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Gianfranco Martana naix a Nàpols en
1971. Està llicenciat en Literatura
italiana i doctorat en Filologia
italiana. Segons les seues paraules "es va traslladar a l'extranjer per
incompatibilitat de caracters amb Itàlia". En un primer moment es va
traslladar a Brighton i després a València, en tots dos casos perquè són
ciutats que miren al mar.
Literàriament parlant el seu guió
¡Mammaliturchi! fou finalista del Premi Solinas, un dels més prestigiosos
d'este gènere a Itàlia. Ha publicat la novel·la Un' opera di bene
(Ellera, 2015) i uns quaranta relats en recopilacions i revistes tant en Itàlia
com en Espanya.
Francisco de Paz Tante es Catedrático de enseñanza secundaria,
de Geografía e Historia y escritor.
Ha obtenido varios premios de novela, como los de las
diputaciones de Cáceres y de Córdoba, el de Ciudad Real, y, el premio de novela “Salvador García Aguilar”
de Rojales. Entre sus libros publicados destacamos Las cigüeñas de Yenne, Cielos
de Samarcanda y De Ninfas y faunos.
También ha sido finalista en certámenes de narrativa como el
“Fernando Lara”, de la editorial Planeta, El Felipe Trigo, el de Badajoz, el de
Barbastro, y el Edebé de literatura infantil.
Además, ha obtenido más de cien premios y reconocimientos
literarios en distintos certámenes de cuentos y relatos breves.
LAS
ALAS CRECIDAS
Francisco
de Paz Tante
Cada noche mi vida se
alumbra con luces de neón, de distintos colores e intensidades, esparcidas por
el bar en el que trabajo, donde ejerzo de camarera, junto a mi compañera
Bintou; hasta que los albores del día encienden con su luz tenue las calles por
las que camino hacia mi casa, a veces con esa desolación que, como una lluvia
fina y fría, acaba calando hasta los huesos en las madrugadas de quienes sienten
crecida la soledad. Aunque otras noches, al salir, me acompaña Bintou, y siento
el calor de su voz, de sus palabras dulces con ecos africanos, mientras me
habla de su vida, sus estudios, sus ilusiones, sus sueños de felicidad.
En casa me espera el
hijo, algunos días ya levantado, desayunado, inquieto por mi tardanza. El hijo
que conoce mis desazones y afanes, mi necesidad de trabajar, por mí, y por él,
para que continúe con su vida, y su carrera. Por mi falta de estudios y de
experiencias laborales previas sólo he podido encontrar este trabajo, nocturno,
agotador, pero con un sueldo suficiente para que los dos prosigamos con
nuestras vidas.
Al principio, mi marido
creía que no aguantaría, y acabaría volviendo a nuestra casa, al hogar que
dejé. Estaba convencido de que en algún momento empezaría a sentir las
añoranzas de nuestra vida en pareja, de la seguridad económica que él me daba,
de la tibia felicidad conyugal, incluso, que mantuvimos durante algunos años.
Y ahora, cuando ve cómo
pasa el tiempo y no regreso, él insiste en expresarme su arrepentimiento, sus
deseos de cambio, y su voluntad de esforzarse para que recuperemos la felicidad
perdida.
Los excesos de la
bebida, la ira desatada y el descontrol acabaron adensando las sombras que se
me adentraron en el alma. Y entonces la convivencia adquirió la aspereza de un
páramo yermo, y los relumbres de la ternura, del amor, aún con los rescoldos de
pasiones pretéritas, se fueron tornando en espejos rotos que arañaban y herían.
Hasta que los reproches, los desprecios, los insultos, arrasaron los últimos
vestigios del necesario, imprescindible, respeto que nos permitiera seguir
juntos sin que prevaleciera ese silencio abisal en que ya sólo hablan las
miradas, esquivadas, soslayadas, siempre húmedas.
Y una noche, la última,
en que el alcohol, el descontrol, mi negativa a caer, otra vez, en un
apareamiento desolador, sin unos rescoldos siquiera que pudieran encender el
deseo, ya tornados en ceniza fría; todo aquel desamor acumulado, supurando en
mi mirada como una bruma invernal, provocó su rabia desatada, sus gritos,
esquirlas de cristales ya incrustados en la pulpa del alma
Esa misma noche preparé
una maleta, y, al amanecer, me fui, con el hijo. Sentía que nuestro futuro
juntos nos había caducado. Ya todo era ayer, memoria amarilla, la tristeza que
reverbera en las hojas muertas de un otoño definitivo.
Él, al principio, se
quedó airado, desafiante. Pero luego la realidad de mi ausencia mantenida,
comenzó a sentirla como una carencia insoportable. Y empezaron los
arrepentimientos, las promesas de cambio, de otra vida, de una renovada felicidad;
como si pudieran resurgir las llamas donde ya solo quedaban pavesas de lumbres
pretéritas.
Por eso algunas noches
acude al local donde trabajo, junto a mi compañera Bintou, y se arrima a la
zona de la barra en la que sirvo cervezas, copas y cócteles, con mi mejor
sonrisa, abierta y untada de carmín, como nos dice el jefe que tenemos que
mostrarnos, simpáticas y cordiales. Y él me pide un refresco de naranja y me
ruega, de nuevo, que le escuche sus palabras que hablan de disculpas y
promesas. Y me dice que quiere recuperarme, que no puede vivir sin mí, casi
solloza, con los ojos aguados.
Pero
yo, mientras lo escucho, recuerdo las noches de gritos, amenazas, con la mirada
brillante de rabia y de whisky, mientras trataba de preservar al hijo del
escándalo, de la angustia que le provocaban aquellas voces. Y para no
acrecentar su inquietud y su miedo, al final, procuraba tranquilizar a su
padre, y aceptaba, otra vez, el hastío del sexo asumido sin pasión ni placer,
sólo para calmarlo, dormirlo.
Hasta
que llegó aquella noche en que mi negativa a repetir el ritual del apareamiento
frío que él me exigía provocó que estallara su rabia, su violencia sus gritos.
Y en esos momentos supe que era el final, que ya no había retorno, sólo un
impulso en las alas, novedoso, intenso, para volar y alejarme.
Por
eso aquella misma madrugada cogí al hijo y una maleta rebosante de ropa y
desolación, y salí a la calle, y empecé a andar, a huir. Busqué un hostal
barato, y luego la ayuda de una asociación de mujeres.
Después
encontré este trabajo que ejerzo por las noches, con un sueldo escaso que me
supone privaciones y carencias, y que asumo hasta que los procedimientos
judiciales ya iniciados decidan la pensión que él tiene que aportar para el
mantenimiento del hijo.
Y
en el bar donde trabajo también he encontrado la amistad de mi compañera
Bintou, que algunas noches, al salir, en la madrugada fría, mientras caminamos
por la ciudad silenciosa y vacía, me habla, y evoca su vida, su llegada a
España, sus sueños, sus anhelos:
Decidí
huir de mi aldea africana, y me adentré en la noche y en la selva, hasta que
llegué a un centro de protección y ayuda donde me organizaron el viaje a
Europa.
Ya en España, ingresé en un centro de acogida para
menores. Y, cuando cumplí la mayoría de edad, busqué un trabajo, para pagarme
una casa y mi vida. También me matriculé en un centro de educación a distancia,
para seguir estudiando, profundizando en los libros y en las palabras escritas.
Porque estaba empeñada en ensanchar mi horizonte, hacer realidad los sueños que
mi maestro africano me había dejado grabados en las láminas más profundas de mi
memoria, desde que un día quiso continuar con sus lecciones, aunque ya no
tuviera pizarra, ni clase siquiera, ni posibilidad de ver las palabras
encendidas con el blanco de la tiza.
Por eso el maestro escribió en el aire una palabra, con
su caligrafía redonda, nítida, mientras la pronunciaba con la cadencia y el
tono de un prodigio desvelado: «Ubuntu». Y nosotros sabíamos, que aquella
palabra significaba lealtad, ayuda, apoyo, empatía. La forma de entender la
vida, sus relaciones y sus emociones que, a pesar de la guerra y sus desastres,
él quería inocularnos en nuestras memorias, aún tiernas. El maestro ya nos
había explicado que las personas con ubuntu se agrandan; y cuando no hay
ubuntu, y prevalece la violencia, el desprecio y la humillación, se achican, se
encogen, reducen el tamaño de su humanidad. El ubunto nos hace conscientes de
que existen los demás, que nos necesitan, para crecer como personas, mientras
nosotros también crecemos. Y el ubuntu es ternura, la caricia del alma, la
memoria del corazón.
Nunca olvidaré
aquella lección, con la escuela devastada, y el maestro, ya solo con su voz,
con su mirada y su mano, escribiendo aquella palabra, «Ubuntu», de espaldas,
como en una pizarra invisible, para que sus alumnos viéramos las letras de
frente, con su dedo en el aire. Así, además de escucharla, podíamos leerla, y
respirarla.
Yo
me sentaba al final de la clase. Era la única niña de aquella escuela. Las
niñas no necesitábamos aprender las letras, decían las madres de mi aldea.
Además, temían a los militares de aquel nuevo régimen fundamentalista y atroz,
empeñado en mantener a las mujeres encerradas, ocultadas.
Por eso, cuando recibíamos las visitas de algunos jefes
militares o religiosos, yo me encogía en la última fila. Y si le pedían
explicaciones al maestro sobre mi presencia en aquella escuela, él, para
protegerme, les decía que estaba allí para limpiarla y barrerla. Eso les
contaba el maestro a quienes consideraban que la escuela resultaba perniciosa
para las niñas, para su vida posterior de esposas sumisas y madres. De esa
forma, me permitían quedarme, seguir aprendiendo las lecciones de mi maestro
africano, que nos enseñaba palabras hermosas y su filosofía de la empatía, de
los valores igualitarios, solidarios, plenamente humanos.
Después la guerra enseguida lo asoló todo. Sólo duró unos
días, pero fueron suficientes para que los muertos se amontonaran en las casas
y en las calles; entre ellos, mis padres. Entraron unos hombres armados, y, sin
preguntar, les dispararon. Como a todos los de aquella calle, aquellas
familias, aquella etnia. A mí me apuntaron, pero los soldados, al final dejaron
el fusil, me arrancaron el vestido y me violaron. Me perdonaron la vida, pero me
violaron.
Y cuando a aquella guerra ya sólo le quedaba el recuerdo
de la sangre y el luto, como vivía sola, para evitarme más abusos y
sufrimientos, me acogió un familiar, de forma provisional, hasta que encontrara
marido.
Cuando el maestro fue a decirme que se reanudaba la
escuela, yo entonces recuperé la ilusión de volver, otra vez, a sentir la magia
de la pizarra negra encendida de letras blancas, que desvelaban nombres y
emociones. Pero aquella mañana, al entrar en la escuela, nos dimos cuenta de
que la guerra también la había devastado. La pizarra estaba rota, y los
pupitres hechos astillas. Todo era destrucción y desolación. Entonces el
maestro nos indicó que nos sentáramos en el suelo, sobre la tierra dura, que
sacáramos los cuadernos y los lapiceros, porque las clases tenían que continuar.
Aún nos quedaba la voz, y el aire, nos dijo, con su mirada negra, intensa,
anegada de lágrimas. Después se puso de espaldas, como ante una pizarra
imaginada, para escribir en el aire la palabra que pronunciaba, con el dedo
índice de su mano derecha, muy estirado, mientras nosotros la escribíamos, y la
respirábamos: «Ubuntu».
Aquella fue mi última clase en África, porque, cuando
llegué a la casa en que me habían acogido, me dijeron que iban a casarme con un
hombre que, generoso, quería hacerse cargo de mí. Salí entonces a la calle y
empecé a correr. Se me hizo de noche, y seguí corriendo, por la sabana, entre
los árboles, avanzando, con decisión, tratando de salvarme. Yo ya tenía grabados
en mi memoria los valores, y los anhelos, de la igualdad, la empatía, la
ternura; y no podía aceptar la sumisión, la violencia y la humillación de aquel
casamiento que querían perpetrar conmigo. Por eso corría, me alejaba, mientras
en mi pensamiento sentía los relumbres hermosos de la palabra que mi maestro,
en mi última clase en África, había escrito en el aire, para que la leyéramos,
y la respiráramos: «Ubuntu»
Al final, llegué a otra ciudad lejana, donde me
informaron de un lugar de acogida en el que podrían ayudarme. Desde allí
organizaron mi viaje a España, donde estuve internada en un centro para
inmigrantes hasta que cumplí la mayoría de edad. Luego encontré este trabajo en
el bar, provisional, temporal, que me permite pagarme una casa y mi vida;
mientras sigo estudiando, persistiendo en mis afanes por los libros y las
letras; y con los sueños, los anhelos y horizontes de futuro y de felicidad que
me dejó inoculados en la memoria, para siempre, mi maestro africano.
Esta
es la historia que me ha contado Bintou, la historia de su vida. Y yo también le
he contado la mía, mi historia. Y le he dicho que el hombre que ve acercarse a
mí algunas noches es mi marido, al que he dejado, porque era infeliz a su lado,
porque su aspereza y violencia habían arrasado nuestra relación, y ya no había
amor, ni deseo, ni ternura. Y ahora viene a buscarme, para pedirme un refresco
y decirme que vuelva a casa, que le dé otra oportunidad, mientras me mira con
los ojos húmedos de arrepentimiento y tristeza, que yo apenas vislumbro en la
penumbra del interior del local, donde palpitan unos neones con el nombre del bar,
Yesterday.
Y
esta noche, ya con los primeros jirones de luz en el cielo del amanecer, salgo
sola. Bintou se queda en el bar recogiendo, limpiando.
Está
lloviendo, y, cuando piso la calle encharcada, lo veo a él, al hombre que dejé,
esperándome, con un paraguas que me ofrece. Siento entonces el frío, la lluvia,
la desolación que me penetra como una niebla heladora; y también percibo el
vaho tibio de un cariño aún no disipado, de un afecto impreciso, el perfume de
una flor mustia que perdura entre los escombros que nos ha dejado la vida. En
realidad, desconozco la causa por la que empiezo a andar hacia él, hacia su
cobijo, su paraguas. Pero, antes de llegar, percibo los destellos de los neones
con el nombre del local en la fachada, Yesterday, unas luces palpitantes
que me evocan un tiempo ya amarillo y marchito, como el reverbero en las hojas
muertas de un otoño definitivo. Luego, vuelvo la cabeza y veo a Bintou, debajo
de una farola, mojándose. Y veo también que levanta la mano y escribe en el
aire una palabra que leo con nitidez: «Ubuntu». Evoco entonces mis sueños y la necesidad
de sentirme querida, con respeto, empatía, ternura. Por eso doy media vuelta y
empiezo a andar hacia donde me espera mi amiga africana, aún con la mano
levantada en la pizarra de la noche; y siento la lluvia en el pelo, en la cara,
en la ropa ya húmeda, en la piel mojada, en las alas crecidas.
Fernando Molero Campos
nace en Fernán Núñez en 1965 (Córdoba). Es Diplomado en Magisterio, Licenciado
en Humanidades y Máster en Cinematografía por la Universidad de Córdoba.
Como escritor ha
publicado en solitario once libros entre los que vamos a destacar dos de sus
títulos: En la playa y ¿Quién se esconde
detrás de Nosferatu?
Ha
ganado o quedado finalista en más de 90 concursos literarios. Durante 10 años
ejerció como crítico de cine en el Diario Córdoba. Desde hace 20 años dirige y
presenta un programa de divulgación cinematográfica en Onda Marina Radio, la
emisora municipal de Fernán Núñez, llamado El
cine de Mr. Arkadin.
Es Co-coordinador de los Encuentros con el cine en el IES “Luis de Góngora” desde el año 2010 hasta el año 2018 y ha resultado finalista a los Premios de la Crítica de Andalucía 2020 en la modalidad de relato.
A QUIENES ME
HABITAN
Fernando Molero Campos
Yo no he venido a
este mundo a habitar las casas, sino a ser habitado por ellas. Por quienes viven
en ellas antes que yo y ceden su huella indeleble en el rastro que los humanos
vamos dejando allá por donde pasamos. El mundo real me es ajeno. Demasiadas
complicaciones, señales que no alcanzo a interpretar, ese caos en el que
algunos se refocilan como gorrinos en el lodo. Prefiero transitar por la
frontera, ser ese ser invisible cuyos ropajes, siempre tan distintos, lo hacen
inclasificable. Quiero descubrir los secretos que nos hacen únicos, vivir a
través de los demás. Los espacios pequeños cargados de recuerdos ajenos son mi
hábitat natural. Tal vez padezca esa enfermedad moderna que los expertos llaman
agorafobia. O que solo sean síntomas de mi propensión a la curiosidad y de mi
necesidad de conocimiento. Jamás entro en una casa que no esté completamente
amueblada, cuyos anteriores dueños no hayan dejado allí sus cosas como si
fueran pistas o piezas del museo de sus inconfundibles intrahistorias
familiares.
He
encontrado un bonito y luminoso piso en el centro de la ciudad. Todavía pueden
olerse en él los aromas de sus pasados moradores. Algo mágico flota en el
ambiente. El corazón me da un vuelco porque sé que en cada esquina hallaré mil
y un motivos para quedarme bastante más tiempo de lo que en mí es habitual.
Todo es perfecto, igual que un decorado presto para ser recorrido, vivido,
examinado, investigado a fondo, sin prisa.
Es
grande el piso. Adornado con gusto y muebles de madera de calidad, nada de Ikea
ni de formicas o aglomerado. Por las fotos colgadas de la pared del pasillo
central y las enmarcadas sobre mesas y estantes comprendo que en él vive un matrimonio
con dos hijos, una chica y un chico. Como soy amante de los placeres sencillos:
como comer con apetito pero sin gula o beber buen vino, enseguida dirijo mis
pasos a la caza y captura de aquello que me permita descifrar los deseos,
pasiones y miserias de quienes hasta hace poco se paseaban por cada una de
aquellas estancias. Me gusta meterme en la piel de todos y cada uno de sus
inquilinos.
Comienzo
por lo que parece el despacho del marido. En esa especie de santuario no hay
vestigio de la familia por ningún lado, solo recuerdos pasados y presentes de
una vida vinculada a la política. Como si allí viviera una parte desdoblada del
hombre de la casa, con sus afanes y secretos. Repartidos por doquier se ven
retratos de su época de alcalde de una ciudad de provincias, de consejero de
una Comunidad Autónoma y hasta de su etapa como ministro. Supongo. A veces
solo, en ocasiones en compañía de compañeros de partido y hasta saludando al ex
Presidente del Gobierno o al mismísimo rey de España. Por los papeles de su
mesa sé que se llama Mario Estepa, que es diputado en la oposición y que tiene
también un importante cargo orgánico en su propio partido político. Viste siempre
con traje y corbata. Estudio con detenimiento las facciones de su rostro,
regordete y confianzudo, los ojos pequeños y una buena mata de pelo que le nace
poco más arriba de las cejas y le caracolea por el casco dibujando estratégicas
ondas semejantes a olas o surcos no muy bien delineados.
Sentado
a su mesa dejo de ser yo para convertirme en él. Es colocarme las gafas de
lectura y tomar la pluma del escritorio y sentir una gran sacudida por dentro.
Una impresionante transferencia de datos circula por todo mi cuerpo camino del
cerebro. Instintivamente tomo papel y comienzo a esbozar un discurso baladí
preñado de acusaciones e insultos con el conveniente adobo de adjetivos a cual
más altisonante para criticar cualquiera de las medidas adoptadas por el actual
Gobierno o su Consejo de Ministros. La estilográfica se mueve como una
bailarina ligera de ropa sobre la nieve de la hoja en blanco. Se nota que Mario
Estepa es un hombre acostumbrado a practicar con la palabra escrita antes de
abordar los combates políticos cuerpo a cuerpo. Escribo, por ejemplo: «Son
ustedes una caterva de pérfidos que no dudan en aliarse con quien sea con tal
de que sus posaderas continúen bien calentitas». O: «Han provocado un tsunami
de estiércol en la política de nuestro país». O: «Personas como ustedes son los
responsables de la desafección de la ciudadanía con los altos valores de la
democracia». O: «Señor Presidente es usted un traidor, un inútil, soberbio,
engreído, incapaz de atender a los asuntos importantes de quienes le pagan el
sueldo». Cosas así. Y me quedo tan pancho y feliz, orgulloso al comprender que
después podré añadir palabrejas incendiarias como terrorismo, independentismo, reforma,
impuestos o lo que sea, y quedará de dulce.
Me
reclino un poco en el sillón con las manos entrelazadas detrás de la cabeza. Nada
como el trabajo bien hecho. Fisgoneo un poco en el correo electrónico para analizar
el argumentario del partido de cara a afrontar los temas de la actualidad
política y social. Pero eso termina por aburrirme. Así que me pongo en pie y
mis manos, sin saber qué van a hacer exactamente, acuden a los estantes que
tengo a mi espalda. Hay allí algunas noveluchas voluminosas, bestsellers y ejemplares sobre temas
históricos. Aunque lo que más prima son, sin duda, los libros de memorias y
reflexión política de líderes de todo el espectro ideológico, tanto españoles
como extranjeros. Las trampas del poder.
Orientaciones para el futuro. Recetas para dejar atrás la crisis. Compromiso,
libertad y buenas prácticas políticas. El entendimiento es posible en un país
dividido. Un país de cainitas. Proyectos para un cambio tranquilo. La política
es cosa de hombres (y de mujeres). Manual para aguantar los ataques infundados.
La realidad del sueño americano. Mi vida y mi obra. Cómo no enamorarse de esas
obras con semejantes títulos. Tomo el primero que se me ocurre, al azar, y
también al azar lo abro por una página. Curiosamente, como si de un
marcapáginas se tratara, entre una hoja y otra hay un billete de quinientos euros.
Y no es el único. De aquel primer volumen saco diez, intactos, planchados, como
recién salidos de fábrica. Incluso suenan de una manera muy especial cuando los
agito un poco, parecen almidonados. En otro encuentro otros diez. Luego, una
docena, veinte, y hasta treinta en un tocho de casi mil páginas. Los amontono
sobre la mesa y los huelo. Por primera vez en mi vida sé a qué huele el dinero:
a avaricia, a poder, a deseos cumplidos. Contarlos es un placer inigualable.
Hasta puedo notar una erección. Por un momento se me pasa por la cabeza la idea
loca de llevarlos a la bañera, echarlos todos dentro, desnudarme y darme un
baño a la manera del Tío Gilito, frotándome las axilas con ellos. Pero me quito
las gafas y pierdo la conexión con el cabeza de familia. Devuelvo el dinero a
su lugar de origen, a su escondite secreto.
Silbando igual que
un chiquillo voy del despacho al dormitorio del matrimonio, presidido por una
cama gigantes como la de los hoteles de cuatro o cinco estrellas en los que no
acostumbro a vivir por demasiado impersonales y carentes de recuerdos. Además
del tálamo conyugal y los muebles de rigor, cuentan también en la habitación con
su propio cuarto de baño y un vestidor de película dividido en dos partes
ligeramente asimétricas: la del marido y la de la esposa. Un poco más pequeña
la de él.
Ella tiene buen
gusto. Tal vez es hija de una familia pudiente, de esas que si no heredan
capital sí reciben al menos como legado saber estar, visión de futuro, porte
seudoaristocrático y buen pelo. Bonitos vestidos de fiesta. Faldas de señora
elegante y un punto pícara. Camisas de seda semitransparentes. Jerséis de lana
de llamativos colores muy bien doblados. Y pañuelos. Y un montón de zapatos y
botines. Y pamelas y sombreritos. Y bolsos de marca a juego con muchas de las
prendas que cuelgan de las perchas. Pero yo, curioso y lascivo como solo un
hombre que se adentra en la intimidad de una mujer puede serlo, hurgo y rebusco
hasta dar con el cajón de la ropa interior. ¡Oh, maravilla! ¡Oh, mágico mundo
de encajes, blondas, licras y finos algodones! ¡Oh, arcoíris para piernas, pubis
y senos de bailarinas de Oriente, de damas de compañía de alto standing, de vedetes de Moulin Rouge o
cabarés con música, canciones y mucho humo de cigarro. Cojo una braguita roja
como un incendio de tela y me la llevo a la nariz. Aspiro el profundo aroma del
océano. Allí se concentran todos los misterios del universo, el origen de la
vida y la desembocadura de un millón de pequeñas muertes. Mario Estepa es un
hombre muy afortunado.
Me entretengo un
rato husmeando en el cajón hasta que doy en el fondo, ¡oh, sorpresa!, debajo de
algunas prendas ya en desuso, con unos juguetitos eróticos estratégicamente
escondidos. No tengo claro si lo que veo en mis manos es algo de uso personal
o, por el contrario, parte del juego del amor compartido entre dos. Tampoco me
importa demasiado, no le doy más vueltas, tomo prestado un conjunto de lencería
negra compuesto por una mínima braguita, un sujetador a juego, medias igual de
oscuras y un liguero.
Sobre la cama, en
la parte en que supongo duerme cada noche Mario Estepa, coloco, convenientemente
extendida, toda mi ropa. Calcetines. Calzoncillos. Pantalones. Chaqueta. Camisa.
Parecen prendas para vestir a un novio pobre. O para amortajar a un cadáver no
demasiado exigente con los rigores de la etiqueta fúnebre. Y, desnudo como
estoy, me pongo las braguitas, las medias, el liguero y el sujetador, y me
tumbo en la cama a retozar junto a mi propia ropa.
Así vestido para
las artes de la pasión, un chispazo de electricidad me susurra al oído que yo
soy ella, Carolina, la mujer de Mario Estepa. Me siento deseada por mis manos,
por mis ojos, por mis labios. Recuerdo entonces que en una cajita oculta en el
estante más alto de mi parte del vestidor, donde solo se alcanza con la
banqueta, tengo guardadas las cartas de amor de Javier, mi primer novio. Las
saco todas y de paso me llevo también a la cama los juguetes eróticos.
Tumbada sobre las
sábanas como una virgen presta para el sacrificio, comienzo a leer párrafos al
azar de algunas de las epístolas que Carolina recibió en su juventud de su
amado, cuando aún la prosaica asepsia del correo electrónico no había arrasado
con los auténticos mensajes intercambiados en papel y tinta por los enamorados.
En ellas se declaraba su rehén y su esclavo; y no había un solo día que no
pensara en ella, en todas las formas posibles que ofrece el pensamiento de
pensar en una mujer a la que se ama. Tampoco escatimaba palabras a la hora de refrescar
algunos de sus encuentros sexuales y de proponer mil y una maneras de fundir
sus cuerpos en uno solo. Se me antojaron las cartas émulas inconscientes de aquellas
incendiarias que James Joyce le escribió a su adorada Nora Barnacle: «…,
glorificado en la descubierta vergüenza de tu vestido vuelto hacia arriba y en
tus bragas blancas de muchacha y en la confusión de tus mejillas sonrosadas y
tu cabello revuelto. […] He pensado en ti casi hasta el desfallecimiento al oír
mi voz cantando o murmurando para tu alma la tristeza, la pasión y el misterio
de la vida y al mismo tiempo he pensado en ti haciéndome gestos sucios con los
labios y con la lengua, provocándome con ruidos y caricias obscenas y haciendo
delante de mí el más sucio y vergonzoso acto del cuerpo.» Tenía Javier alma de
poeta licencioso. Quizá por eso Carolina, más mundana o sabia, optó por la
segura caligrafía de Mario Estepa, un hombre cargado de futuro, sabiendo que lo
otro bien podía quedar para el reino de la fantasía, bien ser parte de posibles
aventuras extramaritales.
Las fronteras de
la carne y del deseo se diluyen en un magma ardiente que incendia todo mi
cuerpo, desde la uña del dedo meñique del pie hasta el último de mis cabellos. Una
humedad marítima, con sus olas y mareas, inunda mis entrañas. Me acaricio y
retozo con mi ropa como si hubiera alguien dentro de ella, usando aquellos
juguetitos que lamo e introduzco en mi cuerpo hasta el estallido final.
Carolina pone los ojos en blanco, abre mucho la boca, aúlla como una loba y yo
derramo mi ser y el alma toda con la voluntad de un géiser que no sabe que lo
es.
Carolina me
abandona en la orilla de la playa que es el filo de la cama en el preciso
instante en que me quito todas sus prendas íntimas. Vuelvo a ser yo otra vez.
Reintegro todo a su sitio: cartas, juguetes y ropa interior.
Satisfecho y
relajado dirijo mis pasos a las habitaciones de los hijos. Entro en la primera
de ellas, que pertenece a Manuela, la hija adolescente del matrimonio formado
por Mario Estepa y Carolina. El cuarto es una leonera, un monumento al caos en
el que se amontonan libros, cuadernos, ropa, útiles de maquillaje y un sinfín
de objetos repartidos sin orden ni concierto. Todo hace pensar que la madre la
ha dejado por imposible. Las paredes están empapeladas de pósteres de tíos
buenos, retratos de cantantes de moda y grupos coreanos de pop. Fijada a una de
ellas hay un gran espejo en el que uno puede contemplarse de cuerpo entero. Si
algo se respira allí dentro es el sonido de cientos de canciones sonando al
mismo tiempo en una sinfonía inabarcable de corcheas y gorgoritos.
Tanto desorden
ahoga un poco. No sé hacia dónde mirar, qué buscar. Debajo de una revista que
hay encima de un pantalón vaquero encuentro un micrófono rosa metálico con
varios botoncitos. Aprieto el ON y noto como si una mano enguantada sustituyera
a la mía. Sin darme cuenta, ya estoy cantando una canción que no he escuchado
jamás pero cuya letra me sé al pie. Manuela se encuentra allí, dentro de mí,
guiando mis pasos, disfrutando como una loca con ese desparpajo y esa desinhibición
que dan tener unos gloriosos dieciséis años. Enciendo el ordenador para ampliar
el repertorio con la ayuda de las imágenes y los bailes desplegados en la
pantalla.
Una cosa me va
llevando a otra. Canto. Bailo. Giro por toda la habitación. Salto encima de la
cama. Y, entre canción y canción, me pinto los labios y pongo rímel en mis
pestañas, me maquillo como si fuera a salir de fiesta. Me quito una ropa y me
pruebo otra a la caza y captura de mi mejor perfil, el más encantador y
sugerente. Conjuntos a veces imposibles que tiro encima de la cama sin
preocuparme si se arrugaban o no. Al mismo tiempo, con un viejo teléfono móvil extraviado
entre los apuntes de clase, me hago un selfie
tras otro, ahora poniendo morritos, ahora entornando los ojos, ahora con la
cabeza un poco girada en actitud displicentemente seductora. Todo un catálogo
de poses y miradas para compartir más tarde, quién sabe, en alguna red social
como Instagram.
Hasta que exhausto
y sudoroso me derrumbo sobre el montón de trapos de la cama mirando al techo
del que pende una lámpara con forma de flor. Cierro los ojos un instante para
encontrarme en ese limbo sin fronteras en el que habitan en armonía y comunión
el espacio y el tiempo. Un calor líquido comienza a correr como un arroyuelo
rojo por mis piernas. Me quito el pantaloncito corto que llevo puesto y veo la gran
mancha de sangre: me acaba de bajar la regla. ¡Joder, qué coñazo!
Dejo el recuerdo
de Manuela en su cuarto y recupero mi ser camino del baño. Aunque no tenía
pensado ducharme, tanto esfuerzo, saltos, idas y venidas, y encima la sensación
de haber tenido por vez primera en mi vida una menstruación, hacen que me
apetezca mucho quitarme parte de la suciedad del mundo adherida a mi cuerpo
como una segunda piel muerta. El agua templada se lo lleva todo por el desagüe;
insufla una nueva energía a mi espíritu. Luego me seco y perfumo a conciencia
antes de visitar los dominios de José Mario, el hijo pequeño de la familia.
La decoración de
su cuarto difiere considerablemente de la de su hermana. Los superhéroes y las
criaturas monstruosas y los personajes de videojuego son los dueños de las
paredes. No sé si sentirme protegido, tan arropado estoy por aquellos seres de
capa y coloridos leotardos con superpoderes, o amenazado por las figuras
imponentes de los kaiju eiga
japoneses como Godzilla, Gamera, Rodan o Mothra. Hasta el mismísimo King Kong,
que se ha enfrentado en ocasiones al dinosaurio radioactivo por excelencia del
cine nipón, tiene su espacio. También a mí me gustaron en la infancia las
películas de monstruos. Y Superman. Y Batman. Así que, de entrada, aquel chico
ya me cae bien.
Tomo asiento en su
sillón ergonómico frente a la pantalla del ordenador y me coloco sus
auriculares. Es como si Rosi Roldán, la chica de la que siempre estuve
enamorado y con la que no llegué a casarme, me hubiera abrazado por la espalda
con aquel calor de su cuerpo y su olor tan característico. Una sensación de que
el mundo es todavía un lugar inocente, un lugar por descubrir, se apodera de
mí. Y pierdo de súbito todo rastro de madurez, cualquier interés por los
asuntos más trascendentes del mundo, deseoso como estoy por entregarme con
devota fidelidad al juego. Soy, de nuevo, un niño, quizá más feliz que el niño
que en realidad fui. Mis manos son las de José Mario. Es él quien ve por mis
ojos, quien guía cada uno de mis movimientos.
Primero juego un
partido de fútbol con los avatares de los mejores jugadores del momento. Se
nota a la legua que el chaval es todo un experto, pues gracias a su habilidad
gano de calle por un más que desahogado diez a dos. Después, con un volante y unos
pedales de freno y acelerador que tiene debajo de su mesa de juego y estudio,
echo unas carreras con Super Mario Bros. El fontanero de pantalón azul, guantes
blancos y jersey y gorra rojos me depara unos momentos de gran felicidad. Y
termino por último empuñando todo tipo de armas de fuego virtuales para matar
nazis y bichos alienígenas o de otra dimensión. El chico se conoce al dedillo
todas las estrategias para ir pasando de pantalla hasta la victoria final.
Nunca hubiera
podido suponer que jugar sentado a videojuegos fuera algo tan cansado. La
tensión y los movimientos inconscientes que el cuerpo realiza en cada disparo a
puerta, en cada curva, cada vez que aprieta el gatillo y cambia una pistola por
una metralleta o una bazuka me dejan agotado. Me echo en la cama de José Mario
y, sin querer, termino durmiéndome; acabo deslizándome por ese tobogán que
lleva a los durmientes al territorio de los sueños.
Como si caminara
por arenas movedizas que quisieran engullirme y no dejar que llegara a mi
destino, sueño con otra casa en la que también viví durante mucho tiempo. En
ella había una mujer: Ana María. Y un chico: Felipe. Y una chica llamada
Fátima. De alguna manera yo vivía en ellos y por ellos y lo eran todo para mí.
Sin embargo, como si a ratos caminara por las páginas en blanco de un libro
inacabado o cruzara un océano de niebla o una tormenta de arena que me
impidieran ver más allá de mí mismo y mis recuerdos, todo a mi alrededor es
silencio, oscuridad o casas y casas en las que viven otras personas y que me
habitan cuando las ocupo.
Despierto preso de
una angustia indescriptible. No tengo ni idea de cuánto tiempo he pasado
durmiendo. Pueden haber sido unos minutos, horas tal vez o quizá incluso días
enteros.
Salgo del cuarto
de José Mario y voy al salón. Me sirvo un güisqui solo y enciendo el televisor.
Necesito distraerme para eliminar de mi boca ese sabor amargo que me he traído
del sueño. Es como si hubiese estado chupando madera podrida, tierra, humedad.
En la televisión hablan de guerra, de virus, de muertes. Cambié de canal. Gente
sin oficio ni beneficio discute y pega voces para insultarse. Pulso un botón
del mando a distancia. Unos agentes del FBI detienen a un sospechoso de
asesinato en una serie cuyo argumento desconozco por completo. Decido quedarme
allí mirando un rato aquello para ver si consigo coger el hilo de la historia.
Y entonces escucho
el sonido de una llave entrando en la cerradura de la puerta y el leve crujido
de las bisagras al abrirse. Me asusto, para qué negarlo. ¿Vendrán a robarme?
Alguien entra alegremente en mi casa sin llamar al timbre, como si fuera suya.
Paralizado como estoy, no me atrevo ni a moverme.
– ¿Quién se ha
dejado la tele puesta? –pregunta el hombre que acaba de abrir.
El hombre es Mario
Estepa. Lo reconozco nada más verlo. Es idéntico al político de las fotos.
La mujer y los dos
hijos se miran extrañados y niegan con la cabeza al tiempo que dicen que ellos
no han sido.
– Qué frío hace
aquí, ¿no? –dice Carolina. Su voz me suena muy cercana.
La hija entra en
su habitación, deja lo que lleva en la mano en el suelo y pone la música a todo
trapo. Evoco las canciones que tanto le gustan a Manuela. El chico, por su
parte, se pierde en su cuarto.
Curiosamente,
nadie me presta la menor atención. Se trata de una total y absoluta intromisión
en mi intimidad. Mario Estepa apaga el televisor y yo protesto enérgicamente.
Qué se ha creído. Quién es él para entrar así en mi casa ignorándome como si yo
ni siquiera estuviera allí. Me pongo en pie con ánimo de golpearlo. Puesto que
no me escucha y hace oídos sordos a mis quejas, merece al menos sentir la fuerza
de mis puños. Pero mis manos cerradas traspasan su rostro sin que se inmute.
– Cariño, ¿no
notas un olor raro? Además he tenido una sensación extraña, como si una brisa o
una respiración gélida cruzaran por delante de mis narices –dice Mario
dirigiéndose a su esposa.
– Sí, yo también
lo he notado al entrar. Es como si nos hubiéramos dejado algo en la basura y se
estuviera corrompiendo –responde Carolina.
Caigo al fin.
Comprendo en un segundo cuál es mi situación. Yo soy el causante de todo. Esa no
es mi casa y yo hace tiempo que estoy muerto. Soy eso que llaman un fantasma,
aunque no arrastre cadenas ni me esconda debajo de una sábana blanca. Avanzo con
los brazos colgando a cada lado camino de la salida. En el trayecto atravieso
el cuerpo de Carolina, a la que se le escapa un suspiro de extrañeza o placer.
Abandono el piso igual que entré en él, traspasando la puerta con la facilidad
de quienes carecemos de cuerpo. No me queda más remedio que ir en pos de alguna
otra casa que pueda habitarme para olvidar lo que soy, quién soy, qué hago aquí
y cuál es el propósito de mi existencia. Aunque solo sea un rato, hasta que
vuelvan sus verdaderos dueños.
MODALIDAD: RELATO DE AUTOR LOCAL
Aníbal A. Quesada Campos nace en Guardamar del Segura
en 1988. Es músico profesional y su relación con la escritura nace a la
temprana edad de doce años cuando participa en diversos concursos. En 2009 gana
un concurso de microrrelatos en Cehegín con el relato titulado Reconstrucción de un suceso. Tan solo un
año después publica su primer libro, Relato
de un alcohólico, una novela adolescente con tintes de drama. Desde siempre
le ha fascinado lo desconocido, la ciencia-ficción y los crímenes, un cóctel
que ha conseguido aunar en su actual libro, Los
casos Black Velvet.
Actualmente se dedica a la enseñanza de música en su especialidad instrumental, la trompa y lo compagina con su pasión, la escritura.
Estaciones
Para Andrés, las estaciones del año estaban bien diferenciadas. En otros lugares del país no era tan calurosas el verano, o mucho más frío y con estampas más navideñas el invierno. Él tenía claro cuándo empezaba cada estación. Tan solo tenía siete años, pero eso lo controlaba a la perfección.
Otoño
Está claro que la concepción del tiempo y de la propia
realidad es muy distinta entre adultos y niños, por lo que, para él, el año no
empezaba en enero, sino en septiembre, con “la vuelta al cole”. Era curioso que
el otoño comenzase tal día como un trece de septiembre aquel año, otros era un
quince, un ocho o incluso un once, pero lo que sí que estaba claro es que con
el comienzo de las clases la tristeza llegaba a su vida y la oscuridad se abría
paso cada tarde recortando, minuto a minuto, la luz del día.
A pesar de lo triste que se volvían
las tardes, sobre todo cuanto más se acercaba el invierno, se lo pasaba muy
bien en el colegio. Las leyendas, los rumores, las peleas, los piques con los
compañeros, todo eso hacía que fuera un trimestre espectacular.
—No te creo, en el cole no hay ningún cementerio.
—decía incrédulo Matías.
—Ya no, porque lo cambiaron de sitio ¿No te acuerdas
de los huesos que sacó Pablo donde estaban los árboles?
Si algo había en aquel lugar era realidad mezclada con
fantasía, lo que un adulto había perdido por el camino de la vida y cuya única
manera de recuperar era procreando para ver la magia en los ojos de sus hijos.
Ahora muchos miran atrás y se acuerdan de las conversaciones en el patio del Molivent,
como Andrés y muchos otros.
Sin desviarnos más del tema, el frío comenzaba a bajar
las temperaturas mes a mes, los cielos se volvían cada vez más grises y el
levante hacía rugir el mar escuchándose desde el colegio. La ropa pasaba, de
ser ligera, a ir como espantosos sacos de patatas acolchados e introducirse en
aulas que olían a tabaco, café y tiza. Un perfume perfecto que hacía
reconocible al maestro y la escuela a varias decenas de metros.
Pero a pesar de las condiciones adversas dentro y fuera
del aula, el primer trimestre y el otoño era uno de los mejores momentos del
año. Muchos puentes; se acercaban las navidades con los regalos y, a pesar de
bajar las temperaturas, tampoco hacía excesivo frío. Además, por las tardes,
cuando refrescaba, en casa le esperaba una buena chimenea que calentaba el
salón y le hacía estar a gusto en todo momento.
Invierno
Si le preguntas a un niño cuándo comienza el invierno,
todos lo tienen claro, y no dista mucho de la realidad puesto que la festividad
de la Navidad se situó en esas fechas por la antigua celebración del solsticio
de invierno pagano. Pero, dejando las religiones y las creencias de lado, lo
que está claro es que el invierno, para Andrés, comenzaba el mismo día que le
daban las vacaciones de navidad, ese año el día veintitrés de diciembre.
Allí no nevaba. La costa alicantina no era un lugar
propicio para la nieve, pero frío hacía bastante. La humedad provocaba que la
sensación térmica disminuyera alrededor de cinco o seis grados, y aquel año fue
duro. Ni guantes ni abrigos hacían que se te fuera el frío del cuerpo.
¿Pero acaso le importaba eso al pequeño Andrés? No;
salía de casa con gran ilusión a ver el Belén y, cuando llegaba para la cena de
nochebuena, debajo del árbol estaban los regalos. Pocos en navidad y un poco
más en reyes. Siempre era así. Unos calcetines, un juguete, un libro, un
pijama, un jersey… eso era la Navidad. Pero luego, en la noche y el día de
reyes siempre tenía juguetes en las casas de sus abuelos y, como en navidad, bajo
su propio árbol.
Le encantaban esas fechas. Si el día siete no había
colegio, como ese año, cogía el teléfono y llamaba a la casa de su primo para
saber qué le habían regalado, quedar y poder enseñarse los juguetes. Era muy
emocionante, porque no hay nada mejor que compartir las cosas nuevas con la
gente con la que mejor te lo pasas.
Por muchos años que transcurran, al final siempre se
tienen los mismos gustos. Todos los juguetes eran superhéroes, distintos
Spider-man y personajes de los X-men de las series de dibujos que echaban por
televisión. ¿Quién no quería ser Lobezno?
La vuelta al colegio después de Navidad era casi más
dura, porque los niños se pasaban todas las horas que estaban en clase,
pensando en los juguetes nuevos que tenían en casa y era imposible que se
concentraran. Él no era distinto a los demás niños y la concentración brillaba
por su ausencia durante prácticamente todo el mes de enero.
El segundo trimestre escolar, o el invierno, que casi
era lo mismo para él, se le hacía larguísimo. Era el peor trimestre del año sin
lugar a dudas y por eso bajaba su rendimiento. Llegaba agotado a casa. “¡Qué
duro es ser niño!” pensaba a menudo. “Quiero ser mayor, esto es una caca.”
Se repetía. Y qué desencaminado iba al pensar que siendo adultos se acababa el
esfuerzo y el trabajo. Años después lo entendió, todo aquello eran pensamientos
vacíos y perdidos. Trabajo mental desaprovechado. Pero en su presente eran
realidades como templos.
Primavera
Era habitual que la primavera, para Andrés, llegase al
mismo tiempo que las vacaciones de Semana Santa. Pero ese año no era así. Era
el segundo trimestre más largo de su vida prolongándose hasta mediados de abril
y, claro, la primavera llegaba antes sí o sí. ¿Cuándo? Era una buena pregunta,
no sabía la respuesta, pero sí cuándo se dio cuenta de que había llegado. Fue
en San José, el día del padre, la festividad de la gran mayoría de mujeres de
su familia repleta de María Josés, Josefas y Pepas.
Aquel año hizo un día precioso, soleado, sin aire, tan
bueno que cuando se acercó a unas flores que había en la plaza del
ayuntamiento, cerca de la fuente, se dio cuenta de lo que estaba pasando. Al
fin había llegado la primavera. ¡Qué plaza aquella! Por aquel entonces, ir a la
plaza del ayuntamiento, para él, era casi lo mismo que visitar un lugar mágico,
lleno de plantas y árboles, con bancos y una fuente en el centro que le
encantaba. Qué poco echamos la vista atrás a veces para comprobar lo mucho que
se ha perdido de un mundo que indudablemente era mejor que éste.
—Andrés ¿quieres unos gusanitos del kiosco de la
iglesia? —le decía su madre.
Había dos kioscos junto a la iglesia, muchos los
recordarán y para otros será nuevo, pero cuando llegaba el buen tiempo, la
gente se apelotonaba en aquellos kioscos, a la salida de misa, para comprar
gominolas, bolsas de patatas, revistas y periódicos. A Andrés le encantaba ir,
siempre había un montón de colecciones de VHS, también llamadas toda la vida
cintas de video, y cromos de las series de televisión.
Le gustaban mucho las películas, podía haber cosas en
el mundo que le parecían chulas, pero el cine era algo que le apasionaba. No
adelantaremos acontecimientos ni pasiones, pero la realidad es que era un
auténtico cineasta de siete años.
La Semana Santa siempre solía partir la primavera y se
le asemejaba mucho más a algún mes del otoño que de los que se aproximan al
verano. Fuertes vientos, lluvias y tormentas eran un tópico en esa semana de
solemnidad y pasión beata que se sentía mucho más por aquel entonces.
Andrés acompañaba a su madre a las procesiones y las
veía con los ojos de lo que era, un niño, sin llegar a entender exactamente por
qué la gente se ponía tan triste. Él comprendía que Jesús había muerto, que
luego el domingo resucitaba, que los romanos eran malos y que los cristianos
buenos, o al menos así se pintaba en las representaciones que veía, pero no
entendía que los que veían aquel espectáculo se pusieran tristes. Había
ocurrido, o al menos eso le habían dicho, pero hacía más de mil novecientos
cincuenta años. ¿Por qué llorar por alguien que lleva más de ese tiempo muerto?
No llegaba a comprenderlo.
Las mujeres vestidas de negro con mantillas y con las
caras tapadas; las luces de las velas en calles oscuras; las campanitas para
que los costaleros subieran o bajaran la imagen de la Virgen o del Señor, para
él era todo un tanto siniestro, pero a la vez le encantaba ir con la vela.
Todos los años tenía el mismo propósito, que el chorrete que caía se
convirtiera en un carámbano lo más largo posible, si podía llegar a medir
veinte o treinta centímetros mejor. Pero siempre se rompía. Diversiones
olvidadas que remarcan el sentimiento de nostalgia de estos tiempos.
Pero la primavera no acababa ahí. No se quedaba solo
en Semana Santa y poco más, llegaba hasta la maravillosa fecha de final de
curso, hasta junio. Y entonces empezaba el período más largo para Andrés. La
gran espera.
Verano
Las clases habían terminado y daban paso a un limbo en
su vida que iba desde el final del tercer trimestre y del colegio, hasta el
inicio del verano, o lo que para él significaba el principio del verano. Desde
el final del curso se levantaba por las mañanas, en esos días soleados que casi
cortan la respiración del calor que hace antes de despertarse uno, y salía
corriendo al balcón para ver si habían puesto la cartelera en el cine
Costablanca. Andrés no tenía una clara concepción del tiempo, no recordaba que
hasta la primera semana de julio o el último fin de semana de junio, según vinieran
las fechas, los hermanos Cartagena no abrían el cine de verano, por lo que
todas las mañanas corría para llevarse una decepción.
Cerca de quince días estuvo en ese limbo insufrible en
el que no sabía qué películas iban a traer a la puerta de su casa. Esos días,
como todos, pasaban rápidos, pero la emoción de levantarse y pensar que ese era
el día en el cual vería los enormes carteles le inundaba hasta los sueños. Aún
a día de hoy, recuerda cómo soñaba con un señor poniendo la cartelera un jueves
y anunciando la película que se iba a proyectar y las siguientes dos que se
proyectarían tres y seis días después de la anunciada.
Un buen día, siendo éste un treinta de junio, se
levantó por la mañana y al asomarse a la ventana, allí estaban los carteles. ¿Por
qué le gustaba tanto el cine? Era una sensación inexplicable. Para los adultos,
la magia ya no existe en el mundo; se ha perdido en esos años de niñez; pero
para un infante, esa magia se encuentra en todos los sitios, en todos los
rincones, y el cine era algo que estaba cargado de ella. Locuras descabelladas
e imposibles, explosiones que nadie vería en su vida, robots con forma humana,
dinosaurios… un sinfín de posibilidades al alcance de tres monedas de cien
pesetas.
Asientos de madera incómodos, más parecidas a sillas
que a las butacas a las que estamos acostumbrados hoy en día, se llenaban noche
tras noche para disfrutar, al aire libre, de lo que era el auténtico cine de
verano. Pipas en el suelo, latas de refrescos llevadas desde casa, bocadillos, bolsas
de patatas, un entorno familiar en el que todo el mundo disfrutaba y en el que
muchos buscaban la comodidad con cojines que se llevaban desde sus
hogares.
¡Al fin había empezado el verano! Daba igual cuantos
baños se hubiera dado ya en la playa, o las veces que hubiera visitado la
piscina municipal. Hasta que no ponían la cartelera, no empezaba el verano para
él. ¡Y qué verano aquél!
Andrés sabía qué películas quería ir a ver, y cuáles
le iban a dejar. Durante todo el año había estado viendo anuncios de televisión
y apuntándose en su inmaculada memoria todas las que no se quería perder ese
verano. “Dos tontos muy tontos” era la que más ganas tenía de ver. Esa comedia
desternillante con Jim Carrey y Jeff Daniels estaba en la boca de todos, y
junto a su primo Mateo estaban deseando que la “estrenaran”. La película era de
marzo, pero lo bueno que tenía el cine de verano era eso, que te traían
películas de todo el año; si te la habías perdido, ahora podías
disfrutarla.
A parte de esa comedia, también fueron a ver, siempre
en pareja con su primo, la nefasta pero a la vez entretenida para niños “Batman
Forever” y por supuesto, como no podía faltar, el estreno del verano, “Power
Rangers: La Película”. Con el tiempo y echando la vista atrás, le habría
gustado ver los peliculones que estrenaron ese año, a la altura de “Cadena
Perpetua”, “Leyendas de Pasión”, “Rob Roy” o la divertidísima y trepidante
“Jungla de Cristal: la venganza”, pero era demasiado niño para esos
títulos.
Las fiestas también le gustaban, aunque los desfiles
eran demasiado largos y pesados como para poder disfrutarlos en plenitud. Esos
“disfraces”, como él decía, eran de lo más aterradores. “La Pluma”, una
comparsa mítica, a sus ojos era de lo más increíble que había en el desfile,
hacía que le brillaran y conseguía el mismo entusiasmo que su asombro hacia el
cine. Pero si había algo en fiestas que le hacía sentir la emoción y el
entusiasmo de los moros y cristianos, más que nada, era el retumbar de los timbales.
Esos ritmos graves y profundos, esos golpes, esa energía lo tenían absorto por
completo. Claro está que de ahí surgió su segunda pasión, la música.
El verano tiene un inconveniente cuando eres pequeño,
el tiempo pasa lento porque te juntas menos con los amigos que durante el resto
del curso; pero al mismo tiempo, cuando te vas a dar cuenta, los cursos de
natación se acaban, la gente que copa las calles comienza a desaparecer, el
ruido nocturno se extingue, el cine cierra y vuelve otra vez el triste y gris
otoño.
Otoño, invierno, primavera y verano. Uno tras otro van
pasando los ciclos naturales y las cosas a nuestro alrededor van cambiando.
Andrés, quien no se llama Andrés en realidad, ve cómo unos negocios cierran y
otros abren y, como si fuera algo natural, el pueblo de Guardamar va cambiando.
Algunos pensarán que a peor, otros que a mejor; otros se centrarán en deudas
locales y otros en qué partido hizo cada cosa bien o mal. Pero lo que es cierto
es que, tal vez por crecer y perder ese sentimiento mágico, o tal vez por ver
el mundo con otros ojos, se convierte en cierto lo que dicen de que “tiempos
pasados siempre fueron mejores”.
Otoño, invierno, primavera y verano. La plaza del
ayuntamiento se convierte en un yermo desierto de losetas y asfalto, vacío por
dentro. Lo que era un colegio de monjas, pasa a ser un banco. Los edificios
comienzan a alzarse en ambos extremos del pueblo. La gente comienza a llamarlo
“ciudad”. La pinada se valla con horribles barrotes carcelarios. Los cines se
convierten en un muro donde artistas callejeros, o más bien llamados
“bandarras”, hacen pintadas feas hasta que algún constructor los compre y
edifique. Y todo seguido de un largo etcétera que hace que la visión de una
niñez no tan lejana quede como un vago recuerdo de lo bello, y al mismo tiempo
salvaje, que era el pasado.
Otoño, invierno, primavera y verano. Es posible que
todo tuviera otro brillo por el mero hecho de ser pequeño. Es posible que el
comprender las cosas elimine la parte más hermosa de la realidad que vemos,
pero lo que siempre queda es el recuerdo. Un recuerdo que, de vez en cuando,
podemos alcanzar subiendo al castillo o sentado en lo alto de una duna, mirando
el horizonte. Andrés, quien ahora sabemos que no se llama así, y siendo éste un
servidor, sueña con el futuro mientras vive el presente, otea la línea de costa
o la silueta del campanario mientras, en lo más profundo de su corazón, piensa
“¿Llegará el día en que añore lo que ahora veo?”. Y siendo el tiempo tan
escurridizo, y la vida tan efímera, se da cuenta de que solo hay una respuesta.
“Sí”.
Otoño, invierno, primavera y verano. Por muchas
estaciones que pasen, siempre miraré al pasado con lágrimas en los ojos, niñez,
adolescencia, vida adulta… lo único que perdurará por siglos será un nombre:
Guardamar.