a la enfermera.
      El politraumatizado les relató a las dos mujeres las cosas maravillosas que el anciano muerto le contaba mientras estaba sentado en su cama. Se lo describió con todo lujo de detalles, tal y como él lo hubo contado.
      -¿Qué pudo llevar a don Julián a inventar de esa forma?-dijo pesaroso.
      -Don Julián era ciego, tal vez lo único que le motivó fue animarle a usted…

                                       Ángeles-Reyes González García.