miércoles, 13 de junio de 2018

XXIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2018


MODALIDAD: AUTOR LOCAL


GANADOR: JOAQUÍN GARCÍA PÉREZ

Joaquín García Pérez nació en Guardamar del Segura el verano de 1990. De pequeño siempre le gustaba leer libros, revistas y periódicos, lo que le lleva a estudiar la Licenciatura en Periodismo en la Universidad Miguel Hernández de Elche. Durante sus estudios descubre el libro El Nuevo Periodismo de Tom Wolfe. Este libro hace que comience a interesarse por escribir ficción y comienza a escribir relatos y novelas más allá de los géneros periodísticos. A su vez, cursa varios talleres y cursos de guión cinematográfico, relato breve y novela negra.

En 2014 queda finalista en los XIII Premios Provinciales de la Juventud de Alicante en la categoría de relato breve con el relato Silencio, pero no consigue ganar ninguno de los tres primeros premios. Es en 2017, en la decimosexta edición de los Premios Provinciales de la Juventud de Alicante, cuando logra ganar el segundo premio en la categoría de relato breve con el relato No estoy loca.

Actualmente trabaja de profesor de español como lengua extranjera. 


MI FUNERAL

Otra vez vuelvo a ser una espectadora de mi propio funeral. Mi cuerpo podrido va dentro del ataúd y yo lo puedo observar todo desde fuera como un espectro. Veo a mi hijo llorando, fundido en un amargo abrazo con su mujer que trata de consolarlo. También están mis dos amigas: Dolores y Victoria. Y también ese hombre que hace que me estremezca cada vez que lo veo. Ahí está. Pasivo ante la pena de los demás. Ese hombre alto con media melena canosa que peina con raya en medio, con sus gafas de pasta negra redondas, y vestido con un largo abrigo negro de felpa. Veo que se acerca a mi hijo y le dice algo al oído y él asiente con la cabeza mientras se seca los ojos. Entonces, me despierto alterada en mitad de la noche. Otra vez he tenido el mismo sueño. Sé que el momento se aproxima.
Como cada lunes me levanto y lo primero que hago es tomarme la pastilla diaria que el médico me recetó y tengo que tomar, según sus palabras “hasta que muera”. Luego desayuno y voy a la tiendecita de comestibles cerca de mi casa a comprar. La visita del domingo de mi hijo, mi nuera y mis dos nietos me ha  dejado la nevera semivacía. Compro lo justo para que la bolsa no sea muy pesada y no me cueste mucho esfuerzo subir las escaleras hasta el primer piso donde vivo. Mis rodillas ya no son lo que eran.
Cuando regreso a casa, cocino, como, duermo la siesta un rato y como es habitual en los días de verano, en torno a las seis de la tarde, cuando el sol ha dejado de ser abrasador, voy a la casa de mi amiga Victoria, donde nos reunimos para jugar a las cartas. El verano anterior éramos cuatro, pero María no superó el frío del invierno y una bronquitis se la llevó. Ahora solo quedamos Vicenta, Dolores y yo. Cuando entro al patio interior de la casa de Vicenta, quiero sentarme en mi asiento habitual, pero el perro de Vicenta está durmiendo en ella. La otra silla que queda libre es en la que se solía sentar María.
—Vicenta, ¿puedes quitar al chucho de mi silla?
—Déjalo, Teresa, que ahora está durmiendo. Siéntate aquí, que esta silla está libre —dice señalando con su gordo dedo índice el asiento que queda libre en la mesa de cuatro.
—Ahí se sentaba María — le respondo mientras sigo de pie sujetando mi bolso a la espera de que Victoria quite al perro y con tal de convencerla añado—: Vamos a guardarle respeto.
—¿Respeto? Qué respeto le vamos a guardar ahora a la pobre…
—Que no me quiero sentar ahí, ¡coño! —le replico perdiendo la compostura.
—¡Está bien, mujer! —acepta Victoria a regañadientes que le propina un azote al perro para que baje de la silla.
El perro, que en edad equivalente a la de un humano es más viejo que cualquiera de nosotras tres, se va renqueante y, tras dos intentos,consigue subir a la otra silla para continuar durmiendo. Tras la discusión, empezamos a jugar nuestra partida de chinchón de todas las tardes donde nos apostamos unos cuantos euros de nuestra pensión. Todo va con normalidad hasta que una pregunta interrumpe mi tranquilidad.
—¿Sabéis quién se ha muerto hoy? —pregunta Vicenta mientras tira al centro de la mesa sus cartas ganadoras.
Un escalofrío recorre todo mi cuerpo. Lo siento desde el interior de mis entrañas hasta la punta de mis dedos.
—Yo he oído que las campanas han tocado a muerto. Por el sonido ha sido una mujer, pero no sé quién —dice Dolores.
El tiempo pasa lento mientras espero con incertidumbre la identidad de la mujer muerta que Victoria se dispone a revelar.
—Ha sido Pilar, la mujer de Antonio el Manco, el que fue alcalde—nos dice Victoria mientras baraja las cartas y tras una pausa añade—: Un infarto.
—Pobrecilla, si se la veía bien. ¿Qué edad tenía? —pregunta Dolores.
—Era seis años menor que nosotras. Setenta y dos o setenta y tres —les digo con la mirada perdida en las cartas y en las manos gordas de Victoria barajándolas—. Fue vecina mía, luego se mudó a la parte nueva del pueblo.
—Pues al hoyo ha ido —sentencia Victoria mientras comienza a repartir las cartas para una nueva ronda—. Así, de la noche a la mañana. ¡Pum! Ataque al corazón y adiós. Dicen que la colombiana que la cuida se la encontró tiesa en el suelo de la cocina cuando volvió a la casa.
—¡No hables así! —le replico a Victoria ante sus ramplonas palabras.
—Ay, Teresa… Si nos quedan dos telediarios. Cualquier día nos vamos una de nosotras. Yo cuando me muera quiero que no me traigan flores. ¿Para qué? Si en dos días se pudren. Prefiero que me pongan…
            Victoria continúa hablando, pero he dejado de escucharla. En mi mente está la imagen de Pilar tirada en el suelo. Inmóvil. Sin vida. Y no puedo evitar que las cartas me tiemblen en mis manos salpicadas por manchas de edad cuando recuerdo el sueño de los días anteriores.
            Seguimos jugando hasta el ocaso y después vuelvo a casa. De camino no dejo de darle vueltas a la muerte de Pilar. “¡Pum! Ataque al corazón y adiós”. Las palabras de Victoria se me han quedado grabadas en la cabeza. Cuando llego a casa me preparo la cena: unas tostadas con algo de fiambre. Antaño solía preparar algo más elaborado para mi marido y para mí, pero desde que me quedé viuda hace ocho años me da pereza cocinar para mí sola. Luego veo un rato la televisión y me acuesto a dormir.
En mitad de la noche me despierto sudorosa. Otra vez el mismo sueño. Otra vez mi funeral. Mi hijo llorando y de nuevo ese hombre acompañando a mi hijo. Y yo, o mi cuerpo sin vida, dentro del ataúd. Busco rápidamente el interruptor, busco una luz que ponga fin a la oscuridad que ven mis ojos y a la pesadilla. Enciendo la lámpara de la mesilla de noche y me incorporo en la cama. La angustia me oprime el pecho y me impide respirar bien. Noto como dos lágrimas se derraman de mis ojos y recorren mis mejillas. Por un momento pienso si es solo angustia o una angina de pecho como la del invierno pasado. Recuerdo que tuve que ir al hospital y estar ingresada. Creía que era mi fin. El rostro de mi hijo mostraba que las palabras que el médico le dijo sobre mi estado de salud no eran buenas, sino, todo lo contrario. Finalmente, logré burlar a la muerte en esa ocasión, me recuperé y, tras unos días, volví a casa.
El dolor se va, parece que esta vez es solo angustia y el sobresalto de la pesadilla. Me seco las lágrimas con las sábanas y me levanto de la cama. Lo primero que hago es cerrar la ventana para que la brisa veraniega de la noche no me produzca un enfriamiento que pueda desembocar en algo peor. Sé que mi cuerpo ya es débil. Después voy a la cocina a prepararme una tila que me tranquilice. Mientras el agua se calienta, las palabras de Victoria sobre Pilar regresan a mi cabeza: “se la encontró tiesa en el suelo de la cocina”. Cuando la tila está preparada la dejo enfriar unos minutos antes de tomármela. Regreso con paso lento a la cama y me acuesto de nuevo. Apago la luz y cierro los ojos, pero mi intento de dormir es en balde. La imagen de ese hombre ocupa mi mente.
Trato de evadir esos pensamientos y no sé por qué pienso en las nochebuenas en familia. Recuerdo las primeras noches del veinticuatro de diciembre en familia. Mis hermanos, mis primos, mis padres, mis tíos y mis abuelos. Éramos una gran familia. Luego, conforme me iba haciendo más mayor, con el paso de los años iba faltando gente a esa reunión familiar. Primero fueron mis abuelos. Cuando me hice más mayor, mis padres. Luego mi marido. Y ahora, yo soy la mayor de todos y, por lo tanto, sé que soy la siguiente que faltaré. Trato de dormir, pero sigo sin conseguirlo.
Horas más tarde, los primeros rayos de sol que atraviesan las cortinas de la habitación ponen fin a la oscuridad de la noche. Me levanto y lo primero que hago como cada día es tomarme la pastilla. “Hasta que se muera”. Las palabras del doctor vuelven a resonar en mi cabeza como todas las mañanas cuando saco la pastilla del envoltorio. Me debato entre ir al entierro de Pilar o no. No era mi amiga, tan solo la conocía de vista, pero tras la pesadilla, la idea de ver un ataúd me produce escalofríos.
La semana pasa rápido. Mi hijo, mi nuera y mis dos nietos me visitan y comemos todos juntos el domingo. Por unas horas me abstraigo, me olvido de todo y me siento llena de vida con mi familia.
Cuando termina el día, mi hijo me dice que el domingo siguiente no vendrán a visitarme porque van a casa de unos amigos que viven en la montaña. Nos despedimos y pienso si esta podría ser la última vez que los viera. Dos semanas. Medio mes. Pienso en si me caigo por las escaleras al subirlas o bajarlas, en un infarto en la cocina como Pilar, en un olvido de mi pastilla diaria… Son muchas las opciones. Me veo frágil, sé que mi fin se acerca, que ese sueño de mi funeral, tarde o temprano, se hará realidad.
Otra vez lunes. Ya me he tomado la pastilla y he ido a la tienda a comprar lo justo. Esta vez me ha costado más de lo habitual subir las escaleras por el bochorno que hace. Mientras estoy preparando la comida, dos timbrazos me sorprenden.«Es él», pienso. Me seco las manos y voy apresurada al telefonillo para abrir la puerta del edificio. No me hace falta preguntar quién es, sé que es el hombre de media melena canosa y gafas de mis sueños. Abro la puerta del piso y mientras sube, voy a mi habitación y cojo del cajón de mi mesita un sobre que tengo preparado. Entra directamente al salón de mi casa y me saluda con un leve y formal apretón de manos. Hace casi cuarenta grados, pero siento un helor que quema cuando estrecho su mano. Entonces, saca de su carpeta de polipiel un recibo y lo deja sobre el trinchante del salón que protege un tapete de ganchillo. Como cada dos meses le entrego el sobre con el importe justo para abreviar al menos tiempo posible ese momento. El cobrador de la aseguradora lo guarda en su carpeta llevándose mi dinero y un trocito más de la poca vida que me queda.
—Hasta dentro de dos meses doña Teresa —me dice formalmente.
—Si Dios quiere —le respondo.
Me vuelve a estrechar la mano. Esta vez la siento incluso más fría que hace un momento y sale de la casa produciendo un gran portazo al cerrar la puerta debido a la corriente que se ha formado al tener las ventanas abiertas. El cuerpo me tiembla por partida doble: por el susto del portazo y porque no puedo evitar sentir la misma sensación de angustia cada vez que ese hombre me visita para cobrarme el seguro de defunción. Maldigo el momento en el que lo firmé y comencé a prepararme para mi muerte. Cojo el recibo con mis manos, todavía temblorosas, y lo guardo en el último cajón del trinchante junto a los anteriores. Mientras, los pasos de ese hombre bajando los escalones retumban en la escalera del edificio y dentro de mi cabeza como campanas fúnebres.

XXIII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2018

 MODALIDAT: RELATS  ESCRITS EN VALENCIÀ


GUANYADORA: LAURA CABEDO COBO

Sóc Assitent Social i treballadora de l’Administració Valenciana. Estudiant de l’idioma, filla de poeta pintor, mare de bessones i enamorada dels clàssics des de xicoteta.

 Escric en l'aire, a l’autobús, a trenc d’alba… Participe en declamacions, tallers, vetlades poètiques i he tingut la sort de guanyar diversos premis de relat, poesia, cartes d’amor i microrrelats arran de la geografia espanyola, els quals m’han donat el gaudi de conéixer gent apassionada que respecta i estima les lletres. En alguns llocs eixe ha sigut el millor premi.

Done les gràcies a les organitzacions i a les entitats que convoquen certàmens en Valencià. La nostra llengua és una eina imprescindible, un regal per a la creació força encisador i poètic.  Em sent afortunada. Sens dubte, la literatura fa la vida molt més intel·ligible i valuosa.  


PÀGINES DE FUM


—Jo la vaig matar! —afirma entre llàgrimes aquell pobre infeliç.
L'home d'uniforme es remou a la cadira mentres arrossega un mocador pel seu front de banús. Dos hores d'interrogatori davall una calor insofrible pesen com a lloses sobre el convex de la seua esquena. Haguera preferit deixar caure un sol gegant i tranquil després dels versos de Girondo: estime les dones que saben volar, o entretancar els ulls en la línia repuntada de vaixells al final del port, allà on sempre emergix la negra que li va fer perdre la por. Uns pocs instants de cossos enervats engolint-se com ciclops i, després, tanta vida per a l'oblit.
—Sóc el responsable de la seua mort, sergent!
Però està allí, a un mes escàs de la seua jubilació. Per horitzó eixe marrec d'ulls xinesos, eixut i estremit, que va acudir a confessar com embolicat en una tempesta.
El paisatge és un quarter fosc amb estores en les finestres. La marea febril dels carrers havaners es cola a crits pels badalls de llum i, al centre de la sala, sembla girar un engolidor invisible on algunes mosques revolegen la pudor de les paraules.  Sobre la taula un ventilador ondeja el seu lament de xitxarra trista i, a ràfegues, engrunsa la cabellera indígena de Gabriela, la taquígrafa, que transcriu les evocacions de Jesús Li amb una precisió d'autòmat. 
—Està bé, xicot, comença novament pel principi, però, per favor, intenta ordenar les idees. —El sergent se sorprén de la seua pròpia paciència. Sens dubte s'està fent vell.
El principi…Jesús Li toquereja la seua orella com si enfocara un complex projector de records. Després del curt viatge al centre de si mateix arriba als seus onze anys, quan va entrar en la plantació de Pineda del Riu. De sa mare mulata va heretar la força i la diligència pel treball. De son pare oriental el respecte i la discreció. Per tals qualitats el van contractar en els bancals, per a esbrotar les plantes del tabac.
Tornar a aquells dies llunyans és acostumar-se a l'aire dens i humit d'una selva. Les fragants fulles traspuaven rosada, algunes tan frondoses que superaven la mesura d'un braç, dretes més enllà del seu cap en busca de la brillantor solar. Jornades esgotadores de robes amerades, que li deixaven els dits rovellats i la pell en pura crosta.
—Sembla mentira —pensa la taquígrafa. —Només quatre grafismes de la màquina resumixen la infància del mestís, més o menys de la seua mateixa edat, que ara gemeca com un animal ferit. —Que acabe prompte, Mare de Déu del Coure! —prega per als seu endins. —Només anhela abandonar el cau on treballa mecanografiant denúncies i delictes contra la seguretat de l'Estat o crims polítics. Quan acabe anirà a La Rampa amb la colla, a soltar els seus potents malucs, que demanen compassar un son davall la lluna melindrosa de L'Havana.
 —Concreta d'una vegada! Quan vas començar a traficar amb els llibres prohibits? —bramula amb autoritat el d'uniforme per a intimidar al seu interrogat o potser per a afirmar-se en el seu paper dominador.
Jesús Li té la boca seca, fa dos dies que no menja ni dorm, des que va morir la senyora Florinda Suárez i va començar a vagar pels foscos passadissos de la culpa. Si és capaç d'explicar tota la història, podrà descansar i pagar la seua pena.
Als setze anys, un colp de sort li va fer deixar els camps i traslladar-se a la capital. Sens dubte el millor destí per a un mestís pobre: ajudant del jardiner en una mansió de Miramar. El seu amo era un burgés asturià enriquit amb el negoci del tabac.
El xic fa un descans, com si un record se li haguera quedat barrat en la gola. És la imatge d'ella, la filla de l'espanyol, quan tot just dèsset roses fresques l’incendiaven les galtes, assentada davall el plataner amb un llibre en la mà.
La retorna impossible i bella, com sempre s'invoca el que s’ha perdut o allò que mai es va tindre. No es va atrevir a acostar-se al seu cos subtil de randes i ombrel·la blanca. Ni a mirar els seus ulls d'ensomni, que devoraven les línies mentres amb els dits les recorria, igual que s'acaronen els pètals. La veia en cada flor, en cada fruit sucós mossegat d'amagat, amb fruïció, per a aplacar la tebiesa que pujava per les cames, enfilava la columna i se li enquistava en els llavis al pensar-la.
—Senyor, confesse que en eixos mesos vaig tindre els meus primers alleujaments impurs somiant-la. 
El sergent mira de reüll a la taquígrafa que no sap molt bé com anotar aquesta última confidència. Si el jove no es centra tornaran a casa davall les estreles qui sap de quina nit. Finalment, Gabriela escriu d'un sol colp una paraula inusual per a la seua màquina: amor
—Xic, parla'm dels llibres —prega sense adonar-se'n el trastornat policia.
Jesús Li els transporta al temps de revoltes i morts que van acabar en 1959, amb l'eixida dels estrangers i dissidents. El sergent recorda bé aquells anys, inclús Gabriela, que llavors era adolescent, evoca l'algaravia dels partidaris de Fidel que celebraven la victòria en les places. Tot estava per estrenar, la solidaritat, els somnis per un món millor amb eixe eslògan de barbuts “Pàtria o Mort: Vencerem”.
Es van repartir terres i promeses als llauradors que fins llavors només menjaven les sobres. I es va fer pública la cultura. Amb la campanya d'alfabetització, inclús els pobres més allunyats en l'arxipèleg aconseguirien el seu accés a l'escriptura. Però els nous temps no s'avenien amb el capitalisme dels ricassos.
—Ella se’n va anar, senyor. Sense que poguera dir-li ni una paraula.
La seua única comunicació van ser unes senzilles margarides que ell depositava en l'engrunsadora on ella llegia. Les mateixes que la xica guardava en els seus llibres.
 —Abans d'embarcar va manar que deixaren el seu bagul en la caseta de jardineria. Me'ls va regalar. Tots eixos llibres només per a mi! Una nit vaig anar amb el meu cosí i ens emportàrem el bagul en la camioneta. El vaig amagar davall del meu llit. Per a recordar-la, sergent, només això. Ho jure!
Un any després entrà a treballar com a torcedor en una tabaqueria. Encara continuen explotant en llum els seus finestrals alts, i el sostre de bigues amb grans focus il·lumina els torns dels qui amb destres mans fabriquen cigarros. Al xic li va ensenyar l'ofici un tio seu. Col·locava les fulles una sobre una altra, les allisava bé i enrotllava un ruló estret, després tallava la mesura desitjada i donava forma redona a l'extrem del pur. Un acabament d'adragant apegava l'exterior i l'anell, a una polzada del cap, i ja estava el paquet per a les empacadores que posaven el segell de garantia. Tota una obra d'art destinada a cremar als llavis del fumador més exigent.
 En aquella empresa de cinquanta treballadors hi havia torcedors, empunyadores, empacadores i controladores de qualitat, a més dels peons de fardells que venien en camions des dels tendals d'assecat, i els distribuïdors a les empreses de venda o als vaixells del port.
—Sergent, ha de creure'm, tot va ocórrer com li vaig a dir, diguen el que diguen les proves trobades.
Eren jornades d'idèntica rutina i treball dur, monòton. Per això el règim va permetre la continuïtat d'eixa feliç idea: “El lector de tabaqueria”. Una  professió única  amb  més  de  dos-cents empleats en tota l'illa. Florinda Suárez, una antiga mestra, va ser l'encarregada d'informar, alliçonar i omplir de cultura literària aquelles hores de tediosa tasca en la fàbrica objecte de la investigació.
Jesús Li prompte es va convertir en un destre torcedor, però el seu cervell viatjava lluny junt amb la càlida veu de la dona entrada en anys i quilos, amb llengua d'àngel i bondat infinita, disposada a complaure a qui volia escoltar-la.  
 Florinda elevava a la perfecció el seu ofici singular. Mai tocava els productes acabats. Era abstèmia del fum i bona consumidora de paraules. Llegia amb timbre de góspel, des de la taula a l'entrada de la nau, d'on brollaven aventures, passions o venjances ordides en els llibres.
Les notícies del diari oficial eren de lectura obligatòria als matins. Després es recomanaven receptes de cuina i, a petició dels companys analfabets, fins es desxifraven prospectes medicinals. Completaven la jornada novel·les o poemaris permesos pel règim i la cultura oficial. Ella interpretava, convertida en l'esclava, l'assilvestrada, la insurrecta… L'ànsia de llibertat en la seua ànima transportava a cada oient de la realitat, xicoteta i anodina, al món imaginat, indòmit i etern:
Es miren, es pressenten, es desitgen,
s'acaronen, es besen, es despullen,
es respiren, es giten, s'oloren
es penetren, es xuplen, es trasmuden,
s'adormen, desperten, s'il·luminen

 Repetix el xic entre vapors de nostàlgia. La taquígrafa, amb la vista clavada en la seua màquina, acaba mossegant-se el llavi inferior i somiant sense voler.
El militar, que estava avorrit de tanta revolta, desperta catapultat per un ressort. Ha reconegut el seu adorat Oliverio Girondo en eixos verbs que aquell infeliç declama de manera sublim, com si brollaren d'una gramola inserida al seu pit.
   —Llavors se'm va ocórrer, sergent.
Un matí de primavera va decidir abordar Florinda. «Ens llegiria este capítol?, on dorm la margarida seca, per favor». La mestra va esbossar un tendre somriure de dents blanquíssims, emmarcats per la papada fosca i el colorit mocador que embolicava el seu cap i ressaltava més la pell bruna. Quan va fullejar el llibre, el seu semblant es desencaixà. «Americà!». Va mirar al jove amb estupor. «No puc llegir açò públicament, està prohibit, tacat. D'on l’has tret, xic? Guarda’l, que ningú ho veja!»
—No l'entenia, sergent. Per a mi, allò era com una carta d'amor eixida de les mans de la dona que vaig voler. Florinda m'ho va veure als ulls i amagà el llibre davall el calaix de la seua taula. Van passar tres jornades i jo sense esperança, senyor.

Per la reixa, entre els buits de les flors arrissades,
jo els veia donar colps… El soroll i la Fúria. William Faulkner.

            Van ser les solemnes paraules de la lectora al quart dia. Els empleats quedaren perplexos, alguns inclús es van espantar, però Florinda va continuar llegint com si res. El cor del jove torcedor galopava, i els seus esgarrats ulls es van cobrir d'eixa boira de les dolces ferides, que escampa la memòria per a atrapar-nos un poc més.
Amb el temps Florinda va prendre possessió d'un imperi. Tal vegada la causa perduda dels seus somnis literaris:
Paraules, paraules desplaçades i mutilades, paraules d'altres,
va ser la pobra almoina que ens van deixar les hores i els segles…

Va ressonar mesclat amb l'olor acre de la fàbrica una vesprada plujosa. «És L'Immortal de Borges», es murmurava de fila en fila com una onada entre els tabaquers. Tots experimentaven una delícia morbosa davant aquella promiscuïtat del que és prohibit.
—Borges!, però com se t'ocorregué, boig? Eixe anticomunista declarat! —El sergent sua profusament, se servix un gran got d'aigua gelada sense reparar en els ressecs llavis de l'interrogat i pregunta—: Dis-me, fill. Quins altres actes subversius es van dur a terme en eixa fàbrica?
Amb fondo sentiment el torcedor canta uns versos, apresos de memòria, mentres preparava un encàrrec d'havans especials per a la comandància:

I t'estaré esperant com en les estacions
quan en alguna part es van adormir els trens
i tal vegada tot el fum que camina buscant casa
vinga a matar encara el meu cor perdut.

 El policia esbufega; si no fóra pel carbó de la seua pell, s'hauria pogut observar l'incendi en la seua cara al reconéixer Neruda, totalment vetat en l'illa per fer una conferència per als ianquis. Gabriela ja no escriu, ha quedat petrificada, amb els seus enormes ulls fixos en els unflats del mestís.
—Vols dir que es llegia als enemics en temps de treball! —inquirix l'home d'uniforme dempeus.
—Sí, sergent, i… altres, tots trets del bagul. Els forràvem amb diaris per a dissimular, en especial els d'escriptors cubans exiliats o fugits de l'illa: Cabrera Infante, Heberto Pad…
—No seguisques! És prou —lladra el militar iracund.
La taquígrafa accelera per a poder anotar totes aquelles frases infames.
—Va ser la dona d'un empacador, senyor. Quan va veure que Florinda ens tenia tan abstrets li va entrar la banya dels zels a traïció. I la va denunciar!
Jesús Li recorda afligit aquella vesprada. La lectora explicava, segons una revista de cuina, la recepta “de l'arròs congrís” com ho feien els canaris, que li tiraven cansalada als fesols negres i amb ironia l’anomenaven “moros i cristians”, per la confluència dels grans foscos amb el blanc cereal. Ràdio Rellotge havia anunciat les sis en punt i en eixe moment va entrar la policia. No tardaren en requisar a Florinda el doble calaix de la seua taula. Allí s'amagava Vargas Llosa, Severo Sarduy, Joseph Conrad... Vint-i-quatre volums subversius confiscats i la pobra dona ofegada per la sufocació mentres la portaven detinguda.
 —Ella es va deixar anar, sergent, sense delatar-me. Aquest covard, no va saber reaccionar! De segur el seu cor dilatat no aguantà els interrogatoris i per això he sigut jo, senyor:
 Jo la vaig matar amb el meu silenci!
Plora l'infeliç exhaust, recolzat el seu front sobre la taula i l'ànima encabritada, perquè patix dos absències.
Les dades forenses reconeixen l'infart com a causa de la mort. Inexpressiu, l'home d'uniforme les mira. Recorda la seua joventut, quan es deixava arrossegar per les utopies, com eixos éssers que no arriben mai a temps a l'amor o a la felicitat. Pensa llavors en la transparent mordassa que cobrix totes les coses i es convenç: tal vegada la terra i els seus habitants són només paraules que entren i eixen dels somnis. Paraules com a criatures d'illa, rodejats de mar per tot arreu. Després murmura alguna cosa a la taquígrafa, ella dubta un moment i transcriu la sentència a màquina.
La vesprada eleva la llum i tot va quedant-se en silenci, només cimbra la veu de l'oceà i la percussió llunyana dels bars. Gabriela col·loca la confessió sobre la taula, l'interrogador allarga un bolígraf i Jesús Li, analfabet i trist, signa amb una creu.
Davall les últimes brases de l'horitzó és posat en llibertat sense comprendre res. Mai sabrà que el final de l'informe li exonera de culpa. Florinda Suárez és morta sense remei i, a criteri del sergent, l'intent de subversió al règim ha sigut emmudit.
Gabriela hauria remenat els seus poderosos malucs en la timba El Corb a ritme de guaracha, amb la mateixa rapidesa i precisió que gasta a les mans alades. En compte d'això, espera il·lusionada al poètic i tendre Jesús Li després de la reixa del quarter. Ara té una tasca més peremptòria que ballar mambo: ensenyar-li a llegir i escriure amb tota la paciència de l'amor.
Una lluna immensa és prou llum per al sergent que acaricia aquell llibre de fum; ho va dissimular ben bé davall el seu uniforme en la requisa al bagul del «ignorant erudit». Es delecta en veu alta, entre la solitud de la seua hamaca i un cert sucre a la boca com d’aliment per al cor:
El que em va resultar més dur, va ser tindre pensaments d'home lliure...  L'estranger - 1942. Albert Camus.
Per primera vegada en molt de temps somriu i alça un got a la memòria de Florinda. Dona fascinant sens dubte. De les que saben volar.

miércoles, 23 de agosto de 2017

XXII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2017

 XXII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA 

“REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2017

MODALIDAD: GENERAL

GANADOR: JORGE SAIZ MINGO

Jorge Saiz Mingo nació en Burgos en 1964. Está licenciado en Filología Francesa por la Universidad del País Vasco. Se define como un auténtico esclavo de la literatura y un iluso que cree que algún día la gente volverá a leer como antes. Lector voraz y cuentista disciplinado fantasea a diario con tramas reales y ficticias para eludir el acoso de la televisión y el fútbol.

Dentro de su trayectoria literaria destacan, entre otros,  el Premio de El Rosario de Santa Cruz de Tenerife en el 2016 y el Premio del Ateneo Sanlúcar de Barrameda en el 2017.

Tiene diversos libros de narrativa publicados, como Registro de Penados, La hora de los padrastros, Usted no se acordará de mí y Por decirlo de alguna manera.  

SALVACIÓN

Francisco había dormido fatal, sitiado por un ejército de pesadillas horrorosas, como todas las noches de los viernes de los últimos veinticuatro meses. Sin embargo, se levantó a las siete y media de la mañana, siempre fiel a la disciplina del sábado, el día que visitaba a su esposa por la tarde en el siquiátrico. Desayunó un zumo de naranja y una manzana, se lavó los dientes y se puso el traje de ciclista. Cogió la bicicleta de la terraza, la metió de pie en el ascensor y pulsó el botón de la planta baja. Empotrado en el habitáculo junto al vehículo, contento de poder hacer lo que realmente le apetecía, pensó en el chaparrón de reproches incesantes que ella le regalaba cada vez que iba a verla. No le había quedado más remedio que ingresarla, dos años antes, en una clínica dedicada en exclusiva a las patologías mentales. Desvariaba a diestro y siniestro, confundía la leche con el vino y lanzaba andanadas de juramentos inefables sin venir a cuento. No reconocía los hechos a posteriori, rezaba el rosario a diario arrodillada en el bordillo de cualquier calle y escribía cartas al director del diario de la ciudad con quejas inverosímiles propias de un ser desnortado. En el centro asistencial seguía armándolas pardas. Chinchaba e insultaba a todo bicho viviente y, a las primeras de cambio, se contoneaba por las instalaciones con el culo al aire. Repetía citas filosóficas copiadas de sus abundantes lecturas, apiladas sin tino ni concierto en la superficie ilimitada de la memoria, y se creía una deidad en pleno apogeo zambullida en el cosmos ignorante de los humanos. Comía de cualquier manera, macerada en una descortesía inaudita, a veces con los dedos, en un intento de rebeldía adolescente contra las reglas del poder establecido. A menudo tiraba por el retrete las cuatro pastillas que precisaba ingerir a diario y, si nadie lo impedía, se las ingeniaba para atascar adrede cualquier lavabo que estuviera a su alcance. Tras la periodicidad de las charlas con el director, esgrimía una cara de cordera degollada y luego, al salir a la frescura del jardín, se bajaba las bragas con agilidad de gacela, mostraba la gallardía rosada de los glúteos a los presentes y orinaba con afán destructivo sobre los esquejes de las flores plantados por la mañana por el operario de servicios.

            

    Me pones en el disparador, Paco, y las carantoñas de antaño desaparecían por el sumidero del delirio, la paz inverosímil, los empellones de la cordialidad estampados contra el muro de la insolencia.

            

    Francisco llegó al zaguán y, dado que ya había amanecido del todo, vio la luz del día filtrada a través del cristal de la puerta del portal. Nada más pisar la acera, se ajustó el casco, se calzó las gafas de sol y comenzó a pedalear. Se trataba de una afición que le venía desde la niñez. En aquel entonces, además de al ciclismo, consagraba el tiempo libre a jugar al escondite con los chavales del barrio, a desear toquetear las partes pudendas de las compañeras de correrías y a repasar las tablas de multiplicar con los naipes en los rellanos de la escalera de la casa paterna. No había sido un chico conflictivo. Sacaba notas dignas, obedecía a bote pronto y no exasperaba a los progenitores con ristras de peticiones rocambolescas. Se enamoró de una vecina coetánea de ojos saltones y curvas prematuras que vivía dos portales más allá del suyo. Ella no le hizo el menor caso y él se creó un universo de fantasías pueriles desembocadas en el aluvión de las poluciones nocturnas. Con frecuencia la celaba, de matute, disfrazado de espía al servicio de los impulsos hormonales, y nunca se atrevía a dar el paso definitivo de abordarla. Jamás habló con ella. Le escribió docenas de cartas (todavía conservadas en un altillo dentro de una caja de recuerdos impúberes) que no envió por miedo a la catatara de las consecuencias. Dos veranos antes, por azar, la había visto transformada en una madre redondeada por el torno irrebatible de los lustros. Se saludaron con las cejas, separados por un paso de cebra con el muñeco del semáforo a punto de rojear, sin ninguna mercancía que intercambiarse en las alforjas de la existencia. Ella llevaba un rapaz prendido de la mano derecha y una bolsa de la compra atestada de verduras en la izquierda. No se detuvieron, pero al cruzarse en medio de la calzada, él percibió un olor a colonia antigua, un aroma agradable que encendió las alarmas del pasado en sus fosas nasales de hombre melancólico.

            

    Me pones en entredicho, Paco, y el ronroneo de las mentiras patinaba en el hielo de las desavenencias, el futuro avinagrado, el fulgor de las payasadas deslumbrante durante las visitas sabatinas.

            

    Cincuenta minutos más tarde, con las nubes de contaminación de la ciudad dejadas atrás, emprendió la ascensión de un puerto de montaña. Acompasó la respiración con el ritmo de las pedaladas y conjuntó el frufrú de los resuellos con la belleza pletórica de las laderas. Conocía la zona al dedillo, de otros sábados, pero no se cansaba de admirar la quietud sin parangón de los cajigos ni el matiz ocre de las mohedas. Hizo una parada técnica tras superar un repecho especialmente empinado y bebió un trago largo del agua con minerales que portaba en el bidón adosado al cuadro de la bicicleta. Escupió sobre las chinas de la gravilla del margen de la carretera y continuó con la subida. Tres horas después de haber empezado a pedalear, llegó a la meta de la cumbre. La vista desde allí arriba era magnífica. Los campos se extendían infinitos, sosegados, clasificados en polígonos asimétricos verdes o amarillos, planos como tablas de río. Una bandada de buitres volaba en cercanos círculos majestuosos, sin duda alrededor de una carroña divisada con el don de la vista prodigiosa, atentos a la exclusividad indomesticada de las circunstancias. No había nadie en lontananza, ni coches ni personas, solo la madre naturaleza empecinada en exhibir lo mejor de sí misma. Se comió el plátano y las nueces ya peladas con hambre auténtica, la pureza del aire mirífica, los sentimientos de la soledad indescriptibles. Le hubiera encantado quedarse allí todo el día, lejos de las garras de los compromisos conyugales, sin tener que acudir a la penitencia semanal del siquiátrico. Sabía que era imposible de todas todas, pero el perfil de una sonrisa se dibujó en la satisfacción del gesto mientras se lo figuraba. Amusgó los ojos y vio cómo las rapaces, posadas ya en torno al animal muerto, disfrutaban de un banquete de órdago gracias a la potencia de los picos. La peculiaridad de la escenografía se asemejaba a un documental de la televisión y el imperio tajante del silencio la pintaba con el lustre impoluto de la autenticidad.

            

    Me sacas de mis casillas, Paco, y la pujanza de la antipatía se esponjaba rauda, las tardes eternas, el tiento de las bromas cortado a cercén.

            

    Bajó por otro sitio para completar una ruta circular y volver a la ciudad. Moderó un poco la velocidad al advertir una franja de niebla en medio de la calzada, las zapatas revisadas, el egoísmo de los peligros real. Controlaba el manillar con precisión de puntillista gracias a la firmeza de los brazos y gozaba al romper el aire con el espolón de la bicicleta. Algún que otro insecto se le estrellaba contra las arrugas de la frente, pero eso era lo de menos. Ningún placer en el mundo mejoraba al ir a toda pastilla cuesta abajo. No pensaba en nada ni en nadie, solo se regocijaba, a palo seco. El firme, alquitranado recientemente por una máquina de competencias provinciales, según un cartel alardoso clavado a la vera de la cuneta, se imponía en las escasas y cerradas curvas. Al llegar a una de ellas, frenó con suavidad y, en el momento de girar, la vista se le fue hacia los arbustos de la derecha. Entonces, a unos veinte metros de la carretera, le pareció ver un coche patas arriba. De entrada imaginó que era un espejismo provocado por los rayos arrogantes del sol, pero cuando se detuvo del todo, vio que no se había equivocado con la primera impresión. Se quedó perplejo durante unos segundos, la magia del descenso rota, las ramificaciones de la sorpresa inesperadas. No se oían gemidos que alertaran de presencias humanas y los trinos de los pájaros colindantes interpretaban la melodía aparatosa de la normalidad. Se apeó de la bici y se acercó al lugar del desastre con lentitud de depredador, empapado de sudor, desconcertado, tratando de no ortigarse la desnudez de las piernas. Avanzó entre los matorrales a través del pasaje creado por las vueltas de campana del vehículo, sintiendo miedo de encontrarse de sopetón con cadáveres decapitados o extremidades escindidas. Nunca le habían agradado las películas de terror que incluían sangre a tutiplén, los monstruos hematófagos, los detalles de las mutilaciones escabrosos. Entretanto la tranquilidad del lapso descollaba inconmensurable y los porqués del accidente deambulaban invisibles entre las hojas dentadas de los árboles.

            

    Me pones del hígado, Paco, y el quiquiriquí de las rencillas se deslizaba por el tobogán de la hartura, las contradicciones chamuscadas, las llamas del desabrimiento azuzadas por el atizador de la rabia.

            

    El todoterreno era un modelo moderno, de color gris marengo, dotado de cuatro ruedas gigantescas, y parecía intacto a primera vista. No había lunas destrozadas ni parachoques abollados. En el asiento del conductor, boca abajo, se apreciaba la presencia de un bulto inerte. Francisco se arrimó más y vislumbró una cabellera cobriza despeluzada pegada a la cuadratura de la ventanilla. Era una fémina joven, desmayada o muerta, con el cuerpo de espaldas encogido en una postura insólita, y no se le veía el rostro. El tictac de las luces de avería, acaso automáticamente disparado a raíz del golpe, imprimía una cadencia de muelle bien engrasado a la fatalidad del momento. Tomó el móvil de la mochila que llevaba en la espalda, pero por desgracia no había cobertura en la zona. Buscó un pedrusco para intentar liberar a la mujer de la cárcel de la carrocería y no halló ninguno en las inmediaciones. Tornó a la carretera con los nervios a flor de piel, echó un vistazo a ambos lados por si alguien se aproximaba y asumió que estaba solo en el mundo ante la dictadura vehemente del siniestro. Quería reaccionar y no sabía por dónde empezar. Al cabo cogió una piedra de aristas puntiagudas y regresó hasta el coche. Aporreó el vidrio con brío de coloso, obtuvo la recompensa ridícula de unas grietas externas y se quedó más decepcionado que un infante sin chocolate con churros en una tarde decembrina. Entonces vio un portabebés medio oculto en el asiento del copiloto. Los cinco dedos minúsculos de una manita blanca como la leche surgían de la penumbra y trocaban la calma de la atmósfera por una balumba de urgencias. Rodeó el vehículo vapuleado por una prisa de histérico y descubrió con estupor que el cristal de la ventanilla estaba un poco bajado. Metió el brazo por el espacio libre, palpó la ropa que envolvía a la criatura y tocó la blandura de una carne facial aún sin hacer del todo.

            

    Me pones en un brete, Paco, y el zambombazo de las recriminaciones estallaba durante el mal trago de las visitas, los embrollos peliagudos, el busilis de las remembranzas finiquitado.

            

    Francisco se agachó más para poder actuar con mayor eficacia y se topó con las facciones atónitas de la mujer. No cabía ninguna duda del óbito, los iris petrificados, el arrebol de los mofletes abolido de un plumazo. No obstante, el niño estaba vivo y en ese instante los espeluznos del silencio se quebraron con el aguijonazo de un llanto inopinado. Fue un sonido agudo, límpido, casi irritante, sumergido en el maremagno tormentoso de la desdicha. Introdujo el otro brazo y trató de sacar al bebé con meticulosidad de tasador de rubís. Apretó el cristal hacia abajo con todas sus fuerzas, pero era literalmente imposible, con la contundencia del accidente bloqueando a conciencia todos los sistemas eléctricos. Pasó la yema de los dedos por la epidermis del rorro, sin poder verle la cara, y se le puso la piel de gallina al constatar que el porvenir de aquel angelito dependía de su capacidad de reacción. Fue hasta el maletero, por si encontraba una barra o algún otro utensilio apropiado para hacer palanca, aunque también estaba cerrado a cal y canto. Probó de nuevo con el maldito móvil, pero estaba claro que ese sábado la tecnología se ponía al servicio del infortunio. Pensó que el crío quizás llevaría toda la noche a la intemperie y fue a por el bidón de la bici para aliviarle la sed. Se mojó los dedos, los posó sobre la inocencia de los labios infantiles y, estremeciéndose, percibió cómo la lengua diminuta le lamía el estropicio de los padrastros. Estaba delante de la vida y de la muerte, transformado en otro dios distinto al de unos minutos antes mientras descendía a toda mecha por el abajadero de la carretera. Colocó al chiquilín lo más cómodo posible mediante una maniobra compleja y fue a buscar otro pedrusco mayor. Al fin encontró un ejemplar adecuado, sepultado a medias, y le costó horrores extraerlo porque la tierra estaba dura y reseca. Ante la posibilidad de herir al bebé, se plantó delante de la ventanilla de la conductora y, con las manos empercudidas como un hombre de las cavernas, observó de qué modo la impasibilidad del cielo se mantenía ajena a las tribulaciones de la humanidad.

            

    Me pones de mil colores, Paco, y el miramiento de la relación se hundía en el naufragio de las jornadas, las vicisitudes fraudulentas, la importancia del pretérito quebrantada.

            

    A fuerza de un sinfín de golpetazos, Francisco logró romper el cristal. Quitó los añicos con delicadeza supina y comenzó a sacar el cuerpo de la mujer. Pesaba de lo lindo. Tiró de las axilas con vigor de titán, las muñecas frías, la alianza del anular amustiada. En la pernera derecha del pantalón vaquero se apreciaba una mancha numular oscura y en los pies, descalzos, destacaban unas uñas pintadas con un fucsia vívido. La blusa malva se desabotonó y dejó a la vista la turgencia de dos senos de primípara joven. Era guapa, sin aditamentos cosméticos, convertida en esos momentos de tensión extrema en una heroína de carne y hueso dentro de una película con desenlace trágico. Sin embargo, no tenía tiempo para soñar con la dispersión del sexo. La tumbó al lado del tronco de un quejigo, la calibró durante un instante efímero, consciente de que aquel visaje de hermosura extinta jamás se le borraría de las páginas de la memoria, y retornó enseguida a la tarea de libertador. Penetró a rastras en el vehículo volcado y se rozó la desnudez de los muslos con diminutos trozos de vidrio todavía pegados a la ventanilla. No sintió dolor al reptar por el interior en busca del crío que continuaba llorando, pero se quedó de piedra nada más verle la cara. En los ojos rasgados del querubín se adivinaba un origen oriental. Anclado en medio del océano de la estupefacción, Francisco repasó en una fracción de segundo las capitales de unos cuantos países del continente asiático y tuvo auténticos problemas para recordar que Yakarta era la de Indonesia. Su mente se alejó de la adversidad a la velocidad de la luz, viajó hacia atrás entre el amasijo de los años y se detuvo en la tarde de un otoño remoto. Estaba sentado junto a su mujer, mucho antes de la ingratitud cruel de los descarríos, en el sofá donde disfrutaban de las películas de los domingos, turbados ambos con la historia de una pareja francesa que había ido a Camboya para adoptar un niño. Los incordios de la burocracia estatal se complicaban hasta límites insospechados y el amor de los futuros padres se agitaba por el zarandeo crudo de las incertidumbres. Ese día, tras apagar la tele, se fueron a la cama con la sensación de haber compartido la ambigüedad de una ficción con final chocantemente infausto y durmieron más juntos que nunca.

            

    Me pones de los nervios, Paco, y el barco de papel de las reconvenciones zozobraba en el pozo de las discrepancias, el varapalo de las marejadas categórico, el porqué de la incomunicación despotricado.

            

    A pesar de aquellos recuerdos venturosos, cuando tuvo al bebé en los brazos fuera del todoterreno, no supo qué hacer con él, con el cricrí de los vagidos, terminado por arte de magia, aliándose con el gobierno impiadoso del astro rey bajo el azul cerúleo del cielo. Su mujer siempre había querido tener hijos, incluso desde el principio de la relación, pero él se negó en redondo, arguyendo que ya existían demasiados desgraciados en el planeta para encima traer uno más. Ahora, a punto de cumplir la nada despreciable edad de medio siglo, pensó que quizás aquellos noes tozudos habían contribuido a desatar o a espolear la enfermedad mental de su consorte. Contempló la criatura que emergía con vitalidad incólume entre el desgarro de los padrastros y se emocionó como cuando, siendo un mocoso que apenas levantaba un palmo del suelo, se padre le regaló su primer triciclo. A renglón seguido, echó una última ojeada a la madre exánime que ya no podría desempeñar las funciones de genitora y regresó hasta donde permanecía la bicicleta, a sabiendas de que los avatares de aquel sábado iban a cambiarle la vida. Vació la mochila, se la colocó delante del pecho, arropó al bebé con el chal en el que estaba envuelto y lo encajó dentro de ella con escrúpulo de cirujano. Dejó la tapa abierta para facilitar la respiración y continuó con el descenso, más despacio que nunca, sin volver la vista atrás, con las pupilas hincadas en el éxtasis del horizonte y el corazón afincado en la heredad de la esperanza. No se sentía un ladrón de niños, sino un hombre consecuente en pos de la salvación, capaz de ir al siquiátrico a ver a su esposa y presentarle al nuevo miembro de la familia.

XXII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA "REAL VILLA DE GUARDAMAR", 2017

 XXII CONCURSO DE NARRATIVA CORTA 
“REAL VILLA DE GUARDAMAR”, 2017

MODALIDAD: IGUALDAD DE GÉNERO

GANADOR: CARLOS FERNÁNDEZ SALINAS

Carlos Fernández Salinas, natural de Gijón, es marino y trabaja en el campo de la seguridad marítima. Ha publicado artículos relacionados con su profesión en la práctica totalidad de publicaciones del sector. Es autor del libro Los abordajes en la mar y coautor de Los servicios de tráfico marítimo


En narrativa ha resultado vencedor de treinta y dos premios literarios entre ellos el de Guardamar del Segura, premio que obtuvo en el año 2011 con el relato titulado Elisa. Es autor del libro de cuentos Lo que la mar esconde y de la novela Los marinos prudentes leen las olas entre paréntesis, editada por RBA.



AL SOCAIRE DEL VIENTO

Siempre que el viento de la sierra descuidaba sus quehaceres para descender jadeando entre las copas de los pinsapos y las herrumbres del cortijo, mi madre se despertaba con el corazón agitado. El mismo suspiro, la eterna duda: «¡Mi niña! ¿Qué será de mi niña?». Con los pies desnudos, mamá caminaba hasta la ventana y tras abrir los pesados postigos(en Grazalema ninguna hacienda tenía persianas), pegaba la nariz al frío cristal. En movimientos certeros los brazos del viento doblegaban árboles y matorrales. Ella volvía a suspirar: «¡Mi niña! ¿Qué será de ella?». Desde la cama mi padre le rogaba que volviera junto a él al lecho, que yo ya tenía edad suficiente para cuidar de mí misma. Pero ella seguía escudriñando tras el cristal en un intento desesperado por calcular el espesor de las nubes, de noche siempre lóbregas.

            Días después, cuando la distancia a tierra me permitía llamar por teléfono a casa, sus palabras derramaban angustia:

            —¿De verdad que estás bien, mi niña? Pero dime, ¿dónde te sorprendió la tormenta?

            Por enésima vez yo tenía que explicarle que el viento que hiciera en la sierra de Grazalema nada tenía que ver con el que pudiera soplaren mar abierto a cientos de millas de distancia, pero mi madre no entendía, o no quería entender, más bien esto último. Era su particular manera de recordarme que ella nunca aprobó aquella estrafalaria idea de hacerme marino.

            Un marino de la sierra de Grazalema, ¡para colmo mujer!, demasiadas novedades para una familia de ganaderos acostumbrada a vivir durante generaciones de la cordura que impone la prudencia. La gente del campo le tiene tirria a las novedades. Para ellos es tentar a la suerte, cosa de tahúres. Bastante tienen con enfrentarse a los caprichos de la naturaleza, que no son pocos. Desde que tengo uso de razón mi madre soñó con que yo fuera enfermera. En sus fantasías me veía regresando a Grazalema de brazos de un joven médico que se habría enamorado de mí nada más verme trabajando en el Hospital General de Jerez. Él viajaría hasta el pueblo para pedir solemnemente mi mano, porque mi futuro marido tenía que ser tradicional ya ser posible de buena familia, si bien esto último no era condición sine quanon. En cualquier caso celebraríamos la boda en Grazalema yo vestida de blanco y él de riguroso chaqué, como mandan los cánones. En sus quimeras mi madre no dejaba nada al azar. De ahí lo importante fuese que primero me hiciese enfermera. En cuanto tenía ocasión me dejaba entrever que ella y mi padre habían ahorrado, no sin esfuerzo, una cantidad de dinero suficiente para que yo pudiera estudiar sólo preocupándome de los exámenes. En mi inocencia yo me prestaba a ese juego, pero según pasaban los años descubrí lo poco que me gustaban los estetoscopios, las jeringas y los guantes de látex, y lo mucho que deseaba conocer el mundo oculto tras los riscos de la sierra. Paradójicamente cuanto yo más me alejaba del dispensario, más cerca veía mi madre a su hija enfermera del brazo de su gentil yerno, manojo de virtudes donde los hubiere. Bajo el panorama descrito, ¿cómo osar a dejar caer el más mínimo comentario acerca de mi verdadera vocación?

Una vez terminaban el instituto, los jóvenes de la comarca que tenían pensado seguir estudiando viajaban a Cádiz, Málaga o Sevilla a preinscribirse en aquellas facultades en que deseaban matricularse. Eso sucedía a finales de junio, tras haber superado la selectividad. Como la Escuela de Náutica de Cádiz apenas tenía solicitudes, no era necesario hacer preinscripción alguna, pero la ausencia del viaje hubiera levantado sospechas, así que le dije a mi madre que me iba a prematricular en enfermería y me acerqué a Cádiz a hacer el paripé. Regresé asegurando que lo había dejado todo atado y bien atado, pues habida cuenta de mi expediente académico no iba a tener problema alguno para entrar. La idea no era otra que matricularme en Náutica y decir en casa que estaba estudiando enfermería, al fin y al cabo las dos carreras se cursaban en la misma ciudad. Pero según se acercaba la hora de partir la conciencia me impidió continuar con la farsa. Además de injusto, aquello era una temeridad, pues cualquier joven de la comarca que estudiase en Cádiz podría hacer un comentario que tarde o temprano llegaría a oídos de mi madre. Así que senté a mis padres en el escaño y les anuncié que desechaba la idea de ser enfermera para convertirme en marino mercante. Papá se aupó de hombros, como si aquello no fuera con él, bastante tenía con preocuparse de las cuitas del ganado, pero el efecto que mis palabras causaron en mi madre fue equivalente al de una bomba de napalm. Llegó incluso a ridiculizarme:

            —¡Pero qué piensas hacer tú en un barco entre tanto hombre! ¿Realmente crees que es una profesión para una mujer respetable?

            Yo era joven y obstinada. Mi padre siempre decía que mi carácter más le recordaba a una mula del establo que a una hija suya. Aunque por motivos de protocolo familiar papá y mamá formaban un frente único e inexpugnable, obviamente él no era el problema. Centré todas mis fuerzas en el verdadero escollo y durante días mantuve un pulso titánico con mi madre. Al verme tan decidida, ella decidió cambiar de estrategia. Debió calcular que lo de hacerme marino era una fantasía de niñata y que la cordura que caracterizaba a las mujeres de mi familia acabaría imponiéndose. Así que una semana antes de que finalizara el periodo de matrícula, en una de mis arremetidas me dijo que hiciera lo que me viniera en gana, dando por zanjada la contienda. No obstante, más que a un armisticio, aquello dio comienzo a una guerra fría. Cierto que durante los años que estudié la carrera puntualmente me giraron dinero suficiente para que estudiase con dignidad, y que cuando subía a Grazalema me recibían con la alegría propia de unos padres que quieren a su hija por encima de todas las cosas. Ahora bien, jamás me preguntaron cómo iba en los estudios o qué perspectivas de futuro se me presentaban. Jamás. Aquello era tema tabú. Tal vez mamá seguía aguardando a que en unas vacaciones yo llegara a casa y le comunicara que me rendía a la evidencia y que el curso siguiente me matricularía en enfermería. Pero para su pesar aprobé año tras año, y aunque peque de inmodestia, en Navegación, Teoría del Buque y Maniobra, obtuve las máximas calificaciones de mi promoción.

            Y llegó la hora de mi primer embarque como oficial en prácticas, lo que en los buques mercantes se denomina “alumno de puente”. Encontré plaza en un buque quimiquero llamado el “Patricia del Mar”. A bordo era la primera vez que enrolaban a una mujer, y como había otro alumno, con el que teóricamente me correspondía compartir camarote, en una decisión sin precedentes me cedieron el camarote del armador. El camarote era muy espacioso, casi tanto como el del capitán, y como el dueño del barco nunca había pernoctado en el “Patricia del Mar”, el mobiliario estaba a estrenar. Yo temía que tal prebenda a la larga jugara en mi contra, que la envidia es una planta venenosa que florece en el corazón de las personas, así que me esforcé en estar al nivel de las circunstancias, y he de confesar que no fue fácil, pues en la carrera nos habían preparado para todo salvo para lo más importante: cómo convivir en un espacio tan reducido, porque en un barco, te caigan mal o bien, te encuentras por los pasillos con tus compañeros de trabajo las veinticuatro horas del día, los siete días de la semana. Cualquier mínimo roce, por nimio que éste sea, se magnifica hasta los límites del absurdo. Si tras una desavenencia entre tripulantes se formaban dos bandos, o estabas con unos o con los otros, la famosa equidistancia aristotélica brillaba por su ausencia.

Uno de los aspectos inherentes a la vida a bordo era la división jerarquizada del trabajo. Por una parte estaban los oficiales, grupo al que yo pertenecía en su rango inferior. Nuestros camarotes se ubicaban en las partes altas del buque, y comíamos en una cámara aparte, con el capitán. Los subalternos se alojaban en los camarotes bajos, y tenían su propia cámara, donde reinaba un ambiente festivo y jovial que a mí me llamaba poderosamente la atención, por lo que me dejé caer por ahí en más de una ocasión. Los oficiales me resaltaban la importancia de mantener las distancias con la marinería. Ya ven cómo le puede sonar esto a una chica de poco más de veinte años, así que poca atención le presté a lo que para mí era un rancio consejo. Una tarde que navegábamos a la altura de Las Sisargas, el capitán me llevó a un aparte.

—Al que ostenta el mando no se le respeta por sus cualidades personales, sino por el cargo que representa. Sé que esto te será difícil de entender, pero más vale una mediocre decisión tomada a tiempo por un incompetente, que cinco brillantes soluciones flotando en el aire en espera de un consenso. El mar es rápido y violento, además de impaciente. Quien ha de obedecerte en una situación de peligro, antes que a un amigo, debe ver los galones que luces en las hombreras.

Las prácticas para la obtención del título profesional duraban un año. Yo las hice en tres tandas, entre las cuales regresaba a Grazalema. Como era de esperar allí mis padres me esperaban con los brazos abiertos, no obstante, nunca me preguntaban nada sobre mis viajes. Por contra, los vecinos del pueblo sí que querían saber sobre peripecias marinas, pues de todos los jóvenes de la sierra yo había escogido la profesión más exótica. Era muy frustrante hablar con todos sobre mis aventuras por los mares, y llegar a casa y no poder pronunciar palabra. A veces forzaba la situación y bajo la más banal de las disculpas les empezaba a contar a mis padres mi vida a bordo. Entonces de repente a mi madre le surgía algo urgente que hacer en otra habitación y mi padre (por no contrariar a su esposa) regresaba al establo. Llevando la situación al límite, yo perseguía a mi madre por los pasillos y mientras ella se ponía a limpiar un mueble o hacía que buscaba cualquier utensilio, le recitaba los puertos que había visitado, anécdotas hilarantes de los tripulantes, los menús del cocinero… Había que vernos a los dos. Una hablando como una metralleta y otra haciendo como si no escuchaba. Tal que así, que cuando yo la llamaba desde el barco sólo había un tema náutico sobre el que ella estuviera dispuesta a hablar: el viento y la fuerza con la que nos acometía.

La compañía armadora donde hice las prácticas me contrató al final de las mismas. El escalafón establece que empieces de tercer oficial, si bien al cabo de dos campañas ascendí a segundo. Las cosas me iban viento en popa, valga la redundancia. Tenía dinero en el bolsillo y un trabajo que me apasionaba. Cierto que un nombre femenino destacaba en la lista de tripulantes con luces de neón, si bien he de puntualizar que a veces no era la única mujer a bordo. Me explico: de aquélla era frecuente que las esposas de los marinos los acompañasen en sus viajes por un espacio de una o dos semanas, a veces más. La reacción de éstas al verme desempeñando un cargo hasta entonces reservado a sus maridos era dispar. Tras la sorpresa inicial la mayoría me animaba a seguir en el empeño, pero también sé que algunas lo reprobaban para sus adentros. Es triste reconocerlo, pero muchas de las miradas desalentadoras que percibí, pertenecían a ojos de mujer.

Otras de las ocasiones en las que los familiares pernoctaban a bordo era cuando el barco tocaba puerto español. Había escalas que sólo duraban unas horas, pero para ellos el esfuerzo merecía la pena. Mis padres nunca vinieron a visitarme mientras estuve embarcada, y eso que hice varias entradas en Algeciras y Málaga, que quedaban relativamente cerca de Grazalema. El ver cómo los familiares de mis compañeros subían por la escala con la ilusión prendida en sus rostros me hacía sentirme terriblemente sola.

Al cabo de un tiempo la compañía armadora compró un buque de segunda mano y me ofreció que yo fuera la primer oficial. El vértigo me atenazó durante días. Aquello eran palabras mayores. El primer oficial es el alma de un barco. Es él quien organiza el día a día. Los trabajos, la limpieza, el arranche de las bodegas. Demasiada responsabilidad para una joven que no había cumplido los treinta. Hablé por teléfono con el jefe de personal de la naviera, y aunque le agradecí la deferencia que había tenido conmigo, le comuniqué mi negativa a asumir el cargo. Su respuesta estuvo exenta de cualquier atisbo de cariño.

—Llevas cinco años con nosotros. Muchos hombres han ascendido en menos tiempo. ¿Pretendes decirme que he de ser más paciente con vosotras?

Acepté pero no por mí, sino por las miles de mujeres que luchan cada día por abrirse un hueco. De esta manera tan pusilánime me hice primer oficial de un buque portacontenedores. El trabajo era exigente hasta la extenuación. Las guardias me rompían el sueño y los imprevistos aún más. Los contenedores se cargan y descargan muy deprisa. En puerto apenas estábamos un día, a veces media jornada, y los festivos en que las terminales no trabajaban, la compañía se las arreglaba para que el buque se mantuviese navegando. Profesionalmente crecí muchísimo, tanto que al cabo de año y medio la empresa me ofreció ser capitán de ese mismo barco. En esta ocasión no le di al jefe de personal la oportunidad de humillarme.

El nombramiento de una mujer capitana supuso una auténtica revolución, no sólo en mi barco. Cuando arribábamos a puerto, algunos periódicos locales querían hacerme entrevistas, a las que siempre me negué. Ningún periodista supo refutar mi argumento:

—En este puerto entran cada semana decenas de barcos mandados por hombres y nunca les hacéis un reportaje. Sólo se consigue verdadera igualdad cuando se deja de ser noticia.

Me es muy difícil describir qué se siente cuando se es capitán de un navío. Tú tomas en solitario las decisiones pero cualquier error condena a toda la tripulación. Y lo más llamativo es que un capitán no puede dudar. Mejor dicho, nadie debe verte dudar. Todo lo tienes que hacer como si estuvieras plenamente segura de lo que te traes entre manos. Da igual el asunto del que se trate. Eres una suerte de oráculo. No puedes siquiera consultar a quien tienes a tu lado, pues esa mínima consulta se interpreta como un síntoma de debilidad. Cuántas veces me acordé de aquel sabio consejo que en su día me dio el capitán del “Patricia del Mar”, lo que él denominó la soledad del mando. Los tripulantes se deshacen en atenciones, te adulan, se ríen de tus chistes sosos, pero apreciarte, lo que se dice apreciarte, uno o dos a lo sumo.

Fue durante mi primer embarque como capitán cuando recibí la noticia de la enfermedad de mi madre. Yo sabía que andaba con sus achaques, pero no que la situación fuese grave. Mi padre me puso un escueto telegrama en el que me pedía que le llamara lo antes posible. Lo hice en cuanto el barco estuvo a una distancia de tierra que permitía mantener una conversación. Papá me confesó que no me había dicho el verdadero alcance de la enfermedad porque poco iba a poder hacer yo en la distancia sino preocuparme. Desgraciadamente, la situación que en principio se creía estable, de repente se complicó hasta el punto de que la habían internado. «Tienes que venir», terminó diciendo y yo sabía que papá nunca hubiera pronunciado esas palabras de no haber sido absolutamente necesarias.

Desembarqué en Las Palmas donde tomé un avión para Jerez. Nada más aterrizar le rogué a un taxista que se dirigiera a toda prisa al Hospital General. En el puesto de enfermeras de la 8ª planta pregunté en qué habitación se encontraba mi madre. Me atendió una chica que tendría más o menos mi edad. Inevitablemente pensé que aquella enfermera bien podía haber sido yo, y que de ser así, mi madre hubiese sido la mujer más feliz del mundo. Me entraron unas ganas irreprimibles de llorar. Cuando balbuceando le apunté el nombre de la paciente, la enfermera elevó el rostro con expresión de sorpresa:

—¡No me lo puedo creer! —La joven se giró hacia la compañera que estaba sentada en el puesto contiguo—. ¡Mira quién tenemos aquí, la hija de Remedios!

—¿La capitana? —Las dos se levantaron y tras darme un beso se ofrecieron a acompañarme hasta la habitación.

—Qué ganas teníamos de conocerte. Tú madre no deja de hablarnos de ti. No veas lo orgullosa que está de su hija, “la capitana”.

Yo no daba crédito. Las enfermeras llamaron la atención a un médico que caminaba presuroso por el pasillo. Cuando le informaron que yo era la hija de Remedios, el hombre se detuvo en seco.

—Podría recitarte de memoria los barcos en los que has estado. ¿Cómo se llamaba aquel capitán que te daba consejos ¿don Guillermo? Gracias a tu madre aquí eres toda una celebridad. —El médico terminó la frase con un halo de tristeza en sus ojos que yo supe interpretar.

Entré en la habitación trastabillando. Mi padre estaba en la cabecera, acariciando el rostro de mi madre, consumido y pálido. Cuando me acerqué para besarla, mamá tuvo fuerzas para abrir los ojos:

—Ayer estuvo soplando mucho viento… mucho, mi niña. Retumbaban los ventanales. Tuviste que oírlo…

Entonces lo entendí todo. Mi madre siempre había tenido razón: allá donde yo estuviese por fuerza soplaría el mismo viento que ella tenía a su alrededor, porque en realidad yo no navegaba en mar abierto a cientos de millas de distancia, sino junto a ella, en un lugar privilegiado de su corazón. Al socaire del viento, madre, al socaire.

—Fin—