lunes, 28 de septiembre de 2015

XX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2015

MODALIDAD GENERAL

MARTA CORNEJO GALLEGO



Nace en Alicante. Estudió Magisterio y con 20 años empezó a trabajar. Más tarde estudió Filología Hispánica y Filología Inglesa y ha trabajado como maestra primero y como profesora de Enseñanza Secundaria más tarde,  en diferentes lugares de la provincia de Alicante. En la actualidad trabaja como profesora de Lengua Española  en un Centro de Formación de Personas Adultas de la ciudad de Alicante.

Su afición a la literatura empieza muy pronto,  con los cuentos que le contaba su madre de pequeña en las largas siestas del verano. Como escritora se considera una aprendiza. Ha leído y lee continuamente; para ella los libros son una fuente inagotable de placer y de sabiduría, un refugio en el que guarecerse  y una «isla del tesoro» donde se puede encontrar todo.

Su reconocimiento como escritora le llega con  el Primer Premio Literario para docentes convocado por el Museo del Prado a finales de 2013. Este premio supuso un gran estímulo y ha hecho que escriba de manera más constante, por todo ello su intención es seguir escribiendo y sobre todo, aprendiendo.


UNA TOTILLA DE PATATA 

PARA Mr. O’TOOLE


Las callejuelas tortuosas de la medina se estrechan  cada vez más. Las paredes, encaladas de un blanco brillante, se retuercen en un laberinto interminable. Cada vez aquel hombre gira en una esquina, su túnica, también blanca,  deja una estela  que permanece  un segundo ante mi vista, pero se retira rápidamente, como la espuma de una ola que retrocede mar adentro. Yo sigo esa estela, perdiéndome en el dédalo de callejones de una ciudad desierta. A veces adivino la figura  al doblar una esquina, unos segundos antes de que desaparezca en el callejón siguiente; pero las más de las veces solo aprecio una visión sin forma definida, una nube, un destello…
     Píter…  Píter…  Píter…        
     —¡Niña, qué haces, que parece que tienes las manos de manteca!
     Eso me gritó  mi padre cuando una bandeja llena de vasos y  tazas de café se me escurrió de las manos y se estrelló contra el suelo, con un estrépito que hizo volverse a los cuatro parroquianos que jugaban una partida de dominó junto a la barra.
     —¡Si es que no estás en lo que tienes que estar, Lupe! ¿No ves que no puedes pasar entre esas dos mesas? ¡Da la vuelta, caray!
     Al señor Paco, mi padre, le gustaba pensar que gobernaba el bar La Perla como el califa de Córdoba reinaba  en su territorio. Un ligero levantamiento de ceja, un leve giro del cuello, una mirada insistente, una pequeña indicación con la barbilla  mientras secaba vasos y tazas detrás de la barra, y todos, mi madre, Ramiro, yo, debíamos tener claro lo que el señor Paco decretaba.
     Pero, en el fondo, lo del señor Paco era pura fachada. La que de verdad llevaba las riendas de todo, la que decidía, ponía y quitaba era mi madre, la señora Lola; pero lo hacía de tal forma que mi padre siempre quedaba bien. A veces lo convencía con argumentos prácticos: «¿Ves? Ya nos ha puesto tres tomates podridos debajo de los buenos. Ya te dije que a la Filo esta la tenía yo calada. Le compraremos la verdura a Esteban»; otras veces le pedía confianza en su buen criterio: «Tú hazme caso, Paco, que a mí el de los refrescos no me la da». Y mi padre se rendía a la evidencia. Mi madre era más lista que el hambre. Y, además, cocinaba como los ángeles.
     —¡Deja ya a la niña, hombre! Y tú—se dirigió a mí—, ten la escoba  y recoge esto en menos que canta un gallo, que los ingleses están a punto de llegar—dijo mi madre saliendo del cuartito de atrás.
     Mi madre se había puesto un delantal blanco con puntillas y parecía un monaguillo. Otro día le habría gastado la broma de siempre: «¿Qué vas a hacer, decir misa o servir sardinas, madre?»; pero yo no estaba para bromas. Y mi madre tampoco. Y mi padre, menos; las cuentas del negocio no estaban muy boyantes últimamente y su humor fluctuaba entre  la melancolía y el enfado.
     ¡Ay, los ingleses! Eso es lo que me traía a mí a maltraer, me quitaba el sueño, me resecaba la boca y me dejaba las manos de manteca. Bueno, los ingleses, en general, no. Era uno en concreto: Píter. Mi Píter.
     Mi padre  ya había dispuesto una mesa para doce en la terraza. A los ingleses les gustaba achicharrarse al sol, porque el chamizo que cubría las mesas de fuera era tan fino que apenas atenuaba el sol del mediodía. Y en Almería el sol del mediodía era una cosa muy seria; vamos, tan seria que te podía dar una insolación si te encantabas más de la cuenta. Pero ellos, nada, «Itsokei, itsokei», le dijeron a mi madre con su acentillo pastoso cuando vinieron la vez anterior. «Bueno, si prefieren las mesas de fuera a las de dentro, ellos sabrán.Y, oye, si pasan más calor, pues beben más, y eso nos viene de maravilla», dijo mi madre.
     Bar La Perlaponía en el tablón de madera que colgaba junto a la puerta. Y debajo: «Tortilla de patatas, croquetas, gazpacho, pipirrana, papas aliñás, jibia en salsa, sardinas, chirlas, boquerones, salmonetes, caballas. Todo fresco y casero».
     Casi siempre  escribía yo en el tablón. «Niña, pon lo que tenemos hoy, tú que tienes buena letra», me decía mi padre. Pero hoy lo había escrito Ramiro y algunas letras parecían culebrillas y se juntaban con las de la línea de abajo, dando una aspecto bastante exótico al cartel. «Este parece que escriba en moro», decía mi madre. Ramiro, desde luego, no estaba dotado para la caligrafía, pero era un muchacho trabajador y servicial, y ayudaba a mis padres en el bar cuando había más trabajo. Ramiro me ponía un poco nerviosa porque siempre me miraba muy fijo y me hacía preguntas que no venían a cuento.
     —¿Tú qué dices? ¿Qué es más grande el águila macho o el águila hembra?
     —Y yo qué sé, Ramiro.
     —Nooo, dime, dime, a ver para qué vais al instituto si nooo…
     —Pueees… el águila macho.
     —No señora, el águila hembra.
     Y los ojillos se le reían con aquel triunfo bajo el flequillo rebelde, porque había dejado claro que él sabía muchas cosas, aunque no fuera al instituto como yo.

     —¿Y tú qué dices, que la comadreja come carne o come hierba?

     —Déjame en paz, Ramiro, que no estoy para comadrejas.

     —No lo sabes…
     Pues no, no lo sabía.
     Ramiro, que tenía un par de años más que yo, en el fondo, era un buen chico, pero a veces se ponía muy pesado y tenía el don de sacarme de quicio. Por no hablar de la querencia obsesiva que tenía por la fauna, heredada de  un tío suyo con el que  se iba de caza a su pueblo de vez en cuando.
     A Ramiro lo había mandado mi padre a un recado y era yo quien estaba ayudando con las mesas de fuera, mientras mi padre trajinaba en el mostrador.      
     Al llegar al espacio abierto de una  pequeña plaza, la figura se dirige a uno de los extremos en el que se abre una puerta bajo unos soportales sombríos y desaparece  tras una  cortina rayada… Yo la sigo, atravieso la plaza desierta y penetro en la sombra de los soportales. Dudo un momento antes de precipitarme tras la cortina, que ondea suavemente…No sé  qué voy a encontrar… Pero la atracción que ejerce en mí  la figura evanescente me obliga a entrar en la oscuridad de un pequeño cuarto. Me detengo para que mis ojos se acostumbren a la falta de luz…
     Píter…  Píter…  Píter… Píter…        
     —¡Que le vas a desgastar el nombre, hija!
     —¡Ay, Maca, es que lo tengo metido en la cabeza y no puedo pensar en otra cosa! Tú no has visto esos ojos, Macarena. Es que dan ganas de zambullirse en ellos y ponerse a nadar.
     —Qué exagerada eres, ya será menos.
     —Que sí, Maca, que yo no había visto nunca unos ojos así, azules, pero azules como el agua, qué digo azules, transparentes…
     —Bueno, ¿y qué? Mi primo Tomás tiene los ojos azules y no es para tanto.
     —¡No vas a comparar, Macarena!
     Esa era la conversación desde hacía días, cuando Macarena y yo íbamos andando al instituto. Ella vivía dos casas más arriba y pasaba cada día a recogerme para ir juntas a clase.
     —¡Señora Lola, dígale a Lupe que baje! —gritaba mi amiga por el hueco de la escalera cuando mi madre le abría el portal.
     —Venga Lupe, que tienes a tu amiga abajo.
     Y yo bajaba las escaleras desde el primer piso, con mis libros y mis cuadernos, saltando los escalones de dos en dos, para contarle a Maca que había soñado con Píter otra vez.
     Y así desde el día en que los ingleses vinieron al bar de mis padres.
      Estaban rodando una película, Lawrence de Arabia, en algunos lugares de Almería y ahora el equipo se había instalado en el parque que había muy cerca del bar. Algunos conocidos trabajaban de  extras en el rodaje. Los actores se quedaban en hoteles de la ciudad y, de vez en cuando, se les veía en algún restaurante o en alguna cafetería cercana al puerto.
     Un día había aparecido un grupo del equipo de rodaje en La Perla. Eran diez o doce ingleses, altos y rubios casi todos. Alguno de ellos hablaba español y era quien hacía de traductor. Sus ropas eran extrañas, vestían colores claros y vivos que no se veían mucho por aquí. Yo ese día había vuelto más tarde del instituto porque nos habían castigado a Maca y a mí a quedarnos una hora más, por no llevar el uniforme. Llegaba andando deprisa al bar para comer allí, como todos los días,  y vi que el grupo se despedía de mi madre en la puerta. Ella sonreía y daba cabezazos, asintiendo a lo que alguno de ellos le decía:
     —Muy bien, muy bien. Cuando quieran ustedes, señores. Gracias. Gracias. Hasta el sábado. Con dios. Con dios.
     Y entonces… le vi. Me crucé con él. Pasé a un palmo de distancia de él…  Era…¡Peter O’toole! Sí, era él, lo había visto en fotos. ¡Dios mío, yo no me había encontrado a un hombre tan guapo en mi vida! Era altísimo y un poco desgarbado. Estaba bronceado por el  sol y caminaba con las manos en los bolsillos de un pantalón blanco y arrugado. Llevaba una camisa blanca también y un jersey azul claro sobre los hombros. Se dirigía a uno de sus compañeros hablándole con una ligera sonrisa en el rostro. Un rostro delgado, en el que, de repente, vi unos ojos que no podían ser  de verdad. Eran azules, azules como el mar en calma cuando acaba de amanecer. Azules como el cielo limpio del verano. Azules con una luz que iluminaba el mundo.
     —¡Niña! ¿Qué haces ahí como un pasmarote? Venga a comer, que ya es tarde.
     Yo no podía moverme. No podía dejar de mirar al grupo que se alejaba, y la cabeza rubia que adivinaba entre las demás.
     Fue la primera vez que vi a Peter O’toole. Mi Píter.
     La estancia está vacía. Una pequeña puerta de madera desvencijada se abre a un patio. La puerta entreabierta permite escuchar el relincho de un caballo.  Cuando me asomo, contemplo una visión  imponente: un precioso caballo negro y brillante se encabrita montado por el hombre de la túnica. El jinete intenta controlar a su montura, pero el caballo alza sus patas delanteras y relincha…
     —¡Vamos, Lupe! ¿Qué ha pasado que vienes tan tarde?
     —Madre, ¿eran los ingleses de la película, verdad? ¿Qué te han dicho? ¿Qué han comido? ¿Van a rodar aquí? ¿Les ha gustado la comida? ¿Uno de ellos era Peter O’toole, verdad? ¿Van a volver?
     Mi madre me miraba entre divertida y cansada.
     —Vamos, hija, ahora te cuento.
     Y me contó todo. Que había venido uno de ellos primero para encargar una mesa. Que querían comer bajo el chamizo a pesar del calor. Que les había gustado todo mucho, menos el gazpacho, porque decían que sabía mucho a ajo.  Que le habían pedido tortilla de patatas, pero que se había terminado. Que  iban a volver  a la semana siguiente  a comer. Que eran muy amables. Que se habían entendido con uno de ellos que hablaba español, aunque con mucho acento. Que querían comer tortilla de patatas el próximo día…
     —¡Jolín, y yo en el instituto!
     —Otro día, vete con el uniforme, como te tengo dicho, y no seas tan presumida.
     —¡Pero si solo ha sido un día…! ¡Y no me lo he puesto porque tenía una mancha en la falda!
     La semana pasó en un suspiro. Cuando estaba en clase, mi cabeza volaba al desierto, a  las calles estrechas de una medina, a unos ojos azules en un rostro moreno, hasta que Maca me daba un codazo y volvía a aterrizar en el asiento de mi pupitre.
     —Señorita Lozano,  le he preguntado qué es una bisectriz—inquiría hoscamente don Pascual, el profesor de Matemáticas.
     —Lo siento, don Pascual, no he tenido tiempo de estudiar.
     —Muy distraída está usted últimamente. Haga el favor de aplicarse o nos veremos las caras en septiembre.
     En casa me pasaba igual, no estaba en lo que tenía que estar, como decía mi padre a cada momento: «¿Dónde tendrá la cabeza esta chiquilla?». Pues la tenía en Píter, ¿dónde la iba a tener?
     Poco apoco el caballo va dejándose llevar  y el hombre de la túnica consigue dar unas cuantas vueltas con él por el patio. Yo observo todo desde un rincón, medio escondida tras unos cestos. La visión del caballo y el jinete me hipnotiza. La espada que el hombre luce en su cinto refleja la luz de la tarde, que empieza a caer…El hombre, de pronto, dirige su mirada hacia mí. Unos enormes ojos azules se clavan en los míos; luego aparta su mirada para dirigirla a lo lejos, hacia las dunas que se dibujan en la distancia…
     Para mí aquellos días pasaron en un estado de ensoñación, en el que el tiempo se medía por las veces en que podía quedarme a solas para pensar en él sin que me importunaran: Píter caminando por el parque, Píter sonriendo, Piter vestido con una túnica blanca, Píter montando a caballo…Píter, Píter… Mi Píter
     Y por fin llegó el gran día, el día en que los ingleses volvían a  La Perla. Era sábado y no tenía clase, así que estaba toda la mañana ayudando a mi madre en la cocina y a mi padre con las mesas.
     Mi madre, la señora Lola, era una gran cocinera, sus frituras y, sobre todo, su tortilla de patatas tenían fama. Venía gente de otros barrios, y también turistas a probar las comidas y las tapas de mi madre.
     —Niña, la tortilla de patatas ha de estar jugosa, que tenga bastante huevo… Las patatas se fríen, pero luego se escurren muy bien de su aceite… Hay a quien le gusta con cebolla y a quien no. Yo le pongo un poquito de cebolla, para que dé sabor, pero sin que  se note mucho…
     Yo seguía las indicaciones de mi madre con atención.
     —Aunque tú vas a estudiar y no te vas a pasar la vida en los fogones como yo, saber cocinar siempre te va a venir bien. Cuando te cases y lleves tu casa, tendrás que cocinar y ya verás cómo te dará  mucho gusto que te salgan las cosas ricas. Por no decir que eso de que «a los hombres se les gana por el estómago» es una verdad como una casa.
                 Ramiro entró corriendo en la cocina y nos dio un susto de muerte:
     —¡Ya vienen, ya vienen!
—¡Madre del amor hermoso, no me digas que son los ingleses!—se alarmó mi madre—. ¡Corre y dile a mi marido que los vaya sentando cuando lleguen, que yo salgo enseguida! ¡Qué manía de comer tan temprano tiene esta gente!
     A mí se me había encogido el estómago y me había puesto de todos los colores cuando escuché a Ramiro. Me faltó tiempo para ir a asomarme a la puerta. Sí, eran ellos. Se veía el grupo a lo lejos. Venían paseando y charlando bajo la sombra de los ficus del parque. Pero no distinguía a mi Píter. «Dios mío, ¿sería posible que no viniera hoy?»
     Ramiro se quedó mirándome:
     —Te interesan mucho los ingleses, ¿no?
     —¿A mí? Lo normal. Además, ¿a ti que más te da?
     —Bueno, me da y no me da—contesto, enigmático como siempre—. Si los ingleses nos devuelven Gibraltar, me parecerán bien; pero si no, pues no. ¿O es que a ti te parece bien que no nos devuelvan el Peñón?
     —¡Ay, yo que sé, Ramiro! Déjate de peñones.
     —¿Tú sabías que el peñón está lleno de monos?
     —Sí, hombre, y de elefantes también.
     —Que te digo yo que sí, mujer, que hay muchos monos…
     —Bueno, pues vale. Si tú lo dices…
     A mí los monos me importaban muy poco, y menos en ese momento. Así que me metí para adentro mientras mi padre salía a recibir al grupo.
     —¡Mamá, están llegando!
     —Hija, tendrás que cuajar tú la tortilla, que a mí no me da tiempo.
     —¿Yoooo? Pero si lo he hecho muy pocas veces, a ver si no me va a salir…
     —¡Claro que te saldrá! Venga, manos a la obra. Recuerda que la sartén tiene que estar bien caliente para que no se pegue, ¿estamos?
     Y salió, dejándome con la palabra en la boca, mientras se alisaba el delantal y se colocaba el moño.
     —¡Dios mío, que me salga bien!
     Respiré hondo y logré que dejaran de temblarme las piernas. Iba a hacer una tortilla para Píter, mi Píter, y tenía que salirme requetebién, vamos, que Píter tenía que chuparse los dedos al probarla. Venga, la sartén. Había que poner unas gotas de aceite, esperar a que empezara a soltar algo de humo, bajar  a fuego medio y echar la mezcla de los huevos batidos con un poco de sal y las patatas bien escurridas. La mezcla no podía pegarse a la sartén. Había que remover de vez en cuando para asegurarse. Cuando estaba ya cuajada por una parte, venía la delicada maniobra de dar la vuelta a la tortilla. Eso me daba un poco de respeto, pero lo había hecho otras veces y la clave estaba en hacerlo rápido. Plas, plas. Ya estaba. Después había que cuajar la otra parte hasta lograr un bonito tono dorado.
     —Lupe, saca la tortilla. Tu padre ya les ha puesto  unas aceitunas y unas papas con  la bebida. Mientras se lo toman, yo haré el pescado. ¡Ah!, se la pones al del fondo, a míster Otul, creo que han dicho.
     Y allí iba yo, con la tortilla  de patatas en una fuente, la más bonita que encontré en la cocina, directa hacia Peter O’toole, mi Píter.
     Mister O’toole estaba en un extremo de la mesa y sonreía con gesto tranquilo. Dijo algo que no entendí y me miró un segundo…
     —How lovely!  This must be the famous Spanish omelette they told me about.  Thankyou.
     El jinete consigue dominar por completo a su montura y, al inclinarse para acariciar el cuello del animal, se vuelve a mirarme un instante. Sus ojos son azules, tan claros como un cristal a través del cual se puede adivinar el cielo. Sonríe y  me hace un gesto con la mano. Después comienza a trotar con el magnífico caballo, dando vueltas por el reducido espacio hasta que acaba saltando una pequeña barda que circunda el patio de la casa…
     —Fabulous!  Really first class!  Your omelette is exquisite. Simply fabulous.
     No sabía qué me estaba diciendo, pero había probado la tortilla y, por su cara y sus gestos, ¡le estaba gustando! Yo tenía la sensación de flotar  y  sonreía embobada.
     —Venga, ve a por más sangría que estos están  secos —me urgió mi padre.
     Ramiro venía ya con la sangría en la mano y casi choqué con él, así que me  quedé junto a la puerta, haciendo como que barría, pero sin perder de vista a Píter. Piter sonreía, Píter hablaba, Píter escuchaba, miraba a lo lejos, volvía a sonreír… Así toda la comida… hasta que los ingleses decidieron marcharse, un poco achispados por  la sangría. Pagaron y dejaron una buena propina.
     —Gra-si-as, gra-si-as, una comida ec-se-lent, ma-dam—le decía el que hablaba español a mi madre.
     —Gracias a ustedes. Y ya saben, cuando quieran volver, les atenderemos con mucho gusto. Adiós, señores, hasta cuando ustedes quieran. Vayan ustedes con dios.
     A-di-osss, a-di-osss.
     Píter se levantó de la silla y, antes de marcharse, se giró, me buscó con la mirada y me hizo un gesto de despedida con la mano. Yo respondí también con la mano y con la misma cara de arrobo con la que había estado mirándole todo el tiempo.
     —Bueno, ya se han ido los ingleses.—Ramiro se plantó a mi lado mientras se secaba el sudor de la frente con un pañuelo—. Tú qué dices, ¿qué van a volver o que no?
     —No sé… ojalá vuelvan…—suspiré, mientras los veía alejarse hacia el parque.
     —Mucho te interesan los ingleses a ti.
     —¿A míííííí? ¡Qué vaaaa!
     —Entonces no querrás una foto firmada que me ha dado el que estaba al final de la mesa.
     —¿Quiéeeen? ¿Píteeeeer?¿Píter Otuuuuul?
     —Bueno… algo así creo que pone, pero con unas letras muy raras…
     —¿Y tú hablas de letras raras? ¡Venga, enséñamela!
     —Bueno, bueno, calma…
     —Ramiro, por lo que más quieras, déjame ver esa foto.
     —Vale…., pero puedo hacer más.
     —¿Qué?
     —Dártela.
     —Pues dámela.
     —Con una condición.
     —¿Cuál?
     —Que vengas  conmigo al cine.
     Vaya, Ramirito se había destapado. ¡Me estaba invitando al cine! No salía de mi asombro. Había que reconocer que era lanzado, aunque me lo dijo bajito, para que mi padre no le oyera. No es que me hiciera mucha gracia, pero ir al cine con Ramiro era una menudencia,comparado con tener una foto de Píter.
     —Tú enséñame la foto primero.
     — Solo si me dices que vendrás.
     —Vale, iré.
     Ramiro se metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó una foto algo doblada en las esquinas. Sí, era Peter O’toole. Mi Píter.
     Se la quité de un manotazo y salí corriendo.
     —¡Dime cuándo iremos al cine!—me gritó, ya sin disimulo.
     —¡Cuando pongan Lawrence de Arabia!—le respondí sin dejar de correr, mientras sujetaba fuertemente la foto contra mi blusa.
     Poco después, el jinete se perdía  en la lejanía, como un fulgor de luz blanca, como una estrella fugaz que desaparece en el infinito…No sé cómo ocurrió, pero un caballo blanco vino hacia mí. Con su hermosa cabeza me hacía un gesto inconfundible, me invitaba... Lo monté y,  con una gran suavidad, como si galopara sobre  las nubes, se dirigió hacia la línea lejana del horizonte, hacia el destello que aún se adivinaba entre las luces doradas del crepúsculo.
     Theend                                              

Marta C. Gallego
 julio 2014



Agradecimientos
     Gracias, Asunción, por hacer una tortilla de patatas para Piter O’toole en Londres, y contármelo.
     Gracias, Kevin, por tus elocuentes palabras en boca de Mr. O’toole.

XX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2015

AUTOR LOCAL


ÁFRICA FRESNEDA ROCA


África Fresneda Roca nació en Guardamar del Segura el 1 de febrero de 1989. Está licenciada como Profesora Superior especializada en interpretación de Piano por el Conservatorio Superior de Música “Óscar Esplá” de Alicante. Ha actuado en diferentes concientos programados por el Conservatorio en aulas de la CAM, MUBAG, Teatro Arniches y en diferentes pueblos. En agosto de 2010 forma el Trío Vysehrad, como pianista actuando en el Palacio de la Música de Torrevieja. También en 2010 obtiene el primer premio en el XII Certamen de Interpretación de Orihuela.

Además de sus estudios musicales, cursa estudios de inglés y alemán en la Escuela de Idiomas de torrevieja, así como imparte clases particulares de música y es pianista acompañante en la Banda de Música de San Fulgencio.


LA ESPERA

Tan sólo la oscuridad y el ambiente caldeado por el vapor que desprende la madera del suelo de la habitación. Tan sólo el silencioso murmullo de una respiración profunda, de una tranquilidad mullida entre acolchados blancos. Cualquier movimiento estropearía ese delicado momento. Pero las ganas de correr la cortina para ver más allá pueden con ella. Los ojitos se le llenan de magia al contemplar el escenario. Se abre el telón, y comienza el espectáculo en la Bohemia… Minúsculos trocitos de algodón caen muy despacio del cielo, y es inevitable abrir el ventanal para extender la mano y dejar que se posen en ella algunas de esas delicias. Hace frío, pero un frío agradable, porque en todo momento cabe la posibilidad de volver a cerrar el ventanal para sumergirse de nuevo entre el vapor. Cae la nieve muy deprisa, pero aunque no se puedan distinguir las casas del otro lado de la plaza, y aunque tan sólo se pueda ver el suelo helado tiñéndose de blanco cristalino y un ambiente en continuo oleaje por el vaivén de los copos, sigue habitando el más absoluto silencio… Esta es la magia que guarda Praga para quienes la habitan.
Penélope desea salir, esta vez sí. Cuánto tiempo hacía que no se sentía tan viva, tan ansiosa y tan extrañamente feliz. Ahora necesita saborear la ilusión que le regala el día, aunque no sabe muy bien por qué. Cada trece de octubre le pasa lo mismo…
Siempre había sido una persona muy activa, con ganas de exprimir la vida, de alcanzar sus metas, de planear viajes y hacer maletas, yendo a ninguna parte o a todos los sitios, tenía que tenerlo todo pensado: rutas, tiempo, accesorios, comida, cama… y a disfrutar. Siempre caminando. Varias circunstancias la frenan ahora, sobre todo la salud. Hace ya unos tres meses desde aquel… “lapsus”. Mientras su físico de mujer inquieta la llevaba donde quería, su mente de sesenta y dos años había sufrido ya su primer deterioro, pero Penélope no le daba gran importancia a la gravedad de su enfermedad.
“Mira sus caras, les oye hablar… Para ella son muñecos”, decía una canción.
-Los años pasan, y con estas edades ya se empieza a tener despistes… Lo raro sería que no me pasaran, ¿no? -reflexionaba para sus dos viejos amigos, Claire y Albert, cuando se juntaban para recorrer, una y otra vez, el parque del barrio de Kampa, justo a la derecha de la casa de Penélope. Claire y Albert estaban casados desde hacía treinta y cinco años, y siempre que podían, aprovechaban las ventajas de su jubilación para regalarse largos paseos a lo largo del río Moldava. Por lo demás, no tenían la vivacidad de la que había gozado Penélope. Hasta hacía unos diez años, todavía subían los tres a las colinas para ver anochecer, y observar y estudiar el cielo estrellado. Albert conocía mejor a Penélope que a su propia mujer. Sus pasiones, sus sentimientos, sus penas, sus reflexiones… y la historia que la empujó a no volver a España, su país natal, y asentarse en Praga, con tan sólo veintidós años.
-No entras en razón… -le replicaba Albert- ¿Aún sigues creyendo que son simples despistes?
-Albert, no deberías hablarle así -murmuraba Claire a su marido aparte, sintiendo compasión por Penélope-. ¿Cómo quieres que entre en razón? En pocos días, las palabras que estás diciendo habrán caído en el olvido para ella. Esto ya no tiene vuelta atrás, y por desgracia no podemos ayudarla.
-Yo creo que ella, haciendo un esfuerzo, aún puede recordar lo que le pasó –Albert parecía ver más allá de su enfermedad, como si pudiera curarla fácilmente-. ¡Si se acuerda de la historia que le hizo quedarse a vivir aquí, y fue hace cuarenta años! La misma historia que la ha ido consumiendo todo este tiempo. 
-Pero ya sabes que… ha avanzado más rápido durante estos tres meses. Es lo que tiene este infierno mental –le explicaba con calma Claire-. ¿Cómo quieres que recuerde cómo se perdió para volver a su casa? Sólo es un hecho puntual. Pero su historia ha vivido con ella toda la vida, y aún sigue convencida de que él volverá, y creo que ese recuerdo vivirá con ella aún estando en el peor de los momentos. Antes olvidará su propio nombre que el de él, hazme caso.
-Bueno, lo mejor de esto es que todavía desprende esa ilusión que tenía cuando la conocimos, y eso la mantiene feliz, sobre todo cuando se acerca el mes de octubre… 
Qué frío hace en lo alto de la Torre de Petrin, el mirador de la colina, desde donde se ve toda la ciudad fundiéndose a lo lejos con la niebla, y pasando del color más cálido de los tejados rojos hasta un azul pardo, característico de las lloviznas en Praga. Desde allí arriba se puede observar a la gente pequeña andando muy despacio por el Puente de Carlos, siempre con caras largas y serias, como si sus vidas consistieran solamente en pasar desgracias una tras otra. A lo lejos, también se oyen las trompetas y los tambores que indican el cambio de guardia. El aroma del frío de la mañana se mezcla con los sones lejanos de la música y el lúgubre paisaje, y eso le provocaba a Penélope un estado de nostalgia y tristeza, que muchos años después se transformarían en soledad y rutina.
Pero no en estos tiempos. Penélope no está sola. Sus veintidós años le proporcionan una imagen radiante y llena de alegría, y la compañía de aquel chico le hace olvidarse del fúnebre paisaje, y hasta le hace disfrutar del frío, insoportable para cualquiera. Julián había sido para ella mucho más que un amigo inseparable. Desde que escuchó su voz arriba de un escenario, declarando su amor a Tosca entre lágrimas del más puro deseo, además de convertirse en una apasionada de la ópera, se enamoró de él.
Los años no pasaban para ella desde entonces. Desde lo alto de aquella torre, recuerda fugazmente todos los momentos que había pasado junto a Julián, los innumerables viajes que habían realizado por su trabajo, la infinidad y variedad de besos que habían experimentado… Todo se recopiló de pronto en su mente, como si intuyera en los ojos vidriosos de él que alguna mala noticia se avecinaba aquel día. 
Julián era un hombre bueno, demasiado bueno. Siempre atendió a las necesidades de Penélope, y siempre procuró que ella fuera feliz, preocupado constantemente por su diferencia de edad. Él era mucho mayor que ella, y su cara, sobre todo, lo demostraba claramente. Sus rasgos indicaban experiencia, templanza y un ligero toque de tristeza, como si las lágrimas le fueran a brotar de un momento a otro. Nunca llegó a ocurrir eso, hasta ese día…
-Julián, ¿qué te pasa? Tus ojos hablan por ti… ¿Te ha deprimido el tiempo, la ciudad… o yo? –le inquirió Penélope, inocentemente, después de un largo silencio interrumpido por el repiqueteo de sus besos esporádicos. 
-Hace frío… Deberíamos bajar ya –añadió sin darle importancia a la pregunta, haciendo un gesto de incomodidad que ella nunca había visto en él.
Por primera vez en ese día, Penélope empezó a darse cuenta del frío que hacía, un frío que se apoderó de ella desde ese trece de octubre, y en el cual quedó sumergida hasta muchos años después…
Ese viaje a Praga había sido una sorpresa. Por primera vez no viajaban por motivos de trabajo. Tenía el presentimiento de que esa ciudad les despertaría muchos sueños, incluso el posible sueño de quedarse a vivir entre alguna de sus calles.
“Pobre infeliz…”, decía una canción.
Su paseo por el empedrado que bordeaba el río Moldava fue largo y lento. Hubo un momento en que se hizo agónico, porque ella esperaba una respuesta a los ojos de Julián, que expresaban un querer sonreír, y a la vez un no poder hacerlo. 
Cada vez, se oía más próximo el sonido de un saxofón, que parecía huir de la esclavitud que le provocaba su propia melodía. Esa melodía expresaba perfectamente la apariencia de Praga, y parecía la marcha fúnebre que anunciaba el final de algo que todavía no se sabía.
El rumor del gentío se hacía más cercano; estaban llegando, en silencio invernal, al Puente de Carlos, con su aspecto tan sombrío y tétrico, y a la vez, animado por la cantidad de músicos, que recibían a los que pasaban por él con ánimos de apaciguar los malos pensamientos que pudieran existir en ellos.
Julián escogió mal el momento para hablar, y sus primeras palabras hicieron confirmar los miedos de Penélope:
-Te quiero… Lo siento mucho.
-¿Ahora?
Con el intercambio de miradas se decían lo suficiente para que a Julián le entrara la desesperación y rabia de no poder hacer nada, y lo suficiente para que a ella se le empezaran a cristalizar los ojos, y la luna del contorno de sus labios pasó bruscamente de crecer a menguar.
-Al final, me dieron el trabajo en Barcelona… Son cuatro años. Tus estudios en Praga serán también cuatro años. El tiempo pasa rápido…
-¿Quieres decirme que te espere? ¿Quieres decirme que te olvide para siempre? ¿Quieres que te olvide mientras te espero?
-No quiero que me esperes, no sería justo. Pero tampoco me gustaría que me olvidaras… Es sólo un trabajo. Yo lo único que espero es volver aquí dentro de cuatro años… y verte. No quiero despedirme, no puedo despedirme, pero tengo que decirte adiós. No quiero que digas nada, no llores, no me des un último beso. Guárdalo para mi vuelta… pero no me esperes.
-No quiero pensarlo…
-No lo pienses… Me conoces lo suficiente, sabías que esto pasaría porque sabes de sobra cómo están nuestras situaciones. No puedo rechazar mi trabajo, y tú no puedes abandonar tus estudios. Me gustaría que nos volviéramos a encontrar, y empezar de nuevo otra vez, para poder vivirlo todo por primera vez… 
-Entonces no me digas que no te espere. Te quiero esperar, no quiero olvidarte… ¿Tú sí?
-No… -Las palabras de Julián se contradecían, pero Penélope, en el fondo, parecía entenderle muy bien, así que asintió y calló, volviendo a mostrar su careta de la sonrisa- Te quiero… Lo siento mucho.
No tuvieron valor de decirse nada más. No podían separar sus miradas, como si quisieran aprendérselas de memoria antes de separarse. Sentían miedo al rozarse, y no lo volvieron a hacer. Antes de que los dos corazones explotaran de rabia, él le dio a Penélope un libro con las páginas en blanco, para que lo llenara de sueños y pensamientos, para cuando se reencontraran, poder cumplirlos.
-Como no quieres decirlo, te lo diré yo… Estaré esperándote, escribiendo nuestra historia para que me la puedas leer algún día, y poder volver a recordar este absurdo momento… 
Mientras decía estas últimas palabras, sus cuerpos se iban distanciando uno del otro, poco a poco, aún con las miradas fijas, como dos grandes esfinges enfrentadas.
-No sé si volverás, pero ya estoy tachando minutos en mi reloj…
Ya entre ellos había un cuarteto de cuerda, un inspirado pintor y dos de las grandes estatuas del puente.
-Dentro de cuatro años, vendré al mismo muro donde me dijiste adiós, y te robaré el beso que me debías en tu despedida.
La figura de Julián se perdió entre la música y la multitud del puente.
-Por favor, vuelve… 
El saxofonista siguió tocando hasta muy tarde, pero la mente de Penélope quedó en absoluto silencio. Esa noche, mientras contemplaba las hojas en blanco del libro, dibujó en la primera página sus ojos.
Julián trabajaba demasiado. Toda una vida dedicada a los demás, al teatro, a sus dos criaturas de un matrimonio infeliz, a la preparación de un hogar secreto para su amor furtivo, que le esperaría toda una vida. Pasaron cuatro años, una ópera en decadencia y dos criaturas que crecían. Pasaron diez años más, un sueldo mísero como repartidor de propaganda y dos adolescentes problemáticos. Pasaron veinte años más, un hijo drogadicto, una mujer con absoluta dependencia y una hipoteca interminable de una casa con telarañas para un amor con telarañas. 
“Tristes, a fuerza de esperar, sus ojos parecen brillar”, decía una canción.
Pasaba el tiempo y se agotaba, y Julián entregó su cuerpo a una última voluntad: Praga.
Trece de octubre. Ilusión y unos ojos que la miraban desde una hoja en blanco, ya un tanto estropeada por la vejez que otorga siempre el tiempo. ¿Qué significarían esos ojos? Su mente divagaba y repetía constantemente “ve al puente y espera”. Su cuerpo respondía con unas piernas ya faltas de juventud, mientras sus manos, temblorosas, se agarraban fuertes a un bastón. Su pelo, del color de la nieve, empezó a revolotear en el frío viento. Sus ojos, faltos de visión, todavía brillaban. 
Julián reconoció su figura tan amada y recordada en años, tan deteriorada y a la vez, tan viva, tosiendo con ímpetu en mitad del puente de Carlos. Se acercó entre una melodía conocida y lejana de un saxofón, con una ilusión renovada, una sonrisa rozando un llanto desesperado y unos brazos que pedían amor. A dos metros de su amada Tosca, sus labios se entreabrieron y dejaron saborear cada letra de su palabra ideal:
-Penélope, mi fiel Penélope… He vuelto.
“Se marchitó en su huerto hasta la última flor”, decía una canción. Y con los ojitos ya vacíos del ayer, Penélope respondió:
-¿Quién es usted?













 

miércoles, 24 de septiembre de 2014

XIX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2014

XIX CONCURSO DE NARRATIVA CORTA “REAL VILLA DE GUARDAMAR DEL SEGURA”
MODALIDAD 2


                                            AUTOR LOCAL
GANADOR: JOSÉ VIUDES AMORÓS


José Viudes Amorós nace en Guardamar en 1953. En 1971 ingresó en la Escuela Profesional Naútico Pesquera, donde obtiene el título de Mecánico Naval de 2ª y de 1ª. Desde 1976 trabaja en Johnson Control como técnico de laboratorio eléctrico. Su interés por el estudio le lleva a ingresar en la UNED a través de las pruebas para mayores de 25 años, donde ha obtenido la licenciatura en Historia.

Desde el año 2007 y hasta la actualidad compagina su actividad profesional con la de Juez de Paz de nuestra localidad.

Su interés por la historia le ha llevado a publicar varios artículos de investigación e interés histórico en revistas locales tales como:

 * Baluard que es la revista del Institut d’Estudis Guardamarencs;

 * en la revista Couché,

 * así como en la Revista de Moros y Cristianos.

Sus publicaciones se pueden seguir en su blog personal joseviudesamoros.blogspot.com


El Elegido

Las primeras luces del día se abrían camino entre las angostos picos de las montañas pirenaicas del País d’Oc. Los pájaros redoblaban sus cantos anunciando la pronta venida de la primavera.

La guarnición de la pequeña fortaleza de Montsegur estaba exhausta y hambrienta, después de nueve meses de asedio por las tropas de Simón de Roquefort, comandante de la Santa Cruzada promulgada por el Papa Inocencio III a principio del siglo XIII contra la herejía Cátara.

En Montsegur se habían refugiado los últimos Cátaros, un movimiento religioso que discrepaba de los métodos de la Iglesia Católica, dada a los ritos fastuosos y al exhibicionismo de las riquezas terrenales. <<El Papa Inocencio III era conde. Fue nombrado por su tío, el Papa Clemente III, Cardenal a los 28 años y proclamado Papa por la Curia Romana a los 37 años de edad >>

Ante los abusos de las clases dirigentes de la nobleza y el clero -muy dados a los placeres terrenales- los Cátaros promulgaban una vida más espiritual y sencilla predicando que el cuerpo físico de las personas era una creación dominada por el diablo. Por lo tanto, Cristo debió de tener un cuerpo etéreo, no material. No aceptaban que Jesús hubiera nacido para perdonar el pecado original de Adán y Eva, sino para enseñar a los humanos a abandonar su entidad terrenal y alcanzar la dimensión angelical. Para los Cátaros, el cuerpo era una carga que no les permitía llegar a la divinidad; para conseguirla debían pasar por varias fases e, incluso, reencarnarse; los que llegaban a la última fase de este proceso se les denominaba Perfectos -llevaban una vida ascética fuera de los placeres terrenales-, y se les consideraba herederos de los apóstoles, con la facultad de anular los pecados.

En la noche del 15 de marzo de 1244, el Perfecto de la Congregación de Montsegur hizo llamar a su celda a un joven novicio –Andreu de Alulayés i Liyó- hijo del señor feudal de un pequeño valle de los Pirineos meridionales.

Andreu de Alulayés i Liyó quedó sorprendido cuando el bonachón de Bernard le comunicó el deseo del Perfecto.

–¿Qué querrá el viejo a estas horas?- le preguntó a Bernard.

-¡No sé! Pero algo muy importante debe ser si quiere hablar contigo, cuando los cruzados están a punto de entrar en la fortaleza, –le respondió.

El muchacho tomó la lámpara de aceite y se dirigió a la sala superior de la torre del Homenaje, donde estaba situada la celda del Perfecto, Guillés de Albí.

La noche era muy oscura y soplaba una ligera brisa que hacía temblar la diminuta llama de la lámpara, al pasar por delante de las estrechas troneras de la torre. Después de avanzar por un oscuro pasillo, llegó ante la puerta del aposento del Perfecto y tocó suavemente con sus nudillos la rugosa madera.

-Pasad, hijo mío-. Sonó una débil pero férrea voz.

El muchacho empujó la pesada y quejosa puerta que emitió un lastimero sonido, y entró en el aposento. Al fondo, entre sombras, vislumbró a un anciano vestido con un hábito blanco, irradiaba una especie de luz en toda su silueta. Su rostro tenía una tonalidad rojiza como si emanara calor del interior de la piel.

Al ver al novicio intentó dibujar una sonrisa, pero le salió una mueca de amargura y tristeza. La estancia carecía de muebles, sólo tenía una pequeña mesa que servía de escritorio, una silla y una esterilla en el suelo que usaba como cama; la ropa colgaba de una cuerda situada en un ángulo del rincón de la habitación; de la pared, donde estaba ubicada la austera cama, pendía la cruz de los Cátaros presidiendo la pequeña sala.

¡Hijo! -le dijo el Maestro- comprendo tu extrañeza al requerir tu presencia ante mí a esta hora tan intempestiva y más, si cabe, por la situación tan crítica que estamos atravesando. Tengo que comunicarte un secreto de suma importancia, secreto que si cayera en manos impías cambiaría el destino del mundo, pero -¡Siéntate!, le dijo, ofreciéndole la única silla de la estancia. Él permaneció erguido en el centro de la habitación levantando ligeramente la cabeza, como si intentara buscar la inspiración Divina para iniciar el relato:

-Tendrás referencias, por las murmuraciones de otros novicios, que los Perfectos poseemos un gran Tesoro, tesoro que transmitimos de generación en generación. He de confesarte que no están muy alejados de la verdad, pero ese Tesoro no es terrenal sino espiritual, es un legado que nos viene dado desde el momento mismo de la muerte de nuestro Señor Jesús. Como sabes, -prosiguió- hoy puede ser el último día para todos “nosotros”. Los hombres del Papa de Roma nos van a exigir que renunciemos a nuestra creencia, ¡cosa que no vamos a cumplir!; en consecuencia nuestros enemigos nos van a mandar a la hoguera para “limpiar nuestros pecados”. -¡Tú bien sabes que los pecadores son ellos!-

El Perfecto continuó exponiendo los motivos de su llamada.

-Después de deliberar con los otros miembros del Consejo de ancianos, hemos decidido poner a salvo el Tesoro de los Cátaros y por tus cualidades eres el “Elegido”. Debes guardar y transmitir nuestro legado hasta que el Verbo vuelva a renacer, que, según la profecía, será dentro de 777 años.

Al oír las palabras del viejo Perfecto, Andreu se quedó extasiado, a punto de desmayarse; las piernas le temblaban y le costaba emitir palabra. Cuando se recuperó de la sorpresa inicial, dijo:

-Pero señor, ¿por qué yo?, solamente soy un joven novicio y no sé si podré llevar a cabo tan trascendental misión; además ¿cómo podré salir si estamos sitiados?

El Perfecto le respondió -No te preocupes por eso, todo está planeado. Esta misma noche burlarás el cerco de nuestros enemigos; te deslizarás con ayuda de unas cuerdas por la muralla que está situada en el Barranco del Diablo, que es la zona mas inaccesible y menos vigilada por lo abrupto del terreno. Una vez en el fondo del barranco, un acólito nuestro, infiltrado entre los sitiadores, te prestará toda la ayuda necesaria, proporcionándote un caballo con el que podrás llegar hasta las posesiones de tu padre. Bien; no perdamos más tiempo. ¡Acompáñame!

El anciano cogió una lámpara de aceite con dos mechas y las encendió acercándolas a la que había en el aposento; abrió la vetusta puerta y se dirigió sigilosamente hacia la escalera de la torre. Andreu le seguía a pocos pasos, aún estaba inmerso en su confusión. Delante de él, el Perfecto parecía una aparición divina; no andaba, se deslizaba; y en vez de pasos oía el susurro de las caricias de la tela del hábito. Bajaron hasta la estancia principal; la cruzaron dirigiéndose hasta una enorme chimenea que servía para calentar la sala en las frías noches de invierno -aún despedía un ligero calor, a pesar de que las brasas llevaban varias horas apagadas-.

El anciano deslizó con la mano una figurilla que adornaba uno de los extremos de la chimenea y la pared de su fondo se desplazó hacia un lado, dejando al descubierto una nueva escalinata que se adentraba en las profundidades de la roca.

El corazón de Andreu parecía salirse de su cuerpo, la emoción aumentaba en cada nuevo acontecimiento. Bajaron la estrecha escalinata topándose con una especie de Cripta semejante a las catacumbas de los primeros cristianos. Enfrente, había una pequeña hornacina adornada con signos que Andreu, en su ignorancia, no podía descifrar. El asceta abrió la puerta de la hornacina y sacó un pequeño cofre de plomo, se giró y le dijo a Andreu: -¡He aquí nuestro tesoro!

Andreu no podía apartar los ojos del cofrecito y pudo observar que tenía grabados una serie de dibujos, entre ellos: un pez, un Pantocrátor, una cruz Cátara, un pavo real, etc. También pudo comprobar que la tapa estaba sellada con fuego y, ensimismado en sus pensamientos, oyó la voz del anciano que le hizo volver a la realidad.

-¿Verdad que te estás preguntando por el contenido del cofre?.

-¡Sí Maestro! –le respondió.

-Bien; presta atención. Lo que te voy a decir es un secreto muy bien guardado durante siglos, solamente lo saben los Perfectos del Sumo Consejo y, después de esta noche únicamente lo sabrás tú. Hemos decidido abandonar nuestros cuerpos pecadores y unirnos a la Luz Eterna, una vez que hayas cruzado las líneas enemigas.

El Perfecto se sentó en una bancada excavada en la roca de la cripta, Andreu hizo lo mismo a su lado. El monje continuó con su relato.

-Todo empezó cuando Jesús murió en la Cruz (…), José de Arimatea le pidió permiso a Pilatos para descolgar el cuerpo de la misma. Ayudado por Nicodemo lo bajaron y envolvieron en una sábana trasladándolo a un sepulcro que había en la ladera del Gólgota. Cuando se disponían a lavar y ungir con perfumes el cuerpo, percibieron como la sábana que lo envolvía olía a quemado, desprendiendo pequeños hilillos de humo como si ardiera. Levantaron la sábana y vieron el rostro de Jesús iluminado; por su boca salía una sustancia muy densa y brillante; José cogió un recipiente de cristal de perfume para ungir y, después de vaciar su contenido, lo colocó en la comisura de los labios de Jesús recogiendo todo el líquido que pudo. Después lo selló y lo guardó.

Posteriormente, se lo entregó al Apóstol Santiago; éste lo colocó en un cofre de plomo -el recipiente de cristal quemaba a quien estuviera cerca de él-. Cuando el Apóstol fue enterrado en Santiago de Compostela, se depositó el cofre con la reliquia en su sepulcro. Después de rendirle culto en la catedral durante cerca de 700 años, temiendo que los musulmanes en sus razias la encontraran, unos monjes Cistercienses, que posteriormente se convirtieron al catarismo, trasladaron el cofrecillo hasta Montsegur.

Andreu escuchó el relato del anciano con mucha atención, y cuando éste acabó preguntó con voz entrecortada: -¿Pero…, por qué no se puede abrir el cofre?

-Porque el soplo divino –le respondió el maestro- se extendería por el mundo, exterminando la especie humana sin estar preparada y sin tiempo para arrepentirse de sus pecados. Por ello no se puede abrir hasta la llegada del año 2021. En este año, según la “profecía”, el Verbo se reencarnará de nuevo dando una segunda oportunidad al género humano y, así, alcanzar la vida eterna.

Andreu, después de colocar el cofre y una bolsa de monedas de oro en un zurrón, se dispuso a partir. Subió hasta la muralla y, después de comprobar que la cuerda estaba bien afianzada, la cogió y empezó a deslizarse por su lienzo; en un par de minutos alcanzó el suelo. Agazapado, se escondió en un arbusto esperando la señal acordada. De pronto oyó un silbido que imitaba a un autillo, salió de su escondite y vio una silueta acercarse, que le preguntó:

-¿Quién eres?

-¡El Elegido! –contestó Andreu.

La silueta se hizo cada vez más nítida; Andreu pudo comprobar que era una persona muy robusta; vestía cota de malla de soldado recubierta con jubón de tela burda, su rostro estaba cubierto por una espesa barba. En su mano portaba las riendas de un negro y nervioso corcel. Se las ofreció diciendo:

-Monta a caballo, sal a galope por esta senda y no vuelvas la vista atrás.

Tras varias horas galopando, detuvo el sudoroso corcel en lo alto de una colina, giró su cabeza y oteó el horizonte en la dirección por la que había venido. Al fondo, pudo distinguir una pequeña columna de humo blanco que se confundía con las nubes; en lo más hondo de su ser sintió un gran vacío y una gran pena se apoderó de él. Ahora era la única persona que conocía el secreto de los Cátaros.
·—·—·—·—·


París amaneció con cielo plomizo la mañana del 14 de enero de 1829, este día no se diferenciaba de otras mañanas del crudo invierno parisino.

Gerald, el archivero, rebuscaba en el fondo de un cajón lleno de documentos y legajos que intentaba catalogar para exponerlos en el museo del Louvre. De pronto, un documento escrito en piel de cabra llamó su atención por el colorido y la perfección de una cruz dibujada en la cabecera. Era una carta fechada a finales del siglo XIII, escrita por el monje Albigense Michel de Segny.

Inició su lectura y quedó fascinado por el relato. En ella se narraba la historia de un joven que se escapó de la hoguera, llevándose el secreto de los Perfectos Cátaros.

Según relataba el monje, el muchacho se había mezclado con las tropas del Rey Jaime I de Aragón, acompañado de un grupo de siervos de su padre, con intención de establecerse al sur del nuevo Reino de Valencia. Tanto le fascinó la historia que, tras su lectura, decidió emprender viaje para intentar recuperar el tesoro.

Se documentó sobre la época en la que se desarrollaron los hechos. Después de la lectura de múltiples fuentes comprobó que, a los pocos días de haber entrado Andreu en el reino de Aragón, se había firmando el Tratado de Almizra, (posiblemente se dirigió hacía esta zona meridional). Además, el rey castellano había ofrecido a su suegro Jaime I repoblar la parte sur de Murcia, reino vasallo suyo, para controlar las revueltas de los musulmanes que habitaban en él.

Gerald inició el largo viaje que le llevo dos meses por caminos tortuosos y llenos de bandoleros. Por fin, después de pasar por una ciudad muy exótica repleta de huertos de palmeras semejante a un oasis del norte de África llamada Elche, se adentró en un fértil valle. Allí las aguas del río Segura transcurrían bulliciosas y trasparentes por las acequias, en busca de la tierra ansiosa y sedienta. Los caminos estaban flanqueados por desnudos árboles, en espera de la pronta venida de la primavera para vestirse de nuevo, aunque los almendros y cerezos estaban en flor. Los campesinos trabajaban la tierra desde el amanecer hasta la puesta del sol, siempre expectantes y vigilantes ante la amenaza del viejo, pero vigoroso río durante esta época del año, dónde las inundaciones eran frecuentes.

Gerald se dirigió a Orihuela, que era la capital de la Gobernación. Una vez instalado en esta ciudad episcopal, inició sus pesquisas; se dirigió a los archivos de la ciudad e inicio la lectura de varios documentos sobre el repartimiento de tierras de los colonos cristianos del siglo XIII.

Pasó varias semanas examinando los viejos legajos llenos de polvo. El tiempo trascurría sin sentir. Apasionadamente iba leyendo documento tras documento, intuyendo que la solución al enigma estaba cerca. De pronto encontró una carta de petición al Rey Alfonso X para fundar un asentamiento, cuya fecha no se podía leer bien [127?]. La carta estaba firmada por un tal Andrés de Alulayes casado con Clara de Claramunt. A Andrés le acompañaban unas 50 familias, originarias algunas de los valles pirenaicos, como las de Sempol, Vives, Claramunt etc.; otras de la zona de Lleida: Ivars, Verdú, Amorós, Puigcerver, Pons, Torre-Grossa etc.

No cabía ninguna duda, ¡había encontrado la pista que le llevaría hasta el tesoro!. Ávidamente, devoró la lectura de la carta. En sus párrafos finales, Andrés de Alulayes especificaba que el nombre de la nueva villa sería GUARDAMAR.

-¿Por qué Guardamar? –se preguntó Gerald. Tenía que haber una relación entre este nombre y la clave para descubrir el secreto de los Cátaros. Gerald comenzó a relacionar todos los elementos que poseía: Mont-segur, significaba “monte seguro”, por eso estuvo allí depositado el secreto; por lo tanto -dedujo- en el topónimo guarda-mar debía estar contenida la clave. Descompuso todas las sílabas combinándolas entre ellas, buscando un significado que le diera alguna pista. Después de varias noches en vela, agotado por el esfuerzo, entró en estado de sopor (….). Y de repente lo “vio”.

-¡Mon Dieu!-, ¡-Cómo he sido tan tonto! –exclamó. En el cuaderno donde tomaba las notas estaba la clave: GUARDA-M.A.R. - M = Mistyca; A = Ánima; R = Redemptor.

Ánima Mística del Redentor

“¡Estaba guardada allí, el soplo “Divino”, la Luz de los Cátaros.. Dios mío! –pensó-, mientras que su corazón aumentaba súbitamente de pulsaciones. A su mente le vinieron las imágenes de todos esos retratos de clérigos naturales de Guardamar, colgados en las paredes del Archivo de Orihuela. -¡Ellos eran los “Guardianes” del Secreto, los nuevos Perfectos, no cabía ninguna duda!

Era la madrugada del primer día de la primavera de 1829. Gerald no había pegado ojo en toda la noche; cuando se levantó, no serían más allá de las cuatro. En el patio, el posadero estaba preparando la pequeña y ligera tartana, que él mismo conduciría hasta su destino. La Villa de Guardamar estaba a poco más de cuatro leguas de camino. Se puso en marcha sin demora para poder llegar a misa primera.

El cielo estaba encapotado; una gran nube negra se cernía sobre la Vega; un extraño silencio dominaba el ambiente, sólo se oía los cascos del caballo golpetear en el camino. A las dos horas de camino pasó por Almoradí. La plaza estaba llena de jornaleros esperando el ansiado jornal en las plantaciones de hortalizas; las pesados carretas tiradas por bueyes avanzaban con cadencioso paso marcado por los cencerros. Los rayos de sol asomaban tímidamente entre las nubes a su paso por Rojales. Tomó el camino que bordeaba el río. Los sauces y moreras se abrían como un túnel vegetal, mientras las ranas croaban entre el fenás. El camino giró bruscamente a la derecha para tomar el viejo puente de piedra flanqueado por los Patronos de la Villa. A lo alto destacaba la enorme y erguida torre del campanario. Gerald exigió el último esfuerzo al caballo para subir la empinada cuesta. Una vez en la plaza del Arrabal, bajó de la tartana, amarró el caballo a una argolla en la pared de la muralla y cruzó la oxidada puerta de hierro. Con paso firme se dirigió a la iglesia. La misa de la mañana había finalizado y los últimos feligreses salían raudos. Se dirigió al altar mayor; allí vio una lápida en el suelo con un gran pavo real grabado, se agachó y pudo leer una inscripción en la lengua d’Oc:

Hui em xafes. Demà et xafaran a tu” “Andreu de Alulayes”.
Desplazó la pesada losa de piedra; su corazón parecía salirse del pecho. Estaba cerca de desvelar el secreto de los Cátaros; bajó siete escalones topándose con un sarcófago tallado en piedra caliza; deslizó la tapa (…), ¡allí estaba! El pequeño cofre yacía junto a los huesos de Andreu. Se puso de rodillas y, con sus manos, lo tomó delicadamente. Cuando se disponía a abrirlo, la tierra tembló; las rocas de la cripta se desprendieron sobre Gerald y, después, sólo si